jueves, 5 de noviembre de 2026

Umbra [00110011]



«Agonía...

... es la mejor palabra para describir lo que vivimos a diario. No es la agonía heroica de los libros, no es el jadeo grandioso del guerrero en el campo de batalla. Es la otra, la doméstica, la que se sirve tibia en la mesa, la que se firma en contratos de alquiler, la que se disfraza de rutina y nos saluda cada mañana con la misma cara bostezante.

Agonizamos despiertos, en cuotas, sin drama. Nadie nos llora porque nadie se da cuenta de que estamos muriendo.

 

Abandono...

... desde que fuimos creados. Fuimos arrojados aquí sin manual, sin mapa, sin una voz que responda cuando gritamos hacia arriba.

Nos dejaron solos en un cuarto enorme y frío y nos dijeron —si acaso alguien lo dijo— que nos las arregláramos. Aprendimos a llamar a eso libertad porque la alternativa era admitir la orfandad. Y así crecimos: hijos de nadie, herederos de todo, dueños de nada.

 

Hay eternas marchas hacia la decadencia...

...un pie delante del otro porque detenerse es peor. Avanzamos convencidos de que vamos a alguna parte, y el paisaje solo empeora: primero el verde, luego el polvo, después el hueso. Cada generación cree que llega a la cima y en realidad solo releva al que ya cayó rodando por la montaña llena de polvo y olvido.

 

Se escuchan susurros políticos que son odas a las sombras y a las mentiras...

Nos hablan bajito, con esa intimidad falsa del que te vende algo. Prometen luz y administran las Tinieblas. Nos piden que confiemos mientras se reparten las llaves del interruptor. Y la multitud, agradecida, aplaude el chispazo, como ahorcados aplaudiendo al verdugo.

 

Rostros que palidecen ante las verdades...

Ahí está el síntoma. Se puede mentir con la boca llena, pero la sangre se delata. Cuando la verdad asoma entre las grietas del discurso, las caras se vacían de color como si las desangraran por dentro. No es miedo al error, es el pánico del que sabe que la mentira era el suelo y el suelo acaba de crujir.

 

Y, aun así, seguimos... agonizando, huérfanos, marchando, aplaudiendo, palideciendo. Seguimos porque parar sería mirar de frente lo que ya sospechamos: que no hay rescate, que nadie viene, que la marcha no termina en ningún sitio luminoso sino en el mismo barro del que salimos.

La desesperanza no es un estado de ánimo, es la conclusión a la que se llega cuando se deshuesa la realidad con honestidad».




 

Escrito por: Ian «Ülveer» Moone & Vëthriön Asathørn.

Portada: V.D.M.

Edición final: Vëthriön Asathørn.