I. LA ILUSIÓN DE LO
PEQUEÑO
Ciudad: Unohver.
Región: Magellan.
País: Chile.
Año: 1965.
Tierra: 6.
«La vida se trata de
descubrir cosas».
Eso pensaba Declan
McLeod mientras observaba una grieta nueva en el vidrio de su oficina. No
recordaba cuándo había aparecido. En Unohver, las cosas se rompían solas si se
las dejaba el tiempo suficiente.
El reloj marcaba las
nueve y quince. Siempre. Declan nunca lo arregló. Prefería un tiempo detenido a
uno que avanzara sin pedir permiso.
Estaba sentado
detrás de su escritorio: una mesa vieja, pesada, rescatada de un edificio
municipal demolido años atrás. Sobre ella, dos botellas de cerveza —una vacía,
otra aún útil—, una lámpara cansada y una pila de carpetas cerradas. Casos
pequeños. Mentiras domésticas, investigaciones sin peligro. Lo justo para seguir
respirando en esta ciudad que lo ahogaba todo.
Tenía poco pelo en
la cabeza, la barba corta, el cuerpo ligeramente vencido por los años. Las
paredes estaban cubiertas de marcos torcidos: diplomas, reconocimientos
policiales, restos de una identidad que ya no le servía a nadie.
Pensó en Steffi.
No en su rostro,
sino en la forma en que ella le dijo: «ya no puedo más». El matrimonio había
muerto como mueren las cosas importantes: sin ruido, dejando restos… y culpas.
Golpearon la puerta.
—Está abierto. —dijo
mientras abría una cerveza.
Una mujer entró y la
oficina se achicó.
Alta. Elegante.
Demasiado bien vestida para ese edificio. Oscura de cabello, rostro conocido de
una vida pasada. Exactriz. Declan no necesitó confirmarlo.
—¿Declan McLeod?
—Depende quién
pregunte. —contesta él, altanero.
—Me dijeron que
usted descubre cosas.
Declan apagó el
cigarrillo.
—A veces. Y casi
siempre me arrepiento.
Ella cerró la puerta
detrás de sí.
—Quiero que
investigue a mi marido.
—¿Infidelidad?
Ella dudó un
instante.
—Eso creo.
—Los celos no
compran verdades —dijo Declan—. Solo finales incómodos.
—El dinero no es un
problema.
—Nunca lo es, hasta
que lo es. —responde él con seriedad.
Ella dejó una
tarjeta sobre el escritorio. Un nombre conocido. Empresario. Donante.
Intocable.
—Solo quiero saber.
La duda me enloquece. —dijo.
Declan tomó la
tarjeta. Estaba fría.
—Dama, Unohver no es
amable con la curiosidad.
—Mi marido tampoco,
detective.
—No es de esta zona,
¿Cierto?
—No, llegué hace 2
años. Y, todavía no me acostumbro.
Cuando se fue, la
oficina volvió a su tamaño real. Pequeña. Sola. Nostálgica.
‘La vida se trata de
descubrir cosas’, pensó. Pero nadie habla de lo que pasa después.
Esa noche Declan, y
después de algunas llamadas, sabe exactamente donde está el esposo de la mujer.
El auto negro de él —un
Pontiac GTO, motor V8, su mejor inversión— avanzó mirando atrás, con desconfianza. Los investigadores
siempre lo hacen. Parte del oficio.
El portón de hierro de
la mansión estaba semiabierto. Declan apagó las luces antes de llegar.
La mansión de tres
pisos se alzaba como un error que nadie había corregido. Gótica. Oscura. Picos
altos para atrapar el éter. Con dos ángeles a cada lado del portón de entrada.
Seres custodios de secretos negros. Una larga escalera que llevaba a una puerta
de arco. Una fachada elegante, construida con piedras antiguas. No encajaba con
la ciudad ni con el discurso de su dueño.
Esa noche la lluvia ennegrecía
el suelo.
Se acerca
sigilosamente a la gran mansión, no había guardias, todo estaba tranquilo.
Escuchó voces.
Murmullos. Una música extraña. Figuras vestidas de negro. Semioscuridad, velas
negras encendidas por todo el lugar interior. Rostros conocidos: un senador,
tres jueces, abogados, el jefe mayor de la policía, algunos potentados… lo más
granado de la ciudad.
—Maldita sea, el
tipo es amigo del alcalde Weistar… —murmuró Declan. —el marido de la mujer es el
empresario naviero de la zona. Primera vez que veo el rostro de esa puta serpiente.
Esto se pone cada vez mejor.
Vio símbolos tallados
en las piedras de cada ventana. Declan sintió un escalofrío.
Se retira.
Antes de irse ve en
el centro del jardín, un círculo de piedra. Antiguo. Descubierto, no
construido. Una imagen de algo como un ser misterioso tallado en el medio.
Declan se fue sin
correr.
—No es una
infidelidad —dijo en voz baja—. Es una ciudad entera que oculta secretos.
II. LA CIUDAD
OBSERVA
La advertencia llegó
dos días después.
Un sobre sin
remitente, sobre su escritorio.
«UNOHVER NO NECESITA
SER DESCUBIERTA.
YA FUNCIONA».
La misiva no decía nada
más.
Esa noche Declan buscó
a Christian, el jefe de la policía.
—Te metiste donde no
debías —dijo Christian tras el segundo trago de whisky.
—Me contrataron.
Estoy con las arcas financieras en rojo, es buen dinero por un pequeño trabajo.
—No es un caso,
Declan. Es la ciudad. Y la ciudad siempre cobra. Deja este trabajo y vuelve a
lo de siempre. Esa mujer te metió en una tormenta que te ahogará.
—¿Desde cuándo lo
sabes?
Christian tardó en
responder.
—Desde siempre.
Algunos mandan. Otros sobreviven. Y algunos sirven de ejemplo. Esa mujer te
pagó para saber los secretos de su marido, no por una infidelidad. Ella es la nueva
esposa de ese ricachón naviero hijo de puta. No sabe que hay cosas en esta
ciudad que deben permanecer en las tinieblas.
—Nunca fuiste bueno
tranquilizando. —responde Declan.
—No intento
tranquilizarte, Declan. Intento que vivas.
Declan terminó su whisky.
—Ya no es una
opción.
III. EL PRECIO DEL
SILENCIO
El alcalde Weistar lo
recibió sin escoltas.
—Usted es
inteligente, McLeod —dijo—. Los inteligentes saben cuándo retirarse.
—Los inteligentes
también saben cuándo ya es tarde. —contesta Declan apagando un cigarro.
—Esto no es una
guerra. Es un sistema.
—¿Y si no lo acepto?
El alcalde sonrió
apenas.
—Entonces el sistema
se corrige.
4 horas después:
La mujer volvió esa
noche. Llorando.
—Me dijeron que pare
—susurró—. Me dijeron lo que hacen.
Le ofreció millones
a Declan. Para desaparecer.
—Ellos no te van a
ganar —dijo—. Te van a borrar.
Declan sonrió, bebe
un trago, aspira el humo de su cigarro y mira a la mujer.
—Ya me vieron. Eso
es lo único imperdonable.
Ella se fue sabiendo
que no habría vuelta atrás.
IV. EL SACRIFICIO
Declan McLeod
desapareció un martes.
La policía habló de
depresión, la prensa de abandono, el alcalde dio un discurso breve e hipócrita
sobre las virtudes del investigador privado y exdetective McLeod.
Tres días después lo
encontraron en el cementerio viejo de Unohver. El que ya no figura en los mapas,
estaba crucificado, no como símbolo religioso sino como disposición ritual.
No hubo lucha. No
hubo sangre alrededor.
Solo un símbolo
antiguo tallado en la madera.
El caso se cerró en
horas. Christian no habló. Siguió en lo suyo: guardar silencio.
La mujer huyó de la
ciudad. Al menos eso dijeron los medios locales.
Unohver siguió
funcionando. Sin cuestionamientos. Todo en aparente normalidad.
Todos en silencio.
Era una muerte más.
EPÍLOGO
Steffi visitó la
tumba seis días después, al amanecer.
Llovía. No había
flores. Solo tierra húmeda y una cruz con el nombre de Declan McLeod.
Lloró en silencio.
Antes de irse, vio
algo pequeño, recién grabado en la base. Corre algo de tierra fangosa. Ahí
estaba el mismo símbolo de la cruz, el mismo que Declan había visto en la
mansión, y que había dejado en un dibujo en su oficina.
Steffi entendió. Caminó
más rápido. Porque ahora sabía lo que Declan descubrió algo demasiado tarde: En
Unohver, descubrir es una invitación.
Y la ciudad nunca
deja invitaciones sin responder.
FIN
Una historia original creada
por: Jarl Asathørn.
Esta historia de misterio es parte de una saga.



