El mundo
había dejado de girar hacía siglos, aunque nadie recordaba cuándo exactamente.
El sol, una masa enferma de color amarillo pútrido, permanecía clavado en lo
alto de un cielo sin nubes, sin atardeceres ni amaneceres que rompieran la
monotonía de la eterna agonía. La última hoja había caído de los árboles
petrificados cincuenta generaciones atrás, según contaban los ancianos cuyas
voces eran apenas susurros de polvo.
Khaid arrastró los pies sobre la tierra agrietada, las grietas en su piel reflejando las del suelo. A su lado, Zaira llevaba el rostro cubierto con trapos húmedos—un lujo que solo podían permitirse usando las últimas gotas del pozo familiar. Detrás de ellos, el más joven, Lioren, tosía con ese sonido seco y rasposo que todos habían desarrollado desde niños.
La lluvia algo ácida caía sobre el polvoso suelo y el olor nauseabundo quemaba la respiración.
—«El vapor
se espesa», murmuró Zaira, sus ojos—demasiado grandes para su rostro
demacrado—escaneando el horizonte donde el océano hervía a lo lejos. Un mugido
constante llegaba desde la costa, el sonido de aguas eternamente en ebullición,
liberando vapores que olían a podredumbre marina y metales corroídos.
—«El refugio
de los Antiguos debería estar cerca», dijo Khaid, su voz sonaba como un crujido. —«Mi
abuelo decía que sus cúpulas aún resistían… espero que no sean solo leyendas».
Lioren se
detuvo, señalando hacia el este.
—«Allí. Las
torres… son las torres. Llegamos».
Emergiendo
de la neblina tóxica se alzaban tres estructuras cilíndricas, negras como el
carbón, superficies extrañamente lisas a pesar del milenio de decadencia. No
eran construcciones humanas—nadie recordaba quién las había erigido, solo que
existían desde antes de la Gran Sequía, antes de que el sol se detuviera.
El interior
olía a polvo antiguo y algo más—una dulzura agria que se pegaba al paladar. Las
paredes estaban cubiertas de relieves que mostraban criaturas con demasiados
miembros y ojos, adorando a formas geométricas que herían la mente con solo
observarlas.
—«Este
lugar... parece que respira», susurró Zaira, tocando una pared que parecía vibrar
levemente bajo sus dedos.
—«No digas
tonterías. Aquí no hay nada vivo, solo óxido y descomposición», gruñó Khaid,
pero su mano temblaba al encender la última antorcha química. La luz azulada
reveló algo en el centro de la cámara principal: un pedestal con inscripciones
que se retorcían como gusanos fosforescentes.
Lioren se
acercó, hipnotizado.
—«Está
hablando... es como una armonía que está dentro...»
—«Bienvenidos,
últimos hijos de la deuda».
Los tres
saltaron asustados. La voz no surgió del aire sino de sus propias mentes, un
eco frío que se enredaba en sus pensamientos. Una voz reverberante que sonaba como muchas.
—«¿Qué
deuda? Dinos, ¿Qué deuda?» preguntó Khaid, tratando de sonar desafiante
mientras el miedo le helaba la sangre ya espesa.
—«La
deuda de la existencia. La deuda de la conciencia. Sus ancestros pidieron
prestado tiempo cuando el mundo ya debía fenecer. Extendieron su estancia... a
cambio de esto».
Imágenes
inundaron sus mentes: seres humanos antiguos, no tan diferentes a ellos, pero
con tecnología perdida, realizando rituales ante estas mismas estructuras. Un
pacto. Más tiempo a cambio de... algo por venir.
—«¿A cambio
de qué?» gritó Zaira, llevándose las manos a la cabeza como si pudiera detener
las voces.
—«A
cambio del olvido. A cambio de la aniquilación total. No solo la muerte
física—eso sería misericordia. Sino la erradicación del recuerdo. Cuando el
último de ustedes perezca, nada quedará. Ni historias, ni ecos en el cosmos, ni
siquiera fantasmas en la oscuridad. Serán como si nunca hubieran existido».
Lioren cayó
de rodillas.
—«Por eso
los pozos se secan. Por eso el sol no se mueve. Estamos viviendo un tiempo
prestado... y el préstamo se vence, ¿Cierto?».
Khaid miró
sus manos, la piel cuarteada como la tierra exterior.
—«¿Cuánto
queda?»
—«Horas.
Quizás minutos. La cuenta regresiva terminó hace generaciones. Ustedes son el
interés acumulado—los últimos decimales de una ecuación cósmica».
Zaira comenzó a reír—un sonido demente y quebrado. Su interior se despedazaba lentamente.
—«¡Entonces toda la mierda fue inútil! ¡Nuestras luchas, nuestros
amores, nuestros nombres...!»
—«Los
nombres son lo primero que se olvida», susurró la voz/entidad/estructura. —«Luego
los rostros. Luego la sensación de haber sido… de haber existido».
Las paredes
comenzaron a brillar con una luz violeta antinatural. El suelo tembló, pero no
como un terremoto—era como si la realidad misma se estuviera desenredando.
—«¡Al menos
déjanos recordar hasta el final!», suplicó Lioren.
—«Esa era
la cláusula», dijo la voz, casi con pena. —«El precio incluye saberlo.
Saber que nadie llorará su pérdida porque no habrá nadie para recordar que hubo
algo que perder».
Khaid tomó
las manos de Zaira y Lioren. Sus pieles se desintegraron al contacto,
convirtiéndose en finas cenizas grises que se elevaban en el aire inmóvil de la
cámara.
—«Entonces
juntos nos perderemos en el olvido», dijo Khaid, y fueron sus últimas palabras.
Zaira
intentó responder, pero su boca era ya polvo. Lioren cerró los ojos—un gesto
instintivo ante lo inevitable—pero cuando intentó abrirlos de nuevo, descubrió
que nunca había tenido ojos, ni rostro, ni nombre.
La luz
violeta creció hasta volverse blanca, y luego negra—una negrura más absoluta
que la simple ausencia de luz. Era la negrura de lo que nunca fue.
Las tres
torres cilíndricas se desvanecieron, luego el paisaje agrietado, luego el
océano hirviente, luego el sol enfermo. Finalmente, el propio planeta dejó de
existir, y no fue con una explosión sino con un suspiro ahogado que nadie
escuchó.
Y en algún
lugar entre las estrellas indiferentes, ni siquiera el vacío recordó que alguna
vez hubo algo aquí que mereciera ser olvidado.
Una historia apocalíptica
basada en el tema musical ‘Terra Requiem’ de Mare Cognitum.
«Las últimas
hojas han caído,
la última
enredadera se ha marchitado.
El océano
lleva tanto tiempo hirviendo
que nos ahoga
el aliento con su vapor fétido.
Buscamos
refugio a toda costa
del sol
despiadado
que nos
agrieta la piel
y seca
nuestros pozos.
Tan grande es
la deuda que hemos contraído
Que así
también nos marchitaremos y nos convertiremos en polvo.
Pagaremos con
las cenizas de nuestra humanidad
y dejaremos
de caminar sobre esta tierra,
y la tierra
olvidará nuestro nombre.
Las últimas
hojas han caído,
la última
enredadera se ha marchitado.
El océano
lleva tanto tiempo hirviendo
que nos ahoga
el aliento con su vapor fétido.
Buscamos
refugio a toda costa
del sol
despiadado
que nos
agrieta la piel
y seca
nuestros pozos.
Tan grande es
la deuda que hemos contraído
Que así
también nos marchitaremos y nos convertiremos en polvo.
Pagaremos con
las cenizas de nuestra humanidad
y dejaremos
de caminar sobre esta tierra,
y la tierra
olvidará nuestro nombre».
Esta historia
original es una idea presentada por: V.D.M.
Edición final: Vëthriön Asathørn.
