©Jarl Asathørn 2026
Nota
encontrada en un datapad dañado, recuperado de los restos de la nave espacial «Thanatonaut
- Interstellar Nineteen C».
Transcripción
automática incompleta.
Advertencia:
Contenido perturbador.
Técnico de
sistemas de hibernación de tercera clase. No era comandante. Ni héroe. Nadie
importante. Dragomir Kovač parpadeó en la penumbra estroboscópica de la bahía
de hibernación. Sus ojos, nublados por el fluido criogénico que aún goteaba de
su piel arrugada, se ajustaron lentamente a la luz roja intermitente. El pitido
agudo de las alarmas perforaba su cráneo como un taladro cósmico.
El protocolo
era claro: en el puente, solo oficiales. Pero la nave estaba muriendo… y las
máquinas, cuando mueren, se vuelven imprecisas.
Quizás por
eso fue el único que despertó.
—«¿Qué mierda...?»
murmuró, su voz ronca y quebrada tras décadas de sueño inducido.
La sala de
hibernación era un cementerio vertical. Cientos de cápsulas alineadas como
nichos transparentes. Algunas empañadas desde dentro. Otras… vacías.
Las
pantallas parpadeaban con mensajes incompletos:
>ERROR / ERROR /
SEÑAL DESCONOCIDA<
Se acerca a
la mesa de mando… la nota estaba allí, grabada en el panel de control frente a
su cápsula. La leyó con creciente pavor, las palabras de su propia mano —o al
menos, eso parecía— flotando en la pantalla agrietada.
«Thanatonaut -
Interstellar Nineteen C. Esporas humanas. Radiación interestelar. Colisión
inminente. Todos muertos. Todos somos humanos y todos seremos polvo».
Dragomir se
incorporó tambaleante, sus músculos atrofiados protestando con calambres
agudos. La nave era un ataúd colosal, un cilindro de 5 kilómetros de largo
lanzado al vacío hace 147 años, cargado con 842 «esporas» —crio-cápsulas
humanas diseñadas para despertar en un nuevo mundo. Él era el último ahora, el
vigilante eterno.
Tocó el
primer módulo cercano.
Apoyó los
dedos en el cuello de la mujer dentro.
Nada.
Siguió
comprobando. Uno tras otro.
Ningún
pulso. Ninguna respiración. En algunos, la piel tenía un tono grisáceo; en
otros, los ojos estaban abiertos, fijos, como si se hubieran despertado antes…
y hubieran visto algo.
El
comunicador interno no respondía. El puente estaba a casi un kilómetro de
pasillos, curvas y compuertas automáticas.
La nave,
diseñada para miles, ahora era demasiado grande para un solo hombre.
El pasillo
principal se extendía ante él como una garganta infinita, iluminado por lámparas
de emergencia que parpadeaban como ojos moribundos. Las luces de emergencia
bañaban los corredores con un rojo sucio. Los cables colgaban del techo como
intestinos mecánicos. El aire era espeso, cargado de un hedor metálico a ozono
y podredumbre. Dragomir avanzó cojeando, sus botas magnéticas chasqueando
contra el suelo de rejilla.
—«¡Equipo!
¡Respuesta!» gritó, pero solo el eco le devolvió el sonido, distorsionado, como
si algo lo imitara desde lejos.
Un ruido. Un
rasguño sutil, como uñas sobre metal, viniendo del conducto de ventilación a su
izquierda. Dragomir se congeló, el corazón martilleándole en el pecho.
—«¿Hola?
¿Quién está ahí? ¡Conteste!».
Su linterna
táctica cortó la oscuridad, revelando solo polvo flotante y cables sueltos.
Sacudió la cabeza. Radiación. Alucinaciones post-hibernación. «Mantén la calma».
Se dijo mientras avanzaba.
Siguió
adelante, hacia el puente de mando. La nave gemía, un lamento profundo y
gutural que vibraba a través de las mamparas. Los monitores estaban muertos,
salvo uno que mostraba un contador regresivo:
«Colisión en 47
minutos. Objeto desconocido: Masa indeterminada. Trayectoria no evadible».
Detrás del
cristal del visor principal, el vacío estrellado se retorcía. No eran estrellas
normales. Eran... ojos. Millones de ojos luminosos, parpadeando en patrones
imposibles, observándolo. Horror cósmico puro: la Thanatonaut había cruzado el
velo, más allá de la barrera de la luz, donde las leyes de la física se
doblaban ante entidades indiferentes.
Otro ruido.
Esta vez, un golpeteo rítmico, como pasos descalzos en el pasillo inferior. Dragomir
giró, jadeando. Una sombra se deslizó por la pared opuesta, elongada y amorfa,
como humo negro con extremidades que no encajaban.
—«¡Muéstrate!»
bramó, disparando su linterna por todo el lugar.
Nada. Solo
el eco de su propia voz, ahora con un matiz burlón, como si algo lo repitiera
en un tono más grave, más antiguo.
Corrió hacia
la enfermería, el sudor empapando su traje. Las cápsulas de hibernación yacían
abiertas, como flores marchitas. Cuerpos. Cientos de ellos, flotando inertes en
gravedad cero. Pero no eran simples cadáveres. Sus pieles estaban translúcidas,
venas negras pulsando bajo la superficie, ojos abiertos, grises y fijos en el
techo. Dragomir tocó uno —el de la doctora Anareva, su antigua amante—. Fría.
Sin pulso. Pero cuando retiró la mano, el cuerpo se movió. Un espasmo sutil,
como si algo dentro se agitara. ¿Esporas? ¿Mutación?
Un susurro
ahora. No en el aire, sino en su mente. «Polvo... todo polvo... únete...»
Procedía de todas partes y de ninguna.
Las sombras
en las esquinas se espesaban, coagulándose en formas humanoides que se
disolvían al mirarlas directamente.
Dragomir
huyó hacia los hangares, tropezando con extremidades flotantes. En el pasillo
de ingeniería, vio huellas. Huellas húmedas, de pies descalzos, pero con
membranas entre los dedos, como aletas de criaturas abisales. ¿Sus propias
huellas? No. Estas brillaban con un fulgor bioluminiscente.
El puente.
Tenía que llegar al puente. Los ruidos lo perseguían: rasguños en las paredes,
susurros que formaban palabras en lenguas olvidadas, un latido colosal que
sincronizaba con su pulso. Sombras danzaban en los reflejos de los paneles,
figuras altas y delgadas con múltiples articulaciones, observándolo desde los
bordes de su visión. «No mires atrás. No mires atrás».
Irrumpió en
el puente, sellando la puerta con un siseo hidráulico. Los monitores
parpadeaban con glitches imposibles: rostros humanos deformándose en máscaras
tentaculares, ecuaciones que resolvían el infinito en espirales de locura. El
visor mostraba el objeto. No era un asteroide. Era vivo. Un ente colosal, un
fractal de carne cósmica y vacío, con ojos que eran portales a abismos donde galaxias
gritaban en silencio. La nave se precipitaba hacia su «boca», un vórtice que
devoraba estrellas.
Dragomir se
desplomó en la silla del capitán, tecleando frenéticamente. Sin energía. Sin
comunicaciones. La nota en el datapad —su nota— ahora tenía adiciones. Palabras
que no recordaba escribir:
«No estás solo,
Dragomir. Somos legión. Las esporas han brotado. Únete al polvo eterno».
Un golpe en
la puerta. Luego otro. La sombra se filtró por debajo, extendiéndose como tinta
viva. Dragomir gritó cuando sintió el picor en su piel. Miró su brazo: venas
negras trepando desde las puntas de sus dedos, ramificándose como raíces
interestelares. Sus ojos se nublaron, y en el reflejo del visor, vio su rostro
estirarse, multiplicarse en cientos de versiones susurrantes.
>Colisión en 10
segundos<
La nave se
estremeció. El ente los engulló. No hubo explosión, solo una fusión. Dragomir
Kovač —o lo que quedaba de él— se disolvió en la mente colosal, una espora más
en el gran ciclo cósmico. Las sombras se rieron, un coro de billones de voces
humanas extinguidas, ahora eternas en la indiferencia del vacío.
No hubo
supervivientes. Solo polvo. Y en la oscuridad profunda, nuevas esporas
brotaban, listas para infectar el siguiente mundo.
«Fin de la
transcripción. Se recomienda cuarentena indefinida de los restos. No abrir».
FIN
Un cuento de
horror cósmico basado en el tema musical: «Spores» escrita por Eija Risen.
Una idea creada
por: Jarl Asathørn.
