LA CASA DONDE EL TIEMPO-NO
TIEMPO RESPIRA
I
LA MISIVA
No
recuerdo en qué momento acepté la invitación…
Tal
vez fue aquella noche en que el viento no soplaba, sino que parecía arrastrarse
por las techumbres y calles, como una criatura herida, entre las grietas del mundo.
O quizá fue antes, cuando comencé a notar que las sombras ya no obedecían a la
luz, sino a algo más antiguo… algo que latía bajo la superficie de las horas.
La
carta que recibí no tenía remitente. Tampoco fecha. Solo una frase escrita con
una tinta que parecía aún húmeda:
«Tengamos la locura
abiertamente».
Debajo,
un mapa. O más bien, una herida dibujada sobre el papel.
II
LA CASA
No
fui el único en llegar. Éramos cuatro hombres, todos nacidos en la misma
década, todos marcados por una inquietud que no supimos nombrar hasta vernos
reunidos frente a aquella casa. Una estructura imposible, enclavada en un
paraje donde la tierra no parecía tierra, sino ceniza acumulada durante siglos.
Nadie
habló al principio... porque la casa… no estaba abandonada. Respiraba. Exhalaba
algo... en ese momento solo eran sensaciones… pequeños rasguños en mi espalda.
Las
paredes se dilataban levemente, como si algo en su interior aspirara y exhalara
el aire del mundo. Las ventanas estaban selladas, pero no con madera ni piedra,
sino con una oscuridad compacta, casi líquida, que parecía observarnos.
—Es aquí —dijo uno de nosotros,
aunque ninguno había preguntado.
Y
entonces comprendí: todos habíamos leído lo mismo.
«Sigamos las huellas de
esta época masacrada».
Entramos.
No
hubo puerta que abrir. La entrada cedió como carne blanda ante nuestras manos,
y al cruzar el umbral sentí algo quebrarse… no en mi cuerpo, sino en mi noción
del tiempo-no tiempo, de aquellos que contienden y litigan entre sí.
Adentro
no había polvo… había silencio… un silencio espeso, saturado de algo que no era
ausencia de sonido, sino acumulación de todos los sonidos que alguna vez
existieron y que ahora yacían muertos.
Avanzamos
por un pasillo interminable. Me recordaba esos largos pasillos de mis sueños…
de mis pesadillas.
Las
paredes estaban cubiertas de retratos. No eran pinturas, sino rostros
incrustados en la materia misma de la casa. Hombres, mujeres, niños… todos con
la misma expresión: la de haber entendido algo demasiado tarde.
—Míralos bien —susurró otro—. Son nosotros.
Quise
negar aquello. Pero uno de los rostros… parpadeó.
La
casa no tenía habitaciones. Tenía estados, alterados... tal vez de la conciencia.
Cruzamos
lo que solo puedo describir como un umbral invisible, y de pronto el aire se
volvió pesado, húmedo. El suelo cedía bajo nuestros pies como si camináramos
sobre carne en descomposición.
Y
entonces lo vimos… el pantano.
No
estaba afuera... estaba dentro.
Un
paisaje completo contenido en una sala imposible: aguas negras, inmóviles,
cubiertas de una niebla baja que parecía respirar con dificultad. De entre el
lodo emergían formas… alargadas, delgadas, como lápidas deformes.
Pero
no eran tumbas... eran pensamientos. Pensamientos muertos.
Cada
uno de nosotros comenzó a sentirlo. No era miedo. Era como reconocer algo. Ese
pantano… estaba en nuestras cabezas.
—Esto es lo que llevamos dentro —dije, sin darme cuenta
de que hablaba en voz alta.
Y
entonces, uno de los hombres comenzó a reír. Una risa seca, quebrada, que
pronto se transformó en un grito.
Se
lanzó al pantano.
No
hizo ruido al hundirse. Solo desapareció, como si nunca hubiera existido.
Pero
algo emergió en su lugar.
Un
rostro… su rostro.
Extendido,
deformado, adherido a la superficie del agua como una máscara flotante que aún
intentaba respirar.
Quisimos
huir.
Pero
la casa no tiene salida. Porque la casa no es un lugar, es una condición.
Seguimos
avanzando, aunque cada paso nos llevaba más adentro de algo que no tenía
centro. Encontramos una sala donde colgaban relojes, miles de ellos, todos
marcando la misma hora. Pero las agujas no se movían hacia adelante.
Retrocedían… y con cada tic… sentí que algo en mí se deshacía. Recuerdos,
nombres, rostros… todo era devorado por ese movimiento inverso del tiempo-no
tiempo.
—La casa está cerrada —dijo uno, con voz
vacía—. Siempre lo estuvo.
Entonces
comprendimos la última línea.
«La casa cerrada de la
eternidad».
Quedábamos
tres.
O
eso creía.
Porque
al mirarnos… ya no éramos los mismos.
Nuestros
rostros se habían afinado, alargado. Nuestros ojos… demasiado abiertos, como si
algo desde adentro los empujara hacia fuera.
—Buscábamos una puerta —murmuré—. Un acto de redención… de perdón… tal vez de olvido.
—Y encontramos esto —respondió otro,
señalando la nada.
Pero
no era la nada… era niebla. Una niebla que no flotaba en el aire, sino que
parecía surgir desde el interior de las cosas, como si todo estuviera
evaporándose lentamente hacia un estado peor que la muerte.
El
último de nosotros dejó de caminar.
Se
detuvo frente a una pared lisa.
—Aquí —dijo.
—¿Aquí qué?
—La puerta.
No
había nada.
Pero
él sonrió. Y apoyó su mano.
La
pared se abrió, no hacia afuera, hacia adentro.
Y
lo que vimos… no debería ser visto.
No
era luz… no era oscuridad. Era algo que transformaba ambas cosas en una misma
sustancia enferma. Y desde ese abismo… algo nos miraba, no con ojos, sino con
la certeza de que siempre había estado ahí… aguardando.
III
EPÍLOGO
No
sé cuánto tiempo ha pasado. Tal vez sigo en la casa. Tal vez nunca entré. A
veces despierto con la sensación de que algo respira conmigo, no dentro de mí…
sino a través de mí. Y cuando cierro los ojos… veo el pantano… las tumbas
delgadas… y mi propio rostro… emergiendo lentamente entre la niebla.
Sonriendo.
Esperando
que otros lleguen.
Para
que, juntos... aprendamos a pudrirnos conscientes en la eternidad que nos
observa.
Una historia
oscura basada en el poema «Tengamos locura» de Kenneth Patchen.
Idea original
de: V.D.M.
Edición final: Vëthriön Asathørn.

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