La
noche había descendido sobre la ciudad como una vieja sábana de ceniza.
No
llovía. No soplaba el viento. Sin embargo, todo parecía húmedo, como si la
oscuridad hubiera absorbido el agua de siglos enteros y ahora la exhalara
lentamente sobre las calles vacías.
El
hombre caminaba solo. No recordaba exactamente cuándo había comenzado su
recorrido. Tal vez al anochecer. Tal vez años atrás. Tal vez el viaje había
empezado el día en que descubrió las primeras canas en el espejo, o cuando vio
partir a los amigos de juventud uno por uno, como barcos que desaparecen detrás
de una niebla interminable.
Llevaba
un abrigo negro gastado por el tiempo.
Sus
pasos resonaban apagados sobre el sendero de grava que conducía al antiguo
cementerio de la colina.
Había
leído muchas veces aquellos versos que ahora regresaban a su memoria:
«¡Cómo de entre mis
manos te resbalas!»
Y mientras avanzaba, comprendía que no hablaban solamente de la edad. Hablaban de todo, de los rostros olvidados, de las promesas rotas, de las fotografías amarillentas guardadas en cajones que nadie abre, de las voces que un día llenaron habitaciones y que ahora no eran más que polvo suspendido en la memoria.
Las
enormes rejas del cementerio permanecían abiertas… aquello le pareció extraño.
Nadie las dejaba abiertas durante la noche. Sin embargo, allí estaban.
Esperándolo.
El
hombre cruzó el umbral. El silencio cambió, no era el silencio del exterior…
era algo más profundo… más antiguo. Un silencio que parecía provenir de todas
partes.
Las
lápidas emergían de la oscuridad como dientes de piedra. Algunas estaban
inclinadas. Otras se habían partido en dos.
El
musgo cubría nombres que nadie pronunciaba desde hacía generaciones.
El
hombre continuó caminando. No sabía hacia dónde se dirigía. Simplemente
avanzaba.
A
veces tenía la sensación de que el sendero se extendía por sí mismo delante de
sus pies, como si el cementerio estuviera guiándolo, como si conociera su
destino.
Entonces
las vio… sombras. Al principio creyó que eran árboles. Figuras inmóviles entre
los mausoleos.
Pero
no. Los árboles no observan. Aquellas cosas sí.
Permanecían
quietas, difusas… apenas delineadas por la luz enfermiza de una luna oculta
tras las nubes. Parecían personas, o el recuerdo de personas. Siluetas
deshilachadas por el tiempo.
Cuando
él las miraba directamente, casi desaparecían.
Cuando
apartaba la vista, sentía que se acercaban unos pasos. Un metro. Tal vez dos.
Nunca
más. Nunca menos.
Como
animales tímidos. Como testigos silenciosos.
El
hombre siguió avanzando. No sentía miedo. Sentía como si aquellas presencias lo
conocieran desde siempre… como si hubieran estado aguardando pacientemente su
llegada.
Llegó
a una avenida central bordeada por cipreses negros. Sus ramas parecían manos
inmensas intentando rasgar el cielo.
Se
detuvo… miró a su alrededor. Las tumbas de ricos y pobres reposaban bajo la
misma oscuridad.
Los
títulos habían desaparecido… los honores, los triunfos, las derrotas. Todo
reducido a piedra. Todo reducido a fechas. Todo reducido a polvo.
La
muerte no negociaba, no distinguía coronas de mendrugos, no admiraba genios, no
despreciaba imbéciles. Simplemente llegaba… y cuando llegaba, nivelaba el
mundo.
El hombre sintió una extraña tristeza. Pensó en los años perdidos persiguiendo cosas que ahora parecían absurdas… discusiones, ambiciones, orgullos. Pequeñas guerras personales que el tiempo había borrado con una facilidad insultante.
Continuó
caminando.
Las
sombras seguían observándolo. Ahora eran más numerosas. Entre los mausoleos. Entre
los árboles. Detrás de las esculturas de ángeles erosionados.
No
hablaban.
No
se movían.
Pero
estaban allí… esperando. Siempre esperando.
La
luna apareció brevemente. La luz plateada atravesó las nubes y reveló cientos
de lápidas extendiéndose hasta el horizonte.
El
cementerio parecía mucho más grande de lo que debería ser. Inmensamente más
grande. Como si contuviera a toda la humanidad. Como si cada generación hubiera
terminado allí. Como si todas las vidas del mundo desembocaran finalmente en
aquel océano de piedra.
El
hombre sintió un escalofrío, no por el frío… por la comprensión.
Cada
segundo que vivía era una aproximación.
Cada
respiración era una cuenta regresiva.
Cada
amanecer era una moneda gastada.
Pensó
entonces: La muerte no llega al final. La muerte camina junto a nosotros desde
el principio. Crece con nosotros, aprende nuestros nombres. Nos acompaña en
silencio… y un día simplemente nos toca el hombro.
Nada
más.
El
sendero comenzó a estrecharse. Las tumbas se volvieron más antiguas, más
olvidadas, más oscuras.
Ya
no había flores, ni fotografías, ni recuerdos visibles.
Sólo
piedra y tiempo.
Las
sombras ahora formaban una especie de corredor.
Una
multitud silenciosa… observándolo.
El
hombre sintió que estaba atravesando una ceremonia, un rito antiguo, la bienvenida
a un lugar del que nadie regresa.
Al
fondo distinguió una lápida solitaria… más alta que las demás. La luna volvió a
iluminarla. Y por alguna razón supo que debía acercarse.
Sus
piernas avanzaron lentamente.
El
corazón golpeaba dentro de su pecho, no con miedo… con certeza.
Las sombras permanecieron inmóviles, ninguna intentó detenerlo. Ninguna intentó acercarse. Parecían esperar el desenlace.
El
hombre llegó frente a la lápida. La piedra estaba cubierta de humedad. El
mármol reflejaba la luz espectral de la luna.
Respiró
hondo.
Miró
la inscripción… y entonces comprendió por qué había llegado allí… por qué las
puertas estaban abiertas… por qué las sombras lo observaban, por qué el sendero
parecía conocer el camino.
Sus
piernas cedieron.
Se
arrodilló lentamente sobre la tierra fría.
Durante
varios segundos permaneció inmóvil, observando, leyendo, incapaz de apartar la
vista… porque grabado en la piedra, bajo una fecha de nacimiento que conocía
demasiado bien, aparecía un nombre…
Su
nombre.
El
suyo.
Exactamente
el suyo.
El
viento comenzó a soplar por primera vez en toda la noche.
Las sombras inclinaron levemente la cabeza, como una multitud durante un funeral, como viejos conocidos saludando a quien finalmente había llegado.
El
hombre cerró los ojos y comprendió. Comprendió que la edad se había deslizado
entre sus manos.
Que
la vida había sido un puñado de arena incapaz de permanecer quieta.
Que cada instante había sido una ejecución silenciosa, una pequeña pérdida, una pequeña muerte.
Abrió
los ojos una última vez.
La
lápida seguía allí… esperándolo pacientemente, como había esperado durante toda
su existencia.
Y
mientras la noche terminaba de cerrar sus dedos sobre el mundo, el hombre
permaneció arrodillado frente a la piedra, contemplando el único nombre que
jamás podría olvidar… el suyo.
Y
alrededor, entre las tumbas infinitas, las sombras continuaron observando en
silencio.
Historia basada en el poema de
Francisco de Quevedo «¡Cómo de entre mis manos te resbalas!»
Escrita por: H.P. Hatecraft.
Una idea de: Vëthriön Asathørn.
Edición final: Vëthriön Asathørn.



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