martes, 10 de febrero de 2026

Cuando la hierba crezca encima de mi sepultura [Cuento]

 


En el otoño de su vida, Pedro caminaba como caminan los hombres que ya no buscan llegar rápido a ninguna parte.

No era un anciano derrotado, no. Era más bien alguien que había aprendido, con una paciencia amarga, que el tiempo no se detiene por respeto a nadie. Y así, un día se despierta con ansias de alejarse de la ciudad. Toma un bus y se va lo más lejos que pudiera.

El bosque magallánico lo recibía con esa indiferencia sagrada que tienen los árboles: no juzgan, no preguntan, no consuelan. Solo están ahí, sin tiempo.

La lluvia caía lenta, persistente, como si el cielo estuviera pensando.

Pedro avanzaba entre el coirón húmedo, ese pasto áspero del sur que parece una multitud de pequeñas lanzas verdes, y sentía cómo cada paso era una conversación silenciosa con su propio cuerpo: las rodillas protestaban, la espalda recordaba, el corazón seguía, terco, cumpliendo su oficio.

 

En un momento se detuvo, miró al suelo… había una vara caída, una rama larga, sencilla, sin grandeza. La recogió con cuidado, como si levantara algo más que madera: como si levantara una tregua.

Apoyó el peso en ella y continuó.

El sonido de la lluvia era un idioma antiguo.

Pedro pensó que, tal vez, la naturaleza era el único lugar donde uno podía desaparecer sin drama.

Porque los hombres… los hombres insisten en recordar. Insisten en explicar. Insisten en interpretar hasta la última sombra, como si todo tuviera que significar algo para merecer existir.

Pero el bosque no interpretaba nada.

El bosque no decía: «este hombre fue importante» ni decía: «este hombre fracasó».

Solo dejaba que caminara.

 

Pedro levantó el rostro. Las gotas le golpeaban la frente como dedos fríos. Y entonces, como un pensamiento que no era exactamente suyo, como una frase escrita en alguna parte del mundo antes de que él naciera, se dijo:

«Cuando la hierba crezca encima de mi sepultura, sea esa la señal para que me olviden del todo».

 

No lo sintió como tristeza. Lo sintió como descanso. Porque ser olvidado, al final, no era un castigo… era una forma de liberación.

 

«La Naturaleza nunca recuerda, y por eso es bella».

 

La memoria humana es una jaula: guarda nombres, heridas, orgullos, errores.

La naturaleza, en cambio, no guarda nada, solo transforma.

La lluvia no recuerda a quién moja.

El musgo no recuerda la piedra que cubre.

El árbol no recuerda el pájaro que se fue.

Y, sin embargo, todo sigue.

 

Pedro se detuvo junto a un claro. Desde un gran cerro observa el horizonte, la planicie lejana y el Estrecho de Magallanes, y suspira profundo, como si dejara escapar algo que lo consumía. El coirón dulce se movía con el viento como un mar verde oscuro. Imaginó, por un instante, su cuerpo bajo la tierra. No como un horror, sino como un retorno. La hierba creciendo, la vida usando su ausencia como abono. Y pensó:

«Y si tuvieran la necesidad enfermiza de interpretar la hierba verde sobre mi sepultura, digan que yo sigo reverdeciendo y siendo natural».

Eso era todo. No un monumento, ni una historia eterna, ni una estatua. Solo hierba, solo lluvia. Solo el mundo continuando sin su nombre, sin su biografía, sin su ruido, sin su viento interno.

Pedro apoyó su mano en la vara, respiró hondo y siguió caminando. El bosque lo envolvió otra vez. Y en esa caminata lenta, bajo el cielo gris, comprendió algo simple y brutal:

«La verdadera paz no está en ser recordado, está en volver a ser parte de lo que nunca recuerda, pero que siempre renace».

 

 

Un cuento reflexivo basado en el poema: «Cuando la hierba crezca encima de mi sepultura» de Alberto Caeiro.

Este cuento es una idea original de: vikingodemagellan.blogspot.com

Edición final: Jarl Asathørn.