En el otoño
de su vida, Pedro caminaba como caminan los hombres que ya no buscan llegar
rápido a ninguna parte.
No era un
anciano derrotado, no. Era más bien alguien que había aprendido, con una
paciencia amarga, que el tiempo no se detiene por respeto a nadie. Y así, un
día se despierta con ansias de alejarse de la ciudad. Toma un bus y se va lo
más lejos que pudiera.
El bosque magallánico
lo recibía con esa indiferencia sagrada que tienen los árboles: no juzgan, no
preguntan, no consuelan. Solo están ahí, sin tiempo.
La lluvia
caía lenta, persistente, como si el cielo estuviera pensando.
Pedro
avanzaba entre el coirón húmedo, ese pasto áspero del sur que parece una
multitud de pequeñas lanzas verdes, y sentía cómo cada paso era una
conversación silenciosa con su propio cuerpo: las rodillas protestaban, la
espalda recordaba, el corazón seguía, terco, cumpliendo su oficio.
En un
momento se detuvo, miró al suelo… había una vara caída, una rama larga,
sencilla, sin grandeza. La recogió con cuidado, como si levantara algo más que
madera: como si levantara una tregua.
Apoyó el
peso en ella y continuó.
El sonido de
la lluvia era un idioma antiguo.
Pedro pensó
que, tal vez, la naturaleza era el único lugar donde uno podía desaparecer sin
drama.
Porque los
hombres… los hombres insisten en recordar. Insisten en explicar. Insisten en
interpretar hasta la última sombra, como si todo tuviera que significar algo
para merecer existir.
Pero el
bosque no interpretaba nada.
El bosque no
decía: «este hombre fue importante» ni decía: «este hombre fracasó».
Solo dejaba
que caminara.
Pedro
levantó el rostro. Las gotas le golpeaban la frente como dedos fríos. Y
entonces, como un pensamiento que no era exactamente suyo, como una frase
escrita en alguna parte del mundo antes de que él naciera, se dijo:
«Cuando la hierba crezca encima de mi
sepultura, sea esa la señal para que me olviden del todo».
No lo sintió
como tristeza. Lo sintió como descanso. Porque ser olvidado, al final, no era
un castigo… era una forma de liberación.
«La Naturaleza nunca recuerda, y por eso es
bella».
La memoria
humana es una jaula: guarda nombres, heridas, orgullos, errores.
La naturaleza,
en cambio, no guarda nada, solo transforma.
La lluvia no
recuerda a quién moja.
El musgo no
recuerda la piedra que cubre.
El árbol no
recuerda el pájaro que se fue.
Y, sin
embargo, todo sigue.
Pedro se
detuvo junto a un claro. Desde un gran cerro observa el horizonte, la planicie
lejana y el Estrecho de Magallanes, y suspira profundo, como si dejara escapar
algo que lo consumía. El coirón dulce se movía con el viento como un mar verde
oscuro. Imaginó, por un instante, su cuerpo bajo la tierra. No como un horror,
sino como un retorno. La hierba creciendo, la vida usando su ausencia como
abono. Y pensó:
«Y si tuvieran la necesidad enfermiza de
interpretar la hierba verde sobre mi sepultura, digan que yo sigo reverdeciendo
y siendo natural».
Eso era
todo. No un monumento, ni una historia eterna, ni una estatua. Solo hierba, solo
lluvia. Solo el mundo continuando sin su nombre, sin su biografía, sin su
ruido, sin su viento interno.
Pedro apoyó
su mano en la vara, respiró hondo y siguió caminando. El bosque lo envolvió
otra vez. Y en esa caminata lenta, bajo el cielo gris, comprendió algo simple y
brutal:
«La verdadera paz no está en ser recordado,
está en volver a ser parte de lo que nunca recuerda, pero que siempre renace».
Un cuento
reflexivo basado en el poema: «Cuando la hierba crezca encima de mi sepultura»
de Alberto Caeiro.
Este cuento
es una idea original de: vikingodemagellan.blogspot.com
Edición
final: Jarl Asathørn.
