domingo, 25 de enero de 2026

Christian's truth

 


LA VERDAD DE CHRISTIAN

I

Christian descubrió YouTube tarde, cuando ya había aprendido a desconfiar de las personas. No tenía redes sociales. Ni fotos, ni estados, ni amigos virtuales. Decía que eso era para gente vacía y 'lúser'. Pero no era así. YouTube era distinto, aseguraba: ahí hablaban los que sabían. Especialistas, pastores, ex militares, científicos sin laboratorio, médicos sin matrícula visible. Voces claras, miradas firmes, títulos en mayúsculas.

Al principio veía documentales. Luego entrevistas. Luego advertencias. ADVERTENCIA era una palabra que le gustaba. Lo hacía sentir despierto.

Vivía solo, en una casa angosta de un barrio común del sur de Chile. Cortinas siempre cerradas. Un televisor grande en «la sala de estar de su casa», comprado en cuotas. El computador era viejo, pero suficiente. El celular apenas lo usaba: solo Wi‑Fi, nada de llamadas.

Christian se consideraba creyente. Había sido criado así. Pero su fe cambiaba. No se daba cuenta. Un día hablaba del amor al prójimo; al siguiente, del castigo divino inevitable. Ajustaba sus creencias con una facilidad inquietante, convencido de que no estaba cambiando, sino aprendiendo.

Decía que pensaba por sí mismo.

Cada video visto era una puerta. Cada minuto retenido era una marca. YouTube no le mostraba la verdad, le mostraba la versión de la verdad que Christian toleraba mejor.

—Yo no soy como el resto —decía en voz alta—. Yo comparo fuentes. 

Pero sus comparaciones eran circulares. Un video desmentía a otro usando el mismo tono, la misma música grave, la misma estética de urgencia. Christian no distinguía diferencias: solo veía confirmaciones.

Comenzó a tomar notas. Cuadernos llenos de flechas, símbolos, palabras subrayadas. DESPIERTA. ELLOS. CONTROL.

Dormía poco. Soñaba con pantallas.

Los estudios decían —aunque Christian jamás los leyó completos— que la exposición prolongada a contenidos extremos fragmenta la percepción de la realidad. Que el cerebro busca coherencia incluso donde no la hay. Que la repetición genera convicción. Que la certeza es adictiva.

Christian no necesitaba saber eso.

Él sentía que algo encajaba.

Cuando un video afirmaba que la ciencia mentía, asentía. Cuando otro, horas después, aseguraba que la ciencia estaba infiltrada por demonios, también asentía. Si uno contradecía al otro, Christian ajustaba el recuerdo. La contradicción se volvía ruido.

 

—Es más complejo de lo que crees —le dijo una vez a sus hermanos, cuando ellos le decían que despertara—. No se cómo puedo explicarles. Juntémonos.


Christian empezó a hablar solo. No lo notó. Repetía frases que había escuchado, pero las decía como propias. Caminaba por la casa explicándole al aire cómo funcionaba el mundo realmente.

La gente no entiende porque no quiere —decía—. Yo antes tampoco entendía.

La palabra antes se volvió peligrosa.

Cada nuevo video reescribía su pasado. Sus recuerdos se adaptaban. Siempre había sabido esto. Siempre lo había sospechado.

La realidad empezó a parecerle torpe. Lenta. Imprecisa.

YouTube, en cambio, era claro.

 

II

Comenzó a desconfiar del silencio.

Si el video se detenía, sentía ansiedad. Si la conexión fallaba, sudaba. Golpeaba el escritorio. Reiniciaba el router como si fuera un ritual.

 

—No ahora —susurraba—. No ahora.

 

Creía que lo observaban. No desde el gobierno, no exactamente. Desde ellos. Nunca definía quiénes eran. No hacía falta. Los videos tampoco lo hacían.

Los sonidos de la casa cambiaron. El refrigerador ya no era solo un refrigerador. El viento no era solo viento.

Pero YouTube seguía ahí. Siempre. 

Christian comenzó a comentar. No mucho. Solo lo necesario. Corregía a otros. Advertía. Insistía.

 

—Infórmate. —Eso ya fue desmentido. —No seas ingenuo.

 

Cada respuesta que recibía —aunque fuera un insulto— reforzaba su sensación de misión.

Había cruzado una línea invisible: ya no consumía contenido, lo defendía.

Una noche, un video habló de señales. Señales pequeñas. Cambios sutiles. El narrador decía que quienes no las veían estaban perdidos.

Christian empezó a buscarlas.

Las encontró en todas partes.

Una luz que parpadeaba. Un perro que ladraba tres veces. Una sirena lejana.

Todo significaba algo.

La policía apareció por primera vez en su mente antes que en su puerta.

Un video aseguraba que cuando alguien despertaba de verdad, el sistema reaccionaba. Que enviaban visitas. Que probaban límites.

Christian cerró con llave. Tapó las rendijas. Apagó las luces.

Pero no apagó YouTube.

Nunca apagó YouTube.

Los vecinos escucharon gritos. No palabras claras. Discursos entrecortados. Amenazas vagas. Advertencias.

 

—¡TIENEN QUE ENTENDER! —gritaba Christian—. ¡NO ES UNA OPINIÓN!

 

Golpeaba las paredes como si del otro lado hubiera una multitud.

Alguien llamó a Carabineros.

Cuando llegaron, Christian ya no distinguía el día de la noche. La pantalla iluminaba la casa con un resplandor enfermizo. Diez videos abiertos. Todos pausados. Todos esperando.

 

—¡APAGUEN ESO! —gritó cuando vio los uniformes—. ¡ES PARTE DE LA PRUEBA!

 

No entendía las órdenes. Las palabras se deslizaban sin sentido. Su mente las traducía en amenazas.

Forcejeó. Cayó. Lloró. Rio.

Uno de los carabineros miró la pantalla un segundo. Luego apartó la vista.

Christian fue llevado esposado. Murmuraba fragmentos de títulos. Fechas falsas. Nombres que no existían.

La casa quedó en silencio por primera vez en años.

La pantalla seguía encendida.

El algoritmo esperaba.

No había reflexión.

No había moraleja.

Solo una casa vacía, un historial infinito, y la certeza incómoda de que Christian no había sido especial.

Solo había sido constante.

Christian pasó semanas tratando de reconstruir lo ocurrido. No por defensa, sino por fe. Creía —todavía— que, si lograba ordenar los hechos, aparecería el sentido oculto. Que, en algún punto, entre los interrogatorios, los informes técnicos, las miradas cansadas de funcionarios que ya habían visto demasiados casos similares, alguien le diría: sí, había algo más.

Pero no ocurrió.

Los discos duros incautados solo mostraban lo evidente: horas de consumo compulsivo, enlaces cruzados, documentos inconexos, símbolos sin contexto. Para otros era basura digital. Para él, eran restos sagrados. Fragmentos de una verdad que ahora parecía evaporarse cada vez que intentaba señalarla.

Cuando preguntó por ella —la chica, el primer contacto real— nadie encontró rastro. Ninguna cámara, ningún registro confiable. Era como si hubiera sido diseñada para no existir fuera de su memoria. Incluso su rostro empezó a deformarse con el tiempo: a veces más joven, a veces más frío, a veces sustituido por otros rostros vistos en pantallas.

La secta nunca fue desmantelada porque nunca fue encontrada. No hubo redadas, ni comunicados oficiales. No se puede destruir algo que no ocupa espacio fijo, que no repite símbolos, que no conserva nombres. Para cuando alguien se acerca demasiado, ya está hablando con otra máscara.

Christian fue liberado sin ceremonias. No porque fuera inocente, sino porque era irrelevante.

Volvió a su casa como quien regresa a un lugar saqueado por dentro. El computador seguía ahí. La silla. La pared marcada por la luz azul que durante años lo había acompañado. Encendió el equipo con una mezcla de miedo y devoción.

El algoritmo ya no le hablaba.

Las recomendaciones eran planas, genéricas. Videos virales, ruido superficial, contenido diseñado para nadie en particular. Aquello que él había interpretado como un diálogo secreto simplemente había seguido adelante sin él.

Comprendió, tarde, la verdad más simple y más brutal:

no había sido elegido.

Había sido intercambiable.

Uno más entre miles que creen que el conocimiento oculto siempre está afuera, esperando, cuando en realidad solo hay sistemas probando resistencias, empujando hasta que algo cede.

Christian envejeció rápido después de eso. No físicamente, sino en la mirada. La intensidad se transformó en cansancio. El asombro en desconfianza. A veces, en la noche, juraba ver símbolos donde no había nada. A veces sentía el impulso de volver a buscar, de excavar de nuevo.

Pero algo se había roto.

No la fe —eso tarda más—, sino la ilusión de importancia.

Y así quedó Christian: no como mártir, no como iluminado, ni siquiera como advertencia.

Solo como un humano más que confundió el abismo con profundidad, y fue usado, procesado y descartado por una red que ni siquiera necesitó recordarlo.

Su hermano cercano lo entendía entre llantos.

 

Historia creada por: Jarl Asathørn.

Basada en hechos reales.

 

 

sábado, 24 de enero de 2026

Crónicas del Fracaso Útil [Cuando el humo se disipa, queda lo de siempre]



Ya pasaron las horas. Bajó el humo, las cámaras se fueron moviendo a las cenizas de la tragedia, pero más fresca y, como ocurre siempre en este país de memoria inflamable y olvido rápido, recién ahora se empieza a ver con claridad la magnitud real del desastre. No la versión edulcorada del parte oficial ni la frase ensayada para el matinal, sino la dimensión cruda: muertos, familias borradas del mapa, pueblos convertidos en ceniza y una sensación conocida, casi tradicional, de abandono. 

Porque mientras el fuego avanzaba con la velocidad que solo tienen las catástrofes mal prevenidas, el gobierno brillaba por su ausencia. Las autoridades del gobierno de Gabriel Boric no estaban. No aparecieron. No llegaron. Y cuando finalmente lo hicieron —porque siempre llegan, pero tarde— el incendio ya había hecho su trabajo. La tragedia ya estaba consumada. Las fotos ya estaban tomadas. Los cuerpos ya contados. Las casas ya reducidas a recuerdos carbonizados.

La presencia tardía no es presencia: es turismo del desastre, es llegar a sacarse la foto cuando ya no hay nada que salvar.

 


El daño es total. Muertos que no volverán. Casas que no se reconstruyen con bonos ni discursos. Familias enteras durmiendo en carpas, en casas prestadas, en la nada misma. Animales calcinados. Flora y fauna con daños irreparables. Años de trabajo desaparecidos en horas. Y, como siempre, cifras que se vuelven abstractas para quienes no perdieron nada. Porque decir «X viviendas destruidas» suena técnico, ordenado, casi limpio. Pero cada vivienda era una vida. Cada pared era una historia. Cada techo era un mínimo de dignidad que ya no existe.

 

Y en medio de todo esto, aparecen los verdaderos protagonistas permanentes de la tragedia chilena: los imbéciles que iniciaron los incendios. No hay eufemismos posibles. No son «eventuales responsables», no son «presuntos involucrados», no son «personas con problemas». Son imbéciles. Bestias desalmadas. Sujetos que prenden fuego sabiendo exactamente lo que hacen, sabiendo que no queman pastizales sino vidas. Gente que no merece comprensión sociológica ni excusas estructurales, porque hay una línea básica entre la precariedad y la maldad, y ellos la cruzaron con fósforos en la mano.

Estos son los autores del incendio. No el fuego, no el viento, no el «evento climático», sino los responsables humanos, esos que siempre existen, pero rara vez pagan. Los que prenden la chispa y luego desaparecen entre excusas, tecnicismos y carpetas judiciales que se empolvan con una eficiencia admirable. En Chile, provocar incendios no es exactamente un crimen: es casi una travesura mal entendida, una falta administrativa con vocación de tragedia.

Porque aquí quemar bosques, pueblos y personas no amerita mano dura. Amerita investigaciones eternas, audiencias pospuestas, imputaciones que se diluyen y condenas simbólicas que no asustan ni a un fósforo mojado. La justicia observa el desastre con ceño fruncido, habla de «presunción de inocencia» y se toma su tiempo. Mucho tiempo. El tiempo suficiente para que el culpable vuelva a su rutina, mientras las víctimas aprenden a vivir sin casa, sin recuerdos y, en algunos casos, sin seres queridos.

 

La ironía es obscena: en este país se castiga con más rigor al que evade un pasaje que al que incendia una región. Quemar miles de hectáreas, matar personas, destruir ecosistemas y arrasar comunidades enteras parece ser un delito complejo, lleno de matices, digno de comprensión y análisis profundo. Pobrecitos los incendiarios, siempre hay que buscarles el contexto, la infancia difícil, el entorno hostil, la explicación que los humanice. A las víctimas, en cambio, se les pide paciencia.

 

Y así se instala el mensaje real, el que no se dice, pero se entiende perfecto: incendiar sale barato. Tan barato que se repite. Tan barato que se normaliza. Tan barato que ya forma parte del calendario estacional, como si fuera un fenómeno natural más. Verano: calor, incendios, muertos, promesas, impunidad. Todo en orden.

La falta de castigo no es un error del sistema; es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado: lento, blando, cobarde frente al daño masivo. Y mientras no exista una sanción ejemplar, mientras no haya consecuencias reales, los incendios seguirán ocurriendo. Porque no hay mejor incentivo para el crimen que la certeza de que no pasará nada.

 

Al final, los que provocan los incendios no solo queman árboles y casas. Queman lo poco que queda de confianza en la justicia. Y esa, a diferencia de los bosques, no vuelve a crecer.

 

Pero tranquilos: la justicia se encargará… como siempre. Es decir, no se encargará de nada. Porque en este país quemar lugares sale barato. A veces ni siquiera sale. Procesos eternos, penas ridículas, investigaciones que se diluyen como humo en el viento. La justicia chilena es severa con el que roba pan y comprensiva con el que destruye regiones. Castiga con dureza la pobreza visible y trata con guantes de seda a los criminales que generan catástrofes. Y después se preguntan por qué la rabia se acumula.

 

Como si no bastara el fuego, llegan los carroñeros. Los inhumanos que aprovechan el desastre para ir a robar cables de cobre, balones de gas, fierros, lo que sea que se pueda vender por unas monedas miserables. Tipos que caminan entre cenizas ajenas con la naturalidad del que no siente nada, como si pisar restos de vidas destruidas fuera parte del paisaje cotidiano. No se conmueven con el dolor, no sienten vergüenza, no conocen límites. Para ellos, una casa quemada no es una tragedia: es una oportunidad. El desastre como negocio. El sufrimiento como feria libre.

Aparecen cuando ya no hay fuego, pero sí silencio. Cuando los dueños están llorando en alguna mediagua, en casa de un familiar o simplemente sentados mirando lo que quedó. Ahí entran ellos, rápidos, atentos, oportunistas. No preguntan, no dudan, no bajan la mirada. Arrancan lo poco que sobrevivió a las llamas como si fuera botín legítimo. No es necesidad: es miseria moral. Porque incluso en la pobreza existe un límite, y estos sujetos lo cruzan con orgullo.

 

¿Sentirán algo?

¿Habrá en algún rincón remoto de su conciencia una mínima punzada de culpa?

¿O el ruido de los cables arrancados tapa cualquier pensamiento incómodo?

¿Cómo alguien puede levantarse, mirarse al espejo y no ver que es un desgraciado y vil ser humano?

¿Cómo se desayuna después de robarle a alguien que lo perdió todo?

¿Con qué cara se habla de familia, de esfuerzo, de valores?

 

Son depredadores sociales. No necesitan incendiar: esperan a que otros lo hagan. Se alimentan de la ruina ajena como si fuera un recurso más del mercado. Hoy es una casa quemada, mañana será una inundación, un terremoto, cualquier cosa sirve mientras haya dolor disponible. No sienten empatía porque la empatía estorba. No sienten humanidad porque la humanidad no se puede vender al kilo.

Y lo más triste no es que existan, porque siempre han existido. Lo verdaderamente desesperanzador es que ya no sorprenden. Son parte del paisaje del desastre, tan previsibles como la ausencia del Estado y tan constantes como la impunidad. Nadie los espera, pero todos saben que llegarán. Porque en este país, incluso las tragedias tienen parásitos fijos.

 

Y luego está la otra cara, más hipócrita pero igual de miserable: la falsa solidaridad. La gente que «ayuda» tirando ropa vieja, rota, sucia, sin lavar. Como si las personas que lo perdieron todo merecieran recibir basura. Como si la tragedia fuera el momento ideal para vaciar clósets y conciencias. No es ayuda, es desprecio disfrazado de buena acción. Es decir: «no te mereces algo mejor, pero así me siento bien conmigo mismo».

Todo esto no es nuevo. No es excepcional. No es una anomalía. Es la misma secuencia de siempre: fuego, muerte, abandono, discursos, culpables que no pagan, oportunistas que lucran y una sociedad que se indigna por unos días antes de seguir con su vida.

Cambian los nombres, cambian los gobiernos, cambian los ‘hashtags’, pero el fondo permanece intacto.

Cuando el humo se va, queda la certeza más dura de todas: nada cambia. Ni la incompetencia, ni la impunidad, ni la miseria moral. Y los que lo perdieron todo tendrán que reconstruir no solo sus casas, sino también la ilusión —cada vez más frágil— de que este país alguna vez aprenderá algo de sus propias cenizas. 

Pero no. No aprenderá. Nunca lo ha hecho. Y no hay señales de que vaya a empezar ahora. 






Fuente de las fotos: BBC.

Artículo: Equipo de Trollish News.

Edición final: V.D.M.

jueves, 22 de enero de 2026

Crónicas del Fracaso Útil [Trump, el chavismo y el misterio del enemigo equivocado]

 


Manifiesto de la sección

Este nuevo espacio de análisis es otro brazo armado con garrotes de Trollish News. Pero, un poco más serio.

Crónicas del Fracaso Útil no es neutral.

No busca equilibrio.

No pretende ser justa con quienes nunca lo fueron.

Este espacio existe para diseccionar los fracasos que se presentan como errores, cuando en realidad son herramientas.

Aquí se escribe sobre líderes que pierden batallas que necesitaban perder, enemigos que jamás debieron ser derrotados y escándalos que funcionan mejor cuando no se resuelven.

No creemos en salvadores importados.

Desconfiamos de las fotos oficiales, de los discursos épicos y de las promesas que llegan con bandera ajena.

Aquí el sarcasmo no es adorno: es método.

La ironía no es humor: es defensa.

Si algo parece absurdo, probablemente lo es.

Si algo parece inútil, pregúntate primero:

¿útil para quién?

Estas crónicas no buscan convencerte.

Buscan incomodarte lo suficiente como para que dejes de aplaudir.

 

TRUMP, EL CHAVISMO Y EL MISTERIO DEL ENEMIGO EQUIVOCADO

Hay algo profundamente conmovedor en la política internacional moderna: la capacidad infinita de Donald Trump para escoger siempre al enemigo más conveniente… y nunca al correcto.

Porque si algo queda claro en esta comedia geopolítica es que, cuando se trata de Venezuela, Trump parece practicar una especie de chavismo selectivo: gruñe mucho, amenaza fuerte, pero muerde solo al perro más flaco del patio, el que tiene menos cazuelas en el cuerpo.

 

EL ENIGMA DELCY

Empecemos por la pregunta que nadie se atreve a formular en voz alta sin mirar por encima del hombro:

¿Alguien entiende cómo Delcy Rodríguez parece gobernar Venezuela en funciones, en sombras o en versión Schrödinger, sin que a Trump le dé urticaria?

 

En cualquier otro universo, Delcy sería presentada como el símbolo perfecto del «régimen que hay que aplastar»: verbo afilado, lealtad ideológica, y una sonrisa hipócrita que podría congelar sanciones.

Pero no.

Extrañamente, goza de una especie de paz trumpista, ese estado zen donde no te caen misiles… ni tuits.

Uno empieza a sospechar que Trump no odia al chavismo.

Solo odia al chavismo que no le sirve para una foto.

Y, si somos «diluvianamente» francos… Delcy Rodríguez debería estar compartiendo las rejas; junto a todo su gabinete de izquierdistas; con Nicolás Maduro. Eso sería justicia para el pueblo venezolano decente y anticomunista.

 

TRUMP CONTRA EL CHAVISMO… DE UTILERÍA

Trump nunca fue por las cabezas reales.

Fue por las que cabían en un titular corto.

Los verdaderos arquitectos del poder —los operadores, los engranajes, los que no hablan, pero deciden— jamás estuvieron en la mira.

La pregunta es:

¿Por qué?

Simple: Porque no venden.

No hacen ruido.

No sirven para la narrativa del «yo, el salvador del hemisferio».

Perseguir al chavismo profundo requeriría algo peligrosísimo: comprensión.

Y Trump siempre prefirió la simplificación.

 

CORINA MACHADO Y EL ARTE DEL REGALO



Luego llega la escena digna de realismo mágico:

Corina Machado visita la Casa Blanca. Lleva un regalo. Sonríe. Trump sonríe. Flash. Aplausos.

Y entonces surge la pregunta inevitable, cargada de sarcasmo involuntario:

¿De verdad creemos que un obsequio —cualquier obsequio— puede convertir a Trump en el hada madrina de la democracia venezolana?

Sabemos que Trump no apoya causas.

Apoya momentos.

Si Corina encaja en el relato de «la mujer valiente contra el socialismo», perfecto.

Si mañana deja de ser útil, pasa a la misma repisa donde descansan los kurdos, los afganos y cualquier otro aliado de temporada... pasa a ser un falso trofeo.

Y al final, queda la sensación amarga, casi ridícula:

La supuesta «captura» de Maduro —real o simbólica— no sirvió de nada.

Porque no era él el corazón del sistema.

Porque no era el cerebro.

Era el vocero cansado.

El muñeco de feria.

Era el rostro más gastado.

El villano de caricatura.

Fueron por el perro más débil, mientras la jauría seguía intacta, bien alimentada y perfectamente organizada.

 

CONCLUSIÓN NO SOLICITADA

Trump no quiso desmontar al chavismo.

Quiso administrarlo.

Usarlo como espantapájaros electoral, como excusa moral, como antagonista reciclable.

Y mientras tanto, Venezuela sigue atrapada entre discursos épicos, líderes de escaparate y salvadores extranjeros que nunca tuvieron intención de salvar nada.

Porque cuando la política se vuelve espectáculo, la justicia es solo un efecto especial mal renderizado.

Y, porque cuando el imperio actúa como ‘influencer’, la democracia termina siendo solo contenido patrocinado.

 

 

Escrito por: Equipo humano/Trol de Trollish News.

Imágenes creadas con AI.

Edición final: V.D.M. - vikingodemagellan.blogspot.com

 

 

martes, 20 de enero de 2026

Tertulia Trollish [El podcast Underground]



KREVALORA: Hullo kaikille, estoy acompañado por mi amigo Gandworf, y hoy vamos a comentar las noticias que han marcado la pauta de estos primeros días del 2026. ¡GLUP-GLUP-GLUP! ¡UF, que rico es este whisky!

 

GANDWORF: Hullo a todos, especialmente a todas las «minits» que piensan en mí cuando se duchan... ¿Qué estai tomando?

 

KREVALORA: Dalmore 62 Single Hiland Malt Scotch. ¿Qué te parece?

 

GANDWORF: No seai cagao y sírveme un vaso, quiero probarlo.

 

KREVALORA: Ahí está. Traje harto whisky y de diferentes marcas. Sírvete solo. ¿Crees que soy tu empleada, perra merluza?

 

GANDWORF: ¡GRRRR!

 

KREVALORA: Quiero hablar de Corina Machado, Trump, Groenlandia, la UE. Para empezar.

 

GANDWORF: ¡GLUP-GLUP-GLUP! ¡Ooohhh, güeón! ¡Que rico whisky! ¡La cagó! Ya estoy cachando que se me va a calentar la trompa y voy a quedar como pichula, jajajaja.

 

KREVALORA: ¡JAJAJA! Ok, pongámonos serios. A Corina Machado la invitaron para reunirse con «pelo de nube», para hablar seguramente del güeveo venezolano. Y estando ahí, a esa güeona se le ocurre la brillante idea de regalarle su premio Nobel a Trum'pudo. ¿Qué te parece?

 

GANDWORF: Me imagino que esa güeona lo hizo pa' que Trump la coloque en la silla presidencial de Venezuela, ¿Por qué alguien regalaría ese premio? ¿Y gratis? Es sospechoso, es como un hacerle un pete simbólico a Trump.

 

KREVALORA: No es malo tu argumento masetoide... seee, es como besarle el culo flácido a ese viejo imperialista y de paso hacerle un pete. Pero no creo que ahora ese güeón se arrepienta y saque a esa vieja petiza y fea de Rodríguez para «agradecerle» a Machado el regalito.

 

GANDWORF: Imagínate ahora como debe estar Trump con el Nobel. Lo debe mirar como si él se lo mereciera. Debe estar loco con el galardón.

 


KREVALORA: Yo todavía no entiendo por qué Trump decidió dejar en la presidencia a esa «turrón de carbón» de Delcy Rodríguez. Es rara la güeá. Y no pasó nada con el «guata de sandía» de Cabello, ni con el cara de Satán de Vladimir Padrino López o con el hermano de Delcy, Jorge, etc. ¿No encontrai que algo huele mal en toda esa trama?

 

GANDWORF: ¡Glup-glup-glup! Sí, todo es muy raro, peeeeero, hay que entender la lógica del «pato Donald»... porque hay que sincerarse po' güeón, ese viejo peina la muñeca full.

 

KREVALORA: ¡JAJAJAJAJA! Es verdad, de repente sale con cada pelá de cable... y «pelo de smog» es como un cabro chico, se le mete una güeá en el casco y la quiere sí o sí... ahora le entró la locura de quedarse con Groenlandia y no está ni ahí con pasarse por el culo los tratados o a la misma Unión Europea.

 

GANDWORF: Sííí, es como un mocoso chucha de su madre hincha pelotas a cagar, quiere una güeá e ¡intenta sacarlo de su capricho po' güeón! ¡PICO!

 

KREVALORA: Lo más chistoso es que Groenlandia era como el patio de una casa grande que nadie usaba, y ahora como «trompita de pescao» lo quiere... Dinamarca se enojó. Hay que ser muy caradura... ¡GLUP-GLUP-GLUP!

 

GANDWORF: Y, lo que me hizo reír caleta fue el contingente que Dinamarca envió hace unos días... llegaron 10 o 15 güeones con cuea. Y Francia mandó otro contingente que no supera la quincena, ¿Qué creen esos güeones que van a hacer en caso de que las tropas yanquis entren? Esa cantidad agüeoná con cuea controla a un montón de borrachines fuera de un bar, GUUUUAAJAJAJA.

 

KREVALORA: ¡GUUUAAAJAJAJA! Alemania envió un «equipo de reconocimiento» de 13 militares a Groenlandia este jueves para «una misión de exploración»... Cacha que Estados Unidos tiene unos 150 soldados estacionados en su base espacial de Pituffik, en el noroeste de Groenlandia... ¡JAJAJAJAJA!, y esos güeones mandan a un puñado de  pelagatos para proteger Groenlandia. Pero, hoy, ya enviaron más güeonaje, parece que se pegaron la cachá de la güeá.

 

GANDWORF: Abre otro whisky, tengo sed.

 

KREVALORA: Bebe con responsabilidad güeoncito... ¡GUUUUAAAAJAJAJAJAJA! ¡SON TAAAAAALLAS!

 

GANDWORF: ¡JAJAJAJAJAJA! ¡Tarde te acordaste de usar la palabra responsabilidad! Ahora vamos a una pequeña y volvemos.


DOS HORAS DESPUÉS:

 

KREVALORA: ¡GLUP-GLUP-GLUP! Puta,... ahora tengo hambre. Voy a llamar para pedir unas 30 pizzas. Tú mientras sigue hablando del tema.

 

GANDWORF: ¡Güena! ¡Yo también estoy cagao de hambre! ¿En qué güeá estábamos? ¡AH! En la güeá de Groenlandia... yo tengo una idea pa' verderle a los daneses... que hablen con Macron y que ese güeón envíe a su «esposa-esposo» con cara de chimpancé para proteger esa tierra. Cuando lleguen los gringos, que Brigitte Macron se desnude, menee la tula, se agache, muestre el noesni y con esa güeá los milicos gringos escapan espantados de Groenlandia en tres tiempos, ¡GUUUUUUAJAJAJA!

 

KREVALORA: ¡COF-COF-COF! ¡PUTA, ME ATORÉ! ¡GUUUUAAAAAAAAJAJAJAJAJAJAJA! ¿Te imaginai? ¡JAJAJAJAJA! ¡ESA VIEJA FEA ES UN SACO DE HUESOS!

 

GANDWORF:  ¡JAJAJA! ¡Es buena mi idea! Y si el gobierno danés lee este comentario le doy más ideas: lleven a las minas peruanas, bolivianas, ecuatorianas, haitianas, venezolanas, a las viejas feas de las poblaciones pungas de Santiago, les suman a algunas esposas trans de políticos europeos, y con todo ese ejército del horror espantan full a los gringos. ¡JAJAJAJAJAJA!

 

KREVALORA: ¡GUUUUAAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¿CÓMO PODRÁS HABLAR TANTAS GÜEÁS GANDWORF? ¡JAJAJAJAJAJAJA!

 

GANDWORF: Me dio sed tanta idea «güena» que tengo... ¡GLUP-GLUP-GLUP!

 

KREVALORA: Y todas esas brujas feas que esperen y saluden con tangas a los milicos de las fuerzas deltas, seguro-seguro salen arrancando a mil por hora, y no solo de Groenlandia, del planeta, jajajajaja.

 

GANDWORF: ¡HIP! ¡JAJAJA! Güeón, volviendo a Corina Machado la vieja «cara de guasón» tiene buenas caderas, obvio que tiene canillas de caiquén, pero ¡HIP! ¡GLUP-GLUP-GLUP!

 

KREVALORA: ¡Ya saliste con tu comentario califa! ¡GLUP-GLUP-GLUP! Voy a abrir otra botella de whisky. ¡CRUNCH-CRUNCH-CRUNCH! ¡Rica la pizza!

 

GANDWORF: ¡CRUNCH-CRUNCH-CRUNCH! ¡GLUP-GLUP-GLUP! Está rica la pizza

 

KREVALORA: Güeón, ojo, y el show sigue. Hoy se supo de una carta que «Trumpita de riñón» le mandó al primer ministro de Dinamarca donde se cacha que está picao a cagar ¡HIP! ¡Puta la güeá, me dio hipo! ¡CRUNCH-CRUNCH! ¡GLUP-GLUP-GLUP!

 

GANDWORF: Ese vittuperkele es un verdadero cabro chico, picota, caprichoso la cagó. Y, a grandes pinceladas, ¿Qué güeá dice esa carta? ¡GLUP-GLUP-GLUP! ¡CRUNCH!

 

KREVALORA: En la carta, ¡HIP!, Trump sostuvo: «Teniendo en cuenta que su país decidió no concederme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido más de ocho guerras, ya no siento la obligación de pensar únicamente en la paz». En otro pasaje de la güeá, «pelo de nube» agregó: “El mundo no está seguro a menos que tengamos control completo y absoluto de Groenlandia”. ¡HIP! Voy a beber un vaso lleno de whisky pa’ que se me pase este hipo ‘aka-huora, ¡GLUP-GLUP-GLUP-GLUP!

 

GANDWORF: ¿Se te-te fue? ¡CRUNCH-CRUNCH!

 

KREVALORA: ¡Sí, se me fue! ¡CRUNCH! Voy a llamar y voy a pedir un cordero asado, todavía tengo hambre espérame, ya-ya-vuelvo, se mueve el piso, JAJAJAJA.

 

GANDWORF: Erís muy-muy barato, aprende de tu maestro pequeño salta-salta mon-montes ¡HIP! ¡JAJAJAJA! Me voy a-a-a parar, y voy a hacer el 4, pa’ de-demostrarte que estoy im-impeque.

¡CATAPLUM! ¡CRASH!  CRCHCHCHCHCHCRRRRTT!

 

KREVALORA: ¿QUÉ GÜEÁ ESTAI HACIENDO PEDAZO DE ANIMAL?!

 

GANDWORF: ¡ME-ME SAQUÉ LA CHU-CHUCHA! ¡GUUAAAAAJAJA! ¡SE ME ENREDO EL-EL CORDÓN DE ESTE BOTOTO CULIAO CON-CON LA PATA DE LA-LA MESA!

 

KREVALORA: ¡GGGGGUUUUUUUAJAJAJAJAJAJA!

 

GANDWORF: ¡Pu-puta la güeá! ¡Me-me pegué en la trompa!

 

KREVALORA: ¡JAJAJAJAJA! ¡Mira po’ güeón! ¡Bo-botaste todos los vasos y la pizza! ¡COOOONCHA TU MAAADRE! ¡Me-me rompiste el-el celular, vittuperkele! ¡OOOHHH, y mis lentes! ¡GGGGGRRRRRR!

 

GANDWORF: ¡GUAAAAAAAJAJAJA! ¡Son-son cosas-que-que pasan! ¡Estoy como pi-pichula!

 

KREVALORA: ¡Cacha po’ güeón! ¡Mi-mi cha-chaqueta de cuero está-está llena de queso, co-copete y toda la güeá! ¡Y eso que-que hemos tomado po-poco, maseta! Ocho botellas de whisky, 4 packs de cervezas y 5 vodkas  

 

GANDWORF: Vol-volvamos a las-las noticias ¡Des-después limpiamos esa-esa-esa güeá! ¡Jajajajaja! ¡HIP!

 

KREVALORA: ¡Nada de güeás! ¡Tú ensuciaste, tú-tú limpias! ¡CAAACHA! ¡Todos los pa-papeles sucios y mo-mojaos! ¿Qué-qué güeá vamos a-a-a-comentar ahora?

 

GANDWORF:  Ha-hablemos de la-la secretaria de-de prensa del go-gobierno del viejo trompudo de-de Trump, la güeona se-se llama Karoline Leavitt está-está bien rica, me-me gustan las-las rubias y esa mina tiene ca-cara de ser bue-buena pal sexo. Tie-tiene tremendas te-te-tetas. ¡HIP!

 


KREVALORA: Ok. Te pu-pusiste calentón. Gra-gracias a todos por leernos y-y-y como ya-ya ca-cacharon, estamos como pichula y-y dejamos las-las noticias hasta-hasta aquí

 

GANDWORF: Yo-yo-yo voy al baño. A sa-sacudir mi-mi tremenda anaconda, jajajajaja, ¡HIP!

 

KREVALORA: ¡Hazla cor-corta! ¡Sa-saludos pa’ la ge-gente que sufre la-la güeá de-de los incendios en el-en el norte! ¡Y-y-y todo por-por culpa de unos-unos conchas de-de su madre cagaos de la ca-cabeza!

 

¡CRASH! ¡CLUNK! ¡CRACK!

 

KREVALORA:  ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡¿QUÉ GÜEÁ ESTAI HA-HACIENDO AHORA?! ¿QUÉ CAGÁ TE PE-PEGASTE MASETOIDE?

 

GANDWORF: ¡GUUUUAAAAJAJAJAJA! ¡O-OTRA VEZ ME-ME-ME TRO-TRO-TROPECÉ CON LOS COR-CORDONES!

 

KREVALORA: ¡JAJAJAJAJAJA! ¡PA-PA-PARA EL GÜEVEO! ¡JAJAJAJAJAJA!

 

GANDWORF: ¡TE-TE-TE PIDO QUE PREPARES LA-LALA VENA! ¡ROMPI EL-EL MUEBLE DON-DONDE SE GUARDAN LAS-LAS GÜEÁS! ¡JAJAJAJAJA!

 

KREVALORA: ¡POBRE DE-DE-DE TI QUE ME-ME HAYAS RO-RO-ROTO MIS CO-COLONIAS!

 

GANDWORF: Te a-a-a-viso de antemano ¡HIP! que-que esta güeá quedó i-igual que-que-que la Franja de-de Gaza des-después de los-los bombardeos, ¡JAJAJAJA!

 

KREVALORA: ¡NOOOOO! ¡CAAACHA LA-LA-LA GÜEÁ! ¡ROMPISTE TODO EL MUE-MUEBLE! ¡NOOOOOO! ¡MIS-MIS CO-COLONIAS!

 

GANDWORF: ¡HIP! ¡Por-por lo me-menos el baño va a-a-a oler rico! ¡JAJAJAJA!

 

KREVALORA: ¡Te-te aviso que-que vai a tener que trabajar ca-ca-caleta pa’ pa-pagar toda esta güeá!

 

GANDWORF: ¿Lle-lle-llegó el corderito o no?

 

KREVALORA: Erís muy-muy fres-fresco de raja güeoncito. ¿Tra-tra-trabajai pal go-gobierno del-del merluzo?

 

GANDWORF: ¡GUUUAAAAAJAJAJAJAJA! ¡SON TAAALLAS! ¡HIP! ¡CHA-CHAO A TO-TODOS!

 


 

Comentarios: Olog-Krevalora y Gandworf.

Edición final: Olog-Krevalora.