miércoles, 7 de enero de 2026

Ahora los Muertos [Historia de Horror]




AHORA LOS MUERTOS 

Prólogo: El Poema Maldito


1822, Tierra del Fuego. Chile.

El pueblo de ‘Pale Hollow’ siempre había sido un lugar pequeño de silencios largos y miradas fugaces. Entre sus calles empedradas y casas de madera carcomida, los habitantes susurraban sobre el ‘Cementerio de los Suspiros’, un lugar donde la niebla nunca se disipaba del todo, ni siquiera al mediodía. Pero nadie hablaba de ello en voz alta. Hasta que Donald R. Wolff llegó al pueblo.

Wolff era un poeta errante, un hombre de ojos hundidos y manos temblorosas que llevaba consigo un cuaderno de piel negra donde escribía versos que, según decía, le dictaban «las voces del más allá».

Lo encontraron una tarde de octubre, sentado en el único bar del pueblo, ‘The Fox & Thistle’, recitando en voz baja:

 

«Por ahora los muertos seguramente resucitarán,

Forma blanca, están disfrazados de niebla...»

 

El tabernero, un hombre llamado Fernando, lo miró con desconfianza.

—¿Qué demonios es eso, gringo?

 

Wolff sonrió, mostrando dientes amarillentos.

—Un poema. O una advertencia. No lo sé. Todavía no lo sé.

 

CAPÍTULO 1: LA LLEGADA DE LA NIEBLA

Esa misma noche, la niebla descendió sobre ‘Pale Hollow’ como un sudario. No era la niebla común, fría y húmeda, sino algo vivo, que se enroscaba entre las piernas de los niños y susurraba en los oídos de los ancianos. Los perros aullaban sin parar, y los gallos cantaban a medianoche.

Isabel, la maestra de la escuela, fue la primera en desaparecer. La encontraron al amanecer, de pie en medio del cementerio, con los ojos abiertos pero vacíos, la boca entreabierta como si estuviera a punto de decir algo. No tenía heridas, pero su piel estaba cubierta de una sustancia blanca y pegajosa, como escarcha derretida.

 

El doctor del pueblo, Eusebio Mendoza, examinó el cuerpo y palideció. Fuma de su pipa y murmura:

—Esto no es natural José. Parece... como si algo la hubiera drenado por dentro.

 

El único policía del pueblo respira abrumado y pregunta:

—¿Y ahora qué decimos? ¿Qué hacemos?

—No lo sé. Esto me aterra. Nunca había visto algo así.

 

Wolff, que observaba desde la puerta, escribió algo en su cuaderno, y se retira.

 

CAPÍTULO 2: LAS VOCES EN LA NIEBLA

Al día siguiente, los niños comenzaron a hablar de un «hombre de niebla» que jugaba con ellos en el bosque. Describían una figura alta, sin rostro, que los perseguía entre los árboles, riendo sin sonido. Los adultos no les creyeron, hasta que Fabián, el hijo del herrero, fue encontrado colgado de un roble, las manos unidas como si estuviera rezando, pero con una sonrisa congelada en el rostro.

Agustina, una pequeña de 10 años fue encontrada flotando en el río, con la cara desfigurada, ojos abiertos y con los brazos cruzados.

Fue entonces cuando el pueblo recordó las palabras del poema de Wolff:

 

«Jugando en la noche de niebla,

Corriendo a través de la niebla...»

 

El alcalde, Don Rufino, convocó una reunión en la plaza. La gente exigía respuestas.

 

—¡Usted trajo esto aquí! —gritó una mujer, señalando a Wolff.

 

El poeta no se inmutó.

—Yo solo escribo lo que ellos me dicen.

 

—¿Ellos? —preguntó Don Rufino, con voz quebrada.

 

—Los muertos —respondió Wolff—. Los que nunca deberían haber despertado.

 

—¡¿Puede ser más claro señor Wolff?! ¡La gente quiere respuestas!, le dice con voz fuerte.

 

—Yo no tengo las respuestas que buscan.

 

CAPÍTULO 3: LA PUERTA EN EL CIELO

La tercera noche, la niebla se volvió espesa como leche cuajada. Nadie podía ver más allá de su propia mano. Y entonces, los gritos comenzaron.

María, la esposa del panadero, juró haber visto a su madre, fallecida hacía diez años, parada al final de la calle, llamándola con un dedo huesudo. Corrió hacia ella, pero cuando llegó al lugar, solo encontró el poema de Wolff clavado en un poste con un cuchillo oxidado:

 

«Se elevan hacia la orilla del cielo,

A través de las estrellas hacia una puerta abierta...»

 

Ante el horror, el padre Amadeo, el único sacerdote del pueblo, intentó un exorcismo. Reunió a los feligreses en la iglesia y comenzó a rezar. Pero a medianoche, las puertas se abrieron solas, y una ola de niebla entró como un río, arrastrando a los presentes. El padre Amadeo fue el último en caer. Antes de que la niebla lo cubriera por completo, gritó:

 

—¡No son almas en pena! ¡Son algo peor! ¡Algo que nunca debió existir!

 

CAPÍTULO 4: EL ÚLTIMO VERSO

Para el amanecer, ‘Pale Hollow’ estaba vacío. Las casas seguían en pie, las puertas abiertas, las camas sin hacer. Solo quedaban huellas de pies descalzos en el barro, todas dirigiéndose hacia el cementerio.

Donald R. Wolff estaba en su habitación del hostal, sentado frente a la ventana, con el cuaderno abierto en la última página. Había escrito un nuevo verso, con letras temblorosas:

 

«Atormentando el cementerio, para siempre».

 

Su cuerpo no estaba muerto, exactamente. Respiraba, pero sus ojos eran dos pozos negros, y de su boca salía un vapor blanco, como aliento en un día frío.

Afuera, la niebla seguía allí. Y en el cielo, donde antes solo había estrellas, ahora se veía un resplandor pálido, como una puerta entreabierta.

 

EPÍLOGO: EL POETA Y LOS QUE AÚN PIENSAN

Años después, un viajero llegó a las ruinas de ‘Pale Hollow’ sin recordar por qué había tomado ese camino.

El pueblo parecía detenido en una exhalación inconclusa: puertas abiertas, mesas servidas, camas deshechas. Nada estaba roto. Nada estaba completo. No había cadáveres ni huesos en ninguna parte.

El visitante sube al segundo piso del viejo bar, ingresa con cautela a un cuarto. Entre los restos encontró el cuaderno de Wolff. No estaba cubierto de polvo. Estaba tibio.

 

Lo abrió.

Leyó el poema entero.

 

Al terminar, tuvo la sensación de que el texto ya había pasado por su mente antes, como si no lo hubiera leído, sino recordado. Algunas frases le provocaron náuseas; otras le resultaron reconfortantes, como una voz conocida pronunciando su nombre desde otra habitación. Su mente comienza a jugar con sus miedos. Sale del bar. Respira agitado.

Entró en otra casa para descansar. No eligió una: fue la única que tenía su puerta cerrada. Dentro, el aire era más denso, más íntimo. Se recostó y cerró los ojos, convencido de que había estado allí otras veces.

Durmió.

O creyó hacerlo.

Cuando despertó, la luz había cambiado de lugar. La niebla se deslizaba por las paredes como un pensamiento repetido. Escuchó respiraciones que no provenían de ningún cuerpo. Murmullos que parecían surgir desde detrás de sus propios ojos.

Intentó recordar su rostro. No pudo.

Entonces comprendió, con una claridad insoportable:

 

«Los muertos no habían regresado.

Nunca se habían ido.

Porque ‘Pale Hollow’ no mata. ‘Pale Hollow’ retiene».

 

Los que caminaban entre la niebla no eran cadáveres, sino voluntades incompletas, pensamientos sin origen, personas que nunca terminaron de irse… ni de quedarse.

Cuando se levantó, el suelo no crujió. Su peso ya no era necesario.

Su respiración continuaba, pero no era suya.

Y en el último rincón de su mente, una certeza se cerró como una puerta:

Él no había llegado a ‘Pale Hollow’.

‘Pale Hollow’ lo había estado escribiendo desde el principio.




 

Historia de terror basada en el poema: «Ahora los muertos» del autor Donald R. Wolff.

Idea creada por: Jarl Asathørn.

Escrita por: IAn Moone.

Edición final: Jarl Asathørn.