miércoles, 29 de abril de 2026

Umbra 00110001




«En la oscuridad encuentro un refugio de silencio y calma,

la noche se cierne densa, helada, como un páramo sin faz,

bajo el viento magallánico que azota y desgasta el alma,

y en su soplo de hielo perpetuo se resquebraja la paz.

 

Entre sombras y misterios levanto mi morada sin voz,

lejos del murmullo humano que corrompe todo sentido,

pues en cada rostro encuentro la misma máscara atroz,

y en su ruido vacío confirmo que nada ha sido.

 

Las estrellas arden frías, como clavos sobre el cielo gris,

iluminan sin consuelo este camino de escarcha infinita,

no prometen redención ni un destino feliz,

solo marcan la distancia de una existencia maldita.

 

La luna pálida observa, indiferente a mi condena,

derramando su luz muerta sobre la tierra desierta,

susurra verdades crueles que la razón no encadena,

y en cada palabra suya la esperanza queda muerta.

 

En el hielo austral respiro la soledad más pura,

un silencio que no acoge, sino que hiere y perfora,

no hay calor en lo desconocido, solo una grieta oscura,

donde el alma se disuelve y el tiempo se devora.

 

La oscuridad no redime, ni ofrece sendero alguno,

es un abismo sin fondo que devora toda intención,

no hay promesa en sus brazos, ni destino oportuno,

solo un eco interminable de fría negación.

 

Así me hundo en su manto, sin fe y sin regreso,

rechazando al hombre y su inútil ilusión,

porque en este sur helado todo final es el mismo proceso:

la lenta, inevitable y absoluta disolución».

 

Escrito por: Ian «Ülveer» Moone.

Portada creada por: Ian «Ülveer» Moone con la ayuda de AI.

Edición final: Vëthriön Asathørn.


sábado, 25 de abril de 2026

Crónicas del Fracaso Útil [El Menú Ché 2.0]






EL ASADO CHÉ 2.0:

CÓMO SER UN GOURMET EN LA ERA DEL BURRO

Una crónica de la nueva «gastronomía de supervivencia» en la tierra del asado.

 

ANTES                                                                                                                        DESPUÉS

Bienvenidos a la Argentina del 2026, el único país del mundo que logró transformar un símbolo patrio como el asado en una experiencia mística: todos saben que la güeá existe, pero nadie lo ve. En la tierra donde las vacas los superan en número, comerse un bife de chorizo hoy requiere más requisitos que sacar una visa para Marte. Pero no se desesperen —boludos del bolsillo flaco— el mercado, en su infinita y a veces cruel sabiduría, les ha traído la solución definitiva: la carne de burro. Y no hablo de su «burrezno» presidente precisamente.

 

EL BURRO:

EL NUEVO «INFLUENCER» DE LA CARNICERÍA TRASANDINA

Parece un chiste de mal gusto la güeá, pero es la realidad de su nueva canasta básica. Ante la estrepitosa caída del consumo de carne vacuna —que alcanzó su mínimo histórico en 20 años—, han decidido mirar con cariño a ese animal noble, orejudo y, sobre todo, barato y bien dotado.

Mientras que el kilo de peceto cotiza hoy como si fuera un mineral raro extraído de un asteroide, el burro se presenta como la alternativa «aguerrida» de la estepa patagónica. Si antes los argentinos decían: «sos un burro» como insulto, ahora es un halago gastronómico.

«Che, qué buen lomo tiene ese burro, ¿me hacés un lugarcito en la parricha?»

 

MANUAL DE ESTILO PARA EL NUEVO COMENSAL

Para aquellos que todavía tienen prejuicios carnívoros (los burrófilos, básicamente), aquí les dejo las ventajas competitivas de esta nueva dieta bajo la administración actual del motosierro de Milei:

Entrenamiento de Mandíbula: Olvídate de que la carne «se corte con la cuchara», eso va a estar más difícil que instalar una impresora sin emputecerte y agarrar a chuchadas a medio mundo. La carne de burro está diseñada para el argentino resistente, duro. Masticar un bife de estos durante 45 minutos no es comer, es hacer gimnasia facial. Ideal para fortalecer los músculos que usan para poner «cara de nada» cuando ven el resumen del banco o cuando su selección pierde ante Venezuela.

 

Ahorro en Especias: Dicen los que saben (o los que ya no tienen presupuesto para otra güeá) que el sabor es «intenso». Tan intenso que te olvidas de que tu sueldo no aumentó ni cagando, porque estás demasiado ocupado tratando de descifrar si la güeá que masticas es una suela de zapato o la oreja del animal o la corneta del mismo.

 

La Dieta del «Superávit»: El gobierno prosionista del vittuperkele de Milei dice que los números cierran. Y es verdad: cierran tan fuerte que le apretaron la guata al argentino común y corriente. Pasar de la vaca al burro es la transición lógica en su evolución económica.

Próxima parada en este viaje culinario: paloma al verdeo (si es que las palomas no emigran antes por falta de migas en las plazas po’ güeón).

 

EL RITUAL DEL DOMINGO:

¿QUÉ HAY HOY?

El tradicional asado de los domingos «achá» en Argentina ha mutado. Ahora el grupo de WhatsApp no pregunta «¿quién trae el bife?», sino «¿Cómo están las muelas para masticar hoy día?».

La escena es conmovedora po’ güeón:

El asador; con su delantal manchado de nostalgia; intenta explicarles a los invitados que ese corte fibroso y oscuro que está sobre las brasas es «Vaca que rebuzna» o «Novillo Vintage».

«No es que esté dura, boludos, es que es carne con carácter libertario. Es una carne que no se deja someter por el fuego fácilmente».

 

CONCLUSIÓN DE LA GÜEÁ:

UN PAÍS CON EMPUJE Y PATADAS



Mientras el consumo de carne vacuna cae un 10% solo en lo que va del año y los precios suben un 64%, el burro aparece como el héroe inesperado (Aquí hablo del animal, no de mí, a mí me dicen las minas ‘el burro’).

Toda esta güeá es el círculo perfecto de su economía: trabajan como burros para terminar comiendo... bueno, ya cachan la güeá.

Así que la próxima vez —boludos— que pasen por una carnicería y vean que el carnicero tiene una mirada perdida y un cuadro de «Platero y Yo» en la pared, no pregunten ni una güeá. Solo entreguen sus últimos pesos, llévense su kilo de «ternurro de orejas largas» y ¡disfruten boludos! Al fin y al cabo, en Argentina siempre les dijeron que había que «poner el pecho a las balas». Eso sí... nadie les aclaró que el pecho iba a ser de un equino de carga.

¡Buen provecho, y cuidado con los dientes y molares!

Cuando coman burro, bajen los tenedores y piensen: «Comer burro ¡Penca la güeá!» 😁

 

Nota: Este artículo trollish es una sátira basada en el debate actual sobre el consumo de carnes alternativas ante la crisis de precios en Argentina en 2026. Por ende... no se enojen, boludos.

¡DEJÁTE DE HISTORIAS!

 

FUENTES:

Memedroid (meme sobre Trump y Milei comiendo carne)

Escrito por: Olog-Krevalora.

Imagen diseñada por: Olog-Krevalora y creada con AI.

Edición masculina final: Olog-Krevalora. 

jueves, 23 de abril de 2026

The Tear in the Veil

 


Sé que lo que narraré a continuación puede sonar inverosímil, delirante incluso... pero es real. Tan real como el frío que ahora me atraviesa cada vez que recuerdo…

Sucedió el 6 de junio de 2025, en mi ciudad natal: Punta Arenas.

Mi nombre es Camila Dragošević…

… Ese día me desperté con una náusea sorda, no en el estómago, sino en el centro mismo de la mente. No era exactamente un mareo, era algo más profundo, más incorrecto… como si el fluido de mis oídos, ese que mantiene el equilibrio, se hubiera espesado con plomo líquido. Me senté en la cama y el mundo se inclinó un par de grados hacia la izquierda, manteniéndose así, de manera fija y desafiante. No era vértigo; era como si la gravedad misma hubiera cambiado sus leyes solo para mí, una pesadez física que se anclaba exactamente en el punto entre mis cejas, lo que se conoce como el entreojo. No era un dolor, sino una presión, como si alguien hubiera colocado allí un pequeño peso de plomo y lo estuviera hundiendo lentamente hacia mi cerebro, … era como si alguien hubiera incrustado a presión una moneda pequeña y densa, una moneda de un metal que no debería existir, entre el hueso frontal y la piel. Al tocarme, esperaba encontrar un bulto, una inflamación, pero no había nada. Solo la sensación implacable de esa masa invisible anclada allí, un tercer ojo ciego y pesado.

Al abrir los ojos, la luz grisácea del amanecer patagónico —ese tono perenne de cielo a punto de llover o de nevar— se filtró por la ventana, pero a mí pareció vibrar, como si estuviera viendo el mundo a través de una capa de agua estancada.

 

Al salir de casa, el aire cortante de la mañana me golpeó, pero el frío que sentí era interno. El aire gélido de Punta Arenas, que normalmente me despejaba con su filo antártico, se sintió distinto. No refrescaba; se adhería a la piel como una gasa húmeda. Caminaba por la avenida Bulnes, las botas crujiendo sobre la grava helada, cuando pasé frente a la casa de un vecino de la segunda cuadra. Su perro, un pastor alemán viejo y normalmente tranquilo llamado ‘Toby’, siempre ladraba un par de veces al ver pasar a alguien. Era un ritual. Pero esa mañana, Toby empezó a ladrar como siempre, y entonces, justo cuando yo estaba a medio paso frente a su jardín, se detuvo. No fue un ladrido que se apagó; fue un corte abrupto, como si alguien le hubiera apretado la garganta. El animal giró su cabeza hacia mí, sus ojos oscuros —antes curiosos— se ensancharon de una manera que no era animal, era de miedo. Retrocedió un paso, luego otro, arrastrando las patas sobre la tierra, y se metió bajo el porche, desapareciendo en la sombra. No gruñó, y no hizo ningún otro sonido. Solo retrocedió, como si yo hubiera emitido una frecuencia que sus instintos más antiguos identificaban como… incorrecta.

Un escalofrío, literal y tangible, recorrió mi espalda desde la base del cuello hasta la cintura. Un frío que nada tenía que ver con el viento austral. Era el frío del miedo sin objeto, un terror vacío que se instaló en mis huesos. Me quedé parada un instante, mirando la casa vacía del vecino, la puerta cerrada, el espacio donde Toby había estado. El silencio que dejó fue más estridente que cualquier ladrido.

 

Mi viaje a la Universidad de Magallanes (UMAG) ya no era tranquilo. Todo era extraño, pero no en una manera evidente. Era una extrañeza de sustitución. Cada detalle estaba afilado, pero mal. Los colores de las fachadas parecían haber perdido unos cuantos matices, como si alguien hubiera bajado la saturación del mundo. Los autos que pasaban parecían tener un sonido amortiguado, como si sus motores funcionaran bajo una capa de algodón. Los rostros de las personas que cruzaba en la calle no estaban distorsionados, pero sus miradas parecían deslizarse sobre mí sin registrarme realmente, como si yo fuera un punto de baja resolución en su campo visual. El propio edificio de la UMAG, su estructura rectangular y gris contra el cielo plomizo, pareció inclinarse levemente hacia la izquierda cuando me enfoqué en él, un efecto visual imperceptible que desapareció al parpadear. Y siempre, siempre, esa presión frontal, latiendo suavemente, un recordatorio constante de que algo dentro de mi cráneo no encajaba.

¿Qué pasó?

La mañana transcurrió en una sucesión de clases que sentí como conferencias dadas en un idioma que solo entendía a medias. Las palabras de los profesores llegaban a mis oídos, pero se desintegraban antes de llegar a mi comprensión. En el descanso entre la clase de Biología Celular y la de Introducción a la Filosofía, una fatiga abrumadora, más mental que física, me derribó. No era el cansancio de dormir mal; era como si mi conciencia estuviera gastando una energía enorme solo para mantenerse anclada a este momento, a este lugar.

Sin pensarlo, me dirigí a un pequeño patio de césped —un rectángulo de tierra verde artificialmente resistente— y me senté. El aire estaba quieto, demasiado quieto. Y entonces, empecé a parpadear. No fue algo consciente al principio. Era un tic, un reflejo. Pero luego me concentré en ello: parpadeaba rápido, repetitivamente, como solía hacer cuando era niña, creyendo que podía cambiar la realidad si lo hacía con suficiente velocidad. Rápido. Deliberadamente. No era yo quien lo hacía; era el peso entre mis cejas, pulsando, dictando el ritmo. Parpadeo. Oscuridad. Parpadeo. Luz gris. Parpadeo. Oscuridad. Parpadeo. Rostros borrosos de compañeros pasando. Parpadeo. Oscuridad. Parpadeaba para limpiar mi vista, para resetear el día, para expulsar la presión del entreojo. Once parpadeos. Doce. En el trece, algo cambió.

No fue un cambio gradual. Fue un corte repentino.

El cielo —ese mismo cielo gris plomizo de Punta Arenas— se oscureció de repente. No como si hubiera llegado la noche, sino como si alguien hubiera bajado un filtro de opacidad absoluta sobre el mundo. La luz no murió; fue succionada. Dejó un tono residual, un gris-ceniza profundo. El sonido del mundo se apagó. No quedó silencio, quedó una ausencia de sonido. Me levanté, las piernas respondieron automáticamente. El césped bajo mis pies no era césped; era una superficie fría, lisa, como de plástico negro.

Corrí hacia el edificio principal. Las puertas de vidrio estaban allí, pero al pasar por ellas, no hubo el habitual cambio de temperatura. El interior era igual que el exterior: gris, silencioso, muerto. Subí las escaleras hacia el aula de Filosofía. La puerta estaba abierta. Dentro, las sillas estaban vacías. Los escritorios, limpios. No había mochilas, no había papeles, no había el rastro humano del uso. En el centro del aula, la profesora —la Dra. Vargas— estaba de pie frente a su atril. Me miró. Su rostro era normal, pero sus ojos no tenían profundidad. Parecían impresos sobre su cara.

 

—«Camila» dijo, y su voz no resonó en el aula; llegó directamente a mis oídos, como un mensaje privado. —«Llegas tarde».

 

No pregunté dónde estaban los demás. No pregunté qué había pasado. Salí del aula lo más rápido que pude y bajé las escaleras. Mi cuerpo actuaba por instinto puro, el instinto de huir de un lugar que había dejado de ser un lugar confiable, ahora era aterrador.

Al salir al exterior nuevamente, me enfrenté a la nieve.

Pero no era nieve… caía del cielo oscuro —un cielo que ahora no podía ver porque la precipitación lo ocultaba completamente— en una cortina densa, silenciosa. No era blanca, era roja y gris, como si alguien hubiera mezclado cenizas de un incendio con sangre vieja y seca. Los copos no eran delicados; eran grumos, pequeños trozos viscosos que se acumulaban sobre el suelo con un sonido blando, repulsivo. Ya cubría las calles, los autos estacionados, los edificios, con una capa uniforme de varios centímetros. No había huellas. No había movimiento.

Y yo era la única que salía de la universidad.

El miedo que había estado latente se convirtió en pánico, un animal vivo que me rompió el pecho. Grité. «¡¿HAY ALGUIEN?!» Mi voz salió amortiguada, absorbida por la nieve roja. No hubo eco. Corrí. Mis pies se hundían en esa sustancia; no era fría como la nieve, era tibia y dejaba una sensación pegajosa en mis botas. Después de tanto correr y caminar las calles que conocía —Avenida Colón, Plaza Muñoz Gamero— eran solo esbozos bajo el manto rojizo. No había gente. No había autos. No había vida.

Entonces, entre la cortina constante de la nevada, vi siluetas.

No eran humanas. No eran animales. Eran formas indistintas, negras, que parecían estar hechas de la misma oscuridad que había succionado el cielo. Se movían lentamente entre los edificios, a lo lejos, como espectadores distantes. Y gruñían. No era un gruñido animal; era un sonido bajo, gutural, que parecía vibrar desde el suelo mismo, una frecuencia que hacía que mis dientes resonaran. No se acercaron. Solo observaban, desde la distancia mi carrera desesperada.

Corrí hasta mi casa, entre las calles Bulnes y Zenteno. La nieve roja cubría el techo, el jardín, todo. La puerta estaba cerrada pero no sellada; al entrar, el calor habitual de la casa había desaparecido. Estaba fría, tan fría como el exterior. Grité:

—«¡MAMÁ! ¡PAPÁ! ¡IGNACIO!».

Mi voz se desgarró en el vacío. Recorrí cada habitación. Vacías. La cocina tenía los platos del desayuno aún en la mesa, pero no había comida en ellos; solo un residuo seco, gris. La habitación de mi hermano menor tenía sus juguetes ordenados, pero parecían falsos, como modelos de plástico.

Me derrumbé en el suelo del living, junto al sofá donde siempre veíamos películas los fines de semana. El sollozo no fue inmediato; fue una explosión de desconsuelo total que me sacó todo el aire. Creía estar muerta… creía que esto era la muerte: un mundo duplicado pero vacío, una copia imperfecta y malévola donde yo era el único error consciente. O creía estar atrapada en una pesadilla tan profunda que había perforado la realidad misma. Lloré hasta que no me quedaron fuerzas. Lloré hasta que mi cuerpo, exhausto, se rindió.

El sueño me venció, pero no como un descanso, sino como un apagón total.

Cuando desperté, todo era normal.

La luz de la mañana entraba por mi ventana, tibia y amarilla. El sonido del viento patagónico rozaba los vidrios. Me senté en la cama. Mi cabeza estaba clara. La presión en el entreojo había desaparecido. Bajé las escaleras. En la cocina, mi madre estaba preparando café. Mi padre leía el diario. Ignacio jugaba con su tablet en la mesa.

 

—«Camila», dijo mi madre, mirándome con una leve preocupación. —«¿Te sentías bien? Anoche parecías un poco… distante».

 

—«Sí», respondí, mi voz sorprendentemente firme. —«Solo estaba cansada».

 

—«Mi amor, ¿Te sientes mejor?, me pregunta algo seria.

 

—«Sí mamá, no te preocupes. Ahora… me siento mejor».

 

Sentí un profundo alivio, como si hubiera escapado de algo horrible, pero onírico, de pesadilla. Abracé fuertemente a mi madre, desayuné y salí.

Todo había vuelto. El perro Toby ladró alegremente cuando pasé frente a su casa en mi camino a la universidad. Los autos sonaban como autos. Las personas me miraban y algunas incluso sonreían. La UMAG estaba recta, sólida, llena de estudiantes que charlaban y corrían.

Pero lo extraño —lo profundamente, devastadoramente extraño— fue que todo había cambiado sin que el mundo pareciera notarlo.

En mi clase de Biología Celular, el profesor habló de una nueva tarea: un informe sobre mitosis que debía entregarse el 12 de junio. Yo nunca había escuchado mencionar esa tarea antes. En mi mochila, los materiales eran distintos: tenía un cuaderno nuevo, de color verde, que yo no había comprado. Mis apuntes del día anterior (del 6 de junio) habían desaparecido; en su lugar había notas sobre temas que no recordaba haber visto.

Revisé mi reloj digital: marcaba 10:30 AM. Pero cuando miré la pared del aula donde había un calendario grande, la fecha señalada con un círculo rojo que era 9 de junio.

De pronto, sentí una fuerte ola de horror en mi interior, mi corazón se detuvo por un instante.

Lo último que recordaba con claridad era haberme sentado en el césped el 6 de junio, parpadeando rápido.

Busqué en mi mochila con manos torpes. No era la misma mochila. Esta tenía un pequeño rasguño en la parte inferior que mi mochila anterior no tenía. Dentro, encontré una tarjeta de biblioteca con fecha de emisión del 8 de junio.

Mi sorpresa iba en aumento… tres días. Habían pasado tres días sin que yo los viviera… o sí los había vivido, pero… en otro lugar. En ese lugar de nieve roja y gris, de siluetas gruñendo, de aulas vacías y casas sin vida.

Durante el resto del día, funcioné como un autómata. Sonreí cuando era necesario. Respondí preguntas en clase… pero mi mente estaba dividida en dos realidades: la tangible, normal, de este 9 de junio; y la memoria vívida, horrorosa, del 6 de junio desgarrado.

 

Al volver a casa esa tarde, me senté frente a mi computadora y abrí mi historial de navegación. No había actividad registrada entre el 6 y el 9 de junio. Mis mensajes tampoco mostraban conversaciones durante esos días. Para el mundo, yo había estado aquí, presente. Para mí, había estado… en otro lugar.

¿Estaba en otra dimensión? ¿Un plano paralelo donde el tiempo fluía diferente, donde la realidad era una copia corrupta?

¿O era un engaño de mi mente? ¿Un lapsus psicótico masivo donde construí una realidad alternativa tan detallada para cubrir tres días de ausencia mental?

La Dra. Vargas, en Filosofía, habló ese día sobre la naturaleza del tiempo y la memoria. Citó a un filósofo: «El tiempo no es lo que vivimos, es lo que recordamos».

Yo había vivido tres días. Pero no los recordaba.

Lo único que recordaba era el parpadeo rápido, el cielo oscurecido de repente, la nieve que no era nieve, y el gruñido de las siluetas en la tormenta.

Y la presión en mi entreojo había vuelto, leve pero persistente, como un recordatorio sordo… como una herida en el tiempo-no tiempo que aún no había cicatrizado.




 

• Historia creada por: Vëthriön Asathørn.

• Basada en un micro relato «verídico» de: © Denpants / Reddit.

• Imagen de la portada diseñada por: Vëthriön Asathørn.

• Imagen de la portada creada con AI.

Es muy posible que esta historia tenga una secuela.



martes, 21 de abril de 2026

Trollish News [Kast: 52 Días]



PRIMER MES DE KAST:

ENTRE RETROEXCAVADORAS, CONFERENCIAS TENSAS Y LA HISTERIA PERMANENTE DE SIEMPRE

Apenas ha pasado un mes y nueve días desde que José Antonio Kast llegó a La Moneda, y el ambiente político chileno ya parece una mezcla entre una sala de crisis, un panel de televisión de las once de la noche y una pelea eterna en redes sociales, donde cada sector intenta convencerse de que el país se acabó… o que recién comenzó a salvarse.

Porque si algo ha quedado claro en estas primeras semanas, es que este gobierno decidió instalar una lógica completamente distinta a la del experimento progresista anterior: menos poesía institucional, menos performance moral, y bastante más énfasis en el orden, control y autoridad. El problema es que gobernar no consiste solamente en tener convicciones; también exige algo que en Chile suele escasear peligrosamente: prolijidad política.

Y ahí aparece uno de los primeros problemas del gobierno.

 

LA MINISTRA SEDINI Y EL ARTE DE COMPLICAR LO SIMPLE

La ministra vocera Mara Sedini ha logrado en apenas semanas algo que no todos consiguen en años: transformar mensajes simples en incendios comunicacionales completamente innecesarios.

En vez de ordenar el relato del gobierno, varias de sus intervenciones han parecido ejercicios de improvisación ideológica con micrófono abierto. 

Donde el Ejecutivo necesitaba claridad, ella entregó frases ambiguas. 

Donde se requería firmeza, apareció la confusión. 

Y donde bastaba explicar una medida concreta, terminó generando titulares que obligaron a otros ministros a salir a «aclarar lo que quiso decir».

Y en política chilena, cuando un ministro tiene que explicar a otro ministro, significa una sola cosa: alguien habló de más.

El problema no es sólo el error puntual. El problema es que en un gobierno que prometió orden, la vocería no puede transformarse en un pequeño laboratorio semanal de desorden verbal incomprensible al estilo guru-guru.

Porque una cosa es ser frontal y otra muy distinta es parecer que cada conferencia de prensa fue ensayada cinco minutos antes en el estacionamiento.

 

LOS SEREMIS FUGACES:

CUANDO ALGUNOS DURARON MENOS QUE UN ESCÁNDALO EN TWITTER

Otro síntoma del primer mes sísmico de Kast ha sido la rápida caída de algunos SEREMIS, varios destituidos antes de que la ciudadanía siquiera alcanzara a memorizar sus nombres. 15 seremis renunciaron o no asumieron sus puestos. 

Y para completar el surrealismo administrativo chileno, incluso hubo un caso de un SEREMI que simplemente dejó de aparecer. No fue una gran renuncia. No fue una salida institucional. No fue una abducción alienígena. Y no hubo una explicación elaborada.

Simplemente dejó de ir.

¿Quién es este gasparín de la política chilensis?

Se trata del secretario regional ministerial de Energía, Patrick Dungan Alvear, quien sencillamente no apareció más en su trabajo.

Desde el lunes 13 de abril, Dungan «se ausentó de su oficina sin entregar justificaciones oficiales ni formales al Ministerio de Energía ni tampoco a la Delegación Presidencial de La Araucanía», reportó esta última repartición en un comunicado.

Pero no es todo, la autoridad tampoco ha respondido llamadas. «Hemos intentado contactarlo, pero no ha contestado el teléfono», indicaron desde la delegación.

En cualquier empresa privada eso se llama abandono laboral.

En el Estado chileno, al parecer, puede convertirse en una anécdota burocrática más.

El problema de estas salidas no es sólo la torpeza en los nombramientos, es el contraste brutal con el discurso de campaña. Cuando se promete eficiencia quirúrgica, pero en la práctica aparecen errores de selección tan básicos, la oposición encuentra munición gratis para disparar.

Y la oposición en Chile podrá estar ideológicamente agotada, pero cuando ve una torpeza ajena, revive de inmediato… como Lázaro bíblico.

 

LAS ZANJAS DEL NORTE:

POLÉMICAS PARA ALGUNOS, SENTIDO COMÚN PARA OTROS



Uno de los símbolos más comentados del primer mes ha sido la construcción de zanjas en la frontera norte para frenar el ingreso irregular, y eso es algo que muchos aplaudimos.

La izquierda reaccionó como si el gobierno hubiera decidido reconstruir el Imperio Romano en Arica o estuviera creando un nuevo muro de Berlín, pero para una parte importante de la ciudadanía la medida tiene una lógica bastante simple: si durante años la frontera fue tratada como una sugerencia geográfica más que como una frontera real, era cuestión de tiempo antes de que alguien decidiera hacer algo visible.

Las zanjas no son una solución mágica.

No reemplazan inteligencia.

No reemplazan coordinación policial.

No reemplazan diplomacia regional.

Pero sí cumplen algo importante en política: envían una señal clara y precisa.

Y en un país donde durante años el Estado parecía mirar hacia otro lado mientras el descontrol migratorio crecía, la señal política importa tanto como la medida misma.

Para algunos será una exageración.

Para otros, es apenas el comienzo de lo que debió hacerse hace años.

 

EL VUELO DEL JUEVES:

EL GESTO POLÍTICO QUE EL GOBIERNO NECESITABA



El jueves pasado (17-04-2026), el gobierno concretó uno de los gestos más esperados de este inicio de mandato: un vuelo de expulsión con inmigrantes en situación irregular y personas con antecedentes delictuales. [1]

En total, 40 personas –oriundas de Bolivia, Ecuador y Colombia– fueron deportadas en un avión de la Fuerza Aérea chilena con destino a sus países de origen.

Más allá del número, lo relevante fue el mensaje.

Durante años, la expulsión de extranjeros con órdenes pendientes terminó convirtiéndose en una especie de mito administrativo chileno: todos hablaban de ella, nadie la ejecutaba con premura.

Esta vez sí ocurrió. Y aunque por supuesto un solo vuelo no resuelve la crisis migratoria, el gobierno entendió algo fundamental: la política también se construye con símbolos concretos.

Para quienes votaron por Kast esperando control fronterizo, ese avión no fue solamente un operativo, fue una señal de cumplimiento.

Para sus críticos, en cambio, fue poco, tardío o simplemente una puesta en escena.

En Chile, incluso cuando el gobierno de Kast hace exactamente lo que prometió, igual aparece alguien (siempre es un izquierdista) diciendo que lo hizo mal por haberlo hecho. Palo porque bogas, palo porque no bogas.

 

LA IZQUIERDA Y SU DEPORTE FAVORITO: INDIGNARSE POR ABSOLUTAMENTE TODO

Si algo tampoco ha cambiado, es la reacción automática de la izquierda frente al nuevo gobierno.

Kast puede anunciar una política fiscal: escándalo.

Kast puede hablar de seguridad: escándalo.

Kast puede cerrar una puerta: riesgo para la democracia.

Kast puede estornudar: avance del fascismo respiratorio. 

La oposición parece haber entrado en una fase donde cada gesto del gobierno es presentado como una amenaza existencial para la República. Y eso, aunque puede servir para movilizar a sus sectores más duros, también tiene un problema evidente: cuando todo es una catástrofe, nada termina siendo realmente una catástrofe.

La sobreactuación permanente de la izquierda desgasta, enoja y aburre al ciudadano común y corriente.

Y en política, el exceso de dramatismo muchas veces termina fortaleciendo justamente al adversario que se quería debilitar. Ojo con ese detalle.

 

LA HERENCIA INCÓMODA Y EL PROBLEMA REAL QUE VIENE

El gran desafío para Kast no está sólo en controlar la inmigración o en ordenar el aparato estatal, está en algo mucho más complejo: gobernar un país fiscalmente debilitado.

Porque durante 4 años el progresismo izquierdista chileno se dedicó a expandir gasto, multiplicar estructuras, inflar discursos y administrar el Estado como si la billetera pública fuera una fuente infinita de recursos (Gracias Boric), hoy la realidad es otra.

Las arcas fiscales quedaron tensas.

La inversión sigue frágil.

La confianza sigue golpeada.

Y encima el escenario internacional comienza a tensionarse por una nueva crisis energética mundial vinculado al petróleo.

Ese problema no lo creó Kast. Pero sí le tocará enfrentarlo.

Y ahí se acaba la campaña.

Ahí se acaba la retórica.

Ahí comienza el verdadero examen del actual gobierno.

Porque una cosa es ganar una elección prometiendo orden… otra muy distinta es intentar reconstruir un país cuando medio sistema político sigue atrapado en consignas del pasado mientras el mundo entero entra en una nueva etapa de incertidumbre.

Y en ese escenario, el primer mes no ha sido una respuesta definitiva.

Ha sido apenas el prólogo.

 

 

 

Fuentes:

[1]: interior.gob.cl/noticias/2026/04/16/gobierno-concreto-primer-vuelo-de-expulsion-de-migrantes-y-muestra-resultados-en-su-primer-mes/

France24.com

Eju.tv

latercera.com

Artículo: Dream Team de Trollish News.

Edición final: Vëthriön Asathørn.

  

domingo, 19 de abril de 2026

Rezyklon presenta: «The Misanthropist»



«Mi corazón es una roca áspera y dura,

azotada por la tempestad de innumerables golpes;

aunque parezca duro y frío,

también alberga sentimientos y pasiones.

 

El mundo puede mirar con desdén

al misántropo al pasar;

y pensar que, en su soledad,

es objeto de desprecio o de odio.

 

Pero desconocen la profundidad de la aflicción de su espíritu,

ni las amargas corrientes que fluyen en su interior;

desconocen las luchas que ha librado,

antes de aprender a mirar al mundo,

con ojos de desdén y corazón de acero,

que no siente ni por el amigo ni por el enemigo;

sino que permanece solo en su orgullo solitario,

como una columna de sal o un corazón de piedra.

 

En los días de mi juventud, cuando mi corazón era ligero,

y el mundo a mi alrededor era bello y brillante,

busqué un amigo sincero y bondadoso,

pero solo encontré un mundo de engaño.

 

Busqué un corazón puro y libre,

pero solo vi un mundo de corrupción;

busqué un amor santo y sublime,

pero huyó como las nubes de un cielo de verano.

 

Entonces me alejé de los lugares frecuentados por los hombres,

al valle solitario y al valle silencioso;

y aprendí a ver el mundo, al fin,

como algo de un pasado oscuro y amargo.

 

Y ahora estoy solo y libre,

como la roca azotada por el mar inquieto;

con un corazón de acero y una mirada de desprecio,

por el mundo y los seres que en él nacen».

 

Poema: The Misanthropist de James Monroe Whitfield.

Edición final: Vëthriön Asathørn.