VIDA Y MUERTE
La Máquina de Carne y Olvido
Hay algo que todos llevamos en el bolsillo,
como un ticket olvidado del que nadie quiere hablar. No importa si eres rico o
pobre, santo o demonio, optimista o ese tipo de persona que ve el fondo de cada
copa vacía. Todos tenemos una verdad en común: nacemos condenados. Nacemos y
morimos. Punto. No hay asteriscos en el contrato, no hay cláusulas ocultas que
leer con lupa. El camino que tomes entre esos dos puntos —el nacimiento y el
final— es pura ilusión de elección, maquillaje sobre un rostro que ya está
podrido.
No conocemos nuestro final, pero nuestro
final... nos conoce. Está ahí, sentado en la esquina del bar de la existencia,
esperando pacientemente a que terminemos nuestra última copa. Y cuando llegue
—y llegará— no habrá salvación que valga, ni oraciones vanas, ni suplicas
patéticas, ni perdición que no hayamos ya vivido mil veces en nuestros peores
sueños.
¿Por qué morimos?
Es la pregunta más estúpida y la más honesta
que puedes hacerte a las tres de la mañana cuando el insomnio te susurra al
oído. ¿Por qué? Como si hubiera una respuesta que no sea: porque sí. Porque la
carne se cansa, porque las células se rinden, porque el universo no es tu madre
y no te debe explicaciones.
Podemos permitirnos la ilusión del libre
albedrío, elegir entre el café o el té, entre el trabajo de oficina o la vida
de bohemio, entre amar a esta persona o a aquella otra. Pero no podemos escapar
a nuestro destino final. Es la única certeza que tenemos, la única que no
necesita fe ni pruebas. Todas nuestras decisiones, por distintas que parezcan,
convergen en el mismo momento. Quizás las cosas no suceden del mismo modo, ni
en el mismo instante... pero suceden... siempre suceden.
¿Crees que un mundo sin ti sería un mundo
mejor? Qué importa. El mundo sigue girando y todos —todos— ellos morirán. Tu
madre, tu amante, tu polola, tu esposa, ese niño que juega en la esquina, el
dictador, el santo, el genocida, el cura, el criminal, el filántropo... el gato que maúlla en la noche. Todos están en la lista. El
Grimorio Universal no tiene páginas en blanco.
¿Qué es la muerte?
No es un evento, es un estado. No es el apagón
de la luz, es la habitación que siempre estuvo oscura y nos negamos a ver. Es
el regreso a lo que éramos antes de ser:... nada. O quizás algo peor que nada.
Quizás es un pozo sin fondo donde caemos eternamente, recordando quiénes fuimos
una vez, sintiendo cómo se desvanecen los recuerdos como humo entre los dedos.
La muerte es la única verdad que no necesita
defensor... no discrimina, no negocia, no acepta sobornos, es el único juez que
nunca se equivoca, el único verdugo que nunca muestra piedad. Es el silencio
después de la sinfonía, el vacío que siempre estuvo ahí, esperando que
termináramos de hacer ruido.
El Reloj que Nunca Paramos
¿Podríamos evitarla si supiéramos cuándo llegará?
Qué pregunta tan patética... como si conocer la fecha de vencimiento cambiara
algo, como si pudiéramos escondernos debajo de la cama y decirle a la muerte:
«Hoy no, gracias, tengo planes».
¿El momento de nuestra partida está
predeterminado? ¿O morir es parte de una maquinaria eterna que nadie diseñó
pero que todos mantenemos funcionando con nuestro sudor y nuestras lágrimas?
Quizás somos engranajes en un reloj que se descompuso hace eones y sigue
marcando la hora por pura inercia, por crueldad, por olvido.
Lo que dice la Biblia:
Un Dios que apuesta con el diablo
Abramos ese libro viejo, ese que tienen los
hoteles en el cajón junto al teléfono. La Biblia no es suave con este tema. En
Génesis 3:19, después de que Adán y Eva se comieron la manzana —porque claro,
era culpa de ellos que quisieran saber— Dios les dice: «Con el sudor de tu
rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste
tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás».
Qué elegante. Nacemos del polvo y al polvo retornamos.
Todo ese amor, todo ese dolor, todas esas noches de insomnio, se reduce a
polvo. Eclesiastés —ese libro escrito por alguien que claramente necesitaba
terapia— nos dice en 3:20: «Todos van a un mismo lugar; todos son del polvo,
y todos vuelven al polvo». Y si eso no es suficiente, Santiago 4:14
describe la vida como un «vapor que aparece por un poco de tiempo, y luego
se desvanece».
Pero aquí viene lo peor... según la teología
cristiana tradicional, la muerte no era parte del plan original... era la
consecuencia, el castigo, la factura que llegó porque dos seres desnudos en un jardín
quisieron ser como Dios. La muerte entró por el pecado, dice Romanos 5:12, «porque
el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, y así la
muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron».
Entonces, según esto, morimos porque alguien
comió una fruta. Qué justo, ¿no?
Lo sé, no fue una fruta.
Lo que dice la Gnosis:
Estamos atrapados en una prisión de luz y sombra
Ahora vamos a lo profundo, a lo que los
cristianos ortodoxos quemaron en sus hogueras. La gnosis —ese conocimiento
prohibido que promete despertar, pero a veces solo produce pesadillas— tiene
una visión aún más oscura.
Para los gnósticos, la muerte no es un castigo
divino, es una trampa. Somos chispas de luz divina, fragmentos de lo
verdaderamente real, atrapados en esta carne corruptible por entidades que ni
siquiera merecen nuestro odio porque ni siquiera entienden qué es la compasión.
El Demiurgo —ese dios ciego y loco que los gnósticos identifican a veces con el
Dios del Antiguo Testamento— creó este mundo como una jaula, y la muerte es la
puerta que nos mantiene dando vueltas en el ciclo de reencarnaciones, olvidando
quiénes somos, volviendo a nacer para sufrir de nuevo.
El Evangelio de Tomás —ese texto que la Iglesia
católica escondió durante siglos— dice: «Quien encuentre la interpretación
de estas palabras no probará la muerte». Pero encontrar esa interpretación
es como buscar una aguja en un pajar que está ardiendo. La muerte, en la visión
gnóstica, es el momento en que el alma, confundida y asustada, es arrastrada de
nuevo al ciclo, olvidando todo, condenada a repetir el sufrimiento hasta que
logre despertar y escapar de esta prisión de carne.
¿Después de la muerte tenemos algún dominio?
¿Alguna decisión? Según la gnosis, apenas somos espectadores de nuestro propio
destino... somos esclavos espirituales de dioses monstruosos que se alimentan de
nuestra ignorancia, de nuestras lágrimas, de nuestro miedo a morir.
La Rueda que nadie diseñó pero que todos mantenemos girando
¿Quién diseñó esta rueda de vida y muerte como
si fuera un juego?
¿Algún arquitecto cósmico aburrido?
¿Algún niño dios que juega con muñecos de barro
y luego los aplasta cuando se cansa?
¿O simplemente nadie?
¿Es todo un accidente matemático, una cascada
de causas y efectos que comenzó con el supuesto ‘Big Bang’ y terminará con el
último suspiro del último ser consciente?
¿Morimos una vez o tenemos muchas muertes en
esta existencia infinita?
Cada día que despertamos, ¿no es una muerte
pequeña de quien fuimos ayer?
Cada decisión, ¿no mata los mundos que no
elegimos? Quizás morimos mil veces al día y solo una vez al final. Quizás la
muerte final es el único descanso que nos queda después de morir en vida
durante décadas o milenios.
El Silencio de Dios ante el Grito
Y aquí llegamos a la pregunta que quema, la que
ha hecho arder iglesias y corazones durante milenios: Si existe Dios, ¿por qué
permite esta letanía de dolor? ¿Por qué los niños mueren? ¿Por qué el cáncer
existe? ¿Por qué creamos poemas y guerras con la misma lengua?
Si Dios es todo poderoso y todo bueno, ¿Cómo
explicar la muerte? ¿Cómo explicar que exista? Las respuestas teológicas son
consuelos para niños asustados: «Es parte de Su plan misterioso», «Nos lleva a
Él», «Es una puerta, no un muro». Pero en la oscuridad de la noche, cuando el
dolor es real y el silencio es absoluto, esas respuestas suenan a mentiras piadosas.
Quizás Dios no es bueno, quizás es indiferente,
o malo, o simplemente no está ahí, quizás es uno de esos dioses gnósticos,
ciego y sordo, creyendo que su jaula es un jardín. O quizás —la opción más
aterradora— Dios sí existe, sí es bueno, y la muerte es simplemente el precio
de haber nacido en un universo que no nos debía nada, ni siquiera la
existencia.
El Final que nos conoce
Aquí estamos, tú y yo, dos polvos hablando de
polvo, dos ecos fingiendo ser voces. Podemos filosofar, podemos rezar, podemos
buscar en textos sagrados o en píldoras de colores. Al final, el final nos
conoce... nos tiene en su agenda desde antes de que existiéramos.
No hay salvación que valga la pena, porque la
salvación implica que había algo que salvar. Y no hay nada. Solo carne que se
pudre, solo recuerdos que se borran, solo amores que se convierten en nada más
que nombres en lápidas que algún día nadie visitará.
¿Crees que importa cómo vivimos? El virtuoso y
el villano comparten la misma tierra. El buen samaritano y el asesino terminan
en la misma oscuridad. No hay justicia final, no hay balance cósmico. Solo el
silencio. Solo el olvido.
La máquina sigue girando, y nosotros somos el
aceite que la mantiene funcionando un rato más. Cuando se detenga —si alguna
vez se detiene— nadie recordará que existimos... ni siquiera nosotros, porque
ya no habrá «nosotros»... solo polvo, solo oscuridad, solo el final que siempre
supimos que vendría, pero del que nunca pudimos escapar.
Escrito por: H.P. Hatecraft.
Reflexión basada en la serie Dark.
Portada: V.D.M.
Edición final: Vëthriön Asathørn.


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