«Agonía...
...
es la mejor palabra para describir lo que vivimos a diario. No es la agonía
heroica de los libros, no es el jadeo grandioso del guerrero en el campo de
batalla. Es la otra, la doméstica, la que se sirve tibia en la mesa, la que se
firma en contratos de alquiler, la que se disfraza de rutina y nos saluda cada
mañana con la misma cara bostezante.
Agonizamos
despiertos, en cuotas, sin drama. Nadie nos llora porque nadie se da cuenta de
que estamos muriendo.
Abandono...
...
desde que fuimos creados. Fuimos arrojados aquí sin manual, sin mapa, sin una
voz que responda cuando gritamos hacia arriba.
Nos
dejaron solos en un cuarto enorme y frío y nos dijeron —si acaso alguien lo
dijo— que nos las arregláramos. Aprendimos a llamar a eso libertad porque la
alternativa era admitir la orfandad. Y así crecimos: hijos de nadie, herederos
de todo, dueños de nada.
Hay
eternas marchas hacia la decadencia...
...un
pie delante del otro porque detenerse es peor. Avanzamos convencidos de que
vamos a alguna parte, y el paisaje solo empeora: primero el verde, luego el
polvo, después el hueso. Cada generación cree que llega a la cima y en realidad
solo releva al que ya cayó rodando por la montaña llena de polvo y olvido.
Se
escuchan susurros políticos que son odas a las sombras y a las mentiras...
Nos
hablan bajito, con esa intimidad falsa del que te vende algo. Prometen luz y
administran las Tinieblas. Nos piden que confiemos mientras se reparten las
llaves del interruptor. Y la multitud, agradecida, aplaude el chispazo, como
ahorcados aplaudiendo al verdugo.
Rostros
que palidecen ante las verdades...
Ahí
está el síntoma. Se puede mentir con la boca llena, pero la sangre se delata.
Cuando la verdad asoma entre las grietas del discurso, las caras se vacían de
color como si las desangraran por dentro. No es miedo al error, es el pánico
del que sabe que la mentira era el suelo y el suelo acaba de crujir.
Y,
aun así, seguimos... agonizando, huérfanos, marchando, aplaudiendo,
palideciendo. Seguimos porque parar sería mirar de frente lo que ya
sospechamos: que no hay rescate, que nadie viene, que la marcha no termina en
ningún sitio luminoso sino en el mismo barro del que salimos.
La
desesperanza no es un estado de ánimo, es la conclusión a la que se llega
cuando se deshuesa la realidad con honestidad».
Escrito por:
Ian «Ülveer» Moone & Vëthriön Asathørn.
Portada:
V.D.M.
Edición final: Vëthriön Asathørn.

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