sábado, 7 de febrero de 2026

Udefinert Virkelighet



«Ya no sabemos quién es quién.

No podemos distinguir lo real de lo falso.

Estamos al límite de transformarnos en ciegos voluptuosos en medio de campos minados de eternas falsedades.

Todo será números. Todo será permeable.

El día será noche y viceversa.

Todos soñarán que están en el cielo, mientras arden en el infierno.

No sabremos nada».

 

Esta frase que escribí: la exhumé. No nació como una idea, sino como un resto. Como algo que quedó después de que el mundo se rompiera en silencio.

Esta frase reflexiva es una de esas que escapan de lo profundo, de lo que nace de las ruinas que veo a diario. Porque no describe un futuro, no es una profecía, es un diagnóstico del ahora, una radiografía espiritual de una época donde la realidad se volvió un rumor, y la identidad, una máscara intercambiable.

Ya no sabrán quién es quién.

Y lo peor de todo: ya no les importa tanto saberlo.

 

La disolución del rostro

Durante siglos, el rostro fue un ancla.

Mirar a alguien era encontrar una presencia. Había algo irreductible en el otro: un misterio, sí, pero también una certeza.

Hoy el rostro es un archivo editable, una interfaz, un filtro de una app.

Ya no sabrán si lo que ven pertenece a una persona, a un algoritmo, a una construcción diseñada para gustar, para vender, o, para manipular.

Las voces se clonan, las imágenes mienten con perfección, los discursos se generan como lluvia automática.

Y entonces el otro se vuelve bruma.

Ya no sabrán quién es quién, porque la humanidad se ha vuelto permeable, como digo: sin fronteras claras entre lo auténtico y lo fabricado.

 

Lo real y lo falso: la guerra final

Antes, la mentira era una excepción moral, algo que se escondía.

Ahora es un ecosistema.

Lo falso no se oculta: se exhibe, se celebra y se monetiza.

Lo real, en cambio, se vuelve sospechoso por su torpeza, por su falta de brillo.

La verdad ya no compite con la mentira: compite con el entretenimiento. Y siempre pierde. Porque la mentira es rápida, bella y cómoda.

La verdad es lenta, incómoda, pesada como un cadáver.

Vivimos en una era donde lo real es demasiado humano para sobrevivir.

 

«Ciegos voluptuosos»

Esta expresión es brutal, porque no habla de ciegos trágicos. Habla de ciegos complacidos.

No han perdido la visión: la han entregado.

Se han vuelto ciegos por placer, por comodidad.

Porque ver exige responsabilidad.

La oscuridad, en cambio, permite el goce sin culpa.

Se deslizan por pantallas como por un sueño narcótico.

Consumen versiones del mundo que no duelen.

Se refugian en relatos prefabricados.

Los humanos son ciegos voluptuosos, ciegos satisfechos. Como si el abismo fuera más soportable cuando está lleno de luces artificiales.

No ignorantes por accidente, sino por elección. Como si el confort fuera más deseable que la lucidez. Como si la mentira, repetida con suficiente suavidad, se volviera un refugio.

 

«Campos minados de eternas falsedades»

No caminan sobre tierra firme, caminan sobre narrativas.

Cada paso es un riesgo: una noticia falsa, una identidad inventada, un enemigo construido, una esperanza manufacturada.

Todo puede explotar.

Y sin embargo siguen adelante, porque el campo minado se ha vuelto un bello paisaje.

La falsedad se ha vuelto atmósfera.

Ya no hay aire puro, solo interpretaciones, solo propaganda emocional, solo ruido digital.

 

«Todo será números»

Esta es quizá la sentencia más fría y más cruda de mi frase: el mundo reducido a cifras, la vida reducida a métrica.

Seguidores, likes, puntajes, datos biométricos, algoritmos predictivos.

La existencia convertida en estadística.

No importará quién eres, sino cuánto vales.

No importará lo que sientes, sino lo que produces.

No importará el alma, porque el alma no se puede cuantificar. Y lo que no se cuantifica, desaparece.

 

«El día será noche y viceversa»

Esto no lo digo como metáfora poética, sino como inversión moral. Los valores se modifican, las certezas se disuelven, lo grotesco se normaliza. El mundo ya no gira sobre un eje ético, sino sobre un algoritmo de estímulos. Cuando todo se invierte, ya no queda orientación.

El bien se vuelve marketing.

El mal se vuelve espectáculo, y lo vemos a diario en los noticiarios que se alimentan de las tinieblas.

La empatía se vuelve debilidad.

La crueldad se vuelve humor.

Vivimos en un mundo donde la noche se disfraza de día.

Donde el horror se llama progreso.

Donde la vigilancia se llama seguridad.

Donde la esclavitud se llama conectividad.

El día será noche, y nadie notará el cambio, porque la luz era falsa desde el principio.

 

«Soñarán que están en el cielo, mientras arden en el infierno»

Esta es la imagen final: la condena perfecta.

El infierno ya no es fuego visible. Es un régimen. Es una anestesia. Es un sueño inducido.

Las personas creen estar viviendo, pero solo están siendo arrastradas.

Creen estar en el cielo porque tienen distracciones infinitas.

Pero arden, arden en ansiedad, en vacío, en comparación eterna, en aislamiento, en alegría superfluas, en fiestas eternas, somnolientos con las drogas, con el sexo fácil.

Arden sin llamas. Arden sin saberlo.

 

«No sabremos nada…»

Y al final, la parte más desoladora: No sabremos nada, no porque no haya información… sino porque habrá demasiada.

La ignorancia del futuro no será falta de datos, será saturación.

El conocimiento se volverá imposible porque la verdad será indistinguible del ruido. Y entonces, como civilización, regresaremos al estado más primitivo: la confusión.

Pero esta vez no en la selva, ni en el páramo helado, ni en las cavernas sombrías… sino en un mundo hiperconectado, iluminado, digital… oscuro y macabro.

 

Epílogo:

lo único que queda

Quizá esto es lo más terrorífico: no están cayendo, ya cayeron… solo que se desplomaron lentamente, con música, con pantallas, con memes, con promesas, con estupideces.

Y mientras tanto se repiten a sí mismos: «Todo está bien». Como un mantra, como un hechizo, como una mentira final.

Ya no sabrán quién es quién.

No podrán distinguir lo real de lo falso.

Y tal vez… ese sea el triunfo definitivo de la oscuridad: no destruirnos, sino convencernos de que no hay nada que saber.