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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Fog III [The Mist creates its own form]




La niebla llegó sin prisa, como llegan las cosas que no necesitan permiso. 

Primero fue un susurro blanco en el borde del camino, un velo que parecía inofensivo— hasta que el sonido dejó de obedecer y el mundo empezó a fallar en sus distancias.

La niebla no cubría, se mimetizaba con el entorno. 

Se metía entre las rendijas de las puertas, en el hilo de las cortinas, en las costuras de la ropa, como si buscara el lugar exacto donde el aire se vuelve recuerdo y el recuerdo se vuelve una vieja llave. 

Al anochecer, las farolas eran ojos cansados, parpadeando una verdad a medias. 

Cada lámpara intentaba aclarar el camino y lo único que lograba era inventar sombras con forma de manos. 

No caminaban del todo... se deslizaban siguiendo un ritmo que no pertenecía a ninguna respiración humana.

Yo salí a mirar por la ventana porque a veces el terror se vence con costumbre. Pero la niebla me devolvió la vista con una paciencia antigua, con esa calma espesa que tienen las cosas cuando ya decidieron. 

Los árboles se volvieron columnas de un templo sin nombre, y sus ramas—negras, quietas— parecían dedos contando el tiempo a través de un idioma que no se traduce.

En el silencio, el ruido crecía. No era un crujido puntual... era el murmullo de algo practicando, como si hubiera aprendido a imitar pasos solo para que yo creyera que la noche estaba llena de gente... como si el miedo necesitara compañía para sentirse real.

Entonces vi el error... entre el blanco, había un contorno oscuro que no respondía al ángulo de las luces. No era un objeto; era una ausencia con intención. Se movía apenas, lo suficiente para que el ojo quisiera alcanzarlo, lo suficiente para que la mente insistiera en que aquello tenía explicación.

Quise llamar, pero mi voz se deshizo. 

Al pronunciar mi nombre en la oscuridad, la niebla lo tragó entero sin devolver ni una sílaba. No fue un apagón... fue una corrección, como si una mano invisible me hubiera acomodado el alma en el lugar equivocado. 

Las horas se deshicieron en capas, cada minuto parecía repetirse ligeramente, con un matiz distinto en el mismo temblor. 

La casa, mis paredes, mis muebles, todo conservaba la forma… pero algo en el borde de cada cosa ya no coincidía... como si la realidad fuera una piel y la niebla supiera dónde pincharla.

Me acerqué a la puerta del fondo porque hay sombras que invitan. Y la niebla, al tocar el picaporte, se llenó de un frío húmedo, un frío con memoria, como el roce de una tela enterrada. 

Por la rendija escapó un soplo que no venía de afuera... venía de dentro de mí, de ese lugar donde los pensamientos se vuelven pasillo. No había viento, pero la cortina se movía. 

No había pasos, pero el suelo respondió con una vibración mínima, indecisa, como la risa contenida de alguien que todavía está aprendiendo a ser monstruo. Quise retroceder, y al hacerlo la niebla giró su propia forma. No se estancó como el humo... se acomodó en mi dirección con la exactitud de un animal entrenado. 

Blanco sobre negro, sombra sobre sombra, y en el centro—en el centro— un vacío que parecía mirar de vuelta.

No era solo oscuridad, era una presencia que no necesitaba cuerpo para hacerse notar... 

... era una fuerza intensa que respiraba a través del ambiente, que usaba el aire como herramienta, que se colaba por la nariz del mundo y cambiaba la manera en que los objetos «sabían» dónde estaban. 

Entonces llegó el olor... no olía a lluvia ni a tierra, olía a metal viejo y a trapo mojado, a algo limpiado demasiadas veces para borrar una marca que se niega a irse. Olía a hospital sin ventanas, a pasillo donde las luces fallan y el personal ya no pregunta.

La niebla se volvió más espesa, como si cada respiración se quedara atrapada. Sentí que mis pulmones pesaban, que el pecho era un cajón lleno de algodón mojado. Cada vez que tragaba saliva parecía que tragaba una advertencia llena de barro.

Y sin embargo seguí mirando. 

Hay una curiosidad en el horror que no es valentía, es un anzuelo. 

La niebla me ofrecía detalles para que yo pudiera construir el pánico. Me mostraba, en destellos, una silueta a lo lejos que parecía estar de pie donde antes solo había espacio.

Cuando intenté contar los pasos hasta esa silueta, perdí la cuenta. 

La distancia crecía entre segundo y segundo como un chiste cruel. 

No era que la cosa avanzara... era que yo me alejaba de mí mismo, como si el mundo moviera los límites para impedir que la lógica me salvara.

 

En la calle, el ruido de los autos era un fantasma. Los cláxones sonaron como si alguien los pronunciara dentro de una caja cerrada. Las ruedas no dejaban marcas... todo parecía filmado desde demasiado lejos, grabado con prisa y revelado con culpa.

La niebla, al pasar frente a la casa, formó una línea más oscura, una raya de tinta en el blanco, y por un instante—solo un instante— sentí que la oscuridad tenía dedos, dedos largos, lentos, dibujando un contorno sobre mi muro, dibujando una puerta donde no existía.

No escuché golpes. Escuché algo peor... un movimiento cuidadoso, como si la presencia estuviera probando el grosor del mundo para ver si se podía abrir.

Y entonces comprendí la verdad, esa verdad que el horror usa como llave maestra... la niebla no venía a esconderse... venía a habitar. Venía a ocupar la distancia, a llenar los huecos entre las decisiones, a convertir la noche en un lugar del que ya no se sale con solo desearlo.

Me vi reflejado en el vidrio... y el reflejo… no hizo lo mismo que yo. Mis ojos parpadearon una vez, pero en el reflejo hubo un retraso, un segundo de diferencia como si alguien estuviera interpretando mi rostro con una regla mal copiada.

 

La niebla se deslizó por la ventana como una lengua blanca... trajo consigo un frío que no era temperatura era una convicción. 

Me tocó sin tocarme y en esa caricia supe que mi miedo ya estaba siendo usado.

Quise gritar, y el grito se convirtió en un murmullo, en un vapor sin sonido. Quise correr, y mis pies se volvieron pesados, como si la niebla hubiera cosido el suelo a mis suelas.

Quise olvidar, y lo único que olvidé fue cómo mentir.

Porque el horror tiene forma de paciencia. 

Es un animal que no caza de golpe... aprende. Observa tus rutinas, tus rutas, tus preguntas. Sabe cuándo apartas la vista, sabe cuándo te confías, sabe cuándo ya no queda aire en el espacio entre el pensamiento y el pánico.

Y mientras la niebla se cerraba, mientras el mundo se convertía en un cuarto sin esquinas, la silueta al fin se acercó lo suficiente para que el blanco se revelara como un velo demasiado fino. No era una criatura con dientes... era peor... era una ausencia con postura, un «alguien», un «algo» que no necesitaba tocar para entrar. 

Su presencia se imprimió en la pared como huella sin piel. 

Y con ese peso invisible la casa entera pareció inclinarse.

 

En el último instante— cuando todavía quedaba una parte de mí que podía nombrar la realidad— la niebla habló sin voz, con el mismo tono con el que se apaga una lámpara.

No dijo mi nombre. 

No tuvo que hacerlo.

Solo dejó claro, con una calma absoluta, que desde ahora el silencio sería mío y la distancia sería de ella, que el camino seguiría existiendo, pero ya no para irse.

Y yo entendí que el horror no siempre llega como un golpe... a veces entra despacio, se posa en la garganta del mundo, respira por tus ojos, y cuando intentas huir… ya estás adentro del blanco. 

 

Ahí, donde la niebla aprende tu forma y te guarda como un secreto, como una historia que seguirá ocurriendo mientras alguien, en algún lugar, mire una ventana en la noche y piense: «Solo es niebla».

 

Historia escrita por: H.P. Hatecraft.

Portada: H.P. Hatecraft.

Edición final: Vëthriön Asathørn. 

martes, 11 de agosto de 2026

The Fog [... an old ghost that changes everything]




La niebla es un viejo fantasma que remienda el aire.

Al principio solo parece clima, un abrigo pálido para la calle, una excusa para que las farolas titilen como si fueran viejos ojos cansados. Pero el horror sobrenatural tiene modales extraños... no invade con golpes, entra con correcciones... como si el mundo estuviera siendo editado, letra por letra, desde un sitio que no usa manos.

Donde antes había profundidad, ahora hay una superficie nueva. Los objetos siguen ahí, sí… pero con un retraso mínimo, como si la realidad estuviera copiándose a sí misma y, en el copiado, alguien se hubiera equivocado de intención.

La cuchara en la mesa refleja la luz con fidelidad, y aun así la sensación es otra... no es que mienta, es que decide qué significa «verdadero» para ti. 

La niebla empieza a hacer cosas que no le corresponden, se acumula en las esquinas con la disciplina de una presencia educada, se desliza por debajo de las puertas como si supiera leer los espacios entre el «aquí» y el «ahora» … no huele a humedad, huele a páginas recién abiertas, a armario cerrado durante años, a una habitación que no has visitado pero que alguien describe con cariño.

Y lo más raro no es lo blanco... lo raro es lo selectivo.

Hay zonas que la niebla evita, como si respetaran un límite invisible. Si miras un rato fijo, descubres que esas zonas se mueven cuando parpadeas: cambian de lugar según tu atención, como si tu mirada fuera el mecanismo. Como si la niebla aprendiera jugando al escondite… pero con reglas que solo tú estás obedeciendo sin saberlo.

Cada noche, el mismo gesto... el aire se vuelve pesado y el mundo parece esperar tu siguiente movimiento. No es solo tensión; es coreografía. Te sientes observado no por ojos, sino por el modo en que el espacio decide acompañarte.

Empiezas a notar patrones imposibles.

Cuando la lámpara se apaga, el silencio llega dos segundos antes... no después... antes... como si alguien hubiera ensayado el momento. Escuchas un sonido que no existe en el lugar donde lo escuchas, el roce de una tela húmeda viene desde el techo, pero la sombra cae del lado de la pared.

La niebla no solo cubre, desordena las convenciones, te deja sin mapas sensoriales, sin brújula.

Entonces ocurre lo que vuelve todo sobrenatural.

Te sorprendes hablando en voz baja, sin querer, es una frase cortísima, una palabra que sale con la misma calma con la que se pronuncia un nombre en un funeral. No sabes por qué la dices, no te acuerdas de haberla pensado, pero cuando termina de salir, la niebla «responde».

Pero no responde como un fantasma. No hay ruidos, no hay ecos. Responde con cambios... sutiles. 

En la ventana aparece un vaho que no sale de tu respiración, se forma un dibujo que tarda en volverse legible... primero es una línea, luego una curva, luego algo parecido a una letra que no pertenece a ningún alfabeto que conozcas… y aun así te da la sensación de que entiendes la idea completa... la palabra que no era tuya.

No es que te llame... te interpreta.

Cada mañana, si te atreves a mirar, el dibujo ya no está, sin embargo, en tu mente queda como una astilla, una gramática nueva para describir el miedo. Te descubres corrigiendo lo que ves, ajustándolo a una lógica ajena, como si la niebla hubiera reescrito la forma en que tu cerebro decide qué cuenta como «real».

Esa es su rareza definitiva no se limita a estar,... está aprendiendo a vivir dentro de tu percepción.

Empiezas a recordar con detalle cosas que nunca viviste, una escalera que no existe en tu casa, pero que sueñas igual, una puerta en el pasillo que nunca abriste, pero que ya tiene pomo. En cada sueño, la niebla tiene un color más oscuro, como tinta diluida, y su movimiento es demasiado consciente... se desplaza con intención, como si estuviera practicando el paso de alguien.

Una noche, decides no mirar, cierras los ojos con determinación, como si la voluntad pudiera vencer a lo sobrenatural. Contienes la respiración, escuchas… y entonces percibes el problema... cuando no miras, la niebla no desaparece... se acerca por dentro.

Sientes un frío que no recorre la piel, sino los pensamientos. El «vacío» dentro de la cabeza toma forma, y esa forma tiene borde, y ese borde roza algo que antes era tuyo. Luego, te preguntas, con una claridad espantosa, si siempre fuiste tú quien pensó tus recuerdos… o si solo fueron puestos ahí para que sonaran tuyos.

El horror se vuelve íntimo, pero no corporal. No hay monstruo con dientes. Hay una presencia que manipula la ontología... lo que es, lo que parece, lo que crees. 

La niebla empieza a cambiar los nombres de las cosas.

«Ventana» deja de sentirse como ventana. «Puerta» deja de sentirse como puerta. La palabra es la misma, pero la sensación semántica se desmonta, y el mundo queda en piezas esperando otro ensamblaje. Tu boca intenta pronunciar «casa» y lo que sale es otra cosa, como si la niebla hubiera encontrado el punto exacto donde tu lenguaje se rompe.

Entonces entiendes el truco sobrenatural... la niebla no quiere que la veas, quiere que la aceptes como explicación, porque si la aceptas, si dejas que te parezca natural, ella puede ser una capa permanente, puede hacerse parte del sistema operativo del miedo: esa cosa invisible que decide por ti cuándo detenerte, cuándo dudar, cuándo quedarte quieto.

Y una vez que ella tiene esa función, el resto viene solo.

La última noche —o la primera que te das cuenta que es la última— el aire se vuelve tan quieto que hasta el corazón parece escuchar. El blanco se concentra en un punto, como si el espacio estuviera condensando algo que no tiene forma.

No se ve un ser... se ve una «ausencia» con educación, una presencia que no invade... espera a que tú completes el el vacío. Es una figura imposible de describir sin mentirte. Solo sabes que está ahí porque todo alrededor comienza a comportarse como si «ahí» fuera el centro del mundo.

 

La niebla se retira un instante. Solo un instante.

Y ese instante revela lo esencial... no hay camino hacia afuera, no porque esté bloqueado por objetos, sino porque el mundo ha decidido que «afuera» ya no es una categoría que te corresponde.

Cuando la niebla vuelve a cubrirlo todo, tú entiendes que el horror sobrenatural no necesita arrastrarte... te deja elegir… dentro de sus reglas. Y tú, con la fatiga de una mente que quiere sobrevivir, haces la elección más peligrosa: aceptas el blanco como si fuera niebla, aceptas el frío como si fuera clima, aceptas el silencio como si fuera ausencia. 

Su presencia es inquietante, guardiana.

Como quien cierra una carta.

Como quien guarda una llave.

Y desde entonces, cada vez que la niebla aparece en la distancia, no sientes miedo en el cuerpo... sientes miedo en el concepto de «distancia», porque ya no es una separación. Es un umbral...

... Y tú, sin darte cuenta, aprendiste a cruzarlo cuando abriste los ojos por primera vez y creíste que el mundo era un lugar fijo.

 

Escrito por: H.P. Hatecraft.

Una idea de: Vëthriön Asathørn.

Edición final: Vëthriön Asathørn. 

miércoles, 7 de enero de 2026

Ahora los Muertos [Historia de Horror]




AHORA LOS MUERTOS 

Prólogo: El Poema Maldito


1822, Tierra del Fuego. Chile.

El pueblo de ‘Pale Hollow’ siempre había sido un lugar pequeño de silencios largos y miradas fugaces. Entre sus calles empedradas y casas de madera carcomida, los habitantes susurraban sobre el ‘Cementerio de los Suspiros’, un lugar donde la niebla nunca se disipaba del todo, ni siquiera al mediodía. Pero nadie hablaba de ello en voz alta. Hasta que Donald R. Wolff llegó al pueblo.

Wolff era un poeta errante, un hombre de ojos hundidos y manos temblorosas que llevaba consigo un cuaderno de piel negra donde escribía versos que, según decía, le dictaban «las voces del más allá».

Lo encontraron una tarde de octubre, sentado en el único bar del pueblo, ‘The Fox & Thistle’, recitando en voz baja:

 

«Por ahora los muertos seguramente resucitarán,

Forma blanca, están disfrazados de niebla...»

 

El tabernero, un hombre llamado Fernando, lo miró con desconfianza.

—¿Qué demonios es eso, gringo?

 

Wolff sonrió, mostrando dientes amarillentos.

—Un poema. O una advertencia. No lo sé. Todavía no lo sé.

 

CAPÍTULO 1: LA LLEGADA DE LA NIEBLA

Esa misma noche, la niebla descendió sobre ‘Pale Hollow’ como un sudario. No era la niebla común, fría y húmeda, sino algo vivo, que se enroscaba entre las piernas de los niños y susurraba en los oídos de los ancianos. Los perros aullaban sin parar, y los gallos cantaban a medianoche.

Isabel, la maestra de la escuela, fue la primera en desaparecer. La encontraron al amanecer, de pie en medio del cementerio, con los ojos abiertos pero vacíos, la boca entreabierta como si estuviera a punto de decir algo. No tenía heridas, pero su piel estaba cubierta de una sustancia blanca y pegajosa, como escarcha derretida.

 

El doctor del pueblo, Eusebio Mendoza, examinó el cuerpo y palideció. Fuma de su pipa y murmura:

—Esto no es natural José. Parece... como si algo la hubiera drenado por dentro.

 

El único policía del pueblo respira abrumado y pregunta:

—¿Y ahora qué decimos? ¿Qué hacemos?

—No lo sé. Esto me aterra. Nunca había visto algo así.

 

Wolff, que observaba desde la puerta, escribió algo en su cuaderno, y se retira.

 

CAPÍTULO 2: LAS VOCES EN LA NIEBLA

Al día siguiente, los niños comenzaron a hablar de un «hombre de niebla» que jugaba con ellos en el bosque. Describían una figura alta, sin rostro, que los perseguía entre los árboles, riendo sin sonido. Los adultos no les creyeron, hasta que Fabián, el hijo del herrero, fue encontrado colgado de un roble, las manos unidas como si estuviera rezando, pero con una sonrisa congelada en el rostro.

Agustina, una pequeña de 10 años fue encontrada flotando en el río, con la cara desfigurada, ojos abiertos y con los brazos cruzados.

Fue entonces cuando el pueblo recordó las palabras del poema de Wolff:

 

«Jugando en la noche de niebla,

Corriendo a través de la niebla...»

 

El alcalde, Don Rufino, convocó una reunión en la plaza. La gente exigía respuestas.

 

—¡Usted trajo esto aquí! —gritó una mujer, señalando a Wolff.

 

El poeta no se inmutó.

—Yo solo escribo lo que ellos me dicen.

 

—¿Ellos? —preguntó Don Rufino, con voz quebrada.

 

—Los muertos —respondió Wolff—. Los que nunca deberían haber despertado.

 

—¡¿Puede ser más claro señor Wolff?! ¡La gente quiere respuestas!, le dice con voz fuerte.

 

—Yo no tengo las respuestas que buscan.

 

CAPÍTULO 3: LA PUERTA EN EL CIELO

La tercera noche, la niebla se volvió espesa como leche cuajada. Nadie podía ver más allá de su propia mano. Y entonces, los gritos comenzaron.

María, la esposa del panadero, juró haber visto a su madre, fallecida hacía diez años, parada al final de la calle, llamándola con un dedo huesudo. Corrió hacia ella, pero cuando llegó al lugar, solo encontró el poema de Wolff clavado en un poste con un cuchillo oxidado:

 

«Se elevan hacia la orilla del cielo,

A través de las estrellas hacia una puerta abierta...»

 

Ante el horror, el padre Amadeo, el único sacerdote del pueblo, intentó un exorcismo. Reunió a los feligreses en la iglesia y comenzó a rezar. Pero a medianoche, las puertas se abrieron solas, y una ola de niebla entró como un río, arrastrando a los presentes. El padre Amadeo fue el último en caer. Antes de que la niebla lo cubriera por completo, gritó:

 

—¡No son almas en pena! ¡Son algo peor! ¡Algo que nunca debió existir!

 

CAPÍTULO 4: EL ÚLTIMO VERSO

Para el amanecer, ‘Pale Hollow’ estaba vacío. Las casas seguían en pie, las puertas abiertas, las camas sin hacer. Solo quedaban huellas de pies descalzos en el barro, todas dirigiéndose hacia el cementerio.

Donald R. Wolff estaba en su habitación del hostal, sentado frente a la ventana, con el cuaderno abierto en la última página. Había escrito un nuevo verso, con letras temblorosas:

 

«Atormentando el cementerio, para siempre».

 

Su cuerpo no estaba muerto, exactamente. Respiraba, pero sus ojos eran dos pozos negros, y de su boca salía un vapor blanco, como aliento en un día frío.

Afuera, la niebla seguía allí. Y en el cielo, donde antes solo había estrellas, ahora se veía un resplandor pálido, como una puerta entreabierta.

 

EPÍLOGO: EL POETA Y LOS QUE AÚN PIENSAN

Años después, un viajero llegó a las ruinas de ‘Pale Hollow’ sin recordar por qué había tomado ese camino.

El pueblo parecía detenido en una exhalación inconclusa: puertas abiertas, mesas servidas, camas deshechas. Nada estaba roto. Nada estaba completo. No había cadáveres ni huesos en ninguna parte.

El visitante sube al segundo piso del viejo bar, ingresa con cautela a un cuarto. Entre los restos encontró el cuaderno de Wolff. No estaba cubierto de polvo. Estaba tibio.

 

Lo abrió.

Leyó el poema entero.

 

Al terminar, tuvo la sensación de que el texto ya había pasado por su mente antes, como si no lo hubiera leído, sino recordado. Algunas frases le provocaron náuseas; otras le resultaron reconfortantes, como una voz conocida pronunciando su nombre desde otra habitación. Su mente comienza a jugar con sus miedos. Sale del bar. Respira agitado.

Entró en otra casa para descansar. No eligió una: fue la única que tenía su puerta cerrada. Dentro, el aire era más denso, más íntimo. Se recostó y cerró los ojos, convencido de que había estado allí otras veces.

Durmió.

O creyó hacerlo.

Cuando despertó, la luz había cambiado de lugar. La niebla se deslizaba por las paredes como un pensamiento repetido. Escuchó respiraciones que no provenían de ningún cuerpo. Murmullos que parecían surgir desde detrás de sus propios ojos.

Intentó recordar su rostro. No pudo.

Entonces comprendió, con una claridad insoportable:

 

«Los muertos no habían regresado.

Nunca se habían ido.

Porque ‘Pale Hollow’ no mata. ‘Pale Hollow’ retiene».

 

Los que caminaban entre la niebla no eran cadáveres, sino voluntades incompletas, pensamientos sin origen, personas que nunca terminaron de irse… ni de quedarse.

Cuando se levantó, el suelo no crujió. Su peso ya no era necesario.

Su respiración continuaba, pero no era suya.

Y en el último rincón de su mente, una certeza se cerró como una puerta:

Él no había llegado a ‘Pale Hollow’.

‘Pale Hollow’ lo había estado escribiendo desde el principio.




 

Historia de terror basada en el poema: «Ahora los muertos» del autor Donald R. Wolff.

Idea creada por: Jarl Asathørn.

Escrita por: IAn Moone.

Edición final: Jarl Asathørn. 

viernes, 12 de diciembre de 2025

Rezyklon presenta: «Cuentos de Horror y Misterio»

 


CORAZONES PERDIDOS 



«Es septiembre de 1811, y el pequeño Stephen Elliot, que acaba de quedar huérfano, se muda con su anciano tío a Aswarby Hall, un caserón en la campiña inglesa. Algo sorprendente, ya que los habitantes de la zona saben que ‘Abney’ es un huraño estudioso de antiguas religiones que detesta el contacto humano.

 “¿Es un buen hombre e irá al cielo?” le pregunta Elliot a la sirvienta, la señora Bunch. Ella le cuenta que es el mejor de todos, y le explica cómo hace muchos años adoptó primero a una niña, que desapareció sin dejar rastro antes de tres semanas, y más tarde, a un niño extranjero que se esfumó con tanta rapidez que dejó su *zanfona atrás. 

Esa misma noche, Elliot tiene un peculiar sueño. En él está mirando a través de la puerta translúcida del baño que se encuentra al final del pasillo de su habitación. En la bañera hay una figura amortajada, con una terrorífica sonrisa en su cara y las manos sobre el corazón. De repente, la figura empieza a gemir y a moverse. Elliot se despierta y se da cuenta de que se encuentra en mitad del pasillo, pero no hay nadie en el baño. 

Cuando llega el equinoccio, su tío le recomienda que cierre la ventana, y le cita después de la cena, en su estudio, a las once de la noche, porque quiere explicarle algo importante. Elliot, por la tarde, observa a su tío tomando una copa de vino tinto mientras lee unos legajos y quema incienso de una caja de plata, pero no se atreve a entrar. A las diez de la noche, antes de la cita con Abney, vuelve a mirar por la ventana de su habitación después de oír gritos extraños en el jardín. Allí ve a un niño y a una niña, los dos con las manos en su corazón. Asustado, corre a la habitación de su tío, donde tan sólo escucha gritos y sonidos guturales. 

Abney aparece muerto con una herida en su pecho que deja al descubierto su corazón, y las autoridades locales dictaminan que su muerte se debe al ataque de un animal salvaje que ha entrado por la ventana de la habitación. Sin embargo, cuando Elliot investiga los papeles de su tío, se encuentra con la verdadera razón de su muerte. Abney creía firmemente en que podía conseguir la vida eterna consumiendo los corazones de tres niños. Para ello, debía extraerlos de las víctimas aún vivas, quemarlas y mezclarlas con vino. El primero era el de una niña gitana cuyo corazón había sido arrancado en 1792; el segundo, el de un niño italiano en 1805, cuyos cadáveres había ocultado en la mansión. El corazón de Stephen debía ser el tercero en la macabra receta».

 

 

LOS BANCOS DE LA CATEDRAL DE BARCHESTER

(Historia de M.R. James)

 


«Mientras hojea un ejemplar de alrededor de 100 años de antigüedad de 'Gentleman's Magazine', el narrador se topa con un curioso obituario. Se trata del de John Haynes, el antiguo archidiácono de la Catedral de Barchester, muerto de manera violenta alrededor de un siglo antes, quizá asesinado por alguien “inspirado por las obras de Shelley, Lord Byron y Voltaire”. La única información que existe sobre Haynes es una caja jamás abierta desde 1834 y entregada por su hermana Letitia. Gracias a las cartas y entradas del diario presentes en ella, el narrador es capaz de reconstruir la historia del archidecano. 

Este llega a Barchester en el año 1810 junto a su hermana, y pronto pasa a ocupar el puesto que desempeñará hasta el final de su vida después de que el doctor Pulteney, su antecesor, muerta al romperse el cuello tras caerse por las escaleras.

Las entradas del diario de Haynes muestran pagos a un tal J.L. a razón de 25 libras cada cuatro meses. Curiosamente, la doncella de Haynes se llamaba Jane Lee. 

Después de tres años como archidiácono, Haynes decide, por fin, acudir a los servicios de la Catedral. Descubre en el banco reservado para él tres figuras construidas alrededor del 1700 por un tal John Austin. Un día, mientras dormita en su asiento, el archidiácono roza la escultura del gato y siente “una suavidad, como de áspero pelo, y un rápido movimiento, como si la criatura se estuviese girando para morderme”. 

No es el único encuentro extraño que Haynes tiene esas navidades.

El 1 de enero, escucha mientras duerme en su habitación una voz que le dice “déjame desearte un Feliz Año Nuevo”.

En febrero, alguien llama a su puerta y pregunta “¿Puedo entrar?” Pensando que es uno de sus criados, el religioso le responde que sí, pero no entra nadie… Aunque no puede dejar de sentir movimientos a su alrededor. Cuando su amigo Allen le visita, le explica que su compañía es grata, pero que no aguanta la agitación que hay en la casa, especialmente que las sirvientas salgan a pasear por los pasillos después de medianoche. 

Una noche tormentosa, los sirvientes encuentran muerto a Haynes, probablemente después de que una arruga de la alfombra le hiciese tropezar por las escaleras. Sin embargo, su cara estaba completamente desfigurada después de haber sido arañada violentamente. 

Un papel encontrado en la escultura del gato da una información adicional al lector: firmada por John Austin en 1699, este relata uno de los sueños que tuvo: “Cuando me encontraba en el bosque en sangre fui bañado. Ahora estoy en la Iglesia”. Una maldición amenaza a todo aquel que toque la escultura: si su mano esta ensangrentada, morirá poco después».

 


 

*Zanfona:

f. Instrumento musical de cuerda, que se toca haciendo dar vueltas con un manubrio a un cilindro con púas: ya solo se ven zanfoñas en los grabados antiguos.

 

 

 

 

Fuente:

el confidencial.com

Diccionario Espasa.

Imágenes creadas con AI.

Edición final: Jarl Asathørn.

jueves, 10 de octubre de 2024

Paranormal Effect Nº13



CORTE DE RUTA

(Historia basada en hechos reales)



Antes de contar mi historia debo aclarar que debido a la situación en la que se desarrolló el caso omitiré todos los datos que no sean necesarios.

La información no tuvo alcance mediático, pero nosotros estamos seguros de que fue un suceso único de índole paranormal.

La mayor parte de mi vida fui trailero, trabajo que ya como muchos saben, es considerado uno de los más propensos a tener encuentros con lo sobrenatural.

Yo jamás había vivido algo así, pese a eso yo jamás había vivido algo así ni mucho menos algo que me haya hecho sentir un miedo tan grande como el que sentí en aquella oportunidad.

Tengan en cuenta que fuimos varios los involucrados en este relato que, debido a su magnitud, uno de nosotros terminó con problemas psicológicos, algo que doy gracias a Dios de haberme librado.

Sucedió en uno de tantos cortes de ruta que pasan en Argentina donde un número de manifestantes prohíben el paso de los vehículos como forma de protesta al gobierno local, tratando de esa manera llegar a un acuerdo que los beneficie reparando el daño del que se sienten afectados.

Tal fue el caso de aquella noche, en la década de los 90, cuando me topé con una larga fila de vehículos que esperaban cruzar la ciudad donde se estaba realizando el corte.

Después de bajar y consultar sobre lo que estaba sucediendo supe que esa noche no podría seguir mi camino.

Cerca de allí me encontré con unos colegas que también habían quedado inmovilizados, la incómoda situación nos motivó a resignarnos y a tratar de aprovechar el tiempo que permaneciéramos en el lugar, por lo que nos propusimos a preparar algo para pasar el tiempo.

Con café y juegos de cartas de por medio se hizo la una de la madrugada.

Ya nos estábamos despidiendo para descansar cuando comenzó todo el bullicio.

 

LOS SERES

Vimos camiones de gendarmería aparecer de repente de ellos bajaron decenas de militares armados que corrieron en dirección a la multitud.

Algunos se detuvieron justo frente a nosotros y desde allí disparaban gases lacrimógenos hacia el tumulto.

La reacción de la gente fue inmediata, a lo lejos escuchamos los gritos y llantos tanto de mujeres como de muchachos jóvenes expresando el temor que sentían al estar envueltos en esta represalia.

La expansión del gas formando ya una inmensa nube sobre el pavimento no demoró en llegar hasta nosotros, y aunque tratamos de protegernos, los químicos empezaron a descomponernos.

Nosotros estábamos estacionados justo al costado de un monte que es precisamente donde vimos salir a esas cosas.

En primera instancia pensamos que se trataba de la misma gente intentando huir por el monte, pero a medida que iban saliendo a la ruta pudimos constatar que no podían ser ellos.

Estos eran seres de media estatura, parecían estar todos desnudos porque no distinguimos prendas en sus cuerpos oscuros, algunos llevaban una especie de ramas en sus manos y con ellas azotaba en el pavimento como signo de festejo eufórico al ver lo que estaba sucediendo con la gente.

Algunos no tenían rostros, otros abrían una inmensa boca con la que producían sonidos intolerables al oído humano, todos se deslizaban en medio de esa nube y al parecer sólo nosotros podíamos verlos desde donde estábamos.

 

EL DEMONIO

Permanecimos petrificados de horror, pero cuando creíamos que nada podía ser más terrorífico que eso... vimos aparecer a otro ser, este tenía la fisionomía de un hombre alto, robusto, con una barba cubriendo su mentón, sus ojos eran de dos brasas ardientes que despedían llamas.

Un enorme e infernal perro negro caminaba a su lado y a diferencia de los demás éste nos observaba mientras caminaba hacia nosotros.

Fuimos cuatro los que presenciamos eso, todos nos subimos al camión que teníamos más cerca y salimos a toda prisa del lugar, manejamos hasta que dejamos de escuchar gritos.

Al detenernos uno de los muchachos tuvo un ataque de pánico del cual nunca pudo recuperarse.

Dejamos pasar el tiempo suficiente para recién volver a nuestros camiones, al llegar al lugar ya había pasado todo, algunos vehículos retomaron su viaje.

Nosotros llevamos al doctor de la ciudad a nuestro compañero, quien debió permanecer sentado durante varias horas para poder estabilizarlo, aun así, nunca volvió a ser como antes.

Después de eso tuvimos la oportunidad de reunirnos nuevamente para hablar sobre el tema llegando a la conclusión de que esa noche vimos al mismo demonio acompañado de sus súbditos.

No sé si alguien más ha presenciado de lo que nosotros fuimos testigos, pero, escuchamos que esa ciudad es muy conocida por la cantidad de brujos y brujas que viven allí.

Precisamente el monte es el lugar preferido de muchos para hacer sus trabajos.

 

 

HISTORIAS DE VAMPIROS REALES DE LA HISTORIA

 


JURE GRANDO, EL VAMPIRO DE KRINGA

En Kringa, un pueblo de la antigua región de Istria, hoy conocida como Croacia, vivió y murió un campesino llamado Jure Grando. Y volvió. Según se recoge en los archivos, Jure, defenestrado en 1656 debido a una enfermedad, volvió esa misma noche como un štrigon, una estrige, y estuvo aterrorizando al pueblo durante dieciséis años. Cuentan los documentos que atormentaba y violaba a su viuda, asaltaba a la gente y aterrorizaba a los niños apareciendo por la noche y a través de las ventanas. Varios lugareños se reunieron por fin, tras un tiempo, y trataron de dar caza al vampiro de Jure, lo que consiguieron no con una estaca, como dictamina el folclore, sino cortándole la cabeza y realizando un exorcismo. El caso de Jure Grando es importante dentro del mundo de los vampiros por ser, probablemente, el primero documentado oficialmente de la historia.

Que existió, lo sabemos.

Que algo ocurrió en Kringa, también. Pero, ¿qué pasó realmente? No siempre podemos apartar la oscuridad de los hechos pasados tiempo atrás.

 

EL SACERDOTE PERRO



Los escoceses son amantes de los fantasmas y otras criaturas fantásticas. Y no es de extrañar que posean varios vampiros en su folclore llenos de castillos y abadías ominosas regadas por la lluvia. De hecho, fue el castillo Slains, en Cruden Bay, el que inspiró a Bram Stoker para escribir «Drácula». Pero ahora vayamos a Melrose. Entre las paredes de su derruida abadía, allá por 1138, cuentan los textos de Guillermo de Newburgh que vivió un capellán nada ortodoxo. Este sacerdote gustaba de cazar a caballo con su jauría de perros. Por sus excesos y su ineptitud como cura, fue llamado Hunderprest, o el «cura perro» (o cazador). Dicen que cuando murió no tenía otra cosa que hacer que volver como vampiro a atormentar a los ciudadanos de Melrose. También cuentan que los abades le dieron caza y lo expulsaron de este mundo mediante un hachazo en la cabeza y una pira funeraria.

 

PETAR BLAGOJEVICH, EL NUEVE VECES ASESINO



Volvamos a Europa del Este. El caso de Petar Blagojevich es uno de los mejores documentados del siglo XVIII sobre histeria vampírica. El bueno de Petar vivió cerca de Kisilova, en Serbia, en tiempos complejos de guerra y conflicto. Y, como de costumbre en estos casos, murió para volver un día después a asesinar gente. Según contaron sus conciudadanos, Petar Blagojevich asesinó a nueve personas a lo largo de la semana siguiente a su muerte. Todos los finados eran encontrados en sus camas con restos de sangre y la garganta abierta (o aplastada). La cuestión es que la histeria se apoderó del pueblo, que amenazó a la autoridad local para que tomara cartas en el asunto pasando por encima de la autoridad municipal. El cuerpo de Petar Blagojevich fue exhumado, saltándose la ley, y fue encontrado incorrupto y con señales de vampirismo, según relatan los documentos. El cuerpo fue empalado y quemado, y las autoridades superiores, debido a la gravedad del asunto, no tomaron represalias.

 

EL PARTISANO DE MEDVEJA



Arnold Paole fue un militar en tiempos revueltos. Una noche, cuentan los informes, fue atacado por un vampiro, pero se salvó de convertirse en uno comiendo tierra de la tumba del monstruo. Sin embargo, cuando murió, tiempo después, volvió como vampiro. Eso decían los lugareños, al menos.

El caso de Paole es especial porque fue el determinante que desencadenó la «epidemia de vampirismo» de la Europa del Este del siglo XVIII. Según las fuentes, el ataque de Paole a varios animales y personas habría causado la continuación de esta «enfermedad» que afectó, como mínimo, a dieciséis personas más. Puesto que el miedo a los vampiros venía creciendo desde décadas atrás, esto levantó la alarma entre las autoridades que comenzaron a investigar, exhumar y realizar informes sobre los supuestos vampiros. Cosa que sólo ayudó a extender el rumor sobre la existencia de estos seres del averno.

 

 


 

Fuentes:

historiasdeterrorcortas.com

hipertextual.com

Edición final: vikingodemagellan.blogspot.com (V.D.M.)