viernes, 19 de junio de 2026

The Echo of the Unfinished




Branko empezó a levantar su vida como quien arma un rompecabezas sin mirar la imagen final. No era por prisa; era por gusto. Cada mañana encontraba una tarea y, con ella, una forma de creer en el orden. Ordenaba libros por tamaño, monedas por brillo, papeles por fecha, aunque nadie los pidiera. Limpiaba rincones que no lo ensuciaban. Tendía hilos invisibles entre una idea y otra, y cuando terminaba, se sorprendía de la precisión con que las piezas encajaban.

Decía —con una seriedad que a veces le parecía casi heroica— que el mundo debía tener un sentido, que el sentido se construía. «Se construye», se repetía, como si la palabra fuese un talismán. Su casa lo confirmaba: un pasillo recto, una mesa que no se tambaleaba, una silla que siempre quedaba a la misma distancia. Había días en que el sonido de las cosas acomodándose le calmaba el pecho, como si cada tornillo apretado apagara una alarma antigua.

 

Branko trabajaba para una oficina donde el tiempo se medía en correcciones. Se le daba bien corregir: tachaba, reescribía, ajustaba. No se limitaba a señalar errores; desarmaba el texto para volverlo a alinear. Mientras otros se frustraban con la monotonía, él se alimentaba de esa fricción. «Lo importante es lo que se arregla», pensaba, no «lo que se pierde».

Con el tiempo, entendió que su obsesión por construir no era solamente un hábito: era una defensa. Cuando por fin terminaba un esquema —una planificación impecable, un plan de cuentas, una rutina que parecía invulnerable— la tranquilidad no tardaba en ser sustituida por otra sensación, más viscosa, más difícil de nombrar.

No era miedo al fracaso. El fracaso lo conocía demasiado y no le impresionaba. Era otra cosa: miedo a la culminación, al instante en que el edificio deja de ser promesa y se vuelve morada. El día que completó un proyecto larguísimo en el trabajo, una semana entera de insomnio y cálculos, volvió a casa con la satisfacción hinchada por dentro. Se sirvió té, cerró la libreta de controles y se sentó. Y entonces, sin aviso, la calma empezó a gritarle desde el silencio.

No podía explicarlo. Tenía la prueba de que podía; sin embargo, cuando sostuvo el objeto terminado, sintió como si hubieran apagado la única luz que lo mantenía vivo: la luz del «todavía no». En cuanto ya no había siguiente paso, el pecho se le llenó de una angustia que no sabía dónde acomodar.

Esa misma noche comenzó lo que luego llamaría «sus fases», aunque nunca se lo dijo a nadie. No era una decisión pensada: era un impulso que aparecía como una picazón bajo la piel. Primero era pequeño: cambió el orden de unos libros sólo para verlos desacomodados, como si buscara en la destrucción el mismo placer que en el trabajo. Arrancó una hoja de un cuaderno donde había escrito frases que ya no usaba. Rompió una cinta de papel que había puesto con cuidado en el archivo para que todo quedara en su lugar.

Se acusó con severidad:

—«¿Qué mierda haces?», se preguntó en voz baja.

Pero la culpa no funcionaba como freno. Funciona de otra manera: después de que uno se daña, la culpa se vuelve el último resto de control. No arregla; sólo encuadra el desastre para que parezca una sentencia.

Branko no destruía por vicio, o al menos no únicamente. Destruía como quien abre una ventana para que el aire viejo se vaya; sólo que, en su caso, el aire viejo venía con algo peor: la esperanza. Porque en el momento en que se acercaba a la meta, la esperanza se convertía en una sentencia final. Llegar significaba vivir. Vivir significaba permanecer. Permanecer significaba dejar de ser el que construye y volverse el que habita un lugar ya terminado, un lugar con paredes fijas, sin posibilidad de huir hacia el «después».

Él prefería ser un albañil perpetuo: que el edificio siguiera siendo obra, que la vida fuera siempre un andamiaje. Pero cuando algo quedaba terminado, el mundo dejaba de moverse en el mapa que él había diseñado.

Empezó a coleccionar indicios de su propio destino. Los días siguientes al cierre de un proyecto, encontraba manchas de humedad donde antes no había, o se le rompía un hilo de ropa por la misma costura exacta, como si el universo tomara nota de su nerviosismo. A veces era un accidente. A veces era una intención que no se admitía. Lo cierto es que una parte de él buscaba pruebas de que el caos podía aparecer solo, sin que él lo convocara; así, la destrucción no se convertía en su culpa, sino en su inevitabilidad.

—«Mira», se decía, «no era sólo yo».

 

Su trabajo terminó llevándolo a un escalón más alto. Lo ascendieron por su capacidad de construir sistemas. Le dieron responsabilidades y plazos. Branko aceptó porque construir era lo único que tenía una forma clara de alegría. En las reuniones, hablaba con calma técnica, como si la vida fuera un software: una cosa se corrige, otra se optimiza, y el resultado final siempre puede ser mejor.

Pero la meta se acercaba con una lentitud peligrosa. Una meta verdadera no era un documento, sino una vida entera. El nuevo puesto exigía un traslado y, con él, una mudanza. Había que elegir barrio, decorar, instalarse. Había que permanecer. Branko sintió en el estómago un nudo que parecía tener dientes.

 

Cuando por fin llegó el día de firmar el contrato, estaba sentado con la pluma en la mano, en el despacho luminoso de una oficina que olía a papel nuevo. El contrato, en sí, era sencillo. Lo complejo era el hecho de que ese papel cerraba puertas. Le ataba el futuro a una dirección exacta.

Firmó. Lo hizo con letra firme, con la misma letra con que había completado reportes, listas y planos. Sin embargo, apenas terminó, una idea feroz le rozó la mente: 

—«Ahora no puedes hacer como antes».

 

Ese mismo día empezó la cadena. Primero, pequeñas torpezas: se le cayó una caja de tornillos, y al barrer se le perdió un taco. Luego, un enchufe que no encajaba. Un problema de internet que tardó semanas. Después, se le rompió la llave de la puerta principal en la cerradura, como si la realidad se negara a permitirle entrar sin una lucha.

Nadie sospechaba de su mano porque su mano era invisible. Él no actuaba como un villano que rompe con fuerza; actuaba como un hombre que se resbala. Un gesto mal medido, una coincidencia repetida, un descuido que llegaba justo en el borde de la calma. Si alguien le preguntaba por qué parecía tener mala suerte, Branko sonreía con cansancio y decía que la vida era así.

En el fondo, la vida lo era. Pero no como él había querido. La vida no estaba construyéndose como él imaginaba: se estaba rompiendo alrededor de su deseo de permanecer en el estado de obra. 

En su nueva casa, las cosas aún no terminaban de encajar. Había cajas abiertas y otras cerradas. Había paredes sin cuadros, y el eco del cuarto lo perseguía como un pensamiento que no se va. Él trabajaba, cumplía horarios, sonreía. Pero por dentro se iba reuniendo una fiebre muda.

Se descubrió, de pronto, mirando el calendario como se mira una condena. Cada día que pasaba acercaba la fecha en que «ya estaría todo listo». Esa frase, para cualquier otro, sería promesa. Para Branko era una amenaza.

Una noche, cuando el cansancio lo hizo bajar la guardia, encendió una lámpara de su sala con intención de sentirse a salvo. La luz era cálida, el aire olía a pintura reciente y a polvo viejo. Se sentó en el suelo y apoyó la espalda en el sofá que todavía no tenía funda. Quiso imaginarse viviendo allí, cómodo y estable, como un animal domesticado que por fin acepta el yugo.

No pudo. Le pareció que la idea de vivir allí era la idea de una jaula.

Entonces hizo algo irreversible. No fue dramático. Fue metódico. Tomó una herramienta que había dejado para «cuando tuviera tiempo», y la usó para abrir lo que debía quedar cerrado. No arrancó de golpe: fue abriendo lentamente, como si quisiera que el caos entrara con respeto. Desinstaló, cortó, separó. Lo que en su mente era un procedimiento, en la casa se volvió un vacío. 

Cuando terminó, la sala quedó extrañamente en silencio. El desastre estaba ahí sin ruido; sin embargo, Branko escuchó el golpe más fuerte dentro de su cabeza.

Se miró las manos. Tenía polvo en las uñas y un temblor mínimo. Sintió una satisfacción breve y absurda, como la de haber escapado. Luego llegó la tristeza, no la tristeza de la pérdida, sino la tristeza de la certeza: había vuelto a destruir antes de habitar.

Branko durmió poco. Soñó con el hormiguero del que hablaban sin saber que era una metáfora. Soñó con pasillos blancos, con galerías interminables, con un edificio que no tenía final porque el final era la muerte. En el sueño, las hormigas lo arrastraban por el suelo como si él fuera una pieza mal colocada. Él intentaba ordenar, pero el hormiguero se lo tragaba todo. 

A la mañana siguiente se levantó con el corazón pesado.

—«Mañana lo arreglaré», se dijo. «Mañana».

Pero «mañana» ya no era un plan; era un refugio. El refugio perfecto porque siempre permite seguir construyendo y nunca obliga a vivir en el edificio.

Branko intentó reparar. Llamó a técnicos, pidió piezas, revisó. Pagó, esperó, soportó. Sin embargo, se dio cuenta de algo que lo dejó peor que antes: cada reparación le aumentaba la certeza de que el edificio estaba hecho para terminarse. Cada tornillo colocado era una promesa que el destino cobraba.

El caos que él celebraba como escape se había convertido en su única herramienta. Al destruir, también mantenía la obra inconclusa; al reparar, la completaba más y más. Su tristeza nacía de esa contradicción insoluble: cada acto que le devolvía la forma lo empujaba hacia el punto en que ya no habría lugar para su huida.

 

Pasaron semanas, luego meses. La casa siguió sin terminar. Los espacios tenían una belleza incompleta, como cuadros a medio secar. Branko se movía de un lado a otro, cuidando que ninguna cosa quedara del todo bien.

Cuando la gente venía, fingía normalidad. Ofrecía té en tazas que no coincidían del todo. Celebraba pequeños avances como si fueran grandes logros.

—«Todavía falta», decía con una sonrisa que no le pertenecía. Nadie veía el terror escondido en ese «todavía».

 

Él comenzó a notar que su impulso de destruir no era sólo contra el mundo: era contra su propia posibilidad de descanso. Branko no sabía cómo detenerse. Y mientras no se detuviera, podía conservar la ilusión de que no había terminado nada. Podía vivir en el umbral, en el borde de la meta.

Pero el umbral se vuelve un sitio también. Y él estaba empezando, lentamente, a habitarlo.

Una tarde, cuando el cielo tenía ese color gris que parece perpetuo en el otoño magallánico, Branko caminó por su casa como quien revisa una escena. Observó sus libros alineados, su escritorio ordenado, sus cajones con etiquetas. Todo había quedado «bien», pero el «bien» le sonaba falso, como un cuerpo sin alma. 

Se sentó y se quedó quieto. Sintió que el caos que había alimentado ya no era un escape; era un hábito. Se preguntó, con una honestidad cruel:

—«Si el edificio ya no me deja vivir, ¿para qué mierda lo construyo?»

 

No encontró respuesta. Lo que encontró fue la oscuridad de la misma pregunta: la meta no era un lugar al que llegar, sino un momento en que la vida deja de ser evitación.

Esa noche, en vez de destruir otra cosa, destruyó lo que no podía arreglarse. Fue una decisión sin voz, como un paso en la oscuridad: cerró el gas, luego abrió la llave de la estufa como si quisiera usarla, pero no para cocinar. No fue un gesto de furia, fue una culminación sucia, una meta final.

Cuando el aire se llenó de una pesadez que no se oye, pero se siente, Branko entendió demasiado tarde la trampa: temía habitar el edificio, sí, pero no había escapado al habitar; simplemente había cambiado la casa. Él mismo había terminado siendo el cuarto donde nadie entra. 

La última imagen que tuvo fue el pasillo de su antigua oficina, con sus paredes impolutas y su luz blanca. Se vio a sí mismo corrigiendo papeles, convencido de que siempre habría un «todavía no». Quiso volver, pero la oscuridad lo envolvió como una manta que aprieta.

No hubo final heroico. No hubo un arrepentimiento claro, sólo una quietud triste, más quieta que cualquier meta, más definitiva que cualquier andamiaje.

 

Al día siguiente, alguien encontró la puerta abierta apenas, como si el caos hubiera dejado de ser suyo y se hubiera convertido en costumbre. Miraron adentro y vieron una casa ordenada y, a la vez, destruida por dentro. Nada parecía dramático: la mesa estaba donde debía, los objetos estaban puestos con una lógica que ya no servía. Era como si la vida, por fin, hubiera hecho lo único que Branko no había querido permitir: cerrar el edificio.

Y el caos, al final, no llegó con estrépito… llegó con esa misma calma con que uno termina un plano y se da cuenta de que la firma también es una sentencia.

Si Branko Stipetić hubiese tenido un pensamiento para decirlo, quizá habría sido el mismo que el de la frase: «… que algunos hombres no temen al final de su obra, sino a la hora en que la obra deja de ser su excusa para seguir construyendo y se vuelve su cárcel».

 

El edificio seguía ahí, pero él ya no. Y durante un tiempo —lo suficiente para que la casa respirara su propia soledad— las cosas permanecieron casi intactas, como si el hormiguero, aunque esté vivo, no necesita testigos para seguir trabajando en silencio.




 


 

 

Escrito por: H.P. Hatecraft.

Basado en: Memorias del subsuelo, cap. IX de Fiódor Mijáilovich Dostoyevski.

Edición final: Vëthriön Asathørn.