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martes, 7 de julio de 2026

The Girl from the Sea II [Final]



Capítulo II [Final]:

Las Profundidades de la Deuda

La conciencia regresó a Víctor como un náufrago a la superficie: a golpes, con arcadas de aire que no lograba atrapar. Abrió los ojos.

No estaba en la sala de descanso… no estaba en ningún lugar que pudiera reconocer.

Una luz azul verdosa, débil y pulsante, iluminaba el espacio. Era como estar dentro de una medusa gigante. Las paredes eran de un material orgánico, húmedo y membranoso, que se expandía y contraía con un ritmo lento, como si respirara. El aire era denso, salino, y cada inhalación le llenaba los pulmones de una humedad fría que pesaba.

Intentó moverse y un dolor agudo le recorrió las articulaciones. Se miró las manos, su piel estaba pálida, casi translúcida, con venas azules marcadas bajo la superficie, sus uñas habían adquirido un tono azulado y parecían más gruesas, más duras. Al tocarse la cara, sintió que sus pómulos estaban más marcados, sus ojos más hundidos. Y el frío… un frío profundo que emanaba de sus huesos, que ninguna manta podría ahuyentar.

 

—«Ya estás despierto».

 

La voz de Marina resonó desde algún lugar de la cámara pulsante. Ella emergió de entre los pliegues de la pared membranosa, moviéndose con una gracia fluida que ya no era completamente humana. Su vestido gris estaba seco ahora, pero su piel conservaba ese brillo nacarado. Las escamas en sus sienes eran más visibles, y sus ojos verdes brillaban con una luz propia en la penumbra azulada.

 

—«¿Dónde… dónde mierda estoy?». La voz de Víctor sonó áspera, extraña en sus propios oídos, como si no la hubiera usado en años.

 

—«En mi hogar», dijo Marina, acercándose. Caminaba descalza sobre el suelo blando y húmedo, que cedía bajo sus pies. —«O en una parte de él. Una extensión en la costa, podríamos decir. Un lugar donde las cosas del mundo superior… pueden ser procesadas».

 

Víctor sintió un nuevo escalofrío, que nada tenía que ver con la temperatura.

—«Procesadas…»

 

Marina se arrodilló frente a él. Su aroma a algas y agua profunda era ahora abrumador.

—«Tú trabajas en algo que te abruma, que te consume Víctor. Desprecias con tu lejanía a quienes te rodean, los usas, los consumes. Es una función útil. Pero luego te llenas de soledad». Su sonrisa era dulce, pero sus ojos eran implacables. —«Yo tengo mi propia función. Mi propia… dieta».

 

Extendió una mano y tocó el pecho de Víctor, justo sobre el corazón. Él sintió un latido lento, terriblemente lento, bajo su piel fría.

 

—«No te comí, si es lo que temes», dijo ella, casi riendo. —«Eso sería grosero, y, además, desperdiciaría tanto potencial».


Sus dedos se deslizaron por su clavícula, dejando una estela de calor antinatural en la piel helada de Víctor.

—«Lo que tomé de ti fue el calor vital, la urgencia del tiempo, la chispa de la mortalidad que te quemaba por dentro. Tu… ansiedad por vivir. Era deliciosa».

 

Víctor cerró los ojos, recordando la niebla dulce y fría que lo había arrastrado. Recordaba la sensación de algo siendo extraído, succionado suavemente de su núcleo más íntimo.

 

—«¿Por qué?», preguntó, abriendo los ojos, sintiendo una rabia fría y lenta brotar donde antes hubiera habido pánico caliente. —«¿Por qué yo?»

 

Marina inclinó la cabeza, como si estudiara una curiosidad.

—«Porque estabas maduro. Porque tu rutina te había vaciado, te había hecho una vasija lista para ser llenada con algo nuevo. Y porque…» Su voz bajó a un susurro conspirativo, —«los hombres solitarios que anhelan cambio son los más fáciles de marcar. Su deuda es la más jugosa».

 

Se levantó y caminó hacia lo que parecía una abertura en la pared membranosa.

—«Ven. Te mostraré el alcance de tu deuda».

 

Víctor se puso de pie, con dificultad. Sus piernas se sentían extrañas, pesadas, como si estuvieran constantemente sumergidas en agua densa. Siguió a Marina a través de la abertura, que se cerró suavemente detrás de ellos como un músculo.

Lo que vio al otro lado lo dejó sin aliento.

Era una galería enorme, una caverna submarina natural pero ampliada por estructuras orgánicas que se retorcían como corales inteligentes. La luz provenía de criaturas bioluminiscentes incrustadas en las paredes y del propio tejido del lugar. Y en las paredes, había… nichos.

Dentro de ellos, figuras… hombres y mujeres, todos pálidos como Víctor, con la piel translúcida y el cabello flotando en un agua invisible y quieta. Estaban suspendidos, quietos, con los ojos cerrados. Algunos parecían jóvenes, otros mayores. Todos compartían una expresión de paz helada, de sueño eterno. Tubos y filamentos nacarados se enroscaban alrededor de sus miembros, conectándose a sus bocas, a sus torsos, alimentándose de algo.

 

—«Son los tributarios», explicó Marina, con el tono de una guía turística. —«Los que, como tú, contrajeron una deuda. No pueden morir, pero tampoco pueden vivir como antes. Su esencia vital, lo que queda de ella, mantiene este lugar. Alimenta las corrientes, nutre los bancos de peces, sostiene el equilibrio».

 

Se volvió hacia Víctor, sus ojos verdes brillando con fervor.

—«Es un ciclo hermoso. Los humanos toman del mar sin dar nada a cambio. Nosotros… restauramos el equilibrio. Tomamos a los que ya están medio vacíos y los convertimos en parte del ecosistema. Eternamente».

 

Víctor miró los rostros inertes. Vio en algunos un rastro de la misma desesperación rutinaria que él había sentido. Almas ahogadas, literalmente ahora, convertidas en baterías para un horror elegante.

 

—«Y yo… ¿voy a terminar así?» preguntó, su voz un susurro ronco.

 

Marina se le acercó, deslizando un brazo alrededor de su cintura. Su contacto ya no era excitante. Era posesivo, claustrofóbico.

—«No inmediatamente. Tu deuda es especial. Porque no solo me diste tu hospitalidad… me deseaste. Me abriste por completo, sin reservas. Eso hace que tu esencia sea más rica, más… maleable».

 

Su otra mano se posó en su estómago, plana y fría.

—«Hay un lugar para ti aquí, Víctor. Pero no en la pared… sino a mi lado».

 

—«¿Como qué?» preguntó él, sintiendo el horror solidificarse en su pecho como un bloque de hielo.

 

—«Como compañero. Como consorte». Sus labios se acercaron a su oído. —«El proceso puede ser lento. Tu cuerpo se adaptará. Desarrollarás branquias para respirar este aire húmedo. Tu piel se endurecerá. Tu sangre se enfriará hasta latir solo cuando la mía lo requiera. Y tu mente… tu mente se abrirá a las profundidades. Olvidarás el sol, tu familia, el viento seco, el tiempo que desperdiciaste, el sabor de la cerveza tibia. Solo conocerás la sal, la presión, el canto de las corrientes y… mi amor».

 

Era la propuesta más terrible que Víctor podía imaginar. No era la muerte; era la erradicación de todo lo que era, seguida de una eternidad como un accesorio decorativo en el acuario de una criatura antigua.

 

—«No», dijo, y la palabra, aunque débil, resonó en la cámara húmeda.

 

Marina se separó de él, su expresión de ternura se desvaneció, reemplazada por una fría decepción.

—«La deuda debe pagarse, Víctor. Las reglas de las profundidades son antiguas y no se rompen. Puedes aceptar tu lugar a mi lado, con cierta dignidad… o puedo colocarte en la pared. Tu esencia alimentará los bancos de merluza austral durante siglos. Tú eliges».

 

Víctor miró a su alrededor. Miró los nichos con sus durmientes eternos. Miró las paredes palpitantes de ese útero submarino. Miró a Marina, tan bella y tan monstruosa.

Recordó su roca. El viento cortante. La cerveza fría. El anhelo infinito y estúpido por algo diferente. Y supo, con una claridad glacial, que había tenido razón en anhelar un cambio. Pero este cambio no era un escape.

Era una condena.

Una idea comenzó a formarse en su mente, lenta y fría como el agua del Estrecho. Una idea nacida de la desesperación y de un último destello del hombre que había sido.

 

—«¿Y si… ofrezco algo más?», dijo Víctor, manteniendo su voz lo más estable que pudo. —«Algo que valga más que mi esencia vacía».

 

Marina arqueó una ceja escamosa.

—«¿Oh, en serio? ¿Y qué podría ofrecer un hombre ahogado en la rutina que valga más para mí?»

 

Víctor respiró hondo, el aire salado llenando sus pulmones ya medio transformados.

—«Otros… como yo, solitarios, desesperados por un cambio. Te los puedo llevar. Te los puedo entregar. Su esencia… sería tuya. Y yo… yo mantendría mi forma, mi conciencia, como tu cazador. Tu señuelo».

 

La propuesta era vil. Era traicionar a su propia especie, condenar a otros a su mismo destino o peor. Pero en el fondo de sus ojos helados, brillaba un último y egoísta destello de supervivencia.

Marina lo estudió por un largo momento, su cabeza inclinada. Luego, una sonrisa lenta, terrible y comprensiva, se extendió por sus labios.

 

—«Ah, Víctor…», susurró. —«Mira cómo las profundidades ya te moldean. La moral se disuelve bajo la presión, ¿no es así?».

 

Se acercó y le acarició la mejilla.

—«Es una oferta interesante. Pero las deudas no se pagan con promesas futuras. Se pagan con bienes presentes».

 

Su mano se deslizó hacia su nuca, sujetándolo con una fuerza increíble.

—«Tu oferta es aceptada. Serás mi cazador. Mi señuelo. Pero para asegurar tu lealtad… necesito un depósito. Una prenda».

 

—«¿Qué… qué quieres?», preguntó Víctor, sintiendo pánico ante el brillo en sus ojos.

 

—«El recuerdo», dijo Marina suavemente. —«El recuerdo del sol cálido en tu piel. El recuerdo del sabor de la cerveza. El recuerdo del viento seco barriendo la costa. Dame eso. Bórralo de tu mente para siempre. Y a cambio, te daré un siglo para llenar tu cuota con otras almas. Si fallas… tu nicho en la pared te espera, pero habrás olvidado incluso por qué lo mereces».

 

Era un tormento perfecto. Perder los últimos vestigios de su humanidad para ganar una oportunidad de posponer un destino horrible, cometiendo atrocidades en el camino.

Víctor miró los ojos verdes y fosforescentes de Marina. Vio el abismo infinito en ellos. Y supo que ya había caído. Que había caído la primera vez que la vio salir del mar.

Asintió lentamente.

No había otra salida.

Solo descensos más profundos.

Marina sonrió, una sonrisa de triunfo absoluto.

—«Bienvenido a las profundidades, cazador».

 

Sus labios se encontraron con los de Víctor, pero no hubo pasión esta vez. Solo un vacío succionante, una extracción quirúrgica. Víctor sintió cómo los recuerdos se desprendían como fotografías quemándose: el calor del sol en su rostro un verano lejano, la risa de unas amigas, el sabor amargo y maravilloso de su primera cerveza… cada sensación se volvía gris, plana, y luego se desvanecía en la nada salada.

Cuando Marina se separó, Víctor ya no recordaba qué era lo que había perdido. Solo sabía que estaba más frío, más vacío, y que una tarea lo esperaba.

Marina le entregó un objeto: un pequeño caracol negro, brillante y pulsante con una luz azul tenue.

 

—«Esto te llevará de vuelta a la costa. Te dará una apariencia casi normal… mientras caces. Regresa con tu primera ofrenda antes de que la luna nueva se llene otra vez».

 

Víctor tomó el caracol. Se sentía vivo y palpitante en su mano.

Sin una palabra más, una abertura se formó en la pared frente a él, revelando un túnel oscuro y húmedo que parecía ascender.

Víctor dio un último vistazo a Marina, que ahora observaba con la satisfacción de una araña en el centro de su red. Luego, dio media vuelta y comenzó a caminar por el túnel, alejándose de la cámara palpitante, de los durmientes eternos, de la criatura que ahora era su dueña.

Ascendió por mucho tiempo. Finalmente, emergió en una cueva costera familiar, cerca del puerto de la ciudad. Era de noche. El viento del Estrecho soplaba, pero ya no lo sentía cortar. Solo era un movimiento de aire, sin significado.

Salió a la playa. Su camioneta todavía estaba allí. Todo parecía igual, pero nada lo era. Se miró las manos bajo la luz de la luna. Parecían casi normales, solo un poco pálidas. Pero cuando respiró, notó que podía contener la respiración por minutos sin esfuerzo. Y el frío ya no le molestaba. Miró hacia todas partes. Su vehículo estaba cerca. Subió a su camioneta y encendió el motor. El sonido le pareció estridente, artificial.

Condujo de vuelta a la ciudad, a su casa, a su dormitorio vacío. Se paró frente al espejo del baño. Los ojos que lo miraban eran los suyos, pero más oscuros, como si miraran desde muy dentro de un pozo profundo. Y detrás del reflejo, por un instante, creyó ver el brillo azul verdoso de las profundidades, y la silueta de Marina sonriendo.

Su primera cacería comenzaría mañana. Había un hombre, un jefe, cuyo matrimonio estaba fracasando, que bebía solo cada noche en el mismo bar, mirando el vacío con los mismos ojos desesperados que Víctor alguna vez tuvo.

Él sabría cómo acercarse. Sabría qué promesas hacer.

Víctor apagó la luz y se quedó de pie en la oscuridad, sintiendo el peso del caracol negro en su bolsillo, palpitando suavemente contra su muslo, un recordatorio constante de su deuda y de su nueva, eterna y oscura rutina. 

El hombre que anhelaba un cambio había desaparecido. En su lugar, solo quedaba un cazador de las profundidades, una herramienta de la chica del mar, condenado a arrastrar a otros hacia el mismo abismo frío del que ya no podía escapar.

 

Y en la playa desierta, bajo la luna fría del Estrecho de Magallanes, las olas seguían rompiendo, arrastrando hacia la orilla, una y otra vez, caracoles vacíos y brillantes.

 

FIN




 

Una historia de horror escrita por: H.P. Hatecraft.

Portada original diseñada por: H.P. Hatecraft. Creada con AI.

Edición final: Vëthriön Asathørn. 

miércoles, 29 de abril de 2026

Umbra 00110001




«En la oscuridad encuentro un refugio de silencio y calma,

la noche se cierne densa, helada, como un páramo sin faz,

bajo el viento magallánico que azota y desgasta el alma,

y en su soplo de hielo perpetuo se resquebraja la paz.

 

Entre sombras y misterios levanto mi morada sin voz,

lejos del murmullo humano que corrompe todo sentido,

pues en cada rostro encuentro la misma máscara atroz,

y en su ruido vacío confirmo que nada ha sido.

 

Las estrellas arden frías, como clavos sobre el cielo gris,

iluminan sin consuelo este camino de escarcha infinita,

no prometen redención ni un destino feliz,

solo marcan la distancia de una existencia maldita.

 

La luna pálida observa, indiferente a mi condena,

derramando su luz muerta sobre la tierra desierta,

susurra verdades crueles que la razón no encadena,

y en cada palabra suya la esperanza queda muerta.

 

En el hielo austral respiro la soledad más pura,

un silencio que no acoge, sino que hiere y perfora,

no hay calor en lo desconocido, solo una grieta oscura,

donde el alma se disuelve y el tiempo se devora.

 

La oscuridad no redime, ni ofrece sendero alguno,

es un abismo sin fondo que devora toda intención,

no hay promesa en sus brazos, ni destino oportuno,

solo un eco interminable de fría negación.

 

Así me hundo en su manto, sin fe y sin regreso,

rechazando al hombre y su inútil ilusión,

porque en este sur helado todo final es el mismo proceso:

la lenta, inevitable y absoluta disolución».

 

Escrito por: Ian «Ülveer» Moone.

Portada creada por: Ian «Ülveer» Moone con la ayuda de AI.

Edición final: Vëthriön Asathørn.


viernes, 10 de abril de 2026

Terra Requiem



El mundo había dejado de girar hacía siglos, aunque nadie recordaba cuándo exactamente. El sol, una masa enferma de color amarillo pútrido, permanecía clavado en lo alto de un cielo sin nubes, sin atardeceres ni amaneceres que rompieran la monotonía de la eterna agonía. La última hoja había caído de los árboles petrificados cincuenta generaciones atrás, según contaban los ancianos cuyas voces eran apenas susurros de polvo.

 

Khaid arrastró los pies sobre la tierra agrietada, las grietas en su piel reflejando las del suelo. A su lado, Zaira llevaba el rostro cubierto con trapos húmedos—un lujo que solo podían permitirse usando las últimas gotas del pozo familiar. Detrás de ellos, el más joven, Lioren, tosía con ese sonido seco y rasposo que todos habían desarrollado desde niños. 

La lluvia algo ácida caía sobre el polvoso suelo y el olor nauseabundo quemaba la respiración.

 

—«El vapor se espesa», murmuró Zaira, sus ojos—demasiado grandes para su rostro demacrado—escaneando el horizonte donde el océano hervía a lo lejos. Un mugido constante llegaba desde la costa, el sonido de aguas eternamente en ebullición, liberando vapores que olían a podredumbre marina y metales corroídos.

 

—«El refugio de los Antiguos debería estar cerca», dijo Khaid, su voz sonaba como un crujido. —«Mi abuelo decía que sus cúpulas aún resistían… espero que no sean solo leyendas».

 

Lioren se detuvo, señalando hacia el este.

—«Allí. Las torres… son las torres. Llegamos».

 

Emergiendo de la neblina tóxica se alzaban tres estructuras cilíndricas, negras como el carbón, superficies extrañamente lisas a pesar del milenio de decadencia. No eran construcciones humanas—nadie recordaba quién las había erigido, solo que existían desde antes de la Gran Sequía, antes de que el sol se detuviera.

El interior olía a polvo antiguo y algo más—una dulzura agria que se pegaba al paladar. Las paredes estaban cubiertas de relieves que mostraban criaturas con demasiados miembros y ojos, adorando a formas geométricas que herían la mente con solo observarlas.

 

—«Este lugar... parece que respira», susurró Zaira, tocando una pared que parecía vibrar levemente bajo sus dedos.

 

—«No digas tonterías. Aquí no hay nada vivo, solo óxido y descomposición», gruñó Khaid, pero su mano temblaba al encender la última antorcha química. La luz azulada reveló algo en el centro de la cámara principal: un pedestal con inscripciones que se retorcían como gusanos fosforescentes.

 

Lioren se acercó, hipnotizado.

—«Está hablando... es como una armonía que está dentro...»

 

—«Bienvenidos, últimos hijos de la deuda».

 

Los tres saltaron asustados. La voz no surgió del aire sino de sus propias mentes, un eco frío que se enredaba en sus pensamientos. Una voz reverberante que sonaba como muchas.

 

—«¿Qué deuda? Dinos, ¿Qué deuda?» preguntó Khaid, tratando de sonar desafiante mientras el miedo le helaba la sangre ya espesa.

 

—«La deuda de la existencia. La deuda de la conciencia. Sus ancestros pidieron prestado tiempo cuando el mundo ya debía fenecer. Extendieron su estancia... a cambio de esto».

 

Imágenes inundaron sus mentes: seres humanos antiguos, no tan diferentes a ellos, pero con tecnología perdida, realizando rituales ante estas mismas estructuras. Un pacto. Más tiempo a cambio de... algo por venir.

 

—«¿A cambio de qué?» gritó Zaira, llevándose las manos a la cabeza como si pudiera detener las voces.

 

—«A cambio del olvido. A cambio de la aniquilación total. No solo la muerte física—eso sería misericordia. Sino la erradicación del recuerdo. Cuando el último de ustedes perezca, nada quedará. Ni historias, ni ecos en el cosmos, ni siquiera fantasmas en la oscuridad. Serán como si nunca hubieran existido».

 

Lioren cayó de rodillas.

—«Por eso los pozos se secan. Por eso el sol no se mueve. Estamos viviendo un tiempo prestado... y el préstamo se vence, ¿Cierto?».

 

Khaid miró sus manos, la piel cuarteada como la tierra exterior.

—«¿Cuánto queda?»

 

—«Horas. Quizás minutos. La cuenta regresiva terminó hace generaciones. Ustedes son el interés acumulado—los últimos decimales de una ecuación cósmica».

 

Zaira comenzó a reír—un sonido demente y quebrado. Su interior se despedazaba lentamente. 

—«¡Entonces toda la mierda fue inútil! ¡Nuestras luchas, nuestros amores, nuestros nombres...!»

 

—«Los nombres son lo primero que se olvida», susurró la voz/entidad/estructura. —«Luego los rostros. Luego la sensación de haber sido… de haber existido».

 

Las paredes comenzaron a brillar con una luz violeta antinatural. El suelo tembló, pero no como un terremoto—era como si la realidad misma se estuviera desenredando.

 

—«¡Al menos déjanos recordar hasta el final!», suplicó Lioren.

 

—«Esa era la cláusula», dijo la voz, casi con pena. —«El precio incluye saberlo. Saber que nadie llorará su pérdida porque no habrá nadie para recordar que hubo algo que perder».

 

Khaid tomó las manos de Zaira y Lioren. Sus pieles se desintegraron al contacto, convirtiéndose en finas cenizas grises que se elevaban en el aire inmóvil de la cámara.

 

—«Entonces juntos nos perderemos en el olvido», dijo Khaid, y fueron sus últimas palabras.

 

Zaira intentó responder, pero su boca era ya polvo. Lioren cerró los ojos—un gesto instintivo ante lo inevitable—pero cuando intentó abrirlos de nuevo, descubrió que nunca había tenido ojos, ni rostro, ni nombre.

 

La luz violeta creció hasta volverse blanca, y luego negra—una negrura más absoluta que la simple ausencia de luz. Era la negrura de lo que nunca fue.

Las tres torres cilíndricas se desvanecieron, luego el paisaje agrietado, luego el océano hirviente, luego el sol enfermo. Finalmente, el propio planeta dejó de existir, y no fue con una explosión sino con un suspiro ahogado que nadie escuchó.

 

Y en algún lugar entre las estrellas indiferentes, ni siquiera el vacío recordó que alguna vez hubo algo aquí que mereciera ser olvidado.

 

 

Una historia apocalíptica basada en el tema musical ‘Terra Requiem’ de Mare Cognitum.

«Las últimas hojas han caído,

la última enredadera se ha marchitado.

El océano lleva tanto tiempo hirviendo

que nos ahoga el aliento con su vapor fétido.

 

Buscamos refugio a toda costa

del sol despiadado

que nos agrieta la piel

y seca nuestros pozos.

 

Tan grande es la deuda que hemos contraído

Que así también nos marchitaremos y nos convertiremos en polvo.

Pagaremos con las cenizas de nuestra humanidad

y dejaremos de caminar sobre esta tierra,

y la tierra olvidará nuestro nombre.

 

Las últimas hojas han caído,

la última enredadera se ha marchitado.

El océano lleva tanto tiempo hirviendo

que nos ahoga el aliento con su vapor fétido.

 

Buscamos refugio a toda costa

del sol despiadado

que nos agrieta la piel

y seca nuestros pozos.

 

Tan grande es la deuda que hemos contraído

Que así también nos marchitaremos y nos convertiremos en polvo.

Pagaremos con las cenizas de nuestra humanidad

y dejaremos de caminar sobre esta tierra,

y la tierra olvidará nuestro nombre».

 

Esta historia original es una idea presentada por: V.D.M.

Edición final: Vëthriön Asathørn.