Mareas Sin Retorno
Los meses se arrastraron como una corriente
lenta y fría para Víctor. Su piel, ya de por sí pálida por el clima austral,
había adquirido un tono de cera grisácea. Las ojeras profundas bajo sus ojos eran
de un morado oscuro, como hematomas que no sanaban. Comía poco; la comida
humana le sabía a ceniza, y solo encontraba un leve alivio en los alimentos
crudos y salados, o en tragos largos de agua salada cuando nadie lo veía.
Su madre, Elsa, una mujer fuerte curtida por
los vientos patagónicos, observaba a su hijo con un dolor silencioso que se
convertía en alarma. Lo veía mirar por la ventana de su habitación durante
horas, inmóvil, como si escuchara una llamada que solo él podía oír. Lo había
encontrado una mañana durmiendo en la bañera, llena de agua fría y sal que él
había traído en baldes desde la costanera del Estrecho en su camioneta.
—«Es el trabajo, mamá», murmuraba
él cuando ella lo interrogaba, su voz un susurro ronco y sin modulaciones. —«Estoy
estresado».
Pero Elsa no era tonta. Había visto a su hijo
cambiar de una tristeza rutinaria a un vacío espectral. Lo obligó a hacer una
cita con un médico en Punta Arenas. Víctor asintió, sus ojos oscuros y
distantes fijos en algún punto más allá de ella.
—«Debes ir al doctor. Ya te saqué una hora», le dice con tono firme.
—«Sí, mamá. Iré. La próxima semana».
No tenía intención de ir al médico. Sabía lo
que le ocurría. Cada noche, el pequeño caracol negro que guardaba bajo su
almohada palpitaba con más fuerza, recordándole su deuda. Había cumplido su
primera cuota un mes atrás: un jefe casado y amargado al que había convencido
de conocer a una «mujer especial» en la playa. Nunca más se supo de él. La
náusea que Víctor sintió después no era moral; era física, como si su cuerpo
rechazara el acto, pero su voluntad ya no le pertenecía.
Pero algo había brotado en ese vacío… un último
y desesperado rencor, una semilla de rebelión alimentada por el recuerdo
residual de lo que alguna vez fue. No recordaba el sol, pero recordaba el
concepto de calor. No recordaba la alegría, pero recordaba la ausencia de esta
agonía helada.
Y recordaba a Marina.
La solución, torpe y humana, se formó en su
mente. Un arma... algo de su mundo antiguo, algo que pudiera amenazar, obligar.
Una navaja de pescado, larga y afilada, de las que usaban en su casa para
filetear pescado. La sacó y la escondió dentro de su chaqueta, su mango de
hueso frío contra sus costillas, que cada vez se sentían más frágiles.
Envió un mensaje a través del caracol, una
vibración sorda que solo ella podía sentir. Una cita, en la playa abandonada al
sur del Fuerte Bulnes, donde nadie iba jamás.
La noche del encuentro, el viento silbaba con
furia, arrastrando nieve granulada sobre la arena negra. El estrecho era una
masa rugiente de plomo bajo un cielo sin estrellas. Víctor estaba allí primero,
de pie en la orilla, la navaja escondida en su mano temblorosa. No temblaba de
frío; temblaba de una tensión interna insoportable.
Ella emergió del agua sin ruido, como si el mar
la hubiera escupido suavemente. Su vestido gris ondeaba alrededor de sus
hermosas piernas, seco a pesar de las olas. Su belleza era aún más
sobrenatural, más alienígena bajo la tenue luz de un faro distante. Pero Víctor
ya no veía belleza, veía una trampa con forma de mujer.
—«Víctor», dijo ella, y su
voz sonó como una caricia y un reproche a la vez. —«Tu
cuota no vence hasta dentro de dos lunas. ¿Me traes otra ofrenda tan pronto?»
—«No», dijo él, su voz quebrándose
contra el viento. —«Vengo a poner fin a esta mierda».
Marina se acercó, su cabeza ladeada con
curiosidad.
—«¿Fin? No hay fin en las profundidades, solo ciclos.
¿Tu nuevo humano te ha dado problemas?»
—«¡Quiero salir de esta mierda! ¡¿No lo entiendes?!», gritó Víctor, el grito desgarrado por el viento. —«¡Quiero
ser humano otra vez! ¡Quiero sentir calor, quiero olvidar este frío eterno,
quiero… quiero dejar de ser tu monstruo!»
Marina se detuvo a unos metros de él. Su
expresión se suavizó en algo que podría haber sido lástima, pero que en sus
ojos verdes y fosforescentes solo era condescendencia.
—«Víctor, cariño. No eres un monstruo, eres un
colaborador necesario. Y lo humano… eso ya se fue, lo vendiste, lo entregaste esa
noche por mi beso. Lo que queda no puede volver a la superficie, se disolvería,
como un pez de las profundidades sacado a la luz».
—«¡Mientes, hija de puta!», rugió él, y sacó la navaja de pescado. La hoja afilada brilló
con un destello pálido. —«¡Deshazlo! ¡O te… te lastimo maldita perra de
mierda!»
Marina miró la navaja y luego a Víctor. Y se rio.
Fue una risa como el sonido de las olas rompiendo contra los acantilados, bella
y terrible.
—«¿Eso? ¿Eso es lo que traes de tu mundo para desafiar
al mío? Hierro muerto contra el peso vivo del océano».
Dio un paso adelante, sin miedo.
—«Puedes intentarlo, Víctor. Pero cada golpe que
intentes dar contra mí, lo sentirás en tu propio corazón. Porque tu corazón ya
no late solo por ti… late por mí».
Víctor avanzó, ciego de rabia y desesperación.
Blandió la navaja, no hacia ella, sino hacia el vacío entre ellos, un gesto
torpe y patético.
—«¡Te obligaré hija de puta! ¡Hay una manera!
¡Devuélveme lo que tomaste!»
—«No se puede devolver lo que ya se ha digerido,
Víctor», dijo ella, su voz perdiendo toda dulzura, volviéndose fría y
resonante como las profundidades. —«Tu calor alimenta las corrientes ahora. Tu tiempo
nutre a las criaturas de las fosas. Eres parte del ecosistema... una parte
útil, pero prescindible si te vuelves problemático».
—«Entonces mátame», jadeó Víctor,
bajando el arma, derrotado por la imposibilidad física de amenazarla. —«Prefiero
eso a esto».
Marina lo miró por un largo momento. El viento
aullaba a su alrededor.
—«La muerte no es una moneda que yo gaste a la ligera», dijo finalmente. —«Pero el incumplimiento de un contrato… tiene
consecuencias».
Extendió una mano hacia el mar. Las olas, a
varios metros de distancia, se calmaron de repente, luego comenzaron a agitarse
de una manera antinatural, formando un remolino suave y silencioso justo frente
a la costa.
—«Tu deuda era tu esencia a cambio de un siglo como
cazador. Intentaste renegociar con insultos y violencia. Has roto los
términos».
Víctor sintió un tirón en el pecho, un dolor
agudo y frío como si un gancho de hielo se hubiera enganchado a su esternón.
Cayó de rodillas en la arena, la navaja cayendo de su mano inerte.
—«No…», gimió llorando.
—«La deuda debe pagarse», dijo
Marina, y ahora su voz era la voz del océano mismo, vasta e implacable. —«Si no
es como cazador, entonces como tributo puro. Como los demás».
El tirón se intensificó. Víctor vio cómo sus
propias manos empezaban a desprenderse, no en pedazos, sino como si se
disolvieran en una niebla de sal y escarcha. No había dolor, solo un vacío
expansivo, una disolución.
—«Tu cuerpo humano no puede soportar la retirada de mi
gracia», explicó Marina, observándolo con interés clínico. —«Regresará
a los elementos de los que, inconscientemente, siempre anhelaste ser parte.
Arena. Sal. Agua».
Víctor intentó gritar, pero no le salió sonido.
Miró hacia la ciudad, hacia las luces tenues de Punta Arenas parpadeando en la
distancia. Pensó en su madre, esperándolo en la casa con la mesa puesta para
una cena que él nunca comería. Un último destello de calor, no como un
recuerdo, sino un eco de un eco, que le atravesó el pecho.
Luego, el tirón fue absoluto.
Su cuerpo no se desintegró en la playa, en
cambio, se desvaneció, como una neblina arrastrada por el viento, hacia el
remolino que giraba suavemente en el agua. Fue un proceso silencioso y rápido.
En cuestión de segundos, donde había estado Víctor arrodillado, solo quedaron
sus ropas vacías, empapadas, y la navaja de pescado clavada en la arena.
Marina caminó hasta el borde del agua, miró el
remolino que se desvanecía y suspiró, un sonido de decepción y de fastidio.
Recogió el caracol negro que había rodado fuera del montón de ropas. Ya no
palpitaba. Estaba opaco, muerto.
—«Tan dramático», murmuró para sí
misma. —«Y
tan… humano al final».
Dio media vuelta y caminó de regreso hacia las
olas. Antes de sumergirse, miró una última vez hacia las luces de la ciudad.
Había otros ahí, otros corazones solitarios, otras rutinas ahogadas... otros
deseos que podrían convertirse en deudas.
El mar siempre tenía hambre.
EPÍLOGO:
RESTOS
Tres días después, un barco pesquero que
regresaba al puerto de Punta Arenas encontró un cuerpo flotando en las aguas
gélidas del estrecho. Lo subieron a bordo con dificultad, congelado y rígido
por el frío intenso.
Era Víctor... o lo que quedaba de él.
Su cuerpo estaba extrañamente intacto, pero
pálido como el mármol, su piel tenía una textura extraña, casi apergaminada.
Sus ojos estaban abiertos, vidriosos, y su expresión era de una paz profunda y
vacía, pero en la comisura de sus labios había un rastro de sal seca que
formaba un patrón cristalino, como un beso congelado.
La autopsia reveló que sus pulmones estaban
llenos de agua de mar, pero el patrón de ahogamiento no era el habitual. No
había signos de lucha violenta, era como si se hubiera sumergido
voluntariamente y simplemente… hubiera dejado de respirar. Lo más extraño fue
que su sangre, al ser analizada, tenía una salinidad extremadamente alta,
imposible para un ser humano vivo, y una temperatura apenas por encima del
punto de congelación del agua de mar.
Se dictaminó como suicidio por ahogamiento, un
caso trágico más de depresión en la aislada ciudad austral.
Su madre, Elsa, recibió el cuerpo. Lo veló en
silencio, sus lágrimas secándose tan rápido como brotaban en el aire seco de la
funeraria. Cuando lo último que quedaba de su hijo fue bajado a la tierra
helada de Punta Arenas, ella se quedó junto a la tumba mucho después de que los
demás hijos y familiares se fueran.
El viento soplaba desde el estrecho, trayendo
el olor a sal y a algas. Y por un instante, entre el sonido de las gaviotas y
el rumor lejano de las olas, Elsa creyó oír un susurro, una voz de mujer
cantando una melodía antigua y triste.
Pero se sacudió la sensación. Era solo el
viento. Siempre era solo el viento.
En la playa abandonada al sur del Fuerte
Bulnes, donde nadie va jamás, a veces los pescadores dicen que en las noches de
luna nueva se ve a una mujer hermosa de vestida de gris caminando por la
orilla, y que si un hombre, solitario y cargado de sueños rotos, se le acerca,
ella le sonríe y le habla del amor que el mar tiene para ofrecer.
Pero son solo leyendas... historias para contar
en los bares y campamentos cuando el viento sopla fuerte y el hielo cierra el
puerto.
Porque al final, todos saben que el Estrecho de
Magallanes siempre se cobra lo suyo... y que algunos deseos, especialmente
aquellos que anhelan escapar de la propia vida, tienen un precio que solo se
paga en las profundidades, donde el frío es eterno y el tiempo no corre, solo
flota, suspendido en la salmuera oscura y silenciosa.
FIN
Escrito por: H.P. Hatecraft.
Una idea de: Vëthriön Asathørn.
Portada creada por: Vëthriön Asathørn. Creada con AI.
Edición final: H.P. Hatecraft.

