viernes, 10 de abril de 2026

Terra Requiem



El mundo había dejado de girar hacía siglos, aunque nadie recordaba cuándo exactamente. El sol, una masa enferma de color amarillo pútrido, permanecía clavado en lo alto de un cielo sin nubes, sin atardeceres ni amaneceres que rompieran la monotonía de la eterna agonía. La última hoja había caído de los árboles petrificados cincuenta generaciones atrás, según contaban los ancianos cuyas voces eran apenas susurros de polvo.

 

Khaid arrastró los pies sobre la tierra agrietada, las grietas en su piel reflejando las del suelo. A su lado, Zaira llevaba el rostro cubierto con trapos húmedos—un lujo que solo podían permitirse usando las últimas gotas del pozo familiar. Detrás de ellos, el más joven, Lioren, tosía con ese sonido seco y rasposo que todos habían desarrollado desde niños. 

La lluvia algo ácida caía sobre el polvoso suelo y el olor nauseabundo quemaba la respiración.

 

—«El vapor se espesa», murmuró Zaira, sus ojos—demasiado grandes para su rostro demacrado—escaneando el horizonte donde el océano hervía a lo lejos. Un mugido constante llegaba desde la costa, el sonido de aguas eternamente en ebullición, liberando vapores que olían a podredumbre marina y metales corroídos.

 

—«El refugio de los Antiguos debería estar cerca», dijo Khaid, su voz sonaba como un crujido. —«Mi abuelo decía que sus cúpulas aún resistían… espero que no sean solo leyendas».

 

Lioren se detuvo, señalando hacia el este.

—«Allí. Las torres… son las torres. Llegamos».

 

Emergiendo de la neblina tóxica se alzaban tres estructuras cilíndricas, negras como el carbón, superficies extrañamente lisas a pesar del milenio de decadencia. No eran construcciones humanas—nadie recordaba quién las había erigido, solo que existían desde antes de la Gran Sequía, antes de que el sol se detuviera.

El interior olía a polvo antiguo y algo más—una dulzura agria que se pegaba al paladar. Las paredes estaban cubiertas de relieves que mostraban criaturas con demasiados miembros y ojos, adorando a formas geométricas que herían la mente con solo observarlas.

 

—«Este lugar... parece que respira», susurró Zaira, tocando una pared que parecía vibrar levemente bajo sus dedos.

 

—«No digas tonterías. Aquí no hay nada vivo, solo óxido y descomposición», gruñó Khaid, pero su mano temblaba al encender la última antorcha química. La luz azulada reveló algo en el centro de la cámara principal: un pedestal con inscripciones que se retorcían como gusanos fosforescentes.

 

Lioren se acercó, hipnotizado.

—«Está hablando... es como una armonía que está dentro...»

 

—«Bienvenidos, últimos hijos de la deuda».

 

Los tres saltaron asustados. La voz no surgió del aire sino de sus propias mentes, un eco frío que se enredaba en sus pensamientos. Una voz reverberante que sonaba como muchas.

 

—«¿Qué deuda? Dinos, ¿Qué deuda?» preguntó Khaid, tratando de sonar desafiante mientras el miedo le helaba la sangre ya espesa.

 

—«La deuda de la existencia. La deuda de la conciencia. Sus ancestros pidieron prestado tiempo cuando el mundo ya debía fenecer. Extendieron su estancia... a cambio de esto».

 

Imágenes inundaron sus mentes: seres humanos antiguos, no tan diferentes a ellos, pero con tecnología perdida, realizando rituales ante estas mismas estructuras. Un pacto. Más tiempo a cambio de... algo por venir.

 

—«¿A cambio de qué?» gritó Zaira, llevándose las manos a la cabeza como si pudiera detener las voces.

 

—«A cambio del olvido. A cambio de la aniquilación total. No solo la muerte física—eso sería misericordia. Sino la erradicación del recuerdo. Cuando el último de ustedes perezca, nada quedará. Ni historias, ni ecos en el cosmos, ni siquiera fantasmas en la oscuridad. Serán como si nunca hubieran existido».

 

Lioren cayó de rodillas.

—«Por eso los pozos se secan. Por eso el sol no se mueve. Estamos viviendo un tiempo prestado... y el préstamo se vence, ¿Cierto?».

 

Khaid miró sus manos, la piel cuarteada como la tierra exterior.

—«¿Cuánto queda?»

 

—«Horas. Quizás minutos. La cuenta regresiva terminó hace generaciones. Ustedes son el interés acumulado—los últimos decimales de una ecuación cósmica».

 

Zaira comenzó a reír—un sonido demente y quebrado. Su interior se despedazaba lentamente. 

—«¡Entonces toda la mierda fue inútil! ¡Nuestras luchas, nuestros amores, nuestros nombres...!»

 

—«Los nombres son lo primero que se olvida», susurró la voz/entidad/estructura. —«Luego los rostros. Luego la sensación de haber sido… de haber existido».

 

Las paredes comenzaron a brillar con una luz violeta antinatural. El suelo tembló, pero no como un terremoto—era como si la realidad misma se estuviera desenredando.

 

—«¡Al menos déjanos recordar hasta el final!», suplicó Lioren.

 

—«Esa era la cláusula», dijo la voz, casi con pena. —«El precio incluye saberlo. Saber que nadie llorará su pérdida porque no habrá nadie para recordar que hubo algo que perder».

 

Khaid tomó las manos de Zaira y Lioren. Sus pieles se desintegraron al contacto, convirtiéndose en finas cenizas grises que se elevaban en el aire inmóvil de la cámara.

 

—«Entonces juntos nos perderemos en el olvido», dijo Khaid, y fueron sus últimas palabras.

 

Zaira intentó responder, pero su boca era ya polvo. Lioren cerró los ojos—un gesto instintivo ante lo inevitable—pero cuando intentó abrirlos de nuevo, descubrió que nunca había tenido ojos, ni rostro, ni nombre.

 

La luz violeta creció hasta volverse blanca, y luego negra—una negrura más absoluta que la simple ausencia de luz. Era la negrura de lo que nunca fue.

Las tres torres cilíndricas se desvanecieron, luego el paisaje agrietado, luego el océano hirviente, luego el sol enfermo. Finalmente, el propio planeta dejó de existir, y no fue con una explosión sino con un suspiro ahogado que nadie escuchó.

 

Y en algún lugar entre las estrellas indiferentes, ni siquiera el vacío recordó que alguna vez hubo algo aquí que mereciera ser olvidado.

 

 

Una historia apocalíptica basada en el tema musical ‘Terra Requiem’ de Mare Cognitum.

«Las últimas hojas han caído,

la última enredadera se ha marchitado.

El océano lleva tanto tiempo hirviendo

que nos ahoga el aliento con su vapor fétido.

 

Buscamos refugio a toda costa

del sol despiadado

que nos agrieta la piel

y seca nuestros pozos.

 

Tan grande es la deuda que hemos contraído

Que así también nos marchitaremos y nos convertiremos en polvo.

Pagaremos con las cenizas de nuestra humanidad

y dejaremos de caminar sobre esta tierra,

y la tierra olvidará nuestro nombre.

 

Las últimas hojas han caído,

la última enredadera se ha marchitado.

El océano lleva tanto tiempo hirviendo

que nos ahoga el aliento con su vapor fétido.

 

Buscamos refugio a toda costa

del sol despiadado

que nos agrieta la piel

y seca nuestros pozos.

 

Tan grande es la deuda que hemos contraído

Que así también nos marchitaremos y nos convertiremos en polvo.

Pagaremos con las cenizas de nuestra humanidad

y dejaremos de caminar sobre esta tierra,

y la tierra olvidará nuestro nombre».

 

Esta historia original es una idea presentada por: V.D.M.

Edición final: Vëthriön Asathørn.