I
El
carruaje avanzó entre la niebla como un ataúd arrastrado por caballos
moribundos.
Johrënn
observaba el bosque desde la pequeña ventana empañada. Los árboles eran
gigantes negros deshojados que se inclinaban unos sobre otros, entrelazando sus ramas como
dedos artríticos. A ratos parecía que el bosque respiraba, no por el viento,
sino por algo más profundo, más antiguo… algo que dormitaba bajo la tierra
húmeda.
Los
troncos gigantescos se elevaban como columnas negras hacia un cielo oculto.
Cada ráfaga de viento producía un sonido parecido a un coro lejano, profundo y
funerario. Había algo religioso en aquella oscuridad; no de un credo humano,
sino algo más arcaico, más profundamente lejano… algo que existía antes de que el primer hombre
pronunciara una plegaria.
El
joven Johrënn llevaba semanas huyendo de la ciudad. Harto de la gente, harto de
las voces, harto de las calles llenas de sonrisas falsas y conversaciones
vacías.
Había
comenzado a sentir una repulsión enfermiza hacia todo lo humano. Incluso hacia
sí mismo.
Por
eso aceptó aquella extraña carta. La había encontrado bajo la puerta de su
departamento una madrugada lluviosa. No tenía remitente, solo una frase escrita
con tinta gris:
«En
la Mansión Vhaldren hallarás el silencio que buscas». Y abajo, un mapa dibujado
a mano.
II
El
cochero nunca habló durante el viaje. Su rostro permanecía oculto bajo un
sombrero húmedo y una bufanda ennegrecida. Johrënn intentó preguntarle cuánto
faltaba, pero el hombre apenas levantó una mano enguantada con una extraña pipa
en ella señalando hacia adelante.
Entonces
apareció… la mansión emergió entre los árboles como un cadáver olvidado por
Dios.
Tenía
torres deformes, ventanas altas cubiertas de mugre y una fachada agrietada por
raíces que parecían venas petrificadas. Ninguna luz brillaba en su interior,
pero Johrënn sintió inmediatamente que alguien observaba desde las ventanas
superiores.
Cuando
descendió del carruaje, quiso agradecerle al cochero... pero no había nadie. Ni
carruaje. Ni caballos. Solo el bosque, algo de niebla azulada y el frío
cadavérico de lo lejano.
El
joven tragó saliva.
El
silencio allí era distinto al silencio normal... como algo espeso que se
acumulaba en los oídos y hacía doler la cabeza.
III
Empujó
la puerta principal... la madera se abrió lentamente con un gemido húmedo, el
interior olía a polvo mojado y flores marchitas. Retratos ennegrecidos colgaban
de las paredes, aunque sus rostros habían sido rasgados. Un largo corredor se
extendía hacia la oscuridad absoluta.
Y
entonces ocurrió algo extraño.
Sintió
alivio, como si aquella casa comprendiera exactamente lo que llevaba dentro.
Johrënn
caminó durante horas explorando habitaciones cubiertas por sábanas, bibliotecas
infestadas de hongos y pasillos que parecían cambiar de forma cuando dejaba de
mirarlos.
En
el tercer piso encontró una habitación circular... allí había un enorme órgano
antiguo. Las teclas estaban amarillas y algunas parecían hechas de hueso
humano. Encima del instrumento descansaba un cuaderno de cuero. Johrënn lo
abrió... no era un diario. Eran partituras, pero no de música normal. Los
símbolos escritos allí parecían retorcerse. Algunos cambiaban de posición
cuando apartaba la vista. Otros parecían palpitar débilmente bajo la tinta.
Y
abajo, repetido una y otra vez:
«LA PUERTA RESPIRA BAJO
EL MAR NEGRO».
Johrënn
sintió un escalofrío... no debía tocar aquello. Lo supo de inmediato. Sin
embargo, una fascinación enfermiza comenzó a crecer dentro de él... porque el
órgano emitía un sonido suave, y no provenía de las teclas, venía desde dentro,
como si algo respirara atrapado bajo el instrumento.
El
joven retrocedió.
Entonces
escuchó pasos en el corredor... lentos... arrastrados. Alguien venía.
—«¿Hola?»
—preguntó. —«Recibí una invitación para alojarme en este lugar. ¿Hola? ¿Hay
alguien ahí?»
No
hubo respuesta.
Los
pasos se detuvieron justo detrás de la puerta.
Johrënn
permaneció inmóvil.
El
silencio era sepulcral… luego… tres golpes.
TOC.
TOC.
TOC.
—«¡¿Quién
es?!» —pregunta con voz dura.
IV
Abrió
la puerta de golpe…
…Nada.
El
corredor estaba vacío, pero el piso ahora estaba húmedo... era agua salada.
Johrënn
sintió el corazón acelerarse.
La
humedad comenzaba a extenderse por las paredes.
Escuchó
un murmullo lejano… miles de voces. No hablaban ningún idioma humano. Parecían
rezos hechos por gargantas ahogadas.
Y
el órgano comenzó a tocar solo… una nota grave. Luego otra. Luego una secuencia
monstruosa que hizo vibrar toda la mansión.
Las
paredes crujieron.
Desde
abajo llegó un estruendo. Algo gigantesco se movía bajo la mansión.
Johrënn
quiso huir… corrió hacia las escaleras, pero ya no estaban. El corredor se
había deformado y las ventanas mostraban otra cosa ahora... no era el lúgubre bosque
retorcido y negro, sino un océano oscuro e infinito bajo un cielo sin
estrellas... y algo emergía lentamente de esas aguas. Primero vio los
tentáculos, eran enormes, cubiertos de ventosas brillantes, luego una cabeza
colosal. No tenía forma exacta. Cambiaba constantemente entre pulpo, dragón y
cadáver humano. Sus ojos verdes se abrieron en medio de la oscuridad oceánica.
Y
Johrënn comprendió. Comprendió que la mansión nunca estuvo en el bosque.
Comprendió que el bosque tampoco pertenecía a la Tierra.
Todo
había sido una trampa. Una entrada… una grieta abierta hacia algo antiguo.
El
nombre apareció en su mente sin que nadie lo pronunciara: Cthulhu.
La
criatura lo observó… como si hubiese esperado su llegada desde hacía eones.
Entonces
las paredes comenzaron a sangrar agua marina.
Las
puertas se deformaron como carne viva.
Y
Johrënn escuchó la verdadera voz del monstruo. Y no venía desde afuera… venía
desde dentro de su propia cabeza. Cada pensamiento comenzó a romperse. Sus
recuerdos se mezclaron. Olvidó el rostro de su madre. Olvidó su nombre. Olvidó
qué era un ser humano.
Cayó
de rodillas mientras el órgano seguía sonando con violencia insoportable. Y en
ese instante final entendió el propósito de la mansión. No era atraer personas…
sino vaciarlas. Convertirlas en recipientes.
Lentamente
giró la cabeza y vio a los habitantes originales de la mansión. Docenas de
figuras extremadamente altas y delgadas observándolo desde la oscuridad. Sus
rostros eran lisos, sin ojos ni boca, pero todos inclinaban la cabeza con una
expresión silenciosa de bienvenida.
Los
ojos de Johrënn comenzaron a sangrar, su mandíbula se abrió lentamente más allá
de lo posible. Algo se movía dentro de su garganta. Algo despertaba.
Afuera,
en el bosque imposible, las ramas comenzaron a inclinarse hacia la mansión como
fieles ante un altar.
Y
en la habitación circular, el joven sonrió por última vez con una expresión que
ya no pertenecía a este mundo.
Una historia
creada por: H.P. Hatecraft para V.D.M.
Inspirada en
el poema «Obsesión» de Charles Baudelaire.
Una idea de:
Vëthriön Asathørn.
Edición
final: Vëthriön Asathørn.


