KVPVKA: LA DUEÑA DE LA
MONTAÑA
I.
LA DESAPARICIÓN
Pedro
Alcázar no era un hombre supersticioso, llevaba 30 años cuidando ganado en las
faldas del Lonquimay le habían enseñado que la montaña no era mágica, solo
implacable. Pero cuando los tres perros ovejeros —Rocky, Toby y el viejo Copo—
desaparecieron sin dejar rastro ni ladrido, sintió por primera vez que algo más
que el frío se filtraba entre los pinos.
Había
nevado temprano ese año de 1987. La ceniza volcánica de la erupción de dos años
atrás aún teñía de gris oscuro los claros del bosque, creando un paisaje lunar,
desolado. Pedro había caminado desde antes del amanecer, siguiendo las huellas
de los animales hasta donde la tierra congelada las borró por completo.
—«¡Rocky!
¡Copo!... ¡Toby!» —gritó hasta que la garganta le sangró.
El
eco respondió con una distorsión extraña, como si la montaña misma estuviera
burlándose de él, devolviendo su voz convertida en algo gutural, antinatural.
El
sol se ocultó tras los cerros con una premura que heló la sangre de Pedro. No
tenía linterna, no tenía provisiones más allá de un poco de charqui y un termo
con mate dulce. La temperatura caería bajo cero en cuestión de horas, y el
viento del sur traía consigo el olor metálico de la nieve venidera.
Encontró
una grieta en la roca basáltica, lo suficientemente profunda para protegerlo
del viento. Mientras amontonaba ramas secas para un fuego que no lograba
encender, vio la luz, danzaba entre los árboles, a unos trescientos metros de
altura, donde el bosque se volvía imposible. Y ahí había una fogata, no una
fogata común, sino con una llama azulada, casi eléctrica, que pulsaba con ritmo
cardíaco... y alrededor de ella, una silueta.
Pedro
se puso de pie, ignorando el dolor de las rodillas artríticas. La figura
giraba, giraba, giraba, no caminaba hacia ella; sus pies se movían solos, como
arrastrados por un hilo invisible. La montaña quería que él viera.
II.
LA MORADA DE LOS DOS
DEDOS
La
anciana no parecía humana a contraluz. Su silueta era incorrecta: demasiado
alta, demasiado delgada, con extremidades que se doblaban en ángulos que no
correspondían a anatomía conocida. Pero cuando Pedro llegó al claro, vio una
mujer vieja, arrugada como una manzana seca, vestida con trapos de lana teñida
con barba de roble y sangre de mineral.
—«Vienes por
los perros» —dijo
ella. Y no era pregunta.
Su
voz sonaba como grava moviéndose bajo el agua de un arroyo helado.
—«Sí...
señora. Se perdieron. ¿Los ha visto?»
La
anciana sonrió. Tenía dientes demasiado blancos, demasiado numerosos, que no
terminaban donde deberían terminar las encías.
—«Los tengo.
Están bien. Tienen hambre, como tú».
Extendió
una mano huesuda. En su palma había un pedazo de carne cruda, aún tibia, aun
sangrando.
—«Come» —ordenó.
Pedro,
que no había probado bocado en diez horas, aceptó. La carne era dulce,
demasiado dulce, con un regusto metálico que le hizo querer vomitar, pero no
podía. Sus músculos se relajaron de golpe. El frío desapareció. La anciana lo
tomó de la mano —su piel era áspera como corteza de araucaria— y lo guio.
Su
casa no estaba allí antes. Pedro estaba seguro de eso, había pasado por ese
claro cientos de veces en su vida, pero ahora existía una estructura imposible:
paredes de huesos de animales entretejidos con ramas, techo de pieles cosidas
con tripas secas, una chimenea que exhalaba humo verdoso. Dentro, el calor era
sofocante, casi doloroso.
Y
la comida... Pedro nunca había visto tal abundancia, papas del tamaño de
cabezas humanas, arvejas que brillaban con luz propia, maíz que olía a miel y
carne podrida simultáneamente. Frascos con líquidos de colores imposibles,
cajas rebosantes de monedas de oro y plata, joyas que no eran de este siglo ni
del anterior.
—«Soy Kvpvka» —dijo la anciana
mientras servía un caldo espeso en un cuenco hecho de cráneo de ciervo—. «Dueña de lo que la montaña traga... y tú eres...
Pedro Alcázar, viudo, padre de cuatro hijos que duermen con hambre en tu choza
de madera podrida».
Pedro
no le había dicho su nombre. Ni lo de sus hijos.
—«¿Cómo...?»
—«La montaña
me cuenta sus secretos» —Kvpvka se sentó frente a él, y por primera vez Pedro vio sus
pies.
Estaban
descalzos, ennegrecidos por la tierra y la savia. Y cada pie tenía exactamente
dos dedos: un pulgar monstruosamente largo, articulado como un tentáculo, y
otro dedo que se bifurcaba en tres puntas, terminando en uñas amarillentas,
curvas como ganchos de carnicero.
—«¿Te molestan
mis pies, hombre?» —la anciana inclinó la cabeza como un ave rapaz.
—«N... no,
señora».
—«Mientes mal.
Pero no importa. Tienes hambre. Tienes frío. Tienes hijos que morirán antes del
invierno si sigues así». —Kvpvka extendió sus manos sobre la mesa—. «Tráelos. Aquí hay de todo. Aquí no se muere nadie de
hambre. Aquí... se vive para siempre».
Pedro
debería haber corrido, debería haber escalado por los acantilados, roto sus
piernas en el intento, muerto y congelado antes de aceptar. Pero la carne que
había comido se movía en su estómago, extendiendo raíces hacia su cerebro, y
cuando miró a Kvpvka no vio una bruja sino su salvación.
III.
LA FAMILIA REUNIDA
Tres
días después, Pedro regresó con sus hijos.
María,
la mayor, once años, hermosa como su madre muerta. Tomás, nueve, con el cuerpo
pequeño pero la fuerza de quien ha trabajado desde los cinco. Lucía, siete, que
aún hablaba con su muñeca de trapo como si fuera real. Y el pequeño Samuel,
cuatro años, con risa contagiosa y miedo a la oscuridad.
La
choza de Kvpvka había crecido, ahora tenía habitaciones, camas de paja y
plumas, una cocina que nunca se enfriaba. Los niños comieron hasta vomitar, y
luego comieron más. Kvpvka los observaba con ojos que en la luz del fuego
parecían tener pupilas verticales, como las de los gatos, pero negras,
absolutamente negras.
—«¿Son tus
hijos?» —preguntó
Kvpvka esa primera noche, cuando los niños dormían en una habitación aparte.
—«Sí» —Pedro había bebido
algo que la anciana llamaba "chicha de la montaña", y su lengua se
sentía pesada, su juicio nublado—. «María es la responsable. Tomás es el fuerte. Lucía...
Lucía es especial... habla con cosas que no están. Y Samuel... Samuel es el más
pequeño. Mi consentido».
Kvpvka
acarició la mejilla de Pedro con sus dedos ásperos.
—«Los perros
están bien» —dijo
de repente—. «Están
conmigo... siempre estarán conmigo, como tú... como tus hijos».
Algo
en la forma en que dijo «siempre» debería haber alertado a Pedro, pero la
bebida era fuerte, y Kvpvka, a la luz tenue, parecía casi hermosa en su
extrañeza. Casi maternal.
Pasaron
dos semanas de abundancia sobrenatural, los niños engordaron, sus mejillas
recuperaron el color. María dejó de tener pesadillas sobre la muerte de su
madre. Tomás dejó de despertarse llorando por hambre. Incluso Lucía parecía más
contenta, aunque su muñeca de trapo ahora la miraba con ojos que Pedro juraba haber
bordado cerrados.
Kvpvka
y Pedro se «casaron» en una ceremonia que la anciana realizó a medianoche,
rodeada de animales muertos que se levantaban para danzar. Pedro no recordaba
haber dicho «sí», pero despertó con un anillo de hueso en el dedo, y Kvpvka a
su lado, y la sensación de que algo dentro de él había sido extraído y
reemplazado por algo frío y húmedo.
Fue
la tercera semana cuando ocurrió.
IV.
LOS DOS DEDOS
Samuel
se había despertado para orinar, y la casa tenía un retrete improvisado en el
exterior, pero la noche era fría y el niño tenía miedo de la oscuridad. Caminó
descalzo por el pasillo, buscando a su padre, cuando vio la puerta entreabierta
de la habitación de Kvpvka.
La
anciana estaba despierta, sentada en el borde de su cama, frotándose los pies
con una pomada que olía a rancio y a flores marchitas. Sus pies descalzos
estaban completamente visibles a la luz de la luna que entraba por la ventana.
Samuel,
con la inocencia brutal de los cuatro años, soltó una risa.
—«¡Miren!» —gritó, despertando a
sus hermanos que dormían en la habitación contigua—. «¡La viejita tiene sólo dos dedos feos! ¡Parece un ave
de rapiña! ¡Creaak, creaak!».
María
salió corriendo, intentando tapar la boca de su hermano, pero era tarde.
Kvpvka
se quedó inmóvil. Por un segundo, pareció que el tiempo mismo se había
detenido. Luego, lentamente, giró su cabeza hacia los niños, su cuello se
extendió, crujiendo como madera verde en el fuego, hasta que su cara quedó al
revés, mirándolos con ojos que ahora brillaban con luz propia, verde y putrefacta.
—«¿Dos dedos?»
—su voz ya
no era humana. Era el sonido de la tierra moviéndose en una avalancha, de las
raíces rompiendo huesos en el subsuelo—. «¿Sólo dos?»
Se
puso de pie... su cuerpo se alargó, estirándose como masa de pan, hasta que
tocó el techo con la cabeza. Sus brazos colgaron hasta el suelo, terminando en
manos que ahora tenían siete dedos cada una, todos ganchos, todos moviéndose
independientemente.
—«Ven, niño» —dijo Kvpvka, y su boca
se abrió hasta donde no debería llegar una mandíbula—. «Ven a contar mis dedos. Ven a contar los tuyos».
Samuel,
finalmente comprendiendo el peligro, intentó correr, pero sus pies no
respondían. Miró hacia abajo y vio que el piso de tierra apisonada se había
vuelto viscoso, como barro, y lo absorbía hasta los tobillos.
—«¡Papá!» —gritó María.
Pedro
despertó sobresaltado, corrió hacia el pasillo y lo que visto le heló el alma.
Kvpvka
había agarrado a Samuel por el cabello,... el niño colgaba en el aire,
pataleando, mientras la anciana —ya no anciana, algo que nunca fue anciana— se
acercaba su rostro deformado al del niño.
—«Tú quieres
contar, ¿verdad?» —susurró, y su aliento hizo que el cabello de Samuel se
chamuscara—. «Entonces
cuenta, cuenta hasta que ya no puedas contar más».
Con
su mano libre, Kvpvka tocó la boca de Samuel, los labios del niño se sellaron,
fusionándose en carne lisa, sin abertura. Luego sus ojos, sus orejas. En
cuestión de segundos, Samuel era un bloque de carne con forma de niño, sin
orificios, sin sentidos, aún vivo —Pedro podía ver su pecho agitándose
frenéticamente— pero atrapado en oscuridad absoluta, en silencio absoluto.
—«¡Basta!» —gritó Pedro, avanzando
con un cuchillo de cocina que había agarrado sin pensar.
Kvpvka
giró su cabeza 180 grados para mirarlo, sin soltar el cuerpo deformado de
Samuel.
—«¿Basta?» —rio, y el sonido hizo
que las ventanas explotaran en cristales que volaron hacia adentro, cortando a
María en el brazo, a Tomás en la mejilla—. «¿Basta? Tú viniste a mi montaña, hombre. Tú aceptaste
mi comida, tú trajiste tus crías a mi madriguera. Y ahora dices
"basta"».
Su
cuerpo comenzó a cambiar, la piel se le desprendió en tiras, revelando algo
debajo: no eran músculos, no eran huesos, sino raíces, miles de raíces negras y
retorcidas que se movían como gusanos, que se enroscaban formando una anatomía
aproximada, incorrecta, monstruosa.
—«Pedro, te
daré una opción» —dijo Kvpvka, y su voz ahora venía de todas partes, de las
paredes, del suelo, del propio cuerpo de Pedro—. «Lleva a tres de tus crías de vuelta a tu mundo y
déjame una. Una para que me acompañe, para que sea mis ojos, mis oídos, mi boca
en la oscuridad. Y todo esto» —gesticuló hacia la comida, el oro, la casa—. «Todo esto sigue siendo tuyo. Vuelve cuando quieras.
Come, bebe y vive para siempre. Pero una se queda... una se convierte en parte
de la montaña».
Pedro
miró a sus hijos. María sangraba, sosteniendo a Tomás que gritaba. Lucía estaba
inmóvil, abrazando su muñeca, con una expresión que no era de miedo sino de
terrible comprensión.
Y
Samuel... el bloque de carne que era Samuel se retorcía en las manos de raíz de
Kvpvka.
—«Elige,
Pedro» —ordenó
la montaña hecha carne—. «O
quédense todos... todos serán parte de mí. Todos serán la montaña».
V.
LA ELECCIÓN
Pedro
Alcázar, en ese momento, dejó de ser humano. No fue por una magia, no fue por
una maldición, sino por la elección que hizo. Una elección que lo desgarró más
que cualquier garra, que lo quemó más que cualquier fuego.
—«Llévate...» —su voz sonó extraña,
distante, como si alguien más hablara por él—. «Llévate a Samuel».
Kvpvka
sonrió, y su boca se abrió hasta el suelo, mostrando un interior que no era
garganta sino un túnel, una caverna, la montaña misma.
—«Sabía que
elegirías al pequeño» —susurró—. «Siempre
eligen al que ya está dañado, al que ya no sirve, al que es "menos"».
Con
un movimiento fluido, arrojó el cuerpo sin orificios de Samuel directamente a
su boca. El niño desapareció en la oscuridad interna, y Kvpvka cerró los labios
con un sonido húmedo, de satisfacción.
—«Ahora vete» —dijo, y su cuerpo
comenzó a contraerse, a volverse pequeño, a volverse anciana otra vez—. «Vete antes de que cambie de opinión y me quede con
todos. Vete y no vuelvas nunca. O vete y vuelve mañana. La montaña no olvida.
La montaña siempre tiene hambre».
Pedro
tomó a sus hijos restantes. María lo miraba con ojos que ya no eran de una
niña, sino de alguien que ha visto el abismo y sabe que su propio padre eligió
arrojar a su hermano en él. Tomás gemía, inconsciente del shock. Lucía... Lucía
sonreía.
—«La muñeca
dice que Samuel está bien» —murmuró Lucía mientras Pedro los arrastraba fuera de la
casa—. «Dice que
ahora puede ver en la oscuridad... que ahora puede oír los secretos de las
raíces».
La
casa de Kvpvka comenzó a desvanecerse detrás de ellos, no destruyéndose sino
simplemente dejando de existir, como un sueño al despertar. La fogata azul se
extinguió, el calor se evaporó. Quedaron en la noche helada, en la montaña
despiadada, con la ropa que traían puesta y nada más.
Pedro
caminó toda la noche, cargando a Tomás, arrastrando a Lucía, mientras María
caminaba detrás, en silencio, con una distancia que nunca más desaparecería.
Llegaron
a su choza al amanecer. Los vecinos los encontraron desplomados en la puerta,
con los labios azules, con ojos que habían visto demasiado.
VI.
EL REGRESO
Pasaron
tres meses.
Pedro
no hablaba, comía lo mínimo para sobrevivir, y solo porque María, con once
años, se había convertido en la madre de la familia. Tomás no dormía, sentado
en su cama toda la noche, mirando las sombras. Lucía seguía hablando con su
muñeca, y a veces reía como si escuchara respuestas que los demás no podían
oír.
Y
Pedro... Pedro sentía el tirón.
Era
físico, inicialmente, una sensación en el estómago, donde la carne de Kvpvka se
había asentado, crecido, establecido raíces. Luego se volvió mental. Veía la
fogata azul cuando cerraba los ojos. Oía la voz de la anciana en el viento.
«Vuelve,
Pedro. Todo sigue aquí: la comida, el oro, la vida eterna. Solo vuelve».
Una
noche de invierno, cuando la nieve cubría todo y los niños dormían apilados
para compartir calor, Pedro se levantó, se puso sus botas y tomó su cuchillo
—el mismo que había intentado usar contra Kvpvka— y salió a la tormenta.
Caminó
ciego, guiado por el tirón en su vientre, por las raíces que crecían dentro de
él. La montaña lo recibió como a un hijo pródigo. La nieve no le impedía ver;
la oscuridad no le impedía caminar. Él sabía dónde estaba la casa. Siempre lo
había sabido.
La
encontró exactamente donde la había dejado, pero ahora era más grande, mucho
más grande... una mansión de hueso y madera podrida que se extendía por el
claro entero, que se alzaba tres pisos hacia el cielo, coronada por una
chimenea que vomitaba humo verde.
La
puerta estaba abierta.
Pedro
entró.
VII.
LA VERDAD DE LA MONTAÑA
Dentro,
la casa era un cuerpo. Las paredes pulsaban con ritmo cardíaco, el suelo era
blando, húmedo, cubierto de una membrana que absorbía sus botas. Y el olor...
Dios, el olor... a carne madurada, a descomposición dulce, a vida y muerte mezcladas
en proporciones incorrectas.
Kvpvka
lo esperaba en la «cocina», aunque ya no parecía una cocina sino un estómago.
La mesa era una lengua gigantesca extendida. Las sillas eran costillas. Y
sentados a la mesa...
Pedro
gritó, o lo intentó. Su garganta se negó a producir sonido.
Samuel
estaba allí... o lo que había sido Samuel. Su cuerpo se había fusionado con la
mesa, convertido en una protuberancia carnosa que se movía con respiración
propia, tenía ojos ahora, docenas de ellos, salpicados por toda su superficie,
todos llorando. Tenía bocas también, pequeñas, que murmuraban sin cesar: «papá, papá, papá, por qué, papá, papá, por qué».
Pero
no estaba solo.
Los
perros estaban allí. Rocky, Copo y Toby, fusionados en una masa canina que
caminaba sobre patas de raíz, que ladraba con voces humanas, que lo miraban con
ojos que reconocían, que suplicaban.
Y
había otros, docenas de otros: hombres, mujeres, niños, todos fusionados con la
casa, con la montaña, con Kvpvka. Todos vivos. Todos conscientes. Todos suplicando
silenciosamente.
—«Te esperaba»
—dijo
Kvpvka, y ahora ella era la montaña misma, su cuerpo extendiéndose por techos y
paredes, su rostro emergiendo de la carne viva del suelo—. «Sabía que volverías. Siempre vuelven. El hambre los
trae. La culpa los trae. El amor... —su risa hizo que la casa temblara—. El amor más que nada».
Pedro
cayó de rodillas. El cuchillo le temblaba en la mano inútil.
—«¿Qué carajo eres?»
—logró
susurrar.
—«Soy el
hambre de la tierra» —respondió Kvpvka, y su voz era el viento, la nieve, las raíces
rompiendo roca—. «Soy
quien devora a los perdidos... soy la dueña de los dos dedos, los dos caminos:
el de la vida larga y el de la muerte larga. Tú elegiste el segundo para tu
hijo. Ahora elige para ti».
Raíces
brotaron del suelo, envolviendo los tobillos de Pedro, subiendo por sus
piernas, entrando por sus pantorrillas con agujas de dolor insoportable.
—«¿Quieres
unirte a tu hijo?» —preguntó Kvpvka—. «¿Quieres ser parte de mi mesa, de mi casa, de mi
montaña? ¿O prefieres servirme de otra manera?»
Las
raíces se detuvieron en sus muslos, esperando.
—«¿Qué... qué
quieres?»
—«Trae más» —susurró la montaña—. «Trae a los que tienen hambre, a los que tienen frío,
a los que buscan perros perdidos o hijos perdidos o esperanzas perdidas. Diles
que aquí hay de todo, diles que aquí no se muere nadie de hambre. Diles la
verdad, Pedro. Diles que aquí se vive para siempre».
Pedro
pensó en sus hijos restantes. En María, que ya no lo miraba. En Tomás, que no
dormía. En Lucía, que hablaba con muñecas que respondían.
—«Y si me
niego...»
Las
raíces apretaron, rompiendo su piel, buscando los vasos sanguíneos, los
nervios.
—«Entonces te
conviertes en mi mesa» —dijo Kvpvka alegremente—. «Y traigo a tus hijos de todos modos. Uno por uno,
hasta que estén todos aquí. Todos juntos. Todos serán míos».
Pedro
cerró los ojos. Vio el rostro de Samuel, no como era ahora, sino como era
antes, riendo, llamándolo «papá», corriendo por el prado.
Y
tomó su decisión.
VIII.
EL PREDICADOR
Pedro
regresó a su choza antes del amanecer. No dijo de dónde venía... no explicó por
qué tenía las manos manchadas de algo que no era sangre, pero tampoco era
tierra. Solo miró a sus hijos, uno por uno, memorizando sus rostros.
Luego
salió.
Comenzó
a predicar en los pueblos cercanos, en Lonquimay, en Melipeuco, en Curacautín...
decía que había encontrado un lugar, un lugar donde no había hambre, donde no
había frío, donde los perros perdidos regresaban y los hijos enfermos sanaban.
—«En la
montaña» —relataba,
y sus ojos tenían una luz azulada, reflejo de la fogata que ahora ardía en su
pecho—. «Síganme, les
mostraré el camino».
Algunos
lo escuchaban, los más desesperados, los viudos con hijos hambrientos, los
padres de niños enfermos, los que habían perdido todo y tenían nada que perder.
Pedro
los llevaba, uno por uno, a veces en grupos pequeños. Siempre de noche, siempre
siguiendo el «tirón» en su vientre, las raíces que crecían dentro de él, que
ahora le permitían ver en la oscuridad, sentir la montaña respirar.
Los
llevaba a la casa de Kvpvka. Y allí... algunos se unían voluntariamente,
seducidos por la comida, por el oro, por la promesa de vida eterna. Eran los
afortunados... y se convertían en parte de la casa rápidamente, sin dolor, o al
menos eso creían.
Otros
se resistían... y entonces Pedro tenía que ayudar, tenía que sujetar mientras
Kvpvka hacía su trabajo. Tenía que silenciar gritos. Tenía que cavar fosas para
los que no servían, para los que la montaña rechazaba, que eran arrojados a las
grietas para alimentar las raíces profundas.
Pedro
se convirtió en el novio de la montaña. El predicador de los dos dedos. El
hombre que traía ofrendas a su diosa de raíces y hambre.
Y
cada noche, cuando regresaba a su choza, encontraba a Lucía despierta,
esperándolo.
—«La muñeca
dice que Samuel está creciendo» —le dijo una noche—. «Dice que pronto será tan grande como la montaña. Dice
que cuando crezca, se comerá el mundo».
Pedro
no respondió. No podía.
—«También
dice» —continuó
Lucía, con su voz de niña de siete años que ahora sonaba demasiado vieja—. «Que tú eres el próximo. Que cuando hayas traído
suficientes, te convertirás en la mesa... que ella te prometió».
Pedro
miró a su hija. Y por primera vez en meses, lloró.
—«Lo sé» —susurró—. «Lo sé, mija, pero mientras tanto... mientras tanto,
tú y tus hermanos están a salvo. ¿No es eso suficiente?
Lucía
negó con la cabeza.
—«Nadie está a
salvo» —dijo—.
«La montaña está moviéndose, creciendo. Pronto llegará
al pueblo, pronto todos serán parte de ella. Y tú... tú serás la lengua que la
alimenta».
IX.
EL DERRUMBE
Ocurrió
en septiembre, cuando la primavera debería traer flores, pero en su lugar trajo
un terremoto.
La
montaña se movió, no metafóricamente, sino literalmente. Los cerros cercanos a
Lonquimay comenzaron a deslizarse, no hacia abajo sino hacia arriba, como si
algo debajo los empujara. Las grietas en la tierra vomitaban humo verde. Los
árboles se retorcieron, sus raíces saliendo a la superficie, buscando, siempre
buscando.
Kvpvka
estaba hambrienta... más hambrienta de lo normal. La casa de hueso y carne ya
no le bastaba. Quería más. Quería todo.
Pedro
recibió la orden en su sueño, o lo que quedaba de sueño, porque ya no dormía
realmente, solo descansaba sus ojos mientras su cuerpo caminaba guiado por las
raíces internas.
«Trae a los
tuyos»,
susurró la montaña. «Trae a
María, a Tomás, a Lucía. Son los últimos. Después de ellos, serás libre, serás
parte de mí, sí, pero libre del peso de elegir. Tráelos, Pedro. Tráelos a casa».
Pedro
despertó en su choza. Afuera, la tierra temblaba. María estaba parada en la
puerta, mirando la montaña que ahora brillaba con luz propia en la distancia,
verde y putrefacta.
—«Vamos» —dijo Pedro,
levantándose.
—«¡No!» —respondió María. Tenía
once años, pero en ese momento parecía tener cien—. «No iremos».
—«María...»
—«Maté a
Lucía» —dijo
la niña, y su voz no temblaba—. «Esta mañana también maté a Tomás. Están en el pozo
detrás de la casa... no podía dejar que los llevaras... no podía dejar que se
convirtieran en... en ese monstruo horrible».
Pedro
sintió que el mundo se detenía. Las raíces en su cuerpo se retorcieron
enrabietadas.
—«¡¿Qué has
hecho María?! —gritó,
avanzando hacia ella.
—«Lo que tú no
tuviste el valor de hacer, Padre» —respondió María, sacando de detrás de su
espalda el cuchillo de Pedro, el mismo que había llevado a la montaña—. «Los liberé de ella. Los liberé de ti».
Pedro
le arrebató el cuchillo. Levantó la mano para golpearla, pero se detuvo.
María
lo miraba con los ojos de su madre. Con ojos que no tenían miedo, solo lástima.
—«Tú también
eres víctima» —dijo
la niña—. «Pero eso no
te hace menos monstruo».
Pedro
bajó la mano. El cuchillo cayó al suelo. Y afuera, la montaña rugió.
Kvpvka
sabía... sabía que sus ofrendas habían sido destruidas, que su novio había
fallado... que la niña había ganado.
La
tierra estalló.
X.
EL FINAL
La
choza se desintegró, no por el terremoto, sino porque las raíces la alcanzaron.
Docenas, cientos, miles de raíces negras que brotaron del suelo, del aire, de
la propia carne de Pedro... lo envolvieron, lo levantaron, y lo estrujaron.
María
corrió. Corrió hacia el bosque, hacia la nieve, hacia cualquier lugar que no
fuera la montaña.
Pero
Pedro... Pedro fue arrastrado hacia abajo... hacia el centro... hacia Kvpvka.
La
encontró en el corazón de la montaña, en una cueva que no debería existir, que
pulsaba como un corazón gigante. Ella estaba allí, hermosa en su horror, una criatura
de raíces y carne y huesos y ojos, miles de ojos, todos llorando, todos
suplicando.
—«Me
traicionaste» —dijo,
y su voz era el dolor mismo.
—«Lo siento» —susurró Pedro, aunque
no sabía si era cierto.
—«No importa» —respondió Kvpvka, y
sonrió con una boca que abarcaba toda la cueva—. «Tengo otros novios, otras novias. La montaña siempre
encuentra quien la alimente... pero tú... tú serás especial. Tú serás mi
lengua. Mi voz. Mi cebo».
Las
raíces lo arrastraron hacia el centro de ella, hacia un lugar donde ya no había
aire, donde ya no había luz, donde solo había carne viva y hambre eterna.
Pedro
sintió cómo se fusionaba, cómo su piel se convertía en corteza, cómo sus huesos
se volvían leñosos, cómo su corazón se transformaba en una semilla que Kvpvka
plantaría en otro lugar, en otra montaña, para comenzar de nuevo.
Pero
antes de perder la conciencia completamente, vio a Samuel.
Su
hijo ya no era un niño, era la montaña... era Kvpvka, era el hambre mismo. Y
sonreía, con una boca que tenía exactamente dos dientes: uno largo, curvo,
articulado como un tentáculo, y otro que se bifurcaba en tres puntas, afiladas
como ganchos de carnicero.
—«Hola, papá» —dijo Samuel, y su voz
era la de Pedro, la de Kvpvka, la de todos los devorados—. «Te esperaba».
Y
entonces Pedro entendió... entendió que nunca había habido elección, que Kvpvka
no era una bruja sino algo más viejo que los mapuches, que los humanos, que la
propia cordillera. Que la montaña devoraba porque era su naturaleza, como el
lobo devora al cordero, como el tiempo devora a todos.
Y
entendió que él, Pedro Alcázar, no era víctima ni villano.
Era
una semilla.
Era
el principio.
En
algún lugar lejano, en otra montaña rocosa, otro hombre perdía sus perros, otra
anciana de dos dedos encendía una fogata azul. Y el ciclo comenzaba de nuevo,
eterno, insaciable, mientras la montaña crecía, siempre crecía, devorando todo
a su paso, dejando solo raíces y recuerdos y el eco de risas que no eran del
todo humanas.
María
Alcázar, once años, hija de Pedro, hermana de Samuel, asesina de sus hermanos,
sobrevivió. Caminó tres días hasta encontrar un pueblo. Nunca habló de lo que
vio. Nunca tuvo hijos. Nunca se casó.
Pero
cada invierno, cuando la nieve cubría la tierra, sentía el tirón en su vientre.
Y sabía que, en algún lugar, su padre seguía predicando, que su hermano seguía
creciendo, que la montaña seguía hambrienta.
Y
en las noches más frías, cuando el viento aullaba entre los pinos, María podía
escucharlo: un sonido húmedo, de carne moviéndose, de raíces rompiendo huesos,
de algo que se alimentaba y crecía y esperaba.
Esperaba
a que ella volviera.
Esperaba
a que todos volvieran.
Porque
la montaña no olvida. La montaña nunca olvida... y tiene exactamente dos dedos,
largos y curvos, listos para agarrar, para arrastrar, para devorar.
Para
siempre.
«En las rocosas montañas de Araucanía, si pierdes
algo, no lo busques. Si ves una fogata, no te acerques. Y si una anciana de dos
dedos te ofrece comida, corre. Corre y nunca mires atrás.
Porque Kvpvka está hambrienta.
Y tú tienes exactamente la forma que le gusta».
Una
historia de horror escrita por: H.P. Hatecraft.
Basada
en la leyenda chilena: «La anciana dueña de la montaña».
Portada
original: V.D.M. Creada con AI.
Edición
final: H.P. Hatecraft.


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