«Ya no sabemos quién es
quién.
No podemos distinguir
lo real de lo falso.
Estamos al límite de
transformarnos en ciegos voluptuosos en medio de campos minados de eternas
falsedades.
Todo será números. Todo
será permeable.
El día será noche y
viceversa.
Todos soñarán que están
en el cielo, mientras arden en el infierno.
No sabremos nada».
Esta frase
que escribí: la exhumé. No nació como una idea, sino como un resto. Como algo
que quedó después de que el mundo se rompiera en silencio.
Esta frase
reflexiva es una de esas que escapan de lo profundo, de lo que nace de las
ruinas que veo a diario. Porque no describe un futuro, no es una profecía, es
un diagnóstico del ahora, una radiografía espiritual de una época donde la
realidad se volvió un rumor, y la identidad, una máscara intercambiable.
Ya no sabrán
quién es quién.
Y lo peor de
todo: ya no les importa tanto saberlo.
La disolución del
rostro
Durante
siglos, el rostro fue un ancla.
Mirar a alguien era encontrar una presencia. Había algo irreductible en el otro: un misterio, sí, pero también una certeza.
Hoy el
rostro es un archivo editable, una interfaz, un filtro de una app.
Ya no sabrán
si lo que ven pertenece a una persona, a un algoritmo, a una construcción
diseñada para gustar, para vender, o, para manipular.
Las voces se
clonan, las imágenes mienten con perfección, los discursos se generan como
lluvia automática.
Y entonces
el otro se vuelve bruma.
Ya no sabrán
quién es quién, porque la humanidad se ha vuelto permeable, como digo: sin
fronteras claras entre lo auténtico y lo fabricado.
Lo real y lo falso: la
guerra final
Antes, la mentira
era una excepción moral, algo que se escondía.
Ahora es un
ecosistema.
Lo falso no
se oculta: se exhibe, se celebra y se monetiza.
Lo real, en
cambio, se vuelve sospechoso por su torpeza, por su falta de brillo.
La verdad ya
no compite con la mentira: compite con el entretenimiento. Y siempre pierde. Porque
la mentira es rápida, bella y cómoda.
La verdad es
lenta, incómoda, pesada como un cadáver.
Vivimos en
una era donde lo real es demasiado humano para sobrevivir.
«Ciegos voluptuosos»
Esta
expresión es brutal, porque no habla de ciegos trágicos. Habla de ciegos
complacidos.
No han
perdido la visión: la han entregado.
Se han vuelto
ciegos por placer, por comodidad.
Porque ver
exige responsabilidad.
La
oscuridad, en cambio, permite el goce sin culpa.
Se deslizan
por pantallas como por un sueño narcótico.
Consumen
versiones del mundo que no duelen.
Se refugian
en relatos prefabricados.
Los humanos
son ciegos voluptuosos, ciegos satisfechos. Como si el abismo fuera más
soportable cuando está lleno de luces artificiales.
No
ignorantes por accidente, sino por elección. Como si el confort fuera más
deseable que la lucidez. Como si la mentira, repetida con suficiente suavidad,
se volviera un refugio.
«Campos minados de
eternas falsedades»
No caminan
sobre tierra firme, caminan sobre narrativas.
Cada paso es
un riesgo: una noticia falsa, una identidad inventada, un enemigo construido, una
esperanza manufacturada.
Todo puede
explotar.
Y sin
embargo siguen adelante, porque el campo minado se ha vuelto un bello paisaje.
La falsedad
se ha vuelto atmósfera.
Ya no hay
aire puro, solo interpretaciones, solo propaganda emocional, solo ruido digital.
«Todo será números»
Esta es
quizá la sentencia más fría y más cruda de mi frase: el mundo reducido a cifras,
la vida reducida a métrica.
Seguidores,
likes, puntajes, datos biométricos, algoritmos predictivos.
La
existencia convertida en estadística.
No importará
quién eres, sino cuánto vales.
No importará
lo que sientes, sino lo que produces.
No importará
el alma, porque el alma no se puede cuantificar. Y lo que no se cuantifica,
desaparece.
«El día será noche y
viceversa»
Esto no lo
digo como metáfora poética, sino como inversión moral. Los valores se
modifican, las certezas se disuelven, lo grotesco se normaliza. El mundo ya no
gira sobre un eje ético, sino sobre un algoritmo de estímulos. Cuando todo se
invierte, ya no queda orientación.
El bien se
vuelve marketing.
El mal se vuelve
espectáculo, y lo vemos a diario en los noticiarios que se alimentan de las
tinieblas.
La empatía
se vuelve debilidad.
La crueldad
se vuelve humor.
Vivimos en
un mundo donde la noche se disfraza de día.
Donde el
horror se llama progreso.
Donde la vigilancia
se llama seguridad.
Donde la
esclavitud se llama conectividad.
El día será
noche, y nadie notará el cambio, porque la luz era falsa desde el principio.
«Soñarán que están en
el cielo, mientras arden en el infierno»
Esta es la
imagen final: la condena perfecta.
El infierno
ya no es fuego visible. Es un régimen. Es una anestesia. Es un sueño inducido.
Las personas
creen estar viviendo, pero solo están siendo arrastradas.
Creen estar
en el cielo porque tienen distracciones infinitas.
Pero arden,
arden en ansiedad, en vacío, en comparación eterna, en aislamiento, en alegría
superfluas, en fiestas eternas, somnolientos con las drogas, con el sexo fácil.
Arden sin
llamas. Arden sin saberlo.
«No sabremos nada…»
Y al final,
la parte más desoladora: No sabremos nada, no porque no haya información… sino
porque habrá demasiada.
La
ignorancia del futuro no será falta de datos, será saturación.
El
conocimiento se volverá imposible porque la verdad será indistinguible del
ruido. Y entonces, como civilización, regresaremos al estado más primitivo: la
confusión.
Pero esta
vez no en la selva, ni en el páramo helado, ni en las cavernas sombrías… sino
en un mundo hiperconectado, iluminado, digital… oscuro y macabro.
Epílogo:
lo único que queda
Quizá esto
es lo más terrorífico: no están cayendo, ya cayeron… solo que se desplomaron
lentamente, con música, con pantallas, con memes, con promesas, con
estupideces.
Y mientras
tanto se repiten a sí mismos: «Todo está
bien». Como un mantra, como un hechizo, como una mentira final.
Ya no sabrán
quién es quién.
No podrán
distinguir lo real de lo falso.
Y tal vez… ese
sea el triunfo definitivo de la oscuridad: no destruirnos, sino convencernos de
que no hay nada que saber.

