En una fría mañana de Bariloche,
donde el viento patagónico te congela hasta las güéas, Juan Carlos «El Tano»
Gutiérrez despertó con un olor a fernet y cerveza de anoche que competía con el de su
propio culo. Miró el reloj: las 11:30. Su turno empezaba a las 7:00. Estaba un poquito atrasado.
Pero no importaba, porque El Tano tenía una filosofía de vida: «El laburo es
sagrado, pero no hay que laburar».
La fábrica, «Metalúrgica El Cóndor dormido S.A.», era un antro de mala muerte donde se fabricaban caños de fierro viejo que
probablemente se rompían solos por vergüenza. El Tano llevaba 8 años en esa
güeá, y en esos 8 años había desarrollado un récord de faltas que haría
sonrojar a un diputado, o senador o al mismísimo canitrot.
Llegaba tarde, se iba temprano, y
cuando estaba, era un espectáculo digno de un circo romano.
Escena 1:
El Tano en su hábitat natural
El Tano entra a la planta a las
11:45, con una polera de «Don Ramón» que tenía más agujeros que un colador, y
que además usaba como cenicero móvil, paño pa’ limpiarse la grasa de un asado o
lugar pa’ guardar algún moco verde.
Jefe de planta, Carlos «El Gordo» Ramírez:
—«¡Tano, carajo! ¡Son las 11:45!
¿Dónde mierda estabas?»
El Tano, encendiendo un pucho adentro del
galpón:
—«Y... tuve un problema familiar,
jefe. La vieja se cayó de la moto».
El Gordo: «¿Tu vieja no murió hace 5 años, pelotudo?»
El Tano, exhalando humo: «Y... por eso mismo. Todavía estoy deprimido. Es un
problema de familia, usted no entiende».
El Gordo: «¡Estás en bolas, Tano! ¡Andás sin polera, fumás
adentro, y la semana pasada te encontré durmiendo adentro de una bobina de
plástico!»
El Tano: «Eso fue meditación, jefe. Estaba conectando con el
material».
La güeá era insostenible. El Tano se
había convertido en una atracción turística local. Los vecinos iban a la
fábrica a verlo fumar, dormir, y cagarse en las normas de seguridad. Pero lo
peor de la güeá llegó cuando un día, en un ataque de «creatividad», El Tano
decidió que el uniforme era opcional y que su torso desnudo, cubierto de pelos
y tatuajes de anclas mal hechos, era un «derecho humano».
Escena 2:
La gota que rebalsó el vaso
Un martes cualquiera, El Tano llegó
a las 9:30 (récord personal de puntualidad) y se encontró con una sorpresa: le
habían cambiado el candado de la puerta principal. El guardia de seguridad, un
jubilado con cara de estar en otro planeta, le dijo:
Guardia: «Usted
ya no trabaja acá, señor».
El Tano: «¿Cómo que no? Yo soy El Tano, el que hace los caños
que se rompen. ¡Dejáme pasar, viejo!»
Guardia: «Me
dijeron que usted está despedido. Que mandaron un telegrama».
El Tano: «¿Un telegrama? ¿A dónde? ¡Yo no recibí un carajo! ¡Y
no me saque la polera que no tengo!»
Efectivamente, El Tano estaba en
cueros de la cintura para arriba, con un frío patagónico que le ponía los
pezones como puntas de lápiz. Pero esa güeá no era lo peor, lo peor llegó
cuando, después de insistir 40 minutos, el guardia le mostró el «telegrama»… una
foto de una hoja de papel que alguien le había mandado por WhatsApp.
El Tano, leyendo la foto: «¿Esto es una joda? ¿Me despiden por una foto de
mierda? ¡Esto es ilegal, esto es... esto es...!» (Y aquí se le ocurrió una idea
brillante) «...¡Esto es guita!»
Escena 3:
El abogado y el milagro legal
El Tano, que no tenía dos mangos
pero sí una astucia de rata de ciudad, fue a ver a un abogado laboralista
llamado Dr. Horacio «El Tiburón» Benítez, un tipo que olía a colonia barata y
tenía un Mercedes con el paragolpes abollado de tanto chocar contra la ley.
El Tano: «Doctor, me echaron por Wasá. Una foto. ¿Eso es legal?»
El Tiburón, frotándose las manos: «¿Por WhatsApp? ¿Una foto? ¿Sin notificación formal,
sin testigos, sin carta documento? ¡Hijo de puta, acabas de ganarte la lotería!»
El Tano: «¿Pero yo no era un vago de mierda que faltaba siempre?»
El Tiburón: «¡Y qué importa, para frita! ¡La ley es la ley! Ellos
no hicieron el procedimiento. ¡Esto es como matar a alguien y no limpiar la
sangre! ¡Técnicamente es un crimen, pero el juicio se gana por el
procedimiento, no por la verdad!»
El Tano: «¿O sea que me van a pagar por ser un vago?»
El Tiburón: «No, pelotudo, te van a pagar porque ellos fueron unos
ineptos. Vos sos el vago, pero ellos son los boludos. ¡Esa es la diferencia!»
Escena 4:
El juicio
El juicio fue un circo. El Tano se
presentó con una camisa prestada (le quedaba chica la güeá y se le marcaban los
pelos) y un perfume que parecía insecticida. Los abogados de la empresa
intentaron argumentar que El Tano era un desastre andante, que fumaba como una
chimenea, que dormía en las bobinas, que andaba sin polera y que una vez se
había meado en el vestuario «porque el baño estaba lejos».
El juez, un tipo viejo y cansado de
la puta vida, escuchó todo con cara de «yo ya me quiero jubilar de esta güeá».
Finalmente, dictó sentencia:
Juez:
"Es innegable que el trabajador presentaba... digamos...
'particularidades' en su conducta. Sin embargo, el empleador no siguió el
procedimiento legal establecido para el despido. El envío de una fotografía por
WhatsApp no constituye una notificación formal válida. Por lo tanto, el despido
es improcedente. Se ordena a la empresa pagar una indemnización de 33.387.789.01
millones de pesos."
El Tano, gritando en la sala: «¡SEÑOR JUEZ, ES UN GENIO! ¡UN POETA DEL DERECHO! ¡LO
AMO!»
El Tiburón, tapándole la trompa: «Calláte, boludo, que te puede "rebajar" la condena».
Escena 5:
El final feliz (o no)
El Tano cobró su indemnización y, en
lugar de invertirla en alguna güeá útil, se compró una moto 0km, una caja de
cerveza y un equipo de música para el barrio. A la semana, lo paró la policía
por andar en pelotas arriba de la moto (otra vez sin polera, obviamente) y le
sacaron el registro.
Hoy, El agüeonao del Tano vive en el
mismo barrio punga, cuenta la historia de cómo «le ganó al sistema» y sigue sin
trabajar, o sea, se sigue rascando las güéas olímpicamente. Pero cada vez que
alguien le pregunta por qué no busca pega, él responde con una sonrisa de oreja
a oreja:
El Tano: «¿Para qué? Si el sistema es tan pelotudo que me paga
por ser un vago. ¡Viva la Patria, carajo!»
Y en algún lugar de Bariloche, el
Dr. «El Tiburón» Benítez se frota las manos, porque ya tiene un nuevo cliente… el
guardia de seguridad que lo echó, a quien también despidieron por «mandar la
foto por WhatsApp sin autorización».
Moraleja de la güeá: En Argentina, no importa si eres un vago de mierda, lo
que importa es que el otro sea un agüeonao más grande. Y en eso, los argentinos
son campeones del mundo.
Fuente:
Un cuento basado en hechos reales. Revisa la noticia en: https://www.lacuarta.com/mundo/noticia/fumaba-en-el-trabajo-hacia-labores-sin-polera-y-no-seguia-ordenes-fue-despedido-demando-y-gano-indemnizacion/
Un cuento creado por: Olog Krevalora.
Una idea del equipo de Trollish News.
Edición final: Olog Krevalora.

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