EL SILENCIO DE
SKJOLDHEIM
[Los muertos guardan
silencio. Aquello que vino de las estrellas, no]
Parte I:
El Silencio de los
Muertos
El
fiordo estaba en calma, pero no con la calma de la paz, era la calma de algo
que ha dejado de respirar. La drakkar de Trygve «Hueso Partido» cortaba las
aguas negras con un crujido que parecía un lamento, y los cinco hombres a bordo
sentían el peso de un silencio que no pertenecía a la naturaleza.
—«Hace tres lunas que no recibimos noticias de
Skjoldheim» —dijo
Egill, el más joven, con una barba que apenas comenzaba a poblar su rostro—. «Mi
madre... mi hermana pequeña...»
—«Cállate, Egill» —gruñó Njal, el herrero, cuyos brazos
eran tan gruesos como troncos de roble—. «Llorar no les
devolverá la voz».
Trygve,
el líder, mantenía la mirada fija en la costa, sus ojos grises, como el acero
de su espada, escudriñaban el bosque de pinos que se alzaba detrás de la aldea.
No había humo en el cielo. No había luces. No había nada.
—«Algo está mal» —dijo Frode el Escaldo, el más viejo del
grupo, con una cicatriz que le cruzaba el rostro de la frente a la mandíbula—. «He
visto aldeas abandonadas, he visto pueblos arrasados por los sajones, por los
francos, por la peste... pero esto... esto es diferente».
—«¿Diferente cómo?» —preguntó Njal, el silencioso, que rara
vez hablaba, pero cuyas manos nunca soltaban el hacha.
—«El silencio» —respondió Frode—. «Hasta
los cuervos han huido».
La
drakkar encalló en la arena con un suspiro. Los cinco hombres saltaron al agua
fría, con sus escudos en alto y las espadas desenvainadas. Trygve fue el
primero en pisar tierra firme, y el primero en olerlo.
La
sangre. No era un olor sutil, no era un rastro lejano, era un manto espeso,
dulzón y metálico que envolvía el aire como una niebla invisible. Birger hizo
una mueca y se llevó el brazo a la nariz.
—«Por Odín...» —murmuró—. «¿Cuánta sangre hay
que derramar para que el aire huela así?»
Caminaron
hacia la aldea. Las casas de madera estaban intactas, los techos de paja no
mostraban señales de fuego, las puertas colgaban abiertas como bocas
desencajadas, pero en el suelo, en las paredes, en los postes de madera... la
sangre... seca, oscura, formando charcos que se habían convertido en costras.
Huellas de arrastre, marcas de garras profundas en la madera, y en el centro de
la plaza... un montículo.
—«¿Qué es eso?» —preguntó Egill, con voz temblorosa.
—«No te acerques» —ordenó Trygve, pero ya era tarde.
—«Debemos ser cautos, muchacho» —agrega Birger.
Egill
caminó hacia el montículo. Cuando estuvo a tres pasos, se detuvo y vomitó. Los
demás se acercaron, y entonces lo vieron.
Era
una pila de cuerpos... no estaban desmembrados, no estaban mutilados de forma
caótica, estaban apilados con una precisión casi ritual, como leños para una
pira. Y en el pecho de cada uno... un agujero, un agujero limpio, circular,
como si algo hubiera perforado el esternón y hubiera extraído...
—«Los corazones» —dijo Frode, con la voz quebrada—. «Les
han arrancado los corazones».
—«¿Qué clase hombre hace esto?». —pregunta consternado, Egill.
—«No sabemos si es un hombre... o si es algún enemigo
oscuro que no conocemos».
Parte II:
Las Huellas en la
Oscuridad
Njal
fue el primero en verlas. En el barro, cerca de la pila de cuerpos, había
huellas, y entre las huellas, arrastrando el barro, había un rastro espeso y
oscuro que no era sangre.
—«¿Qué es eso?» —preguntó Njal, señalando el rastro.
Frode
se agachó y lo examinó. Era una sustancia negra, viscosa, que brillaba como si
estuviera viva. La tocó con la punta del dedo y la retiró al instante, con un
grito ahogado.
—«¡Es sangre oscura!» —exclamó—. «¡Como
de alguien muerto hace mucho!»
Trygve
miró el rastro. Se adentraba en el bosque, entre los pinos, desapareciendo en
la penumbra. El sol comenzaba a ponerse, y con él, la luz.
—«No podemos perseguirlo de noche» —dijo Trygve—. «Nos
refugiamos en la casa del jefe, encendemos fuego, y al amanecer...»
—«¿Y si viene por nosotros?» —preguntó Egill, con
los ojos muy abiertos.
—«Entonces le daremos una bienvenida vikinga» —respondió Njal,
golpeando su hacha contra el escudo.
Se
refugiaron en la casa más grande de la aldea. Era la del jefe, un hombre
llamado Sven Barbarroja, primo de Trygve. La casa estaba vacía, pero en el
centro de la sala había una mesa, y sobre la mesa, algo que les heló la sangre.
Un
corazón humano. Fresco... y aún latía.
—«Por los dioses...» —murmuró Birger—. «¿Cómo
puede latir todavía?»
Frode
se acercó lentamente... el corazón latía con un ritmo lento, pausado, como si
no tuviera prisa. Sobre la mesa, junto al corazón, había algo más: una
inscripción tallada en la madera, no era rúnica, no era ningún idioma conocido,
eran símbolos retorcidos, como gusanos enloquecidos.
—«¿Qué dice?» —preguntó Birger.
—«No lo sé» —dijo Frode—. «Pero no es
humano. Ninguna lengua humana escribió esto».
—«Tal vez es la lengua negra...» —asevera con alguna
duda Birger.
Parte III:
La Primera Noche
El
fuego crepitaba en el hogar, pero no traía calor. Los cinco hombres se sentaron
en círculo, con las armas al alcance de la mano, mirando las sombras que
bailaban en las paredes. Fuera, el viento comenzó a soplar, y con él, un sonido
que no era natural.
Era
un susurro, como si alguien hablara en una lengua antigua, olvidada, pero que
resonaba en lo más profundo del cerebro.
—«¿Lo oyen?» —preguntó Egill, con la voz apenas un hilo.
—«Todos lo oímos» —respondió Trygve—. «Pero
no le respondan. No le den poder».
El
susurro se hizo más fuerte. Ahora parecía venir de todas partes, de las
paredes, del techo, del suelo. Y entonces, un golpe en la puerta. No era un
golpe suave, era un golpe seco, pesado, como si algo enorme estuviera al otro
lado. Njal se levantó, con el hacha en la mano.
—«¿Quién va?» —gritó.
Silencio.
Luego, otro golpe. Más fuerte. La madera se astilló ligeramente.
—«No abras» —dijo Frode—. «Por todo lo
que amas, no abras».
Njal
dudó. Era un guerrero vikingo, no un cobarde. Pero algo en su interior le decía
que abrir esa puerta sería un error. Dio un paso atrás.
Entonces,
el techo se derrumbó.
Parte IV:
La Entidad
No
era un techo de paja, era un techo de madera y barro, pero se desmoronó como si
fuera papel. Y a través de la lluvia de escombros, cayó... algo.
Medía
casi dos metros, su piel era un gris opaco que absorbía la luz, que parecía
tragarse el resplandor del fuego. Su cuerpo era delgado, con brazos que
colgaban hasta las rodillas, terminados en garras de más de 6 centímetros,
negras y curvas como hoces. Su cabeza era alargada, pero sin pelo, sin orejas y
una diminuta boca que no parecían de este mundo.
Y
sus ojos... sus ojos eran dos pozos de oscuridad, sin blanco, sin pupila. Solo
vacío... un vacío que miraba directamente al alma. Ojos grandes como de un
búho.
—«¡QUE ODÍN NOS PROTEJA!» —gritó Njal, y lanzó su
hacha.
El
hacha giró en el aire y golpeó a la criatura en el pecho. La hoja se detiene en
el aire... y luego fue expulsada, como si la piel fuera protegida por una
fuerza invisible. La criatura ni siquiera parpadeó.
—«¡A la carga!» —gritó Trygve, y los cinco se lanzaron contra
ella.
La
batalla fue una pesadilla. Njal fue el primero en caer... la criatura lo agarró
por el cuello con una de sus garras y lo levantó en el aire. Njal gritó,
pataleó, golpeó con su hacha, pero era inútil. La criatura lo miró por un
instante, y luego hundió sus garras en su pecho. El sonido fue horrible: un
crujido húmedo, un desgarro, un gorgoteo. Cuando la criatura retiró la mano,
sostenía el corazón de Njal, aun latiendo.
—«¡NOOO!» —gritó Egill, y se lanzó contra la criatura con
su espada. La hoja atravesó el costado de la bestia, y por primera vez, la
criatura emitió un sonido... un rugido que hizo temblar las paredes. Pero no
era de dolor, era de furia.
La
criatura giró y golpeó a Egill con su brazo. El joven salió despedido, chocando
contra la pared con un crujido de huesos. Quedó en el suelo, inmóvil, con la
cabeza en un ángulo imposible.
—«¡Egill!» —gritó Frode, y se lanzó contra la criatura con
su espada en alto.
La
criatura lo esquivó con una velocidad sobrenatural y lo agarró por el brazo. Lo
levantó, lo miró, y luego, con un movimiento seco, le arrancó el brazo de
cuajo. Frode gritó, un grito que se convirtió en un estertor cuando la criatura
lo arrojó contra la mesa, que se partió en dos.
Parte V:
La Caza
Quedaban
Trygve y Birger. Los dos guerreros más experimentados. Se miraron, y en sus
ojos no había miedo. Había determinación.
—«¡Birger!» —gritó Trygve—. «¡El fuego!»
Birger
entendió... tomó una antorcha del hogar y la lanzó contra la criatura, la llama
alcanzó su piel, y por primera vez, la bestia retrocedió... emitió un aullido
que sonó como el crujir de mil huesos.
—«¡Le duele el fuego!» —gritó Birger—. «¡El
fuego!»
Trygve
tomó otra antorcha y avanzó contra la criatura. La bestia lo miró, y en sus
ojos vacíos, Trygve vio algo que nunca había visto en ningún enemigo:
inteligencia. La criatura no era un animal, era algo más, algo que entendía,
que planeaba, que sentía.
La
criatura retrocedió, saltó por el agujero del techo y desapareció en la noche.
—«¡No la dejes escapar!» —gritó Birger, y saltó
tras ella.
Trygve
lo siguió. Corrieron por el bosque, siguiendo el rastro negro y brillante que
la criatura dejaba tras de sí. La Luna estaba alta, pero su luz no alcanzaba a
penetrar la espesura de los pinos. Corrieron durante minutos, durante horas,
hasta que llegaron a un claro. Y allí, en el centro del claro, la vieron.
No
era solo la criatura... Era la nave.
Parte VI:
La Nave
Era
una estructura enorme, imposible, no era de madera, no era de piedra... era de
un metal negro que brillaba como si estuviera vivo, con formas que no seguían
ninguna lógica que ellos conocieran, con ángulos que dolían de mirar. La nave
estaba hundida en la tierra, como si hubiera caído del cielo hacía mucho
tiempo, y de su interior salía un resplandor tenue, pulsante, con un resplandor
verdoso, fangoso.
La
criatura estaba de pie frente a la nave, mirándolos. Y entonces, habló... no
con palabras humanas, con algo más profundo, más antiguo, un sonido que
resonaba en el pecho, en los huesos, en la médula.
—«Son... tan... primitivos» —dijo, o algo así. Las
palabras se formaban en la mente de Trygve, no en sus oídos—. «No
han... aprendido... nada»
—«¿Qué eres?» —preguntó Trygve, con la espada en alto.
—«Soy... el viajero... de los creadores» —respondió la
criatura—. «Hemos... venido a... estudiarlos»
Birger,
sin decir palabra, lanzó su hacha, la criatura la esquivó, pero Birger ya
estaba en movimiento, con una daga en la mano... la hundió en el costado de la
bestia, y esta rugió, pero no era un rugido de dolor, era un rugido de odio
sempiterno.
La
criatura agarró a Birger por la cabeza y lo levantó. Birger gritó, pateó,
luchó, pero la criatura era demasiado fuerte, con un movimiento seco, le
retorció el cuello. Birger quedó colgando, inerte, en sus garras.
—«¡BIRGER!» —gritó Trygve, y se lanzó contra la criatura
con todas sus fuerzas.
La
espada de Trygve atravesó el pecho de la criatura. Esta vez, la hoja se hundió
profundamente, y la bestia emitió un aullido que hizo temblar la tierra. La
criatura soltó a Birger y se llevó las garras al pecho, donde la sangre negra
brotaba a borbotones.
Trygve
no se detuvo, siguió apuñalando, una y otra vez, hasta que la criatura cayó de
rodillas, pero cuando Trygve levantó la espada para dar el golpe final, la
criatura lo miró, y en sus ojos vacíos, Trygve vio algo que lo detuvo... no era
odio, no era miedo, era... vacuidad.
—«No... soy... el primero...» —dijo la criatura—. «Ni
soy... el último... de mi especie... vendrán más... en el futuro... ustedes...
son...simples... esclavos»
Trygve
dudó. Solo un instante... pero fue suficiente.
La
criatura se abalanzó sobre él, con sus garras extendidas. Trygve levantó su
escudo, pero la criatura lo atravesó como si fuera mantequilla, las garras se
hundieron en su hombro, desgarrando carne y hueso. Trygve gritó, pero no soltó
la espada y con un último esfuerzo, la hundió en el cuello de la criatura.
La
bestia se detuvo, su cuerpo tembló, y luego, lentamente, se derrumbó... pero
mientras caía, sus ojos se fijaron en Trygve, y entonces, la criatura murió...
y un olor nauseabundo comienza a impregnar el lugar.
Parte VII:
El Despertar
Trygve
quedó de rodillas, sangrando profusamente. Su hombro era un desastre, su brazo
colgaba inerte. A su alrededor, los cuerpos de sus compañeros yacían en la
tierra. Solo él quedaba en pie y, aun así, apenas podía mantenerse en pie.
La
nave comenzó a brillar, un resplandor pulsante, cada vez más intenso y
entonces, Trygve oyó un sonido, un latido, un latido enorme, profundo, que
venía del interior de la nave.
—«No...» —murmuró Trygve.
La
nave se abrió... no con una puerta, sino con una abertura que se desgarró en su
superficie, como una herida, y de esa herida, emergió algo... era otro ser, uno
más pequeño. Trygve no pudo verlo completamente, su visión se nublaba, su cuerpo
cedía.
—«Volveremos...» —dijo una voz, que no era la de la
criatura, sino de algo mucho más profundo—. «Volveremos... »
Trygve
intentó levantarse, pero no pudo... cayó de espaldas, con la vista fija en el
cielo. Y mientras la oscuridad se cerraba sobre él, oyó un suave sonido que
provenía de la nave... un sonido como murmullo.
Y
entonces, todo se apagó.
Trygve
despertó en la orilla del fiordo, no sabía cuánto tiempo había pasado, su
hombro estaba vendado con tiras de su propia ropa, pero no recordaba haberlo
hecho. A su lado, había un cuerpo. Era Frode, el escaldo, estaba vivo, pero
apenas. Le faltaba un brazo, y su rostro era un mapa de dolor.
—«¿Qué... qué pasó?» —preguntó Frode, con voz ronca.
—«No lo sé» —respondió Trygve—. «Pero
tenemos que irnos. Ahora».
—«¿Y los demás?»
Trygve
miró hacia el bosque. La nave seguía allí, pulsando con una luz siniestra... y
en el claro, entre los cuerpos de sus compañeros, algo se movía. Algo que no
debería moverse.
—«Están muertos... se han ido al Valhalla» —dijo Trygve—. «Y
nosotros... nosotros deberíamos estarlo también».
Arrastraron
la drakkar al agua, con un solo brazo útil entre los dos, fue una tarea casi
imposible, pero lo lograron. Remaron en silencio, sin mirar atrás... pero el
zumbido de la nave los seguía, resonando en sus pechos, en sus huesos, en sus
almas.
Cuando
estuvieron lo suficientemente lejos, Frode habló.
—«¿Qué era eso, Trygve? ¿Qué era esa cosa?»
Trygve
no respondió... miró al frente, hacia el mar abierto, hacia la libertad. Pero
sabía que no había libertad. No para ellos. No después de lo que habían visto.
—«No lo sé» —dijo finalmente—. «Pero
no era de este mundo. Tal vez hijos de Surtr que vienen a destruirnos».
Frode
lo miró, con el rostro pálido.
—«¿Cómo lo sabes?»
Trygve
se llevó la mano al pecho. Allí, bajo la piel, sentía un latido que no era el
suyo, un latido que se había instalado en su interior, que crecía, que se
alimentaba.
—«No lo sé Frode» —dijo—. «Pero...
siento que esta no será la última vez... que los veremos, pero... estaremos
preparados, con la ayuda de Odín».
El
fiordo se desvaneció en la distancia. La nave negra; a lo lejos; se eleva y
sale disparada al cielo, hasta desaparecer. Y en la aldea de Skjoldheim, en el
claro del bosque, quedaban como mudos testigos los cuerpos de amigos y
familiares.
Y
en algún lugar, muy lejos, en un mundo que no conocía la luz, algo más
despertó, algo que había estado esperando la señal.
La
señal había llegado. Y ahora, nada podría detenerlo.
FIN
Una historia de horror nórdico escrita por: H.P.
Hatecraft.
Historia creada por: Vëthriön Asathørn.
Postada diseñada por: Vëthriön Asathørn. Creada con
AI.
Edición final: H.P. Hatecraft & Vëthriön
Asathørn.


