TRUMP:
EL EMPERADOR DEL HIELO
Y DEL PESCADO PODRIDO
Capítulo 1:
La Llegada del «Gran Napoleón de los Negocios»
El avión
presidencial —El Air Force One— pintado de dorado con letras gigantes que
decía: «TRUMP: EL MEJOR, CRÉANME», aterrizó en Groenlandia con la elegancia de
un elefante en patines. La puerta se abrió y, entre humo de máquina y el sonido
de «We Are the Champions» a todo volumen, apareció Donald J. Trump, vestido
como un cruce entre Napoleón Bonaparte y un rey de carnaval: corona de oro
tamaño XXL (que se le caía cada dos minutos), capa de armiño (falsa,
obviamente, porque «el armiño real es para lúseres»), y una sonrisa de ganador
a toda prueba.
—¡Groenlandia es mía! —gritó, levantando un mapa que había garabateado en una servilleta de McDonald’s—. ¡La compré en eBay por dos dólares y un tuit! ¡Y sepan todos, manga de lúseres, que he llegado para reclamar Groenlandia! —gritó—. ¡La compro, la tomo, la conquisto, lo que sea!
Los
habitantes locales, silenciosos, envueltos en parkas, mirándolo con una mezcla
perfecta de confusión, desprecio y ganas de reírse. El primer groenlandés lanzó
un pescado podrido. No fue un acto de violencia: fue una tradición ancestral
que acababa de nacer.
¡PLAF! El
pescado impactó directo en la corona imperial, que se torció como lata de
bebida pisada.
Los
groenlandeses, que nunca habían visto semejante espectáculo, se miraron entre
sí. Uno de ellos, un anciano con barba de ballena, susurró:
—¿Y este agüeonao
quién es? ¿El rey de los memes?
Capítulo 2:
La Bienvenida (con
Aroma a Pescao)
La multitud,
en lugar de alfombras rojas, había preparado pescado podrido. Montones y
montones de bacalao verde, salmón con moho y arenques que olían a «prostíbulo
de mala muerte». Trump, con su olfato de tiburón de negocios, inhaló
profundamente. Y sin decir: «agua va», en segundos, llovieron bacalaos,
arenques, «focas muertas» de dudosa reputación y una ballena pequeña que nadie
sabe cómo levantaron. De paso no faltó el vacacionista gringo antitrump (algunos
dicen que de ANTIFA) que le lanzó una bolsa llena de mierda. Cerdo el güeón. La
capa de Trump quedó impregnada de un olor tan potente que un oso polar se
desmayó a 300 metros.
—¡Huele a
éxito! —dijo, mientras un trozo de merluza le aterrizaba en la corona—. ¡Esto
es mejor que el perfume del calzón de Melania!
Su comitiva,
compuesta por Marcos Rubio (que llevaba un chaleco salvavidas por si acaso) y
Mike Pence (que rezaba en silencio), intentó protegerlo con paraguas. Pero los
groenlandeses eran más rápidos: un niño de 8 años le lanzó un pulpo congelado
que le dio en la nariz.
—¡FAKE NEWS!
—gritó Trump, frotándose la cara—. ¡Ese pulpo estaba vivo! ¡Lo vi moverse!
Desde atrás
apareció Marcos Rubio, con cara de «yo no firmé para esta güeá», intentando dar
un discurso diplomático:
—«Queremos
construir puentes, cooperación, valores comparti—»
No alcanzó a
terminar la frase cuando una foca gigantesca, claramente harta y emputecida de
la política internacional, salió disparada desde el mar, abrió la boca como actriz
porno del ártico y se lo tragó entero, micrófono incluido.
¡BBBRRRRP! La
foca eructó.
Aplausos y
risas de todo el güeonaje groenlandés.
Trump fingió
que no había pasado nada.
—¡Marcos se
fue a comer con las focas! —anunció Trump—. ¡Seguro le dan mejor trato que los
demócratas!
Los
groenlandeses comienzan a pifiar, y más de alguno comenzó a escupir como malo
de la cabeza, convencido que estaba en un concierto metalero en Chile.
—«Bien»,
dijo Trump, ajustándose la corona torcida. «Entonces será por la fuerza».
Capítulo 3:
La Batalla del Hielo (y
los Golpes Bajos)
Los
militares daneses llegaron corriendo, resbalándose en hielo, con cara de «esta
güeá definitivamente no estaba en el entrenamiento». Y no estaban para bromas
ni güeveos raros, e intentaron detenerlo.
—¡Señor
Trump, Groenlandia no está en venta! —dijo un general con bigote de Vikingos
IKEA.
—¡Claro que
sí! —respondió Trump—. ¡Todo está en venta! ¡Hasta mi dignidad, y miren cómo me
va!
—¿Por qué no
pesca a toda su manga de piratas gringos y se regresa a su «fentaniloso» país?
—¿Qué
dijiste vikingo mother fucker?
Trump,
convencido de que estaba en una película épica, se sacó la capa (que ya pesaba más
que un cadáver mojado, incluso más que ‘otakin’ en brazos) y se lanzó a pelear
a combos.
El combate
fue legendario… por lo mal que salió.
Trump lanzó
un puñetazo y golpeó a un pingüino imaginario.
Un soldado
danés respondió con una bofetada que sonó como tabla húmeda.
Un viejito
desmuelado groenlandés, pero choro, le da una tremenda patada en las pelotas de Mike Pence, y este cae como costal de papas al suelo congelado, perdiendo de paso
dos dientes delanteros.
Trump
intentó usar la espada ceremonial, pero era de plástico y se dobló sola. El
colmo fue cuando Trump, en un intento de parecer fuerte, desafió a un militar a
un duelo de… ¡Todo vale!
—¡Yo gané el
WWE, soy el mejor! —gritó, mientras el soldado lo derribaba con un «¡JA!»
épico.
—¡Nada de
«JA», danés tramposo, yo estoy en el suelo, yo gané!, dijo sin arrugarse Trump.
Eeen fin.
Capítulo 4:
El Gran Hundimiento
(Literalmente)
Mientras
tanto, en las profundidades, submarinos chinos y rusos se acercaban
sigilosamente, oliendo las riquezas como tiburones, con más hambre que el chavo
del 8 después de un ayuno.
Pero no
contaban con las ballenas sindicalizadas del Ártico.
Las ballenas
emergieron, miraron los submarinos, se comunicaron con un canto ancestral que
básicamente decía:
—«Ya basta
de güeoneras humanas».
Y los
hundieron a coletazos, como quien aplasta latas vacías.
Un submarino
ruso salió disparado al cielo y cayó convertido en iglú.
Uno chino
fue usado como juguete para crías de ballena.
Los
generales miraban los radares, sudando:
—«Señol… las
ballenas… ‘tán ganando».
Con tanto
golpe, explosión, coletazo, pescado volando y peleas inútiles, escupos a
mansalva, y otras güeás indescriptibles —que por razón de decencia no podemos
contar— Groenlandia empezó a crujir.
El hielo se
partió.
La tierra
tembló.
Un anciano
gritó:
—«¡Se están
apoyando mal, manga de güeones! ¡Paren el güeveo!».
Y entonces
pasó lo inevitable: Groenlandia se hundió.
No explotó.
No colapsó
heroicamente.
Simplemente
hizo ¡GLUP…! y desapareció bajo el mar.
Trump
flotaba en el mar ártico, agarrado a un bloque de hielo junto a
una foca pequeña que había vomitado.
Los daneses
flotaban en otro.
Las ballenas
aplaudían con las colas.
La foca,
satisfecha, dormía la siesta con Marcos Rubio aún dentro de su guata.
Las riquezas
se fueron al fondo del océano.
Chao
petróleo.
Chao
minerales.
Chao
imperios.
Todos
quedaron con las manos vacías, mojados, oliendo a pescado y preguntándose por
qué nadie dijo «esto es una pésima idea» o «¿A quién se le ocurrió esta idea
tan güeona?».
Trump miró
el horizonte y murmuró:
—«Bueno…
igual estuvo entretenido, y ahora todos conocen el poder de mis puños. De ahora
en adelante todos me temerán».
Los daneses,
los groenlandeses, las focas (incluida la que se comió a Rubio) se quedaron
flotando en témpanos, mirando cómo sus riquezas, sus casas y sus sueños se iban
al fondo del océano.
—Bueno…
—dijo el anciano con barba de ballena—, al menos ya no tenemos que aguantar a
este imperialista de mierda.
Epílogo:
El Legado de Trump
Al día
siguiente, solo quedaba un cartel flotando:
«Aquí yacen Groenlandia y la dignidad de Trump. 2026-2026».
Más tarde Trump,
en un bote salvavidas de lujo (con su nombre en letras doradas), twitteaba:
«Groenlandia se hundió, pero yo gané. ¡Todos hablan de mí! #Genio #ElMejorHundidor #TysonNoSeComparaConmigo»
Y así, entre
tanta güeonera, pescao podrido y un Rubio digiriéndose lentamente en el
estómago de una foca, el mundo aprendió una lección:
«Nunca dejes
que un hombre con corona de oro y ego de planeta negocie territorio».
FIN?
(O no, porque seguro Trump vuelve con un reality show llamado:
«Celebrity Apocalipsis:
Edición Ártica»).
Cuento geopolítico
creado por: Gandworf.
Una idea geopolítica
de: Jarl Asathørn.
Portada: AI.
Edición final
Geopolítica: Gandworf.
.webp)


.gif)