AHORA LOS MUERTOS
Prólogo: El Poema Maldito
1822,
Tierra del Fuego. Chile.
El
pueblo de ‘Pale Hollow’ siempre había sido un lugar pequeño de silencios largos
y miradas fugaces. Entre sus calles empedradas y casas de madera carcomida, los
habitantes susurraban sobre el ‘Cementerio de los Suspiros’, un lugar donde la
niebla nunca se disipaba del todo, ni siquiera al mediodía. Pero nadie hablaba
de ello en voz alta. Hasta que Donald R. Wolff llegó al pueblo.
Wolff
era un poeta errante, un hombre de ojos hundidos y manos temblorosas que
llevaba consigo un cuaderno de piel negra donde escribía versos que, según
decía, le dictaban «las voces del más allá».
Lo
encontraron una tarde de octubre, sentado en el único bar del pueblo, ‘The Fox
& Thistle’, recitando en voz baja:
«Por
ahora los muertos seguramente resucitarán,
Forma
blanca, están disfrazados de niebla...»
El
tabernero, un hombre llamado Fernando, lo miró con desconfianza.
—¿Qué
demonios es eso, gringo?
Wolff
sonrió, mostrando dientes amarillentos.
—Un
poema. O una advertencia. No lo sé. Todavía no lo sé.
CAPÍTULO 1: LA LLEGADA DE LA NIEBLA
Esa
misma noche, la niebla descendió sobre ‘Pale Hollow’ como un sudario. No era la
niebla común, fría y húmeda, sino algo vivo, que se enroscaba entre las piernas
de los niños y susurraba en los oídos de los ancianos. Los perros aullaban sin
parar, y los gallos cantaban a medianoche.
Isabel,
la maestra de la escuela, fue la primera en desaparecer. La encontraron al
amanecer, de pie en medio del cementerio, con los ojos abiertos pero vacíos, la
boca entreabierta como si estuviera a punto de decir algo. No tenía heridas,
pero su piel estaba cubierta de una sustancia blanca y pegajosa, como escarcha
derretida.
El
doctor del pueblo, Eusebio Mendoza, examinó el cuerpo y palideció. Fuma de su
pipa y murmura:
—Esto
no es natural José. Parece... como si algo la hubiera drenado por dentro.
El
único policía del pueblo respira abrumado y pregunta:
—¿Y
ahora qué decimos? ¿Qué hacemos?
—No
lo sé. Esto me aterra. Nunca había visto algo así.
Wolff,
que observaba desde la puerta, escribió algo en su cuaderno, y se retira.
CAPÍTULO 2: LAS VOCES EN LA NIEBLA
Al
día siguiente, los niños comenzaron a hablar de un «hombre de niebla» que
jugaba con ellos en el bosque. Describían una figura alta, sin rostro, que los
perseguía entre los árboles, riendo sin sonido. Los adultos no les creyeron,
hasta que Fabián, el hijo del herrero, fue encontrado colgado de un roble, las
manos unidas como si estuviera rezando, pero con una sonrisa congelada en el
rostro.
Agustina,
una pequeña de 10 años fue encontrada flotando en el río, con la cara
desfigurada, ojos abiertos y con los brazos cruzados.
Fue
entonces cuando el pueblo recordó las palabras del poema de Wolff:
«Jugando
en la noche de niebla,
Corriendo
a través de la niebla...»
El
alcalde, Don Rufino, convocó una reunión en la plaza. La gente exigía
respuestas.
—¡Usted
trajo esto aquí! —gritó una mujer, señalando a Wolff.
El
poeta no se inmutó.
—Yo
solo escribo lo que ellos me dicen.
—¿Ellos?
—preguntó Don Rufino, con voz quebrada.
—Los
muertos —respondió Wolff—. Los que nunca deberían haber despertado.
—¡¿Puede
ser más claro señor Wolff?! ¡La gente quiere respuestas!, le dice con voz
fuerte.
—Yo
no tengo las respuestas que buscan.
CAPÍTULO 3: LA PUERTA EN EL CIELO
La
tercera noche, la niebla se volvió espesa como leche cuajada. Nadie podía ver
más allá de su propia mano. Y entonces, los gritos comenzaron.
María,
la esposa del panadero, juró haber visto a su madre, fallecida hacía diez años,
parada al final de la calle, llamándola con un dedo huesudo. Corrió hacia ella,
pero cuando llegó al lugar, solo encontró el poema de Wolff clavado en un poste
con un cuchillo oxidado:
«Se
elevan hacia la orilla del cielo,
A través
de las estrellas hacia una puerta abierta...»
Ante
el horror, el padre Amadeo, el único sacerdote del pueblo, intentó un
exorcismo. Reunió a los feligreses en la iglesia y comenzó a rezar. Pero a
medianoche, las puertas se abrieron solas, y una ola de niebla entró como un
río, arrastrando a los presentes. El padre Amadeo fue el último en caer. Antes
de que la niebla lo cubriera por completo, gritó:
—¡No
son almas en pena! ¡Son algo peor! ¡Algo que nunca debió existir!
CAPÍTULO 4: EL ÚLTIMO VERSO
Para
el amanecer, ‘Pale Hollow’ estaba vacío. Las casas seguían en pie, las puertas
abiertas, las camas sin hacer. Solo quedaban huellas de pies descalzos en el
barro, todas dirigiéndose hacia el cementerio.
Donald
R. Wolff estaba en su habitación del hostal, sentado frente a la ventana, con
el cuaderno abierto en la última página. Había escrito un nuevo verso, con
letras temblorosas:
«Atormentando
el cementerio, para siempre».
Su
cuerpo no estaba muerto, exactamente. Respiraba, pero sus ojos eran dos pozos
negros, y de su boca salía un vapor blanco, como aliento en un día frío.
Afuera,
la niebla seguía allí. Y en el cielo, donde antes solo había estrellas, ahora
se veía un resplandor pálido, como una puerta entreabierta.
EPÍLOGO: EL POETA Y LOS QUE AÚN PIENSAN
Años
después, un viajero llegó a las ruinas de ‘Pale Hollow’ sin recordar por qué
había tomado ese camino.
El
pueblo parecía detenido en una exhalación inconclusa: puertas abiertas, mesas
servidas, camas deshechas. Nada estaba roto. Nada estaba completo. No había
cadáveres ni huesos en ninguna parte.
El
visitante sube al segundo piso del viejo bar, ingresa con cautela a un cuarto. Entre
los restos encontró el cuaderno de Wolff. No estaba cubierto de polvo. Estaba
tibio.
Lo
abrió.
Leyó
el poema entero.
Al
terminar, tuvo la sensación de que el texto ya había pasado por su mente antes,
como si no lo hubiera leído, sino recordado. Algunas frases le provocaron
náuseas; otras le resultaron reconfortantes, como una voz conocida pronunciando
su nombre desde otra habitación. Su mente comienza a jugar con sus miedos. Sale
del bar. Respira agitado.
Entró
en otra casa para descansar. No eligió una: fue la única que tenía su puerta
cerrada. Dentro, el aire era más denso, más íntimo. Se recostó y cerró los
ojos, convencido de que había estado allí otras veces.
Durmió.
O
creyó hacerlo.
Cuando
despertó, la luz había cambiado de lugar. La niebla se deslizaba por las paredes
como un pensamiento repetido. Escuchó respiraciones que no provenían de ningún
cuerpo. Murmullos que parecían surgir desde detrás de sus propios ojos.
Intentó
recordar su rostro. No pudo.
Entonces
comprendió, con una claridad insoportable:
«Los muertos
no habían regresado.
Nunca se
habían ido.
Porque ‘Pale
Hollow’ no mata. ‘Pale Hollow’ retiene».
Los
que caminaban entre la niebla no eran cadáveres, sino voluntades incompletas,
pensamientos sin origen, personas que nunca terminaron de irse… ni de quedarse.
Cuando
se levantó, el suelo no crujió. Su peso ya no era necesario.
Su
respiración continuaba, pero no era suya.
Y
en el último rincón de su mente, una certeza se cerró como una puerta:
Él
no había llegado a ‘Pale Hollow’.
‘Pale
Hollow’ lo había estado escribiendo desde el principio.
Historia de
terror basada en el poema: «Ahora los muertos» del autor Donald R. Wolff.
Idea creada
por: Jarl Asathørn.
Escrita por:
IAn Moone.
Edición final: Jarl Asathørn.


