Un
poema a la nada es un lamento por lo efímero, un abismo donde se desvanecen los
recuerdos y las certezas.
A
continuación, te comparto mis versos que exploran este vacío:
«Se desangran las horas
en el reloj de arena,
y el eco de tus pasos
se disuelve en el viento.
Ya no queda ceniza de
la antigua condena,
ni un solo rastro tibio
de nuestro juramento.
Miro hacia el infinito
y me recibe el abismo,
una extensión de sombra
que devora el latido.
El mundo se diluye en
un gris espejismo,
donde todo lo amado
termina en el olvido.
La nada me sostiene con
sus brazos helados,
sin nombres, sin
promesas, sin un mañana cierto;
solo el murmullo vago
de los días pasados,
y este mar de silencios
que me ha dejado puerto.
No hay luz ni tiniebla,
solo un manto profundo
donde el alma descansa
de su vana porfía,
mientras veo,
impasible, cómo se apaga el mundo,
y la nada me abraza,
fría y soberana mía.
Ya no escucho los
himnos de la carne y la suerte,
ni la vieja mentira de
un destino elegido;
todo cae despacio bajo
el peso inerte
de un cielo sin
estrellas y de un dios extinguido.
Las montañas se
inclinan en su lento quebranto,
los océanos olvidan la
memoria de la orilla;
se marchita el
lenguaje, se corrompe el encanto,
y la noche se derrama
como negra semilla.
He visto hundirse
imperios en la boca del tiempo,
coronas reducidas a
fragmentos de polvo;
ningún nombre perdura,
ningún noble argumento,
cuando el vacío
extiende su dominio sin estorbo.
La nada no amenaza, no
castiga ni espera,
simplemente contempla
con su rostro callado;
sabe que toda llama,
por ardiente que fuera,
acabará algún día
convertida en un pasado.
Y yo sigo su cauce sin
temor ni resistencia,
como un río agotado que
regresa a la hondura;
ya no busco respuestas
ni reclamo clemencia,
pues la ausencia ha
tejido su perfecta estructura.
Bajo bóvedas muertas
donde no nace aurora,
las edades se rompen
como vidrio vencido;
cada siglo es apenas
una lágrima que llora
antes de ser tragada
por lo nunca nacido.
Allí duerme el recuerdo
de los últimos amantes,
de los héroes, los
sabios y los viejos profetas;
todos son sombras
leves, espectrales instantes,
arrastrados al fondo de
las aguas inquietas.
Cuando el último astro
abandone su camino,
y el espacio se enfríe
hasta olvidar su armonía,
no habrá voz que
pronuncie la palabra destino,
ni reloj que distinga
entre la noche y el día.
Solo quedará ella,
silenciosa y eterna,
extendiendo su reino
más allá de la medida;
la soberbia del hombre,
su ilusión y su caverna,
serán polvo sin nombre
bajo su oscura avenida.
Entonces descansaré de
la fiebre del mundo,
de la rueda incesante,
de la inútil porfía;
y seré con la nada un
susurro profundo,
sin memoria, sin
tiempo, sin dolor ni agonía».
Poema de:
H.P. Hatecraft.
Una idea de:
Vëthriön Asathørn.
Portada
creada por AI.
Edición
final: Vëthriön Asathørn.

