EL
ENCUENTRO
Parte
I: La Fogata
Región de Magallanes.
El río San Juan corría tranquilo esa noche, como si
tuviera siglos sin prisa. Christian y Tracy habían llegado al mediodía,
cargando entre los dos la carpa, las bolsas con cervezas, la parrilla
improvisada y un pequeño parlante con bluetooth para escuchar música. Era un
lugar perfecto: lejos de todo, rodeado de lengas retorcidas y arbustos que
crecían hasta la orilla, con el agua clara y fría bajando desde la cordillera.
Se despiden del amigo que los fue a dejar y se internan en los bosques.
15 minutos después:
—«Esto es vida,
amiga» —dijo Christian, estirándose sobre el pasto mientras Tracy
armaba la carpa con una destreza que la avergonzaba un poco.
—«Vida dices tú.
Ayúdame en vez de mirar como un flojo» —respondió ella, riéndose.
Tracy era así, directa, sin vueltas, con una risa que se
escuchaba a metros. Se conocían desde el colegio, habían pasado juntos por mil
cosas, y aunque más de alguien les decía que «eran pareja sin saberlo», ellos
se reían y lo dejaban pasar. Esa noche no era la excepción.
Cuando cayó la oscuridad sobre esas tierras, encendieron
la fogata. El fuego crepitaba, las sombras de los árboles bailaban alrededor y
el río se volvía un murmullo constante, casi hipnótico. Entonces abrieron las
cervezas.
—«¿Sabes qué me
gusta de este lugar?» —dijo Christian, mirando las llamas—. «Que no hay nadie.
Cero gente. Cero ruido de la ciudad».
—«Cero señal de
celular, eso sí» —contestó Tracy, mostrando la pantalla de su
teléfono—. «Si nos pasa algo,
estamos solos».
—«¿Qué te va a
pasar? Un puma a lo más. Y los pumas no se meten a las carpas».
—«¿Y qué se mete a
las carpas?»
—«Nada, tonta. Hoy
dormirás tranquila. Yo te voy a proteger».
Se rieron, brindaron por tonterías... por el verano, por
el trabajo que los tenía hartos, por la amiga que se había casado y ya no
salía, por cualquier cosa. La noche avanzaba y las cervezas bajaban. A la una
de la madrugada ya habían hablado de todo. A las dos, casi no hablaban, solo
miraban el fuego con esa calma pesada que da el cansancio.
Y entonces, a eso de las tres, lo escucharon.
¡Chaaap!
Un sonido húmedo, pesado, como si algo grande hubiera
caído al agua y se hundiera. Christian se enderezó de golpe.
—«Tracy, ¿Escuchaste
eso?»
—«Sí» —dijo
Tracy, ya sin reír y susurrando—. «Fue en el río».
—«¿Un pez?»
—«Los peces no
suenan así, Chris. Eso fue grande.».
El sonido se repitió. 'Chap. Chap.' Y luego un silencio
que daba más miedo que el ruido. El río, que hasta hacía un momento murmuraba
parejo, parecía haberse quedado quieto, como conteniendo la respiración.
—«Está en la parte
profunda» —susurró Tracy—. «Donde está el pozo».
—«Puede ser otro
campista. Alguien que llegó tarde y se está bañando».
—«A las tres de la
mañana, ¿bañándose?»
—«Hay gente rara».
—«Eso es lo que me
da miedo». —agrega Tracy.
Christian tomó la linterna grande que habían traído y
Tracy agarró la otra, la más chica. Salieron de la carpa con cautela, pisando
despacio, sin apagar la fogata para no perder la referencia. El río estaba a unos
treinta metros, bajando una pequeña pendiente entre arbustos.
—«¿Y si es gente
mala?» —murmuró Tracy, pegada a su espalda—. «Como delincuentes o
algo peor».
—«¿Qué es peor que
unos delincuentes?»
—«No sé. Violadores.
Viejos degenerados».
—«O tipos mutantes
que comen gente».
—«¡Para idiota! ¡Me
está dando miedo!». —dice muy asustada Tracy, mientras toma del
brazo a Christian.
Avanzaron. Cada paso crujía bajo sus pies. La linterna de
Christian barría el suelo, la de Tracy alumbraba las ramas. El chapoteo se
detuvo, pero el río seguía ahí, negro, brillando apenas bajo la luna.
—«Alumbra el pozo» —dijo
Tracy—. «Ahí, al frente».
Christian levantó la linterna. El haz de luz cruzó el
agua y fue a dar justo al otro lado, entre las lengas y los arbustos que
crecían pegados a la orilla. Al principio no vieron nada. Solo ramas. Solo
sombras.
Y entonces algo se movió.
—«Ahí» —jadeó
Tracy—. «¿Lo viste?»
Algo se enderezó entre los arbustos, primero pensaron que
era un hombre. Luego, no. Era demasiado alto, demasiado delgado y la piel no
era piel... era una superficie brillosa, escamosa, que reflejaba la luz de la
linterna como si fuera plástico mojado.
Salió del agua despacio, sin apuro, hasta quedar de pie
sobre la orilla opuesta. Medía cerca de dos metros. Tenía los hombros anchos,
los brazos largos, y la cabeza… la cabeza era casi humana, pero no del todo.
Los ojos eran grandes, sin párpados visibles, y reflejaron la luz como dos
monedas de vidrio.
—«Christian» —susurró
Tracy, agarrándolo del brazo—. «Christian, ¿qué mierda es eso?»
El ser giró la cabeza. Despacio. Hacia ellos.
Y los miró.
Hubo un segundo —un solo segundo— en que los tres
quedaron quietos: los dos jóvenes de un lado del río, el ser del otro, la
linterna brillando en medio como un puente de luz. Christian sintió que el
corazón le subía a la garganta.
—«Es… es como un
lagarto» —murmuró—. «Pero parado».
—«Los lagartos no se
paran. Y aquí en Magallanes no existen los lagartos» —dijo
Tracy, con la voz quebrada.
El ser abrió la boca. No rugió, hizo un sonido bajo,
gutural, como un silbido húmedo, y entonces, sin aviso, se lanzó al río.
No caminó, no nadó despacio, se lanzó. El agua estalló
con un 'chapar' enorme y el cuerpo escamoso empezó a cruzar el pozo a una
velocidad imposible, dejando una estela blanca, directo hacia ellos.
—«¡Corre Tracy!» —gritó
Christian—. «¡Tracy, CORRE!»
PARTE
II: LA HUIDA
Corrieron. No pensaron en la carpa, ni en las mochilas,
ni en el parlante, ni en los celulares ni en las cervezas. Solo corrieron.
Christian tiró la linterna grande sin darse cuenta y Tracy apretó la suya
contra el pecho como si fuera un amuleto. Detrás de ellos, el río estallaba.
—«¡ESTÁ SALIENDO DEL
AGUA!» —gritó Tracy, mirando por sobre el hombro—. «¡CHRISTIAN, ESTÁ
SALIENDO!»
—«¡No mires, corre!»
Subieron la pendiente a tropezones, las ramas les
golpeaban la cara, las raíces los hacían caer. Christian se enredó con un
tronco y cayó de bruces, raspándose las manos, Tracy lo levantó tirándole del
brazo con una fuerza que no sabía que tenía.
—«¡Arriba, arriba!»
—«¡Lo escucho!» —jadeó
él—. «¡Viene por
nosotros!»
Y era verdad. Detrás de ellos, entre el ruido de sus
propios pasos y la respiración agitada, se oía algo más, un sonido húmedo y
rítmico, como un cuerpo grande arrastrándose rápido por el pasto,
'shhh-shhh-shhh', acercándose.
—«¡La carpa!» —dijo
Tracy—. «¿Volvemos por las
cosas?»
—«¡No! ¡No
alcanzamos! ¡Sigue!»
Pasaron junto a la fogata, que aún ardía, y por un
instante la luz les mostró el camino. Christian alcanzó a ver, de reojo, algo
que cruzaba el claro detrás de ellos... una silueta alta y encorvada que se
movía en cuatro patas, rapidísima, y luego se enderezaba.
—«¡SE PARA!» —gritó—.
«SE PARA Y CAMINA, TRACY,
¡SE PARA Y CAMINA!»
—«¡¿Qué?! ¡¿Qué
mierda significa eso?!»
—«¡Que es más rápido
de lo que debería!»
Entraron al bosque. La oscuridad era total, apenas rota
por la linterna de Tracy, que temblaba en su mano como una luciérnaga asustada.
Las lengas se cerraban sobre ellos, los arbustos les arañaban las piernas y las
ramas bajas les golpeaban la frente. Christian iba adelante, abriéndose paso a
empujones, sin saber siquiera hacia dónde corría.
—«¡La carretera!» —jadeó—.
«Tenemos que llegar
a la carretera, ¿te acuerdas? El ripio, al oriente. ¡Está a un kilómetro!»
—«¡No ves nada
Chris!» —le gritó Tracy—. «¡Nos vamos a perder!»
—«¡Perderse es mejor
que quedarse!»
Detrás de ellos, el bosque crujía, no era el viento, era
algo pesado avanzando entre los árboles, rompiendo ramas, 'crac, crac', cada
vez más cerca. Tracy apretó el paso hasta quedar pegada a la espalda de Christian.
—«¡Está detrás!
¡Está detrás de nosotros!»
—«¡No mires! ¡Solo
corre!»
—«¡Pero es que se
escucha respirar!»
Y era cierto, entre el jadeo de ambos, se colaba un
sonido nuevo, una respiración profunda, húmeda, como la de un caballo cansado,
pero con un silbido metálico al final. 'Shhhhh… pssss…' Se repetía acompasada,
y con cada ciclo parecía acercarse un poco más.
Christian tropezó con una raíz gruesa y cayó de rodillas.
Tracy lo pasó a llevar y ambos rodaron por una pequeña bajada cubierta de hojas
mojadas. La linterna salió volando y se apagó al golpear un tronco.
—«¡NOOO!» —gritó
Tracy, buscándola a tientas—. «¡La linterna, la linterna!»
—«¡Déjala! ¡Déjala,
Tracy!»
—«¡Chris, sin luz no
vemos nada!»
—«¡Vemos el cielo!
¡Mira arriba! ¡Mira la Luna! ¡La carretera está hacia donde se ve el claro!»
Tracy levantó la vista... entre las copas de los árboles,
un parche de cielo despejado brillaba tenue. Hacia allá apuntaba un sendero
apenas marcado entre los helechos. Se levantaron como pudieron, con las manos y
las rodillas sangrando, y siguieron.
El ser seguía detrás, ya no corría en cuatro patas,
caminaba erguido, pero a zancadas enormes, como si el bosque no le ofreciera
resistencia. Cada tanto se detenía, y en esas pausas los jóvenes escuchaban
algo que los helaba... un chasquido, como si probara el aire, como si los
olfateara.
—«¿Por qué mierda
para?» —susurró Tracy, sin dejar de correr—. «¿Por qué mierda
para y después sigue?»
—«No sé. Tal vez nos
está… cazando».
—«¿Cazan--…»
—«¡No sé Tracy!
¡Sigue!»
Salieron a un sector más abierto, lleno de piedras y
pastizales altos. Christian reconoció el lugar, era el borde del terreno que
habían cruzado en la tarde, antes de llegar al río. La carretera de ripio tenía
que estar al frente, a unos doscientos metros.
—«¡ALLÁ!» —gritó,
señalando una línea pálida que se dibujaba entre los árboles—. «¡Es el puto
camino!»
Corrieron con lo último que les quedaba. Las piernas les
temblaban, la respiración les quemaba el pecho, y la sangre les corría por los
codos y las rodillas por las caídas. Detrás, el ser salió del bosque y se
detuvo un instante en el borde del claro.
Tracy lo miró... fue solo un segundo, pero lo vio
entero... la piel verde oscura y brillosa, los brazos largos, la cabeza
erguida, los ojos que reflejaban la luz de las estrellas. Estaba quieto. Los
miraba.
—«Christian…» —dijo
Tracy, con la voz casi apagada—. «Nos está mirando. Nos está… mirando a los dos».
—«No me importa.
Muévete. Vamos».
—«Esa cosa no está
corriendo. Nos mira no más».
—«¡Tracy, por
favor!»
Y entonces el ser hizo algo que ninguno de los dos iba a
olvidar: levantó un brazo, muy despacio, y lo sostuvo en el aire, como
saludando. Luego bajó el brazo y volvió a lanzarse hacia ellos.
—«¡Corre, corre,
corre!»
Llegaron a la carretera de ripio y la siguieron a la
carrera, sin importar hacia dónde, solo alejándose. Las piedras rodaban bajo
sus zapatillas, pero no pararon. Corrieron y corrieron hasta que el bosque
quedó atrás, hasta que el río dejó de escucharse, hasta que el ser ya no se
vio.
Y corrieron más.
PARTE
III: EL AMANECER
Corrieron hasta que el cielo empezó a clarear.
Primero fue un gris tenue por el oriente, después, un
rosado pálido que se extendió por las nubes. Y cuando el sol asomó por fin
entre los cerros, Christian y Tracy ya no podían más. Se dejaron caer al borde
del camino, junto a un poste de alambre, y quedaron ahí, tirados, respirando
como animales.
—«No… no viene» —jadeó
Christian, con la cara pegada al ripio—. «Ya no viene».
Tracy no respondió. Estaba de rodillas, con las manos en
la cabeza, temblando. Tenía las piernas llenas de arañazos, los codos pelados,
la ropa rota. Christian se enderezó como pudo y se sentó a su lado.
—«Hey, Tracy.
Estamos bien. Llegamos. Estamos a salvo».
—«¿Tú lo viste?» —dijo
ella, sin mirarlo—. «¿Lo viste de verdad?»
—«Sí. Lo vi».
—«¿Y qué era,
Christian? ¿Qué era?»
—«No sé, Tracy». —Se
miró las manos, llenas de tierra y sangre seca—. «No sé qué era. Y ya no importa».
—«Nos miraba. Nos
estudiaba y después levantó el brazo, ¿te acuerdas? Como si nos… como si nos
estuviera…»
—«Analizando,
cazando ¡Qué se yo!»
—«Marcando» —dijo
Tracy, y la palabra quedó flotando en el aire frío del amanecer—. «Nos marcó,
Christian. Nos vio la cara y nos marcó».
Se quedaron callados un rato. El sol subía. Los pájaros
empezaron a cantar, como si nada hubiera pasado, como si la noche no hubiera
existido. En la distancia, se escuchó un motor.
—«¿Escuchas?» —dijo
Christian, incorporándose—. «Un auto».
—«No es un auto. Es
más pesado».
Un jeep verde apareció en la curva del camino, levantando
polvo. En la parte de atrás venían tres uniformados. Era una patrulla de Carabineros,
de esas que recorren los sectores rurales de madrugada. Frenaron al verlos.
Un cabo bajó primero. Tenía cara de sueño y de sorpresa.
—«¿Y ustedes
jóvenes?» —preguntó—. «¿Qué hacen aquí a esta hora? ¿Se perdieron?»
Christian y Tracy se miraron. Y entonces, los dos
empezaron a hablar al mismo tiempo, atropelladamente, sin orden.
—«Nos atacó algo en
el río…»
—«Un ser, un ser
como un lagarto, pero parado…»
—«Salía del agua, en
el pozo, al otro lado…»
—«Corrimos toda la
noche, dejamos la carpa, las mochilas, todo…»
—«¡Nos siguió! ¡Nos
siguió hasta el bosque!»
El cabo los miraba con una ceja levantada. Los otros dos
carabineros bajaron también, uno con una radio en la mano.
—«Ya, ya,
tranquilos» —dijo el cabo—. «Respiren. ¿Un ser? ¿Como un lagarto?»
—«Sí» —dijo
Christian, y por primera vez desde que había empezado a hablar, se detuvo—. «Verde. Brilloso. De
dos metros. Parado».
El carabinero anotó algo en una libretita. Luego levantó
la vista.
—«¿Y ustedes tomaron
algo?» —preguntó—. «¿Vino? ¿Pisco?»
—«Cervezas» —dijo
Tracy—. «Pero poquito. Como
cinco entre los dos».
El cabo asintió, como si eso explicara todo. Pero
Christian notó algo: el carabinero más joven, el que estaba atrás, no se reía.
Miraba el bosque, hacia el lado del río, con la cara seria.
—«Sargento» —dijo
el joven—. «¿Se acuerda del
caso del año pasado?»
El cabo se giró.
—«¿Cuál?»
—«El del pescador.
El que apareció muerto río abajo». —El joven hablaba despacio,
sin dejar de mirar los cerros—. «El que tenía las marcas esas en el cuello. Como si algo lo hubiera
agarrado».
Hubo un silencio. El cabo se rascó la barbilla.
—«Ese fue un puma».
—«El forense dijo
que no. Dijo que las marcas eran de algo con dedos largos».
Tracy se puso pálida. Christian sintió que el estómago se
le apretaba.
—«¿Qué pescador?» —preguntó,
con la voz ronca—. «¿Qué le pasó?»
El joven carabinero lo miró por primera vez. Tenía los
ojos cansados, pero serenos, de alguien que ha visto cosas raras en esos cerros
y ya dejó de sorprenderse.
—«Apareció flotando,
río abajo, cerca del puente viejo». —Hizo una pausa—. «Sin ropa. Sin heridas
de arma. Solo las marcas esas en el cuello. Y los pies… los pies los tenía
destrozados. Como si hubiera corrido mucho».
—«¿Corrido?» —repitió
Christian.
—«Corrió. Descalzo.
Por el ripio». —El joven carabinero miró el bosque otra
vez—. «Como si algo lo
hubiera perseguido hasta el amanecer».
Tracy se llevó las manos a la boca. Christian sintió que
el suelo se le movía.
—«Entonces… no
estamos locos».
—«Nunca dije que
estuvieran locos» —dijo el joven—. «Solo dije que aquí
hay cosas que no se ven».
El cabo los hizo subir al jeep. Les pasó una frazada, una
botella de agua, y les preguntó la dirección de sus casas. Christian iba atrás,
junto a Tracy, abrazados, mirando por la ventana cómo el bosque se alejaba. El
sol ya estaba alto. El río San Juan quedaba atrás, tranquilo, brillante, como
si nunca hubiera pasado nada.
Pero Christian sabía que sí. Lo sabía porque Tracy le
apretaba la mano y le temblaba. Lo sabía porque el carabinero joven, cada
tanto, miraba por el retrovisor hacia el camino que dejaban atrás.
—«¿Volveremos?» —preguntó
Tracy, casi en un susurro—. «¿A buscar las cosas?»
—«Algún día» —dijo
Christian.
—«¿Y si volvemos y
está ahí?»
Christian no respondió. Miró por la ventana. El ripio, el
pasto, las lengas. Y en el fondo, muy en el fondo de su cabeza, volvió a ver al
ser levantando el brazo, despacio, como despidiéndose. O como diciendo 'nos
vemos'.
—«Oye» —dijo
Tracy, de pronto—. «¿Tú te acuerdas de la cara?»
—«Sí».
—«¿Y te acuerdas de
que nos miró a los dos? A los dos, Christian. No a uno. A los dos».
—«Sí».
—«¿Por qué crees que
nos miró a los dos?»
Christian lo pensó un momento. El jeep avanzaba por el
camino, y el bosque quedaba cada vez más lejos. Pero en el fondo, algo le decía
que la distancia no importaba, que esa noche no había terminado del todo. Que
el río San Juan seguía ahí, esperando.
—«No sé» —dijo
al final—. «Pero creo que nos
eligió».
—«¿Eligió?»
—«Para algo». —Christian
tragó saliva—. «Y creo que va a volver a buscarnos».
Tracy no dijo nada. Se quedó mirando el camino, con la
frazada apretada contra el pecho. Y en el silencio del jeep policial, entre el
ruido del motor y el viento, los dos escucharon —o creyeron escuchar— un sonido
lejano que venía desde el bosque.
Un gruñido profundo... lejano.
Ambos se miran... y luego... ninguno de los dos se
atrevió a mirar atrás.
Una historia escrita por: H.P. Hatecraft.
Portada diseñada por: Vëthriön Asathørn.
Edición final: H.P. Hatecraft.

