martes, 8 de septiembre de 2026

Sala de Autopsias Sociales [Trump and the gringo delirium]




TRUMP Y EL DELIRIO GRINGO

Hablar de Donald Trump es, quizás, uno de los ejercicios más agotadores del periodismo contemporáneo, y no porque el tipo sea complejo —al contrario, es de una simplicidad casi preocupante—, sino porque produce disparates a una velocidad industrial, como si tuviera una fábrica interna dedicada exclusivamente a excretar pensamientos enfermos con la convicción de un profeta iluminado por lámparas de bronceado. Uno intenta seguirle el ritmo, tomar nota, analizar… y para cuando termina de procesar una imbecilidad, el hombre ya soltó tres más en ‘Truth Social’, dos en una rueda de prensa y una durante un almuerzo con algún jeque.

 

El museo de las promesas rotas

Repasemos, porque el catálogo ya da para exhibición itinerante.

Primero fue Groenlandia, aquella idea magnífica, casi napoleónica, de anexar una isla enorme llena de hielo porque sí, porque se le antojó, porque suena bonito en el mapa. El sueño, previsiblemente, se congeló —permítanme la talla fácil, se lo debo al lector— y quedó archivado en la carpeta de «ocurrencias imperiales que no prosperaron». Dinamarca respiró aliviada, Groenlandia siguió existiendo sin él, y Trump pasó a la siguiente locura sin siquiera pedir disculpas por haber sugerido comprar un país como quien compra un condominio en Miami.

Después vino la promesa estrella: «Yo detengo la guerra entre Ucrania y Rusia en 24 horas». Un clásico. Han pasado bastantes más horas que esas, y lo único que se ha detenido es su credibilidad en materia diplomática. Putin lo escucha, le sonríe cínicamente, y sigue haciendo lo que le da la gana. Zelenski lo escucha, le sonríe forzadamente, y sigue pidiendo armas y dólares. Y Trump, entretanto, sigue anunciando que «está muy cerca» de un acuerdo, con esa cara de vendedor de electrodomésticos usados que le sale tan natural.

Con Irán, más de lo mismo. Iba a caer, iba a arrodillarse, iba a implorar clemencia, y, sin embargo, ahí sigue Irán, tan campante, jugando ajedrez mientras Trump juega a las damas chinas y pierde. Da la impresión —y esto es lo tragicómico— de que no puede ganarle de ninguna manera, y aun así sigue amenazando como el matón del recreo que promete pelear «después de clases» y nunca aparece. 

Y ahora, la joyita más reciente: quiere rebautizar el estado de Nuevo México como «Nueva América». Porque claro, ¿para qué respetar la historia, la geografía, la identidad de millones de personas, si uno puede simplemente sacarle punta al ego con un nombre nuevo? Es la misma lógica del Golfo de México convertido en «Golfo de América». Pronto veremos «Océano Atlántico del atlante Trump», «Océano del Pacífico Trump» y «Sol de las Américas MAGA».

No se rían, que todo es posible.

Todo esto, además, ocurre en medio de una crisis de credibilidad monumental —no sé si del pueblo gringo entero, pero desde luego de la clase política que se supone lo enfrenta. Porque la oposición demócrata, seamos honestos, ha sido tan brillante en su estrategia que logró perderle a un tipo con 34 cargos penales, dos juicios políticos y un intento de golpe blando encima. Aplausos. Por favor, todos de pie.

 

El delirio no es solo suyo, es de todo un país

Y aquí llegamos al meollo del asunto, al cuesco del durazno, porque sería demasiado cómodo culpar solo a Trump. El hombre es el síntoma, no la enfermedad. El delirio es colectivo, es cultural, es estructural. Estados Unidos lleva décadas —siglos, en realidad— viviendo en una burbuja esquizoide donde «América» es sinónimo de «nosotros» y punto, se acabó. El continente entero, esos 35 millones de kilómetros cuadrados que van desde Alaska hasta Tierra del Fuego, no existe en su imaginario más que como patio trasero o zona de la que llegan inmigrantes molestos.

Hagan la prueba... vayan a Kansas, a Ohio, a cualquier pueblito de Texas, y díganle a un local: «Yo también soy americano, soy de Chile» o «soy de Colombia», la cara que va a poner ese señor será digna de estudio antropológico. Va a mirarte como si le hubieras dicho que el sol es cuadrado. «¿americano tú? Pero si tú eres… mexicano, o algo así». Porque para el gringo promedio, «americano» es una nacionalidad exclusiva, patentada, registrada en la oficina de marcas de Washington. Los demás somos «sudamericanos», «latinos», «hispanos», o «tercermundistas», cualquier cosa menos americanos. El continente entero le fue expropiado semánticamente a 600 millones de personas, y nadie parece haberse dado cuenta —o peor, a nadie parece importarle una shit.

Y no es broma, no es exageración de columnista pesado o resentido. Lo de los gringos es una ignorancia de manual escolar. Un pueblo del «primer mundo» que no sabe ubicar a Ucrania en el mapa pero opina con firmeza sobre la guerra, que no distingue entre Irak e Irán pero cree que hay que bombardearlos a los dos por si acaso, que piensa que África es un país y que en Europa se habla «europeo». Los datos de las encuestas educativas son un festival del bochorno: un porcentaje escalofriante de estadounidenses adultos no puede señalar su propio estado en un mapa mudo. Y, aun así, se sienten con la autoridad moral de decirle al resto del mundo cómo vivir, cómo votar, cómo gobernarse.

Es un pueblo que casi no cuestiona, que aplaude robóticamente cualquier estupidez que salga de la boca de sus políticos siempre que venga envuelta en bandera y acompañada de un «God bless America».

Trump dice que hay que comprar Groenlandia y la mitad del país aplaude, dice que Canadá debería ser el estado 51 y la mitad del país aplaude, dice que va a poner aranceles del 200% y arruinar la economía global y la mitad del país aplaude. Uno ya no sabe si reír o preparar el búnker.

 

El paralelo incómodo

Y aquí va la comparación que a más de uno le va a doler, pero hay que hacerla: uno termina con la incómoda sensación de que no existe una diferencia tan abismal entre el pueblo norcoreano, sumido en una ignorancia impuesta por la dictadura, y el pueblo estadounidense, sumido en una ignorancia autoinducida por el consumo, el entretenimiento y una educación pública que en muchos estados es un chiste de mal gusto.

Sí, ya sé, van a saltar los puristas: «¡Pero en Estados Unidos hay libertad de prensa, hay universidades top, hay Nobel!». Correcto. Existen. Y, sin embargo, la masa, el ciudadano promedio, el que decide elecciones, vive en una realidad paralela alimentada por Fox News, TikTok y sermones dominicales. Un norcoreano cree que Kim Jong-un inventó la hamburguesa porque no le queda otra. Un estadounidense cree que Estados Unidos ganó la Segunda Guerra Mundial él solito porque prefiere creerlo. La diferencia es de origen, no de resultado, ¿Cachan la idea?

 

Cierre sin moraleja

Trump seguirá diciendo barbaridades, va a proponer cambiarle el nombre a la Luna, a rebautizar el Amazonas, a invadir Panamá otra vez, a comprar la Antártida (siempre y cuando Argentina no la reclame como suya antes). Y su pueblo, en buena parte, seguirá aplaudiendo... porque el problema nunca fue solamente él, el problema es el ecosistema que lo produjo, lo eligió, lo reeligió, y lo trata como profeta.

 

Mientras tanto, desde el resto del continente —desde esta «otra América» que existe, aunque a ellos les cueste aceptarlo— nos toca mirar el espectáculo con una mezcla de indignación, risa nerviosa y ese pequeño consuelo de saber que, al menos, nosotros sí sabemos dónde queda Groenlandia.



 

Escrito por: Vëthriön Asathørn y el Dream Team de Trollish News.

Portada diseñada por: Vëthriön Asathørn.

Edición final: Vëthriön Asathørn.