viernes, 13 de febrero de 2026

The Lake of Forgotten Sins


 

EL LAGO DE LOS PECADOS OLVIDADOS

 

Parte 1:

La Llegada al Infierno Acuático

Era el verano de 1999, y el lago Crystal había sido reabierto tras décadas de abandono. Las autoridades locales, presionadas por el turismo, habían reacondicionado las antiguas cabañas destartaladas a orillas del agua cristalina pero siniestra. Algunos bañistas habían desaparecido en las primeras semanas, pero la policía patrullaba cada tres días, lo suficiente para calmar los nervios de los poderosos de la ciudad. Nadie hablaba de las leyendas: un niño ahogado en los 50, un asesino enmascarado invencible. Solo cuentos para asustar turistas.

 

Vanessa «Vane» Hargrove, sobrina del alcalde, era la reina indiscutible de la secundaria. A sus 17 años, su belleza rubia y curvilínea ocultaba un alma podrida, alimentada por años de impunidad. «Esta vez va a ser épico», le susurró a su novio, Tyler, un quarterback musculoso con sonrisa de tiburón, mientras lideraban la caravana de tres SUVs negros hacia el lago. En total, 14 jóvenes: hijos de abogados, empresarios y políticos. Desatados, sin límites. Drogas, alcohol, y sexo salvaje. Su objetivo principal: Emily Carter, la chica dulce y tímida de 16 años, la más brillante de la escuela. Vane la odiaba por robarle el protagonismo académico y por ser «tan jodidamente pura».

 

—Emily, ¡ven, siéntate conmigo! —gritó Vane con falsa dulzura al recogerla en la puerta de su casa humilde—. Será el campamento del año. No seas tímida, ni perdedora.

 

Emily, con su cabello castaño recogido en una coleta y gafas grandes, sonrió nerviosa. Sabía que era una trampa, pero rechazar a Vane significaba ostracismo total.

—G-gracias, Vane. Suena divertido.

 

Lo que Emily no sabía era que su hermano mayor, Alex, de 19 años, un tipo fornido y protector que trabajaba en una gasolinera, la seguía en su viejo Chevy con su mejor amigo, Marco. Habían visto la caravana partir y no confiaban ni un pelo en la perra de Vane.

 

—Esa zorra de Vane va a hacerla mierda —gruñó Alex, pisando el acelerador—. Nos quedamos cerca, vigilando. Si pasa algo, entramos y rompemos algunos hocicos.

 

—Estoy listo para patear los culos de esos hijos de perra. —agrega Marco.

 

Llegaron al atardecer. Las cabañas crujían bajo el viento, el lago reflejaba una Luna sangrienta que lentamente se elevaba sobre el bosque. Los 14 ricachones descargaron coolers llenos de cerveza, pastillas y botellas de licor premium. Música heavy metal retumbaba desde un boombox. Vane organizó «juegos»: strip poker, retos humillantes. Emily fue el blanco. Era de noche cuando todo comenzó.

 

—Mírenla, la virgen santa —rio Tyler, pasándole una cerveza a Emily—. Bébetela o te tiramos al lago.

 

Emily tosió, y algunas las lágrimas asomaron en sus ojos.

—No... no bebo.

 

—¡Patética! —chilló Vane, empujándola—. Todos, ¡al lago con la nerd!

 

Borrachos y drogados, la arrastraron al muelle. Emily gritó, pataleando.

—¡Por favor, no sé nadar! ¡Suéltenme!

 

Rieron más fuerte. Tyler la levantó por las axilas.

—¡A nadar, putita de mierda!

 

La lanzaron. Emily chapoteó desesperada, tragando agua negra. El lago burbujeaba, como si algo vivo se agitara en el fondo.

Alex y Marco llegaron justo a tiempo. Aparcaron en el bosque y corrieron.

—¡Emily! —rugió Alex, saltando al muelle.

 

Tyler se giró, riendo.

—¿Quién mierda eres tú, campesino?

 

Alex no respondió con palabras. Embistió a Tyler con un puñetazo que le rompió la nariz, la sangre salpicó su ropa de marca.

—¡Toca a mi hermana y te mato hijo de la gran puta!

 

Hubo caos. Los chicos ricos se unieron: puños, patadas. Marco defendía la retaguardia, pero uno de ellos, un idiota llamado Chad —hijo del sheriff—, le reventó una botella de vodka en la cabeza. El vidrio estalló, Marco cayó gorgoteando sangre, su cráneo abierto como una sandía madura. Murió en segundos, sus ojos moribundos fijos en las estrellas.

 

—¡Marco! —aulló Alex, sacando a Emily del agua, tosiendo y temblando.

 

Vane rio histéricamente.

—¡Mira lo que provocaste, héroe! Ahora todos al agua...

 

Pero el lago rugió. Burbujas furiosas ascendieron. De las profundidades emergió él: Jason Voorhees, el coloso enmascarado, machete oxidado en la mano, cuerpo putrefacto cubierto de algas. Sus ojos vacíos brillaban con furia ancestral. El legendario asesino, despertado por la sangre y el pecado.

 

Los 14 ricachones gritaron.

—¡¿Qué mierda es eso?! —chilló Vane, tropezando hacia atrás.

 

Corrieron hacia la casa principal, una cabaña de dos pisos con porche chirriante. Se encerraron, atrancando la puerta con una mesa. Afuera, Jason acechaba, su silueta imponente recortada contra la luna.

Alex y Emily, empapados y jadeantes, se escondieron en el bosque cercano, observando casi en silencio.

—Tenemos que irnos —susurró Emily—. Pero... ¿quién es ese?

 

—Algún loco —mintió Alex, aunque sentía el terror en los huesos—. Quédate aquí. Yo lo distraigo.

 

Pero Jason ya había comenzado.

 

Parte 2:

La Matanza en la Casa de los Condenados

Dentro de la cabaña principal, el pánico era un animal vivo. Las luces parpadeaban, alimentadas por un generador que tosía como un moribundo. Los 14 ricachones —ahora 13, con Chad cubierto de sangre de Marco— se apiñaban en la sala del primer piso. Botellas rotas, colchones sucios, olor a miedo y vómito.

 

—¡Llamen a la policía, por la mierda! —gritó Vane, manoseando su Nokia plateado. Sin señal. Sin nada.

 

Tyler, con su nariz destrozada chorreando sangre, barricó la puerta con un sofá.

—¡Es un puto disfraz! ¡Uno de esos campesinos de mierda que juega con nosotros!

 

Desde el bosque, Alex y Emily observaban.

—Tenemos que ayudar... —susurró Emily.

 

—No —gruñó Alex, abrazándola—. Ese monstruo los va a destrozar. Nos vamos ahora.

 

Pero el destino los retuvo.

En la cabaña grande un crujido… Jason irrumpió por la ventana trasera, con el machete silbando. El primer golpe partió a Brittany, la cheerleader tetona, amiga cercana de Vane, en dos. Su torso superior voló contra la pared, sus intestinos humeantes salpicaron el suelo.

—¡Diooos, nooo! —chilló ella, agonizando con burbujas de sangre en la boca.

 

— ¡Corran! ¡Al piso de arriba! —aulló Tyler, subiendo las escaleras de madera podrida.

 

Jason no corría; avanzaba inexorable. Agarró a Chad por el cuello —el asesino de Marco— y le clavó el machete en la ingle, girándolo. Chad gritó como un cerdo:

—¡Perdón, lo siento! ¡Fue un accidente! —Jason lo levantó como un muñeco, el machete saliendo por la espalda, las vértebras crujiendo como ramas rotas secas. Lo lanzó contra la chimenea; el cuerpo se partió, sesos chorreando por las piedras.

 

Arriba, en el segundo piso, se encerraron en dos habitaciones. Vane, Tyler y cuatro más en la principal; los otros en la secundaria. Drogas olvidadas, oraciones balbuceadas con miedo y horror.

 

—¡Esto es por la nerd, ¿verdad?! —sollozó Lindsay, una rubia adicta a la coca—. ¡La tiramos al lago!

 

—¡Cállate, puta de mierda! —escupió Vane, histérica—. ¡Somos intocables! ¡¿Lo entiendes?! ¡Intocables!

 

La puerta principal de abajo Jason la astilló como cartón. Subió, las pisadas sonaban como truenos. En la habitación secundaria, embistió con violencia. Agarró a Derek, el DJ del grupo, por las piernas y lo arrastró. Derek pataleó:

—¡Nooo, por favooor! ¡Te doy dinero, mi papá es millonario! —el machete descendió con hambre, decapitación limpia, la cabeza rodó escaleras abajo, los ojos aun parpadeando.

 

Gritos. Kyle y Megan intentaron barricar con una cama. Jason la volteó. Empaló a Megan en la pared con el machete, clavándola como mariposa. Ella jadeó:

—¡Dueleee... maaamá...! — la sangre arterial pintó el techo.

 

Kyle, aterrado, saltó por la ventana. Cayó dos pisos, cuello roto al instante, espina dorsal expuesta como cable roto.

Ahora, la habitación grande. Siete vivos: Vane, Tyler, y cinco más temblando. Jason entró por el pasillo, su máscara goteando agua pantanosa.

Tyler, heroico falso, blandió un bate de béisbol.

—¡Ven, hijo de puta! —Golpeó la máscara. Jason ni se inmutó. Agarró el bate, lo partió, y hundió el machete en el pecho de Tyler. Las costillas crujieron como vidrios molidos.

—¡Vane... te... amo...! —expiró Tyler, borboteando sangre, cayendo con el corazón expuesto latiendo fuera del cuerpo.

 

Vane gritó:

—¡Tú! ¡Todo esto es por la puta de Emily! ¡Se merecía todo lo que le hice! ¡Esa mosca muerta se merece lo peor!

 

Jason la miró. Sus ojos vacíos parecieron reconocer el mal. La levantó por el pelo rubio.

—¡Nooooo! ¡Soy la sobrina del alcalde! ¡Me saldré con la mía maldito hijo de puta! —el machete silbó nuevamente, con su mano abre la boca, rompiendo varios dientes y le cortó la lengua primero. Ella gorgoteó insultos mudos. Luego, la partió verticalmente desde la cabeza hasta la entrepierna, sangre y vísceras explotando como confeti rojo. Las dos mitades cayeron, humeantes.

 

Los últimos cinco en pánico total. Salieron al balcón. Jason los siguió. A Jenna le rebanó el cuello con el dorso de la mano, su cabeza colgando por tendones.

—¡Gurgle... ayuda...! —y murió ahogada en su propia sangre.

 

Brad intentó huir por las escaleras traseras; Jason lo alcanzó, el machete entró por la espalda, saliendo por el estómago. Lo usó como pincho, lanzándolo al lago desde la puerta. Las burbujas negras lo tragaron.

Sophie y los dos chicos restantes corrieron al sótano. Eso fue un error fatal. Jason bloqueó la salida. En la oscuridad, el machete destellaba furia, Sophie destripada viva, manos en sus entrañas tratando de contenerlas.

—¡No mi bebé... no!

Uno de los chicos, Ryan, decapitado; el otro, Pete, aplastado contra la pared, cráneo reventado, sesos pegados como masa.

 

Luego… silencio. La cabaña era un matadero: cuerpos mutilados, sangre hasta el techo, moscas zumbando sobre los cuerpos. Jason, salpicado de rojo, salió al porche.

 

Alex y Emily, testigos mudos desde el bosque, temblaban.

—Se acabó —susurró Alex—. Vámonos.

 

Jason sale y los vio. Avanzó con paso firme. Emily sollozó:

—¡Por favor, no! ¡Solo queríamos salvar a alguien!

 

Pero Jason se detuvo. En sus ojos muertos, un destello: recuerdos de su propia madre muerta, de abusos infantiles en ese mismo lago. Los hermanos no eran como ellos. Eran seres puros. Bajó el machete. Se giró, desapareciendo en el agua burbujeante.

Alex y Emily corrieron a su Chevy, arrancaron a toda marcha. Atrás, sirenas lejanas —la policía patrullando—. Pero el lago guardaría los secretos para siempre.

 

Años después, en 2009, Alex y Emily volvieron a la ciudad como adultos rotos. La masacre fue «un accidente por drogas», encubierto por el alcalde y los ricachones. Sus nombres y prestigio eran más importantes que la tragedia de sus malditos hijos.

Emily nunca superó el trauma, se volvió adicta, murió de sobredosis a los 25, ahogada en su propio vómito, como el lago.

Alex, un solitario forzado por el destino, trabaja aún en la gasolinera, bebiendo cada noche. Sueña con Jason, no como un monstruo, sino como un espejo de su rabia inútil.

Crystal Lake sigue abierto, atrayendo nuevos pecadores. La policía patrulla cada tres días. El ciclo continúa. Nadie escapa del lago.

 



Una historia original creada por: Jarl Asathørn.

Basado en el film: Friday The 13th.

Jason Vorhees es un personaje creado por: Creado por Victor Miller, con contribuciones de Ron Kurz, Sean S. Cunningham y Tom Savini.


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