martes, 17 de febrero de 2026

La «Nueva Normalidad»...




Vivimos tiempos turbulentos y peligrosos —no es una novedad— marcados por cambios vertiginosos y una aparente inversión de valores que antes eran pilares de nuestra sociedad (Alguna vez Jarl Asathørn escribió sobre esto). Es innegable que algo no anda bien cuando la normalidad se redefine constantemente, y lo que antes era inaceptable, hoy se presenta como algo común, entre gritos y aplausos, y hasta celebrado.

 

El Desfile de la «Nueva Normalidad»:

¿Progreso o Retroceso?

Uno de los síntomas más evidentes de esta transformación social es la creciente aceptación de comportamientos y manifestaciones que, desde una perspectiva tradicional, serían considerados aberrantes, y enfermizos. El desfile del «Orgullo Gay» es un claro ejemplo. La lucha por la igualdad y el respeto a la diversidad sexual es innecesaria, sobre todo la exhibición pública de ciertos comportamientos, a menudo con una carga sexual explícita y asquerosa, que genera controversia y cuestionamientos… pero no cambios.

La presencia de depravados sexuales: hombres adultos y viejos asquerosos disfrazados de ‘drag queens’ en escuelas, con espectáculos dirigidos a niños y la aprobación de los padres, es otro ejemplo preocupante y crítico.

¿Es esto una forma de educar en la diversidad o una exposición prematura a temas que deberían ser abordados con mayor prudencia y en un contexto adecuado?

La línea entre la inclusión y la imposición se vuelve difusa, y la sociedad se ve obligada a debatir constantemente sobre los límites de la libertad de expresión y la protección de la infancia.

Organizaciones como LGBTQ+ han ganado una influencia sin precedentes en la sociedad. Su capacidad para influir en las políticas gubernamentales y en la opinión pública es innegable. Su lucha por la igualdad y el reconocimiento de sus derechos es absurda, la imposición de sus ideas y la censura de cualquier crítica o disidencia generan preocupación.

También es importante destacar que dentro de estos movimientos existen individuos con agendas ocultas y comportamientos cuestionables. Las acusaciones de pederastia y la distribución de material pornográfico infantil, aunque minoritarias, empañan la imagen de estos grupos y generan desconfianza. La defensa a ultranza de ciertos comportamientos, sin importar las consecuencias, es un síntoma de una sociedad que ha perdido el sentido de la proporción y la responsabilidad.

 

Otros ejemplos de la decadencia

La proliferación de individuos que se identifican con animales, los llamados *«therians», es otro síntoma preocupante. Si bien la libertad individual es un derecho fundamental, la normalización de comportamientos que antes eran considerados propios de enfermedades mentales plantea interrogantes sobre la salud mental de la sociedad.

[*Therians: El término therian proviene de ‘therianthrope’, palabra derivada del griego ther (bestia salvaje) y anthropos (ser humano)].

 

¿Estamos ante un problema real que no se está abordando adecuadamente, o simplemente ante una moda pasajera?

La falta de debate y la aceptación acrítica de estos comportamientos sugieren que la sociedad ha perdido la capacidad de discernir entre lo normal y lo patológico. La terapia y los manicomios, que en el pasado eran herramientas para tratar estas condiciones, han sido reemplazados por la aceptación y la normalización, lo que podría estar perpetuando el problema de personas con graves problemas mentales en lugar de solucionarlo.

 

Son múltiples las causas que han contribuido a esta decadencia social. Entre ellas, podemos destacar:

La pérdida de valores tradicionales: La familia, la religión y la moral han perdido su influencia en la sociedad. El individualismo y el hedonismo han ganado terreno, y la búsqueda del placer y la satisfacción personal se han convertido en los objetivos principales de la vida.

La influencia de los medios de comunicación: Los medios de comunicación, especialmente las malditas redes sociales, han contribuido a la difusión de ideas y comportamientos que antes eran marginales. La censura y la manipulación de la información han generado una polarización social y una pérdida de confianza en las instituciones.

La falta de educación: La educación, en muchos casos, ha dejado de transmitir valores y conocimientos esenciales para la formación de ciudadanos críticos y responsables. La ideologización de la educación y la falta de rigor académico han contribuido a la ignorancia y la manipulación. Hoy todos salen de colegios y universidades sabiendo menos y contaminados por profesores que abiertamente son de izquierda progresista.

La crisis económica: La crisis económica ha generado frustración, desesperanza y una pérdida de confianza en el futuro. La desigualdad social y la falta de oportunidades han exacerbado los conflictos y han contribuido a la desintegración social.

La globalización: La globalización ha facilitado la difusión de ideas y comportamientos que chocan con los valores tradicionales. La homogeneización cultural y la pérdida de identidad han generado una sensación de desarraigo y alienación.

 

Las consecuencias de esta decadencia social son preocupantes. Entre ellas, podemos destacar:

La desintegración social: La pérdida de valores, la polarización social y la falta de confianza en las instituciones están erosionando los lazos sociales y generando una sociedad más fragmentada y conflictiva.

La pérdida de libertad: La imposición de ideas y la censura de grupos organizados como ANTIFA, el movimiento LGBTQ, George Soros y todas las organizaciones bajo su alero, están limitando la libertad de expresión y el debate público. La corrección política y el pensamiento único desviado a sexualizarlo todo están ahogando la diversidad de opiniones y la creatividad.

La crisis de la democracia: La pérdida de confianza en las instituciones, la corrupción y la manipulación de la información están socavando la legitimidad de la democracia. La participación ciudadana se reduce y el populismo y el autoritarismo ganan terreno.

La crisis de la salud mental: La ansiedad, la depresión y el suicidio están en aumento. La falta de sentido de la vida, la soledad y la demencia están generando una crisis de salud mental sin precedentes.

La violencia: La violencia, tanto física como verbal, está en aumento. La intolerancia, el odio y la falta de respeto por los demás están generando una sociedad más insegura y conflictiva.

 

La decadencia social es un fenómeno complejo y multifacético. No voy a mentirles: no existe una solución fácil ni una respuesta única. Sin embargo, es fundamental tomar conciencia de la gravedad de la situación y actuar para revertir esta tendencia.

Es necesario recuperar los valores tradicionales, fortalecer la familia, promover la educación, fomentar el debate público y defender la libertad de expresión, pero con ciertos límites.

Es necesario combatir la corrupción, la desigualdad social y la manipulación de la información.

Es necesario construir una sociedad más justa, solidaria y respetuosa, pero no con la diversidad sexual con exposición pública, ni con viejos vestidos de mujeres haciendo shows eróticos a niños de educación básica.

 

Depende de cada uno de nosotros asumir la responsabilidad de construir un futuro mejor. La lucha por la supervivencia de nuestra sociedad, de nuestros valores y de nuestra cultura, es una tarea que nos concierne a todos, y debemos hacerlo antes de que no haya vuelta atrás…

… porque estamos al borde del precipicio… y el infierno se ve cada vez más cerca.

 

Escrito por: IAn «Ülveer» Moone.

Una idea de: Jarl Asathørn.

Edición final: Jarl Asathørn. 

lunes, 16 de febrero de 2026

Magellanske skoger [Sørlig belysning]

 


Bosques de Magallanes

(Iluminación Austral)

 

«He visto los bosques del sur

como se ve un sueño bajo fiebre:

negros, inclinados,

con el viento insertando clavos invisibles

en la carne verde del musgo.

 

He caminado donde el mundo termina

en una respiración de hielo,

donde la luz es un cuchillo pálido

y el cielo no promete nada

más que su inmensa indiferencia.

 

¡Oh Magallanes!,

territorio de pumas mudos

y lengas torcidas como pensamientos antiguos,

yo te he bebido

como se bebe un licor amargo

en la garganta de un desterrado.

 

El coirón—

ese cabello seco de la tierra,

esa barba dorada del desierto frío—

cruje bajo las botas

como si el suelo hablara

en un idioma de huesos.

 

Y todo es viento.

Todo es viento que golpea

como una mano sin dueño,

como una blasfemia interminable

sobre las pampas vacías.

 

En estos campos

uno aprende que la soledad

no es un sentimiento:

es un paisaje.

 

Los bosques de lenga,

los ñires encendidos en otoño

como cartas incendiadas,

son catedrales sin dios

donde la nieve canta

su himno blanco,

su salmo de silencio.

 

He visto caer la nieve austral

con una lentitud de ceniza,

como si el cielo fumara

los últimos cigarrillos

del planeta.

 

Cada copo

es un mensaje ilegible,

una escritura de otro mundo

que se deshace en la piel

antes de ser comprendida.

 

Y el frío…

el frío no es clima:

es una presencia interminable.

 

El frío es un animal transparente

que se sienta en el pecho,

que muerde las manos,

que vigila los pensamientos

hasta volverlos cristal.

 

En Magallanes

hasta el alma se escarcha.

 

Los ríos corren oscuros,

con una desesperación mineral,

como venas de la tierra

abriéndose paso

entre piedras y glaciares.

 

Y el bosque respira

con pulmones de niebla.

 

A veces,

entre ramas mojadas,

uno escucha

un rumor de siglos:

 

los pasos de los kawésqar,

las voces perdidas

en el viento,

las fogatas apagadas

bajo tormentas interminables.

 

Aquí el tiempo

no avanza:

se pudre lentamente

en la corteza húmeda.

 

Yo he querido huir

de mí mismo

en estas latitudes.

 

He querido ser solo

un cuerpo atravesado por la intemperie,

una mirada sin nombre

perdida en el sur absoluto.

 

Porque en estos bosques

la civilización es una mentira lejana,

un ruido ridículo

más allá del horizonte.

 

Aquí manda el silencio.

Aquí manda el hielo.

Aquí manda el coirón

con su dignidad seca

de espada humilde.

 

¡Oh nieve austral!,

tú que cubres las ruinas del mundo

con tu pureza cruel,

tú que borras las huellas

como si la existencia

fuera un error que corregir.

 

Yo te saludo

como se saluda a un destino.

 

Bosques de Magallanes:

última embriaguez de la tierra,

último delirio verde

antes del muro blanco.

 

Yo he sido un poeta

en el confín del mapa,

un muchacho febril

en la boca del invierno,

 

y he entendido, por fin,

que la belleza

no siempre consuela:

a veces es solo

un frío esplendor

que nos mira pasar

sin decir nada».

 

Una idea poética de: vikingodemagellan.blogspot.com

Edición final: Jarl Asathørn.

viernes, 13 de febrero de 2026

The Lake of Forgotten Sins


 

EL LAGO DE LOS PECADOS OLVIDADOS

 

Parte 1:

La Llegada al Infierno Acuático

Era el verano de 1999, y el lago Crystal había sido reabierto tras décadas de abandono. Las autoridades locales, presionadas por el turismo, habían reacondicionado las antiguas cabañas destartaladas a orillas del agua cristalina pero siniestra. Algunos bañistas habían desaparecido en las primeras semanas, pero la policía patrullaba cada tres días, lo suficiente para calmar los nervios de los poderosos de la ciudad. Nadie hablaba de las leyendas: un niño ahogado en los 50, un asesino enmascarado invencible. Solo cuentos para asustar turistas.

 

Vanessa «Vane» Hargrove, sobrina del alcalde, era la reina indiscutible de la secundaria. A sus 17 años, su belleza rubia y curvilínea ocultaba un alma podrida, alimentada por años de impunidad. «Esta vez va a ser épico», le susurró a su novio, Tyler, un quarterback musculoso con sonrisa de tiburón, mientras lideraban la caravana de tres SUVs negros hacia el lago. En total, 14 jóvenes: hijos de abogados, empresarios y políticos. Desatados, sin límites. Drogas, alcohol, y sexo salvaje. Su objetivo principal: Emily Carter, la chica dulce y tímida de 16 años, la más brillante de la escuela. Vane la odiaba por robarle el protagonismo académico y por ser «tan jodidamente pura».

 

—Emily, ¡ven, siéntate conmigo! —gritó Vane con falsa dulzura al recogerla en la puerta de su casa humilde—. Será el campamento del año. No seas tímida, ni perdedora.

 

Emily, con su cabello castaño recogido en una coleta y gafas grandes, sonrió nerviosa. Sabía que era una trampa, pero rechazar a Vane significaba ostracismo total.

—G-gracias, Vane. Suena divertido.

 

Lo que Emily no sabía era que su hermano mayor, Alex, de 19 años, un tipo fornido y protector que trabajaba en una gasolinera, la seguía en su viejo Chevy con su mejor amigo, Marco. Habían visto la caravana partir y no confiaban ni un pelo en la perra de Vane.

 

—Esa zorra de Vane va a hacerla mierda —gruñó Alex, pisando el acelerador—. Nos quedamos cerca, vigilando. Si pasa algo, entramos y rompemos algunos hocicos.

 

—Estoy listo para patear los culos de esos hijos de perra. —agrega Marco.

 

Llegaron al atardecer. Las cabañas crujían bajo el viento, el lago reflejaba una Luna sangrienta que lentamente se elevaba sobre el bosque. Los 14 ricachones descargaron coolers llenos de cerveza, pastillas y botellas de licor premium. Música heavy metal retumbaba desde un boombox. Vane organizó «juegos»: strip poker, retos humillantes. Emily fue el blanco. Era de noche cuando todo comenzó.

 

—Mírenla, la virgen santa —rio Tyler, pasándole una cerveza a Emily—. Bébetela o te tiramos al lago.

 

Emily tosió, y algunas las lágrimas asomaron en sus ojos.

—No... no bebo.

 

—¡Patética! —chilló Vane, empujándola—. Todos, ¡al lago con la nerd!

 

Borrachos y drogados, la arrastraron al muelle. Emily gritó, pataleando.

—¡Por favor, no sé nadar! ¡Suéltenme!

 

Rieron más fuerte. Tyler la levantó por las axilas.

—¡A nadar, putita de mierda!

 

La lanzaron. Emily chapoteó desesperada, tragando agua negra. El lago burbujeaba, como si algo vivo se agitara en el fondo.

Alex y Marco llegaron justo a tiempo. Aparcaron en el bosque y corrieron.

—¡Emily! —rugió Alex, saltando al muelle.

 

Tyler se giró, riendo.

—¿Quién mierda eres tú, campesino?

 

Alex no respondió con palabras. Embistió a Tyler con un puñetazo que le rompió la nariz, la sangre salpicó su ropa de marca.

—¡Toca a mi hermana y te mato hijo de la gran puta!

 

Hubo caos. Los chicos ricos se unieron: puños, patadas. Marco defendía la retaguardia, pero uno de ellos, un idiota llamado Chad —hijo del sheriff—, le reventó una botella de vodka en la cabeza. El vidrio estalló, Marco cayó gorgoteando sangre, su cráneo abierto como una sandía madura. Murió en segundos, sus ojos moribundos fijos en las estrellas.

 

—¡Marco! —aulló Alex, sacando a Emily del agua, tosiendo y temblando.

 

Vane rio histéricamente.

—¡Mira lo que provocaste, héroe! Ahora todos al agua...

 

Pero el lago rugió. Burbujas furiosas ascendieron. De las profundidades emergió él: Jason Voorhees, el coloso enmascarado, machete oxidado en la mano, cuerpo putrefacto cubierto de algas. Sus ojos vacíos brillaban con furia ancestral. El legendario asesino, despertado por la sangre y el pecado.

 

Los 14 ricachones gritaron.

—¡¿Qué mierda es eso?! —chilló Vane, tropezando hacia atrás.

 

Corrieron hacia la casa principal, una cabaña de dos pisos con porche chirriante. Se encerraron, atrancando la puerta con una mesa. Afuera, Jason acechaba, su silueta imponente recortada contra la luna.

Alex y Emily, empapados y jadeantes, se escondieron en el bosque cercano, observando casi en silencio.

—Tenemos que irnos —susurró Emily—. Pero... ¿quién es ese?

 

—Algún loco —mintió Alex, aunque sentía el terror en los huesos—. Quédate aquí. Yo lo distraigo.

 

Pero Jason ya había comenzado.

 

Parte 2:

La Matanza en la Casa de los Condenados

Dentro de la cabaña principal, el pánico era un animal vivo. Las luces parpadeaban, alimentadas por un generador que tosía como un moribundo. Los 14 ricachones —ahora 13, con Chad cubierto de sangre de Marco— se apiñaban en la sala del primer piso. Botellas rotas, colchones sucios, olor a miedo y vómito.

 

—¡Llamen a la policía, por la mierda! —gritó Vane, manoseando su Nokia plateado. Sin señal. Sin nada.

 

Tyler, con su nariz destrozada chorreando sangre, barricó la puerta con un sofá.

—¡Es un puto disfraz! ¡Uno de esos campesinos de mierda que juega con nosotros!

 

Desde el bosque, Alex y Emily observaban.

—Tenemos que ayudar... —susurró Emily.

 

—No —gruñó Alex, abrazándola—. Ese monstruo los va a destrozar. Nos vamos ahora.

 

Pero el destino los retuvo.

En la cabaña grande un crujido… Jason irrumpió por la ventana trasera, con el machete silbando. El primer golpe partió a Brittany, la cheerleader tetona, amiga cercana de Vane, en dos. Su torso superior voló contra la pared, sus intestinos humeantes salpicaron el suelo.

—¡Diooos, nooo! —chilló ella, agonizando con burbujas de sangre en la boca.

 

— ¡Corran! ¡Al piso de arriba! —aulló Tyler, subiendo las escaleras de madera podrida.

 

Jason no corría; avanzaba inexorable. Agarró a Chad por el cuello —el asesino de Marco— y le clavó el machete en la ingle, girándolo. Chad gritó como un cerdo:

—¡Perdón, lo siento! ¡Fue un accidente! —Jason lo levantó como un muñeco, el machete saliendo por la espalda, las vértebras crujiendo como ramas rotas secas. Lo lanzó contra la chimenea; el cuerpo se partió, sesos chorreando por las piedras.

 

Arriba, en el segundo piso, se encerraron en dos habitaciones. Vane, Tyler y cuatro más en la principal; los otros en la secundaria. Drogas olvidadas, oraciones balbuceadas con miedo y horror.

 

—¡Esto es por la nerd, ¿verdad?! —sollozó Lindsay, una rubia adicta a la coca—. ¡La tiramos al lago!

 

—¡Cállate, puta de mierda! —escupió Vane, histérica—. ¡Somos intocables! ¡¿Lo entiendes?! ¡Intocables!

 

La puerta principal de abajo Jason la astilló como cartón. Subió, las pisadas sonaban como truenos. En la habitación secundaria, embistió con violencia. Agarró a Derek, el DJ del grupo, por las piernas y lo arrastró. Derek pataleó:

—¡Nooo, por favooor! ¡Te doy dinero, mi papá es millonario! —el machete descendió con hambre, decapitación limpia, la cabeza rodó escaleras abajo, los ojos aun parpadeando.

 

Gritos. Kyle y Megan intentaron barricar con una cama. Jason la volteó. Empaló a Megan en la pared con el machete, clavándola como mariposa. Ella jadeó:

—¡Dueleee... maaamá...! — la sangre arterial pintó el techo.

 

Kyle, aterrado, saltó por la ventana. Cayó dos pisos, cuello roto al instante, espina dorsal expuesta como cable roto.

Ahora, la habitación grande. Siete vivos: Vane, Tyler, y cinco más temblando. Jason entró por el pasillo, su máscara goteando agua pantanosa.

Tyler, heroico falso, blandió un bate de béisbol.

—¡Ven, hijo de puta! —Golpeó la máscara. Jason ni se inmutó. Agarró el bate, lo partió, y hundió el machete en el pecho de Tyler. Las costillas crujieron como vidrios molidos.

—¡Vane... te... amo...! —expiró Tyler, borboteando sangre, cayendo con el corazón expuesto latiendo fuera del cuerpo.

 

Vane gritó:

—¡Tú! ¡Todo esto es por la puta de Emily! ¡Se merecía todo lo que le hice! ¡Esa mosca muerta se merece lo peor!

 

Jason la miró. Sus ojos vacíos parecieron reconocer el mal. La levantó por el pelo rubio.

—¡Nooooo! ¡Soy la sobrina del alcalde! ¡Me saldré con la mía maldito hijo de puta! —el machete silbó nuevamente, con su mano abre la boca, rompiendo varios dientes y le cortó la lengua primero. Ella gorgoteó insultos mudos. Luego, la partió verticalmente desde la cabeza hasta la entrepierna, sangre y vísceras explotando como confeti rojo. Las dos mitades cayeron, humeantes.

 

Los últimos cinco en pánico total. Salieron al balcón. Jason los siguió. A Jenna le rebanó el cuello con el dorso de la mano, su cabeza colgando por tendones.

—¡Gurgle... ayuda...! —y murió ahogada en su propia sangre.

 

Brad intentó huir por las escaleras traseras; Jason lo alcanzó, el machete entró por la espalda, saliendo por el estómago. Lo usó como pincho, lanzándolo al lago desde la puerta. Las burbujas negras lo tragaron.

Sophie y los dos chicos restantes corrieron al sótano. Eso fue un error fatal. Jason bloqueó la salida. En la oscuridad, el machete destellaba furia, Sophie destripada viva, manos en sus entrañas tratando de contenerlas.

—¡No mi bebé... no!

Uno de los chicos, Ryan, decapitado; el otro, Pete, aplastado contra la pared, cráneo reventado, sesos pegados como masa.

 

Luego… silencio. La cabaña era un matadero: cuerpos mutilados, sangre hasta el techo, moscas zumbando sobre los cuerpos. Jason, salpicado de rojo, salió al porche.

 

Alex y Emily, testigos mudos desde el bosque, temblaban.

—Se acabó —susurró Alex—. Vámonos.

 

Jason sale y los vio. Avanzó con paso firme. Emily sollozó:

—¡Por favor, no! ¡Solo queríamos salvar a alguien!

 

Pero Jason se detuvo. En sus ojos muertos, un destello: recuerdos de su propia madre muerta, de abusos infantiles en ese mismo lago. Los hermanos no eran como ellos. Eran seres puros. Bajó el machete. Se giró, desapareciendo en el agua burbujeante.

Alex y Emily corrieron a su Chevy, arrancaron a toda marcha. Atrás, sirenas lejanas —la policía patrullando—. Pero el lago guardaría los secretos para siempre.

 

Años después, en 2009, Alex y Emily volvieron a la ciudad como adultos rotos. La masacre fue «un accidente por drogas», encubierto por el alcalde y los ricachones. Sus nombres y prestigio eran más importantes que la tragedia de sus malditos hijos.

Emily nunca superó el trauma, se volvió adicta, murió de sobredosis a los 25, ahogada en su propio vómito, como el lago.

Alex, un solitario forzado por el destino, trabaja aún en la gasolinera, bebiendo cada noche. Sueña con Jason, no como un monstruo, sino como un espejo de su rabia inútil.

Crystal Lake sigue abierto, atrayendo nuevos pecadores. La policía patrulla cada tres días. El ciclo continúa. Nadie escapa del lago.

 



Una historia original creada por: Jarl Asathørn.

Basado en el film: Friday The 13th.

Jason Vorhees es un personaje creado por: Creado por Victor Miller, con contribuciones de Ron Kurz, Sean S. Cunningham y Tom Savini.


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