viernes, 26 de junio de 2026

Trollish News [Terremotos en Venezuela]



VENEZUELA SE SACUDE:

EL TERREMOTO QUE NO PERDONA, LA INFRAESTRUCTURA QUE SÍ, Y LOS PRESIDENTES QUE SIGUEN CONTANDO BILLETES

O cómo un país entero se derrumba mientras sus líderes se hacen selfis con el dinero del pueblo…

 

Capítulo 1:

El suelo tembló, pero los edificios llevaban décadas avisando

Cuando la tierra se mueve en Venezuela, no es solo un fenómeno geológico, es un examen final, sin apuntes y con el edificio en llamas o simplemente comiendo en el suelo. El terremoto —en este caso dos— han llegado, y con él, la oportunidad de ver, por fin, la verdadera dimensión de la infraestructura de construcción venezolana.

Spoiler: es una mierda.

No hace falta ser ingeniero estructural para darse cuenta de que en Venezuela se construye como si el mañana no existiera. Y es que, cuando los gobernantes roban el cemento, el hierro y hasta los planos, lo que queda son edificios que tiemblan más que un adolescente en su primera cita. El terremoto no ha hecho más que poner en evidencia lo que todos sabían, pero preferían ignorar: que las normas de construcción son un chiste, que los inspectores cobran debajo de la mesa, y que los materiales son de la peor calidad posible porque el dinero se fue a Suiza.

Pero no, no es culpa del terremoto, es culpa de décadas de corrupción, de políticos que veían los proyectos de vivienda como una oportunidad para llenarse los bolsillos, no para darle un techo digno a la gente. El terremoto solo ha sido el mensajero. Y el mensaje es claro: «Señores chavistas bolivarianos, su país es un puto castillo de naipes y el viento sopla fuerte».

 

Capítulo 2:

Karma-país, o cómo los gnósticos se frotan las manos

Si fuéramos gnósticos —esos que creen en el karma cósmico, en las energías y en que el universo ajusta cuentas— podríamos especular que Venezuela está pagando un karma-país. Una deuda espiritual acumulada por décadas de errores, abusos y malas decisiones. Porque cuando un país entero permite —o al menos no frena— que sus líderes se conviertan en millonarios mientras la gente come de la basura, el universo, o la historia, o la puta realidad, acaba pasando factura. Y vaya si la está pasando.

Los errores en política han sido tan monumentales que parecen hechos a propósito. Desde la nacionalización de industrias que funcionaban perfectamente, hasta la creación de un sistema de control de precios que vació los supermercados. Desde la expropiación de tierras que dejó el campo sin producir, hasta la impresión de billetes sin respaldo que convirtió el bolívar en papel higiénico de lujo. Cada error, cada decisión estúpida, ha ido sumando puntos en esa cuenta kármica que ahora, con el terremoto, parece estar cobrándose intereses.

Y luego están los comunistas, esos que llegaron con el discurso del «amor al pueblo», de la «igualdad», de la «justicia social». Esos que prometieron el paraíso terrenal y entregaron un infierno de colas, escasez y represión. Los mismos que hablaban de «la patria socialista» mientras se construían mansiones en Miami y se abrían cuentas en paraísos fiscales. Los comunistas venezolanos no solo abusaron de los ciudadanos con retóricas absurdas; los vaciaron, los humillaron y los dejaron sin futuro. Y ahora, cuando la tierra tiembla, esos mismos comunistas están probablemente en sus refugios privados, blindados, mientras el pueblo se las arregla como puede entre los escombros.

 

Capítulo 3:

Los presidentes y sus billeteras — un amor más fuerte que cualquier terremoto

Hablemos de los líderes. Porque si hay algo que no se ha derrumbado en Venezuela, son las fortunas de sus presidentes.

Vamos por parte como dijo Jack The Ripper:

Nicolás Maduro: El heredero del caos. El que llegó prometiendo continuar el legado de Chávez y terminó convirtiendo el país en un campo de refugiados. Mientras los venezolanos hacían colas para comprar un kilo de harina, Maduro engordaba su cuenta bancaria con petrodólares, con sobornos, con negocios oscuros que incluían desde el narcotráfico hasta el contrabando de oro. Se estima que su fortuna personal ronda los miles de millones de dólares. Sí, has leído bien: miles de millones. Mientras su pueblo se moría de hambre, él se compraba relojes, autos de alta gama, propiedades y probablemente un búnker anti-terremotos. Porque claro, los líderes socialistas siempre tienen un plan B para cuando la mierda golpea el ventilador.

 

Hugo Chávez: El padre de la criatura. El que llegó montado en un caballo blanco prometiendo salvar a los pobres y terminó amasando una fortuna que haría palidecer a cualquier oligarca que él mismo decía combatir. Chávez no solo se llevó el dinero del petróleo; se llevó la dignidad del país. Se rodeó de amigos, familiares y militares leales que, como él, se llenaron los bolsillos mientras el pueblo se empobrecía. Y ahora, desde el más allá, su legado sigue temblando. Literalmente.

Y no solo ellos. Detrás vienen toda una corte de enchufados, ministros, gobernadores y militares que vieron en la revolución una oportunidad de negocio. El socialismo del siglo XXI resultó ser, en realidad, el capitalismo más salvaje para unos pocos, mientras el resto se cagaba de hambre.

 

Capítulo 4:

La teoría conspirativa que nadie se atreve a descartar del todo

Ahora, si fuéramos conspiranoicos —y seamos sinceros, a veces los conspiranoicos aciertan— deberíamos preguntarnos: ¿y si aquí hubo mano oscura? 

¿Y si el terremoto no fue natural, sino inducido? 

El proyecto HAARP, ese sistema de investigación ionosférica que Estados Unidos tiene en Alaska, ha sido el culpable favorito de todos los terremotos, huracanes y desastres naturales desde los años 90. Y sí, suena a locura, suena a teoría de manual de supervivencia de los 80. Pero cuando ves que un país como Venezuela —que tiene el petróleo más grande del mundo, que es un dolor de cabeza geopolítico constante, y que además está en el punto de mira de medio planeta— sufre un terremoto justo cuando la tensión política está al máximo, no puedes evitar preguntártelo.

¿Manipulación climática?

¿Armas sísmicas?

¿Una demostración de poder para recordarle al régimen quién manda realmente? No lo sabemos. Pero si algo nos ha enseñado la historia es que los gobiernos hacen cosas mucho más mariconas de lo que la gente común imagina. Y que, a veces, los terremotos no son solo terremotos.

No voy a afirmar que HAARP haya sido el responsable, pero tampoco voy a descartarlo. Porque en un mundo donde los gobiernos esconden ovnis, experimentos biológicos y guerras falsas, un terremoto inducido no sería ni la peor de las noticias.

 

Capítulo 5:

Los muertos que no se cuentan

Hasta el día de hoy, las cifras oficiales hablan de X muertos (porque las cifras cambian cada hora y los gobiernos mienten siempre), pero sabemos que la realidad siempre es peor. En los terremotos, los muertos no son solo los que quedan bajo los escombros; son también los que mueren después, en los hospitales colapsados, en las calles sin ayuda, en los campos de refugiados que se forman cuando el Estado desaparece.

Y en Venezuela, el Estado ya había desaparecido mucho antes del terremoto. Los hospitales no tenían medicinas, los bomberos no tenían combustible, los rescatistas no tenían equipos. Así que cuando la tierra tembló, no solo se derrumbaron edificios; se derrumbó la poca esperanza que quedaba.

Los muertos de este terremoto no son solo víctimas de la naturaleza, son víctimas de un sistema que los abandonó mucho antes de que el suelo se moviera. Son víctimas de la corrupción, de la incompetencia, de la codicia. Son víctimas de un país que lleva décadas muriéndose lentamente, y que ahora recibe el golpe final.

 

Reflexión final:

Cuando el suelo se mueve, las máscaras caen

Un terremoto no solo derriba edificios. Derriba mentiras. Derriba discursos. Derriba la fachada de un sistema que se sostiene sobre la miseria de su pueblo.

Venezuela no necesita solo ayuda humanitaria. Venezuela necesita un ajuste de cuentas. Necesita que los que robaron devuelvan. Necesita que los que mintieron callen. Necesita que los que se llenaron los bolsillos mientras otros se morían de hambre paguen, de una puta vez.

Pero no va a pasar... porque los mismos que causaron esta tragedia seguirán en el poder, o huyendo con el dinero, o escribiendo tuits de solidaridad mientras cuentan sus billetes en una mansión en República Dominicana. Y el pueblo, como siempre, se quedará entre los escombros, esperando que alguien, algo, algún día, les devuelva lo que les robaron.

El terremoto pasará. Las réplicas cesarán. Pero la herida de Venezuela —esa herida abierta por décadas de abuso, corrupción y mentiras— seguirá sangrando. Porque los terremotos se terminan. Los políticos, no. 

Esta vez no quise hablar de la vieja fea que está en el poder en Venezuela (Delcy Rodríguez), porque para mí solo es la extensión de la incompetencia, de la basura izquierdista y ella; junto a los demás payasos; son solo monigotes imbéciles del legado de Chávez y Maduro. Porque sabemos… que Maduro sigue gobernando.

 

Cifras hasta esta fecha: 920 muertos. 3000 heridos.

 

TROLLISH NEWS — Porque la verdad duele, pero la mentira mata.




 

Artículo creado por: El Dream Team de Trollish News.

Portada diseñada por: Trollish News. Creada con AI.

Edición final: Vëthriön Asathørn. 

martes, 23 de junio de 2026

Trollish News. El mejor noticiero de la Patagonia.








EL CIRCO MUNDIAL:

TRUMP E IRÁN, LOS POLOLOS QUE NUNCA SE CASAN, Y LA SELECCIÓN DE TURISTAS QUE FUE A PASEO AL MUNDIAL

 

Capítulo 1:

Trump e Irán — La Telenovela Más Aburrida (y Peligrosa) del Planeta

Si la geopolítica fuera una telenovela mexicana de las 9, Trump e Irán serían esos dos personajes que llevan 30 años de capítulo sin avanzar ni un puto centímetro en su relación. Se odian, se insultan, se amenazan con bombas atómicas y misiles hipersónicos, y luego, cuando todo el mundo piensa que van a declararse la guerra definitiva, ¡pum! Se sientan a negociar como si nada.

«Ay, Irán, qué malo eres, pero qué bonitos ojos tienes cuando amenazas con enriquecer uranio».

«Ay, Trump, eres un bully naranja, pero me gusta tu forma de imponer sanciones. Estoy entera mojá».

 


Es un baile de secundaria eterno po’ güeón. Trump pone cara de malo, tuitea algo en mayúsculas como «IRÁN, TE VAMOS A BOMBARDEAR HASTA QUE NO QUEDE NI UNA PUTA MEZQUITA EN PIE», e Irán responde con un «JA, JA, JA, TUS SANCIONES NO NOS ASUNTAN, PAYASO». Luego, misteriosamente, aparecen fotos de enviados especiales tomando té en Ginebra o en un palacio suizo, y todos piensan: «¡Por fin! ¡La paz mundial! ¡Los pololos van a volver!» Pero no. Porque en el momento exacto en que parecen acercarse, aparece el amigo incómodo hincha güéas: Israel.

 


Israel es ese amigo que no soporta ver a sus dos colegas llevándose bien. «Oye, Trump, ¿vas a hacer las paces con Irán? ¡Pero si Irán me odia caleta! ¡Mira, te voy a mostrar un video de un ayatolá diciendo 'Muerte a Israel'!» Y Trump, como el perro de Pavlov, escucha la palabra «Israel» y se le olvidan todas las güeás acordadas. Vuelve a twittear, vuelve a amenazar, vuelve a poner cara de que va a lanzar bombas. E Irán, por su parte, aprovecha para enriquecer un poco más de uranio y hacer ejercicios militares en el estrecho de Ormuz. Y así, una y otra vez todo el güeveo. Es como ver a dos borrachines en un bar que se pelean, se abrazan, se vuelven a pelear, y el camarero (Israel) les sirve más alcohol para que sigan la pelea. 

Lo peor de la güeá es que todos sabemos cómo termina esta telenovela lúser: con una guerra que nadie quiere pero que todos esperan, mientras los políticos se llenan los bolsillos con contratos de defensa y los civiles que se vayan a la chucha. Pero mientras tanto, el espectáculo continúa.

Trump e Irán: la pareja disfuncional que nunca se separa, pero que tampoco se casa. Un baile de secundaria que lleva 40 años y todavía no eligen la canción para el lento.

 

Capítulo 2:

El Mundial de Turistas — Donde lo Mejor que Te Llevas es una Canasta de Goles y un Selfi con Messi (o con un Cartón de Messi, Cristiano Ronaldo o Mbappé)

Pasemos a una güeá más alegre, aunque igual de patética: el Mundial de fútbol. Cada cuatro años, el mundo se paraliza para ver a los mejores jugadores del planeta darlo todo en la cancha. Y cada cuatro años, hay un grupo de selecciones que claramente no fueron a jugar, sino a pasear, a hacer turismo, a comprar imanes para la nevera y a hacerse fotos con los jugadores rivales como si fueran fans con pase VIP.

Vamos a ser sinceros con la güeá: hay países que van al Mundial con la misma actitud con la que tú vas a un concierto de tu banda favorita: sabes que no vas a tocar, pero al menos puedes cantar, bailar y tomarte una foto con el batero. Estos equipos llegan, pierden 7-0 en la fase de grupos, y luego se van a la playa a tomar mojitos mientras los verdaderos contendientes se matan en los octavos. Y ojo, no los culpo. Puta, güeón si yo supiera que mi selección va a recibir una paliza histórica, también me dedicaría a hacer turismo y a coleccionar selfis con los jugadores de Brasil, Argentina o Francia.

Lo mejor que se llevan estos países del Mundial no es un trofeo, ni siquiera un punto. No, lo mejor que se llevan es una canasta de goles en contra (a veces literalmente una canasta, porque el marcador parece de baloncesto) y una tarjeta de memoria llena de selfis.

«Mira, mamá, salgo con Mbappé».

«Mira, papá, estoy en el vestuario con Neymar».

«Mira, abuela, esta es la foto que me tomé con la Copa del Mundo... bueno, con una réplica de cartón que vendían en el aeropuerto». 

Y luego los güeones lúseres vuelven a su país como héroes, y no por haber ganado alguna güeá, sino por haber participado en la güeá, por haber representado a su nación en el evento deportivo más grande del mundo, aunque su actuación haya sido más parecida a la de un equipo de la liga de fin de semana que a la de una selección profesional.

«¡Oye, pero al menos metimos un gol!», dicen cara de raja, como si esa güeá fuera un logro después de recibir 12.

«¡Y nos sacamos una foto con el árbitro!» Claro, porque el árbitro fue el único que estuvo cerca de ellos durante todo el partido, aparte del balón que entraba una y otra vez en su portería.

Es hermoso, en realidad, ¿Cachai? Ver a esos equipos pequeños, humildes, que saben que no van a ganar ni una güeá pero que igual se suben al avión con una sonrisa de paila a paila, sabiendo que lo importante no es ganar, sino participar en el güeveo... y llevarse un montón de recuerdos para Instagram. Porque al final, el Mundial perkele no es solo de los güeones que ganan, sino también de los güeones que pierden con estilo, con selfis, y con una maleta llena de camisetas firmadas por jugadores que ni siquiera saben cómo se llaman.

 

Así que, mientras Trump e Irán siguen su baile eterno de amenazas y negociaciones fallidas, y mientras las selecciones «turistas» del Mundial se llevan sus goles y sus selfis a casa, el mundo sigue girando. Unos güeones juegan a la guerra, otros güeones juegan al fútbol, y todos los güeones, al final, terminan sacándose una foto vittuperkele para el recuerdo. Porque de esa güeá se trata la vida, ¿no? De hacerse selfis antes de que todo explote y se vaya a la mierda.

 

Fin del artículo. Filo. Y si no te gusta la güeá, ya sabís: puedes ir a tomarte un selfi con Trump o con Irán, pero dudo que esos güeones te dejen. Mejor ve al Mundial, que al menos allí las derrotas güeonas son solo goles, y no putas bombas.




 

Escrito por: Olog Krevalora.

Portada diseñada por: Vëthriön Asathørn. Creada con AI.

Edición final: Olog Krevalora.


lunes, 22 de junio de 2026

Rezyklon presenta: «Tears of the Dawn»



Lágrimas del Alba


«El suave beso de la lluvia en la noche.

Las brumas crecientes del aroma de la tierra mojada florecen;

suavemente, los recuerdos sangrantes llaman,

resplandecientes bajo la luz de la luna.

 

Despertado por el silencio,

entre los susurros de las moribundas hojas de otoño,

las castas llevadas por el viento se desvanecen hasta convertirse en óxido.

 

Atormentado por el recuerdo

de su sombra, sangrando suavemente a través del cielo;

una lágrima por el alba que siempre se cierne en el horizonte.

 

Emprender el viaje en el crepúsculo;

un paso desvanecido a través del silencio de la noche,

besado por la tristeza de la oscuridad.

Por siempre condenado a vagar

por las tumbas de la memoria;

una reflexión cenicienta que se desvanece en polvo.

 

Despertado por el silencio,

entre los susurros de las moribundas hojas de otoño,

las castas llevadas por el viento se desvanecen hasta convertirse en óxido.

 

Atormentado por el recuerdo

de su sombra, sangrando suavemente a través del cielo;

una lágrima por el alba eterna.

 

Dolor.

Tristeza.

Contrición.

Impulsado por el viento.

 

El destino

llama,

ferozmente.

Ella cabalga sobre los vientos

de la muerte sagrada.

 

Ella golpea con la furia del fuego,

impulsada por la ira de la noche.

 

Un susurro

de anhelo.

Recuerdo.

Olvidado.

Entre los estertores

de una luz que se desvanece.

 

Trueno y médula.

Sacrificio consumido por el tiempo.

Para nada.

Desde la podredumbre

del mantillo,

los susurros comienzan lentamente a despertar;

un hechizo sobre la quietud de la noche.

La canción se vuelve cada vez más suave,

atada a recuerdos rotos.

Una sombra eterna se arrastra,

anhelando las lágrimas

del alba que llora».




 

Letra: Jon Krieger (Sgah'gahsowáh).

Portada: V.D.M. Creada con IA.

Traducción: V.D.M.

Edición final: Vëthriön Asathørn. 

sábado, 20 de junio de 2026

Abre los Ojos [Codex Satania]



«Condicionar a los niños a creer que es normal estar toda la vida sustituyendo química y quirúrgicamente su propio sexo por el opuesto constituye un abuso infantil».

[Colegio Americano de Pediatras]

 

«El hambre del mundo no es solo una carencia física, sino un abismo que devora la esperanza misma de la humanidad.

La violencia social y étnica se ha convertido en un ritual cotidiano, un espectáculo grotesco donde la sangre derramada no limpia nada, sino que solo ensucia aún más el alma colectiva de los espíritus.

Los valores oscuros no son simples desviaciones, sino la esencia misma que ha emergido de un mundo que ha olvidado la luz, un mundo que se ha sumergido en la podredumbre de sus propios deseos más bajos y retorcidos, orquestados por los monstruos de Renfán.

Las nuevas guerras no son batallas por ideales o territorios, sino guerras sin sentido, sin propósito, donde la muerte es la única certeza y la destrucción, el único legado.

La degeneración sexual, lejos de ser una liberación, es la manifestación de una desesperación que corroe desde dentro, un síntoma de una humanidad que ha perdido toda conexión con lo sagrado y se ha entregado a los apetitos siniestros que la consumen lentamente.

La locura del mundo no es un accidente ni una anomalía, sino la consecuencia inevitable de haber acelerado la destrucción de la naturaleza divina que alguna vez pudo haber existido. Esa naturaleza, que no es solo un concepto espiritual sino el tejido mismo que sostenía el equilibrio, ha sido destrozado sin piedad. Y en su lugar, solo queda un vacío oscuro, un abismo sin fondo donde la esperanza se ahoga y la desesperanza se convierte en la única verdad.

No hay redención ni rescate posible. No hay amanecer tras esta oscuridad medieval perpetua. Solo queda la certeza de que el mundo se desangra en su propia locura, y que la destrucción no es un camino hacia algo nuevo, sino el fin absoluto, un silencio eterno que devora todo vestigio de luz y vida». 

[Masanobu Fukuoka / Vëthriön Asathørn]








































 

 

Fuentes:

Patriotas por la verdad.

Noticias Alerta Global.

La Guarida del lobo.

Consciencia Tierra Plana.

Nibiru Conection.

La Gazeta de la Iberosfera.

No + Secretos.

Edición final: Vëthriön Asathørn. 

viernes, 19 de junio de 2026

The Echo of the Unfinished




Branko empezó a levantar su vida como quien arma un rompecabezas sin mirar la imagen final. No era por prisa; era por gusto. Cada mañana encontraba una tarea y, con ella, una forma de creer en el orden. Ordenaba libros por tamaño, monedas por brillo, papeles por fecha, aunque nadie los pidiera. Limpiaba rincones que no lo ensuciaban. Tendía hilos invisibles entre una idea y otra, y cuando terminaba, se sorprendía de la precisión con que las piezas encajaban.

Decía —con una seriedad que a veces le parecía casi heroica— que el mundo debía tener un sentido, que el sentido se construía. «Se construye», se repetía, como si la palabra fuese un talismán. Su casa lo confirmaba: un pasillo recto, una mesa que no se tambaleaba, una silla que siempre quedaba a la misma distancia. Había días en que el sonido de las cosas acomodándose le calmaba el pecho, como si cada tornillo apretado apagara una alarma antigua.

 

Branko trabajaba para una oficina donde el tiempo se medía en correcciones. Se le daba bien corregir: tachaba, reescribía, ajustaba. No se limitaba a señalar errores; desarmaba el texto para volverlo a alinear. Mientras otros se frustraban con la monotonía, él se alimentaba de esa fricción. «Lo importante es lo que se arregla», pensaba, no «lo que se pierde».

Con el tiempo, entendió que su obsesión por construir no era solamente un hábito: era una defensa. Cuando por fin terminaba un esquema —una planificación impecable, un plan de cuentas, una rutina que parecía invulnerable— la tranquilidad no tardaba en ser sustituida por otra sensación, más viscosa, más difícil de nombrar.

No era miedo al fracaso. El fracaso lo conocía demasiado y no le impresionaba. Era otra cosa: miedo a la culminación, al instante en que el edificio deja de ser promesa y se vuelve morada. El día que completó un proyecto larguísimo en el trabajo, una semana entera de insomnio y cálculos, volvió a casa con la satisfacción hinchada por dentro. Se sirvió té, cerró la libreta de controles y se sentó. Y entonces, sin aviso, la calma empezó a gritarle desde el silencio.

No podía explicarlo. Tenía la prueba de que podía; sin embargo, cuando sostuvo el objeto terminado, sintió como si hubieran apagado la única luz que lo mantenía vivo: la luz del «todavía no». En cuanto ya no había siguiente paso, el pecho se le llenó de una angustia que no sabía dónde acomodar.

Esa misma noche comenzó lo que luego llamaría «sus fases», aunque nunca se lo dijo a nadie. No era una decisión pensada: era un impulso que aparecía como una picazón bajo la piel. Primero era pequeño: cambió el orden de unos libros sólo para verlos desacomodados, como si buscara en la destrucción el mismo placer que en el trabajo. Arrancó una hoja de un cuaderno donde había escrito frases que ya no usaba. Rompió una cinta de papel que había puesto con cuidado en el archivo para que todo quedara en su lugar.

Se acusó con severidad:

—«¿Qué mierda haces?», se preguntó en voz baja.

Pero la culpa no funcionaba como freno. Funciona de otra manera: después de que uno se daña, la culpa se vuelve el último resto de control. No arregla; sólo encuadra el desastre para que parezca una sentencia.

Branko no destruía por vicio, o al menos no únicamente. Destruía como quien abre una ventana para que el aire viejo se vaya; sólo que, en su caso, el aire viejo venía con algo peor: la esperanza. Porque en el momento en que se acercaba a la meta, la esperanza se convertía en una sentencia final. Llegar significaba vivir. Vivir significaba permanecer. Permanecer significaba dejar de ser el que construye y volverse el que habita un lugar ya terminado, un lugar con paredes fijas, sin posibilidad de huir hacia el «después».

Él prefería ser un albañil perpetuo: que el edificio siguiera siendo obra, que la vida fuera siempre un andamiaje. Pero cuando algo quedaba terminado, el mundo dejaba de moverse en el mapa que él había diseñado.

Empezó a coleccionar indicios de su propio destino. Los días siguientes al cierre de un proyecto, encontraba manchas de humedad donde antes no había, o se le rompía un hilo de ropa por la misma costura exacta, como si el universo tomara nota de su nerviosismo. A veces era un accidente. A veces era una intención que no se admitía. Lo cierto es que una parte de él buscaba pruebas de que el caos podía aparecer solo, sin que él lo convocara; así, la destrucción no se convertía en su culpa, sino en su inevitabilidad.

—«Mira», se decía, «no era sólo yo».

 

Su trabajo terminó llevándolo a un escalón más alto. Lo ascendieron por su capacidad de construir sistemas. Le dieron responsabilidades y plazos. Branko aceptó porque construir era lo único que tenía una forma clara de alegría. En las reuniones, hablaba con calma técnica, como si la vida fuera un software: una cosa se corrige, otra se optimiza, y el resultado final siempre puede ser mejor.

Pero la meta se acercaba con una lentitud peligrosa. Una meta verdadera no era un documento, sino una vida entera. El nuevo puesto exigía un traslado y, con él, una mudanza. Había que elegir barrio, decorar, instalarse. Había que permanecer. Branko sintió en el estómago un nudo que parecía tener dientes.

 

Cuando por fin llegó el día de firmar el contrato, estaba sentado con la pluma en la mano, en el despacho luminoso de una oficina que olía a papel nuevo. El contrato, en sí, era sencillo. Lo complejo era el hecho de que ese papel cerraba puertas. Le ataba el futuro a una dirección exacta.

Firmó. Lo hizo con letra firme, con la misma letra con que había completado reportes, listas y planos. Sin embargo, apenas terminó, una idea feroz le rozó la mente: 

—«Ahora no puedes hacer como antes».

 

Ese mismo día empezó la cadena. Primero, pequeñas torpezas: se le cayó una caja de tornillos, y al barrer se le perdió un taco. Luego, un enchufe que no encajaba. Un problema de internet que tardó semanas. Después, se le rompió la llave de la puerta principal en la cerradura, como si la realidad se negara a permitirle entrar sin una lucha.

Nadie sospechaba de su mano porque su mano era invisible. Él no actuaba como un villano que rompe con fuerza; actuaba como un hombre que se resbala. Un gesto mal medido, una coincidencia repetida, un descuido que llegaba justo en el borde de la calma. Si alguien le preguntaba por qué parecía tener mala suerte, Branko sonreía con cansancio y decía que la vida era así.

En el fondo, la vida lo era. Pero no como él había querido. La vida no estaba construyéndose como él imaginaba: se estaba rompiendo alrededor de su deseo de permanecer en el estado de obra. 

En su nueva casa, las cosas aún no terminaban de encajar. Había cajas abiertas y otras cerradas. Había paredes sin cuadros, y el eco del cuarto lo perseguía como un pensamiento que no se va. Él trabajaba, cumplía horarios, sonreía. Pero por dentro se iba reuniendo una fiebre muda.

Se descubrió, de pronto, mirando el calendario como se mira una condena. Cada día que pasaba acercaba la fecha en que «ya estaría todo listo». Esa frase, para cualquier otro, sería promesa. Para Branko era una amenaza.

Una noche, cuando el cansancio lo hizo bajar la guardia, encendió una lámpara de su sala con intención de sentirse a salvo. La luz era cálida, el aire olía a pintura reciente y a polvo viejo. Se sentó en el suelo y apoyó la espalda en el sofá que todavía no tenía funda. Quiso imaginarse viviendo allí, cómodo y estable, como un animal domesticado que por fin acepta el yugo.

No pudo. Le pareció que la idea de vivir allí era la idea de una jaula.

Entonces hizo algo irreversible. No fue dramático. Fue metódico. Tomó una herramienta que había dejado para «cuando tuviera tiempo», y la usó para abrir lo que debía quedar cerrado. No arrancó de golpe: fue abriendo lentamente, como si quisiera que el caos entrara con respeto. Desinstaló, cortó, separó. Lo que en su mente era un procedimiento, en la casa se volvió un vacío. 

Cuando terminó, la sala quedó extrañamente en silencio. El desastre estaba ahí sin ruido; sin embargo, Branko escuchó el golpe más fuerte dentro de su cabeza.

Se miró las manos. Tenía polvo en las uñas y un temblor mínimo. Sintió una satisfacción breve y absurda, como la de haber escapado. Luego llegó la tristeza, no la tristeza de la pérdida, sino la tristeza de la certeza: había vuelto a destruir antes de habitar.

Branko durmió poco. Soñó con el hormiguero del que hablaban sin saber que era una metáfora. Soñó con pasillos blancos, con galerías interminables, con un edificio que no tenía final porque el final era la muerte. En el sueño, las hormigas lo arrastraban por el suelo como si él fuera una pieza mal colocada. Él intentaba ordenar, pero el hormiguero se lo tragaba todo. 

A la mañana siguiente se levantó con el corazón pesado.

—«Mañana lo arreglaré», se dijo. «Mañana».

Pero «mañana» ya no era un plan; era un refugio. El refugio perfecto porque siempre permite seguir construyendo y nunca obliga a vivir en el edificio.

Branko intentó reparar. Llamó a técnicos, pidió piezas, revisó. Pagó, esperó, soportó. Sin embargo, se dio cuenta de algo que lo dejó peor que antes: cada reparación le aumentaba la certeza de que el edificio estaba hecho para terminarse. Cada tornillo colocado era una promesa que el destino cobraba.

El caos que él celebraba como escape se había convertido en su única herramienta. Al destruir, también mantenía la obra inconclusa; al reparar, la completaba más y más. Su tristeza nacía de esa contradicción insoluble: cada acto que le devolvía la forma lo empujaba hacia el punto en que ya no habría lugar para su huida.

 

Pasaron semanas, luego meses. La casa siguió sin terminar. Los espacios tenían una belleza incompleta, como cuadros a medio secar. Branko se movía de un lado a otro, cuidando que ninguna cosa quedara del todo bien.

Cuando la gente venía, fingía normalidad. Ofrecía té en tazas que no coincidían del todo. Celebraba pequeños avances como si fueran grandes logros.

—«Todavía falta», decía con una sonrisa que no le pertenecía. Nadie veía el terror escondido en ese «todavía».

 

Él comenzó a notar que su impulso de destruir no era sólo contra el mundo: era contra su propia posibilidad de descanso. Branko no sabía cómo detenerse. Y mientras no se detuviera, podía conservar la ilusión de que no había terminado nada. Podía vivir en el umbral, en el borde de la meta.

Pero el umbral se vuelve un sitio también. Y él estaba empezando, lentamente, a habitarlo.

Una tarde, cuando el cielo tenía ese color gris que parece perpetuo en el otoño magallánico, Branko caminó por su casa como quien revisa una escena. Observó sus libros alineados, su escritorio ordenado, sus cajones con etiquetas. Todo había quedado «bien», pero el «bien» le sonaba falso, como un cuerpo sin alma. 

Se sentó y se quedó quieto. Sintió que el caos que había alimentado ya no era un escape; era un hábito. Se preguntó, con una honestidad cruel:

—«Si el edificio ya no me deja vivir, ¿para qué mierda lo construyo?»

 

No encontró respuesta. Lo que encontró fue la oscuridad de la misma pregunta: la meta no era un lugar al que llegar, sino un momento en que la vida deja de ser evitación.

Esa noche, en vez de destruir otra cosa, destruyó lo que no podía arreglarse. Fue una decisión sin voz, como un paso en la oscuridad: cerró el gas, luego abrió la llave de la estufa como si quisiera usarla, pero no para cocinar. No fue un gesto de furia, fue una culminación sucia, una meta final.

Cuando el aire se llenó de una pesadez que no se oye, pero se siente, Branko entendió demasiado tarde la trampa: temía habitar el edificio, sí, pero no había escapado al habitar; simplemente había cambiado la casa. Él mismo había terminado siendo el cuarto donde nadie entra. 

La última imagen que tuvo fue el pasillo de su antigua oficina, con sus paredes impolutas y su luz blanca. Se vio a sí mismo corrigiendo papeles, convencido de que siempre habría un «todavía no». Quiso volver, pero la oscuridad lo envolvió como una manta que aprieta.

No hubo final heroico. No hubo un arrepentimiento claro, sólo una quietud triste, más quieta que cualquier meta, más definitiva que cualquier andamiaje.

 

Al día siguiente, alguien encontró la puerta abierta apenas, como si el caos hubiera dejado de ser suyo y se hubiera convertido en costumbre. Miraron adentro y vieron una casa ordenada y, a la vez, destruida por dentro. Nada parecía dramático: la mesa estaba donde debía, los objetos estaban puestos con una lógica que ya no servía. Era como si la vida, por fin, hubiera hecho lo único que Branko no había querido permitir: cerrar el edificio.

Y el caos, al final, no llegó con estrépito… llegó con esa misma calma con que uno termina un plano y se da cuenta de que la firma también es una sentencia.

Si Branko Stipetić hubiese tenido un pensamiento para decirlo, quizá habría sido el mismo que el de la frase: «… que algunos hombres no temen al final de su obra, sino a la hora en que la obra deja de ser su excusa para seguir construyendo y se vuelve su cárcel».

 

El edificio seguía ahí, pero él ya no. Y durante un tiempo —lo suficiente para que la casa respirara su propia soledad— las cosas permanecieron casi intactas, como si el hormiguero, aunque esté vivo, no necesita testigos para seguir trabajando en silencio.




 


 

 

Escrito por: H.P. Hatecraft.

Basado en: Memorias del subsuelo, cap. IX de Fiódor Mijáilovich Dostoyevski.

Edición final: Vëthriön Asathørn.