viernes, 27 de febrero de 2026

Unohver [The place that shouldn't be seen]




I. LA ILUSIÓN DE LO PEQUEÑO

Ciudad: Unohver.

Región: Magellan.

País: Chile.

Año: 1965.

Tierra: 6.

 

«La vida se trata de descubrir cosas».

Eso pensaba Declan McLeod mientras observaba una grieta nueva en el vidrio de su oficina. No recordaba cuándo había aparecido. En Unohver, las cosas se rompían solas si se las dejaba el tiempo suficiente.

El reloj marcaba las nueve y quince. Siempre. Declan nunca lo arregló. Prefería un tiempo detenido a uno que avanzara sin pedir permiso.




Estaba sentado detrás de su escritorio: una mesa vieja, pesada, rescatada de un edificio municipal demolido años atrás. Sobre ella, dos botellas de cerveza —una vacía, otra aún útil—, una lámpara cansada y una pila de carpetas cerradas. Casos pequeños. Mentiras domésticas, investigaciones sin peligro. Lo justo para seguir respirando en esta ciudad que lo ahogaba todo.

Tenía poco pelo en la cabeza, la barba corta, el cuerpo ligeramente vencido por los años. Las paredes estaban cubiertas de marcos torcidos: diplomas, reconocimientos policiales, restos de una identidad que ya no le servía a nadie.

Pensó en Steffi.

No en su rostro, sino en la forma en que ella le dijo: «ya no puedo más». El matrimonio había muerto como mueren las cosas importantes: sin ruido, dejando restos… y culpas.

Golpearon la puerta.

 

—Está abierto. —dijo mientras abría una cerveza.

 

Una mujer entró y la oficina se achicó.

Alta. Elegante. Demasiado bien vestida para ese edificio. Oscura de cabello, rostro conocido de una vida pasada. Exactriz. Declan no necesitó confirmarlo.

 

—¿Declan McLeod?

 

—Depende quién pregunte. —contesta él, altanero.

 

—Me dijeron que usted descubre cosas.

 

Declan apagó el cigarrillo.

—A veces. Y casi siempre me arrepiento.

 

Ella cerró la puerta detrás de sí.

—Quiero que investigue a mi marido.

 

—¿Infidelidad?

 

Ella dudó un instante.

—Eso creo.

 

—Los celos no compran verdades —dijo Declan—. Solo finales incómodos.

 

—El dinero no es un problema.

 

—Nunca lo es, hasta que lo es. —responde él con seriedad.

 

Ella dejó una tarjeta sobre el escritorio. Un nombre conocido. Empresario. Donante. Intocable.

 

—Solo quiero saber. La duda me enloquece. —dijo.

 

Declan tomó la tarjeta. Estaba fría.

—Dama, Unohver no es amable con la curiosidad.

 

—Mi marido tampoco, detective.

 

—No es de esta zona, ¿Cierto?

 

—No, llegué hace 2 años. Y, todavía no me acostumbro.

 

Cuando se fue, la oficina volvió a su tamaño real. Pequeña. Sola. Nostálgica.

‘La vida se trata de descubrir cosas’, pensó. Pero nadie habla de lo que pasa después.

Esa noche Declan, y después de algunas llamadas, sabe exactamente donde está el esposo de la mujer.

El auto negro de él —un Pontiac GTO, motor V8, su mejor inversión— avanzó mirando atrás, con desconfianza. Los investigadores siempre lo hacen. Parte del oficio.

El portón de hierro de la mansión estaba semiabierto. Declan apagó las luces antes de llegar.




La mansión de tres pisos se alzaba como un error que nadie había corregido. Gótica. Oscura. Picos altos para atrapar el éter. Con dos ángeles a cada lado del portón de entrada. Seres custodios de secretos negros. Una larga escalera que llevaba a una puerta de arco. Una fachada elegante, construida con piedras antiguas. No encajaba con la ciudad ni con el discurso de su dueño.

Esa noche la lluvia ennegrecía el suelo.

Se acerca sigilosamente a la gran mansión, no había guardias, todo estaba tranquilo.

Escuchó voces. Murmullos. Una música extraña. Figuras vestidas de negro. Semioscuridad, velas negras encendidas por todo el lugar interior. Rostros conocidos: un senador, tres jueces, abogados, el jefe mayor de la policía, algunos potentados… lo más granado de la ciudad.

—Maldita sea, el tipo es amigo del alcalde Weistar… —murmuró Declan. —el marido de la mujer es el empresario naviero de la zona. Primera vez que veo el rostro de esa puta serpiente. Esto se pone cada vez mejor.

 

Vio símbolos tallados en las piedras de cada ventana. Declan sintió un escalofrío.

Se retira.

Antes de irse ve en el centro del jardín, un círculo de piedra. Antiguo. Descubierto, no construido. Una imagen de algo como un ser misterioso tallado en el medio.

Declan se fue sin correr.

 

—No es una infidelidad —dijo en voz baja—. Es una ciudad entera que oculta secretos.

 

 

II. LA CIUDAD OBSERVA

La advertencia llegó dos días después.

Un sobre sin remitente, sobre su escritorio.

 

«UNOHVER NO NECESITA SER DESCUBIERTA.

YA FUNCIONA».

 

La misiva no decía nada más.

Esa noche Declan buscó a Christian, el jefe de la policía.

 

—Te metiste donde no debías —dijo Christian tras el segundo trago de whisky.

 

—Me contrataron. Estoy con las arcas financieras en rojo, es buen dinero por un pequeño trabajo.

 

—No es un caso, Declan. Es la ciudad. Y la ciudad siempre cobra. Deja este trabajo y vuelve a lo de siempre. Esa mujer te metió en una tormenta que te ahogará.

 

—¿Desde cuándo lo sabes?

 

Christian tardó en responder.

—Desde siempre. Algunos mandan. Otros sobreviven. Y algunos sirven de ejemplo. Esa mujer te pagó para saber los secretos de su marido, no por una infidelidad. Ella es la nueva esposa de ese ricachón naviero hijo de puta. No sabe que hay cosas en esta ciudad que deben permanecer en las tinieblas.

 

—Nunca fuiste bueno tranquilizando. —responde Declan.

 

—No intento tranquilizarte, Declan. Intento que vivas.

 

Declan terminó su whisky.

—Ya no es una opción.

 

 

III. EL PRECIO DEL SILENCIO

El alcalde Weistar lo recibió sin escoltas.

 

—Usted es inteligente, McLeod —dijo—. Los inteligentes saben cuándo retirarse.

 

—Los inteligentes también saben cuándo ya es tarde. —contesta Declan apagando un cigarro.

 

—Esto no es una guerra. Es un sistema.

 

—¿Y si no lo acepto?

 

El alcalde sonrió apenas.

—Entonces el sistema se corrige.

 

4 horas después:

La mujer volvió esa noche. Llorando.

—Me dijeron que pare —susurró—. Me dijeron lo que hacen.

 

Le ofreció millones a Declan. Para desaparecer.

—Ellos no te van a ganar —dijo—. Te van a borrar.

 

Declan sonrió, bebe un trago, aspira el humo de su cigarro y mira a la mujer.

—Ya me vieron. Eso es lo único imperdonable.

 

Ella se fue sabiendo que no habría vuelta atrás.

 

IV. EL SACRIFICIO

Declan McLeod desapareció un martes.

La policía habló de depresión, la prensa de abandono, el alcalde dio un discurso breve e hipócrita sobre las virtudes del investigador privado y exdetective McLeod.

Tres días después lo encontraron en el cementerio viejo de Unohver. El que ya no figura en los mapas, estaba crucificado, no como símbolo religioso sino como disposición ritual.

No hubo lucha. No hubo sangre alrededor.

Solo un símbolo antiguo tallado en la madera.

El caso se cerró en horas. Christian no habló. Siguió en lo suyo: guardar silencio.

La mujer huyó de la ciudad. Al menos eso dijeron los medios locales.

Unohver siguió funcionando. Sin cuestionamientos. Todo en aparente normalidad.

Todos en silencio.

Era una muerte más.

 

EPÍLOGO



Steffi visitó la tumba seis días después, al amanecer.

Llovía. No había flores. Solo tierra húmeda y una cruz con el nombre de Declan McLeod.

Lloró en silencio.

Antes de irse, vio algo pequeño, recién grabado en la base. Corre algo de tierra fangosa. Ahí estaba el mismo símbolo de la cruz, el mismo que Declan había visto en la mansión, y que había dejado en un dibujo en su oficina.

Steffi entendió. Caminó más rápido. Porque ahora sabía lo que Declan descubrió algo demasiado tarde: En Unohver, descubrir es una invitación.

Y la ciudad nunca deja invitaciones sin responder.

 

FIN

 

Una historia original creada por: Jarl Asathørn.

Esta historia de misterio es parte de una saga.