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martes, 7 de julio de 2026

The Girl from the Sea II [Final]



Capítulo II [Final]:

Las Profundidades de la Deuda

La conciencia regresó a Víctor como un náufrago a la superficie: a golpes, con arcadas de aire que no lograba atrapar. Abrió los ojos.

No estaba en la sala de descanso… no estaba en ningún lugar que pudiera reconocer.

Una luz azul verdosa, débil y pulsante, iluminaba el espacio. Era como estar dentro de una medusa gigante. Las paredes eran de un material orgánico, húmedo y membranoso, que se expandía y contraía con un ritmo lento, como si respirara. El aire era denso, salino, y cada inhalación le llenaba los pulmones de una humedad fría que pesaba.

Intentó moverse y un dolor agudo le recorrió las articulaciones. Se miró las manos, su piel estaba pálida, casi translúcida, con venas azules marcadas bajo la superficie, sus uñas habían adquirido un tono azulado y parecían más gruesas, más duras. Al tocarse la cara, sintió que sus pómulos estaban más marcados, sus ojos más hundidos. Y el frío… un frío profundo que emanaba de sus huesos, que ninguna manta podría ahuyentar.

 

—«Ya estás despierto».

 

La voz de Marina resonó desde algún lugar de la cámara pulsante. Ella emergió de entre los pliegues de la pared membranosa, moviéndose con una gracia fluida que ya no era completamente humana. Su vestido gris estaba seco ahora, pero su piel conservaba ese brillo nacarado. Las escamas en sus sienes eran más visibles, y sus ojos verdes brillaban con una luz propia en la penumbra azulada.

 

—«¿Dónde… dónde mierda estoy?». La voz de Víctor sonó áspera, extraña en sus propios oídos, como si no la hubiera usado en años.

 

—«En mi hogar», dijo Marina, acercándose. Caminaba descalza sobre el suelo blando y húmedo, que cedía bajo sus pies. —«O en una parte de él. Una extensión en la costa, podríamos decir. Un lugar donde las cosas del mundo superior… pueden ser procesadas».

 

Víctor sintió un nuevo escalofrío, que nada tenía que ver con la temperatura.

—«Procesadas…»

 

Marina se arrodilló frente a él. Su aroma a algas y agua profunda era ahora abrumador.

—«Tú trabajas en algo que te abruma, que te consume Víctor. Desprecias con tu lejanía a quienes te rodean, los usas, los consumes. Es una función útil. Pero luego te llenas de soledad». Su sonrisa era dulce, pero sus ojos eran implacables. —«Yo tengo mi propia función. Mi propia… dieta».

 

Extendió una mano y tocó el pecho de Víctor, justo sobre el corazón. Él sintió un latido lento, terriblemente lento, bajo su piel fría.

 

—«No te comí, si es lo que temes», dijo ella, casi riendo. —«Eso sería grosero, y, además, desperdiciaría tanto potencial».


Sus dedos se deslizaron por su clavícula, dejando una estela de calor antinatural en la piel helada de Víctor.

—«Lo que tomé de ti fue el calor vital, la urgencia del tiempo, la chispa de la mortalidad que te quemaba por dentro. Tu… ansiedad por vivir. Era deliciosa».

 

Víctor cerró los ojos, recordando la niebla dulce y fría que lo había arrastrado. Recordaba la sensación de algo siendo extraído, succionado suavemente de su núcleo más íntimo.

 

—«¿Por qué?», preguntó, abriendo los ojos, sintiendo una rabia fría y lenta brotar donde antes hubiera habido pánico caliente. —«¿Por qué yo?»

 

Marina inclinó la cabeza, como si estudiara una curiosidad.

—«Porque estabas maduro. Porque tu rutina te había vaciado, te había hecho una vasija lista para ser llenada con algo nuevo. Y porque…» Su voz bajó a un susurro conspirativo, —«los hombres solitarios que anhelan cambio son los más fáciles de marcar. Su deuda es la más jugosa».

 

Se levantó y caminó hacia lo que parecía una abertura en la pared membranosa.

—«Ven. Te mostraré el alcance de tu deuda».

 

Víctor se puso de pie, con dificultad. Sus piernas se sentían extrañas, pesadas, como si estuvieran constantemente sumergidas en agua densa. Siguió a Marina a través de la abertura, que se cerró suavemente detrás de ellos como un músculo.

Lo que vio al otro lado lo dejó sin aliento.

Era una galería enorme, una caverna submarina natural pero ampliada por estructuras orgánicas que se retorcían como corales inteligentes. La luz provenía de criaturas bioluminiscentes incrustadas en las paredes y del propio tejido del lugar. Y en las paredes, había… nichos.

Dentro de ellos, figuras… hombres y mujeres, todos pálidos como Víctor, con la piel translúcida y el cabello flotando en un agua invisible y quieta. Estaban suspendidos, quietos, con los ojos cerrados. Algunos parecían jóvenes, otros mayores. Todos compartían una expresión de paz helada, de sueño eterno. Tubos y filamentos nacarados se enroscaban alrededor de sus miembros, conectándose a sus bocas, a sus torsos, alimentándose de algo.

 

—«Son los tributarios», explicó Marina, con el tono de una guía turística. —«Los que, como tú, contrajeron una deuda. No pueden morir, pero tampoco pueden vivir como antes. Su esencia vital, lo que queda de ella, mantiene este lugar. Alimenta las corrientes, nutre los bancos de peces, sostiene el equilibrio».

 

Se volvió hacia Víctor, sus ojos verdes brillando con fervor.

—«Es un ciclo hermoso. Los humanos toman del mar sin dar nada a cambio. Nosotros… restauramos el equilibrio. Tomamos a los que ya están medio vacíos y los convertimos en parte del ecosistema. Eternamente».

 

Víctor miró los rostros inertes. Vio en algunos un rastro de la misma desesperación rutinaria que él había sentido. Almas ahogadas, literalmente ahora, convertidas en baterías para un horror elegante.

 

—«Y yo… ¿voy a terminar así?» preguntó, su voz un susurro ronco.

 

Marina se le acercó, deslizando un brazo alrededor de su cintura. Su contacto ya no era excitante. Era posesivo, claustrofóbico.

—«No inmediatamente. Tu deuda es especial. Porque no solo me diste tu hospitalidad… me deseaste. Me abriste por completo, sin reservas. Eso hace que tu esencia sea más rica, más… maleable».

 

Su otra mano se posó en su estómago, plana y fría.

—«Hay un lugar para ti aquí, Víctor. Pero no en la pared… sino a mi lado».

 

—«¿Como qué?» preguntó él, sintiendo el horror solidificarse en su pecho como un bloque de hielo.

 

—«Como compañero. Como consorte». Sus labios se acercaron a su oído. —«El proceso puede ser lento. Tu cuerpo se adaptará. Desarrollarás branquias para respirar este aire húmedo. Tu piel se endurecerá. Tu sangre se enfriará hasta latir solo cuando la mía lo requiera. Y tu mente… tu mente se abrirá a las profundidades. Olvidarás el sol, tu familia, el viento seco, el tiempo que desperdiciaste, el sabor de la cerveza tibia. Solo conocerás la sal, la presión, el canto de las corrientes y… mi amor».

 

Era la propuesta más terrible que Víctor podía imaginar. No era la muerte; era la erradicación de todo lo que era, seguida de una eternidad como un accesorio decorativo en el acuario de una criatura antigua.

 

—«No», dijo, y la palabra, aunque débil, resonó en la cámara húmeda.

 

Marina se separó de él, su expresión de ternura se desvaneció, reemplazada por una fría decepción.

—«La deuda debe pagarse, Víctor. Las reglas de las profundidades son antiguas y no se rompen. Puedes aceptar tu lugar a mi lado, con cierta dignidad… o puedo colocarte en la pared. Tu esencia alimentará los bancos de merluza austral durante siglos. Tú eliges».

 

Víctor miró a su alrededor. Miró los nichos con sus durmientes eternos. Miró las paredes palpitantes de ese útero submarino. Miró a Marina, tan bella y tan monstruosa.

Recordó su roca. El viento cortante. La cerveza fría. El anhelo infinito y estúpido por algo diferente. Y supo, con una claridad glacial, que había tenido razón en anhelar un cambio. Pero este cambio no era un escape.

Era una condena.

Una idea comenzó a formarse en su mente, lenta y fría como el agua del Estrecho. Una idea nacida de la desesperación y de un último destello del hombre que había sido.

 

—«¿Y si… ofrezco algo más?», dijo Víctor, manteniendo su voz lo más estable que pudo. —«Algo que valga más que mi esencia vacía».

 

Marina arqueó una ceja escamosa.

—«¿Oh, en serio? ¿Y qué podría ofrecer un hombre ahogado en la rutina que valga más para mí?»

 

Víctor respiró hondo, el aire salado llenando sus pulmones ya medio transformados.

—«Otros… como yo, solitarios, desesperados por un cambio. Te los puedo llevar. Te los puedo entregar. Su esencia… sería tuya. Y yo… yo mantendría mi forma, mi conciencia, como tu cazador. Tu señuelo».

 

La propuesta era vil. Era traicionar a su propia especie, condenar a otros a su mismo destino o peor. Pero en el fondo de sus ojos helados, brillaba un último y egoísta destello de supervivencia.

Marina lo estudió por un largo momento, su cabeza inclinada. Luego, una sonrisa lenta, terrible y comprensiva, se extendió por sus labios.

 

—«Ah, Víctor…», susurró. —«Mira cómo las profundidades ya te moldean. La moral se disuelve bajo la presión, ¿no es así?».

 

Se acercó y le acarició la mejilla.

—«Es una oferta interesante. Pero las deudas no se pagan con promesas futuras. Se pagan con bienes presentes».

 

Su mano se deslizó hacia su nuca, sujetándolo con una fuerza increíble.

—«Tu oferta es aceptada. Serás mi cazador. Mi señuelo. Pero para asegurar tu lealtad… necesito un depósito. Una prenda».

 

—«¿Qué… qué quieres?», preguntó Víctor, sintiendo pánico ante el brillo en sus ojos.

 

—«El recuerdo», dijo Marina suavemente. —«El recuerdo del sol cálido en tu piel. El recuerdo del sabor de la cerveza. El recuerdo del viento seco barriendo la costa. Dame eso. Bórralo de tu mente para siempre. Y a cambio, te daré un siglo para llenar tu cuota con otras almas. Si fallas… tu nicho en la pared te espera, pero habrás olvidado incluso por qué lo mereces».

 

Era un tormento perfecto. Perder los últimos vestigios de su humanidad para ganar una oportunidad de posponer un destino horrible, cometiendo atrocidades en el camino.

Víctor miró los ojos verdes y fosforescentes de Marina. Vio el abismo infinito en ellos. Y supo que ya había caído. Que había caído la primera vez que la vio salir del mar.

Asintió lentamente.

No había otra salida.

Solo descensos más profundos.

Marina sonrió, una sonrisa de triunfo absoluto.

—«Bienvenido a las profundidades, cazador».

 

Sus labios se encontraron con los de Víctor, pero no hubo pasión esta vez. Solo un vacío succionante, una extracción quirúrgica. Víctor sintió cómo los recuerdos se desprendían como fotografías quemándose: el calor del sol en su rostro un verano lejano, la risa de unas amigas, el sabor amargo y maravilloso de su primera cerveza… cada sensación se volvía gris, plana, y luego se desvanecía en la nada salada.

Cuando Marina se separó, Víctor ya no recordaba qué era lo que había perdido. Solo sabía que estaba más frío, más vacío, y que una tarea lo esperaba.

Marina le entregó un objeto: un pequeño caracol negro, brillante y pulsante con una luz azul tenue.

 

—«Esto te llevará de vuelta a la costa. Te dará una apariencia casi normal… mientras caces. Regresa con tu primera ofrenda antes de que la luna nueva se llene otra vez».

 

Víctor tomó el caracol. Se sentía vivo y palpitante en su mano.

Sin una palabra más, una abertura se formó en la pared frente a él, revelando un túnel oscuro y húmedo que parecía ascender.

Víctor dio un último vistazo a Marina, que ahora observaba con la satisfacción de una araña en el centro de su red. Luego, dio media vuelta y comenzó a caminar por el túnel, alejándose de la cámara palpitante, de los durmientes eternos, de la criatura que ahora era su dueña.

Ascendió por mucho tiempo. Finalmente, emergió en una cueva costera familiar, cerca del puerto de la ciudad. Era de noche. El viento del Estrecho soplaba, pero ya no lo sentía cortar. Solo era un movimiento de aire, sin significado.

Salió a la playa. Su camioneta todavía estaba allí. Todo parecía igual, pero nada lo era. Se miró las manos bajo la luz de la luna. Parecían casi normales, solo un poco pálidas. Pero cuando respiró, notó que podía contener la respiración por minutos sin esfuerzo. Y el frío ya no le molestaba. Miró hacia todas partes. Su vehículo estaba cerca. Subió a su camioneta y encendió el motor. El sonido le pareció estridente, artificial.

Condujo de vuelta a la ciudad, a su casa, a su dormitorio vacío. Se paró frente al espejo del baño. Los ojos que lo miraban eran los suyos, pero más oscuros, como si miraran desde muy dentro de un pozo profundo. Y detrás del reflejo, por un instante, creyó ver el brillo azul verdoso de las profundidades, y la silueta de Marina sonriendo.

Su primera cacería comenzaría mañana. Había un hombre, un jefe, cuyo matrimonio estaba fracasando, que bebía solo cada noche en el mismo bar, mirando el vacío con los mismos ojos desesperados que Víctor alguna vez tuvo.

Él sabría cómo acercarse. Sabría qué promesas hacer.

Víctor apagó la luz y se quedó de pie en la oscuridad, sintiendo el peso del caracol negro en su bolsillo, palpitando suavemente contra su muslo, un recordatorio constante de su deuda y de su nueva, eterna y oscura rutina. 

El hombre que anhelaba un cambio había desaparecido. En su lugar, solo quedaba un cazador de las profundidades, una herramienta de la chica del mar, condenado a arrastrar a otros hacia el mismo abismo frío del que ya no podía escapar.

 

Y en la playa desierta, bajo la luna fría del Estrecho de Magallanes, las olas seguían rompiendo, arrastrando hacia la orilla, una y otra vez, caracoles vacíos y brillantes.

 

FIN




 

Una historia de horror escrita por: H.P. Hatecraft.

Portada original diseñada por: H.P. Hatecraft. Creada con AI.

Edición final: Vëthriön Asathørn. 

domingo, 5 de julio de 2026

The Girl from the Sea

 





Capítulo 1:

La Aparición

El viento del Estrecho de Magallanes cortaba como cuchillos de hielo, pero Víctor ya estaba acostumbrado. Sentado en la misma roca de siempre, con su misma chaqueta y la misma cerveza fría en la mano, miraba las olas romper contra la costa rocosa. Era sábado por la noche, poco movimiento en la ciudad de Punta Arenas, las luces parpadeaban en la distancia, y él grababa con su teléfono el mismo paisaje de siempre, esperando —como cada fin de semana— que algo, algo cambiara.

Su vida era un ciclo: trabajo en el edificio de siempre de lunes a viernes, cervezas los sábados en la playa, domingos vacíos. A sus treinta y cinco años, sentía que el tiempo se le escapaba entre los dedos como la arena negra de esa costa.

Fue entonces cuando la vio.

Primero fue solo una silueta en la penumbra azulada del crepúsculo del Estrecho. Algo emergiendo del agua. Víctor bajó el teléfono, entrecerró los ojos. Pensó en una foca, en un lobo marino… pero la figura se irguió, humana, y comenzó a caminar hacia la orilla.

Era una mujer. Salía del mar como si fuera su hogar, con un vestido largo de un gris perla que se le pegaba al cuerpo, delineando curvas que hacían que a Víctor se le secara la garganta. El agua gélida —que él sabía rondaba los 0°C— parecía no afectarla. Su cabello, negro azabache y tan largo que le llegaba casi a la cintura, goteaba sobre sus hombros pálidos. Su piel brillaba bajo la luz de la Luna llena, luminosa, casi irreal.

Víctor se quedó paralizado cuando ella se acercó directamente hacia él. Sus ojos eran de un verde profundo, como algas en aguas oscuras, y en ellos había una curiosidad antigua. Olía a sal, a algas frescas, a algo salvaje y profundo.

 

—«Hola», dijo ella, y su voz era como el sonido de las olas acariciando las piedras: suave, musical, hipnótica. — «¿Puedo sentarme?»

 

Víctor apenas pudo asentir, moviendo la cabeza como un autómata. Ella se sentó a su lado en la roca, su vestido goteando, pero su cuerpo no temblaba de frío. Al contrario, emanaba una calidez extraña, como si llevara el océano dentro.

 

—«¿Qué… qué haces en el agua a esta hora? Está helada», logró balbucear Víctor, aún incrédulo.

 

Ella sonrió, una sonrisa que hizo que su corazón latiera con fuerza.

—«Amo el mar. Me hace sentir libre. Me llamo Marina, por cierto».

 

—«Víctor, me… me llamo Víctor», dijo él, sintiendo que su nombre sonaba terriblemente mundano comparado con el de ella.

 

Marina se quedó mirando el horizonte, y durante una hora hablaron. O, más bien, ella habló y él la escuchó, hechizado. Hablaba de las corrientes, de las criaturas de las profundidades, de la luna tirando de las mareas. Víctor nunca había conocido a alguien así. Cuando le ofreció una cerveza, ella la aceptó, y sus dedos largos y pálidos rozaron los suyos, enviando un escalofrío electrizante por su brazo.

 

—«¿Tienes hambre?», preguntó Víctor, sintiendo que no podía dejar que esta noche terminara aquí. — «Podríamos… ir a algún lado. Yo tengo auto».

 

El brillo en los ojos verdes de Marina se intensificó.

—«Me encantaría».

 

La condujo en su vieja camioneta por la carretera costera, deteniéndose en un almacén solitario para comprar más cervezas, algo de pan, queso, embutidos. Marina eligió todo con una curiosidad infantil, como si nunca hubiera hecho algo tan mundano. Su risa llenaba el auto, y Víctor se sentía más vivo que en años.

 

—«¿A dónde vamos?», preguntó ella mientras la el auto serpenteaba entre calles y avenidas.

 

—«Al lugar donde trabajo», dijo Víctor, un poco avergonzado. —«Es un edificio antiguo. No es bonito, pero está vacío los fines de semana. Tenemos una sala de descanso con calefacción».

 

—«Suena perfecto», murmuró Marina, colocando una mano en su muslo. El contacto, a través del pantalón, era como una corriente cálida.

 

El edificio era un lugar algo sombrío y funcional, con olor neutro. Subieron una escalera y Víctor encendió las luces de la sala de descanso, una habitación pequeña con una mesa, un notebook, unas sillas, un librero y un sofá viejo. Marina entró como si estuviera explorando una catedral, tocando las paredes, mirando todo el lugar con fascinación.

Víctor puso la comida y las cervezas sobre la mesa. La atmósfera era íntima, iluminada solo por la luz fluorescente que parpadeaba ligeramente. Marina se sentó en el sofá, patéticamente, y Víctor se sentó a su lado, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo y el olor a océano que parecía emanar de su piel.

Bebieron, comieron, y la conversación fluyó. Pero Víctor apenas podía concentrarse en las palabras. Estaba absorto en ella: en la curva de su cuello, en la manera en que sus labios húmedos se movían, en la promesa que parecía brillar en sus ojos verdes. Era la mujer más hermosa que había visto jamás, y estaba aquí, con él, en su mundo gris.

 

—«Tu vida parece muy… rutinaria, Víctor», dijo Marina en un momento dado, su voz bajando a un susurro sedoso. Sus dedos jugueteaban con el cuello de su propia cerveza.

 

—«Lo es», admitió él, sintiendo una oleada de autocompasión. —«Me ahoga. Todos los días lo mismo».

 

Marina se inclinó hacia él. Su aliento olía a cerveza y a algo más, a algas dulces, a aire de mar profundo.

—«Quizás necesitas algo más emocionante. Algo que te haga sentir… vivo».

 

Antes de que Víctor pudiera responder, ella cerró la distancia y sus labios se encontraron con los suyos. El beso no fue tierno. Fue voraz, hambriento, salado. Víctor respondió con igual desesperación, sus manos encontrando su cintura, sintiendo el tejido mojado y frío del vestido bajo sus palmas. Pero la piel debajo estaba caliente, sorprendentemente caliente.

Marina lo empujó hacia atrás sobre el sofá, subiéndose a horcajadas sobre su regazo. Su peso era más de lo que parecía, sólido, anclado. Sus manos se deslizaron por su pecho, desabrochando los botones de su camisa.

 

—«Marina…», jadeó Víctor, perdido en la sensación.

 

—«Calla», susurró ella contra su boca. —«Esta noche es mía. Déjame hacerte sentir».

 

Lo que siguió fue un torbellino de sensaciones. El vestido gris de Marina cayó al suelo, revelando un cuerpo esculpido y pálido, con curvas que parecían diseñadas para volver loco a un hombre. Pero Víctor notó, en su éxtasis, detalles extraños: sus pies parecían ligeramente palmeados, su piel tenía un tono nacarado que brillaba bajo la luz fluorescente, y cuando ella lo mordió en el hombro —no con dolor, sino con una presión posesiva— su saliva dejó una sensación extraña, viscosa y ligeramente eléctrica.

 

El sexo fue intenso, salvaje, como un naufragio. Marina lo dominaba por completo, guiando sus movimientos, dictando el ritmo con susurros que sonaban más a cánticos que a palabras de amor. Víctor se entregó, abrumado por la pasión y la novedad. Era justo lo que había deseado: un escape, una aventura.

Después, yacían entrelazados en el sofá estrecho, sudorosos y jadeantes. Marina acariciaba el pelo de Víctor con una mano, pero sus ojos verdes miraban el techo de la sala, reflexivos, calculadores.

 

—«Fue increíble», murmuró Víctor, enterrando la cara en su cuello salado.

 

—«Solo el principio, Víctor», dijo ella, y su voz tenía ahora un matiz diferente, más frío, más resonante. —«Tú me diste tu hospitalidad. Me diste calor. Ahora… es mi turno de darte algo a cambio».

 

Víctor levantó la cabeza, confundido por su tono.

—«¿A cambio?»

 

Marina se sentó, su cuerpo desnudo brillando como perla bajo la luz. Sonrió, pero la sonrisa ya no era cálida. Era amplia, llena de dientes que parecían un poco demasiado afilados, un poco demasiado numerosos.

 

—«Sí, Víctor. En las profundidades, tenemos nuestras propias… cortesías. Tú me ofreciste comida, bebida, refugio. Yo te ofrecí mi cuerpo, mi atención».

Su mano se posó en su pecho, justo sobre su corazón. Víctor sintió un latido anormalmente fuerte bajo su palma.

—«Pero ahora, la deuda debe saldarse. Y las deudas con las mías… siempre se pagan con interés».

 

Un frío que no tenía nada que ver con la temperatura ambiente se apoderó de Víctor.

—«¿Las tuyas? ¿Qué quieres decir?»

 

Marina se inclinó, y sus ojos verdes ahora parecían fosforescentes, como los de un pez abisal.

—«No salí del Estrecho por casualidad, Víctor. Te estuve observando. Semana tras semana, en tu roca, bebiendo tu tristeza. Eres perfecto. Un alma ahogada en la rutina, anhelando un cambio».

Su sonrisa se volvió una mueca de pura sed.

—«Yo soy ese cambio. Y el precio por sacarte de tu aburrimiento… es tu esencia. Tu vitalidad. Tu tiempo».

 

Víctor intentó alejarse, pero descubrió que su cuerpo no respondía. Estaba paralizado, solo sus ojos podían moverse, mirando con horror cómo la belleza etérea de Marina comenzaba a cambiar sutilmente. Su piel tomaba un tono más azulado, escamas diminutas e iridiscentes asomaban en sus sienes y a lo largo de su columna vertebral. Pequeñas branquias palpitaban en su cuello.

 

—«No…», logró forcejear Víctor.

 

—«Oh, sí», susurró Marina, y ahora su voz era un eco de las profundidades, un sonido que resonaba dentro de su cráneo. —«No es doloroso, te lo prometo. Solo un poco… frío. Y para siempre».

 

Ella abrió la boca, y Víctor vio que su garganta brillaba con una luz azul pálida, bioluminiscente. Se inclinó sobre él, y en lugar de un beso, sopló suavemente sobre sus labios. Víctor sintió cómo algo se marchitaba dentro de él… no su cuerpo, sino algo más profundo: su energía, sus recuerdos de calor, la misma sensación de futuro. Una niebla fría y dulce invadió su mente, arrastrándolo hacia un olvido plácido pero irreversible.

Mientras su conciencia se desvanecía, la última cosa que vio fue a Marina —o lo que fuera que ella era ahora— sonriendo con ternura, sus manos de dedos ahora ligeramente unidos por membranas acariciando su mejilla.

 

—«Descansa, Víctor», cantó su voz, el sonido de una sirena arrastrando a un marinero hacia las profundidades. —«Tu rutina de tierra ha terminado. Ahora perteneces al mar».

 

Sus ojos se cerraron. Ya no sentía el sofá bajo su cuerpo. Solo flotaba, en una oscuridad salada y silenciosa, mientras algo frío y antiguo se enroscaba alrededor de su esencia, reclamándola, arrastrándola hacia un abismo sin tiempo.

 

Afuera, el viento del Estrecho de Magallanes aullaba, y las olas rompían contra la costa, indiferentes.

 

Fin del Capítulo 1




 

Historia de horror psicológico/místico escrita por: H.P. Hatecraft.

Portada diseñada por: Vëthriön Asathørn. Creada con AI.

Edición final: Vëthriön Asathørn.