Bosques de
Magallanes
(Iluminación
Austral)
«He visto los bosques del sur
como se ve un sueño bajo fiebre:
negros, inclinados,
con el viento insertando clavos invisibles
en la carne verde del musgo.
He caminado donde el mundo termina
en una respiración de hielo,
donde la luz es un cuchillo pálido
y el cielo no promete nada
más que su inmensa indiferencia.
¡Oh Magallanes!,
territorio de pumas mudos
y lengas torcidas como pensamientos antiguos,
yo te he bebido
como se bebe un licor amargo
en la garganta de un desterrado.
El coirón—
ese cabello seco de la tierra,
esa barba dorada del desierto frío—
cruje bajo las botas
como si el suelo hablara
en un idioma de huesos.
Y todo es viento.
Todo es viento que golpea
como una mano sin dueño,
como una blasfemia interminable
sobre las pampas vacías.
En estos campos
uno aprende que la soledad
no es un sentimiento:
es un paisaje.
Los bosques de lenga,
los ñires encendidos en otoño
como cartas incendiadas,
son catedrales sin dios
donde la nieve canta
su himno blanco,
su salmo de silencio.
He visto caer la nieve austral
con una lentitud de ceniza,
como si el cielo fumara
los últimos cigarrillos
del planeta.
Cada copo
es un mensaje ilegible,
una escritura de otro mundo
que se deshace en la piel
antes de ser comprendida.
Y el frío…
el frío no es clima:
es una presencia interminable.
El frío es un animal transparente
que se sienta en el pecho,
que muerde las manos,
que vigila los pensamientos
hasta volverlos cristal.
En Magallanes
hasta el alma se escarcha.
Los ríos corren oscuros,
con una desesperación mineral,
como venas de la tierra
abriéndose paso
entre piedras y glaciares.
Y el bosque respira
con pulmones de niebla.
A veces,
entre ramas mojadas,
uno escucha
un rumor de siglos:
los pasos de los kawésqar,
las voces perdidas
en el viento,
las fogatas apagadas
bajo tormentas interminables.
Aquí el tiempo
no avanza:
se pudre lentamente
en la corteza húmeda.
Yo he querido huir
de mí mismo
en estas latitudes.
He querido ser solo
un cuerpo atravesado por la intemperie,
una mirada sin nombre
perdida en el sur absoluto.
Porque en estos bosques
la civilización es una mentira lejana,
un ruido ridículo
más allá del horizonte.
Aquí manda el silencio.
Aquí manda el hielo.
Aquí manda el coirón
con su dignidad seca
de espada humilde.
¡Oh nieve austral!,
tú que cubres las ruinas del mundo
con tu pureza cruel,
tú que borras las huellas
como si la existencia
fuera un error que corregir.
Yo te saludo
como se saluda a un destino.
Bosques de Magallanes:
última embriaguez de la tierra,
último delirio verde
antes del muro blanco.
Yo he sido un poeta
en el confín del mapa,
un muchacho febril
en la boca del invierno,
y he entendido, por fin,
que la belleza
no siempre consuela:
a veces es solo
un frío esplendor
que nos mira pasar
sin decir nada».
Una idea poética de:
vikingodemagellan.blogspot.com
Edición final: Jarl Asathørn.
