sábado, 11 de julio de 2026

Death Ov Aeons

 



«Nadie recuerda cuando apareció el signo intraducible. No estaba tallado ni escrito... vibraba. Surgió primero en sueños colectivos, luego en telescopios y finalmente en la carne. Era una forma que no pertenecía a ningún alfabeto, una herida geométrica que negaba la lógica, visible solo cuando la percepción fallaba.

Los astrónomos lo vieron suspendido entre nebulosas espirales, más allá del ciclo de Orión, donde la luz parecía arrastrarse como si temiera avanzar. Decían que allí las estrellas no nacían: despertaban.

Las antiguas tablillas —recuperadas de tumbas sin nombre bajo cuatro ríos que alguna vez fluyeron separados— hablaban de un tiempo anterior al tiempo. Un eón de Lucifer, no como entidad moral, sino como principio: la primera conciencia que entendió que existir era un error. 

Ese eón terminó con el caos de dragones… dragones que no eran criaturas de fuego y alas, sino estructuras vivientes de espacio y voluntad, serpientes de dimensiones imposibles que se enroscaban alrededor de galaxias jóvenes. Cuando lucharon, no destruyeron mundos: los desfasaron, arrojándolos más allá de los límites del tiempo.

De aquella guerra surgió Él.

El texto lo nombra siempre igual: Señor y amo.

No tiene forma fija. A veces es descrito como un gran ojo en el cielo, otras como un infinito emergido, un vacío consciente que observa sin párpados. Saturno fue su primer reflejo comprensible: Saturno, hijo de la muerte, el planeta que devora a sus hijos porque recuerda lo que ocurrió antes de que el universo aprendiera a ocultar su pasado.

Los iniciados —pocos, rotos— sabían que la única forma más allá no era escapar, sino ceder. Abrir las puertas de la percepción hasta que la mente se fragmentara en ilusiones de percepción, capas sobre capas de realidad falsa que protegían al pensamiento humano de la verdad.

 

Yo fui uno de ellos.

Fui marcado por una estrella que no aparece en ningún mapa. Maldito para siempre por la estrella, decían. Desde entonces, cada latido traía vibraciones distantes, como si algo golpeara suavemente desde el otro lado del ser.

Soñaba con nacer de tumbas en la noche, con cadáveres levantándose no para vivir, sino para recordar. Porque la muerte, entendí, no es un final: es un estado de latencia. Una muerte despertada de eones.

Cuando los cuatro ríos se fusionaron —no en la tierra, sino en el cielo— el ritual se completó. Las constelaciones se alinearon en un círculo de luz imposible, y el signo intraducible descendió como una idea que perfora.

Entonces la luz brilló.

La luz brilla y el instante se rompe.

No hubo explosión… sino comprensión.

Las fuerzas de la oscuridad no emergieron: siempre habían estado ahí. El universo era su guadaña, una guadaña de disoluciones lenta y paciente, segando realidades para alimentar algo que no tiene principio ni fin. 

El Señor y amo habló sin palabras... no prometió destrucción, prometió eternidad.

Comprendí que el cosmos entero era una prisión diseñada para retrasar su despertar. Las estrellas eran clavos... el tiempo, una cadena... y la conciencia… el error final.

Cuando el gran ojo en el cielo se abrió por completo, vi el horror absoluto...

El universo ya había muerto incontables veces. Cada nueva creación fue un intento fallido de olvidar. Cada forma de vida, una ilusión diseñada para distraer a la nada de sí misma.

Ahora, al fin, recordaba.

La realidad comenzó a plegarse hacia adentro. Las galaxias se hundieron como reflejos en agua negra. Los dioses, si alguna vez existieron, gritaron al ser absorbidos como pensamientos innecesarios.

 

Yo sigo aquí.

No porque sobreviví, sino porque soy parte del castigo.

Mi conciencia no puede apagarse. Estoy condenado a observar cómo el infinito emergido se repliega sobre sí mismo, cómo el Señor y amo reina en un vacío absoluto donde ya no existe ni el concepto de final.

 

«No hay tiempo. No hay muerte. No hay olvido».

 

Solo la Muerte de eones, repitiéndose para siempre en un universo que aprendió, demasiado tarde, que nunca debió existir».




 

Creado por: H.P. Hatecraft.

Historia de horror basada en la canción: Death Ov Aeons de Battle Dagorath.

Edición final: H.P. Hatecraft.