LULA,
EL DURO DE MATAR CARIOCA
CÓMO
SOBREVIVIR A TRES DÉCADAS DE ESCÁNDALOS
Y EL JUICIO DE TUS COMPATRIOTAS
Cabros, hay verdades que la física
no explica, una es que la hierba mala nunca muere, la otra es que en Brasil
existe un güeón de ochenta años que ha sido sindicalista, presidiario,
presidente, huésped de lujo de la Policía Federal, candidato desde la cárcel y
—¡oh sorpresa! — presidente otra vez. Oooohhh, el viejo es incombustible.
Literalmente. A ese viejujo podrías tirarlo al Amazonas en llamas y el güeón
saldría caminando con una sonrisa de oreja a oreja y fumándose un plátano, mientras mastica un mono asado.
Y la peor güeá no es que el ‘Matusalén
de la política zurda’ del continente siga respirando, la peor güeá es que los «brazucas»
lo siguen votando. Ahí está el detalle de la güeá: cada país tiene lo que se
merece. Los argentinos tienen su propio circo inflacionario, los peruanos
cambian de presidente como quien cambia de calcetines, y los brasileños, fieles
a su tradición, otra vez tienen en el sillón presidencial a este ‘Duro de Matar
tropical’ que ya lleva más resurrecciones que la Iglesia Católica y Jason
Voorhees juntos.
Porque seamos justos con la güeá...
Lula es inmortal en Brasil. Puede robar sin asco, corromperse, quedar enredado
en cuanto petrobrasazo, mensalão (Escándalo de mensualidades) y lavajatada (autolavado) exista, y el güeonaje igual
lo aplaude mientras el país se cae a pedazos. El Real (moneda en Brasil,
aclaración pa’ los güeones ignorantes, no para quienes me leen 😁) se hunde, la
Amazonía se vende por hectáreas, la delincuencia te asalta a la salida del
supermercado y las favelas siguen llenas de delincuentes y narcos, pero ahí
está Lula con su dedito índice y su voz de tío borracho en el matrimonio,
recordándole al pueblo que «nunca antes en la historia» había sido tan feliz.
Y ojo, que el otro lado tampoco es
la solución. Porque enfrente tenías a un polluelo como Flávio Bolsonaro, un
güeón que olía exactamente a la misma mierda de siempre, pero con otro perfume: títere del judaísmo, amante del Trumpismo y un capítulo entero sobre cómo liberar a su viejo en cada
discurso. Los dos son la misma película maseta con distinto doblaje: uno te
roba con programas sociales, el otro solo piensa en liberar a los golpistas,
pero de propuestas, nada.
Así que ahí lo tienen, cabros.
Brasil eligió entre la corrupción con carisma y el novato que llora por papá. Y
ganó la corrupción con carisma, porque el carisma vende y el pueblo lúser
perdona todo menos la falta de encanto. Lula no necesita programa de gobierno,
necesita sólo seguir vivo, y ganó por knockout po' güeón. Lula ya es el Chuck
Norris de la política: sangra, le sacan la chucha, lo dan por muerto, se
levanta con una camiseta sucia y mata al malo con un lanzallamas.
¿La moraleja de la güeá? Que en
Sudamérica la hierba mala no muere, sólo se transa y vuelve al poder. Y que el
votante brazuca, fiel a su selección, prefiere a un muerto viviente conocido
que a un proyecto nuevo que le exija pensar.
¡Oooohhh!, qué país, señoras y
señores. Qué país, cabros y cabras.
CAPÍTULO
2:
EL
CLUB DE FANS DE «ROBÓ, PERO NO TANTO»
Hay una especie de brazuca que
merece su propio documental de Netflix. Es el que te mira a los ojos, con toda
la tranquilidad del mundo, y te suelta: «Mira, Lula sí robó... pero no tanto». Y ahí lo tienes, justificando el saqueo como quien
justifica a un hijo flojo: «es que el niño no es malo, sólo es desordenado». ¡Caaaachen!
Claro, porque robar poquito es casi
un deporte. Un mensalão por acá, un petrobrasazo por allá, pero, el hombre hizo
el Bolsa Familia, así que la balanza está equilibrada. Es la contabilidad moral
más creativa del planeta: se suma lo robado, se resta lo repartido, y si el
resultado es positivo, el güeón queda absuelto. ¡Así cualquiera po' güeón! Yo
también puedo saquear un banco y repartir el diez por ciento entre los vecinos;
puta, ahora pásenme la banda presidencial.
Y ahí está el detalle fino de la
güeá... el «no tanto» es el colchón donde el votante lúser se acuesta
tranquilo, porque aceptar que el ídolo robó duele, pero aceptar que robó caleta
es demasiado, así que se rebaja la dosis. «Robó, sí, pero no como los otros».
¿Cuáles otros? Los otros del otro
lado, po', los que roban con corbata y sin carisma, que son los peores, porque
robar feo es imperdonable, ¿Cachan o no?
Ah, y no olvidemos el argumento
estrella del club: «es que los jueces lo perseguían». Y es cierto, algunos güeones lo persiguieron con ganas
y con dudosas maniobras, y eso le regaló a Lula el mejor papel de su carrera:
ser un mártir estelar, casi divinal, nada más rentable en política
latinoamericana que ser perseguido... te sube el rating, te lava la imagen y te
convierte en símbolo. El güeón salió de la cárcel con más aura que la virgen María.
Los que lo encerraron le hicieron la campaña gratis po' güeón.
CAPITULO
TRES:
EL
POLLUELO
Flávio Bolsonaro, el hijo de 45 años
que entró a la política en 2002 y que efectivamente fue el candidato del
Partido Liberal. El padre está inhabilitado y «precioso» (preso), así que el
relevo lo tomó el polluelo grande. Y la campaña del cabro chico fue un solo
chiste: prometer amnistía para sacar a papá de la casa. Ese era el programa de
gobierno: «Vota
por mí y libero a mi viejo». Un poco como el
niño que te dice: «dame plata y mi papá te presta el auto».
La pregunta es: ¿Y por qué no ganó
Flávio, si en la primera vuelta se lo estaba comiendo crudo a Lula? Aquí van
las razones, en orden de ironía:
1. La ley no escrita del agüeonao de turno: ¡Cachen este güeveo! En Brasil hay una regla no
escrita... el que pierde la primera vuelta no puede ganar la segunda. Así pasó
desde 1989, y Flávio se encargó de confirmarla con una eficiencia atómica. Hizo
la tarea al revés que su papá: Jair Bolsonaro —aka «cara de limón»— perdió
apretado el balotaje en 2022, y el hijo lúser ni siquiera pudo repetir el
consuelo.
2. Lula se despertó: En la
segunda vuelta el viejo zurdo se puso modo 'Duro de Matar': campaña más
combativa, menos discurso de gestión, más calle y redes. Movilizó a los güeones
que no van a votar y a los güeones indecisos, que según los analistas tenían
perfil afectivo más cercano a Lula. O sea, el incombustible Lula hizo lo de
siempre... sacó a la calle al güeonaje.
3. Flávio se pegó los autogoles: El politólogo Sincofsky le atribuyó parte del resultado
a los condoros del propio Flávio en el balotaje.
Y el remate de oro de la güeá: en el
último debate, hablando de los nueve dedos de Lula, reveló «quién es y en qué
güeá cree», según la columnista Míriam Leitão. Mostró el cinturón de la
ideología y se olvidó del bolsillo.
4. El bolsillo mandó: La
clase media endeudada hasta el loli y emprendedora le dio la espalda a Lula en
la primera vuelta, seducida por la batalla cultural conservadora; pero en el
balotaje las expectativas económicas y el bolsillo de los brasileños ocuparon
el centro, y ahí —Lula, el viejo rapiñero sindicalista— juega de local en esa
güeá.
5. El apellido pesa más que un transatlántico a remos: Flávio Bolsonaro se comió el desgaste del movimiento de
su padre, el miedo al bolsonarismo y el recuerdo del golpismo corrieron en su
contra y ahí... cagó. La gente vota al hijo, pero le cobra los pecados del
papá.
Y el final feliz de la comedia:
perdió por 3,5 puntos, con 48,3% contra 51,7%, no reconoció la derrota, y
'apretó cuea' a Miami con la señora y las cabras chicas antes de que le
pidieran el pasaporte. Se fue más rápido que el mago Jiménez. 😆
Ahí está el chiste completo de la
güeá, el candidato que prometía liberar al padre terminó huyendo del país y
dejando al viejo igual de preso. Ni una célula de 'Duro de Matar', ni nada:
Flávio es la secuela que nadie pidió.
El güeón que se fue a Estados Unidos
a llorar es el mismo que decía que había que liberar a los condenados por
golpismo. Ahora el que está libre es él.
Lula seguirá reinando en el país de
la samba... y su prontuario otra vez quedó en el olvido.
Chao cabros, nos vemos.
Artículo escrito por: Olog Krevalora.
Portada diseñada por: Olog Krevalora.
Edición final: Olog Krevalora.



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