Branko empezó a
levantar su vida como quien arma un rompecabezas sin mirar la imagen final. No
era por prisa; era por gusto. Cada mañana encontraba una tarea y, con ella, una
forma de creer en el orden. Ordenaba libros por tamaño, monedas por brillo,
papeles por fecha, aunque nadie los pidiera. Limpiaba rincones que no lo
ensuciaban. Tendía hilos invisibles entre una idea y otra, y cuando terminaba,
se sorprendía de la precisión con que las piezas encajaban.
Decía —con una
seriedad que a veces le parecía casi heroica— que el mundo debía tener un
sentido, que el sentido se construía. «Se construye», se repetía, como si la
palabra fuese un talismán. Su casa lo confirmaba: un pasillo recto, una mesa
que no se tambaleaba, una silla que siempre quedaba a la misma distancia. Había
días en que el sonido de las cosas acomodándose le calmaba el pecho, como si
cada tornillo apretado apagara una alarma antigua.
Branko trabajaba
para una oficina donde el tiempo se medía en correcciones. Se le daba bien
corregir: tachaba, reescribía, ajustaba. No se limitaba a señalar errores;
desarmaba el texto para volverlo a alinear. Mientras otros se frustraban con la
monotonía, él se alimentaba de esa fricción. «Lo importante es lo que se
arregla», pensaba, no «lo que se pierde».
Con el tiempo,
entendió que su obsesión por construir no era solamente un hábito: era una
defensa. Cuando por fin terminaba un esquema —una planificación impecable, un
plan de cuentas, una rutina que parecía invulnerable— la tranquilidad no
tardaba en ser sustituida por otra sensación, más viscosa, más difícil de
nombrar.
No era miedo al
fracaso. El fracaso lo conocía demasiado y no le impresionaba. Era otra cosa:
miedo a la culminación, al instante en que el edificio deja de ser promesa y se
vuelve morada. El día que completó un proyecto larguísimo en el trabajo, una
semana entera de insomnio y cálculos, volvió a casa con la satisfacción
hinchada por dentro. Se sirvió té, cerró la libreta de controles y se sentó. Y
entonces, sin aviso, la calma empezó a gritarle desde el silencio.
No podía explicarlo.
Tenía la prueba de que podía; sin embargo, cuando sostuvo el objeto terminado,
sintió como si hubieran apagado la única luz que lo mantenía vivo: la luz del «todavía
no». En cuanto ya no había siguiente paso, el pecho se le llenó de una angustia
que no sabía dónde acomodar.
Esa misma noche
comenzó lo que luego llamaría «sus fases», aunque nunca se lo dijo a nadie. No
era una decisión pensada: era un impulso que aparecía como una picazón bajo la
piel. Primero era pequeño: cambió el orden de unos libros sólo para verlos
desacomodados, como si buscara en la destrucción el mismo placer que en el
trabajo. Arrancó una hoja de un cuaderno donde había escrito frases que ya no
usaba. Rompió una cinta de papel que había puesto con cuidado en el archivo
para que todo quedara en su lugar.
Se acusó con
severidad:
—«¿Qué mierda haces?»,
se preguntó en voz baja.
Pero la culpa no
funcionaba como freno. Funciona de otra manera: después de que uno se daña, la
culpa se vuelve el último resto de control. No arregla; sólo encuadra el
desastre para que parezca una sentencia.
Branko no destruía
por vicio, o al menos no únicamente. Destruía como quien abre una ventana para
que el aire viejo se vaya; sólo que, en su caso, el aire viejo venía con algo
peor: la esperanza. Porque en el momento en que se acercaba a la meta, la
esperanza se convertía en una sentencia final. Llegar significaba vivir. Vivir
significaba permanecer. Permanecer significaba dejar de ser el que construye y
volverse el que habita un lugar ya terminado, un lugar con paredes fijas, sin
posibilidad de huir hacia el «después».
Él prefería ser un
albañil perpetuo: que el edificio siguiera siendo obra, que la vida fuera
siempre un andamiaje. Pero cuando algo quedaba terminado, el mundo dejaba de
moverse en el mapa que él había diseñado.
Empezó a coleccionar
indicios de su propio destino. Los días siguientes al cierre de un proyecto,
encontraba manchas de humedad donde antes no había, o se le rompía un hilo de
ropa por la misma costura exacta, como si el universo tomara nota de su
nerviosismo. A veces era un accidente. A veces era una intención que no se
admitía. Lo cierto es que una parte de él buscaba pruebas de que el caos podía
aparecer solo, sin que él lo convocara; así, la destrucción no se convertía en
su culpa, sino en su inevitabilidad.
—«Mira», se decía, «no
era sólo yo».
Su trabajo terminó
llevándolo a un escalón más alto. Lo ascendieron por su capacidad de construir
sistemas. Le dieron responsabilidades y plazos. Branko aceptó porque construir
era lo único que tenía una forma clara de alegría. En las reuniones, hablaba
con calma técnica, como si la vida fuera un software: una cosa se corrige, otra
se optimiza, y el resultado final siempre puede ser mejor.
Pero la meta se
acercaba con una lentitud peligrosa. Una meta verdadera no era un documento,
sino una vida entera. El nuevo puesto exigía un traslado y, con él, una
mudanza. Había que elegir barrio, decorar, instalarse. Había que permanecer. Branko
sintió en el estómago un nudo que parecía tener dientes.
Cuando por fin llegó
el día de firmar el contrato, estaba sentado con la pluma en la mano, en el
despacho luminoso de una oficina que olía a papel nuevo. El contrato, en sí,
era sencillo. Lo complejo era el hecho de que ese papel cerraba puertas. Le
ataba el futuro a una dirección exacta.
Firmó. Lo hizo con letra firme, con la misma letra con que había completado reportes, listas y planos. Sin embargo, apenas terminó, una idea feroz le rozó la mente:
—«Ahora no
puedes hacer como antes».
Ese mismo día empezó
la cadena. Primero, pequeñas torpezas: se le cayó una caja de tornillos, y al
barrer se le perdió un taco. Luego, un enchufe que no encajaba. Un problema de
internet que tardó semanas. Después, se le rompió la llave de la puerta
principal en la cerradura, como si la realidad se negara a permitirle entrar
sin una lucha.
Nadie sospechaba de
su mano porque su mano era invisible. Él no actuaba como un villano que rompe
con fuerza; actuaba como un hombre que se resbala. Un gesto mal medido, una
coincidencia repetida, un descuido que llegaba justo en el borde de la calma.
Si alguien le preguntaba por qué parecía tener mala suerte, Branko sonreía con
cansancio y decía que la vida era así.
En el fondo, la vida lo era. Pero no como él había querido. La vida no estaba construyéndose como él imaginaba: se estaba rompiendo alrededor de su deseo de permanecer en el estado de obra.
En su nueva casa,
las cosas aún no terminaban de encajar. Había cajas abiertas y otras cerradas.
Había paredes sin cuadros, y el eco del cuarto lo perseguía como un pensamiento
que no se va. Él trabajaba, cumplía horarios, sonreía. Pero por dentro se iba
reuniendo una fiebre muda.
Se descubrió, de
pronto, mirando el calendario como se mira una condena. Cada día que pasaba
acercaba la fecha en que «ya estaría todo listo». Esa frase, para cualquier
otro, sería promesa. Para Branko era una amenaza.
Una noche, cuando el
cansancio lo hizo bajar la guardia, encendió una lámpara de su sala con
intención de sentirse a salvo. La luz era cálida, el aire olía a pintura
reciente y a polvo viejo. Se sentó en el suelo y apoyó la espalda en el sofá
que todavía no tenía funda. Quiso imaginarse viviendo allí, cómodo y estable,
como un animal domesticado que por fin acepta el yugo.
No pudo. Le pareció
que la idea de vivir allí era la idea de una jaula.
Entonces hizo algo irreversible. No fue dramático. Fue metódico. Tomó una herramienta que había dejado para «cuando tuviera tiempo», y la usó para abrir lo que debía quedar cerrado. No arrancó de golpe: fue abriendo lentamente, como si quisiera que el caos entrara con respeto. Desinstaló, cortó, separó. Lo que en su mente era un procedimiento, en la casa se volvió un vacío.
Cuando terminó, la
sala quedó extrañamente en silencio. El desastre estaba ahí sin ruido; sin
embargo, Branko escuchó el golpe más fuerte dentro de su cabeza.
Se miró las manos.
Tenía polvo en las uñas y un temblor mínimo. Sintió una satisfacción breve y
absurda, como la de haber escapado. Luego llegó la tristeza, no la tristeza de
la pérdida, sino la tristeza de la certeza: había vuelto a destruir antes de
habitar.
Branko durmió poco. Soñó con el hormiguero del que hablaban sin saber que era una metáfora. Soñó con pasillos blancos, con galerías interminables, con un edificio que no tenía final porque el final era la muerte. En el sueño, las hormigas lo arrastraban por el suelo como si él fuera una pieza mal colocada. Él intentaba ordenar, pero el hormiguero se lo tragaba todo.
A la mañana
siguiente se levantó con el corazón pesado.
—«Mañana lo
arreglaré», se dijo. «Mañana».
Pero «mañana» ya no
era un plan; era un refugio. El refugio perfecto porque siempre permite seguir
construyendo y nunca obliga a vivir en el edificio.
Branko intentó
reparar. Llamó a técnicos, pidió piezas, revisó. Pagó, esperó, soportó. Sin
embargo, se dio cuenta de algo que lo dejó peor que antes: cada reparación le
aumentaba la certeza de que el edificio estaba hecho para terminarse. Cada
tornillo colocado era una promesa que el destino cobraba.
El caos que él
celebraba como escape se había convertido en su única herramienta. Al destruir,
también mantenía la obra inconclusa; al reparar, la completaba más y más. Su
tristeza nacía de esa contradicción insoluble: cada acto que le devolvía la
forma lo empujaba hacia el punto en que ya no habría lugar para su huida.
Pasaron semanas,
luego meses. La casa siguió sin terminar. Los espacios tenían una belleza
incompleta, como cuadros a medio secar. Branko se movía de un lado a otro,
cuidando que ninguna cosa quedara del todo bien.
Cuando la gente
venía, fingía normalidad. Ofrecía té en tazas que no coincidían del todo.
Celebraba pequeños avances como si fueran grandes logros.
—«Todavía falta»,
decía con una sonrisa que no le pertenecía. Nadie veía el terror escondido en
ese «todavía».
Él comenzó a notar
que su impulso de destruir no era sólo contra el mundo: era contra su propia
posibilidad de descanso. Branko no sabía cómo detenerse. Y mientras no se
detuviera, podía conservar la ilusión de que no había terminado nada. Podía
vivir en el umbral, en el borde de la meta.
Pero el umbral se
vuelve un sitio también. Y él estaba empezando, lentamente, a habitarlo.
Una tarde, cuando el cielo tenía ese color gris que parece perpetuo en el otoño magallánico, Branko caminó por su casa como quien revisa una escena. Observó sus libros alineados, su escritorio ordenado, sus cajones con etiquetas. Todo había quedado «bien», pero el «bien» le sonaba falso, como un cuerpo sin alma.
Se sentó y se quedó
quieto. Sintió que el caos que había alimentado ya no era un escape; era un
hábito. Se preguntó, con una honestidad cruel:
—«Si el edificio ya
no me deja vivir, ¿para qué mierda lo construyo?»
No encontró
respuesta. Lo que encontró fue la oscuridad de la misma pregunta: la meta no
era un lugar al que llegar, sino un momento en que la vida deja de ser
evitación.
Esa noche, en vez de
destruir otra cosa, destruyó lo que no podía arreglarse. Fue una decisión sin
voz, como un paso en la oscuridad: cerró el gas, luego abrió la llave de la
estufa como si quisiera usarla, pero no para cocinar. No fue un gesto de furia,
fue una culminación sucia, una meta final.
Cuando el aire se llenó de una pesadez que no se oye, pero se siente, Branko entendió demasiado tarde la trampa: temía habitar el edificio, sí, pero no había escapado al habitar; simplemente había cambiado la casa. Él mismo había terminado siendo el cuarto donde nadie entra.
La última imagen que
tuvo fue el pasillo de su antigua oficina, con sus paredes impolutas y su luz
blanca. Se vio a sí mismo corrigiendo papeles, convencido de que siempre habría
un «todavía no». Quiso volver, pero la oscuridad lo envolvió como una manta que
aprieta.
No hubo final
heroico. No hubo un arrepentimiento claro, sólo una quietud triste, más quieta
que cualquier meta, más definitiva que cualquier andamiaje.
Al día siguiente,
alguien encontró la puerta abierta apenas, como si el caos hubiera dejado de
ser suyo y se hubiera convertido en costumbre. Miraron adentro y vieron una
casa ordenada y, a la vez, destruida por dentro. Nada parecía dramático: la
mesa estaba donde debía, los objetos estaban puestos con una lógica que ya no
servía. Era como si la vida, por fin, hubiera hecho lo único que Branko no
había querido permitir: cerrar el edificio.
Y el caos, al final,
no llegó con estrépito… llegó con esa misma calma con que uno termina un plano
y se da cuenta de que la firma también es una sentencia.
Si Branko Stipetić
hubiese tenido un pensamiento para decirlo, quizá habría sido el mismo que el
de la frase: «… que algunos hombres no temen al final de su obra, sino a la
hora en que la obra deja de ser su excusa para seguir construyendo y se vuelve
su cárcel».
El edificio seguía
ahí, pero él ya no. Y durante un tiempo —lo suficiente para que la casa
respirara su propia soledad— las cosas permanecieron casi intactas, como si el
hormiguero, aunque esté vivo, no necesita testigos para seguir trabajando en
silencio.
Escrito por: H.P. Hatecraft.
Basado en: Memorias del subsuelo, cap. IX de Fiódor Mijáilovich Dostoyevski.
Edición final: Vëthriön Asathørn.



