En estos
vaivenes de la política chilensis ahora nos encontramos con la prisión
preventiva de Joaquín Lavín Junior, hijo del ex candidato (alguna vez)
presidencial de Chile, Joaquín Lavín, hoy un político desgastado por el cacho
de hijo que tiene y del cacho de esposa de su retoño. Ambos —Joaco Jr. y la ex
alcaldesa «robotina»— han estado en el ojo de la tormenta por varios
chanchullos de dinero, lo raro de la güeá es que se conjugaron dos joyitas
buenas para tirar las manos, hacer movidas retorcidas, etc., pero vayamos
cachando al parcito:
Cathy
Barriga:
La acusación
sostiene que Barriga encabezó una «gobernanza fraudulenta» para ocultar
déficits, manipular presupuestos y financiar gastos no autorizados, incluyendo
pagos indebidos, compras de regalos y uso de fondos municipales para su imagen.
Un perjuicio fiscal estimado en casi $33 mil millones.
Porque
claro, aparentemente en algunas municipalidades el presupuesto público funciona
como tarjeta de multitienda un 24 de diciembre: total después alguien más paga
la cuenta. Y mientras la comuna se iba convirtiendo en una mezcla rara entre
reality show, TikTok motivacional y feria de vanidades, los números empezaban a
hacer ruidos más extraños que ascensor de hospital abandonado o un semáforo en
mitad del campo. Pero ahí estaban igual, sonriendo poseramente frente a las
cámaras, repartiendo corazones, bailes güeones, peluches, selfies y maquillaje
comunicacional, porque en Chile la estética a veces vale más que una auditoría.
Joaquín
Lavín León (un león ahora enjaulado):
La causa
apunta a una presunta red de corrupción y uso irregular de recursos públicos
durante la administración municipal encabezada por Cathy Barriga, esposa de
Lavín León. (La ex alcaldesa se pudo haber llamado tranquilamente Cathy
Tetazas… ok, sé que es un comentario desubicado… pero no me importa) 😁
Según la
Fiscalía, el exdiputado rapiña habría utilizado influencias políticas y
administrativas para obtener beneficios personales y electorales mediante
contrataciones, desvinculaciones y manejo de bases de datos municipales.
O sea, el «joaco»
habría agarrado el municipio como si fuera una pyme familiar, una especie de «Lavín
& Barriga Limitada», donde aparentemente se mezclaba política, favores,
operadores, pitutos y maniobras dignas de gerente de casino clandestino. Porque
el problema de muchos políticos chilenos no es solamente la corrupción; es la
naturalidad con que la ejercen. Los güeones caminan como si nada, hablan como
si nada y cuando los pillan ponen cara de «yo no sabía», una actuación ‘perkele’
tan repetida que ya debería ser patrimonio cultural inmaterial de la República.
Ellos se unen al otro hijo «cacho» de la política… Sebastián Dávalos —hijo de la expresidenta Bachelet— que hace años fue acusado de corrupción por la arista estafa del caso Caval, delitos de estafa e infracción a la propiedad intelectual… y lo peor es que ese «guata de sandía» solo fue formalizado por el delito de estafa contra el empresario Gonzalo Vial Concha y además se decretó arraigo por 90 días y firma mensual para uno de los socios de Caval, y luego fue absuelto como si fuera una blanca paloma.
Porque en
Chile existe una tradición no escrita: los hijos ‘vittuperkeles’ de figuras
políticas a veces aparecen con una habilidad casi sobrenatural para meterse en
negocios turbios. Pero debe ser coincidencia. Una mala alineación planetaria.
Mercurio retrógrado mezclado con nepotismo y olor a billete fiscal. Y ahí
aparecen siempre los mismos ingredientes: contactos, influencias, reuniones «casuales»,
créditos mágicos, contratos raros y un ejército de operadores güeones que
hablan «en difícil» para intentar convencer al ciudadano común de que «robar
elegante no es robar». ¡No, no y no!
Y estas
joyitas aprovecharon toda la debilidad del sistema para engordar sus chequeras
y actuar como si fueran dueños de un fundo. Pero son simplemente delincuentes
de cuello y corbata, una panda de sinvergüenzas de mierda, como pasa en todos
los países.
Porque al
final el patrón de mierda nunca cambia demasiado: algunos güeones llegan al
poder jurando servir al pueblo y terminan sirviéndose hasta los ceniceros.
Hablan de justicia social mientras acomodan familiares, hablan de transparencia
mientras hacen triangulaciones más enredadas que cableado de poste en población
antigua, y hablan de ética con una soltura de raja que haría llorar de emoción
a un actor de teleserie mexicana.
Lo más
tragicómico de la güeá es que después aparecen los defensores fanáticos, esos agüeonaos
que justifican todo: Que «la persecución política de la güeá», que «todos los
güeones lo hacen», que «hay güeás más importantes». Claro, siempre hay güeás
más importantes… hasta que el dinero desaparece, los municipios quedan hechos
bolsa y los vecinos tienen que seguir viviendo entre hoyos, basura y proyectos
fantasmas mientras algún iluminado se compraba regalos con plata ajena.
¿Han visto a Joaquín Lavín padre? Chuuu, está viejo y arruinado de caracho... puta y es lógico... tienes una nuera que era como piraña para gastar el dinero de los contribuyentes, y ahora se sube al carro del circo el cacho del hijo... con esa familia ¿Quién no va a envejecer chacal si te sacan canas verdes?
El gallo
—Lavín padre— ya tiene esa mirada clásica del viejo chileno derrotado por
reuniones familiares. Esa mirada de güeón perseguido que probablemente escucha
el ringtone del celular y siente taquicardia inmediata. Porque una güeá es
perder elecciones, pero otra muy distinta es terminar protagonizando una
teleserie judicial involuntaria gracias al talento del clan rapiñero para
aparecer en carpetas investigativas. Y… al parecer, al viejo Lavín le puede
llover sobre mojado… porque parte de los dineros que movió su retoño fueron a
parar a la campaña del papá. Y seguramente ya lo están investigando full.
Y mientras
tanto Chile sigue igual: emputecidos por una semana, haciendo memes por dos, y
después avanzando lentamente hacia el próximo escándalo político de la temporada.
Porque este país produce corrupción con una eficiencia impresionante. Cambian
los nombres, cambian los partidos, cambian los discursos güeones… pero siempre
aparece algún güeón iluminado creyendo que el Estado es una caja chica personal…
o su Banco patrimonial.
¡Tää en täyttä skeidaa!
Y después se
preguntan por qué rechucha la gente desconfía de la política. Güeón… si parece
casting permanente de «Los Simuladores», pero versión cuma y financiada con
impuestos.
¡Paren de gozar pirañas
vittuperkeles!
¡Kaikki poliitikot voivat vittu!
Artículo
escrito por: Olog-Krevalora.
Portada
diseñada por: Vëthriön Asathørn. Creada con AI.
Edición
final: Olog-Krevalora.


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