EL LAGO DE LOS PECADOS OLVIDADOS
Parte 1:
La
Llegada al Infierno Acuático
Era el verano de
1999, y el lago Crystal había sido reabierto tras décadas de abandono. Las
autoridades locales, presionadas por el turismo, habían reacondicionado las
antiguas cabañas destartaladas a orillas del agua cristalina pero siniestra.
Algunos bañistas habían desaparecido en las primeras semanas, pero la policía
patrullaba cada tres días, lo suficiente para calmar los nervios de los
poderosos de la ciudad. Nadie hablaba de las leyendas: un niño ahogado en los
50, un asesino enmascarado invencible. Solo cuentos para asustar turistas.
Vanessa «Vane»
Hargrove, sobrina del alcalde, era la reina indiscutible de la secundaria. A
sus 17 años, su belleza rubia y curvilínea ocultaba un alma podrida, alimentada
por años de impunidad. «Esta vez va a ser épico», le susurró a su novio, Tyler,
un quarterback musculoso con sonrisa de tiburón, mientras lideraban la caravana
de tres SUVs negros hacia el lago. En total, 14 jóvenes: hijos de abogados,
empresarios y políticos. Desatados, sin límites. Drogas, alcohol, y sexo
salvaje. Su objetivo principal: Emily Carter, la chica dulce y tímida de 16
años, la más brillante de la escuela. Vane la odiaba por robarle el
protagonismo académico y por ser «tan jodidamente pura».
—Emily, ¡ven,
siéntate conmigo! —gritó Vane con falsa dulzura al recogerla en la puerta de su
casa humilde—. Será el campamento del año. No seas tímida, ni perdedora.
Emily, con su
cabello castaño recogido en una coleta y gafas grandes, sonrió nerviosa. Sabía
que era una trampa, pero rechazar a Vane significaba ostracismo total.
—G-gracias, Vane.
Suena divertido.
Lo que Emily no
sabía era que su hermano mayor, Alex, de 19 años, un tipo fornido y protector
que trabajaba en una gasolinera, la seguía en su viejo Chevy con su mejor
amigo, Marco. Habían visto la caravana partir y no confiaban ni un pelo en la
perra de Vane.
—Esa zorra de Vane
va a hacerla mierda —gruñó Alex, pisando el acelerador—. Nos quedamos cerca,
vigilando. Si pasa algo, entramos y rompemos algunos hocicos.
—Estoy listo para
patear los culos de esos hijos de perra. —agrega Marco.
Llegaron al
atardecer. Las cabañas crujían bajo el viento, el lago reflejaba una Luna
sangrienta que lentamente se elevaba sobre el bosque. Los 14 ricachones
descargaron coolers llenos de cerveza, pastillas y botellas de licor premium.
Música heavy metal retumbaba desde un boombox. Vane organizó «juegos»: strip
poker, retos humillantes. Emily fue el blanco. Era de noche cuando todo
comenzó.
—Mírenla, la virgen
santa —rio Tyler, pasándole una cerveza a Emily—. Bébetela o te tiramos al
lago.
Emily tosió, y
algunas las lágrimas asomaron en sus ojos.
—No... no bebo.
—¡Patética! —chilló
Vane, empujándola—. Todos, ¡al lago con la nerd!
Borrachos y
drogados, la arrastraron al muelle. Emily gritó, pataleando.
—¡Por favor, no sé
nadar! ¡Suéltenme!
Rieron más fuerte.
Tyler la levantó por las axilas.
—¡A nadar, putita de
mierda!
La lanzaron. Emily
chapoteó desesperada, tragando agua negra. El lago burbujeaba, como si algo
vivo se agitara en el fondo.
Alex y Marco
llegaron justo a tiempo. Aparcaron en el bosque y corrieron.
—¡Emily! —rugió
Alex, saltando al muelle.
Tyler se giró,
riendo.
—¿Quién mierda eres
tú, campesino?
Alex no respondió
con palabras. Embistió a Tyler con un puñetazo que le rompió la nariz, la sangre
salpicó su ropa de marca.
—¡Toca a mi hermana
y te mato hijo de la gran puta!
Hubo caos. Los
chicos ricos se unieron: puños, patadas. Marco defendía la retaguardia, pero
uno de ellos, un idiota llamado Chad —hijo del sheriff—, le reventó una botella
de vodka en la cabeza. El vidrio estalló, Marco cayó gorgoteando sangre, su
cráneo abierto como una sandía madura. Murió en segundos, sus ojos moribundos
fijos en las estrellas.
—¡Marco! —aulló
Alex, sacando a Emily del agua, tosiendo y temblando.
Vane rio
histéricamente.
—¡Mira lo que
provocaste, héroe! Ahora todos al agua...
Pero el lago rugió.
Burbujas furiosas ascendieron. De las profundidades emergió él: Jason Voorhees,
el coloso enmascarado, machete oxidado en la mano, cuerpo putrefacto cubierto
de algas. Sus ojos vacíos brillaban con furia ancestral. El legendario asesino,
despertado por la sangre y el pecado.
Los 14 ricachones
gritaron.
—¡¿Qué mierda es
eso?! —chilló Vane, tropezando hacia atrás.
Corrieron hacia la
casa principal, una cabaña de dos pisos con porche chirriante. Se encerraron,
atrancando la puerta con una mesa. Afuera, Jason acechaba, su silueta imponente
recortada contra la luna.
Alex y Emily,
empapados y jadeantes, se escondieron en el bosque cercano, observando casi en
silencio.
—Tenemos que irnos
—susurró Emily—. Pero... ¿quién es ese?
—Algún loco —mintió
Alex, aunque sentía el terror en los huesos—. Quédate aquí. Yo lo distraigo.
Pero Jason ya había
comenzado.
Parte 2:
La
Matanza en la Casa de los Condenados
Dentro de la cabaña
principal, el pánico era un animal vivo. Las luces parpadeaban, alimentadas por
un generador que tosía como un moribundo. Los 14 ricachones —ahora 13, con Chad
cubierto de sangre de Marco— se apiñaban en la sala del primer piso. Botellas
rotas, colchones sucios, olor a miedo y vómito.
—¡Llamen a la
policía, por la mierda! —gritó Vane, manoseando su Nokia plateado. Sin señal. Sin
nada.
Tyler, con su nariz
destrozada chorreando sangre, barricó la puerta con un sofá.
—¡Es un puto
disfraz! ¡Uno de esos campesinos de mierda que juega con nosotros!
Desde el bosque,
Alex y Emily observaban.
—Tenemos que
ayudar... —susurró Emily.
—No —gruñó Alex,
abrazándola—. Ese monstruo los va a destrozar. Nos vamos ahora.
Pero el destino los
retuvo.
En la cabaña grande
un crujido… Jason irrumpió por la ventana trasera, con el machete silbando. El
primer golpe partió a Brittany, la cheerleader tetona, amiga cercana de Vane,
en dos. Su torso superior voló contra la pared, sus intestinos humeantes
salpicaron el suelo.
—¡Diooos, nooo!
—chilló ella, agonizando con burbujas de sangre en la boca.
— ¡Corran! ¡Al piso
de arriba! —aulló Tyler, subiendo las escaleras de madera podrida.
Jason no corría;
avanzaba inexorable. Agarró a Chad por el cuello —el asesino de Marco— y le
clavó el machete en la ingle, girándolo. Chad gritó como un cerdo:
—¡Perdón, lo siento!
¡Fue un accidente! —Jason lo levantó como un muñeco, el machete saliendo por la
espalda, las vértebras crujiendo como ramas rotas secas. Lo lanzó contra la
chimenea; el cuerpo se partió, sesos chorreando por las piedras.
Arriba, en el
segundo piso, se encerraron en dos habitaciones. Vane, Tyler y cuatro más en la
principal; los otros en la secundaria. Drogas olvidadas, oraciones balbuceadas
con miedo y horror.
—¡Esto es por la
nerd, ¿verdad?! —sollozó Lindsay, una rubia adicta a la coca—. ¡La tiramos al
lago!
—¡Cállate, puta de
mierda! —escupió Vane, histérica—. ¡Somos intocables! ¡¿Lo entiendes?!
¡Intocables!
La puerta principal de
abajo Jason la astilló como cartón. Subió, las pisadas sonaban como truenos. En
la habitación secundaria, embistió con violencia. Agarró a Derek, el DJ del
grupo, por las piernas y lo arrastró. Derek pataleó:
—¡Nooo, por favooor!
¡Te doy dinero, mi papá es millonario! —el machete descendió con hambre,
decapitación limpia, la cabeza rodó escaleras abajo, los ojos aun parpadeando.
Gritos. Kyle y Megan
intentaron barricar con una cama. Jason la volteó. Empaló a Megan en la pared
con el machete, clavándola como mariposa. Ella jadeó:
—¡Dueleee... maaamá...!
— la sangre arterial pintó el techo.
Kyle, aterrado,
saltó por la ventana. Cayó dos pisos, cuello roto al instante, espina dorsal
expuesta como cable roto.
Ahora, la habitación
grande. Siete vivos: Vane, Tyler, y cinco más temblando. Jason entró por el
pasillo, su máscara goteando agua pantanosa.
Tyler, heroico
falso, blandió un bate de béisbol.
—¡Ven, hijo de puta!
—Golpeó la máscara. Jason ni se inmutó. Agarró el bate, lo partió, y hundió el
machete en el pecho de Tyler. Las costillas crujieron como vidrios molidos.
—¡Vane... te...
amo...! —expiró Tyler, borboteando sangre, cayendo con el corazón expuesto
latiendo fuera del cuerpo.
Vane gritó:
—¡Tú! ¡Todo esto es
por la puta de Emily! ¡Se merecía todo lo que le hice! ¡Esa mosca muerta se
merece lo peor!
Jason la miró. Sus
ojos vacíos parecieron reconocer el mal. La levantó por el pelo rubio.
—¡Nooooo! ¡Soy la
sobrina del alcalde! ¡Me saldré con la mía maldito hijo de puta! —el machete
silbó nuevamente, con su mano abre la boca, rompiendo varios dientes y le cortó
la lengua primero. Ella gorgoteó insultos mudos. Luego, la partió verticalmente
desde la cabeza hasta la entrepierna, sangre y vísceras explotando como confeti
rojo. Las dos mitades cayeron, humeantes.
Los últimos cinco en
pánico total. Salieron al balcón. Jason los siguió. A Jenna le rebanó el cuello
con el dorso de la mano, su cabeza colgando por tendones.
—¡Gurgle... ayuda...!
—y murió ahogada en su propia sangre.
Brad intentó huir
por las escaleras traseras; Jason lo alcanzó, el machete entró por la espalda,
saliendo por el estómago. Lo usó como pincho, lanzándolo al lago desde la
puerta. Las burbujas negras lo tragaron.
Sophie y los dos
chicos restantes corrieron al sótano. Eso fue un error fatal. Jason bloqueó la
salida. En la oscuridad, el machete destellaba furia, Sophie destripada viva,
manos en sus entrañas tratando de contenerlas.
—¡No mi bebé... no!
Uno de los chicos,
Ryan, decapitado; el otro, Pete, aplastado contra la pared, cráneo reventado,
sesos pegados como masa.
Luego… silencio. La
cabaña era un matadero: cuerpos mutilados, sangre hasta el techo, moscas
zumbando sobre los cuerpos. Jason, salpicado de rojo, salió al porche.
Alex y Emily,
testigos mudos desde el bosque, temblaban.
—Se acabó —susurró
Alex—. Vámonos.
Jason sale y los
vio. Avanzó con paso firme. Emily sollozó:
—¡Por favor, no!
¡Solo queríamos salvar a alguien!
Pero Jason se
detuvo. En sus ojos muertos, un destello: recuerdos de su propia madre muerta,
de abusos infantiles en ese mismo lago. Los hermanos no eran como ellos. Eran seres
puros. Bajó el machete. Se giró, desapareciendo en el agua burbujeante.
Alex y Emily
corrieron a su Chevy, arrancaron a toda marcha. Atrás, sirenas lejanas —la
policía patrullando—. Pero el lago guardaría los secretos para siempre.
Años después, en
2009, Alex y Emily volvieron a la ciudad como adultos rotos. La masacre fue «un
accidente por drogas», encubierto por el alcalde y los ricachones. Sus nombres
y prestigio eran más importantes que la tragedia de sus malditos hijos.
Emily nunca superó
el trauma, se volvió adicta, murió de sobredosis a los 25, ahogada en su propio
vómito, como el lago.
Alex, un solitario
forzado por el destino, trabaja aún en la gasolinera, bebiendo cada noche.
Sueña con Jason, no como un monstruo, sino como un espejo de su rabia inútil.
Crystal Lake sigue
abierto, atrayendo nuevos pecadores. La policía patrulla cada tres días. El
ciclo continúa. Nadie escapa del lago.
Una historia
original creada por: Jarl Asathørn.
Basado en el film: Friday The 13th.
Jason Vorhees
es un personaje creado por: Creado por Victor Miller, con contribuciones de Ron
Kurz, Sean S. Cunningham y Tom Savini.
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