I · El Fin del Mundo
Aquí
termina la tierra y empieza el olvido, donde el cielo se dobla como un metal
frío y la estepa se extiende sin destino ni origen, un manto gris que todo lo
consume y cobija.
El
viento no pregunta.
El
viento nunca cesa.
Arrastra
nombres de muertos, semillas de piedra, y nadie lo detiene porque nadie está
aquí para levantar la mano y decirle: basta.
II · Lagos Oscuros
Los
lagos son espejos que aprendieron a mentir: reflejan un cielo que no existe,
una luz que llegó de otro siglo y se quedó atrapada entre el hielo y el
basalto.
Bajo
la superficie duerme algo antiguo, más viejo que los hombres que llegaron a
nombrarlo, más viejo que el frío mismo, que también tiene su forma de amar y de
matar.
III · Los Glaciares
Los
glaciares son la memoria del mundo antes de que el mundo supiera que era
triste.
Guardan
en su hielo azul el aire de otro tiempo, burbujas de silencio de cien mil años,
y cuando se rompen —ese trueno blanco— es el pasado que cae sin remedio, que se
disuelve en el agua turquesa como se disuelven los sueños al amanecer.
IV · La Nieve
Cae
la nieve. Cae de noche, silenciosa, como cae el olvido sobre los que se van.
Cubre
los huesos de los animales muertos, los caminos sin nombre, los alambres
oxidados, y esa estancia abandonada en el campo del viento donde alguna vez
hubo luz en una ventana, donde alguna vez hubo pan sobre la mesa y una voz que
cantaba para nadie.
V · Los Animales
El
guanaco camina contra el viento con una dignidad que los hombres perdimos.
No
busca refugio. No llora su suerte.
Solo
camina, con los ojos de ámbar fijos en un horizonte que no promete nada, bajo
un cielo que no perdona ni recuerda, en esta tierra que enseña a morir de pie o
no enseña nada.
El
puma y el zorro flotan en silencio en el extenso lienzo de coirón. Aguardando.
Acechando. Buscando víctimas en medio del silencio.
La
muerte va de la mano de estas bellezas de la Patagonia.
VI · Los Árboles del Viento
Los
árboles aprendieron a doblar hacia el este.
No
fue una elección: fue la forma del dolor hecha madera, hecha raíz, hecha año
tras año de empuje y resistencia sin nadie que mirara.
Son
esculturas del sufrimiento anónimo, monumentos a lo que sobrevive no porque
quiere sino porque olvidó la manera de caer, porque el viento mismo los
sostiene al doblarlos.
VII · La Luz de julio
En
julio la luz llega a las tres de la tarde y se va sin despedirse, como una
visita que nunca se sintió bienvenida del todo.
Queda
un rastro anaranjado sobre la meseta, una herida suave en el cielo de ceniza, y
después: la noche más larga, la noche que no termina de contar sus horas, la
noche que pesa como tierra encima.
VIII · Los que se
fueron
Hay
pueblos que murieron de soledad y viento.
Sus
calles de tierra recuerdan pies que se fueron a la ciudad, al norte, a
cualquier otra parte donde el invierno al menos tuviera compañía.
Las
casas de zinc y madera se pudren con una elegancia involuntaria, hermosa, como
se pudre todo lo abandonado: lentamente, y sin saber que es hermoso.
IX · El Sur Profundo
Más
al sur, donde los mapas se rinden, donde el canal Beagle parte el mundo en dos
y los cormoranes vuelan contra la tormenta porque es lo único que saben hacer,
allí el frío tiene otro nombre: se llama verdad, se llama lo que queda cuando
se le quita al mundo todo lo superfluo, toda la tibieza aprendida, toda la
mentira dulce.
X · Oración sin Dioses
Quizás
la Patagonia no necesita ser amada.
Quizás
existe de la misma manera que el dolor: sin pedir permiso, sin esperar que la
entiendan, sin necesitar que nadie le diga que es real.
Y
quizás eso es lo que buscamos al venir: algo que no nos necesite, algo que esté
ahí cuando todo lo nuestro haya terminado de importarle al mundo.
XI · El Viento, siempre
el viento
El
viento no sabe que es triste.
Eso
lo hace aún más triste.
Barre
la estepa con una indiferencia perfecta, lleva el polvo de los muertos hacia el
mar, lleva el polvo del mar hacia las cumbres, y así, sin descanso, sin
propósito, sin nombre, mezcla los vivos con los muertos, el ayer con el mañana,
el frío con el frío que vendrá.
Y
sigue.
Y
siempre ha seguido.
Y
seguirá cuando ya no haya nadie para escucharlo y llamarlo viento.
... es Magallanes. Esta tierra... nuestra tierra, mi tierra.
Escrito
por: Ian «Ülveer» Moone.
Una
idea de: Vëthriön Asathørn.
Portada
diseñada por: I. Moone.
Edición
final: Vëthriön Asathørn.


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