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viernes, 19 de junio de 2026

The Echo of the Unfinished




Branko empezó a levantar su vida como quien arma un rompecabezas sin mirar la imagen final. No era por prisa; era por gusto. Cada mañana encontraba una tarea y, con ella, una forma de creer en el orden. Ordenaba libros por tamaño, monedas por brillo, papeles por fecha, aunque nadie los pidiera. Limpiaba rincones que no lo ensuciaban. Tendía hilos invisibles entre una idea y otra, y cuando terminaba, se sorprendía de la precisión con que las piezas encajaban.

Decía —con una seriedad que a veces le parecía casi heroica— que el mundo debía tener un sentido, que el sentido se construía. «Se construye», se repetía, como si la palabra fuese un talismán. Su casa lo confirmaba: un pasillo recto, una mesa que no se tambaleaba, una silla que siempre quedaba a la misma distancia. Había días en que el sonido de las cosas acomodándose le calmaba el pecho, como si cada tornillo apretado apagara una alarma antigua.

 

Branko trabajaba para una oficina donde el tiempo se medía en correcciones. Se le daba bien corregir: tachaba, reescribía, ajustaba. No se limitaba a señalar errores; desarmaba el texto para volverlo a alinear. Mientras otros se frustraban con la monotonía, él se alimentaba de esa fricción. «Lo importante es lo que se arregla», pensaba, no «lo que se pierde».

Con el tiempo, entendió que su obsesión por construir no era solamente un hábito: era una defensa. Cuando por fin terminaba un esquema —una planificación impecable, un plan de cuentas, una rutina que parecía invulnerable— la tranquilidad no tardaba en ser sustituida por otra sensación, más viscosa, más difícil de nombrar.

No era miedo al fracaso. El fracaso lo conocía demasiado y no le impresionaba. Era otra cosa: miedo a la culminación, al instante en que el edificio deja de ser promesa y se vuelve morada. El día que completó un proyecto larguísimo en el trabajo, una semana entera de insomnio y cálculos, volvió a casa con la satisfacción hinchada por dentro. Se sirvió té, cerró la libreta de controles y se sentó. Y entonces, sin aviso, la calma empezó a gritarle desde el silencio.

No podía explicarlo. Tenía la prueba de que podía; sin embargo, cuando sostuvo el objeto terminado, sintió como si hubieran apagado la única luz que lo mantenía vivo: la luz del «todavía no». En cuanto ya no había siguiente paso, el pecho se le llenó de una angustia que no sabía dónde acomodar.

Esa misma noche comenzó lo que luego llamaría «sus fases», aunque nunca se lo dijo a nadie. No era una decisión pensada: era un impulso que aparecía como una picazón bajo la piel. Primero era pequeño: cambió el orden de unos libros sólo para verlos desacomodados, como si buscara en la destrucción el mismo placer que en el trabajo. Arrancó una hoja de un cuaderno donde había escrito frases que ya no usaba. Rompió una cinta de papel que había puesto con cuidado en el archivo para que todo quedara en su lugar.

Se acusó con severidad:

—«¿Qué mierda haces?», se preguntó en voz baja.

Pero la culpa no funcionaba como freno. Funciona de otra manera: después de que uno se daña, la culpa se vuelve el último resto de control. No arregla; sólo encuadra el desastre para que parezca una sentencia.

Branko no destruía por vicio, o al menos no únicamente. Destruía como quien abre una ventana para que el aire viejo se vaya; sólo que, en su caso, el aire viejo venía con algo peor: la esperanza. Porque en el momento en que se acercaba a la meta, la esperanza se convertía en una sentencia final. Llegar significaba vivir. Vivir significaba permanecer. Permanecer significaba dejar de ser el que construye y volverse el que habita un lugar ya terminado, un lugar con paredes fijas, sin posibilidad de huir hacia el «después».

Él prefería ser un albañil perpetuo: que el edificio siguiera siendo obra, que la vida fuera siempre un andamiaje. Pero cuando algo quedaba terminado, el mundo dejaba de moverse en el mapa que él había diseñado.

Empezó a coleccionar indicios de su propio destino. Los días siguientes al cierre de un proyecto, encontraba manchas de humedad donde antes no había, o se le rompía un hilo de ropa por la misma costura exacta, como si el universo tomara nota de su nerviosismo. A veces era un accidente. A veces era una intención que no se admitía. Lo cierto es que una parte de él buscaba pruebas de que el caos podía aparecer solo, sin que él lo convocara; así, la destrucción no se convertía en su culpa, sino en su inevitabilidad.

—«Mira», se decía, «no era sólo yo».

 

Su trabajo terminó llevándolo a un escalón más alto. Lo ascendieron por su capacidad de construir sistemas. Le dieron responsabilidades y plazos. Branko aceptó porque construir era lo único que tenía una forma clara de alegría. En las reuniones, hablaba con calma técnica, como si la vida fuera un software: una cosa se corrige, otra se optimiza, y el resultado final siempre puede ser mejor.

Pero la meta se acercaba con una lentitud peligrosa. Una meta verdadera no era un documento, sino una vida entera. El nuevo puesto exigía un traslado y, con él, una mudanza. Había que elegir barrio, decorar, instalarse. Había que permanecer. Branko sintió en el estómago un nudo que parecía tener dientes.

 

Cuando por fin llegó el día de firmar el contrato, estaba sentado con la pluma en la mano, en el despacho luminoso de una oficina que olía a papel nuevo. El contrato, en sí, era sencillo. Lo complejo era el hecho de que ese papel cerraba puertas. Le ataba el futuro a una dirección exacta.

Firmó. Lo hizo con letra firme, con la misma letra con que había completado reportes, listas y planos. Sin embargo, apenas terminó, una idea feroz le rozó la mente: 

—«Ahora no puedes hacer como antes».

 

Ese mismo día empezó la cadena. Primero, pequeñas torpezas: se le cayó una caja de tornillos, y al barrer se le perdió un taco. Luego, un enchufe que no encajaba. Un problema de internet que tardó semanas. Después, se le rompió la llave de la puerta principal en la cerradura, como si la realidad se negara a permitirle entrar sin una lucha.

Nadie sospechaba de su mano porque su mano era invisible. Él no actuaba como un villano que rompe con fuerza; actuaba como un hombre que se resbala. Un gesto mal medido, una coincidencia repetida, un descuido que llegaba justo en el borde de la calma. Si alguien le preguntaba por qué parecía tener mala suerte, Branko sonreía con cansancio y decía que la vida era así.

En el fondo, la vida lo era. Pero no como él había querido. La vida no estaba construyéndose como él imaginaba: se estaba rompiendo alrededor de su deseo de permanecer en el estado de obra. 

En su nueva casa, las cosas aún no terminaban de encajar. Había cajas abiertas y otras cerradas. Había paredes sin cuadros, y el eco del cuarto lo perseguía como un pensamiento que no se va. Él trabajaba, cumplía horarios, sonreía. Pero por dentro se iba reuniendo una fiebre muda.

Se descubrió, de pronto, mirando el calendario como se mira una condena. Cada día que pasaba acercaba la fecha en que «ya estaría todo listo». Esa frase, para cualquier otro, sería promesa. Para Branko era una amenaza.

Una noche, cuando el cansancio lo hizo bajar la guardia, encendió una lámpara de su sala con intención de sentirse a salvo. La luz era cálida, el aire olía a pintura reciente y a polvo viejo. Se sentó en el suelo y apoyó la espalda en el sofá que todavía no tenía funda. Quiso imaginarse viviendo allí, cómodo y estable, como un animal domesticado que por fin acepta el yugo.

No pudo. Le pareció que la idea de vivir allí era la idea de una jaula.

Entonces hizo algo irreversible. No fue dramático. Fue metódico. Tomó una herramienta que había dejado para «cuando tuviera tiempo», y la usó para abrir lo que debía quedar cerrado. No arrancó de golpe: fue abriendo lentamente, como si quisiera que el caos entrara con respeto. Desinstaló, cortó, separó. Lo que en su mente era un procedimiento, en la casa se volvió un vacío. 

Cuando terminó, la sala quedó extrañamente en silencio. El desastre estaba ahí sin ruido; sin embargo, Branko escuchó el golpe más fuerte dentro de su cabeza.

Se miró las manos. Tenía polvo en las uñas y un temblor mínimo. Sintió una satisfacción breve y absurda, como la de haber escapado. Luego llegó la tristeza, no la tristeza de la pérdida, sino la tristeza de la certeza: había vuelto a destruir antes de habitar.

Branko durmió poco. Soñó con el hormiguero del que hablaban sin saber que era una metáfora. Soñó con pasillos blancos, con galerías interminables, con un edificio que no tenía final porque el final era la muerte. En el sueño, las hormigas lo arrastraban por el suelo como si él fuera una pieza mal colocada. Él intentaba ordenar, pero el hormiguero se lo tragaba todo. 

A la mañana siguiente se levantó con el corazón pesado.

—«Mañana lo arreglaré», se dijo. «Mañana».

Pero «mañana» ya no era un plan; era un refugio. El refugio perfecto porque siempre permite seguir construyendo y nunca obliga a vivir en el edificio.

Branko intentó reparar. Llamó a técnicos, pidió piezas, revisó. Pagó, esperó, soportó. Sin embargo, se dio cuenta de algo que lo dejó peor que antes: cada reparación le aumentaba la certeza de que el edificio estaba hecho para terminarse. Cada tornillo colocado era una promesa que el destino cobraba.

El caos que él celebraba como escape se había convertido en su única herramienta. Al destruir, también mantenía la obra inconclusa; al reparar, la completaba más y más. Su tristeza nacía de esa contradicción insoluble: cada acto que le devolvía la forma lo empujaba hacia el punto en que ya no habría lugar para su huida.

 

Pasaron semanas, luego meses. La casa siguió sin terminar. Los espacios tenían una belleza incompleta, como cuadros a medio secar. Branko se movía de un lado a otro, cuidando que ninguna cosa quedara del todo bien.

Cuando la gente venía, fingía normalidad. Ofrecía té en tazas que no coincidían del todo. Celebraba pequeños avances como si fueran grandes logros.

—«Todavía falta», decía con una sonrisa que no le pertenecía. Nadie veía el terror escondido en ese «todavía».

 

Él comenzó a notar que su impulso de destruir no era sólo contra el mundo: era contra su propia posibilidad de descanso. Branko no sabía cómo detenerse. Y mientras no se detuviera, podía conservar la ilusión de que no había terminado nada. Podía vivir en el umbral, en el borde de la meta.

Pero el umbral se vuelve un sitio también. Y él estaba empezando, lentamente, a habitarlo.

Una tarde, cuando el cielo tenía ese color gris que parece perpetuo en el otoño magallánico, Branko caminó por su casa como quien revisa una escena. Observó sus libros alineados, su escritorio ordenado, sus cajones con etiquetas. Todo había quedado «bien», pero el «bien» le sonaba falso, como un cuerpo sin alma. 

Se sentó y se quedó quieto. Sintió que el caos que había alimentado ya no era un escape; era un hábito. Se preguntó, con una honestidad cruel:

—«Si el edificio ya no me deja vivir, ¿para qué mierda lo construyo?»

 

No encontró respuesta. Lo que encontró fue la oscuridad de la misma pregunta: la meta no era un lugar al que llegar, sino un momento en que la vida deja de ser evitación.

Esa noche, en vez de destruir otra cosa, destruyó lo que no podía arreglarse. Fue una decisión sin voz, como un paso en la oscuridad: cerró el gas, luego abrió la llave de la estufa como si quisiera usarla, pero no para cocinar. No fue un gesto de furia, fue una culminación sucia, una meta final.

Cuando el aire se llenó de una pesadez que no se oye, pero se siente, Branko entendió demasiado tarde la trampa: temía habitar el edificio, sí, pero no había escapado al habitar; simplemente había cambiado la casa. Él mismo había terminado siendo el cuarto donde nadie entra. 

La última imagen que tuvo fue el pasillo de su antigua oficina, con sus paredes impolutas y su luz blanca. Se vio a sí mismo corrigiendo papeles, convencido de que siempre habría un «todavía no». Quiso volver, pero la oscuridad lo envolvió como una manta que aprieta.

No hubo final heroico. No hubo un arrepentimiento claro, sólo una quietud triste, más quieta que cualquier meta, más definitiva que cualquier andamiaje.

 

Al día siguiente, alguien encontró la puerta abierta apenas, como si el caos hubiera dejado de ser suyo y se hubiera convertido en costumbre. Miraron adentro y vieron una casa ordenada y, a la vez, destruida por dentro. Nada parecía dramático: la mesa estaba donde debía, los objetos estaban puestos con una lógica que ya no servía. Era como si la vida, por fin, hubiera hecho lo único que Branko no había querido permitir: cerrar el edificio.

Y el caos, al final, no llegó con estrépito… llegó con esa misma calma con que uno termina un plano y se da cuenta de que la firma también es una sentencia.

Si Branko Stipetić hubiese tenido un pensamiento para decirlo, quizá habría sido el mismo que el de la frase: «… que algunos hombres no temen al final de su obra, sino a la hora en que la obra deja de ser su excusa para seguir construyendo y se vuelve su cárcel».

 

El edificio seguía ahí, pero él ya no. Y durante un tiempo —lo suficiente para que la casa respirara su propia soledad— las cosas permanecieron casi intactas, como si el hormiguero, aunque esté vivo, no necesita testigos para seguir trabajando en silencio.




 


 

 

Escrito por: H.P. Hatecraft.

Basado en: Memorias del subsuelo, cap. IX de Fiódor Mijáilovich Dostoyevski.

Edición final: Vëthriön Asathørn. 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Sonnenaufgang [Un cuento corto]

 


AMANECER 

Joseph se levanta afligido, tal vez fue una pesadilla, una recurrente. Se sentó en la cama, el sudor frío pegándole la camisa al cuerpo. La garganta seca, como si el mismísimo infierno le hubiera arrebatado hasta la última gota de humedad. Se levantó, tambaleándose, y caminó hacia la mesa. El vaso de agua, un simple objeto de cristal, se convirtió en su salvación. Lo bebió con avidez, como si su vida dependiera de ello. Camina hacia la ventana, la abre... afuera hay silencio, los cielos de la ciudad son de un rojo profundo, como si la sangre de un gigante se hubiera derramado sobre los cielos.

 

Se viste raudo y sale de su hogar. Todo es desolación. El silencio, sin embargo, era engañoso. Era el silencio de la muerte, el silencio que precede a la tormenta. Gente muerta en las calles, otras hambrientas piden algo.

Joseph llora... corre... La catedral principal, el corazón espiritual de la ciudad, ardía en llamas, una pira funeraria que se elevaba hacia el cielo carmesí.

 

El aire, antes fresco, ahora estaba cargado de un hedor nauseabundo, una mezcla de putrefacción y miedo. Cuerpos inertes yacían en las aceras, rostros petrificados en expresiones de terror. Otros, los pocos supervivientes, vagaban como fantasmas, hambrientos, desesperados, buscando algo, cualquier cosa, que les diera un atisbo de esperanza.

 

Joseph lloró. Las lágrimas, calientes y amargas, surcaban sus mejillas. Corrió, sin rumbo, impulsado por una fuerza desconocida, una necesidad visceral de escapar, de entender, de sobrevivir.

 

El rojo del cielo se refleja en los ojos húmedos de Joseph, una mezcla de horror y confusión. Camina entre los cadáveres, sus pasos resuenan extrañamente en el silencio aplastante. La ciudad, que antes debía vibrar con la vida de sus habitantes, ahora respira solo el hedor a humo y a muerto.

 

Una mujer se acerca a él, sus ojos brillan con hambre y desesperación. "¿Tienes algo? ¿Nada?", le suplica, sus dedos se aferran a su manga. Joseph se detiene, sin saber qué decir, qué hacer. Su corazón late desbocado, una mezcla de pánico y una extraña sensación de impotencia.

 

De repente, un grito se eleva sobre el caos. Un niño, corriendo desesperado, es atrapado por una llamarada. "¡Ayuda! ¡Necesito ayuda!", grita el niño, pero no hay respuesta. Joseph corre hacia él, su mente se ahoga en un mar espeso de estupefacción.

 

Al llegar al niño, ve que está siendo consumido por las llamas. "¡No! ¡No!", grita Joseph, pero es en vano. El niño es arrastrado por el fuego, su llanto se mezcla con el silencio de la ciudad.

 

De pronto, el aire vibró. Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Joseph, un presentimiento de horror que le heló la sangre. Algo se movía en las sombras, algo que no pertenecía a este mundo. Demonios. Criaturas infernales, con garras afiladas y ojos llameantes, emergieron de las alcantarillas, de los callejones oscuros, de las grietas de la tierra. Caminaban, olfateando, como animales hambrientos, buscando presas.

 


La gente huyó, gritando, presa del pánico. Los demonios, con una ferocidad inhumana, se abalanzaron sobre ellos, desgarrando carne y huesos, devorando con una voracidad insaciable. La sangre, espesa y oscura, corría a raudales, tiñendo las calles de un rojo aún más intenso.

 

Luego el horror llegó cuando, en medio del caos, Joseph reconoció una figura. Era Jenny, su vecina, una anciana amable que siempre le ofrecía galletas recién horneadas. Pero Jenny no era Jenny. Sus ojos brillaban con una luz antinatural, sus dientes eran afilados como cuchillos, y de su boca emanaba un hedor a azufre. Jenny, ahora un demonio, se abalanzó sobre él, con una sonrisa sádica.

 

... Joseph despierta. Bañado en sudor y golpeado por el miedo. Se sentó en la cama, el sudor frío pegándole la polera al cuerpo. La garganta seca, como si el mismísimo averno le hubiera arrebatado hasta la última gota de humedad. Se levantó, tambaleándose, y caminó hacia la mesa. El vaso de agua seguía ahí. Lo bebió con avidez, como si su vida dependiera de ello.

 

Camina hacia la ventana, la abre... afuera la gente festeja feliz, los cielos de la ciudad son de un azul profundo... la pesadilla había acabado.

Era otro país.

Uno nuevo.

Uno que acababa de nacer.

Ahora Joseph respira tranquilo. Fue solo otra pesadilla.»




 

 

Historia original de: Jarl Asathørn.

Edición final: Jarl Asathørn.


viernes, 6 de octubre de 2023

Rezyklon presenta: Historias de suspenso y misterio

 


Muchas de estas historias que he recopilado son de campamentos, y les pido que se las cuenten a sus hijos… es octubre, me puse oscuro como Klaus Schwab y Bill Gates. (Risa malvada: Muaaajajaja)

 

ÓLEGOR



Hace unos años, en un campamento, hubo un grupo de jóvenes extranjeros que, durante una excursión al sector de San Juan, se perdió. Tras varias horas perdidos, encontraron a un hombre solitario: llevaba un hacha a la espalda y no les daba buena espina pero, desesperados, le preguntaron cómo se llegaba al sendero principal y luego a la carretera. A pesar de la primera impresión, el hombre resultó ser súper agradable: les dijo que se llamaba Ólegor y les acompañó hasta el camino, donde se despidió. Antes, se hizo una selfie junto a los jóvenes.

El grupo de jóvenes contó en el pueblo más cercano que el hombre que los había llevado hasta allí se llamaba Ólegor, pero los vecinos de la localidad dijeron que aquello era imposible. El único Ólegor que había vivido en el pueblo había fallecido en los años 70's, y murió de una forma horrible: un grupo de niños jugaba a la pelota y se les escapó, y Ólegor fue por ella. Llevaba un hacha en la mano y tuvo la mala suerte de tropezar y cortarse su propia pierna.

Murió desangrado.

Los jóvenes escucharon incrédulos y pensaron que, incluso a pesar de las coincidencias del nombre y de que aquel señor también llevaba un hacha, era imposible que se trata de la misma persona. Sin embargo, cuando revisaron aquella selfie que se habían sacado al llegar al pueblo, se percataron de algo que les hizo cambiar de parecer: Ólegor había desaparecido de la fotografía.

 

[Adaptación: VDM]

 

UN OLOR TERRIBLE



Era invierno, y un grupo de amigas había decidido ir al club Andino para pasar unos días. Se registraron en el hotel y subieron a su habitación a dejar el equipaje, pero notaron un olor peculiar, como si se les hubiera olvidado sacar la basura o no hubieran tirado de la cadena del váter. Sin embargo, todo parecía estar en orden, así que se fueron a esquiar y no volvieron hasta la última hora de la noche.

El olor había empeorado notablemente a lo largo del día y ya era casi insoportable, de modo que llamaron a mantenimiento para que localizara su origen. La persona que les mandaron miró debajo de las camas, dentro de los armarios, incluso olfateó los desagües y las ventilaciones, pero no pudo encontrar la fuente del olor. Al final, limpiaron la habitación con generosas cantidades de productos perfumados, pusieron la ventilación al máximo y desearon las buenas noches al grupo de amigas. La peste estaba, por el momento, enmascarada, y como ellas estaban agotadas, se fueron a la cama.

Una de ellas escondió la cartera debajo del colchón, como acostumbraba a hacer en los hoteles.

Todas durmieron hasta bien entrada la mañana: grandes rayos de sol entraban ya en la habitación, caldeándola en extremo. El hedor seguía presente y más potente que nunca. Una de las mujeres, ya bastante irritada, volvió a llamar al departamento de mantenimiento para quejarse. Luego llamó al director del hotel para quejarse un poco más. Un pequeño ejército de personal de dirección y mantenimiento se presentó en breve, y una vez más, rebuscaron por todas partes sin resultado. Sin embargo, todos estuvieron de acuerdo en que el olor era inaguantable, así que dirección ofreció cambiar a las amigas de habitación.

Recogieron sus cosas para bajar al vestíbulo, pero cuando la señora que había escondido la cartera hurgó debajo del colchón, tocó algo que parecía sospechosamente una mano humana. Quitaron el colchón de encima de la cama y ahí, en un hueco practicado entre los muelles del somier, había un hombre muerto. Era evidente que lo habían asesinado en la habitación y el asesino lo había escondido entre el colchón y el somier. Había recortado una parte de los muelles del somier para que el cuerpo no formara un bulto en la cama.

 

[De Tened miedo… Mucho miedo. El libro de las leyendas urbanas de terror, de Jan Harold Brunvand. Adaptación: VDM].

 

LA COSA



Ted Martin y Sam Miller eran buenos amigos. Ambos pasaban muchos tiempos juntos. En esa noche en particular estaban sentados sobre una valla cerca de la oficina de correos hablando sobre nada en particular.

Había un campo de nabos enfrente de la carretera. De repente vieron algo arrastrarse fuera del campo y ponerse en pie. Parecía un hombre, pero en la oscuridad resultaba difícil saberlo a ciencia cierta. Luego desapareció. Pero pronto apareció de nuevo. Se acercó hasta la mitad de la carretera, en ese momento se dio la vuelta y regresó al campo.

Después salió por tercera vez y se dirigió hacia ellos. Llegados a ese punto Ted y Sam sentían miedo y comenzaron a correr. Pero cuando finalmente se detuvieron, pensaron que se estaban comportando como unos bobos. No estaban seguros de lo que les había asustado. Por lo que decidieron volver y comprobarlo.

Lo vieron muy pronto, porque venía a su encuentro. Llevaba puestos unos pantalones negros, camisa blanca y tirantes oscuros. Sam dijo: «Intentaré tocarlo. De ese modo sabremos si es real».

Se acercó y escudriñó su rostro. Tenía unos ojos brillantes y maliciosos profundamente hundidos en su cabeza. Parecía un esqueleto. Ted echó una mirada y gritó, y de nuevo él y Sam corrieron, pero esta vez el esqueleto los siguió. Cuando llegaron a casa de Ted, permanecieron frente a la puerta y lo observaron. Se quedó un momento en el camino y luego desapareció.

Un año más tarde Ted enfermó y murió. En sus últimos momentos, Sam se quedó con él todas las noches. La noche en que Ted murió, Sam dijo que su aspecto era exactamente igual al del esqueleto.

 

[De Historias de miedo para contar en la oscuridad, de Alvin Schwartz]

 

SITIO PARA UNO MÁS



Un hombre estadounidense llamado Joseph Blackwell llegó a Punta Arenas en un viaje de negocios. Se hospedó en la gran casa que unos amigos poseían en las afueras de la ciudad. Esa noche pasaron un buen rato conversando y rememorando viejos tiempos. Pero cuando Blackwell fue a la cama, comenzó a dar vueltas y no era capaz de dormir.

En un momento de la noche, oyó un auto llegar a la entrada de la casa. Se acercó a la ventana para ver quién podía arribar a una hora tan tardía. Bajo la luz de la luna vio un auto fúnebre de color negro lleno de gente. El conductor alzó la mirada hacia él. Cuando Blackwell vio su extraño y espantoso rostro, se estremeció. El conductor le dijo: «Hay sitio para uno más». Entonces el conductor esperó uno o dos minutos, y se retiró.

Por la mañana, Blackwell les contó a sus amigos lo que había pasado. «Estabas soñando», dijeron ellos. «Eso debe haber sido», repuso él, «pero no parecía un sueño». Después del desayuno se marchó a la ciudad. Pasó el día en las oficinas de uno de los nuevos y altos edificios de la ciudad.

A última hora de la tarde, él estaba esperando un ascensor que lo llevara de vuelta a la calle. Pero cuando se detuvo en su piso, este se encontraba muy lleno. Uno de los pasajeros lo miró y le dijo: «Hay sitio para uno más». Se trataba del conductor del auto fúnebre. «No, gracias», dijo Blackwell. «Esperaré al siguiente».

Las puertas se cerraron y el ascensor empezó a bajar. Se oyeron voces y gritos, y un gran estruendo. El ascensor se había desplomado contra el fondo. Todas las personas que había a bordo murieron.

 

[De Historias de miedo para contar en la oscuridad, de Alvin Schwartz]

 

ANILLOS EN SUS DEDOS



Daisy Clark había estado en coma durante más de un mes cuando el médico dijo que finalmente había muerto. Fue enterrada en un fresco día de verano en un pequeño cementerio a un kilómetro y medio de su casa.

«Que descanse siempre en paz», dijo su marido. Pero no lo hizo. A última hora de la noche, un ladrón de tumbas con una pala y una linterna comenzó a desenterrarla. Como la tierra seguía estando suelda, llegó rápidamente al ataúd y lo abrió. Su presentimiento era cierto. Daisy había sido enterrada portando dos valiosos anillos: un anillo de bodas con un diamante y un anillo con un rubí que brillaba como si estuviera vivo.

El ladrón se arrodilló y extendió sus manos dentro del ataúd para arrebatar los anillos, pero estaban totalmente adheridos a sus dedos. Así que decidió que la única manera de hacerse con ellos era cortando los dedos con un cuchillo. Pero cuando cortó el dedo con la alianza, este comenzó a sangrar, y Daisy Clark comenzó a moverse. ¡De repente, ella se sentó! Aterrorizado, el ladrón se puso en pie. Golpeó accidentalmente la linterna y la luz se apagó.

Podía oír a Daisy salir de su tumba. Al pasar junto a él en la oscuridad, el ladrón se quedó allí congelado de miedo, aferrando el cuchillo con la mano. Cuando Daisy lo vio, se cubrió con su sudario y le preguntó: ¿«Quién eres?». Al escuchar hablar al «cadáver», el ladrón de tumbas corrió. Daisy se encogió de hombros y siguió caminando, y no miró hacia atrás ni una sola vez.

Pero llevado por su temor y confusión, el ladrón huyó en la dirección equivocada. Se lanzó de cabeza en la tumba aún abierta, cayó sobre el cuchillo que llevaba en su mano y él mismo se apuñaló. Mientras Daisy caminaba hacia su hogar, el ladrón se desangró hasta morir.

 

[De Historias de miedo para contar en la oscuridad, de Alvin Schwartz]

 

JUEGOS PELIGROSOS



Era costumbre de los cinco chicos, reunirse en distintos puntos de la ciudad para realizar prácticas de espiritismo, solo por llamarlo así, pues del asunto sabían muy poco, eran simples aficionados de lo paranormal, sin ningún conocimiento sólido de lo que estaban haciendo. En repetidas ocasiones, habían intentado contactarse con seres del más allá, a través de métodos mencionados en internet o en libros comerciales de dudosa procedencia; pero como era de esperarse, no habían obtenido resultados, solo les servía para pasar el rato. En cierta ocasión, se reunieron en una solitaria propiedad en las afueras de la ciudad, de la cual se contaban horrores y se prohibía el paso. Al llegar, no vieron en el sitio nada imponente, se trataba de una diminuta y derruida cabaña, la cual no tenía si quiera espacio para ventanas, le faltaba la mitad del techo y mostraba rastros de daños por fuego. Su primera impresión los dejó tan decepcionados que decidieron marcharse a un lugar más tétrico, pero ya estaban ahí, no sería un viaje en vano. Sacaron sus artefactos, una ouija casera, un par de velas negras, sangre de animales, etc. Pero nada de esto era necesario, el lugar por si solo ya era bastante, apenas los cinco estuvieron dentro de la reducida cabaña, está se iluminó por completo, debido a una nube de fuego que se posaba en el techo, la cual no era más que la ardiente mano de Satanás, que fue invocado por verdaderos practicantes del ocultismo en épocas pasadas. La promesa para él, fue que las almas vendrían voluntariamente a sus dominios, donde podría fácilmente calcinar los cuerpos con sus llamas infernales, y robarles la esencia, alimentándose de su miedo, para llevar el resto al averno, donde experimentarían el sufrimiento eterno. Finalmente, los chicos encontraron lo que andaban buscando, contactaron con lo sobrenatural, lo sintieron, formaron parte de ello, y terminaron en sus dominios, solo que olvidaron lo principal en el trato con el Demonio, y es que él no está hecho para servir a nadie, mucho menos para ser incluido en sus juegos, buscaban solamente pasar un rato divertido, y terminaron siendo uno más de los lamentos, que se escuchan desde el infierno.

 

 


 

 

 

 

 

 

 

Fuente:

verne.elpais.com

Edición final: V.D.M.

 


martes, 3 de octubre de 2023

Rezyklon presenta: 3 historias de misterio y terror



GOLPES EN EL AUTO



Una familia, compuesta por dos pequeños y sus padres, viajaba por carretera hacia Puerto Natales cuando el auto se les averió. Los padres salieron a buscar ayuda y, para que los niños no se aburrieran, les dejaron con la radio encendida. Cayó la noche y los padres seguían sin volver cuando escucharon una inquietante noticia en la radio: un asesino muy peligroso se había escapado de un centro penitenciario cercano a Punta Arenas y pedían que se extremaran las precauciones porque era un sujeto muy peligroso. Había sido encerrado por una masacre múltiple en la Patagonia chileno argentina.

El frío golpeaba con fuerza, y esto sumado al miedo y preocupación habían tensado el ambiente entre ambos niños que discutían qué o no hacer.

Las horas pasaban y los padres de los niños no regresaban. De pronto, empezaron a escuchar golpes sobre sus cabezas. “Track, track, track”. Los golpes, que parecían provenir de algo que golpeaba la parte de arriba del auto, eran cada vez más rápidos y más fuertes. “TRACK-TRACK-TRACK”. Los niños, aterrados, no pudieron resistir más: abrieron la puerta y huyeron a toda prisa por la carretera.

Solo el mayor de los niños se atrevió a girar la cabeza para mirar qué provocaba los golpes. No debería haberlo hecho: sobre el auto había un hombre de gran tamaño, que golpeaba la parte superior del vehículo con algo que tenía en las manos: eran las cabezas de sus padres.

 

EL DESAFÍO DEL CEMENTERIO



Varias adolescentes habían ido a pasar la noche en casa de una amiga, aprovechando que sus padres estaban de viaje. Cuando apagaron las luces se pusieron a hablar de un viejo al que acababan de enterrar en un cementerio cercano. Se decía que lo habían enterrado vivo y que se le podía escuchar arañando el ataúd, intentando salir.

Una de las chicas se burló de aquella idea, así que las otras la desafiaron a que se levantara y fuera a visitar la tumba. Como prueba de que había ido, tenía que clavar una estaca de madera sobre la tierra de la tumba. La chica se fue y sus amigas apagaron la luz otra vez y esperaron a que volviera.

Pero pasó una hora, y otra más, sin que tuvieran noticias de su amiga. Se quedaron en la cama despiertas, cada vez más aterradas. Llegó la mañana y la chica no había aparecido. Aquel mismo día, los padres de la chica regresaron a casa y, junto al resto de padres, acudieron al cementerio. Encontraron a la chica tirada sobre la tumba… estaba muerta. Al agacharse para clavar la estaca en el suelo, había atrapado también el bajo de su falda. Cuando intentó levantarse y no pudo, creyó que el viejo muerto la había agarrado. Murió del susto en el acto.

[De Tened miedo… Mucho miedo. El libro de las leyendas urbanas de terror, de Jan Harold Brunvand].

 

VEN A JUGAR CONMIGO



Hace un tiempo, una amiga mía y yo decidimos hacer espiritismo por primera vez, ya que nunca antes nos habíamos atrevido a hacerlo. Llamamos a otras dos amigas para que nos acompañaran, ya que a mí me habían dicho que probablemente con solo dos personas sería más difícil que pasara algo. Nos costó trabajo convencerlas, pero al final cedieron. Lo preparamos todo y, un poco asustadas, comenzamos a hacer la ouija.

Durante la sesión, una de las compañeras a las que habíamos llamado dijo: “Yo me voy de aquí, es una tontería esto de la ouija”. Nosotras nos asustamos un poco y decidimos dejarlo para otro momento.

Al cabo de unos días, la compañera que se había ido me llamó aterrorizada, diciéndome que, de camino a casa después de haber ido a estudiar a la biblioteca, al pasar por delante de una casa en ruinas que hay cerca de su hogar, una niña vestida de blanco le había pedido que jugara con ella. Mi amiga le dijo que no podía ya que tenía prisa por llegar a su casa, y acto seguido, la niña comenzó a llorar con lágrimas de sangre. Mi amiga salió de allí corriendo y al llegar a casa fue cuando me llamó. Hasta ahí fue lo que me contó mi amiga. En un principio me lo tomé a broma, pero algo me hacía pensar que mi amiga hablaba muy en serio.

En mi habitación comencé a darle vueltas al asunto y me acordé del día en que habíamos hecho espiritismo y de las malas maneras con las que mi amiga se había retirado. Pensé que no tendría nada que ver y me dormí. Al día siguiente esa misma amiga me llamó porque iba a quedarse sola en casa estudiando y tenía miedo, así que decidí acompañarla ya que yo tenía también que estudiar. Cogí un autobús y, ya en su casa, nos pusimos a estudiar. De repente, oímos a nuestra espalda un ruido como de arañazos. Las dos miramos y comprobamos horrorizadas que la niña que ella me había descrito estaba sentada sobre la cama de mi amiga, arañando la pared. Salimos corriendo de la habitación y al llegar a la puerta observé que mi amiga no estaba, pero yo estaba demasiado asustada para esperarla.

Un rato después, la policía llamó a mi casa informándome de que mi amiga había muerto de un ataque de asma. La habían encontrado en las escaleras de su casa, con una expresión de terror en su cara. Yo estuve en tratamiento psiquiátrico unos meses y ya me estaba recuperando, pero el otro día, en mi buzón apareció una nota escrita con letra de niña pequeña que decía: “Tu amiga murió por no jugar conmigo. Tengo una muñeca nueva…”. Yo creo que es una broma, ya que nuestra historia se ha hecho bastante popular en el pueblo, pero por otra parte tengo miedo… ¿vendrá por mí?

[Del apartado Historias de miedo para campamentos de la web de cultura popular oral Anecdonet].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente:

Verne.elpais.com

Edición final: VDM.