sábado, 21 de marzo de 2026

¿Cachai que...?

 


¿CACHAI QUE...?



El rincón de Europa donde no podían entrar mujeres, vacas… ni catalanes.

Europa suele contarse a sí misma como una historia de progreso continuo: de la superstición a la ciencia, del absolutismo a los derechos humanos, del medievo a la modernidad. Pero el mapa europeo es traicionero y guarda excepciones que parecen diseñadas para recordarnos que el pasado, a veces, no se va: se enquista. Una de las más fascinantes es el Monte Athos, un lugar real donde hasta fechas sorprendentemente recientes estuvo prohibida la entrada a las mujeres, a las hembras de los animales y, durante siglos, también a los catalanes.


 

El Monte Athos se encuentra en el norte de Grecia, en una península montañosa que se adentra en el mar Egeo como un dedo acusador. Desde hace más de mil años está habitado por monjes ortodoxos y funciona como una república monástica autónoma, con autogobierno, leyes propias y una extraordinaria capacidad para mantenerse al margen del mundo moderno. Formalmente pertenece a Grecia, pero en la práctica vive en una burbuja jurídica y espiritual reconocida por emperadores bizantinos, sultanes otomanos, reyes griegos y, ya en tiempos recientes, por la Unión Europea, que prefirió no meterse en discusiones con monjes barbados y documentos del siglo XI. 

La clave de todo es una norma llamada avaton, vigente desde 1046. Su objetivo es proteger la vida ascética de los monjes evitando cualquier distracción externa. La solución fue radical y coherente con su lógica medieval: excluir aquello que pudiera alterar la calma espiritual. Así, el avaton prohibió la entrada de mujeres. Ninguna. Ni peregrinas, ni turistas, ni científicas, ni jefas de Estado. Según la tradición, la única mujer “presente” en Athos es la Virgen María; el resto, por definición, sobra. La idea es simple: si no hay mujeres, no hay tentación. Freud habría disfrutado mucho analizando el asunto.

La obsesión llegó más lejos. También se prohibió la entrada de hembras de animales, para evitar cualquier rastro de feminidad incluso en versión caprina. Vacas, yeguas y cabras quedaron fuera, aunque la norma tuvo que ceder ante la realidad: se permitieron gatos para controlar ratones y gallinas para garantizar huevos. El ascetismo es firme, pero el desayuno es sagrado.

Hasta aquí, Athos podría parecer simplemente un anacronismo pintoresco. Pero hay una tercera exclusión que convierte la historia en algo más jugoso: los catalanes.

La razón hay que buscarla en la llamada Venganza catalana: una serie de acciones militares que siguieron al asesinato de Roger de Flor y unos cien almogávares en 1305, perpetrado por orden del emperador bizantino.

Esto no fue una batalla, fue una rabieta histórica de proporciones bíblicas. Imagina la escena: principios del siglo XIV. Tenemos a la Gran Compañía Catalana, liderada por el carismático (y ex-templario buscavidas) Roger de Flor. Eran los almogávares, la élite de la tropa de choque, los Navy SEALs de la Corona de Aragón, pero en versión «bruto mecánico».

El emperador bizantino Andrónico II estaba con el agua al cuello por los turcos y contrata a estos mercenarios. Los almogávares llegan, ven, y arrasan. Repartieron estopa a los turcos de tal manera que en Constantinopla empezaron a tener más miedo de sus «salvadores» catalanes que de los enemigos. Y el miedo es mal consejero a la hora de tomar decisiones. Había que atajar el problema catalán… y había que hacerlo ya. Así que, el hijo del emperador, Miguel IX (que debía ser la alegría de la huerta), decide solucionar el problema a la vieja usanza: con traición. En 1305, invita a Roger de Flor y a su cúpula a un banquete de despedida en Adrianópolis.

 

• El resultado: Roger de Flor asesinado y una masacre de almogávares pillados con la guardia baja (una versión de la «Boda Roja» en Juego de Tronos). Miguel pensó: «Muerto el perro, se acabó la rabia». Error. Grave error.

 

La respuesta fue la Venganza (y qué venganza). Los supervivientes no huyeron. Se atrincheraron en Galípoli y decidieron que el Imperio Bizantino iba a pagar cada gota de sangre con intereses de usura. Desafiaron a todo el ejército imperial y lo destrozaron. No dejaban piedra sobre piedra. Saqueaban, quemaban y pasaban a cuchillo todo lo que se movía. Fue una operación de castigo tan brutal que despoblaron regiones enteras. Miraron hacia el Monte Athos y no vieron santidad, vieron una hucha gigante. Los monasterios estaban repletos de oro, reliquias y comida, defendidos por monjes que rezaban mucho, pero peleaban poco. Presa fácil. Saquearon tesoros, quemaron bibliotecas enteras para calentarse y pasaron a cuchillo a los religiosos sin miramientos. Fue un saqueo sistemático y brutal.

Cuando se cansaron de quemar cosas, decidieron quedarse con el chiringuito. Terminaron conquistando los ducados de Atenas y Neopatras, territorios que llegaron a estar bajo influencia de la Corona de Aragón.

La respuesta de Athos fue tan religiosa como implacable: excomunión, anatema y prohibición expresa de entrada a los catalanes. No a aquellos mercenarios concretos, sino al gentilicio entero. El castigo no tenía fecha de caducidad. Durante siglos, ser catalán bastaba para que Athos te cerrara la puerta, aunque hubieran pasado generaciones desde el saqueo y aunque el visitante no tuviera más relación con la Compañía Catalana que un apellido y un lugar de nacimiento. Mientras Europa cambiaba de dinastías, abolía la tortura, inventaba el ferrocarril y proclamaba derechos universales, Athos seguía aplicando una vendetta medieval con una constancia admirable. La prohibición a los catalanes permaneció escrita durante siglos y solo empezó a diluirse a finales del siglo XX y comienzos del XXI, no tanto por perdón cristiano como por pura incomodidad administrativa en una Europa cada vez más integrada (algo influyó también que la Generalitat pagara la restauración de uno de los tesoros artísticos saqueados para que levantaran el veto). Eso sí que es guardar rencor.

 

Hoy, la entrada de mujeres sigue prohibida. La de las hembras de animales, casi intacta. Y la de los catalanes ha quedado como una reliquia histórica, más simbólica que efectiva. Pero durante mucho tiempo fue real, oficial y perfectamente asumida.

 

¿CACHAI QUE...?


La manzana, una fruta deliciosa, seductora y muy peligrosa.

Todos sabemos que hay marcas comerciales que se han terminado incorporando a nuestra lengua como una palabra más, pasando de nombre propio a nombre común. Y todos podemos poner ejemplos de este fenómeno: Coca-Cola (o Pepsi, para cubrir todos los frentes), fotomatón, clínex, rímel… Pero seguro que no se nos ocurre decir manzana. Y es que manzana en latín se decía malum, pero Gayo Macio (en latín Gaius Matius), un botánico romano del siglo I a.C., cultivaba una variedad especial de manzana, que, naturalmente, se conocía como «manzana de Macio» (malum matianum). Entonces, al pasar al castellano, podríamos decir que tuvo más éxito el apellido que el nombre. O que la variedad específica terminó designando al fruto genérico. Fuera por elipsis o por metonimia, o por evitar una palabra que también significaba «malo», lo cierto es que el adjetivo (en su forma en neutro plural, matiana), triunfó sobre malum. En primer lugar, dio maçana, en castellano antiguo y después mançana, y manzana con la ortografía moderna.  Hechas las oportunas presentaciones, entremos en materia.

 

La manzana del Jardín del Edén


Me gusta la explicación del pecado original de Mark Twain en «Diarios de Adán y Eva», donde deja claro que Adán y Eva comieron la fruta del árbol prohibido por el hecho de estar prohibido y no por la manzana en sí. Y ya puestos, ¿estáis seguros de que fue una manzana, porque yo no? Según el Génesis, Dios puso a Adán y Eva en el Jardín del Edén (paraíso) y les dijo que podían comer el fruto de todos los árboles excepto del llamado Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Llegó la serpiente (el Diablo) engañó a Eva y comió del fruto prohibido. Hasta aquí, todo según lo previsto, pero… en ningún sitio dice que el fruto fuese una manzana. Para encontrar la (supuesta) manzana tenemos que ir a la Vulgata, una traducción de la Biblia hebrea y griega al latín de finales del siglo IV hecha por San Jerónimo de Estridón por orden del Papa Dámaso I. La primera Biblia oficial. Se llamó Vulgata porque estaba escrita en latín vulgar (el latín de estar por casa que hablaba todo el mundo). San Jerónimo tradujo la palabra hebrea peri (un término genérico que simplemente significa «fruta») por el término latino malum. La confusión o la genialidad radica en la dualidad del significado de la palabra malum: como sustantivo significa manzana y como adjetivo malo o maligno. Y, la verdad, a mí me parece una genialidad, porque con un solo término le pone nombre a la fruta y, a la vez, le da la connotación de maligno (recordemos que era un fruto prohibido). Y no se vayan todavía, porque aún hay más. Incluso la traducción de Jerónimo era más ambigua de lo que hoy parece, porque malum pasó designar todo fruto carnoso y con semillas. Así que, podría ser una pera (por decir algo), un limón (como en el cuadro ‘La adoración del cordero místico’ de los hermanos van Eyck, donde Eva sostiene algo parecido al cítrico) … o un higo (Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina, representaron la escena con una higuera). Al final, el arte, con Alberto Durero o el italiano Tiziano, y la literatura, con exponentes del calibre del poeta inglés John Milton, fueron estrechando el cerco alrededor de la manzana para establecerla como ganadora.

 

La manzana de la discordia


Dicen que las grandes guerras empiezan por cuestiones serias: disputas territoriales, rivalidades comerciales, asesinatos políticos. Pero los griegos, que eran especialistas en montar un drama por cualquier cosa, decidieron que la Guerra de Troya iba a empezar por… una fruta. Efectivamente, como ya habrás supuesto, una manzana.

La historia empieza en la boda de Peleo y Tetis, una de esas celebraciones donde invitas a todo el mundo menos a la persona conflictiva del grupo. En este caso, la conflictiva era Eris, diosa de la Discordia, y, como era de esperar, se enfadó y allí que se presentó, en modo vengativo, para meter cizaña o, haciendo honor a su divinidad, para sembrar discordia. ¿Y qué hizo? Pues lanzar en medio de los asistentes una manzana de oro (o, como mínimo bañada en oro) con la inscripción: Para la más hermosa. Y, por casualidad, fue rodando hasta llegar a donde estaban reclinadas las diosas Hera, Atenea y Afrodita. Las tres, vanidosas, presumidas y muy pagadas de sí mismas, creyeron ser las agraciadas. Viendo que podían llegar a las manos y que el asunto era un problemón de proporciones olímpicas, Zeus le pasó el marrón al mortal Paris, príncipe de Troya, para que decidiese quién era que la debería recibir tal honor. Y allí que se encuentra con tres diosas dándolo todo (versión soborno):  Hera le ofrece poder infinito; Atenea la victoria en todas las guerras y Afrodita le ofreció a la mujer más hermosa del mundo. Y Paris, aplicando la lógica de un adolescente que piensa con la cabeza de abajo, le dio la manzana a Afrodita. Solo había un problema, que resulta que la mujer más bella del mundo era Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta. Dependiendo de la versión, Paris se la lleva por amor o por engaño, pero el caso es que Menelao monta en cólera y levanta a los reyes griegos contra Troya. Y este es el origen mitológico de la guerra de Troya, la puñetera manzana.

 

¿CACHAI QUE...?



El cuento de Blancanieves es dramático y siniestro.

Blancanieves era una niña querida por su padre, pero no por su madrastra, quien envidiaba su belleza. Ésta mandó a un cazador llevarla al bosque, matarla y traerle de vuelta su corazón como prueba. El hombre no pudo cometer aquel acto, la dejó huir y en su lugar cazó un animal para llevarle los órganos a la madrastra. Blancanieves descubrió entonces la casa de los siete enanitos, donde fue encontrada por la envidiosa mujer después de preguntarle a su espejito quien era la más bella del reino. Disfrazada de viejecita, le ofreció una manzana envenenada a la niña. Ella la comió y cayó muerta. Los enanitos la guardaron en un ataúd de cristal hasta que un buen día llegó un príncipe que quiso llevársela pues era muy grande el amor que comenzaba a sentir por ella. En el camino, los hombres que la portaban tropezaron y con el movimiento Blancanieves expulsó el trozo de manzana envenenado. En aquel momento revivió y, tal era el amor que en ella despertó el príncipe, que se casaron y estuvieron juntos para siempre. 

Pero… ¿hay alguna diferencia entre las versiones primitivas y la que todos tenemos en el inconsciente? Claro que sí, los cambios más llamativos son dos. El primero de ellos surge en las visitas que la madrastra le hace a Blancanieves. Y es que quizás por no hacer un relato demasiado extenso, en la versión actual la madrastra consigue envenenar con éxito a Blancanieves en su primer y único intento. Sin embargo, en la versión de los Hermanos Grimm la madrastra se viste primero de buhonera y le ofrece a Blancanieves un lazo con el que la intenta ahogar. Más tarde adoptó la apariencia de una vieja y consiguió que la niña le abriera y se dejara cepillar el pelo con un peine cuyas púas estaban envenenadas. Finalmente utilizó el truco de la manzana, mitad roja mitad blanca, y se comieron una parte cada una de las féminas. La madrastra probó de la mitad buena y Blancanieves de la envenenada.

Tras el ataúd de cristal y la llegada del príncipe, la feliz pareja comenzó a organizar una boda a la que la madrastra fue invitada. Ella no sabía de quién se trataba, pero su espejito le había advertido de que volvía a haber alguien más bella que ella (en un claro ejemplo de narcisismo, la madrastra consultó compulsivamente durante toda su vida dicho espejo). Al llegar a la ceremonia, la mujer se dio cuenta de que la novia no era otra que Blancanieves y, como dice textualmente la historia…

 

«…fue tal su espanto y su pasmo que se quedó clavada en el suelo sin poder moverse. Aun así, fue obligada a bailar desnuda hasta morir, calzada únicamente con unos zapatos de hierro calentados al rojo vivo».

 

Según el historiador alemán Karl Heinz Bartels, la historia de Blancanieves se basa en la vida de Maria Sophia Margaretha Catharina von Ertha que, como él, nació en Lohr. Actualmente en dicha localidad puede visitarse el castillo donde se supone que vivió allá por finales del siglo XVIII, así como el espejo al que acudía su madre y el bosque en el que estuvo con los enanitos. El historiador tampoco duda en afirmar que seguramente estos hombrecillos que la ayudaron eran en realidad niños que trabajaban, al igual que los enanitos, en las minas que había por aquella zona. Por otro lado, el veneno que la madrastra (probablemente la Condesa de Reichenstein) utilizaba con Blancanieves podría conseguirlo del arbusto de la belladona, cuyo poder narcótico le producía a la niña un efecto de muerte temporal.

 

 

Fuente:

Historias de la historia.

Personaje metalero creado por: Jarl Asathørn.

Edición final: Jarl Asathørn.