TRUMP Y EL DELIRIO
GRINGO
Hablar de Donald Trump es, quizás, uno de los ejercicios más agotadores
del periodismo contemporáneo, y no porque el tipo sea complejo —al contrario,
es de una simplicidad casi preocupante—, sino porque produce disparates a una
velocidad industrial, como si tuviera una fábrica interna dedicada
exclusivamente a excretar pensamientos enfermos con la convicción de un profeta
iluminado por lámparas de bronceado. Uno intenta seguirle el ritmo, tomar nota,
analizar… y para cuando termina de procesar una imbecilidad, el hombre ya soltó
tres más en ‘Truth Social’, dos en una rueda de prensa y una durante un
almuerzo con algún jeque.
El museo de las
promesas rotas
Repasemos, porque el catálogo ya da para exhibición itinerante.
Primero fue Groenlandia, aquella idea magnífica, casi napoleónica, de
anexar una isla enorme llena de hielo porque sí, porque se le antojó, porque
suena bonito en el mapa. El sueño, previsiblemente, se congeló —permítanme la
talla fácil, se lo debo al lector— y quedó archivado en la carpeta de
«ocurrencias imperiales que no prosperaron». Dinamarca respiró aliviada,
Groenlandia siguió existiendo sin él, y Trump pasó a la siguiente locura sin
siquiera pedir disculpas por haber sugerido comprar un país como quien compra
un condominio en Miami.
Después vino la promesa estrella: «Yo detengo la guerra entre Ucrania y
Rusia en 24 horas». Un clásico. Han pasado bastantes más horas que esas, y lo
único que se ha detenido es su credibilidad en materia diplomática. Putin lo
escucha, le sonríe cínicamente, y sigue haciendo lo que le da la gana. Zelenski
lo escucha, le sonríe forzadamente, y sigue pidiendo armas y dólares. Y Trump,
entretanto, sigue anunciando que «está muy cerca» de un acuerdo, con esa cara
de vendedor de electrodomésticos usados que le sale tan natural.
Con Irán, más de lo mismo. Iba a caer, iba a arrodillarse, iba a implorar clemencia, y, sin embargo, ahí sigue Irán, tan campante, jugando ajedrez mientras Trump juega a las damas chinas y pierde. Da la impresión —y esto es lo tragicómico— de que no puede ganarle de ninguna manera, y aun así sigue amenazando como el matón del recreo que promete pelear «después de clases» y nunca aparece.
Y ahora, la joyita más reciente: quiere rebautizar el estado de Nuevo
México como «Nueva América». Porque claro, ¿para qué respetar la historia, la
geografía, la identidad de millones de personas, si uno puede simplemente
sacarle punta al ego con un nombre nuevo? Es la misma lógica del Golfo de
México convertido en «Golfo de América». Pronto veremos «Océano Atlántico del
atlante Trump», «Océano del Pacífico Trump» y «Sol de las Américas MAGA».
No se rían, que todo es posible.
Todo esto, además, ocurre en medio de una crisis de credibilidad
monumental —no sé si del pueblo gringo entero, pero desde luego de la clase
política que se supone lo enfrenta. Porque la oposición demócrata, seamos
honestos, ha sido tan brillante en su estrategia que logró perderle a un tipo
con 34 cargos penales, dos juicios políticos y un intento de golpe blando
encima. Aplausos. Por favor, todos de pie.
El delirio no es
solo suyo, es de todo un país
Y aquí llegamos al meollo del asunto, al cuesco del durazno, porque
sería demasiado cómodo culpar solo a Trump. El hombre es el síntoma, no la
enfermedad. El delirio es colectivo, es cultural, es estructural. Estados
Unidos lleva décadas —siglos, en realidad— viviendo en una burbuja esquizoide donde
«América» es sinónimo de «nosotros» y punto, se acabó. El continente entero,
esos 35 millones de kilómetros cuadrados que van desde Alaska hasta Tierra del
Fuego, no existe en su imaginario más que como patio trasero o zona de la que
llegan inmigrantes molestos.
Hagan la prueba... vayan a Kansas, a Ohio, a cualquier pueblito de
Texas, y díganle a un local: «Yo también soy americano, soy de Chile» o «soy de
Colombia», la cara que va a poner ese señor será digna de estudio
antropológico. Va a mirarte como si le hubieras dicho que el sol es cuadrado. «¿americano
tú? Pero si tú eres… mexicano, o algo así». Porque para el gringo promedio, «americano»
es una nacionalidad exclusiva, patentada, registrada en la oficina de marcas de
Washington. Los demás somos «sudamericanos», «latinos», «hispanos», o
«tercermundistas», cualquier cosa menos americanos. El continente entero le fue
expropiado semánticamente a 600 millones de personas, y nadie parece haberse
dado cuenta —o peor, a nadie parece importarle una shit.
Y no es broma, no es exageración de columnista pesado o resentido. Lo
de los gringos es una ignorancia de manual escolar. Un pueblo del «primer mundo»
que no sabe ubicar a Ucrania en el mapa pero opina con firmeza sobre la guerra,
que no distingue entre Irak e Irán pero cree que hay que bombardearlos a los
dos por si acaso, que piensa que África es un país y que en Europa se habla «europeo».
Los datos de las encuestas educativas son un festival del bochorno: un
porcentaje escalofriante de estadounidenses adultos no puede señalar su propio
estado en un mapa mudo. Y, aun así, se sienten con la autoridad moral de
decirle al resto del mundo cómo vivir, cómo votar, cómo gobernarse.
Es un pueblo que casi no cuestiona, que aplaude robóticamente cualquier
estupidez que salga de la boca de sus políticos siempre que venga envuelta en
bandera y acompañada de un «God bless America».
Trump dice que hay que comprar Groenlandia y la mitad del país aplaude,
dice que Canadá debería ser el estado 51 y la mitad del país aplaude, dice que
va a poner aranceles del 200% y arruinar la economía global y la mitad del país
aplaude. Uno ya no sabe si reír o preparar el búnker.
El paralelo
incómodo
Y aquí va la comparación que a más de uno le va a doler, pero hay que
hacerla: uno termina con la incómoda sensación de que no existe una diferencia
tan abismal entre el pueblo norcoreano, sumido en una ignorancia impuesta por
la dictadura, y el pueblo estadounidense, sumido en una ignorancia autoinducida
por el consumo, el entretenimiento y una educación pública que en muchos
estados es un chiste de mal gusto.
Sí, ya sé, van a saltar los puristas: «¡Pero en Estados Unidos hay
libertad de prensa, hay universidades top, hay Nobel!». Correcto. Existen. Y,
sin embargo, la masa, el ciudadano promedio, el que decide elecciones, vive en
una realidad paralela alimentada por Fox News, TikTok y sermones dominicales.
Un norcoreano cree que Kim Jong-un inventó la hamburguesa porque no le queda
otra. Un estadounidense cree que Estados Unidos ganó la Segunda Guerra Mundial
él solito porque prefiere creerlo. La diferencia es de origen, no de resultado,
¿Cachan la idea?
Cierre sin
moraleja
Trump seguirá diciendo barbaridades, va a proponer cambiarle el nombre
a la Luna, a rebautizar el Amazonas, a invadir Panamá otra vez, a comprar la
Antártida (siempre y cuando Argentina no la reclame como suya antes). Y su
pueblo, en buena parte, seguirá aplaudiendo... porque el problema nunca fue
solamente él, el problema es el ecosistema que lo produjo, lo eligió, lo
reeligió, y lo trata como profeta.
Mientras tanto, desde el resto del continente —desde esta «otra América»
que existe, aunque a ellos les cueste aceptarlo— nos toca mirar el espectáculo
con una mezcla de indignación, risa nerviosa y ese pequeño consuelo de saber
que, al menos, nosotros sí sabemos dónde queda Groenlandia.
Escrito por: Vëthriön Asathørn y el Dream Team de Trollish News.
Portada diseñada por: Vëthriön Asathørn.
Edición final: Vëthriön Asathørn.


