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jueves, 17 de septiembre de 2026

Kvpvka [Una historia de horror basada en una leyenda chilena]




KVPVKA: LA DUEÑA DE LA MONTAÑA

 

I.

LA DESAPARICIÓN

Pedro Alcázar no era un hombre supersticioso, llevaba 30 años cuidando ganado en las faldas del Lonquimay le habían enseñado que la montaña no era mágica, solo implacable. Pero cuando los tres perros ovejeros —Rocky, Toby y el viejo Copo— desaparecieron sin dejar rastro ni ladrido, sintió por primera vez que algo más que el frío se filtraba entre los pinos.

Había nevado temprano ese año de 1987. La ceniza volcánica de la erupción de dos años atrás aún teñía de gris oscuro los claros del bosque, creando un paisaje lunar, desolado. Pedro había caminado desde antes del amanecer, siguiendo las huellas de los animales hasta donde la tierra congelada las borró por completo.

 

—«¡Rocky! ¡Copo!... ¡Toby!» —gritó hasta que la garganta le sangró.

 

El eco respondió con una distorsión extraña, como si la montaña misma estuviera burlándose de él, devolviendo su voz convertida en algo gutural, antinatural.

El sol se ocultó tras los cerros con una premura que heló la sangre de Pedro. No tenía linterna, no tenía provisiones más allá de un poco de charqui y un termo con mate dulce. La temperatura caería bajo cero en cuestión de horas, y el viento del sur traía consigo el olor metálico de la nieve venidera.

Encontró una grieta en la roca basáltica, lo suficientemente profunda para protegerlo del viento. Mientras amontonaba ramas secas para un fuego que no lograba encender, vio la luz, danzaba entre los árboles, a unos trescientos metros de altura, donde el bosque se volvía imposible. Y ahí había una fogata, no una fogata común, sino con una llama azulada, casi eléctrica, que pulsaba con ritmo cardíaco... y alrededor de ella, una silueta.

Pedro se puso de pie, ignorando el dolor de las rodillas artríticas. La figura giraba, giraba, giraba, no caminaba hacia ella; sus pies se movían solos, como arrastrados por un hilo invisible. La montaña quería que él viera.

 

II.

LA MORADA DE LOS DOS DEDOS

La anciana no parecía humana a contraluz. Su silueta era incorrecta: demasiado alta, demasiado delgada, con extremidades que se doblaban en ángulos que no correspondían a anatomía conocida. Pero cuando Pedro llegó al claro, vio una mujer vieja, arrugada como una manzana seca, vestida con trapos de lana teñida con barba de roble y sangre de mineral.

 

—«Vienes por los perros» —dijo ella. Y no era pregunta.

 

Su voz sonaba como grava moviéndose bajo el agua de un arroyo helado.

 

—«Sí... señora. Se perdieron. ¿Los ha visto?»

 

La anciana sonrió. Tenía dientes demasiado blancos, demasiado numerosos, que no terminaban donde deberían terminar las encías.

—«Los tengo. Están bien. Tienen hambre, como tú».

 

Extendió una mano huesuda. En su palma había un pedazo de carne cruda, aún tibia, aun sangrando.

—«Come» —ordenó.

 

Pedro, que no había probado bocado en diez horas, aceptó. La carne era dulce, demasiado dulce, con un regusto metálico que le hizo querer vomitar, pero no podía. Sus músculos se relajaron de golpe. El frío desapareció. La anciana lo tomó de la mano —su piel era áspera como corteza de araucaria— y lo guio.

Su casa no estaba allí antes. Pedro estaba seguro de eso, había pasado por ese claro cientos de veces en su vida, pero ahora existía una estructura imposible: paredes de huesos de animales entretejidos con ramas, techo de pieles cosidas con tripas secas, una chimenea que exhalaba humo verdoso. Dentro, el calor era sofocante, casi doloroso.

Y la comida... Pedro nunca había visto tal abundancia, papas del tamaño de cabezas humanas, arvejas que brillaban con luz propia, maíz que olía a miel y carne podrida simultáneamente. Frascos con líquidos de colores imposibles, cajas rebosantes de monedas de oro y plata, joyas que no eran de este siglo ni del anterior.

 

—«Soy Kvpvka» —dijo la anciana mientras servía un caldo espeso en un cuenco hecho de cráneo de ciervo—. «Dueña de lo que la montaña traga... y tú eres... Pedro Alcázar, viudo, padre de cuatro hijos que duermen con hambre en tu choza de madera podrida».

 

Pedro no le había dicho su nombre. Ni lo de sus hijos.

—«¿Cómo...?»

 

—«La montaña me cuenta sus secretos» —Kvpvka se sentó frente a él, y por primera vez Pedro vio sus pies.

 

Estaban descalzos, ennegrecidos por la tierra y la savia. Y cada pie tenía exactamente dos dedos: un pulgar monstruosamente largo, articulado como un tentáculo, y otro dedo que se bifurcaba en tres puntas, terminando en uñas amarillentas, curvas como ganchos de carnicero.

 

—«¿Te molestan mis pies, hombre?» —la anciana inclinó la cabeza como un ave rapaz.

 

—«N... no, señora».

 

—«Mientes mal. Pero no importa. Tienes hambre. Tienes frío. Tienes hijos que morirán antes del invierno si sigues así». —Kvpvka extendió sus manos sobre la mesa—. «Tráelos. Aquí hay de todo. Aquí no se muere nadie de hambre. Aquí... se vive para siempre».

 

Pedro debería haber corrido, debería haber escalado por los acantilados, roto sus piernas en el intento, muerto y congelado antes de aceptar. Pero la carne que había comido se movía en su estómago, extendiendo raíces hacia su cerebro, y cuando miró a Kvpvka no vio una bruja sino su salvación.

 

III.

LA FAMILIA REUNIDA

Tres días después, Pedro regresó con sus hijos.

María, la mayor, once años, hermosa como su madre muerta. Tomás, nueve, con el cuerpo pequeño pero la fuerza de quien ha trabajado desde los cinco. Lucía, siete, que aún hablaba con su muñeca de trapo como si fuera real. Y el pequeño Samuel, cuatro años, con risa contagiosa y miedo a la oscuridad.

La choza de Kvpvka había crecido, ahora tenía habitaciones, camas de paja y plumas, una cocina que nunca se enfriaba. Los niños comieron hasta vomitar, y luego comieron más. Kvpvka los observaba con ojos que en la luz del fuego parecían tener pupilas verticales, como las de los gatos, pero negras, absolutamente negras.

 

—«¿Son tus hijos?» —preguntó Kvpvka esa primera noche, cuando los niños dormían en una habitación aparte.

 

—«Sí» —Pedro había bebido algo que la anciana llamaba "chicha de la montaña", y su lengua se sentía pesada, su juicio nublado—. «María es la responsable. Tomás es el fuerte. Lucía... Lucía es especial... habla con cosas que no están. Y Samuel... Samuel es el más pequeño. Mi consentido».

 

Kvpvka acarició la mejilla de Pedro con sus dedos ásperos.

—«Los perros están bien» —dijo de repente—. «Están conmigo... siempre estarán conmigo, como tú... como tus hijos».

 

Algo en la forma en que dijo «siempre» debería haber alertado a Pedro, pero la bebida era fuerte, y Kvpvka, a la luz tenue, parecía casi hermosa en su extrañeza. Casi maternal.

 

Pasaron dos semanas de abundancia sobrenatural, los niños engordaron, sus mejillas recuperaron el color. María dejó de tener pesadillas sobre la muerte de su madre. Tomás dejó de despertarse llorando por hambre. Incluso Lucía parecía más contenta, aunque su muñeca de trapo ahora la miraba con ojos que Pedro juraba haber bordado cerrados.

Kvpvka y Pedro se «casaron» en una ceremonia que la anciana realizó a medianoche, rodeada de animales muertos que se levantaban para danzar. Pedro no recordaba haber dicho «sí», pero despertó con un anillo de hueso en el dedo, y Kvpvka a su lado, y la sensación de que algo dentro de él había sido extraído y reemplazado por algo frío y húmedo.

 

Fue la tercera semana cuando ocurrió.

 

IV.

LOS DOS DEDOS

Samuel se había despertado para orinar, y la casa tenía un retrete improvisado en el exterior, pero la noche era fría y el niño tenía miedo de la oscuridad. Caminó descalzo por el pasillo, buscando a su padre, cuando vio la puerta entreabierta de la habitación de Kvpvka.

La anciana estaba despierta, sentada en el borde de su cama, frotándose los pies con una pomada que olía a rancio y a flores marchitas. Sus pies descalzos estaban completamente visibles a la luz de la luna que entraba por la ventana.

Samuel, con la inocencia brutal de los cuatro años, soltó una risa.

 

—«¡Miren!» —gritó, despertando a sus hermanos que dormían en la habitación contigua—. «¡La viejita tiene sólo dos dedos feos! ¡Parece un ave de rapiña! ¡Creaak, creaak!».

 

María salió corriendo, intentando tapar la boca de su hermano, pero era tarde.

Kvpvka se quedó inmóvil. Por un segundo, pareció que el tiempo mismo se había detenido. Luego, lentamente, giró su cabeza hacia los niños, su cuello se extendió, crujiendo como madera verde en el fuego, hasta que su cara quedó al revés, mirándolos con ojos que ahora brillaban con luz propia, verde y putrefacta.

 

—«¿Dos dedos?» —su voz ya no era humana. Era el sonido de la tierra moviéndose en una avalancha, de las raíces rompiendo huesos en el subsuelo—. «¿Sólo dos?»

 

Se puso de pie... su cuerpo se alargó, estirándose como masa de pan, hasta que tocó el techo con la cabeza. Sus brazos colgaron hasta el suelo, terminando en manos que ahora tenían siete dedos cada una, todos ganchos, todos moviéndose independientemente.

 

—«Ven, niño» —dijo Kvpvka, y su boca se abrió hasta donde no debería llegar una mandíbula—. «Ven a contar mis dedos. Ven a contar los tuyos».

 

Samuel, finalmente comprendiendo el peligro, intentó correr, pero sus pies no respondían. Miró hacia abajo y vio que el piso de tierra apisonada se había vuelto viscoso, como barro, y lo absorbía hasta los tobillos.

 

—«¡Papá!» —gritó María.

 

Pedro despertó sobresaltado, corrió hacia el pasillo y lo que visto le heló el alma.

Kvpvka había agarrado a Samuel por el cabello,... el niño colgaba en el aire, pataleando, mientras la anciana —ya no anciana, algo que nunca fue anciana— se acercaba su rostro deformado al del niño.

 

—«Tú quieres contar, ¿verdad?» —susurró, y su aliento hizo que el cabello de Samuel se chamuscara—. «Entonces cuenta, cuenta hasta que ya no puedas contar más».

 

Con su mano libre, Kvpvka tocó la boca de Samuel, los labios del niño se sellaron, fusionándose en carne lisa, sin abertura. Luego sus ojos, sus orejas. En cuestión de segundos, Samuel era un bloque de carne con forma de niño, sin orificios, sin sentidos, aún vivo —Pedro podía ver su pecho agitándose frenéticamente— pero atrapado en oscuridad absoluta, en silencio absoluto.

 

—«¡Basta!» —gritó Pedro, avanzando con un cuchillo de cocina que había agarrado sin pensar.

 

Kvpvka giró su cabeza 180 grados para mirarlo, sin soltar el cuerpo deformado de Samuel.

 

—«¿Basta?» —rio, y el sonido hizo que las ventanas explotaran en cristales que volaron hacia adentro, cortando a María en el brazo, a Tomás en la mejilla—. «¿Basta? Tú viniste a mi montaña, hombre. Tú aceptaste mi comida, tú trajiste tus crías a mi madriguera. Y ahora dices "basta"».

 

Su cuerpo comenzó a cambiar, la piel se le desprendió en tiras, revelando algo debajo: no eran músculos, no eran huesos, sino raíces, miles de raíces negras y retorcidas que se movían como gusanos, que se enroscaban formando una anatomía aproximada, incorrecta, monstruosa.

 

—«Pedro, te daré una opción» —dijo Kvpvka, y su voz ahora venía de todas partes, de las paredes, del suelo, del propio cuerpo de Pedro—. «Lleva a tres de tus crías de vuelta a tu mundo y déjame una. Una para que me acompañe, para que sea mis ojos, mis oídos, mi boca en la oscuridad. Y todo esto» —gesticuló hacia la comida, el oro, la casa—. «Todo esto sigue siendo tuyo. Vuelve cuando quieras. Come, bebe y vive para siempre. Pero una se queda... una se convierte en parte de la montaña».

 

Pedro miró a sus hijos. María sangraba, sosteniendo a Tomás que gritaba. Lucía estaba inmóvil, abrazando su muñeca, con una expresión que no era de miedo sino de terrible comprensión.

Y Samuel... el bloque de carne que era Samuel se retorcía en las manos de raíz de Kvpvka.

 

—«Elige, Pedro» —ordenó la montaña hecha carne—. «O quédense todos... todos serán parte de mí. Todos serán la montaña».

 

V.

LA ELECCIÓN

Pedro Alcázar, en ese momento, dejó de ser humano. No fue por una magia, no fue por una maldición, sino por la elección que hizo. Una elección que lo desgarró más que cualquier garra, que lo quemó más que cualquier fuego.

 

—«Llévate...» —su voz sonó extraña, distante, como si alguien más hablara por él—. «Llévate a Samuel».

 

Kvpvka sonrió, y su boca se abrió hasta el suelo, mostrando un interior que no era garganta sino un túnel, una caverna, la montaña misma.

 

—«Sabía que elegirías al pequeño» —susurró—. «Siempre eligen al que ya está dañado, al que ya no sirve, al que es "menos"».

 

Con un movimiento fluido, arrojó el cuerpo sin orificios de Samuel directamente a su boca. El niño desapareció en la oscuridad interna, y Kvpvka cerró los labios con un sonido húmedo, de satisfacción.

 

—«Ahora vete» —dijo, y su cuerpo comenzó a contraerse, a volverse pequeño, a volverse anciana otra vez—. «Vete antes de que cambie de opinión y me quede con todos. Vete y no vuelvas nunca. O vete y vuelve mañana. La montaña no olvida. La montaña siempre tiene hambre».

 

Pedro tomó a sus hijos restantes. María lo miraba con ojos que ya no eran de una niña, sino de alguien que ha visto el abismo y sabe que su propio padre eligió arrojar a su hermano en él. Tomás gemía, inconsciente del shock. Lucía... Lucía sonreía.

 

—«La muñeca dice que Samuel está bien» —murmuró Lucía mientras Pedro los arrastraba fuera de la casa—. «Dice que ahora puede ver en la oscuridad... que ahora puede oír los secretos de las raíces».

 

La casa de Kvpvka comenzó a desvanecerse detrás de ellos, no destruyéndose sino simplemente dejando de existir, como un sueño al despertar. La fogata azul se extinguió, el calor se evaporó. Quedaron en la noche helada, en la montaña despiadada, con la ropa que traían puesta y nada más.

Pedro caminó toda la noche, cargando a Tomás, arrastrando a Lucía, mientras María caminaba detrás, en silencio, con una distancia que nunca más desaparecería.

Llegaron a su choza al amanecer. Los vecinos los encontraron desplomados en la puerta, con los labios azules, con ojos que habían visto demasiado.

 

VI.

EL REGRESO

Pasaron tres meses.

Pedro no hablaba, comía lo mínimo para sobrevivir, y solo porque María, con once años, se había convertido en la madre de la familia. Tomás no dormía, sentado en su cama toda la noche, mirando las sombras. Lucía seguía hablando con su muñeca, y a veces reía como si escuchara respuestas que los demás no podían oír.

Y Pedro... Pedro sentía el tirón.

Era físico, inicialmente, una sensación en el estómago, donde la carne de Kvpvka se había asentado, crecido, establecido raíces. Luego se volvió mental. Veía la fogata azul cuando cerraba los ojos. Oía la voz de la anciana en el viento.

 

«Vuelve, Pedro. Todo sigue aquí: la comida, el oro, la vida eterna. Solo vuelve».

 

Una noche de invierno, cuando la nieve cubría todo y los niños dormían apilados para compartir calor, Pedro se levantó, se puso sus botas y tomó su cuchillo —el mismo que había intentado usar contra Kvpvka— y salió a la tormenta.

Caminó ciego, guiado por el tirón en su vientre, por las raíces que crecían dentro de él. La montaña lo recibió como a un hijo pródigo. La nieve no le impedía ver; la oscuridad no le impedía caminar. Él sabía dónde estaba la casa. Siempre lo había sabido.

La encontró exactamente donde la había dejado, pero ahora era más grande, mucho más grande... una mansión de hueso y madera podrida que se extendía por el claro entero, que se alzaba tres pisos hacia el cielo, coronada por una chimenea que vomitaba humo verde.

La puerta estaba abierta.

Pedro entró.

 

VII.

LA VERDAD DE LA MONTAÑA

Dentro, la casa era un cuerpo. Las paredes pulsaban con ritmo cardíaco, el suelo era blando, húmedo, cubierto de una membrana que absorbía sus botas. Y el olor... Dios, el olor... a carne madurada, a descomposición dulce, a vida y muerte mezcladas en proporciones incorrectas.

Kvpvka lo esperaba en la «cocina», aunque ya no parecía una cocina sino un estómago. La mesa era una lengua gigantesca extendida. Las sillas eran costillas. Y sentados a la mesa...

Pedro gritó, o lo intentó. Su garganta se negó a producir sonido.

Samuel estaba allí... o lo que había sido Samuel. Su cuerpo se había fusionado con la mesa, convertido en una protuberancia carnosa que se movía con respiración propia, tenía ojos ahora, docenas de ellos, salpicados por toda su superficie, todos llorando. Tenía bocas también, pequeñas, que murmuraban sin cesar: «papá, papá, papá, por qué, papá, papá, por qué».

Pero no estaba solo.

Los perros estaban allí. Rocky, Copo y Toby, fusionados en una masa canina que caminaba sobre patas de raíz, que ladraba con voces humanas, que lo miraban con ojos que reconocían, que suplicaban.

Y había otros, docenas de otros: hombres, mujeres, niños, todos fusionados con la casa, con la montaña, con Kvpvka. Todos vivos. Todos conscientes. Todos suplicando silenciosamente.

 

—«Te esperaba» —dijo Kvpvka, y ahora ella era la montaña misma, su cuerpo extendiéndose por techos y paredes, su rostro emergiendo de la carne viva del suelo—. «Sabía que volverías. Siempre vuelven. El hambre los trae. La culpa los trae. El amor... —su risa hizo que la casa temblara—. El amor más que nada».

 

Pedro cayó de rodillas. El cuchillo le temblaba en la mano inútil.

—«¿Qué carajo eres?» —logró susurrar.

 

—«Soy el hambre de la tierra» —respondió Kvpvka, y su voz era el viento, la nieve, las raíces rompiendo roca—. «Soy quien devora a los perdidos... soy la dueña de los dos dedos, los dos caminos: el de la vida larga y el de la muerte larga. Tú elegiste el segundo para tu hijo. Ahora elige para ti».

 

Raíces brotaron del suelo, envolviendo los tobillos de Pedro, subiendo por sus piernas, entrando por sus pantorrillas con agujas de dolor insoportable.

 

—«¿Quieres unirte a tu hijo?» —preguntó Kvpvka—. «¿Quieres ser parte de mi mesa, de mi casa, de mi montaña? ¿O prefieres servirme de otra manera?»

 

Las raíces se detuvieron en sus muslos, esperando.

 

—«¿Qué... qué quieres?»

 

—«Trae más» —susurró la montaña—. «Trae a los que tienen hambre, a los que tienen frío, a los que buscan perros perdidos o hijos perdidos o esperanzas perdidas. Diles que aquí hay de todo, diles que aquí no se muere nadie de hambre. Diles la verdad, Pedro. Diles que aquí se vive para siempre».

 

Pedro pensó en sus hijos restantes. En María, que ya no lo miraba. En Tomás, que no dormía. En Lucía, que hablaba con muñecas que respondían.

 

—«Y si me niego...»

 

Las raíces apretaron, rompiendo su piel, buscando los vasos sanguíneos, los nervios.

 

—«Entonces te conviertes en mi mesa» —dijo Kvpvka alegremente—. «Y traigo a tus hijos de todos modos. Uno por uno, hasta que estén todos aquí. Todos juntos. Todos serán míos».

 

Pedro cerró los ojos. Vio el rostro de Samuel, no como era ahora, sino como era antes, riendo, llamándolo «papá», corriendo por el prado.

Y tomó su decisión.

 

VIII.

EL PREDICADOR

Pedro regresó a su choza antes del amanecer. No dijo de dónde venía... no explicó por qué tenía las manos manchadas de algo que no era sangre, pero tampoco era tierra. Solo miró a sus hijos, uno por uno, memorizando sus rostros.

Luego salió.

Comenzó a predicar en los pueblos cercanos, en Lonquimay, en Melipeuco, en Curacautín... decía que había encontrado un lugar, un lugar donde no había hambre, donde no había frío, donde los perros perdidos regresaban y los hijos enfermos sanaban.

 

—«En la montaña» —relataba, y sus ojos tenían una luz azulada, reflejo de la fogata que ahora ardía en su pecho—. «Síganme, les mostraré el camino».

 

Algunos lo escuchaban, los más desesperados, los viudos con hijos hambrientos, los padres de niños enfermos, los que habían perdido todo y tenían nada que perder.

Pedro los llevaba, uno por uno, a veces en grupos pequeños. Siempre de noche, siempre siguiendo el «tirón» en su vientre, las raíces que crecían dentro de él, que ahora le permitían ver en la oscuridad, sentir la montaña respirar.

Los llevaba a la casa de Kvpvka. Y allí... algunos se unían voluntariamente, seducidos por la comida, por el oro, por la promesa de vida eterna. Eran los afortunados... y se convertían en parte de la casa rápidamente, sin dolor, o al menos eso creían.

Otros se resistían... y entonces Pedro tenía que ayudar, tenía que sujetar mientras Kvpvka hacía su trabajo. Tenía que silenciar gritos. Tenía que cavar fosas para los que no servían, para los que la montaña rechazaba, que eran arrojados a las grietas para alimentar las raíces profundas.

Pedro se convirtió en el novio de la montaña. El predicador de los dos dedos. El hombre que traía ofrendas a su diosa de raíces y hambre.

Y cada noche, cuando regresaba a su choza, encontraba a Lucía despierta, esperándolo.

 

—«La muñeca dice que Samuel está creciendo» —le dijo una noche—. «Dice que pronto será tan grande como la montaña. Dice que cuando crezca, se comerá el mundo».

 

Pedro no respondió. No podía.

 

—«También dice» —continuó Lucía, con su voz de niña de siete años que ahora sonaba demasiado vieja—. «Que tú eres el próximo. Que cuando hayas traído suficientes, te convertirás en la mesa... que ella te prometió».

 

Pedro miró a su hija. Y por primera vez en meses, lloró.

—«Lo sé» —susurró—. «Lo sé, mija, pero mientras tanto... mientras tanto, tú y tus hermanos están a salvo. ¿No es eso suficiente?

 

Lucía negó con la cabeza.

—«Nadie está a salvo» —dijo—. «La montaña está moviéndose, creciendo. Pronto llegará al pueblo, pronto todos serán parte de ella. Y tú... tú serás la lengua que la alimenta».

 

IX.

EL DERRUMBE

Ocurrió en septiembre, cuando la primavera debería traer flores, pero en su lugar trajo un terremoto.

La montaña se movió, no metafóricamente, sino literalmente. Los cerros cercanos a Lonquimay comenzaron a deslizarse, no hacia abajo sino hacia arriba, como si algo debajo los empujara. Las grietas en la tierra vomitaban humo verde. Los árboles se retorcieron, sus raíces saliendo a la superficie, buscando, siempre buscando.

Kvpvka estaba hambrienta... más hambrienta de lo normal. La casa de hueso y carne ya no le bastaba. Quería más. Quería todo.

Pedro recibió la orden en su sueño, o lo que quedaba de sueño, porque ya no dormía realmente, solo descansaba sus ojos mientras su cuerpo caminaba guiado por las raíces internas.

«Trae a los tuyos», susurró la montaña. «Trae a María, a Tomás, a Lucía. Son los últimos. Después de ellos, serás libre, serás parte de mí, sí, pero libre del peso de elegir. Tráelos, Pedro. Tráelos a casa».

Pedro despertó en su choza. Afuera, la tierra temblaba. María estaba parada en la puerta, mirando la montaña que ahora brillaba con luz propia en la distancia, verde y putrefacta.

 

—«Vamos» —dijo Pedro, levantándose.

 

—«¡No!» —respondió María. Tenía once años, pero en ese momento parecía tener cien—. «No iremos».

 

—«María...»

 

—«Maté a Lucía» —dijo la niña, y su voz no temblaba—. «Esta mañana también maté a Tomás. Están en el pozo detrás de la casa... no podía dejar que los llevaras... no podía dejar que se convirtieran en... en ese monstruo horrible».

 

Pedro sintió que el mundo se detenía. Las raíces en su cuerpo se retorcieron enrabietadas.

—«¡¿Qué has hecho María?! —gritó, avanzando hacia ella.

 

—«Lo que tú no tuviste el valor de hacer, Padre» —respondió María, sacando de detrás de su espalda el cuchillo de Pedro, el mismo que había llevado a la montaña—. «Los liberé de ella. Los liberé de ti».

 

Pedro le arrebató el cuchillo. Levantó la mano para golpearla, pero se detuvo.

 

María lo miraba con los ojos de su madre. Con ojos que no tenían miedo, solo lástima.

—«Tú también eres víctima» —dijo la niña—. «Pero eso no te hace menos monstruo».

 

Pedro bajó la mano. El cuchillo cayó al suelo. Y afuera, la montaña rugió.

Kvpvka sabía... sabía que sus ofrendas habían sido destruidas, que su novio había fallado... que la niña había ganado.

La tierra estalló.

 

X.

EL FINAL

La choza se desintegró, no por el terremoto, sino porque las raíces la alcanzaron. Docenas, cientos, miles de raíces negras que brotaron del suelo, del aire, de la propia carne de Pedro... lo envolvieron, lo levantaron, y lo estrujaron.

María corrió. Corrió hacia el bosque, hacia la nieve, hacia cualquier lugar que no fuera la montaña.

Pero Pedro... Pedro fue arrastrado hacia abajo... hacia el centro... hacia Kvpvka.

La encontró en el corazón de la montaña, en una cueva que no debería existir, que pulsaba como un corazón gigante. Ella estaba allí, hermosa en su horror, una criatura de raíces y carne y huesos y ojos, miles de ojos, todos llorando, todos suplicando.

 

—«Me traicionaste» —dijo, y su voz era el dolor mismo.

 

—«Lo siento» —susurró Pedro, aunque no sabía si era cierto.

 

—«No importa» —respondió Kvpvka, y sonrió con una boca que abarcaba toda la cueva—. «Tengo otros novios, otras novias. La montaña siempre encuentra quien la alimente... pero tú... tú serás especial. Tú serás mi lengua. Mi voz. Mi cebo».

 

Las raíces lo arrastraron hacia el centro de ella, hacia un lugar donde ya no había aire, donde ya no había luz, donde solo había carne viva y hambre eterna.

Pedro sintió cómo se fusionaba, cómo su piel se convertía en corteza, cómo sus huesos se volvían leñosos, cómo su corazón se transformaba en una semilla que Kvpvka plantaría en otro lugar, en otra montaña, para comenzar de nuevo.

Pero antes de perder la conciencia completamente, vio a Samuel.

Su hijo ya no era un niño, era la montaña... era Kvpvka, era el hambre mismo. Y sonreía, con una boca que tenía exactamente dos dientes: uno largo, curvo, articulado como un tentáculo, y otro que se bifurcaba en tres puntas, afiladas como ganchos de carnicero.

 

—«Hola, papá» —dijo Samuel, y su voz era la de Pedro, la de Kvpvka, la de todos los devorados—. «Te esperaba».

 

Y entonces Pedro entendió... entendió que nunca había habido elección, que Kvpvka no era una bruja sino algo más viejo que los mapuches, que los humanos, que la propia cordillera. Que la montaña devoraba porque era su naturaleza, como el lobo devora al cordero, como el tiempo devora a todos.

Y entendió que él, Pedro Alcázar, no era víctima ni villano.

Era una semilla.

Era el principio.

 

En algún lugar lejano, en otra montaña rocosa, otro hombre perdía sus perros, otra anciana de dos dedos encendía una fogata azul. Y el ciclo comenzaba de nuevo, eterno, insaciable, mientras la montaña crecía, siempre crecía, devorando todo a su paso, dejando solo raíces y recuerdos y el eco de risas que no eran del todo humanas.

 

María Alcázar, once años, hija de Pedro, hermana de Samuel, asesina de sus hermanos, sobrevivió. Caminó tres días hasta encontrar un pueblo. Nunca habló de lo que vio. Nunca tuvo hijos. Nunca se casó.

Pero cada invierno, cuando la nieve cubría la tierra, sentía el tirón en su vientre. Y sabía que, en algún lugar, su padre seguía predicando, que su hermano seguía creciendo, que la montaña seguía hambrienta.

Y en las noches más frías, cuando el viento aullaba entre los pinos, María podía escucharlo: un sonido húmedo, de carne moviéndose, de raíces rompiendo huesos, de algo que se alimentaba y crecía y esperaba.

Esperaba a que ella volviera.

Esperaba a que todos volvieran.

Porque la montaña no olvida. La montaña nunca olvida... y tiene exactamente dos dedos, largos y curvos, listos para agarrar, para arrastrar, para devorar.

Para siempre.

 

«En las rocosas montañas de Araucanía, si pierdes algo, no lo busques. Si ves una fogata, no te acerques. Y si una anciana de dos dedos te ofrece comida, corre. Corre y nunca mires atrás.

Porque Kvpvka está hambrienta.

Y tú tienes exactamente la forma que le gusta».



 

Una historia de horror escrita por: H.P. Hatecraft.

Basada en la leyenda chilena: «La anciana dueña de la montaña».

Portada original: V.D.M. Creada con AI.

Edición final: H.P. Hatecraft.