EL
NUEVO MAPA DE TRUMP:
LA
ESTUPIDEZ IMPERIALISTA HECHA CARTOGRAFÍA
Cabros, pasen y vean: El Emperador
naranja ha vuelto a hacer de las suyas, y esta
vez no fue con un discurso agüeonao, ni con un decreto sin patas ni cabeza, ni
con una amenaza arancelaria ‘perkele’ de esas que hacen temblar a Wall Street y
reír al resto del mundo. Nop. Esta vez, Donald Trump publicó un mapa en su red
social... un mapa, como cuando los niños de primaria pintan con lápices de
colores el planisferio y le agregan un continente inventado llamado
«Dinosaurilandia»... solo que aquí el niño tiene 78 años, códigos nucleares y
una cuenta de ‘Truth Social’ con millones de seguidores agüeonaos dispuestos a
aplaudirle cualquier güeá y pelá de cable del «patito donald».
En el mapa en cuestión —esa obra de
arte cartográfico digna del Louvre, si el Louvre aceptara memes— aparece Estados
Unidos con varios territorios «anexados» al mejor estilo Monopoly imperial:
Canadá pintadito con los colores de las barras y estrellas, Groenlandia —otra
vez la pobre Groenlandia— absorbida como si fuera un cubito de hielo cayendo en
un vaso de whisky, el Canal de Panamá con el cartelito de «Property of USA», y
por supuesto, el Golfo de México ya rebautizado como Golfo de América, porque
para qué respetar güeás de cinco siglos de nomenclatura si uno puede hacer un
cambio de imagen de marca a lo Elon Musk, ¿Cachai o no?
BIENVENIDOS
AL TRUMPERIO
Analicemos esta joya paso a paso,
porque merece un examen forense estilo trollish:
—Canadá, el estado 51: El
chiste ya lo hizo tantas veces que uno no sabe si es un güeveo recurrente,
provocación diplomática o síntoma clínico. «Pelo de nube» (Trump) lleva meses
refiriéndose a Justin Trudeau como «gobernador» —fíjense el detallito, ni
siquiera primer ministro— y ahora directamente pinta el país entero de rojo,
azul y blanco. Uno se imagina al canadiense promedio, tomando su café Tim
Hortons, viendo el mapa y pensando: «Ah, o sea que ahora soy americano y no me
avisaron. Genial. ¿Me toca pagar por la salud también, o eso llega con la
próxima actualización?». Los canadienses, gente educada y paciente, aún no han
declarado la guerra, pero denles tiempo... porque con «patito Donald» hasta el
más zen se cansa, se enchucha y putea crudo.
—Groenlandia, la obsesión gélida: Trump con Groenlandia tiene una fijación que ya no es
política, es psicológica, casi calentona... necesita esa isla como un
adolescente necesita las zapatillas de moda o un buen condón, y no la quiere
por los recursos, no la quiere por la posición estratégica —bueno, sí,
también—, la quiere porque no se la dejan tener, y esa güeá, para un narcisista
promedio, es combustible puro. Dinamarca ya le dijo que no. Los groenlandeses
le dijeron que no. Su propio equipo le sugirió, entre susurros, que dejara el
tema, en pocas palabras que se dejara de hinchar las pelotas, y, sin embargo,
ahí está este pobre güeón, pintándola de rojo en un mapa como si fuera una
calcomanía. Ilusión pura.
—Panamá, el retorno del imperio bananero: ¡Ah, esta es preciosa! Después de que Estados Unidos
devolvió el canal en 1999 —tras un largo proceso diplomático y con acuerdos
firmes—, ahora al señor Trump se le ocurre la brillante idea de que «hay que
recuperarlo» porque, según él, «los chinos lo controlan». Traducción de la güeá:
alguien le mostró un mapa, vio barcos, y dedujo que, si no son barcos gringos,
entonces son chinos. La lógica geopolítica al nivel de un capítulo de ‘Don
Ramón te enseña’.
José Raúl Mulino, el presidente
panameño (que si lo cachamos bien es como el hermano de Don Francisco), tuvo
que salir a explicarle al mundo que el canal es panameño, que siempre será
panameño, y que «no, señor Trump, no se lo va a llevar en la maleta».
—El Golfo de América: Este ya
es meme oficial de la güeá... cinco siglos llamándose Golfo de México esa güeá,
cartografiado por españoles, reconocido por toda la comunidad internacional, y
de repente un buen día Trump decide que suena mejor «Golfo de América», ¡Cachen
la pelá de cables!, y lo peor del güeveo: Google Maps, en su versión
estadounidense, le hizo caso, porque la güeá es obvia, cuando el emperador
trastorner dice que el cielo es verde, las corporaciones tecnológicas sacan una
actualización para pintarlo verde.
Bienvenidos al futuro, donde la
realidad se edita con un click y un lobby ‘vittuperkele’ corporativo.
LO QUE
FALTA EN EL MAPA (POR AHORA)
Güeón, uno mira el mapa y piensa:
bueno, al menos se quedó ahí, pero conociendo al personaje, esto es apenas el
borrador. La versión 2.0 seguramente incluirá:
—La Antártida, porque hay pingüinos
y a los pingüinos hay que liberarlos del comunismo climático.
—La Luna, ya que técnicamente el
chamullero y cagón de Neil Armstrong plantó una supuesta bandera ahí en 1969, y
para Trump eso es equivalente a una escritura de propiedad notariada.
—Cuba, porque nunca está de más
reciclar viejos sueños de la Guerra Fría.
—Venezuela, obviamente, con el
pretexto del petróleo y la «democracia» —esa palabra que Trump pronuncia con la
misma naturalidad con la que un vegano pronuncia «chuleta jugosa con grasa».
—La Patagonia argentina, porque es
linda, tiene glaciares, y el sionista y cagao del casco de Milei probablemente
le regale la mitad a cambio de un tuit elogioso.
—Marte, porque el satanista de Elon Musk
ya lo tiene medio reservado y hay que apurarse.
EL
APLAUSO DE LA TRIBUNA
Lo verdaderamente asombroso de esta
güeá no es que Trump publique tanta mierda sin sentido, un vejete mayor con
delirios de grandeza y acceso a internet puede publicar la güeá que quiera; el
mundo está lleno de güeones borrachos que reordenan la geopolítica en Facebook
cada domingo. Lo asombroso del güeveo es la reacción de sus seguidores, miles,
millones de comentarios lúseres celebrando el mapa como si la güeá fuera un
plan estratégico serio.
«¡Así se habla, Presidente!».
«¡Manifest Destiny 2.0!».
«¡Que tiemble el mundo!».
Uno lee esas güeás de comentarios y
entiende, con horror po’ güeón, que, para una porción enorme del electorado
gringo, esto no es sátira, no es provocación, no es un troleo: es literalmente
la güeá que quieren. Quieren un imperio, quieren pintar el mapa, quieren volver
a los tiempos en que Estados Unidos entraba a un país, plantaba una bandera y
se llevaba las bananas, los monumentos, las riquezas y todas las güeás.
Y mientras tanto, los medios
internacionales debaten con seriedad académica si el puto mapa es «una amenaza
real» o «una estrategia de negociación». Analistas con corbata y pelo peinado
explican en CNN que «hay que leer entre líneas». Entre líneas, cabros... como
si el güeón fuera Nostradamus y no un vendedor de bienes raíces con complejo de
César.
LA
DIPLOMACIA DEL CRAYÓN
Imagínense la escena en el
Departamento de Estado: Funcionarios de carrera, güeones que estudiaron
Relaciones Internacionales en Harvard, que hablan cinco idiomas, que dedicaron
sus vidas a entender los equilibrios geopolíticos más sutiles del planeta... y
de repente el jefe —que hace tiempo viene peinando la muñeca— publica un mapa ‘vittuperkele’
con Canadá pintado de rojo, y les toca a ellos, al día siguiente, sentarse con
embajadores extranjeros y explicar —con cara de póker, sin reírse, sin llorar—
que «las declaraciones del Presidente deben interpretarse en su contexto». Uno
se imagina al pobre diplomático estadounidense en Ottawa, tomando un whisky triple
antes de la reunión, pensando:
—«¿Cómo chucha llegamos a esto? ¿En
qué momento firmé para esta güeá?».
Y el embajador canadiense, del otro
lado, aguantando la risa mientras piensa:
—«Este güeón va a pintar Toronto de
rojo en el próximo mapa y va a decir que la Torre CN es propiedad federal
americana».
CIERRE
DE LA GÜEÁ:
EL
MAPA COMO ESPEJO
Al final, el mapa de «cabeza con
mierda» (Trump) no es un plan ‘perkele’ geopolítico, es un autorretrato, es el
reflejo perfecto de una mente jugosa que confunde deseo con realidad, ambición rapiñera
con derecho, capricho enfermizo con estrategia, y también es el reflejo de un
país agüeonao que, en buena parte, sigue creyendo que el mundo es un tablero y
que ellos son los únicos jugadores con derecho a mover fichas. Que corten el
güeveo.
Pero cuidado con la güeá: los mapas, en la historia, han sido peligrosos, no porque cambien la puta realidad —no lo hacen—, sino porque revelan intenciones mariconas y siniestras... y las intenciones, cuando se repiten lo suficiente, se convierten en política... y la política, cuando la ejerce alguien sin frenos, medio ‘trastorner’ y con poder, se convierte en tragedia.
Por ahora, riámonos de la güeá,
riámonos del mapa, del Golfo de América, del gobernador Trudeau (izquierdista
HDP), del canal recuperado en la imaginación, riámonos porque es la única güeá que
nos queda mientras el Emperador Naranja sigue coloreando el
mundo con lapicitos de colores desde su despacho oval, pero riámonos con un ojo
abierto, porque los que hoy pintan mapas, mañana quieren firmar tratados, y
pasado mañana, invadir países.
Para finalizar, cabros, si algún día
ven que en ‘Google Maps’ que la Patagonia aparece como «South American
Extension of Greater America»... no digan que no se los advertimos. Hay que ser
güeones, pero nunca tanto.
Escrito por: Olog Krevalora.
Portada: V.D.M. Creada con AI.
Edición final: Olog Krevalora.


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