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sábado, 24 de octubre de 2026

Skjoldheims Stillhet [Una historia original de horror cósmico vikingo]




EL SILENCIO DE SKJOLDHEIM

[Los muertos guardan silencio. Aquello que vino de las estrellas, no]

 

Parte I:

El Silencio de los Muertos

El fiordo estaba en calma, pero no con la calma de la paz, era la calma de algo que ha dejado de respirar. La drakkar de Trygve «Hueso Partido» cortaba las aguas negras con un crujido que parecía un lamento, y los cinco hombres a bordo sentían el peso de un silencio que no pertenecía a la naturaleza.

 

—«Hace tres lunas que no recibimos noticias de Skjoldheim» —dijo Egill, el más joven, con una barba que apenas comenzaba a poblar su rostro—. «Mi madre... mi hermana pequeña...»

 

—«Cállate, Egill» —gruñó Njal, el herrero, cuyos brazos eran tan gruesos como troncos de roble—. «Llorar no les devolverá la voz».

 

Trygve, el líder, mantenía la mirada fija en la costa, sus ojos grises, como el acero de su espada, escudriñaban el bosque de pinos que se alzaba detrás de la aldea. No había humo en el cielo. No había luces. No había nada.

 

—«Algo está mal» —dijo Frode el Escaldo, el más viejo del grupo, con una cicatriz que le cruzaba el rostro de la frente a la mandíbula—. «He visto aldeas abandonadas, he visto pueblos arrasados por los sajones, por los francos, por la peste... pero esto... esto es diferente».

 

—«¿Diferente cómo?» —preguntó Njal, el silencioso, que rara vez hablaba, pero cuyas manos nunca soltaban el hacha.

 

—«El silencio» —respondió Frode—. «Hasta los cuervos han huido».

 

La drakkar encalló en la arena con un suspiro. Los cinco hombres saltaron al agua fría, con sus escudos en alto y las espadas desenvainadas. Trygve fue el primero en pisar tierra firme, y el primero en olerlo.

La sangre. No era un olor sutil, no era un rastro lejano, era un manto espeso, dulzón y metálico que envolvía el aire como una niebla invisible. Birger hizo una mueca y se llevó el brazo a la nariz.

 

—«Por Odín...» —murmuró—. «¿Cuánta sangre hay que derramar para que el aire huela así?»

 

Caminaron hacia la aldea. Las casas de madera estaban intactas, los techos de paja no mostraban señales de fuego, las puertas colgaban abiertas como bocas desencajadas, pero en el suelo, en las paredes, en los postes de madera... la sangre... seca, oscura, formando charcos que se habían convertido en costras. Huellas de arrastre, marcas de garras profundas en la madera, y en el centro de la plaza... un montículo.

 

—«¿Qué es eso?» —preguntó Egill, con voz temblorosa.

 

—«No te acerques» —ordenó Trygve, pero ya era tarde.

 

—«Debemos ser cautos, muchacho» —agrega Birger.

 

Egill caminó hacia el montículo. Cuando estuvo a tres pasos, se detuvo y vomitó. Los demás se acercaron, y entonces lo vieron.

Era una pila de cuerpos... no estaban desmembrados, no estaban mutilados de forma caótica, estaban apilados con una precisión casi ritual, como leños para una pira. Y en el pecho de cada uno... un agujero, un agujero limpio, circular, como si algo hubiera perforado el esternón y hubiera extraído...

 

—«Los corazones» —dijo Frode, con la voz quebrada—. «Les han arrancado los corazones».

 

—«¿Qué clase hombre hace esto?». —pregunta consternado, Egill.

 

—«No sabemos si es un hombre... o si es algún enemigo oscuro que no conocemos».

 

Parte II:

Las Huellas en la Oscuridad

Njal fue el primero en verlas. En el barro, cerca de la pila de cuerpos, había huellas, y entre las huellas, arrastrando el barro, había un rastro espeso y oscuro que no era sangre.

 

—«¿Qué es eso?» —preguntó Njal, señalando el rastro.

 

Frode se agachó y lo examinó. Era una sustancia negra, viscosa, que brillaba como si estuviera viva. La tocó con la punta del dedo y la retiró al instante, con un grito ahogado.

 

—«¡Es sangre oscura!» —exclamó—. «¡Como de alguien muerto hace mucho!»

 

Trygve miró el rastro. Se adentraba en el bosque, entre los pinos, desapareciendo en la penumbra. El sol comenzaba a ponerse, y con él, la luz.

 

—«No podemos perseguirlo de noche» —dijo Trygve—. «Nos refugiamos en la casa del jefe, encendemos fuego, y al amanecer...»

 

—«¿Y si viene por nosotros?» —preguntó Egill, con los ojos muy abiertos.

 

—«Entonces le daremos una bienvenida vikinga» —respondió Njal, golpeando su hacha contra el escudo.

 

Se refugiaron en la casa más grande de la aldea. Era la del jefe, un hombre llamado Sven Barbarroja, primo de Trygve. La casa estaba vacía, pero en el centro de la sala había una mesa, y sobre la mesa, algo que les heló la sangre.

Un corazón humano. Fresco... y aún latía.

 

—«Por los dioses...» —murmuró Birger—. «¿Cómo puede latir todavía?»

 

Frode se acercó lentamente... el corazón latía con un ritmo lento, pausado, como si no tuviera prisa. Sobre la mesa, junto al corazón, había algo más: una inscripción tallada en la madera, no era rúnica, no era ningún idioma conocido, eran símbolos retorcidos, como gusanos enloquecidos.

 

—«¿Qué dice?» —preguntó Birger.

 

—«No lo sé» —dijo Frode—. «Pero no es humano. Ninguna lengua humana escribió esto».

 

—«Tal vez es la lengua negra...» —asevera con alguna duda Birger.

 

Parte III:

La Primera Noche

El fuego crepitaba en el hogar, pero no traía calor. Los cinco hombres se sentaron en círculo, con las armas al alcance de la mano, mirando las sombras que bailaban en las paredes. Fuera, el viento comenzó a soplar, y con él, un sonido que no era natural.

Era un susurro, como si alguien hablara en una lengua antigua, olvidada, pero que resonaba en lo más profundo del cerebro.

 

—«¿Lo oyen?» —preguntó Egill, con la voz apenas un hilo.

 

—«Todos lo oímos» —respondió Trygve—. «Pero no le respondan. No le den poder».

 

El susurro se hizo más fuerte. Ahora parecía venir de todas partes, de las paredes, del techo, del suelo. Y entonces, un golpe en la puerta. No era un golpe suave, era un golpe seco, pesado, como si algo enorme estuviera al otro lado. Njal se levantó, con el hacha en la mano.

 

—«¿Quién va?» —gritó.

 

Silencio. Luego, otro golpe. Más fuerte. La madera se astilló ligeramente.

 

—«No abras» —dijo Frode—. «Por todo lo que amas, no abras».

 

Njal dudó. Era un guerrero vikingo, no un cobarde. Pero algo en su interior le decía que abrir esa puerta sería un error. Dio un paso atrás.

Entonces, el techo se derrumbó.

 

Parte IV:

La Entidad

No era un techo de paja, era un techo de madera y barro, pero se desmoronó como si fuera papel. Y a través de la lluvia de escombros, cayó... algo.

Medía casi dos metros, su piel era un gris opaco que absorbía la luz, que parecía tragarse el resplandor del fuego. Su cuerpo era delgado, con brazos que colgaban hasta las rodillas, terminados en garras de más de 6 centímetros, negras y curvas como hoces. Su cabeza era alargada, pero sin pelo, sin orejas y una diminuta boca que no parecían de este mundo.

Y sus ojos... sus ojos eran dos pozos de oscuridad, sin blanco, sin pupila. Solo vacío... un vacío que miraba directamente al alma. Ojos grandes como de un búho.

 

—«¡QUE ODÍN NOS PROTEJA!» —gritó Njal, y lanzó su hacha.

 

El hacha giró en el aire y golpeó a la criatura en el pecho. La hoja se detiene en el aire... y luego fue expulsada, como si la piel fuera protegida por una fuerza invisible. La criatura ni siquiera parpadeó.

 

—«¡A la carga!» —gritó Trygve, y los cinco se lanzaron contra ella.

 

La batalla fue una pesadilla. Njal fue el primero en caer... la criatura lo agarró por el cuello con una de sus garras y lo levantó en el aire. Njal gritó, pataleó, golpeó con su hacha, pero era inútil. La criatura lo miró por un instante, y luego hundió sus garras en su pecho. El sonido fue horrible: un crujido húmedo, un desgarro, un gorgoteo. Cuando la criatura retiró la mano, sostenía el corazón de Njal, aun latiendo.

 

—«¡NOOO!» —gritó Egill, y se lanzó contra la criatura con su espada. La hoja atravesó el costado de la bestia, y por primera vez, la criatura emitió un sonido... un rugido que hizo temblar las paredes. Pero no era de dolor, era de furia.

 

La criatura giró y golpeó a Egill con su brazo. El joven salió despedido, chocando contra la pared con un crujido de huesos. Quedó en el suelo, inmóvil, con la cabeza en un ángulo imposible.

 

—«¡Egill!» —gritó Frode, y se lanzó contra la criatura con su espada en alto.

 

La criatura lo esquivó con una velocidad sobrenatural y lo agarró por el brazo. Lo levantó, lo miró, y luego, con un movimiento seco, le arrancó el brazo de cuajo. Frode gritó, un grito que se convirtió en un estertor cuando la criatura lo arrojó contra la mesa, que se partió en dos.

 

Parte V:

La Caza

Quedaban Trygve y Birger. Los dos guerreros más experimentados. Se miraron, y en sus ojos no había miedo. Había determinación.

 

—«¡Birger!» —gritó Trygve—. «¡El fuego!»

 

Birger entendió... tomó una antorcha del hogar y la lanzó contra la criatura, la llama alcanzó su piel, y por primera vez, la bestia retrocedió... emitió un aullido que sonó como el crujir de mil huesos.

 

—«¡Le duele el fuego!» —gritó Birger—. «¡El fuego!»

 

Trygve tomó otra antorcha y avanzó contra la criatura. La bestia lo miró, y en sus ojos vacíos, Trygve vio algo que nunca había visto en ningún enemigo: inteligencia. La criatura no era un animal, era algo más, algo que entendía, que planeaba, que sentía.

La criatura retrocedió, saltó por el agujero del techo y desapareció en la noche.

 

—«¡No la dejes escapar!» —gritó Birger, y saltó tras ella.

 

Trygve lo siguió. Corrieron por el bosque, siguiendo el rastro negro y brillante que la criatura dejaba tras de sí. La Luna estaba alta, pero su luz no alcanzaba a penetrar la espesura de los pinos. Corrieron durante minutos, durante horas, hasta que llegaron a un claro. Y allí, en el centro del claro, la vieron.

No era solo la criatura... Era la nave.

 

Parte VI:

La Nave

Era una estructura enorme, imposible, no era de madera, no era de piedra... era de un metal negro que brillaba como si estuviera vivo, con formas que no seguían ninguna lógica que ellos conocieran, con ángulos que dolían de mirar. La nave estaba hundida en la tierra, como si hubiera caído del cielo hacía mucho tiempo, y de su interior salía un resplandor tenue, pulsante, con un resplandor verdoso, fangoso.

La criatura estaba de pie frente a la nave, mirándolos. Y entonces, habló... no con palabras humanas, con algo más profundo, más antiguo, un sonido que resonaba en el pecho, en los huesos, en la médula.

 

—«Son... tan... primitivos» —dijo, o algo así. Las palabras se formaban en la mente de Trygve, no en sus oídos—. «No han... aprendido... nada»

 

—«¿Qué eres?» —preguntó Trygve, con la espada en alto.

 

—«Soy... el viajero... de los creadores» —respondió la criatura—. «Hemos... venido a... estudiarlos»

 

Birger, sin decir palabra, lanzó su hacha, la criatura la esquivó, pero Birger ya estaba en movimiento, con una daga en la mano... la hundió en el costado de la bestia, y esta rugió, pero no era un rugido de dolor, era un rugido de odio sempiterno.

La criatura agarró a Birger por la cabeza y lo levantó. Birger gritó, pateó, luchó, pero la criatura era demasiado fuerte, con un movimiento seco, le retorció el cuello. Birger quedó colgando, inerte, en sus garras.

 

—«¡BIRGER!» —gritó Trygve, y se lanzó contra la criatura con todas sus fuerzas.

 

La espada de Trygve atravesó el pecho de la criatura. Esta vez, la hoja se hundió profundamente, y la bestia emitió un aullido que hizo temblar la tierra. La criatura soltó a Birger y se llevó las garras al pecho, donde la sangre negra brotaba a borbotones.

Trygve no se detuvo, siguió apuñalando, una y otra vez, hasta que la criatura cayó de rodillas, pero cuando Trygve levantó la espada para dar el golpe final, la criatura lo miró, y en sus ojos vacíos, Trygve vio algo que lo detuvo... no era odio, no era miedo, era... vacuidad.

 

—«No... soy... el primero...» —dijo la criatura—. «Ni soy... el último... de mi especie... vendrán más... en el futuro... ustedes... son...simples... esclavos»

 

Trygve dudó. Solo un instante... pero fue suficiente.

La criatura se abalanzó sobre él, con sus garras extendidas. Trygve levantó su escudo, pero la criatura lo atravesó como si fuera mantequilla, las garras se hundieron en su hombro, desgarrando carne y hueso. Trygve gritó, pero no soltó la espada y con un último esfuerzo, la hundió en el cuello de la criatura.

La bestia se detuvo, su cuerpo tembló, y luego, lentamente, se derrumbó... pero mientras caía, sus ojos se fijaron en Trygve, y entonces, la criatura murió... y un olor nauseabundo comienza a impregnar el lugar.

 

Parte VII:

El Despertar

Trygve quedó de rodillas, sangrando profusamente. Su hombro era un desastre, su brazo colgaba inerte. A su alrededor, los cuerpos de sus compañeros yacían en la tierra. Solo él quedaba en pie y, aun así, apenas podía mantenerse en pie.

La nave comenzó a brillar, un resplandor pulsante, cada vez más intenso y entonces, Trygve oyó un sonido, un latido, un latido enorme, profundo, que venía del interior de la nave.

 

—«No...» —murmuró Trygve.

 

La nave se abrió... no con una puerta, sino con una abertura que se desgarró en su superficie, como una herida, y de esa herida, emergió algo... era otro ser, uno más pequeño. Trygve no pudo verlo completamente, su visión se nublaba, su cuerpo cedía.

 

—«Volveremos...» —dijo una voz, que no era la de la criatura, sino de algo mucho más profundo—. «Volveremos... »

 

Trygve intentó levantarse, pero no pudo... cayó de espaldas, con la vista fija en el cielo. Y mientras la oscuridad se cerraba sobre él, oyó un suave sonido que provenía de la nave... un sonido como murmullo.

Y entonces, todo se apagó.

Trygve despertó en la orilla del fiordo, no sabía cuánto tiempo había pasado, su hombro estaba vendado con tiras de su propia ropa, pero no recordaba haberlo hecho. A su lado, había un cuerpo. Era Frode, el escaldo, estaba vivo, pero apenas. Le faltaba un brazo, y su rostro era un mapa de dolor.

 

—«¿Qué... qué pasó?» —preguntó Frode, con voz ronca.

 

—«No lo sé» —respondió Trygve—. «Pero tenemos que irnos. Ahora».

 

—«¿Y los demás?»

 

Trygve miró hacia el bosque. La nave seguía allí, pulsando con una luz siniestra... y en el claro, entre los cuerpos de sus compañeros, algo se movía. Algo que no debería moverse.

 

—«Están muertos... se han ido al Valhalla» —dijo Trygve—. «Y nosotros... nosotros deberíamos estarlo también».

 

Arrastraron la drakkar al agua, con un solo brazo útil entre los dos, fue una tarea casi imposible, pero lo lograron. Remaron en silencio, sin mirar atrás... pero el zumbido de la nave los seguía, resonando en sus pechos, en sus huesos, en sus almas.

Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, Frode habló.

 

—«¿Qué era eso, Trygve? ¿Qué era esa cosa?»

 

Trygve no respondió... miró al frente, hacia el mar abierto, hacia la libertad. Pero sabía que no había libertad. No para ellos. No después de lo que habían visto.

 

—«No lo sé» —dijo finalmente—. «Pero no era de este mundo. Tal vez hijos de Surtr que vienen a destruirnos».

 

Frode lo miró, con el rostro pálido.

 

—«¿Cómo lo sabes?»

 

Trygve se llevó la mano al pecho. Allí, bajo la piel, sentía un latido que no era el suyo, un latido que se había instalado en su interior, que crecía, que se alimentaba.

 

—«No lo sé Frode» —dijo—. «Pero... siento que esta no será la última vez... que los veremos, pero... estaremos preparados, con la ayuda de Odín».

 

El fiordo se desvaneció en la distancia. La nave negra; a lo lejos; se eleva y sale disparada al cielo, hasta desaparecer. Y en la aldea de Skjoldheim, en el claro del bosque, quedaban como mudos testigos los cuerpos de amigos y familiares.

Y en algún lugar, muy lejos, en un mundo que no conocía la luz, algo más despertó, algo que había estado esperando la señal.

La señal había llegado. Y ahora, nada podría detenerlo.




 

FIN

 

Una historia de horror nórdico escrita por: H.P. Hatecraft.

Historia creada por: Vëthriön Asathørn.

Postada diseñada por: Vëthriön Asathørn. Creada con AI.

Edición final: H.P. Hatecraft & Vëthriön Asathørn.

  

martes, 13 de octubre de 2026

Friday the 13th Legacy

 





MARTES 13 LEGACY

 

Lago cristal — 1998

 

I.

LOS NUEVE

El otoño de 1998 llegó frío a los bosques del noreste, y con él llegaron ellos: nueve cuerpos, nueve voluntades, nueve formas distintas de entender la rabia.

El grupo se hacía llamar, sin demasiada ceremonia, «La Hermandad de la Ceniza Roja». No tenían membrete ni jerarquía, solo un acuerdo, y eran parte de ANTIFA. Para ellos el capital había construido el mundo con acero y sangre, y ellos iban a devolverle un poco de las dos cosas. El objetivo estaba fijado en Ohio: ‘General Dynamics Land Systems’, la planta de Lima, donde la compañía ensamblaba los tanques M1 Abrams —el acero del imperialismo norteamericano salido del corazón del Medio Oeste—. Una fábrica que vendía guerra y despedía obreros; el blanco perfecto para un grupo de izquierda que ya no creía en las urnas.

 

Eran nueve. Cuatro adultos y cinco jóvenes.

Derrick Allen, «el Rulo», cuarenta y siete años, era el líder. Ex fundidor de una acería que había quebrado en el 90, tenía los antebrazos gruesos como troncos y una barba entrecana que no se molestaba en cuidar. Había aprendido de explosivos trabajando en canteras y los había perfeccionado leyendo manuales que le prestaba un sindicato. Cargaba un AKM de calibre 7.62x39 mm, un fusil soviético brutal y confiable, y una Remington 870 del 12.

 

Darleen Anderson, cuarenta y uno, brasileña, médica de urgencias, era la que cosía a la gente cuando el mundo se rompía. Llevaba una Glock 17 de 9x19 mm Parabellum y un morral lleno de gasas, morfina y suturas. Hablaba poco y cortaba las discusiones como un bisturí.

 

Trent Sewell, «el Tanque», treinta y ocho, ex boxeador y estibador portuario, pesaba ciento veinte kilos y tenía una Beretta 92FS que parecía una pistola de juguete en su mano. Cuando se le acababan las balas, usaba un bate de béisbol de fresno.

 

Marta Kowalski, cincuenta y dos, nacida en Gdansk, historiadora, había visto el socialismo real caer y no había perdonado. Llevaba un M16A1 de 5.56x45 mm NATO, viejo pero aceitado.

 

Y los cinco jóvenes, la carne fresca:

Travis Kelse, veintidós, un pendejo con mecha rubia y mal genio, cargaba un AR-15 con cargadores de treinta. Disparaba primero y preguntaba después.

 

Katherine McKinney, veinte, punky, hacker de los viejos BBS, con una Glock 19 pegada a la cadera y una consigna siempre lista en la boca.

 

Thomas Young, «el Tomi», diecinueve, poeta, Sewell, con un Remington 870 que apenas sabía cargar sin lastimarse el pulgar.

 

Pam Logan, veinticuatro, estudiante de paramédica, con un revólver .38 Special de cañón corto que le había regalado su abuelo.

 

David Cheng, veintiuno, skater, con un SKS de 7.62x39 mm y una obsesión insana por los machetes.

 

Eran nueve. Y el lago se llama Crystal Lake.

 

II.

LA CARGA

La primera noche levantaron el campamento entre los pinos, a unos ochenta metros de la orilla. Un camión pickup oxidado, dos carpas grandes, una mesa de madera improvisada. Sobre la mesa, el corazón de la operación: los explosivos.

Derrick abrió un saco y lo volcó sobre un balde. Granos blancos, brillantes, como sal gruesa.

 

—«Nitrato de amonio» —dijo, y nadie preguntó porque ya lo sabían—. «Grado agrícola. Esto es fertilizante, pero también es lo que usaron en Texas City, en Beirut, en Oklahoma. Con esto se vuela media montaña».

 

—«¿Y el diesel?» —preguntó Tomi, en cuclillas.

 

—«El diesel es el combustible. La receta es vieja y es sagrada: 94.5 por ciento de nitrato, 5.5 por ciento de gasoil. Se llama ANFO. 'Ammonium Nitrate Fuel Oil'. La velocidad de detonación ronda los tres mil metros por segundo». —Derrick sonrió sin alegría—. «Tres kilómetros por segundo, pendejo. Más rápido que cualquier bala que vayas a disparar».

 

Vertió un litro y medio de gasoil en el balde y revolvió con una pala. El ANFO quedaba gris, apelmazado, con olor a taller. Lo embutió en un tambor plástico de veinticinco kilos.

 

—«El ANFO es insensible, eso es lo bueno. Puedes patearlo, dejarlo bajo la lluvia, lo que sea. Pero por eso mismo necesita un cebo fuerte para detonar». —Levantó una cápsula plateada del tamaño de un dedo—. «Fulminante eléctrico número 8. Y este es el cebo real».

 

Mostró un bloque blanco y blando que podía amasarse con los dedos.

 

—«Composición C-4. Noventa y uno por ciento de RDX, el resto plastificante. Ocho mil metros por segundo. Esto sí despierta a cualquiera. Y esto...» —desenrolló un cable amarillo y Sewell— «es cordón detonante, alma de PETN, siete mil metros por segundo. El detonante viaja por acá, la C-4 golpea el ANFO, y el ANFO hace el resto».

 

Katherine levantó la vista del fuego.

—«¿Y lo vamos a tirar al lago?»

 

—«Sí» —dijo Derrick—. «En el centro. Con la balsa y el carrete de cable hasta la orilla. Una detonación bajo el agua no suena como en tierra. Suena apagada, sorda, como si el lago te tragara el ruido. Pero la onda de choque viaja lejísimos, kilómetros... bajo el agua el sonido no encuentra dónde escaparse».

 

Travis Kelse escupió al fuego.

—«Ojalá despierte a algo... para probar nuestras armas».

 

Se rieron. No sabían que Travis tenía razón.

 

III.

LA EXPLOSIÓN

A las once y veinte de la noche, Derrick y Cheng salieron en una canoa de aluminio con el tambor de ANFO amarrado a una balsa de bidones. Remaron hasta el centro del lago, donde el agua era negra y quieta como vidrio. Dejaron caer el tambor... y este se hundió hasta quedar suspendido a metro y medio bajo la superficie, meciéndose.

Volvieron a la orilla. Derrick desenrolló los sesenta metros de cable, lo conectó a una vieja caja de voladura de manivela, y respiró.

—«Cuenten conmigo» —dijo—. «Tres. Dos. Uno».

 

Giró la manivela.

No hubo estruendo. Hubo un golpe, un puñetazo en el pecho de todos, un trueno apagado que subió por los huesos. El lago entero tembló, una columna de agua negra se levantó doce metros, blanca de espuma, y cayó de vuelta en lluvia. La onda expansiva corrió por el fondo como una serpiente, rebotó en los bajíos, y siguió, y siguió, adentrándose en las profundidades.

Los nueve gritaron. Se abrazaron. Katherine insultó a ‘General Dynamics’ con un grito ronco. Tomi lloró de gusto.

Y a ciento cuarenta metros de la orilla, en el fondo del lago, entre el légamo y los restos de un viejo campamento hundido, algo abrió los ojos.

Jason Voorhees se despertó.

 

IV.

EL PRIMERO

«Tomi» fue el primero, porque los poetas siempre se distraen.

A la una de la mañana estaba de guardia junto al agua, con la escopeta cruzada sobre el pecho, mirando la luna reflejada en el lago. No escuchó pasos. Jason no hacía ruido.

Una mano enorme, gris y húmeda, le cubrió la boca, la otra le sostuvo la nuca. Tomi quiso girar y no pudo... sintió un aliento frío con olor a podredumbre en la oreja.

El machete entró por debajo de la mandíbula, subió, partió el paladar, atravesó la lengua, siguió hasta la base del cráneo, y salió por la coronilla. La cabeza de Tomi quedó abierta como un libro, la cara partida en dos mitades que colgaban a los lados, el cerebro gris y rosado deslizándose hacia el pasto. Cayó de rodillas, después de bruces, y la sangre hizo un charco que se desparramó hacia la orilla, oscureciendo el agua.

Jason se agachó, le quitó la escopeta con la misma curiosidad con que un niño toma un juguete, y siguió caminando hacia el fuego.

Marta, inundada por el miedo apunta su arma y Jason sin vacilar toma la escopeta que llevaba y con ella le rompe la cabeza en pedazos. No hubo lucha, no hubo contienda, era una bestia contra una mariposa.

 

V.

LA LLUVIA DE PLOMO

Travis fue el que los despertó, porque vio la silueta y no pensó.

—«¡Hay alguien!» —gritó, y ya estaba levantando el AR-15.

 

Jason venía del bosque, alto como una puerta, con la máscara de hockey blanca y rota, la camisa verde hecha jirones, el machete goteando.

 

—«¡DETENTE, HIJO DE PUTA!» —gritó Katherine.

 

Jason no se detuvo.

Travis apretó el gatillo y vació medio cargador. El AR-15 de 5.56x45 mm escupió un chorro de fuego, el estruendo seco y agudo reventó el silencio, y las balas —tres gramos de acero a novecientos metros por segundo— agujerearon a Jason en el pecho, el hombro, el cuello. Le arrancaron trozos de tela, esquirlas de piel gris.

Jason siguió caminando. Un paso... y otro.

 

—«¡Le di! ¡LE DI EN EL PECHO!» —gritó Travis, y su voz temblaba.

 

—«¡Dispara, pendejo, dispara!» —rugió Derrick, y ya estaba con el AKM en el hombro.

 

Todo el campamento abrió fuego a la vez. El rugido fue ensordecedor. Cheng ametrallaba con el SKS, Darleen y Katherine vaciaban las Glocks, Trent la Beretta. Los fogonazos iluminaban la escena como relámpagos, y en cada destello la máscara blanca aparecía más cerca.

Jason recibió diez, veinte, treinta impactos. Sangre negra y espesa le brotaba de los agujeros, uno le atravesó la máscara y le salió por detrás del cráneo. Y él seguía.

 

—«¡No es humano!» —gritó Katherine—. «¡No es humano, no es humano!»

 

—«¡Entonces denle con todo hasta que se caiga ese hijo de puta!» —respondió Travis, cambiando el cargador con las manos temblorosas.

 

Jason Voorhees no cayó.

 

VI.

LA SEGADORA

Jason llegó al círculo de fuego y empezó a segar.

Katherine corrió y ese fue su último error en esta peligrosa tierra. Jason lanzó el machete girando y la hoja se le clavó en la espalda, entre los omóplatos, con tal fuerza que le salió por el esternón. Katherine cayó hacia adelante, partida por dentro, y la sangre le llenó los pulmones. Se arrastró dos metros con la hoja atravesada, tirando de ella como un ancla, hasta que se quedó quieta con la boca abierta.

Cheng corrió hacia ella con su propio machete, desenvainándolo como si fuera un samurái. Jason recuperó el suyo, y hubo un instante en que las dos hojas se encontraron, acero contra acero, y sonó un chasquido.

Cheng era rápido. Jason era fuerte.

El machete de Jason partió el antebrazo de Cheng a la altura del codo. La mano y el machete cayeron al pasto. Cheng gritó, miró el muñón chorreando, y después la hoja le entró por el hombro izquierdo y le bajó en diagonal hasta la cadera derecha. Lo cortó en dos planos que se separaron un segundo y después se desplomaron, el torso deslizándose del resto, las tripas saliendo en un racimo húmedo.

 

VII.

LA CABAÑA

Pam se había refugiado en la cabaña de la orilla, con el revólver .38 en las dos manos, la espalda contra la pared.

Jason no abrió la puerta. La arrancó.

La puerta de madera voló hacia adentro y Pam disparó seis veces, un tambor entero, seis estallidos secos que sonaron a nada después del infierno de afuera. Dos balas le dieron en la máscara. Jason la tomó de la cabeza como se toma una fruta.

La levantó y la miró...

Y le estrelló el cráneo contra el lavamanos de porcelana.

Una vez y el espejo estalló.

Dos veces y el cráneo se rajó.

Tres veces y el lavamanos se rompió, y la cabeza de Pam se hundió en la porcelana rota, y la sangre brotó de su nariz, su boca, sus oídos, y llenó el lavabo destrozado de sangre y pedazos astillados de hueso. La soltó... Pam quedó allí, desmadejada, con la cara destrozada dentro del lavamanos como si durmiera.

 

VIII.

EL TANQUE

Trent ya no tenía balas. La Beretta estaba vacía y caliente.

Agarró el bate de fresno y se plantó en medio del claro, las piernas abiertas, la barbilla hundida en el pecho.

 

—¡Ven, maldito hijo de puta! —le gritó—. ¡Ven, que acá hay un hombre!

 

Jason vino.

El bate le dio en la cabeza a Jason. Fue un golpe de boxeador, de cadera, con todo el peso del Tanque detrás. La máscara crujió. Jason tambaleó un paso.

Trent volvió a pegarle... y otra vez, en la cabeza, en el hombro, en las costillas. El madero del bate se astilló contra aquel cuerpo de piedra. Por un segundo —un solo segundo— pareció que el mundo tenía sentido.

Entonces Jason le agarró el bate con una mano y lo partió como un palillo.

Trent le pegó un puñetazo. Jason recibió el golpe, y devolvió uno. El puño de Jason le hundió la cara, la nariz se fue para adentro, los pómulos se rajaron, los dientes volaron. Trent cayó de rodillas, Jason le agarró la mandíbula inferior con una mano y la parte superior con la otra, y tiró. La mandíbula de Trent se desprendió con un chasquido de cartílago y un chorro de sangre, la lengua colgando, la garganta abierta al aire. «El Tanque» se desplomó sobre su propia cara deshecha.

 

IX.

Darleen

Darleen corrió hacia Trent, como siempre, como si todavía pudiera salvarlo.

Se arrodilló junto al cuerpo y buscó el pulso, y cuando vio la mandíbula colgando entendió que no había pulso que buscar. Se levantó, le disparó a Jason dos veces en la nuca con la Glock, y después Jason se giró.

Darleen no corrió. Se quedó.

—«¡Derrick!» —dijo, sin apartar los ojos de Jason—. «¡Se acabaron las balas! ¡Se acabaron!».

 

Jason avanzó. Darleen levantó la pistola vacía, con las dos manos, como una ofrenda.

Jason le pasó el machete por la cintura. No fue un corte, fue una sentencia. Darleen quedó cortada a la altura del ombligo, y su cuerpo superior se deslizó lentamente hacia un lado, las manos todavía sosteniendo la pistola, los ojos todavía abiertos, y después cayó. La mitad de abajo se mantuvo de pie un momento absurdo antes de derrumbarse también. La sangre y los intestinos se desparramaron sobre las raíces como un mantel de carnicería.

Y Derrick quedó solo.

 

X.

CARA A CARA

«El Rulo» tenía el AKM vacío, la escopeta con dos cartuchos del 12, y un machete... y en la cabeza, una idea.

Corrió hasta el tambor de gasoil y lo volcó. El diésel se derramó sobre el pasto, formando un charco que llegó hasta donde estaba Jason. Derrick metió un trapo en el pico del tambor, lo encendió, y pateó el tambor hacia el charco.

El fuego corrió por el diésel como un río naranja.

Jason quedó envuelto en llamas.

Por un momento fue una antorcha andante, un hombre de fuego con una máscara blanca que se ennegrecía, y el aire olía a carne quemada y a goma. Derrick aprovechó y le descargó la escopeta a quemarropa en el pecho. Dos cartuchos de postas 00, dieciocho proyectiles de ocho milímetros y medio, a tres metros. Jason retrocedió dos pasos. Se le abrió el pecho en un cráter negro.

Y, aun así, Jason no cayó.

Salió de las llamas caminando, humeando, chispeando. Se le caían jirones de piel como papel quemado. La máscara estaba derretida a medias, y debajo había una cara que no era del todo una cara: carne gris, un ojo blanco sin pupila.

Derrick tiró la escopeta y sacó el machete. Jason sacó el suyo.

 

—«¡VEN MALDITO!» —dijo Derrick, y escupió—. «¡Ven, que yo también soy del acero!»

 

Se encontraron frente a frente.

El primer choque de machetes sonó como una campana. Derrick era bueno; años de hacha y de fundición le habían dado muñeca. Esquivó un tajo, respondió con otro que le abrió el costado a Jason, se agachó, le cortó la parte posterior del muslo. Jason se movía como un tanque, lento pero implacable, y cada golpe que conectaba partía algo.

Jason le rompió la clavícula de un puñetazo. Derrick gritó, pero no soltó el machete. Le clavó la hoja en el cuello a Jason y la giró. Jason le agarró el brazo y se lo torció hasta que el codo sonó como una rama. Derrick tiró de la hoja con la otra mano, se la arrancó del cuello, y se la hundió de nuevo, esta vez en el ojo.

Jason rugió. Un rugido grave, húmedo, casi animal. Retrocedió. Sangre negra le caía por la máscara.

Derrick, con un brazo colgando y la clavícula partida, vio su última oportunidad: el poste de la carpa, una barra de hierro de dos metros que habían usado para sostener el toldo.

La agarró con la mano buena.

Y corrió.

Jason venía hacia él. Derrick corrió de frente, la barra por delante, y se la metió a Jason en el pecho, a la altura del corazón, con todo el peso del cuerpo y todo lo que le quedaba de vida. La barra entró, atravesó, y salió por la espalda de Jason. Lo clavó al tronco de un pino.

Derrick quedó pegado a él, respirando en su cara quemada, y sonrió.

—«Ahí... ahí te quería ver... hijo de...»

 

Jason, ensartado en el árbol, levantó el machete una última vez y le abrió la cabeza a Derrick de arriba abajo.

Derrick se soltó del poste, cayó al pasto boca arriba, y su sangre se mezcló con el diésel y con la de todos los demás. Los ojos se le quedaron abiertos en la noche, mirando el cielo.

Jason quedó clavado al pino, humeando, con la barra atravesándole el pecho. Estuvo así un largo rato.

Después se movió.

Jason Voorhees, con una lentitud horrible, se deslizó hacia adelante, la barra saliendo por su espalda, expulsando de paso a Travis, que cae al suelo como si fuera un muñeco de trapo. Caminó —renqueando, quemado, agujereado— hasta la orilla. Se metió en el lago... el agua negra le subió por las rodillas, la cintura, el pecho, y se hundió, y el lago lo tragó, y no dejó ni una burbuja.

Luego... solo silencio.

 

XI.

AMANECER

A las seis y diez de la mañana, dos guardabosques del servicio forestal, Hank Merrick y Dolores Pineda, hacían su ronda de otoño por el sector norte del lago. Llevaban café en termos y hacían chistes sobre el viejo campamento abandonado. Y después doblaron el recodo del sendero y se quedaron mudos.

El campamento era un matadero.

Pineda se llevó la mano a la boca. Merrick sacó la radio con dedos temblorosos. Había sangre por todos lados: en el pasto, en las carpas, en la cabaña. Un charco espeso, ya cuajado, marcaba el centro del claro. Los cuerpos estaban repartidos como si un carnicero loco hubiera trabajado toda la noche.

Un joven al que después identificarían como Thomas Young estaba de bruces junto al agua, con la cabeza partida en dos.

Una chica rubia —Katherine McKinney— yacía con un machete atravesándole el cuerpo.

Al lado, dos mitades de un mismo muchacho, David Cheng, separadas por el torso.

En la cabaña, una mujer joven doblada con el cráneo molido dentro de un lavamanos destrozado.

Cerca del fuego, un hombre enorme sin mandíbula, y a su lado una mujer cortada por la mitad, con una pistola vacía entre las manos.

Más allá, una mujer de pelo gris con un M16 al lado, el cráneo hundido.

Y en el medio del claro, un hombre de barba entrecana, con el brazo torcido y la cabeza abierta, tirado boca arriba, con una sonrisa todavía en la cara y un machete al lado.

Dentro del baño de la cabaña encontraron a un joven identificado como Travis Kelse... con un disparo en la boca.

Nueve personas. Nueve.

 

—«Dios mío» —susurró Pineda—. «¿Qué mierda sucedió aquí?

 

Merrick miró el tambor volcado, los cables, la caja de voladura.

—«Una bomba» —dijo—. «Voló algo en el lago. Y después... algo salió del agua».

 

Pineda siguió el rastro de sangre. Huellas grandes, descalzas, mojadas, que venían de la orilla, cruzaban el claro, y volvían a meterse en el lago.

Se acercó al borde. El agua estaba quieta, gris, sin viento. En el fondo, quién sabe a qué profundidad, dormía otra vez lo que no se podía matar.

 

—«Merrick» —dijo Pineda, sin dar la vuelta—. «¿Tú crees en las leyendas?»

 

Merrick miró a los nueve muertos, uno por uno.

—«Después de hoy» —contestó, y se sentó en el pasto porque las piernas no le daban—, «creo en lo que tú quieras».

 

En el lago, en la superficie negra y serena, algo se movió apenas... un círculo en el agua.

Y después nada.

 

FIN

 

Una historia original de horror escrita por: H.P. Hatecraft.

Basada en la franquicia estadounidense Friday the 13th.

Jason Voorhees fue creado por: Creado por Victor Miller, con contribuciones de Ron Kurz, Sean S. Cunningham y Tom Savini.

Historia basada en una idea de: Vëthriön Asathørn.

Portada diseñada por: Vëthriön Asathørn. Creada con AI.

Edición final: H.P. Hatecraft.