EL
OBJETO EN EL BOSQUE
Torres del Paine, Patagonia chilena, diciembre de 2023.
El viento helado aullaba como un lobo herido entre las torres
graníticas que perforaban el cielo estrellado del parque nacional. Cuatro
jóvenes guardaparques, contratados por la CONAF para la temporada alta,
patrullaban el sector de Laguna Amarga bajo una luna menguante. Eran amigos de
la universidad: Matías Larraín, Ex conscripto, ahora guardaparque. El único con
entrenamiento militar real, el líder pragmático de 26 años, con su
walkie-talkie siempre crepitando; Valentina Soto, 24, la bióloga obsesionada con
las aves rapaces; Ignacio «Nacho» Velásquez, 25, Estudiante de geografía, el
bromista musculoso que cargaba el equipo pesado; y Tomás Rivas, Técnico
forestal, el más joven, 23, un chico callado de ojos inquietos que siempre
parecía ver más de lo que decía.
Era la noche del 26 al 27 de diciembre, era las 3:30 AM. La
patrulla de rutina los había llevado cerca del borde del bosque nativo, donde lengas
retorcidas se mecían como dedos esqueléticos. Los cuatro jóvenes trabajaban
como guardaparques nocturnos temporales, contratados para reforzar vigilancia
por denuncias recientes de luces extrañas, fallos en sensores meteorológicos y
turistas inescrupulosos que podían ingresar a escondidas y encender fogatas que
pusieran en peligro la flora y fauna del parque. Esto ya había sucedido antes y
las autoridades estaban alertas.
Los jóvenes no creían en nada raro…
Hasta esa noche.
Fue Matías quien primero vio la luz.
LA
LUZ
A las 03:42 AM, mientras caminaban por un sendero secundario
cerca del límite oriental del parque —una zona cerrada al público—, el aire se
detuvo.
Los sonidos nocturnos dejaron de emitir sonido. El viento se
apagó como si alguien hubiese bajado un interruptor invisible. Tomás estaba
hablando cuando su voz murió a mitad de una palabra.
—¿Vieron esa weá? —susurró Valentina.
—¿Qué weá viste Vale? —pregunta inquieto Ignacio.
—No sé weón, podría ser un dron militar que hace vigilancia en el
parque. —sugirió Valentina, pero su voz temblaba.
Tomás soltó una risa nerviosa:
—O un OVNI de mierda. Vamos a verlo de cerca, ¿Cachai?
Todos en alerta, pero no escuchaban nada.
Entonces, entre los árboles, apareció la luz.
No descendía, no parpadeaba y tampoco iluminaba el entorno.
Era una masa triangular negra, suspendida a unos dos metros
del suelo, apenas visible porque absorbía la oscuridad. No reflejaba la
linterna. No tenía remaches, puertas, ventanas, motores.
Solo una forma imposible flotando. Había 3 pilares de luz que
salían de ella y que eran, al parecer, los apoyos al suelo de la nave
misteriosa.
En su superficie, luces internas se desplazaban lentamente,
como si alguien estuviera proyectando datos sobre una pantalla viva: líneas,
puntos, movimientos que no seguían patrones humanos.
—Esa weá no es un helicóptero… —murmuró Nacho, con la voz
quebrada.
—Chicos, no se acerquen a esa weá, puede ser peligrosa.
—agrega muy nerviosa y con miedo Valentina.
—¿Qué mierda es? —pregunta Tomás.
Matías intentó comunicarse por radio:
—Base, aquí Patrulla «Puma». Anomalía en el claro norte.
Solicitamos apoyo. Cambio.
Silencio. Estática. Nada.
El objeto no emitía sonido. Flotaba. Estaba ahí, en medio de
la oscuridad, como si los esperara.
EL
CONTACTO
Matías dio un paso adelante.
—¡Weón, no te acerques! —gritó Tomás.
—¡Matías, por la chucha, no te acerques! —grita Ignacio.
Pero Matías no parecía escucharlos.
Sus ojos estaban fijos en la superficie negra. Caminó como un
sonámbulo, sin apuro y sin miedo. Cuando estuvo frente al objeto, levantó la
mano. Y lo tocó.
En ese instante, el objeto reaccionó.
La superficie dejó de ser negra y se volvió translúcida, como
una pantalla líquida. Las luces se reorganizaron y comenzaron a mostrar
símbolos. No eran letras y no eran números. Eran formas que parecían moverse
dentro de la superficie del objeto, no en el exterior del mismo.
Valentina sintió náuseas. Nacho cayó de rodillas, vomitando.
Tomás gritó algo que nadie entendió.
Matías no se movía. Sus pupilas se dilataron tanto que casi
desaparecieron. Una lágrima oscura —sangre— le recorrió el rostro.
—Nos está… mirando… —susurró.
Los símbolos cambiaron. Algunos parecían tallados, otros
quemados en la superficie. Uno se repitió varias veces: una forma angular,
imposible de memorizar por completo, como si la mente se negara a retenerla.
Entonces, sin transición, el objeto se elevó. No dejó
huellas. No desplazó el aire. No dejó rastro.
Simplemente ya no estaba.
LA
DESAPARICIÓN
Cuando la realidad regresó —el viento, los sonidos y el
frío—, Matías ya no estaba con ellos.
Había desaparecido. Solo estaba su linterna, tirada en el
suelo, encendida… apuntando hacia el lugar donde el objeto había estado.
El protocolo se activó. Radios. Búsqueda. Llamadas de emergencia.
Pero el parque no respondía bien esa noche. Las señales se cortaban. Los GPS
fallaban.
Buscaron por dos horas y nada.
EL
REGRESO
Al rato, el grupo de guardaparques encontró algo en una zona
donde ya habían buscado dos veces.
El cuerpo de Matías Larraín.
No estaba colgado. No estaba apoyado. Estaba de pie, entre
dos árboles. La piel estaba gris, como si hubiese sido drenada desde dentro.
Los ojos abiertos, completamente negros, sin esclerótica visible. La boca
ligeramente entreabierta, con los dientes cubiertos por una fina capa de
escarcha… aunque la temperatura no era lo suficientemente baja.
Sus manos estaban quemadas, pero no por fuego. La piel
parecía derretida hacia adentro, como si hubiese sido tocada por algo que no
transfería calor, sino «otra cosa».
En el pecho, tallados con precisión quirúrgica, estaban los
mismos símbolos que habían visto en el objeto.
No había sangre.
Valentina reconoció uno.
El mismo que no había podido recordar del todo.
Tomás comenzó a llorar. Nacho no volvió a hablar.
SEGUNDA
PARTE:
LO
QUE REGRESÓ
El segundo en desaparecer fue Nacho.
No hubo aviso. Ni gritos. Ni sonidos.
Estaba ahí, sentado sobre una roca, con la radio entre las
manos temblorosas… y al parpadear, ya no estaba.
Tomás tardó varios segundos en entenderlo. Miró a Valentina,
esperando una confirmación absurda, como si Nacho pudiera estar detrás de ella,
jugando una broma cruel.
—Nacho, ya po’ weón contesta, no wevees… —dijo, en voz baja.
Valentina, asustada hasta morir se da vueltas. No había nada
ni nadie.
El parque volvió a ensancharse en la oscuridad insondable. El
silencio se volvió territorial, como si algo invisible reclamara cada metro de
tierra.
Lo buscaron durante horas. Gritaron hasta quedarse sin voz. Recorrieron
senderos que ya no parecían familiares.
La radio solo devolvía estática.
EL
SEGUNDO REGRESO
Cuando lo vieron, ninguno gritó.
Nacho estaba de pie, a pocos metros de ellos, en medio de un
claro.
Su postura era rígida, antinatural. Los brazos caían rectos,
las manos abiertas, los dedos separados como si ya no recordaran su función. La
cabeza inclinada hacia adelante.
—N… Nacho… —susurró Valentina.
—¡Nacho! —dice con voz fuerte Tomás.
Entonces él levantó la cabeza. Los ojos eran completamente
blancos. Sin pupilas. Sin brillo. Ojos nada humanos.
El cuello crujió al moverse, como madera húmeda forzada en la
dirección equivocada. Y desde su garganta salió un gemido. No era un grito ni
era una palabra. Era un sonido animal, profundo, vibrante, como si el aire
mismo estuviera siendo forzado a salir por un cuerpo que no entendía cómo
usarlo.
Valentina se quebró. Cayó de rodillas sobre los matorrales
preandinos, llorando, hiperventilando, repitiendo que eso no era Nacho, que eso
no podía ser real, que alguien tenía que despertar.
Tomás retrocedió, levantando la radio con manos torpes.
—¡Central… Torres…! ¡¿Alguien me recibe?! ¡Por la chucha,
alguien responda! ¡Cambio!
Solo estática.
EL
RUIDO
Entonces llegó. No desde un punto. Desde todas partes. Un
ruido imposible, como metal retorciéndose dentro del cráneo, como un motor
enterrado bajo la piel del mundo. Una vibración tan intensa que el suelo tembló
bajo sus pies.
Ambos se taparon los oídos, gritando, cayendo al suelo
mientras el sonido los atravesaba.
Cuando cesó, Valentina no estaba.
Tomás quedó solo.
LO
QUE QUEDABA DE ELLA
No pasó mucho tiempo antes de verla.
Estaba a unos metros, doblada en el suelo, el cuerpo formando
un arco imposible. La espalda tan arqueada que parecía a punto de quebrarse.
Los brazos torcidos hacia atrás, las manos crispadas, los dedos apuntando en
direcciones que no respetaban ninguna articulación humana.
Su rostro estaba contra la tierra.
No se movía.
Tomás gateó hacia ella, sollozando, llamándola por su nombre,
rogando que respirara.
—¡Valentina, por fa’ contéstame, Valentina! ¡No me dejes solo
porfa! ¡Valentina!
Entonces el suelo vibró otra vez. Él levantó la vista.
Sobre ellos, emergiendo desde el aire mismo, estaba el
objeto. El mismo triángulo negro. La misma superficie viva. Las luces internas
reorganizándose, indiferentes. Sin ruido, sin transición, salió disparado hacia
arriba, perdiéndose en el cielo nocturno como si jamás hubiera estado allí.
El silencio regresó.
Tomás gritó hasta perder la voz.
EL
RESCATE
Horas después —cuando ya no quedaban lágrimas, cuando el frío
había entumecido la mente—, la radio respondió.
—Aquí Central, Patrulla
Puma, ¿Están bien? Informen por favor. ¿Dónde se encuentran? Aquí central
llamando a Patrulla Puma. Cambio.
Una voz distante. Confundida. Tardía.
Al amanecer, los encontraron. Cuatro jóvenes sentados en el
suelo, juntos, tiritando. Los ojos abiertos, sin foco. Ninguno reaccionó al
llamado de su nombre.
Estaban vivos. Pero no estaban allí.
Poco después llegaron camiones militares. Luego, autos negros
sin identificación.
No hubo preguntas frente a ellos.
No hubo prensa.
No hubo reportes completos.
Los cargaron en silencio.
El parque fue cerrado temporalmente.
El caso fue archivado como evento climático y estrés extremo.
DÍAS
DESPUÉS
Despertaron en camas blancas.
Ninguno recordaba nada. Ni el objeto, ni el bosque, ni la
noche.
Solo una sensación persistente… como si algo hubiese quedado
mal colocado dentro de ellos.
A veces, uno de ellos se quedaba mirando la nada, con lágrimas
que no sabía explicar.
A veces, otro despertaba gritando, con palabras que no
reconocía.
En sus informes médicos, una anotación se repite:
«Ausencia de trauma recordado. Presencia de miedo sin causa».
ÚLTIMA
NOTA
Años después, un guardaparque veterano afirmó haber visto
luces moviéndose entre los árboles en la misma zona.
El parque sigue abierto. Pero hay senderos que nadie patrulla de noche. Porque en Torres del Paine, «algo» aprendió a devolver lo que toma…
Y a veces… lo devuelve demasiado cambiado.
FIN
Una historia de suspenso y terror sicológico creada por: Jarl
Asathørn.
Basada en hechos reales. (Incidente del Roswell Británico)
Una historia original de: vikingodemagellan.blogspot.com
Si quieres que tu historia aparezca en el blog escribe a: blauer.wolf.1618@gmx.com (Pon tu
nombre ficticio o tu apodo, dime los nombres de tus amigos, etc.)
