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viernes, 19 de junio de 2026

The Echo of the Unfinished




Branko empezó a levantar su vida como quien arma un rompecabezas sin mirar la imagen final. No era por prisa; era por gusto. Cada mañana encontraba una tarea y, con ella, una forma de creer en el orden. Ordenaba libros por tamaño, monedas por brillo, papeles por fecha, aunque nadie los pidiera. Limpiaba rincones que no lo ensuciaban. Tendía hilos invisibles entre una idea y otra, y cuando terminaba, se sorprendía de la precisión con que las piezas encajaban.

Decía —con una seriedad que a veces le parecía casi heroica— que el mundo debía tener un sentido, que el sentido se construía. «Se construye», se repetía, como si la palabra fuese un talismán. Su casa lo confirmaba: un pasillo recto, una mesa que no se tambaleaba, una silla que siempre quedaba a la misma distancia. Había días en que el sonido de las cosas acomodándose le calmaba el pecho, como si cada tornillo apretado apagara una alarma antigua.

 

Branko trabajaba para una oficina donde el tiempo se medía en correcciones. Se le daba bien corregir: tachaba, reescribía, ajustaba. No se limitaba a señalar errores; desarmaba el texto para volverlo a alinear. Mientras otros se frustraban con la monotonía, él se alimentaba de esa fricción. «Lo importante es lo que se arregla», pensaba, no «lo que se pierde».

Con el tiempo, entendió que su obsesión por construir no era solamente un hábito: era una defensa. Cuando por fin terminaba un esquema —una planificación impecable, un plan de cuentas, una rutina que parecía invulnerable— la tranquilidad no tardaba en ser sustituida por otra sensación, más viscosa, más difícil de nombrar.

No era miedo al fracaso. El fracaso lo conocía demasiado y no le impresionaba. Era otra cosa: miedo a la culminación, al instante en que el edificio deja de ser promesa y se vuelve morada. El día que completó un proyecto larguísimo en el trabajo, una semana entera de insomnio y cálculos, volvió a casa con la satisfacción hinchada por dentro. Se sirvió té, cerró la libreta de controles y se sentó. Y entonces, sin aviso, la calma empezó a gritarle desde el silencio.

No podía explicarlo. Tenía la prueba de que podía; sin embargo, cuando sostuvo el objeto terminado, sintió como si hubieran apagado la única luz que lo mantenía vivo: la luz del «todavía no». En cuanto ya no había siguiente paso, el pecho se le llenó de una angustia que no sabía dónde acomodar.

Esa misma noche comenzó lo que luego llamaría «sus fases», aunque nunca se lo dijo a nadie. No era una decisión pensada: era un impulso que aparecía como una picazón bajo la piel. Primero era pequeño: cambió el orden de unos libros sólo para verlos desacomodados, como si buscara en la destrucción el mismo placer que en el trabajo. Arrancó una hoja de un cuaderno donde había escrito frases que ya no usaba. Rompió una cinta de papel que había puesto con cuidado en el archivo para que todo quedara en su lugar.

Se acusó con severidad:

—«¿Qué mierda haces?», se preguntó en voz baja.

Pero la culpa no funcionaba como freno. Funciona de otra manera: después de que uno se daña, la culpa se vuelve el último resto de control. No arregla; sólo encuadra el desastre para que parezca una sentencia.

Branko no destruía por vicio, o al menos no únicamente. Destruía como quien abre una ventana para que el aire viejo se vaya; sólo que, en su caso, el aire viejo venía con algo peor: la esperanza. Porque en el momento en que se acercaba a la meta, la esperanza se convertía en una sentencia final. Llegar significaba vivir. Vivir significaba permanecer. Permanecer significaba dejar de ser el que construye y volverse el que habita un lugar ya terminado, un lugar con paredes fijas, sin posibilidad de huir hacia el «después».

Él prefería ser un albañil perpetuo: que el edificio siguiera siendo obra, que la vida fuera siempre un andamiaje. Pero cuando algo quedaba terminado, el mundo dejaba de moverse en el mapa que él había diseñado.

Empezó a coleccionar indicios de su propio destino. Los días siguientes al cierre de un proyecto, encontraba manchas de humedad donde antes no había, o se le rompía un hilo de ropa por la misma costura exacta, como si el universo tomara nota de su nerviosismo. A veces era un accidente. A veces era una intención que no se admitía. Lo cierto es que una parte de él buscaba pruebas de que el caos podía aparecer solo, sin que él lo convocara; así, la destrucción no se convertía en su culpa, sino en su inevitabilidad.

—«Mira», se decía, «no era sólo yo».

 

Su trabajo terminó llevándolo a un escalón más alto. Lo ascendieron por su capacidad de construir sistemas. Le dieron responsabilidades y plazos. Branko aceptó porque construir era lo único que tenía una forma clara de alegría. En las reuniones, hablaba con calma técnica, como si la vida fuera un software: una cosa se corrige, otra se optimiza, y el resultado final siempre puede ser mejor.

Pero la meta se acercaba con una lentitud peligrosa. Una meta verdadera no era un documento, sino una vida entera. El nuevo puesto exigía un traslado y, con él, una mudanza. Había que elegir barrio, decorar, instalarse. Había que permanecer. Branko sintió en el estómago un nudo que parecía tener dientes.

 

Cuando por fin llegó el día de firmar el contrato, estaba sentado con la pluma en la mano, en el despacho luminoso de una oficina que olía a papel nuevo. El contrato, en sí, era sencillo. Lo complejo era el hecho de que ese papel cerraba puertas. Le ataba el futuro a una dirección exacta.

Firmó. Lo hizo con letra firme, con la misma letra con que había completado reportes, listas y planos. Sin embargo, apenas terminó, una idea feroz le rozó la mente: 

—«Ahora no puedes hacer como antes».

 

Ese mismo día empezó la cadena. Primero, pequeñas torpezas: se le cayó una caja de tornillos, y al barrer se le perdió un taco. Luego, un enchufe que no encajaba. Un problema de internet que tardó semanas. Después, se le rompió la llave de la puerta principal en la cerradura, como si la realidad se negara a permitirle entrar sin una lucha.

Nadie sospechaba de su mano porque su mano era invisible. Él no actuaba como un villano que rompe con fuerza; actuaba como un hombre que se resbala. Un gesto mal medido, una coincidencia repetida, un descuido que llegaba justo en el borde de la calma. Si alguien le preguntaba por qué parecía tener mala suerte, Branko sonreía con cansancio y decía que la vida era así.

En el fondo, la vida lo era. Pero no como él había querido. La vida no estaba construyéndose como él imaginaba: se estaba rompiendo alrededor de su deseo de permanecer en el estado de obra. 

En su nueva casa, las cosas aún no terminaban de encajar. Había cajas abiertas y otras cerradas. Había paredes sin cuadros, y el eco del cuarto lo perseguía como un pensamiento que no se va. Él trabajaba, cumplía horarios, sonreía. Pero por dentro se iba reuniendo una fiebre muda.

Se descubrió, de pronto, mirando el calendario como se mira una condena. Cada día que pasaba acercaba la fecha en que «ya estaría todo listo». Esa frase, para cualquier otro, sería promesa. Para Branko era una amenaza.

Una noche, cuando el cansancio lo hizo bajar la guardia, encendió una lámpara de su sala con intención de sentirse a salvo. La luz era cálida, el aire olía a pintura reciente y a polvo viejo. Se sentó en el suelo y apoyó la espalda en el sofá que todavía no tenía funda. Quiso imaginarse viviendo allí, cómodo y estable, como un animal domesticado que por fin acepta el yugo.

No pudo. Le pareció que la idea de vivir allí era la idea de una jaula.

Entonces hizo algo irreversible. No fue dramático. Fue metódico. Tomó una herramienta que había dejado para «cuando tuviera tiempo», y la usó para abrir lo que debía quedar cerrado. No arrancó de golpe: fue abriendo lentamente, como si quisiera que el caos entrara con respeto. Desinstaló, cortó, separó. Lo que en su mente era un procedimiento, en la casa se volvió un vacío. 

Cuando terminó, la sala quedó extrañamente en silencio. El desastre estaba ahí sin ruido; sin embargo, Branko escuchó el golpe más fuerte dentro de su cabeza.

Se miró las manos. Tenía polvo en las uñas y un temblor mínimo. Sintió una satisfacción breve y absurda, como la de haber escapado. Luego llegó la tristeza, no la tristeza de la pérdida, sino la tristeza de la certeza: había vuelto a destruir antes de habitar.

Branko durmió poco. Soñó con el hormiguero del que hablaban sin saber que era una metáfora. Soñó con pasillos blancos, con galerías interminables, con un edificio que no tenía final porque el final era la muerte. En el sueño, las hormigas lo arrastraban por el suelo como si él fuera una pieza mal colocada. Él intentaba ordenar, pero el hormiguero se lo tragaba todo. 

A la mañana siguiente se levantó con el corazón pesado.

—«Mañana lo arreglaré», se dijo. «Mañana».

Pero «mañana» ya no era un plan; era un refugio. El refugio perfecto porque siempre permite seguir construyendo y nunca obliga a vivir en el edificio.

Branko intentó reparar. Llamó a técnicos, pidió piezas, revisó. Pagó, esperó, soportó. Sin embargo, se dio cuenta de algo que lo dejó peor que antes: cada reparación le aumentaba la certeza de que el edificio estaba hecho para terminarse. Cada tornillo colocado era una promesa que el destino cobraba.

El caos que él celebraba como escape se había convertido en su única herramienta. Al destruir, también mantenía la obra inconclusa; al reparar, la completaba más y más. Su tristeza nacía de esa contradicción insoluble: cada acto que le devolvía la forma lo empujaba hacia el punto en que ya no habría lugar para su huida.

 

Pasaron semanas, luego meses. La casa siguió sin terminar. Los espacios tenían una belleza incompleta, como cuadros a medio secar. Branko se movía de un lado a otro, cuidando que ninguna cosa quedara del todo bien.

Cuando la gente venía, fingía normalidad. Ofrecía té en tazas que no coincidían del todo. Celebraba pequeños avances como si fueran grandes logros.

—«Todavía falta», decía con una sonrisa que no le pertenecía. Nadie veía el terror escondido en ese «todavía».

 

Él comenzó a notar que su impulso de destruir no era sólo contra el mundo: era contra su propia posibilidad de descanso. Branko no sabía cómo detenerse. Y mientras no se detuviera, podía conservar la ilusión de que no había terminado nada. Podía vivir en el umbral, en el borde de la meta.

Pero el umbral se vuelve un sitio también. Y él estaba empezando, lentamente, a habitarlo.

Una tarde, cuando el cielo tenía ese color gris que parece perpetuo en el otoño magallánico, Branko caminó por su casa como quien revisa una escena. Observó sus libros alineados, su escritorio ordenado, sus cajones con etiquetas. Todo había quedado «bien», pero el «bien» le sonaba falso, como un cuerpo sin alma. 

Se sentó y se quedó quieto. Sintió que el caos que había alimentado ya no era un escape; era un hábito. Se preguntó, con una honestidad cruel:

—«Si el edificio ya no me deja vivir, ¿para qué mierda lo construyo?»

 

No encontró respuesta. Lo que encontró fue la oscuridad de la misma pregunta: la meta no era un lugar al que llegar, sino un momento en que la vida deja de ser evitación.

Esa noche, en vez de destruir otra cosa, destruyó lo que no podía arreglarse. Fue una decisión sin voz, como un paso en la oscuridad: cerró el gas, luego abrió la llave de la estufa como si quisiera usarla, pero no para cocinar. No fue un gesto de furia, fue una culminación sucia, una meta final.

Cuando el aire se llenó de una pesadez que no se oye, pero se siente, Branko entendió demasiado tarde la trampa: temía habitar el edificio, sí, pero no había escapado al habitar; simplemente había cambiado la casa. Él mismo había terminado siendo el cuarto donde nadie entra. 

La última imagen que tuvo fue el pasillo de su antigua oficina, con sus paredes impolutas y su luz blanca. Se vio a sí mismo corrigiendo papeles, convencido de que siempre habría un «todavía no». Quiso volver, pero la oscuridad lo envolvió como una manta que aprieta.

No hubo final heroico. No hubo un arrepentimiento claro, sólo una quietud triste, más quieta que cualquier meta, más definitiva que cualquier andamiaje.

 

Al día siguiente, alguien encontró la puerta abierta apenas, como si el caos hubiera dejado de ser suyo y se hubiera convertido en costumbre. Miraron adentro y vieron una casa ordenada y, a la vez, destruida por dentro. Nada parecía dramático: la mesa estaba donde debía, los objetos estaban puestos con una lógica que ya no servía. Era como si la vida, por fin, hubiera hecho lo único que Branko no había querido permitir: cerrar el edificio.

Y el caos, al final, no llegó con estrépito… llegó con esa misma calma con que uno termina un plano y se da cuenta de que la firma también es una sentencia.

Si Branko Stipetić hubiese tenido un pensamiento para decirlo, quizá habría sido el mismo que el de la frase: «… que algunos hombres no temen al final de su obra, sino a la hora en que la obra deja de ser su excusa para seguir construyendo y se vuelve su cárcel».

 

El edificio seguía ahí, pero él ya no. Y durante un tiempo —lo suficiente para que la casa respirara su propia soledad— las cosas permanecieron casi intactas, como si el hormiguero, aunque esté vivo, no necesita testigos para seguir trabajando en silencio.




 


 

 

Escrito por: H.P. Hatecraft.

Basado en: Memorias del subsuelo, cap. IX de Fiódor Mijáilovich Dostoyevski.

Edición final: Vëthriön Asathørn. 

martes, 26 de mayo de 2026

El Otro Mundo...

 





El viento había aprendido a hablar entre los huesos de las ciudades.

Ya no existían motores... no existían radios, no existían gobiernos, banderas, himnos ni nombres importantes.

Sólo ruinas.

El mundo había muerto lentamente, como un animal enorme abandonado en la nieve. Los edificios seguían en pie en algunos lugares, pero eran cadáveres huecos cubiertos de óxido y raíces. Las carreteras estaban partidas por árboles inmensos que habían emergido desde las grietas del asfalto como si la tierra hubiese decidido tragarse la obra humana y corregir un error antiguo. Y en medio de ese silencio interminable caminaba Johrää Sjöblom.

Llevaba años solo.

No recordaba exactamente cuándo dejó de buscar sobrevivientes. Tal vez cuando encontró a una familia congelada abrazándose dentro de un autobús oxidado. Tal vez cuando vio hombres matarse por una lata de comida podrida. O quizá cuando comprendió que la humanidad había sobrevivido al fin del mundo sólo para demostrar que jamás mereció heredarlo.

 

El mundo le había quitado todo.

Su madre murió de hambre el primer invierno. Sus pocos conocidos desaparecieron durante los saqueos del sur. La joven vecina con la que a veces hablaba recibió un disparo por un desconocido que quería unas botas.

Desde entonces, Johrää dejó de hablar casi por completo.

La voz humana comenzó a parecerle algo extraño. Artificial. Molesto.

Durante años sobrevivió avanzando entre bosques infinitos, montañas cubiertas de niebla y pueblos vacíos donde las puertas golpeaban con el viento como almas intentando escapar.

Dormía dentro de estaciones abandonadas, bajo árboles caídos o dentro de viejos refugios de cazadores cubiertos de hongos. Aprendió a encender fuego bajo la lluvia. Aprendió a distinguir huellas frescas en la nieve. Aprendió a esperar horas inmóvil hasta que un ciervo bajara a beber agua.

Pero lo más importante… aprendió a agradecer. No a un dios fantasma. Tampoco al cielo. Ni siquiera a ninguna religión olvidada.

Siempre… agradecía a la tierra. 

Cada vez que cazaba, dejaba su cuchillo sobre el pecho del animal y cerraba los ojos. 

«Gracias, hermano mayor, por entregar tu vida para alimentarme. Honraré tu sacrificio dándole el mejor uso a tu carne». —susurraba. 

Porque entendía algo que antes ignoraba: sobrevivir no era conquistar, era recibir permiso. Y la naturaleza, a diferencia del hombre, jamás regalaba nada sin sentido.


II 

Los inviernos se hicieron largos.

Hubo noches donde el frío parecía entrar directamente a los pensamientos. Noches donde Johrää despertaba creyendo escuchar voces entre los árboles. Ecos lejanos. Cantos suaves que desaparecían cuando intentaba seguirlos.

Al principio creyó que estaba perdiendo la cordura.

Después entendió que el bosque tenía sonidos que el viejo mundo jamás quiso escuchar.

El crujido lento de la nieve bajo las raíces. El susurro del musgo movido por el viento nocturno. Las hojas secas girando como pequeños espíritus sobre la tierra húmeda.

Y las estrellas… las estrellas habían cambiado. Ahora brillaban más.

 

Sin ciudades, sin humo, sin luces artificiales, el cielo parecía abierto por completo. Algunas noches Johrää se quedaba inmóvil mirando la inmensidad oscura hasta sentir miedo. Pero no miedo de morir... miedo de comprender demasiado… porque comenzó a sentir algo extraño dentro de sí, algo que no había sentido cuando el mundo todavía existía… era belleza… no la belleza fabricada, tampoco la belleza vendida, ni la belleza del lujo ni de las pantallas… la verdadera… la de los árboles cubiertos de escarcha iluminados por la luna, la de un río negro reflejando constelaciones, la de un zorro observándolo desde lejos sin huir, la de la lluvia cayendo sobre un bosque silencioso mientras el fuego respiraba lentamente.

Y mientras más se alejaba de las ruinas humanas… más humano se sentía.

Una tarde atravesó un bosque distinto.

Lo supo inmediatamente.

Los árboles eran gigantescos, antiguos, cubiertos por una niebla azulada que flotaba entre los troncos como si el lugar respirara lentamente. No había cadáveres, no había restos de guerra, ni siquiera encontraba metal oxidado. Era como entrar en un fragmento intacto del mundo anterior al hombre.

El aire olía a agua fría y tierra húmeda.

Johrää avanzó despacio.

Por primera vez en años no sentía hambre, no sentía cansancio, no sentía miedo. Sólo una extraña paz.

La noche cayó lentamente. Y entonces ocurrió.

Entre las ramas apareció la luna. Enorme, plateada, silenciosa. La luz descendió sobre el bosque como un sueño antiguo. Los árboles parecían columnas negras sosteniendo otro universo.

Johrää sintió algo quebrarse dentro de sí. No era dolor, era algo más profundo... y comenzó a llorar.

Lloró en silencio, arrodillado sobre el musgo húmedo, mientras el viento movía las copas de los árboles. Lloró por los muertos, por la inocencia destruida, por la codicia humana, por la tierra herida… por sí mismo. Y también lloró porque comprendió algo terrible y hermoso: El mundo no había muerto, sólo se había librado de quienes no sabían verlo.

Continuó caminando durante horas bajo aquella luz espectral… hasta que el bosque terminó.

Y entonces lo vio.

Un lago… perfectamente inmóvil.

Johrää se detuvo.

El agua parecía un espejo oscuro nacido en medio de la nada. No figuraba en ningún mapa antiguo que hubiese encontrado. No existían rastros humanos alrededor. Ni fogatas. Ni caminos.

Sólo silencio.

El lago reflejaba las estrellas con tanta claridad que parecía abrirse hacia otro cielo.

El viento desapareció. Incluso el bosque guardó silencio.

Johrää caminó lentamente hasta la orilla y observó el agua negra, la luna suspendida, las montañas lejanas cubiertas de niebla plateada.

Sintió que el mundo entero respiraba a través de aquel lugar oculto. El lago se iluminó con pequeñas luces que se movían por todo el lugar. Johrää, asombrado se da cuenta que eran pequeñas hadas que revoloteaban sobre él, lo miraban… luego seguían su danza de colores. Ahí estaba la belleza, la paz que tanto deseaba.

Y entonces comprendió… la belleza más verdadera jamás había querido ser encontrada. Por eso sobrevivió. Porque estaba escondida de la humanidad.

Johrää cerró los ojos, y por primera vez en toda su vida no deseó volver atrás. No deseó recuperar el viejo mundo, no deseó ciudades, ni electricidad, ni civilización. Sólo deseó permanecer un momento más dentro de aquella verdad silenciosa.

Cuando amaneció, el lago seguía inmóvil.

Johrää bebió agua, tomó su mochila y observó una última vez el paisaje. Luego se levantó y se fue caminando lentamente y rodeando el lago. Todo detrás de él desaparecía lentamente entre la leve niebla del bosque mientras las primeras aves comenzaban a cantar entre los árboles antiguos.

El mundo quedó nuevamente vacío. Silencioso. Eterno. Entonces, desde entre los árboles, apareció otra figura, una muchacha joven, delgada, cubierta con ropa gastada y una mochila demasiado pesada para su cuerpo. Avanzaba tambaleándose. Tenía barro en las manos. Sangre seca en la manga. El rostro destruido por el cansancio.

Cuando vio el lago… se detuvo. Sus ojos se abrieron lentamente… como si hubiera encontrado algo imposible.

Dio un paso… luego otro. Y finalmente cayó de rodillas sobre la tierra húmeda. La mochila resbaló de sus hombros. La muchacha comenzó a llorar. Lloró igual que lloran quienes encuentran algo que creían perdido para siempre… esperanza.


—¿Te sientes bien? —le pregunta a la chica.


—Ahora sí. Creí que estaba sola en el mundo. —responde sollozando y mirando a Johrää.


—Esto va a sonar extraño… pero no estamos solos… pronto lo verás. —le responde mientras apunta su dedo al lago.

 

Y mientras el lago reflejaba el cielo de la mañana… el bosque guardó silencio una vez más… como si los estuviera observando.




 

Escrito por: Ian «Ülveer» Moone.

Una historia post apocalíptica creada por: Vëthriön Asathørn.

Portada diseñada por: Vëthriön Asathørn. Creada con AI.

Edición final: Vëthriön Asathørn.

 

 

 

 

 

viernes, 8 de mayo de 2026

Umbra 00110010

 





«Los bosques esconden juramentos bajo un cielo de ceniza,

la escarcha parte las piedras con un murmullo letal,

y la niebla cubre los senderos con su corona de brisa,

mientras la luna degüella los ecos en un rito fatal.

 

El oscuro cielo a ratos quieto y sempiterno

observa susurrante toda esta tierra umbría,

el viento del sur furioso grita como el infierno,

sobre los árboles, coirón y la tierra baldía.

 

La soledad abre criptas en la raíz de la montaña,

y el frío lame los huesos con un aliento infernal,

donde antiguos pactos despiertan bajo la sombra huraña,

como pumas que celebran un sacramento sepulcral.

 

La oscuridad enseña idiomas de antigua penumbra,

la misantropía florece como un invierno ancestral,

y cada árbol parece un monje perdido en la tundra,

custodiando secretos prohibidos por un dios abismal.

 

Siempre hay un búho vigilando desde la torre del vacío,

sus ojos atraviesan la bruma con fulgor espectral,

porque incluso la muerte se arrodilla ante el frío sombrío,

cuando el bosque susurra su evangelio funeral.

 

Lejos del ruido, en tierras de la misantropía,

el odio a la carne se vuelve un altar,

buscando el refugio perdido de la lejanía

donde ningún rastro se pueda encontrar».

 

Poema escrito por: IAn «Ülveer» Moone.

Pequeño aporte al poema: Vëthriön Asathørn.

Edición final: Vëthriön Asathørn.

Poema dedicado a las Tierras de Magallanes y a la Madre Naturaleza.

miércoles, 29 de abril de 2026

Umbra 00110001




«En la oscuridad encuentro un refugio de silencio y calma,

la noche se cierne densa, helada, como un páramo sin faz,

bajo el viento magallánico que azota y desgasta el alma,

y en su soplo de hielo perpetuo se resquebraja la paz.

 

Entre sombras y misterios levanto mi morada sin voz,

lejos del murmullo humano que corrompe todo sentido,

pues en cada rostro encuentro la misma máscara atroz,

y en su ruido vacío confirmo que nada ha sido.

 

Las estrellas arden frías, como clavos sobre el cielo gris,

iluminan sin consuelo este camino de escarcha infinita,

no prometen redención ni un destino feliz,

solo marcan la distancia de una existencia maldita.

 

La luna pálida observa, indiferente a mi condena,

derramando su luz muerta sobre la tierra desierta,

susurra verdades crueles que la razón no encadena,

y en cada palabra suya la esperanza queda muerta.

 

En el hielo austral respiro la soledad más pura,

un silencio que no acoge, sino que hiere y perfora,

no hay calor en lo desconocido, solo una grieta oscura,

donde el alma se disuelve y el tiempo se devora.

 

La oscuridad no redime, ni ofrece sendero alguno,

es un abismo sin fondo que devora toda intención,

no hay promesa en sus brazos, ni destino oportuno,

solo un eco interminable de fría negación.

 

Así me hundo en su manto, sin fe y sin regreso,

rechazando al hombre y su inútil ilusión,

porque en este sur helado todo final es el mismo proceso:

la lenta, inevitable y absoluta disolución».

 

Escrito por: Ian «Ülveer» Moone.

Portada creada por: Ian «Ülveer» Moone con la ayuda de AI.

Edición final: Vëthriön Asathørn.


viernes, 3 de abril de 2026

Det som fortsatt lever [Magellan's Forests]

 


LO QUE SIGUE VIVO

«No es un bosque. Es un paraíso donde no existe lo bello o lo feo... es un cuadro extraño de luces y sombras, de furias y calmas.

Troncos torcidos como si alguien hubiera intentado quebrarlos y se arrepintiera a mitad del gesto.

Raíces que no buscan tierra: la aprietan.

El viento no pasa, … acaricia y muerde.

Y uno camina ahí —si es que eso es caminar— sintiendo que cada paso es una intrusión, como si el suelo recordara otros pies, otros pesos, otras hambres.

 

El bosque magallánico no te recibe como si fueras alguien especial... te tolera.

Hay musgo donde debería haber silencio, y silencio donde debería haber Dios.

Y todo está húmedo... no de agua… sino de tiempo.

 

Más al sur y un poco más al norte —de donde escribo estas letras— el hielo no es blanco... nunca es blanco. Gris, azul enfermo, como un ojo que ha visto demasiado.

El glaciar no avanza… empuja la historia. Cruje. No como algo que se rompe, sino como algo que recuerda haber sido montaña y todavía no lo supera.

Ahí el frío no es temperatura... es una idea fija, anclada para hacer crujir huesos.

Te atraviesa sin tocarte, como si el cuerpo fuera opcional.

 

El bosque respira.

El glaciar retiene.

 

Uno guarda secretos bajo hojas podridas.

El otro los comprime hasta volverlos piedra.

 

Entre ambos no hay diálogo, pero se entienden. Porque los dos saben algo que nosotros apenas sospechamos: que todo lo vivo está en retirada, y que la resistencia no es épica… es lenta, casi invisible, casi inútil.

Uno pensaría que el fin del mundo sería ruido, fuego, caída... pero no. Es esto... ... un árbol que no cae, un hielo que no cede, un paisaje que no necesita testigos.

 

Y nosotros, con nombres, fechas, publicaciones, creyendo que llegamos tarde.

No.

Siempre llegamos después.

 

El bosque ya había decidido ignorarnos.

El glaciar ya estaba olvidándonos.

 

Quizás por eso incomoda tanto. Porque no hay tragedia aquí, ni belleza en el sentido que nos gusta repetir.

Hay algo peor… permanencia.

Y uno se va, porque siempre se va, con la sensación de haber visto algo que no debía.

No vimos un paisaje, no vimos la naturaleza... sino una forma antigua de seguir existiendo sin nosotros».

 

Dedicado a los bosques de Magallanes, a los glaciares, y a los elementales de la naturaleza.

 

martes, 10 de febrero de 2026

Cuando la hierba crezca encima de mi sepultura [Cuento]

 


En el otoño de su vida, Pedro caminaba como caminan los hombres que ya no buscan llegar rápido a ninguna parte.

No era un anciano derrotado, no. Era más bien alguien que había aprendido, con una paciencia amarga, que el tiempo no se detiene por respeto a nadie. Y así, un día se despierta con ansias de alejarse de la ciudad. Toma un bus y se va lo más lejos que pudiera.

El bosque magallánico lo recibía con esa indiferencia sagrada que tienen los árboles: no juzgan, no preguntan, no consuelan. Solo están ahí, sin tiempo.

La lluvia caía lenta, persistente, como si el cielo estuviera pensando.

Pedro avanzaba entre el coirón húmedo, ese pasto áspero del sur que parece una multitud de pequeñas lanzas verdes, y sentía cómo cada paso era una conversación silenciosa con su propio cuerpo: las rodillas protestaban, la espalda recordaba, el corazón seguía, terco, cumpliendo su oficio.

 

En un momento se detuvo, miró al suelo… había una vara caída, una rama larga, sencilla, sin grandeza. La recogió con cuidado, como si levantara algo más que madera: como si levantara una tregua.

Apoyó el peso en ella y continuó.

El sonido de la lluvia era un idioma antiguo.

Pedro pensó que, tal vez, la naturaleza era el único lugar donde uno podía desaparecer sin drama.

Porque los hombres… los hombres insisten en recordar. Insisten en explicar. Insisten en interpretar hasta la última sombra, como si todo tuviera que significar algo para merecer existir.

Pero el bosque no interpretaba nada.

El bosque no decía: «este hombre fue importante» ni decía: «este hombre fracasó».

Solo dejaba que caminara.

 

Pedro levantó el rostro. Las gotas le golpeaban la frente como dedos fríos. Y entonces, como un pensamiento que no era exactamente suyo, como una frase escrita en alguna parte del mundo antes de que él naciera, se dijo:

«Cuando la hierba crezca encima de mi sepultura, sea esa la señal para que me olviden del todo».

 

No lo sintió como tristeza. Lo sintió como descanso. Porque ser olvidado, al final, no era un castigo… era una forma de liberación.

 

«La Naturaleza nunca recuerda, y por eso es bella».

 

La memoria humana es una jaula: guarda nombres, heridas, orgullos, errores.

La naturaleza, en cambio, no guarda nada, solo transforma.

La lluvia no recuerda a quién moja.

El musgo no recuerda la piedra que cubre.

El árbol no recuerda el pájaro que se fue.

Y, sin embargo, todo sigue.

 

Pedro se detuvo junto a un claro. Desde un gran cerro observa el horizonte, la planicie lejana y el Estrecho de Magallanes, y suspira profundo, como si dejara escapar algo que lo consumía. El coirón dulce se movía con el viento como un mar verde oscuro. Imaginó, por un instante, su cuerpo bajo la tierra. No como un horror, sino como un retorno. La hierba creciendo, la vida usando su ausencia como abono. Y pensó:

«Y si tuvieran la necesidad enfermiza de interpretar la hierba verde sobre mi sepultura, digan que yo sigo reverdeciendo y siendo natural».

Eso era todo. No un monumento, ni una historia eterna, ni una estatua. Solo hierba, solo lluvia. Solo el mundo continuando sin su nombre, sin su biografía, sin su ruido, sin su viento interno.

Pedro apoyó su mano en la vara, respiró hondo y siguió caminando. El bosque lo envolvió otra vez. Y en esa caminata lenta, bajo el cielo gris, comprendió algo simple y brutal:

«La verdadera paz no está en ser recordado, está en volver a ser parte de lo que nunca recuerda, pero que siempre renace».

 

 

Un cuento reflexivo basado en el poema: «Cuando la hierba crezca encima de mi sepultura» de Alberto Caeiro.

Este cuento es una idea original de: vikingodemagellan.blogspot.com

Edición final: Jarl Asathørn.