Existe una curiosa costumbre humana: admirar
los edificios más altos sin preguntarse jamás sobre qué fueron construidos.
Las ciudades modernas están llenas de torres de
cristal que reflejan el sol con arrogancia. Desde abajo parecen monumentos al
progreso. Desde arriba, probablemente parezcan fortalezas. En ellas se toman
decisiones que rara vez conocen el olor de la tierra húmeda, el sonido de una
fábrica cerrando o el silencio incómodo de una mesa donde ya no alcanza para
todos.
Durante décadas se nos enseñó que el mundo
avanzaba. Que cada nueva tecnología, cada tratado económico y cada reforma
administrativa eran pasos inevitables hacia una sociedad más libre, más justa y
más inteligente. Sin embargo, basta observar con algo de atención para
descubrir una realidad incómoda: el progreso existe, pero sus beneficios
parecen haberse concentrado en una minoría cada vez más reducida, mientras el
resto contempla el espectáculo desde las gradas.
La gran tragedia de nuestra época no es la
corrupción. Tampoco la desigualdad. Ni siquiera la mentira…
… La gran tragedia es que todas esas cosas han
dejado de sorprender.
La corrupción se volvió una noticia más, la
desigualdad se transformó en una estadística, la mentira terminó convertida en
una herramienta legítima de comunicación.
Y así fue como llegamos hasta aquí, no mediante
golpes de Estado espectaculares ni invasiones militares monumentales, no hubo
emperadores proclamándose dioses ni ejércitos marchando sobre las capitales… hubo
reuniones. Miles y miles de reuniones. Salas iluminadas por tubos fluorescentes
donde hombres y mujeres vestidos con impecables trajes decidieron el destino de
millones mediante documentos redactados en lenguaje técnico, papeles firmados
sin ruido, acuerdos que parecían inofensivos, pequeñas concesiones, ajustes
menores, reformas necesarias.
La historia moderna ha sido construida sobre la
peligrosa ilusión de que una catástrofe siempre tiene aspecto de catástrofe.
Y no es cierto…
Las peores tragedias suelen llegar disfrazadas
de normalidad.
Nadie anuncia el comienzo de un derrumbe,
simplemente se elimina una regulación aquí, se privatiza un recurso allá, se
concentra un poco más el poder en algún lugar distante. Nada parece grave. Nada
parece definitivo. Hasta que un día el paisaje completo ha cambiado…
El agua ya tiene dueño.
El aire tiene precio.
La vivienda es una mercancía.
La salud es un privilegio.
La educación es una inversión.
Y el ser humano es un consumidor, no un
ciudadano, no un vecino, no una persona… un simple y desechable consumidor... un número.
La transformación es tan profunda que muchos ya
ni siquiera la perciben.
Se habla de mercados como si fueran fuerzas de
la naturaleza, como si fueran tormentas inevitables o terremotos imposibles de
controlar. Pero los mercados no son volcanes ni huracanes, son sistemas
diseñados por seres humanos, son mecanismos creados por personas específicas
que tomaron decisiones específicas en momentos específicos.
Sin embargo, la responsabilidad siempre
desaparece detrás de conceptos abstractos.
Nadie destruye nada… «Fue el mercado».
Nadie despide trabajadores... «Fue una
reestructuración».
Nadie aumenta la pobreza… «Fue un ajuste».
Nadie miente... «Fue una narrativa».
Nadie sube los precios... «Es culpa de la guerra, del petróleo».
Las palabras se han convertido en el mejor refugio de quienes ejercen poder. Y mientras tanto, la maquinaria mediática continúa funcionando.
Los antiguos periódicos que alguna vez aspiraron a fiscalizar a los poderosos hoy compiten por clics, emociones rápidas y escándalos instantáneos. Fueron comprados por la élite y siguen sus mandatos de la narrativa.
Las pantallas han reemplazado el análisis por estímulos
permanentes. Todo debe ser urgente, todo debe ser inmediato, todo debe
desaparecer antes de que exista tiempo para comprenderlo.
La atención humana se ha convertido en un
recurso explotable, quizás el más valioso de todos.
Un ciudadano distraído es un ciudadano
inofensivo.
Un ciudadano agotado es un ciudadano obediente.
Un ciudadano confundido es un ciudadano
manipulable.
Por eso la saturación informativa resulta tan
efectiva. No busca convencer. Busca cansar. No pretende demostrar nada,
pretende que nadie tenga energía para cuestionar nada.
Y el resultado está a la vista… millones de
personas atrapadas en discusiones superficiales mientras las estructuras que
gobiernan sus vidas permanecen intactas e invisibles.
La población pelea entre sí... los administradores del sistema observan.
La población se fragmenta... los administradores se consolidan.
La población se distrae... los administradores avanzan.
Es un mecanismo tan antiguo como la
civilización misma, lo único que cambió fueron las herramientas.
Pero existe algo todavía más inquietante, no
son únicamente las élites quienes sostienen esta maquinaria, la sostiene
también una parte considerable de la población. Porque todo sistema de poder
necesita colaboradores, necesita creyentes, necesita defensores, necesita
personas dispuestas a justificar lo injustificable siempre que eso les permita
conservar una sensación de seguridad.
La maldita historia está llena de individuos que obedecieron órdenes absurdas porque resultaba más cómodo obedecer que pensar. Y esa tendencia no ha desaparecido, solo cambió de uniforme, hoy se presenta como conformismo, como apatía, como resignación, como la aceptación automática de que nada puede cambiar. Tal vez ese sea el triunfo más brillante del poder moderno: convencer a las personas de que la realidad es inmutable, que no existen alternativas, que todo intento de resistencia está condenado al fracaso, que toda esperanza es ingenuidad. Sin embargo, incluso en los períodos más oscuros siempre aparecen pequeñas anomalías: personas que recuerdan, personas que observan, personas que se niegan a repetir consignas. No son héroes, no son salvadores, no son revolucionarios románticos… son individuos incómodos. Y por eso suelen ser peligrosos, porque cuestionan la narrativa oficial, porque preguntan, porque comparan, porque recuerdan lo que otros prefieren olvidar.
Mientras el mundo celebra nuevas cadenas como
si fueran símbolos de libertad, ellos examinan los candados, mientras el
espectáculo continúa, ellos buscan los cables detrás del escenario, mientras la
multitud aplaude, ellos escuchan el ruido de las vigas agrietándose…
… Y las vigas están agrietándose.
Eso es lo verdaderamente inquietante, la
sensación creciente de que el edificio entero se sostiene sobre una cantidad
alarmante de ficciones… ficciones económicas, ficciones políticas, ficciones
culturales, ficciones sociales… relatos que funcionan únicamente porque
suficientes personas continúan creyendo en ellos. Pero toda ficción tiene una fecha
de vencimiento. Toda máscara termina cayendo, todo escenario acaba mostrando
los andamios.
Y cuando eso ocurra, cuando el gran teatro de
nuestra época finalmente revele sus mecanismos internos, cuando las promesas
vacías ya no puedan ocultar las consecuencias acumuladas durante décadas, nadie
podrá alegar sorpresa.
Las señales siempre estuvieron allí.
Las grietas siempre estuvieron allí.
El deterioro siempre estuvo allí…
Lo único que faltaba era la voluntad de mirar. Porque
la verdad rara vez desaparece, solo queda enterrada bajo capas de comodidad,
propaganda, miedo y entretenimiento. Y aunque muchos dedican su vida a
ocultarla, posee una característica incómoda para quienes administran
ilusiones:
Siempre termina regresando, a veces como una
pregunta, a veces como una crisis, a veces como un colapso… a veces como un simple blog como este… pero
siempre regresa, y cuando lo hace, no pide permiso ni perdón.
Artículo escrito por: Equipo creativo de Trollish News.
Basado en una idea misántropa de: Vëthriön Asathørn.
Portada diseñada por: Vëthriön Asathørn. Creada con AI.
Edición final: Vëthriön Asathørn.

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