LOS ARCHIVOS EPSTEIN:
CUANDO EL PODER TAMBIÉN TIENE BORRADOR
Cada cierto tiempo, como una mala
secuela que nadie pidió, pero que todos esperaban, reaparecen los archivos del
judío depravado Jeffrey Epstein. Carpetas prometidas, listas insinuadas,
nombres que flotan como la mierda en un río… y luego, el acto final: no pasa
nada. O, mejor dicho, pasa lo de siempre.
El guion es conocido. Se filtra información «impactante», los medios titulan con entusiasmo contenido, Twitter (X, perdón) arde por 48 horas, Telegram por semanas y, acto seguido, el sistema bosteza, se rasca el culo, se acomoda la corbata y sigue caminando como si nada.
Epstein está muerto. Eso es un hecho.
Pero su red, curiosamente, goza de excelente salud.
LA LISTA QUE NUNCA ES LISTA
Los llamados 'Epstein Files' funcionan
como un objeto mitológico: todos hablan de ellos, pero, al parecer, nadie los
ve completos. Son como Sasquash o el monstruo del lago Ness.
Documentos sellados, nombres tachados a
propósito, testimonios fragmentados. No porque falte información, sino porque
sobra poder. El tipo de poder que no necesita negar nada: solo dilatar,
confundir, clasificar y archivar.
Cuando aparecen nombres de alto perfil
—expresidentes, magnates, celebridades— el lenguaje cambia mágicamente:
• Ya no es «implicado», es
«mencionado».
• Ya no es «acusación», es «contexto».
• Ya no es «responsabilidad», es «falta
de pruebas concluyentes».
El diccionario del poder tiene más
sinónimos que la RAE. ¿No creen?
CLINTON(S):
VIEJOS VUELOS, VIEJAS EXCUSAS
Tomemos un ejemplo clásico que siempre
reaparece, como ese error del pasado que nadie logra borrar del currículum:
Bill Clinton. El payaso degenerado que sirve a cualquier generación
estadounidense.
Registros de vuelo, testimonios
indirectos, fotografías sociales, vínculos conocidos. Nada que pruebe un crimen
de forma directa, pero demasiado ruido para ser casualidad. Sin embargo, la
defensa es automática y casi entrañable en su repetición:
• «No recuerda».
• «No estaba al tanto».
• «Fue una coincidencia».
Bill Clinton parece haber vivido los
años 90 y 2000 en un constante estado de lagunas mentales. Siempre estuvo
cerca, pero nunca ahí. Como un NPC (personaje no jugador) del poder global.
¿Y Hillary? Siempre aparece como la
figura colateral, el daño político que se disuelve en el pragmatismo: no es el
momento, no hay pruebas, es una distracción. La ironía es brutal: los mismos
que hablaban de «creer a las víctimas» descubrieron súbitamente el valor del
debido proceso… cuando el nombre correcto está en juego.
JUSTICIA SELECTIVA:
LA VERSIÓN PREMIUM
Aquí no se trata solo de Epstein. Se
trata de cómo funciona la impunidad cuando se viste de traje caro.
Si un ciudadano común y corriente
aparece en una investigación similar, su vida termina antes de que el juez lea
el expediente. Pero cuando el involucrado tiene:
• fundaciones,
• contactos,
• partidos,
• y una agenda de cenas con gente
importante, la justicia entra en modo demo.
No absuelve ni condena. Suspende indefinidamente.
Una vergüenza.
EL VERDADERO ESCÁNDALO NO ES EL CRIMEN, ES EL SILENCIO
El problema no es que existan
depredadores entre las élites. Eso sería ingenuo negarlo. Lo tienen todo, pero
quieren más, incluso lo prohibido.
El verdadero escándalo es que el
sistema está diseñado para absorber el impacto, proteger reputaciones y
sacrificar la verdad en cuotas pequeñas hasta que deje de importar.
Los archivos Epstein no incomodan
porque revelen horrores —esos ya los intuíamos—, sino porque exponen algo peor:
«La justicia no es ciega. Solo sabe
exactamente a quién mirar… y a quién no». Y esto no especulativo, es un hecho.
EPÍLOGO IRÓNICO
(PORQUE SIEMPRE LO HAY)
Tal vez algún día se liberen todos los
documentos.
Tal vez no.
Tal vez aparezcan cuando ya no importe
una mierda, cuando los nombres sean historia y las víctimas estadísticas, o se
estén pudriendo en el infierno.
Mientras tanto, los poderosos seguirán
saliendo indemnes, como siempre, explicando que no recuerdan, que no sabían,
que no era lo que parecía.
Y nosotros, espectadores fieles de esta
tragicomedia, aprenderemos una vez más la lección más vieja del mundo moderno:
• El crimen es un problema moral.
• La impunidad es una infraestructura.
TRUMP Y LOS OTROS INTOCABLES:
EL CLUB DONDE NADIE RECUERDA NADA
Y por supuesto, en esta tragicomedia no
podía faltar Donald J. Trump, ese personaje que insiste en presentarse como
«outsider» mientras aparece en todas las fotos del sistema que dice odiar.
Amigo de Epstein en los años dorados,
sonrisas picaronas compartidas, fiestas con chicas de todo tipo y edades,
comentarios grabados que envejecieron como chancleta al sol. Luego vino la
ruptura pública, convenientemente oportuna, casi cinematográfica:
• «Yo me distancié».
• «Yo lo eché».
• «Yo no era como los demás».
Trump no niega el pasado: lo reescribe.
Y su base, fiel como siempre, acepta la
nueva edición corregida y aumentada.
Lo fascinante es cómo el discurso
cambia según el acusado:
• Si es un rival político →
«¡Cuélguenlo!».
• Si es del propio bando → «Es una caza
de brujas».
La coherencia es opcional cuando el
poder está en juego.
LAS CORONAS EUROPEAS:
HEREDEROS POR GRACIA DIVINA (Y SILENCIO INSTITUCIONAL)
Pero no nos quedemos solo en EE.UU.,
que el jet de Epstein no conocía fronteras ni banderas.
En Europa, el asunto se vuelve casi
poético. Hijos de coronas, príncipes, nobles de apellido impronunciable y
fortuna heredada aparecen una y otra vez en los márgenes de la historia. Nunca
al centro. Siempre cerca. Siempre mencionados. Jamás responsables.
Aquí la estrategia es más elegante:
«No se grita, no se discute, se
entierra con protocolo».
Un comunicado sobrio. Un «error de
juicio». Un retiro temporal de la vida pública.
Y listo: el escándalo se disuelve entre
títulos nobiliarios y silencio diplomático.
Porque, claro, la monarquía no cae por
pecados; cae solo cuando el pueblo se da cuenta de que el rey está desnudo… y
eso lleva siglos evitándose con bastante éxito.
LOS SOSPECHOSOS DE SIEMPRE:
DEMASIADOS NOMBRES, NINGUNA CONSECUENCIA
Lo inquietante no es que siempre
aparezcan los mismos nombres. Lo inquietante es que aparecen con la
tranquilidad del que sabe que no pasará nada.
• Presidentes.
• Magnates.
• Aristócratas.
• Celebridades con fundaciones
«humanitarias».
Todos orbitando el mismo punto ciego
del sistema judicial. Todos expertos en el arte supremo del poder moderno:
sobrevivir al escándalo.
Epstein fue el sacrificio perfecto:
culpable muerto, red viva, documentos escondidos, grabaciones que se hicieron
humo en alguna parte.
Un cierre narrativo limpio, diseñado
para que nadie mire demasiado atrás.
CONCLUSIÓN INCÓMODA (OTRA MÁS)
Si algo nos enseñan los archivos
Epstein no es quién cometió qué crimen —eso probablemente nunca lo sabremos del
todo—, sino algo más perturbador y siniestro:
«La verdadera élite no es la que manda,
sino la que nunca rinde cuentas».
Y mientras los archivos sigan
apareciendo mutilados, editados o «en revisión», los sospechosos de siempre
seguirán caminando libres, bien vestidos, escoltados por abogados y amnesia
selectiva. Sonriendo y paseando en sus lujosos autos, con sus caras cínicas y
sus almas podridas.
Porque al final, en este asqueroso mundo
de mierda, no todos son inocentes hasta que se demuestre lo contrario.
Algunos son intocables hasta que el
tiempo los absuelve por cansancio.
Escrito por: el equipo de Trollish
News. (Humanos y troles)
Edición final: Jarl Asathørn.

