sábado, 7 de marzo de 2026

Crónicas del Fracaso Útil [Merluzismo versus Nacionalismo]



I

A días del cambio de mando en nuestro país, se ha producido uno de esos episodios que parecen escritos por un guionista con sentido del humor negro. Me refiero, por supuesto, al súbito ataque de energía política que ha experimentado el presidente Gabriel Boric —conocido en ciertos círculos menos diplomáticos como «el merluzo»— y su panda de esbirros inútiles.

 

En las últimas semanas —justo ahora, cuando el reloj político ya está marcando la hora de salida— el mandatario escamoso decidió iniciar una especie de pelea verbal con el futuro presidente de Chile, José Antonio Kast. Porque, claro, a este «estadista en retirada» se le ocurre la brillante idea de empezar discusiones públicas cuando ya tiene las cajas listas para abandonar La Moneda.

 

Todo comenzó con el famoso tratado firmado entre Chile y China para instalar un cable submarino de fibra óptica que conectaría Valparaíso con Hong Kong. La idea, en el papel, suena moderna, tecnológica, futurista: datos viajando por el océano a la velocidad de la luz, integración digital, bla bla bla. 

Pero entonces apareció el embajador estadounidense en Chile, Brandon Judd, quien dejó caer —con la sutileza de un piano cayendo desde un quinto piso— que a Estados Unidos esta jugada no le gustaba demasiado.

¿La razón? Seguridad estratégica, sospechas tecnológicas, y ese pequeño detalle de que China no es precisamente el socio que Washington invitaría a cuidar el router de la casa.

Desde ese momento, el gobierno de Boric interpretó las palabras como una especie de presión o advertencia. Y ahí comenzó el espectáculo: declaraciones, respuestas, insinuaciones y esa clásica danza política de «yo no dije eso» seguida de «sí lo dijiste» o «yo no firmé nada», «sí lo hiciste». 

Pero lo más curioso del asunto es que gran parte del entusiasmo combativo parecía provenir del lado de Boric. Es como si, después de cuatro años de tropezones, improvisaciones y comisiones investigadoras, alguien hubiese descubierto que la confrontación internacional también sirve para inflar el pecho en las últimas semanas de mandato. 

Un clásico truco político: «si no puedes dejar un legado claro, al menos deja una pelea memorable».

 

II

Pero ese no es el único fenómeno extraño que estamos observando en estos días finales del gobierno merlucino. Porque, de repente —como si alguien hubiese presionado el botón de «modo productividad de emergencia»— el Ejecutivo comenzó a inaugurar cosas con una velocidad francamente impresionante.

Plazas, obras, proyectos, cintas cortadas, sonrisas institucionales, discursos solemnes… todo apareciendo en cadena justo ahora. Solo les faltó enviar un cohete a la Luna.

Entre las inauguraciones recientes está la remodelada Plaza Baquedano (destruida durante el «estallido antisocial»), un proyecto que durante años parecía atrapado en una especie de limbo administrativo, donde las decisiones iban y venían con la velocidad geológica de una roca sedimentaria. Pero milagrosamente, ahora sí se pudo.

 

También aparece un nuevo teleférico, presentado con entusiasmo casi olímpico, como si fuese una obra comparable al Canal de Panamá.

Y claro, uno no puede evitar hacerse la pregunta obvia:

¿Dónde estaba toda esta energía ejecutiva durante los cuatro años anteriores?

Porque lo que muchos recuerdan de este periodo no son precisamente las inauguraciones heroicas. Lo que predominó fue una larga seguidilla de escándalos por malversaciones de fondos públicos, fundaciones misteriosamente favorecidas, convenios que parecían evaporarse en el aire y dineros fiscales que desaparecían con una rapidez casi científica.

Dinero que se esfumaba más rápido que flash con diarrea. Plata que desaparecía más rápido que polvo de conejos.

Y podría asegurar que todo ese dinero o gran parte de él llegaron mágicamente a las arcas del partido comunista.

A eso se sumaron los errores comunicacionales, los episodios incómodos, las rectificaciones de última hora y un nivel de improvisación que a ratos daba la impresión de que el país estaba siendo administrado por un grupo de estudiantes armando una maqueta a las tres de la mañana antes de la entrega final.

 

En paralelo, el control de las fronteras parecía más una sugerencia que una política pública, mientras la economía avanzaba con el entusiasmo de una tortuga con depresión.

Pero ahora —justo ahora, cuando el mandato está a punto de terminar— vemos inauguraciones, anuncios y ceremonias por todos lados.

¿No es extraño?

Es como si alguien hubiese encontrado el manual de instrucciones del gobierno… en el último capítulo del mandato.

 

III

En política existe un fenómeno bastante conocido: el síndrome del legado tardío. Ese momento en que un gobierno, al ver acercarse el final del mandato, entra en una especie de ‘sprint’ desesperado para demostrar que, en realidad, sí estaba haciendo cosas todo este tiempo.

 

Es una coreografía bastante predecible:

• Primero aparecen las inauguraciones.

• Luego los discursos épicos.

• Después las fotos oficiales.

 

Y finalmente, la narrativa cuidadosamente elaborada: «hicimos historia».

El problema es que la memoria pública es un animal caprichoso, pero no completamente amnésico.

La gente recuerda los escándalos. Recuerda la improvisación. Recuerda la corrupción y todos los millones desaparecidos. Recuerda las promesas grandilocuentes que terminaron convertidas en notas al pie. Promesas que desaparecieron más rápido que las platas de las fundaciones de los izquierdistas.

Y entonces el legado comienza a parecerse menos a una obra histórica… y más a una larga colección de parches de última hora.

 

IV

Así que aquí estamos, cabros, presenciando los últimos días de una administración merlucina que parece haber descubierto, demasiado tarde, que gobernar implica algo más que improvisaciones, inoperancias, discursos insulsos, hashtags y conferencias de prensa.

Mientras tanto, el país observa este frenesí final con una mezcla de curiosidad, cansancio, decepción y ese humor ácido que aparece cuando ya nada sorprende demasiado.

Porque en Chile hemos aprendido algo muy útil con los años:

• Los gobiernos pasan.

• Las inauguraciones se olvidan.

• Las promesas se reciclan.

 

Pero las crónicas del fracaso útil siempre encuentran la forma de escribirse solas.

 

Artículo escrito por el staff de Trollish News, esto es, humanos y trolles.

Una idea de Jarl Asathørn.

Edición final: Jarl Asathørn.