LA VERDAD DE CHRISTIAN
I
Christian
descubrió YouTube tarde, cuando ya había aprendido a desconfiar de las
personas. No tenía redes sociales. Ni fotos, ni estados, ni amigos virtuales.
Decía que eso era para gente vacía y 'lúser'. Pero no era así. YouTube era distinto, aseguraba:
ahí hablaban los que sabían. Especialistas, pastores, ex militares, científicos
sin laboratorio, médicos sin matrícula visible. Voces claras, miradas firmes,
títulos en mayúsculas.
Al principio
veía documentales. Luego entrevistas. Luego advertencias. ADVERTENCIA era una
palabra que le gustaba. Lo hacía sentir despierto.
Vivía solo,
en una casa angosta de un barrio común del sur de Chile. Cortinas siempre
cerradas. Un televisor grande en «la sala de estar de su casa», comprado en
cuotas. El computador era viejo, pero suficiente. El celular apenas lo usaba:
solo Wi‑Fi, nada de llamadas.
Christian se
consideraba creyente. Había sido criado así. Pero su fe cambiaba. No se daba
cuenta. Un día hablaba del amor al prójimo; al siguiente, del castigo divino
inevitable. Ajustaba sus creencias con una facilidad inquietante, convencido de
que no estaba cambiando, sino aprendiendo.
Decía que pensaba por sí mismo.
Cada video
visto era una puerta. Cada minuto retenido era una marca. YouTube no le
mostraba la verdad, le mostraba la versión de la verdad que Christian toleraba
mejor.
—Yo no soy como el resto —decía en voz alta—. Yo comparo fuentes.
Pero sus
comparaciones eran circulares. Un video desmentía a otro usando el mismo tono,
la misma música grave, la misma estética de urgencia. Christian no distinguía
diferencias: solo veía confirmaciones.
Comenzó a
tomar notas. Cuadernos llenos de flechas, símbolos, palabras subrayadas.
DESPIERTA. ELLOS. CONTROL.
Dormía poco. Soñaba con pantallas.
Los estudios
decían —aunque Christian jamás los leyó completos— que la exposición prolongada
a contenidos extremos fragmenta la percepción de la realidad. Que el cerebro
busca coherencia incluso donde no la hay. Que la repetición genera convicción.
Que la certeza es adictiva.
Christian no
necesitaba saber eso.
Él sentía
que algo encajaba.
Cuando un
video afirmaba que la ciencia mentía, asentía. Cuando otro, horas después,
aseguraba que la ciencia estaba infiltrada por demonios, también asentía. Si
uno contradecía al otro, Christian ajustaba el recuerdo. La contradicción se
volvía ruido.
—Es más complejo de lo que crees —le dijo una vez a sus hermanos, cuando ellos le decían que despertara—. No se cómo puedo explicarles. Juntémonos.
Christian
empezó a hablar solo. No lo notó. Repetía frases que había escuchado, pero las
decía como propias. Caminaba por la casa explicándole al aire cómo funcionaba
el mundo realmente.
La gente no entiende porque no quiere —decía—. Yo antes tampoco entendía.
La palabra antes se volvió peligrosa.
Cada nuevo
video reescribía su pasado. Sus recuerdos se adaptaban. Siempre había sabido
esto. Siempre lo había sospechado.
La realidad
empezó a parecerle torpe. Lenta. Imprecisa.
YouTube, en
cambio, era claro.
II
Comenzó a
desconfiar del silencio.
Si el video
se detenía, sentía ansiedad. Si la conexión fallaba, sudaba. Golpeaba el
escritorio. Reiniciaba el router como si fuera un ritual.
—No ahora
—susurraba—. No ahora.
Creía que lo
observaban. No desde el gobierno, no exactamente. Desde ellos. Nunca definía
quiénes eran. No hacía falta. Los videos tampoco lo hacían.
Los sonidos
de la casa cambiaron. El refrigerador ya no era solo un refrigerador. El viento
no era solo viento.
Pero YouTube seguía ahí. Siempre.
Christian
comenzó a comentar. No mucho. Solo lo necesario. Corregía a otros. Advertía.
Insistía.
—Infórmate.
—Eso ya fue desmentido. —No seas ingenuo.
Cada
respuesta que recibía —aunque fuera un insulto— reforzaba su sensación de misión.
Había cruzado una línea invisible: ya no consumía contenido, lo defendía.
Una noche, un video habló de señales. Señales pequeñas. Cambios sutiles. El narrador decía que quienes no las veían estaban perdidos.
Christian
empezó a buscarlas.
Las encontró
en todas partes.
Una luz que
parpadeaba. Un perro que ladraba tres veces. Una sirena lejana.
Todo significaba algo.
La policía
apareció por primera vez en su mente antes que en su puerta.
Un video
aseguraba que cuando alguien despertaba de verdad, el sistema reaccionaba. Que
enviaban visitas. Que probaban límites.
Christian
cerró con llave. Tapó las rendijas. Apagó las luces.
Pero no
apagó YouTube.
Nunca apagó
YouTube.
Los vecinos
escucharon gritos. No palabras claras. Discursos entrecortados. Amenazas vagas.
Advertencias.
—¡TIENEN QUE
ENTENDER! —gritaba Christian—. ¡NO ES UNA OPINIÓN!
Golpeaba las
paredes como si del otro lado hubiera una multitud.
Alguien llamó a Carabineros.
Cuando
llegaron, Christian ya no distinguía el día de la noche. La pantalla iluminaba
la casa con un resplandor enfermizo. Diez videos abiertos. Todos pausados.
Todos esperando.
—¡APAGUEN
ESO! —gritó cuando vio los uniformes—. ¡ES PARTE DE LA PRUEBA!
No entendía
las órdenes. Las palabras se deslizaban sin sentido. Su mente las traducía en
amenazas.
Forcejeó.
Cayó. Lloró. Rio.
Uno de los carabineros miró la pantalla un segundo. Luego apartó la vista.
Christian fue llevado esposado. Murmuraba fragmentos de títulos. Fechas falsas. Nombres que no existían.
La casa
quedó en silencio por primera vez en años.
La pantalla
seguía encendida.
El algoritmo
esperaba.
No había
reflexión.
No había
moraleja.
Solo una
casa vacía, un historial infinito, y la certeza incómoda de que Christian no
había sido especial.
Solo había
sido constante.
Christian
pasó semanas tratando de reconstruir lo ocurrido. No por defensa, sino por fe.
Creía —todavía— que, si lograba ordenar los hechos, aparecería el sentido
oculto. Que, en algún punto, entre los interrogatorios, los informes técnicos,
las miradas cansadas de funcionarios que ya habían visto demasiados casos
similares, alguien le diría: sí, había algo más.
Pero no
ocurrió.
Los discos
duros incautados solo mostraban lo evidente: horas de consumo compulsivo,
enlaces cruzados, documentos inconexos, símbolos sin contexto. Para otros era
basura digital. Para él, eran restos sagrados. Fragmentos de una verdad que
ahora parecía evaporarse cada vez que intentaba señalarla.
Cuando
preguntó por ella —la chica, el primer contacto real— nadie encontró rastro.
Ninguna cámara, ningún registro confiable. Era como si hubiera sido diseñada
para no existir fuera de su memoria. Incluso su rostro empezó a deformarse con
el tiempo: a veces más joven, a veces más frío, a veces sustituido por otros
rostros vistos en pantallas.
La secta
nunca fue desmantelada porque nunca fue encontrada. No hubo redadas, ni
comunicados oficiales. No se puede destruir algo que no ocupa espacio fijo, que
no repite símbolos, que no conserva nombres. Para cuando alguien se acerca
demasiado, ya está hablando con otra máscara.
Christian
fue liberado sin ceremonias. No porque fuera inocente, sino porque era
irrelevante.
Volvió a su casa
como quien regresa a un lugar saqueado por dentro. El computador seguía ahí. La
silla. La pared marcada por la luz azul que durante años lo había acompañado.
Encendió el equipo con una mezcla de miedo y devoción.
El algoritmo
ya no le hablaba.
Las
recomendaciones eran planas, genéricas. Videos virales, ruido superficial,
contenido diseñado para nadie en particular. Aquello que él había interpretado
como un diálogo secreto simplemente había seguido adelante sin él.
Comprendió,
tarde, la verdad más simple y más brutal:
no había
sido elegido.
Había sido
intercambiable.
Uno más
entre miles que creen que el conocimiento oculto siempre está afuera,
esperando, cuando en realidad solo hay sistemas probando resistencias,
empujando hasta que algo cede.
Christian
envejeció rápido después de eso. No físicamente, sino en la mirada. La
intensidad se transformó en cansancio. El asombro en desconfianza. A veces, en
la noche, juraba ver símbolos donde no había nada. A veces sentía el impulso de
volver a buscar, de excavar de nuevo.
Pero algo se
había roto.
No la fe
—eso tarda más—, sino la ilusión de importancia.
Y así quedó
Christian: no como mártir, no como iluminado, ni siquiera como advertencia.
Solo como un
humano más que confundió el abismo con profundidad, y fue usado, procesado y
descartado por una red que ni siquiera necesitó recordarlo.
Su hermano cercano lo entendía entre llantos.
Historia
creada por: Jarl Asathørn.
Basada en
hechos reales.
