Ya pasaron las horas. Bajó el humo, las cámaras se fueron moviendo a las cenizas de la tragedia, pero más fresca y, como ocurre siempre en este país de memoria inflamable y olvido rápido, recién ahora se empieza a ver con claridad la magnitud real del desastre. No la versión edulcorada del parte oficial ni la frase ensayada para el matinal, sino la dimensión cruda: muertos, familias borradas del mapa, pueblos convertidos en ceniza y una sensación conocida, casi tradicional, de abandono.
Porque
mientras el fuego avanzaba con la velocidad que solo tienen las catástrofes mal
prevenidas, el gobierno brillaba por su ausencia. Las autoridades del gobierno
de Gabriel Boric no estaban. No aparecieron. No llegaron. Y cuando finalmente
lo hicieron —porque siempre llegan, pero tarde— el incendio ya había hecho su
trabajo. La tragedia ya estaba consumada. Las fotos ya estaban tomadas. Los
cuerpos ya contados. Las casas ya reducidas a recuerdos carbonizados.
La presencia
tardía no es presencia: es turismo del desastre, es llegar a sacarse la foto
cuando ya no hay nada que salvar.
El daño es
total. Muertos que no volverán. Casas que no se reconstruyen con bonos ni
discursos. Familias enteras durmiendo en carpas, en casas prestadas, en la nada
misma. Animales calcinados. Flora y fauna con daños irreparables. Años de
trabajo desaparecidos en horas. Y, como siempre, cifras que se vuelven
abstractas para quienes no perdieron nada. Porque decir «X viviendas destruidas»
suena técnico, ordenado, casi limpio. Pero cada vivienda era una vida. Cada
pared era una historia. Cada techo era un mínimo de dignidad que ya no existe.
Y en medio
de todo esto, aparecen los verdaderos protagonistas permanentes de la tragedia
chilena: los imbéciles que iniciaron los incendios. No hay eufemismos posibles.
No son «eventuales responsables», no son «presuntos involucrados», no son «personas
con problemas». Son imbéciles. Bestias desalmadas. Sujetos que prenden fuego
sabiendo exactamente lo que hacen, sabiendo que no queman pastizales sino
vidas. Gente que no merece comprensión sociológica ni excusas estructurales,
porque hay una línea básica entre la precariedad y la maldad, y ellos la
cruzaron con fósforos en la mano.
Estos son
los autores del incendio. No el fuego, no el viento, no el «evento climático»,
sino los responsables humanos, esos que siempre existen, pero rara vez pagan.
Los que prenden la chispa y luego desaparecen entre excusas, tecnicismos y
carpetas judiciales que se empolvan con una eficiencia admirable. En Chile,
provocar incendios no es exactamente un crimen: es casi una travesura mal
entendida, una falta administrativa con vocación de tragedia.
Porque aquí
quemar bosques, pueblos y personas no amerita mano dura. Amerita
investigaciones eternas, audiencias pospuestas, imputaciones que se diluyen y
condenas simbólicas que no asustan ni a un fósforo mojado. La justicia observa
el desastre con ceño fruncido, habla de «presunción de inocencia» y se toma su
tiempo. Mucho tiempo. El tiempo suficiente para que el culpable vuelva a su
rutina, mientras las víctimas aprenden a vivir sin casa, sin recuerdos y, en
algunos casos, sin seres queridos.
La ironía es
obscena: en este país se castiga con más rigor al que evade un pasaje que al
que incendia una región. Quemar miles de hectáreas, matar personas, destruir
ecosistemas y arrasar comunidades enteras parece ser un delito complejo, lleno
de matices, digno de comprensión y análisis profundo. Pobrecitos los
incendiarios, siempre hay que buscarles el contexto, la infancia difícil, el
entorno hostil, la explicación que los humanice. A las víctimas, en cambio, se
les pide paciencia.
Y así se
instala el mensaje real, el que no se dice, pero se entiende perfecto:
incendiar sale barato. Tan barato que se repite. Tan barato que se normaliza.
Tan barato que ya forma parte del calendario estacional, como si fuera un
fenómeno natural más. Verano: calor, incendios, muertos, promesas, impunidad.
Todo en orden.
La falta de
castigo no es un error del sistema; es el sistema funcionando exactamente como
fue diseñado: lento, blando, cobarde frente al daño masivo. Y mientras no
exista una sanción ejemplar, mientras no haya consecuencias reales, los
incendios seguirán ocurriendo. Porque no hay mejor incentivo para el crimen que
la certeza de que no pasará nada.
Al final,
los que provocan los incendios no solo queman árboles y casas. Queman lo poco
que queda de confianza en la justicia. Y esa, a diferencia de los bosques, no
vuelve a crecer.
Pero
tranquilos: la justicia se encargará… como siempre. Es decir, no se encargará
de nada. Porque en este país quemar lugares sale barato. A veces ni siquiera
sale. Procesos eternos, penas ridículas, investigaciones que se diluyen como
humo en el viento. La justicia chilena es severa con el que roba pan y
comprensiva con el que destruye regiones. Castiga con dureza la pobreza visible
y trata con guantes de seda a los criminales que generan catástrofes. Y después
se preguntan por qué la rabia se acumula.
Como si no
bastara el fuego, llegan los carroñeros. Los inhumanos que aprovechan el
desastre para ir a robar cables de cobre, balones de gas, fierros, lo que sea
que se pueda vender por unas monedas miserables. Tipos que caminan entre
cenizas ajenas con la naturalidad del que no siente nada, como si pisar restos
de vidas destruidas fuera parte del paisaje cotidiano. No se conmueven con el
dolor, no sienten vergüenza, no conocen límites. Para ellos, una casa quemada
no es una tragedia: es una oportunidad. El desastre como negocio. El
sufrimiento como feria libre.
Aparecen
cuando ya no hay fuego, pero sí silencio. Cuando los dueños están llorando en
alguna mediagua, en casa de un familiar o simplemente sentados mirando lo que
quedó. Ahí entran ellos, rápidos, atentos, oportunistas. No preguntan, no
dudan, no bajan la mirada. Arrancan lo poco que sobrevivió a las llamas como si
fuera botín legítimo. No es necesidad: es miseria moral. Porque incluso en la
pobreza existe un límite, y estos sujetos lo cruzan con orgullo.
¿Sentirán
algo?
¿Habrá en
algún rincón remoto de su conciencia una mínima punzada de culpa?
¿O el ruido
de los cables arrancados tapa cualquier pensamiento incómodo?
¿Cómo
alguien puede levantarse, mirarse al espejo y no ver que es un desgraciado y
vil ser humano?
¿Cómo se
desayuna después de robarle a alguien que lo perdió todo?
¿Con qué
cara se habla de familia, de esfuerzo, de valores?
Son
depredadores sociales. No necesitan incendiar: esperan a que otros lo hagan. Se
alimentan de la ruina ajena como si fuera un recurso más del mercado. Hoy es
una casa quemada, mañana será una inundación, un terremoto, cualquier cosa
sirve mientras haya dolor disponible. No sienten empatía porque la empatía
estorba. No sienten humanidad porque la humanidad no se puede vender al kilo.
Y lo más
triste no es que existan, porque siempre han existido. Lo verdaderamente
desesperanzador es que ya no sorprenden. Son parte del paisaje del desastre,
tan previsibles como la ausencia del Estado y tan constantes como la impunidad.
Nadie los espera, pero todos saben que llegarán. Porque en este país, incluso
las tragedias tienen parásitos fijos.
Y luego está
la otra cara, más hipócrita pero igual de miserable: la falsa solidaridad. La
gente que «ayuda» tirando ropa vieja, rota, sucia, sin lavar. Como si las
personas que lo perdieron todo merecieran recibir basura. Como si la tragedia
fuera el momento ideal para vaciar clósets y conciencias. No es ayuda, es
desprecio disfrazado de buena acción. Es decir: «no te mereces algo mejor, pero
así me siento bien conmigo mismo».
Todo esto no
es nuevo. No es excepcional. No es una anomalía. Es la misma secuencia de
siempre: fuego, muerte, abandono, discursos, culpables que no pagan,
oportunistas que lucran y una sociedad que se indigna por unos días antes de
seguir con su vida.
Cambian los
nombres, cambian los gobiernos, cambian los ‘hashtags’, pero el fondo permanece
intacto.
Cuando el humo se va, queda la certeza más dura de todas: nada cambia. Ni la incompetencia, ni la impunidad, ni la miseria moral. Y los que lo perdieron todo tendrán que reconstruir no solo sus casas, sino también la ilusión —cada vez más frágil— de que este país alguna vez aprenderá algo de sus propias cenizas.
Pero no. No aprenderá. Nunca lo ha hecho. Y no hay señales de que vaya a empezar ahora.
Fuente de las fotos: BBC.
Artículo: Equipo de Trollish News.
Edición final: V.D.M.

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