I
A días del cambio de mando en
nuestro país, se ha producido uno de esos episodios que parecen escritos por un
guionista con sentido del humor negro. Me refiero, por supuesto, al súbito
ataque de energía política que ha experimentado el presidente Gabriel Boric —conocido
en ciertos círculos menos diplomáticos como «el merluzo»— y su panda de
esbirros inútiles.
En las últimas semanas —justo
ahora, cuando el reloj político ya está marcando la hora de salida— el
mandatario escamoso decidió iniciar una especie de pelea verbal con el futuro
presidente de Chile, José Antonio Kast. Porque, claro, a este «estadista en
retirada» se le ocurre la brillante idea de empezar discusiones públicas cuando
ya tiene las cajas listas para abandonar La Moneda.
Todo comenzó con el famoso tratado firmado entre Chile y China para instalar un cable submarino de fibra óptica que conectaría Valparaíso con Hong Kong. La idea, en el papel, suena moderna, tecnológica, futurista: datos viajando por el océano a la velocidad de la luz, integración digital, bla bla bla.
Pero entonces apareció el
embajador estadounidense en Chile, Brandon Judd, quien dejó caer —con la
sutileza de un piano cayendo desde un quinto piso— que a Estados Unidos esta
jugada no le gustaba demasiado.
¿La razón? Seguridad
estratégica, sospechas tecnológicas, y ese pequeño detalle de que China no es
precisamente el socio que Washington invitaría a cuidar el router de la casa.
Desde ese momento, el gobierno de Boric interpretó las palabras como una especie de presión o advertencia. Y ahí comenzó el espectáculo: declaraciones, respuestas, insinuaciones y esa clásica danza política de «yo no dije eso» seguida de «sí lo dijiste» o «yo no firmé nada», «sí lo hiciste».
Pero lo más curioso del asunto es que gran parte del entusiasmo combativo parecía provenir del lado de Boric. Es como si, después de cuatro años de tropezones, improvisaciones y comisiones investigadoras, alguien hubiese descubierto que la confrontación internacional también sirve para inflar el pecho en las últimas semanas de mandato.
Un clásico truco político: «si
no puedes dejar un legado claro, al menos deja una pelea memorable».
II
Pero ese no es el único fenómeno
extraño que estamos observando en estos días finales del gobierno merlucino. Porque,
de repente —como si alguien hubiese presionado el botón de «modo productividad
de emergencia»— el Ejecutivo comenzó a inaugurar cosas con una velocidad
francamente impresionante.
Plazas, obras, proyectos, cintas
cortadas, sonrisas institucionales, discursos solemnes… todo apareciendo en
cadena justo ahora. Solo les faltó enviar un cohete a la Luna.
Entre las inauguraciones
recientes está la remodelada Plaza Baquedano (destruida durante el «estallido
antisocial»), un proyecto que durante años parecía atrapado en una especie de
limbo administrativo, donde las decisiones iban y venían con la velocidad
geológica de una roca sedimentaria. Pero milagrosamente, ahora sí se pudo.
También aparece un nuevo
teleférico, presentado con entusiasmo casi olímpico, como si fuese una obra
comparable al Canal de Panamá.
Y claro, uno no puede evitar
hacerse la pregunta obvia:
¿Dónde estaba toda esta energía
ejecutiva durante los cuatro años anteriores?
Porque lo que muchos recuerdan
de este periodo no son precisamente las inauguraciones heroicas. Lo que
predominó fue una larga seguidilla de escándalos por malversaciones de fondos
públicos, fundaciones misteriosamente favorecidas, convenios que parecían
evaporarse en el aire y dineros fiscales que desaparecían con una rapidez casi
científica.
Dinero que se esfumaba más
rápido que flash con diarrea. Plata que desaparecía más rápido que polvo de
conejos.
Y podría asegurar que todo ese
dinero o gran parte de él llegaron mágicamente a las arcas del partido
comunista.
A eso se sumaron los errores
comunicacionales, los episodios incómodos, las rectificaciones de última hora y
un nivel de improvisación que a ratos daba la impresión de que el país estaba
siendo administrado por un grupo de estudiantes armando una maqueta a las tres
de la mañana antes de la entrega final.
En paralelo, el control de las
fronteras parecía más una sugerencia que una política pública, mientras la
economía avanzaba con el entusiasmo de una tortuga con depresión.
Pero ahora —justo ahora, cuando
el mandato está a punto de terminar— vemos inauguraciones, anuncios y
ceremonias por todos lados.
¿No es extraño?
Es como si alguien hubiese
encontrado el manual de instrucciones del gobierno… en el último capítulo del
mandato.
III
En política existe un fenómeno
bastante conocido: el síndrome del legado tardío. Ese momento en que un
gobierno, al ver acercarse el final del mandato, entra en una especie de ‘sprint’
desesperado para demostrar que, en realidad, sí estaba haciendo cosas todo este
tiempo.
Es una coreografía bastante predecible:
• Primero aparecen las
inauguraciones.
• Luego los discursos épicos.
• Después las fotos oficiales.
Y finalmente, la narrativa
cuidadosamente elaborada: «hicimos historia».
El problema es que la memoria
pública es un animal caprichoso, pero no completamente amnésico.
La gente recuerda los
escándalos. Recuerda la improvisación. Recuerda la corrupción y todos los
millones desaparecidos. Recuerda las promesas grandilocuentes que terminaron
convertidas en notas al pie. Promesas que desaparecieron más rápido que las
platas de las fundaciones de los izquierdistas.
Y entonces el legado comienza a
parecerse menos a una obra histórica… y más a una larga colección de parches de
última hora.
IV
Así que aquí estamos, cabros,
presenciando los últimos días de una administración merlucina que parece haber
descubierto, demasiado tarde, que gobernar implica algo más que improvisaciones,
inoperancias, discursos insulsos, hashtags y conferencias de prensa.
Mientras tanto, el país observa
este frenesí final con una mezcla de curiosidad, cansancio, decepción y ese
humor ácido que aparece cuando ya nada sorprende demasiado.
Porque en Chile hemos aprendido
algo muy útil con los años:
• Los gobiernos pasan.
• Las inauguraciones se olvidan.
• Las promesas se reciclan.
Pero las crónicas del fracaso
útil siempre encuentran la forma de escribirse solas.
Artículo escrito por el staff de
Trollish News, esto es, humanos y trolles.
Una idea de Jarl Asathørn.
Edición final: Jarl Asathørn.
