LA COSECHA DE LOS INOCENTES
CAPÍTULO
1: LA INVOCACIÓN
Junio 06, 2020
El convoy de cuatro camionetas blindadas ascendió
por el camino forestal hacia el Lago Amanecer. La pandemia COVID había vaciado
el mundo, convirtiendo estos bosques remotos en el refugio perfecto para lo que
ellos llamaban «la obra». El alcalde del pueblo 'Forest Green' —Rocco Varelli— había acelerado la apertura
del complejo por una «donación» de seis millones de dólares del grupo conocido
como ‘Los Ángeles de Sión’. Nadie en el pueblo preguntó; la tradición era no
mirar hacia donde fluía el dinero.
En la primera camioneta, Dante (nombre elegido por
su amor a la poesía infernal) conducía con una calma glacial. A su lado,
Seraphina, cuyo rostro angelical era una máscara sobre una mente corrompida por
siglos de rituales transmitidos en secreto. Detrás, otros veinte miembros, cada
uno con un alias sacrílego: Moloch, Baal, Lilith, Caín. No eran un grupo LGBTQ
normal; eran una secta que usaba esa bandera como pantalla, una red de
pedófilos y traficantes de influencias cuyo núcleo se dedicaba a lo que ellos
denominaban «la cosecha de la inocencia».
—«¿Están sedados?», preguntó Seraphina, su voz un
susurro de seda.
—«Como corderos», respondió Dante sin mirarla. «Los
rusos entregaron un producto de calidad. Cuatro almas puras, no tienen más de
siete años. Perfectas para la apertura.»
El hotel, una estructura de madera y piedra que pretendía ser rústica, estaba desierto. Las luces del recibidor parpadeaban bajo un cielo que comenzaba a oscurecer. Bajaron las cajas de provisiones: no solo alcohol y drogas sintéticas, sino instrumentos de metal pulido, candelas negras, y vestimentas ritualistas de cuero tratado.
Los niños —dos niños, dos niñas— fueron llevados al
sótano. Sus ojos, muy abiertos y perdidos por los sedantes, reflejaban el
terror apenas consciente. Las jaulas eran antiguas, de algún circo abandonado,
y los encerraron dentro.
—«La tranquilidad aquí es absoluta», comentó
Moloch, un hombre corpulento con manos que parecían herramientas. «Ni la
policía, ni los curiosos. El alcalde aseguró el silencio.»
—«Eso es lo bueno del dinero… compra y corrompe a
cualquiera», agrega con una sonrisa malvada Dante, un antiguo pederasta que
jamás dejó huellas de sus crímenes.
Baal, más joven y con una energía nerviosa, abrió
una botella de whisky.
—«Primero la celebración, luego el ritual. Hay que
honrar el espacio.»
La noche se consumió en una orgía de decadencia. El
salón principal del hotel se convirtió en un infierno de música estridente,
cuerpos contorsionados bajo los efectos de la ketamina, y botellas que se
vaciaban contra las paredes. Algunos, como Lilith, ya se preparaban en sus
habitaciones, pintando símbolos en sus pieles con una mezcla de sangre de
animal y tinta.
Caín, siempre el más impaciente, bajó al sótano
hacia la madrugada. Observó a los niños través de los barrotes. Uno de los
niños, más despierto, lo miró.
—«¿Por qué?», preguntó el niño, su voz un hilo de
aire.
Caín se inclinó.
—«Porque la pureza debe ser devorada para que
nosotros ascendamos y gocemos de la carne virgen. Es una transacción sagrada.»
Al día siguiente, exploraron el lago. El agua era
tranquila, de un azul profundo que parecía absorber todo sonido. Disfrutaron
como turistas, tomando fotografías que luego borrarían. Pero sus ojos buscaban
siempre lugares específicos: afloramientos rocosos donde la tierra parecía más
negra, árboles con formas retorcidas que señalaban, en su simbología privada,
puntos de poder.
Al caer la noche, prepararon la fogata en un claro
del bosque, cerca de la orilla del lago. No era una fogata común; era una
construcción de troncos dispuestos en un patrón circular, con huecos para
insertar los símbolos. Sacaron a los niños del sótano. Los pequeños, ahora
completamente alerta y aterrorizados, gritaron. Sus llantos rasgaron el
silencio del bosque como cuchillos.
—«¡Silencio!», ordenó Seraphina, pero su voz era de
excitación, no de enojo.
El ritual comenzó. Vestidos ahora con sus atuendos
de cuero y metal, formaron un círculo alrededor de la fogata, que ahora ardía
con un fuego que, inexplicablemente, emitía un brillo verde en su núcleo.
Cantaron en una lengua que no era humana, una mezcla de latín corrupto y
sonidos guturales.
Los niños, desnudos y marcados con los mismos
símbolos, fueron colocados en el centro, cerca del fuego. El propósito era
claro: no solo abusar, sino consumir su sangre, en un acto final que pretendía
transferir la «energía vital» de la inocencia a sus cuerpos degenerados.
CAPÍTULO
2:
LA
COSECHA DEL BOSQUE
Los gritos de los niños no solo rasgaron el aire.
Rasgaron algo más antiguo, más profundo, que dormía bajo el lago.
Jason Voorhees no había sido despertado por el
fuego, ni por los cantos. Lo despertó el sonido específico, único, del terror
infantil absoluto. Un sonido que resonó con el eco del propio terror que había
sentido décadas antes, cuando era un niño marginado en Crystal Lake. Su cuerpo,
una masa de músculo necrosado y fuerza primordial, emergió de las aguas oscuras
cerca de la orilla. Su máscara, esa expresión estática de muerte, reflejó
primero el brillo verde de la fogata.
El ritual alcanzaba su clímax. Dante había
desenvainado un cuchillo ceremonial, su hoja reflejando la grotesca danza de
las sombras. Moloch sostenía a una de las niñas, sus manos enormes apretando
sus pequeños hombros.
Jason observó desde la densa sombra de los árboles.
No era un juicio moral; era una reacción instintiva, como un depredador que
identifica el ruido de criaturas enfermas en su territorio. Su primer
movimiento fue silencioso, un desplazamiento entre los pinos que no produjo más
sonido que el del viento.
Baal y Lilith se habían separado del círculo para
ir al bosque, necesitando expulsar las toxinas de la celebración anterior. Baal
estaba orinando contra un árbol cuando una mano, grande como una pala y
cubierta de lodo y cicatrices, cerró sobre su cara desde detrás. No hubo golpe;
hubo un colapso. La presión aplastó huesos y cerebro en un instante. Jason lo
dejó caer, y se volvió hacia Lilith, quien, al ver la silueta, solo pudo emitir
un grito cortado por el aire cuando el hacha que Jason llevaba (un hacha de
incendios oxidada encontrada en una cabaña abandonada) se hundió entre sus
ojos.
En el claro, el grupo estaba demasiado enfocado en
su víctima para notar las ausencias. El primer signo fue cuando Caín, que
estaba en el perímetro buscando más leña, desapareció. Solo un breve ruido de
ramas rompiéndose.
Jason entró al círculo desde el lado oscuro del
bosque. Moloch fue el primero en verlo. No alcanzó a pronunciar palabra alguna y
el hacha, ahora liberada de la cabeza de Lilith, le arranca el brazo que
sostenía a la niña.
La niña cayó, libre. El grito de Moloch fue un
sonido animal, pero Jason ya estaba sobre él, su pie (una bota de trabajo
deformada) estampándose en su cabeza hasta que el cráneo se hundió en la tierra
como una fruta madura.
El caos fue instantáneo pero silencioso. Jason no
rugía; trabajaba con la eficiencia de una máquina.
Dante intentó usar su cuchillo ceremonial, la hoja
curvada brillando con un reflejo verde enfermizo del fuego. Pero su brazo no
completó el arco. La mano de Jason, una garra de carne necrosada y fuerza
absurda, cerró sobre el puño de Dante. No hubo tirones, solo una presión
constante y fría, como una prensa hidráulica hecha de carne muerta. Los huesos
de los dedos de Dante —metacarpianos, falanges— estallaron bajo la presión con
una serie de crujidos secos, como ramitas pisoteadas. La piel se rasgó, y el
cuchillo, junto con los dedos que aún lo aferraban en un espasmo final, salió
despedido en un arco goteante. Dante miró su mano convertida en un muñón
sanguinolento y deforme, los tendones colgando como cuerdas de un instrumento
roto, antes de que el hacha de Jason le abriera el cráneo desde la clavícula
hasta la mandíbula, partiendo el esternón con un sonido a madera podrida y
dejando al descubierto, por un instante, el bombeo convulsivo de su corazón
antes de que todo se apagara en un charco oscuro.
Seraphina corrió hacia el hotel, sus pies desnudos
arañando la tierra fría, su grito de terror un chillido agudo que contrastaba
con el silencio mortal del verdugo. Pero Jason, con una velocidad antinatural
para su masa, la interceptó antes de que alcanzara el umbral iluminado del
recibidor. No usó el hacha. La agarró por el cuello con una mano y por la
cadera con la otra. La levantó como si fuera un muñeco de trapo y, con un
movimiento fluido y brutal, la estampó de espaldas contra la pared de piedra
rústica del hotel. El impacto no fue un simple golpe; fue una implosión. La
columna vertebral de Seraphina se desintegró en múltiples puntos con un crujido
nítido y húmedo, como pisar una caja de huevos llena de gelatina. Sus costillas
se hundieron, perforando pulmones y corazón. Su cráneo golpeó la piedra con
fuerza suficiente para que la parte posterior de su cabeza se aplanara,
salpicando la pared con un círculo pegajoso de pelo, sangre y materia cerebral
grisácea. Su cuerpo, convertido en un saco de huesos rotos y carne destrozada,
se desplomó al suelo, una marioneta con todos los hilos cortados, dejando un
reguero viscoso al deslizarse por la piedra.
Los otros miembros del grupo, algunos aún
intoxicados y con las pupilas dilatadas por el pánico y las drogas, fueron
cazados en el hotel como ratas en una trampa. Jason los encontró en
habitaciones, donde uno intentaba en vano forzar una ventana sellada; su
espalda fue partida por el hacha, la hoja saliendo por su abdomen en un géiser
de vísceras y sangre que empapó las cortinas. En el salón, otro, un hombre
llamado Marcus, forcejeaba torpemente con una puerta corrediza. Jason le agarró
la cabeza desde atrás y, con un giro seco de sus muñecas, le retorció el cuello
180 grados. El sonido fue el de un corcho saliendo de una botella, seguido por
el desgarro de músculos y el colapso de la tráquea. Los ojos de Marcus se
encontraron con su propia espalda antes de que la oscuridad lo alcanzara.
Uno intentó esconderse en un armario del pasillo,
conteniendo la respiración entre abrigos de lana. Jason no buscó la manija. El
hacha, ya mellada y pegajosa, atravesó el panel de madera de roble como si
fuera cartón. Un grito ahogado surgió del interior. Jason hundió su mano por el
hueco, sus dedos encontraron carne, pelo, y arrastró al hombre fuera a través
de los astillados restos de la puerta. La madera desgarrada le abrió largos
surcos en el torso y la cara. Jason lo sostuvo en el aire, mirando la máscara
de terror surcada de sangre, antes de hundir los dedos pulgar e índice en las
cuencas de sus ojos, reventando los globos oculares con un sonido a uvas
pisoteadas, y luego aplastando el cráneo contra el marco de la puerta.
No hubo escape. La masacre fue total, metódica y brutal.
En el sótano, donde horas antes los niños habían llorado, Jason encontró a una
mujer, Elena, que intentaba apuñalarlo con un destornillador. Le arrancó el
brazo del hombro con un tirón seco que terminó en un pop sordo al separarse la
articulación. La mujer miró incrédula el muñón que chorreaba sangre arterial a
borbotones sobre los adoquines, antes de que Jason usara su propio brazo
amputado como garrote para golpearla repetidamente en la cara hasta que sus
rasgos desaparecieron en una papilla roja.
Huesos fueron separados de articulaciones con
precisión de carnicero. Tendones fueron cortados, ligamentos destrozados.
Cuerpos fueron reconfigurados en formas que la anatomía nunca intentó. Uno fue
doblado hacia atrás hasta que la nuca tocó los talones, la columna una serie de
picos bajo la piel. Otro fue desmembrado, y sus extremidades dispuestas
alrededor del torso como los radios de una rueda macabra. Un tercero fue
empalado en el poste de una cama, la madera sobresaliendo por su boca abierta
en un grito eterno y mudo. Cada muerte fue una firma de violencia única, un
testimonio gráfico de una furia antigua y silenciosa que había encontrado, en
estos veintitrés pecadores, el lienzo perfecto para su obra maestra de
carnicería.
Las jaulas del sótano, ahora con la puerta abierta
por el forcejeo de uno de los captores antes de morir, estaban vacías. Los
niños, en el shock más profundo, habían huido al bosque durante el tumulto.
Corrieron sin dirección, pero el instinto los llevó lejos del fuego, lejos de
los gritos, hacia la densa oscuridad que ahora era su salvación.
Jason, después de su obra, no persiguió a los
niños. Los observó desaparecer entre los árboles, luego volvió a su tarea. Los
cuerpos, los veintitrés, fueron llevados uno por uno a lugares específicos del
bosque. No los enterró. Los colgó. Usando cordaje de las camionetas y ramas
robustas, suspendió cada cadáver mutilado en los árboles alrededor del claro
del ritual, como frutas grotescas de una cosecha maligna. Colocó algunos en
poses, como si aún estuvieran en su círculo ritualístico. Otros fueron desmembrados
y las partes dispuestas en patrones que solo una mente como la suya podría
diseñar.
Luego, se retiró al lago. Las aguas lo absorbieron
nuevamente, dejando solo el claro con su fogata ahora reducida a cenizas, y el
bosque decorado con su obra.
Epílogo:
La Tradición del Silencio
Los meses pasaron. La pandemia continuó, y el ‘Lago
Amanecer’ permaneció en los registros como «cerrado por mantenimiento». Pero en
el pueblo los rumores comenzaron. Había demasiado silencio sobre ese grupo.
Finalmente, dos policías del pueblo, el oficial
Grady y el oficial Vance, fueron asignados a «revisar» el complejo. No
esperaban nada; era otro trabajo rutinario en un mundo paralizado.
Lo que encontraron les heló la sangre incluso antes
de que el frío del bosque los alcanzara.
—«Dios misericordioso», murmuró Grady, su mano en
la pistola que no necesitaría disparar.
Vance, más viejo y con ojos que habían visto los
secretos del pueblo, solo asintió lentamente.
—«No es nuestro trabajo preguntar.»
Los cuerpos, ahora parcialmente descompuestos pero
preservados en la posición grotesca de Jason, pendían como un testimonio de una
justicia primitiva. Vance se acercó a uno, un hombre que reconoció por
fotografías secretas como un traficante pederasta de alto nivel conectado con
el alcalde.
—«Estos... estos no eran turistas», dijo Vance, su
voz baja. «El alcalde nos dijo que eran un grupo de activistas. Pero mira toda esta
mierda satanista.» Señaló hacia un símbolo pintado con sangre aún visible en el
torso de uno de los cadáveres. «Esto es de esos cultos de lo negro. Pedófilos. Asesinos.
Sádicos»
Grady miró alrededor, los veintitrés cuerpos como
un círculo imperfecto en los árboles.
—«¿Y los niños? No hay niños aquí.»
—«Probablemente murieron en el bosque», dijo Vance,
pero su tono indicaba que esperaba que no fuera así. «Pero esto... esto es una
limpieza. Y no es nuestra.»
Siguiendo la tradición del pueblo —una tradición de
silencio, de no perturbar los balances oscuros—, no reportaron los cuerpos. En
vez, usaron las camionetas aún presentes (las llaves aún en los arranques de
algunos) para transportar los cadáveres a un lugar predeterminado: una fosa
común usada por generaciones para «problemas» que el pueblo no quería
registrar. Luego, limpiaron el hotel. Borraron toda evidencia de los niños, de
los rituales, de la masacre.
—«El lago se mantendrá cerrado», dijo Grady
finalmente, mientras quemaban las últimas evidencias en una pira improvisada.
—«Sí», respondió Vance, mirando hacia el agua
tranquila. «Algunos lugares... tienen sus propios guardianes. No es nuestro
lugar interferir. Además, todos estos hijos de puta recibieron su merecido».
—«El maldito alcalde llamó a este lugar el Lago
Amanecer… pero siempre seguirá siendo el Lago Cristal». —dice reflexivamente
Grady.
—«Si estos malditos trajeron niños, estoy seguro de
que Jason los salvó». —agrega Vance.
Mientras el comisario Tobías Grady enciende un
cigarro murmura para sí mismo:
—«Espero que algún día Jason se encargue de ese
hijo de puta del alcalde Rocco».
Regresaron al pueblo, y el informe oficial fue: «El
complejo está vacío, no hay signos de uso irregular.»
El alcalde Rocco Varelli recibió el informe con una
sonrisa estrecha, y la «donación» fue nunca mencionada nuevamente.
Y en el bosque, bajo el Lago Cristal —hoy llamado Amanecer—
Jason Voorhees regresó a su letargo, esperando el próximo sonido que rasgaría
su paz —el sonido del terror injusto, la llamada que siempre respondería con la
cosecha silenciosa de su hacha.
Una historia
original creada por: Jarl Asathørn.
Este es un
tributo al film Friday the 13th.
GIF Final:
tenor.com
Jason
Voorhees es una creación de: Victor Miller, con contribuciones de Ron Kurz,
Sean S. Cunningham y Tom Savini.

