«El fin no llegó con fuego ni con trompetas, sino con
silencio.
Primero fue la detención del tiempo interior: los hombres
seguían caminando, hablando, respirando, pero sus almas comenzaron a
retrasarse, como sombras cansadas que ya no podían seguir el ritmo de la carne.
Nadie lo notó hasta la primera muerte que no fue completa.
Cuando el anciano Richard Brass cayó en la plaza, su cuerpo
se enfrió como siempre, pero su espíritu no partió. Permaneció suspendido,
separado, consciente. A los siete días exactos, volvió.
El mundo ya conocía la regla entonces:
"después de siete noches, el alma regresaba".
El fantasma se levantaba del aire mismo, pálido, ansioso,
arrastrando el recuerdo de lo que había sido. Buscaba su cuerpo —ese recipiente
terrenal que lo había aprisionado— y al hallarlo, comenzaba el juicio.
—¿Por qué me has torturado? —susurró el alma de Richard al cadáver—. ¡Fétida tierra! ¡Casa de gusanos que nunca pedí!
Los vivos escucharon el diálogo por primera vez y
comprendieron demasiado tarde: el apocalipsis no era la muerte, sino la
rendición de cuentas entre cuerpo y alma.
Las almas acusaban.
Los cuerpos callaban.
Cada espíritu relataba su condena: las lujurias, los excesos,
la pereza, la violencia. Decían que habitar la carne había sido como vivir mil
inviernos sin sol, un encierro lento, viscoso, inevitable.
—Yo moraba en ti —decían— y no podía huir.
Tu deseo era mi prisión.
Tu hambre, mi castigo.
Las ciudades se llenaron de voces frías hablando con el
polvo. Nadie dormía ya. A la séptima noche de cada muerte, los vivos se
escondían, no por miedo a los fantasmas, sino por vergüenza.
Porque algunos cuerpos comenzaron a responder.
No con palabras, sino con movimientos. Cadáveres que se
erguían torpemente, como si la carne, humillada, intentara justificarse. La
separación se volvió guerra: alma contra cuerpo, espíritu contra materia.
Entonces ocurrió lo irreversible.
Las almas dejaron de volver a sus propios cuerpos y
comenzaron a buscar otros. Los vivos sintieron el desgarro: una presencia ajena
intentando entrar, reclamando carne que no le pertenecía. El mundo se convirtió
en un campo de posesiones fallidas y cuerpos vacíos.
Finalmente, el cielo se oscureció, no por nubes, sino por
espíritus errantes. No había gloria ni castigo; la muerte ya no discernía. Solo
quedaba la consecuencia eterna de no haber escuchado el curso del alma mientras
aún habitaba la carne.
Y así terminó el hombre: no destruido, sino dividido para
siempre».
Creado por: IAn «Ülveer» Moone.
Cuento apocalíptico basado en el tema: «A Thousand Winters»
de Winterfylleth.
Edición final: Jarl Asathørn.



