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martes, 3 de noviembre de 2026

Rezyklon presenta: «Into Wooded Hollows»

 


HACIA LOS HONDONALES BOSCOSOS


«A través de la noche y el viento,

susurran las hojas marchitas

de los viejos sauces grisáceos.

 

Desde el resplandor de la desolación

hasta el consuelo de la piedra ancestral,

junto a los pantanos del pleno invierno,

hasta la caricia del roble solitario.

 

Escapando hacia otro reino.

 

El musgo y los líquenes cubren las ramas caídas,

bajo la lluvia de un humo invernal.

Una cálida luz señala el camino más allá,

y los viejos sueños vuelven a encenderse.

 

Las puertas de una antigua vida comienzan a abrirse lentamente.

Un largo y oscuro hechizo apenas ahora empieza a disiparse.

 

Juntos, seguimos caminando, solos.

 

El ojo luminoso, rasgando el cielo turbio,

observa a través del mar de nubes y luces humeantes.

Una niebla ambarina perfila la noche

sobre el tapiz desvanecido del tiempo.

 

Hacia el confín de la tierra,

a través de la espesura del sol resplandeciente,

escucho las olas, siempre inquietas,

mientras otro día se desvanece.

 

Un regalo de belleza, llevado por el viento.

Nubes que vagan hacia el mar,

eternamente perdidas en un profundo silencio cerúleo.

 

Lejos del hogar.

La lenta muerte de su ensueño,

los grilletes de una tibieza pálida,

aún humeantes, sepultados en su interior.

 

Mientras duermo, bajo la bruma inmóvil,

sueños cenicientos en una penumbra delicada».




 

Letra: Aquilus.

Portada diseñada: V.D.M. Creada con AI.

Edición final: Vëthriön Asathørn.

viernes, 8 de mayo de 2026

Umbra 00110010

 





«Los bosques esconden juramentos bajo un cielo de ceniza,

la escarcha parte las piedras con un murmullo letal,

y la niebla cubre los senderos con su corona de brisa,

mientras la luna degüella los ecos en un rito fatal.

 

El oscuro cielo a ratos quieto y sempiterno

observa susurrante toda esta tierra umbría,

el viento del sur furioso grita como el infierno,

sobre los árboles, coirón y la tierra baldía.

 

La soledad abre criptas en la raíz de la montaña,

y el frío lame los huesos con un aliento infernal,

donde antiguos pactos despiertan bajo la sombra huraña,

como pumas que celebran un sacramento sepulcral.

 

La oscuridad enseña idiomas de antigua penumbra,

la misantropía florece como un invierno ancestral,

y cada árbol parece un monje perdido en la tundra,

custodiando secretos prohibidos por un dios abismal.

 

Siempre hay un búho vigilando desde la torre del vacío,

sus ojos atraviesan la bruma con fulgor espectral,

porque incluso la muerte se arrodilla ante el frío sombrío,

cuando el bosque susurra su evangelio funeral.

 

Lejos del ruido, en tierras de la misantropía,

el odio a la carne se vuelve un altar,

buscando el refugio perdido de la lejanía

donde ningún rastro se pueda encontrar».

 

Poema escrito por: IAn «Ülveer» Moone.

Pequeño aporte al poema: Vëthriön Asathørn.

Edición final: Vëthriön Asathørn.

Poema dedicado a las Tierras de Magallanes y a la Madre Naturaleza.

viernes, 3 de abril de 2026

Det som fortsatt lever [Magellan's Forests]

 


LO QUE SIGUE VIVO

«No es un bosque. Es un paraíso donde no existe lo bello o lo feo... es un cuadro extraño de luces y sombras, de furias y calmas.

Troncos torcidos como si alguien hubiera intentado quebrarlos y se arrepintiera a mitad del gesto.

Raíces que no buscan tierra: la aprietan.

El viento no pasa, … acaricia y muerde.

Y uno camina ahí —si es que eso es caminar— sintiendo que cada paso es una intrusión, como si el suelo recordara otros pies, otros pesos, otras hambres.

 

El bosque magallánico no te recibe como si fueras alguien especial... te tolera.

Hay musgo donde debería haber silencio, y silencio donde debería haber Dios.

Y todo está húmedo... no de agua… sino de tiempo.

 

Más al sur y un poco más al norte —de donde escribo estas letras— el hielo no es blanco... nunca es blanco. Gris, azul enfermo, como un ojo que ha visto demasiado.

El glaciar no avanza… empuja la historia. Cruje. No como algo que se rompe, sino como algo que recuerda haber sido montaña y todavía no lo supera.

Ahí el frío no es temperatura... es una idea fija, anclada para hacer crujir huesos.

Te atraviesa sin tocarte, como si el cuerpo fuera opcional.

 

El bosque respira.

El glaciar retiene.

 

Uno guarda secretos bajo hojas podridas.

El otro los comprime hasta volverlos piedra.

 

Entre ambos no hay diálogo, pero se entienden. Porque los dos saben algo que nosotros apenas sospechamos: que todo lo vivo está en retirada, y que la resistencia no es épica… es lenta, casi invisible, casi inútil.

Uno pensaría que el fin del mundo sería ruido, fuego, caída... pero no. Es esto... ... un árbol que no cae, un hielo que no cede, un paisaje que no necesita testigos.

 

Y nosotros, con nombres, fechas, publicaciones, creyendo que llegamos tarde.

No.

Siempre llegamos después.

 

El bosque ya había decidido ignorarnos.

El glaciar ya estaba olvidándonos.

 

Quizás por eso incomoda tanto. Porque no hay tragedia aquí, ni belleza en el sentido que nos gusta repetir.

Hay algo peor… permanencia.

Y uno se va, porque siempre se va, con la sensación de haber visto algo que no debía.

No vimos un paisaje, no vimos la naturaleza... sino una forma antigua de seguir existiendo sin nosotros».

 

Dedicado a los bosques de Magallanes, a los glaciares, y a los elementales de la naturaleza.

 

domingo, 29 de marzo de 2026

Eilen: Kansainvälinen metsien ja jäätiköiden päivä



Hullo, este artículo llega un día tarde porque hoy recién retornamos de un carrete «boscuro trollish» …

 

HACHAZO TROLLISH I


«No sabemos por qué celebran días.

Día del bosque.

Día del glaciar.

Como si al sur le importara... tu calendario de humano ordenado con alarmas y café tibio.

El bosque magallánico no celebra tus imbecilidades, tus falsedades… tus hipocresías.

Se descompone con dignidad. Árboles torcidos, sí… pero no por estética, no es «místico», no es «instagrameable», es porque el viento les pega como si les debiera plata.

Y ahí están. Firmes. Mal parados, pero firmes. Como tú un lunes, pero sin quejarse.

Cuando con cuea vas de camping... caminas entre ellos creyéndote explorador, descubridor de musgo, poeta de humedad barata.

Y el bosque: ni ahí contigo. No te mira... no te juzga... no te necesita.

Y esa güeá es bacán.

El suelo está vivo, dicen.

Sí… pero no para ti, humano vittuperkele. Está vivo en ese sentido incómodo donde todo se está pudriendo para que otra cosa, igual de indiferente, ocupe su lugar. Ciclo natural, le llaman algunos. Bonita forma de decir «nadie es importante».

 

Y después el glaciar.

¡Ah, el glaciar…! la postal perfecta para fingir asombro.

Te paras frente a esa masa absurda de hielo milenario y sacas una foto, una puta «sélfi».

El glaciar no posa. Cruje. Y ese crujido no es un espectáculo para ustedes, para ti, ... es memoria.

Capas y capas de años aplastados como excusas.

El hielo no es puro. Es antiguo.

Y lo antiguo no es bonito. Es pesado.

Dicen que se derrite, que está muriendo.

Claro… y tú también. La diferencia es que el glaciar no anda anunciándolo ni esperando likes por su tragedia.

Se derrite en silencio, como corresponde.

Entre el bosque y el hielo hay un acuerdo tácito: ignorar al humano hasta que se vaya. Y siempre se va.

Porque el frío cala, porque la humedad aburre, porque no hay señal, porque no hay validación.

Entonces vuelves a tu casa, subes la foto, escribes algo «profundo» (profundamente falso) y que no sentiste tanto.

«Conecté con la naturaleza», dices. Mentira la güeá.

La naturaleza no conecta. Tolera.

Y aquí viene la güeá incómoda: el bosque no quiere salvarte... el glaciar no quiere enseñarte ni una güeá. Porque no son símbolos, ¿Cachai?, no son putas metáforas. Son lo que queda cuando el mundo vittuperkele sigue funcionando sin pedir permiso. 

Pero tranquilo.

Sigue celebrando días.

Sigue nombrando cosas para sentir que existen.

El sur no te va a corregir.

No tiene tiempo. Está ocupado siendo eterno a su manera rota.

Y tú… bueno, tú escribe el post. Alguien tiene que fingir que esta güeá significa algo.

¡VITTU, VITUTTAA NIIN VITUSTI!

 

HACHAZO TROLLISH II

CRÓNICA DE UN BASURAL CON ÁRBOLES

(Y HUMANOS QUE SOBRAN)


 «Cachen esta güeá… no es que el bosque esté enchuchao contigo. No tiene tiempo para emociones humanas de quinta. Pero si pudiera hablar, no te putearía crudo... te describiría... y esa güeá es peor. Porque hay que ser bien especial —y no en el buen sentido de la güeá— para agarrar un sillón viejo, hediondo a años de tele y culo, subirlo a una camioneta y decir cara de raja:

 

—«¿Sabes qué le falta a este bosque culiao?» ... Un living.

 

Y allá va el campeón lúser, el hijo de las remil putas. El arquitecto del desastre. El decorador del fin del mundo. Deja el sillón tirado entre coigües y lengas como si los árboles fueran parte de su casa abandonada.

Después vienen los neumáticos.

Ah, los neumáticos… círculos perfectos para gente que piensa en cero... cero cerebros.

Los tiran como quien lanza una moneda pidiendo un deseo: «Ojalá nadie me cache».

Tranquilo, saco de güéas… el bosque te vio... y no te olvidó.

 

Y el nivel final: el auto viejo. Puta, el monumento definitivo a la estupidez con motor. Lo dejan oxidándose como si el paisaje fuera un cementerio de sus malas decisiones.

Puertas abiertas, vidrios rotos, asientos comidos por la lluvia. Una puta cápsula del tiempo que dice:

«Aquí vivió un rechucha de su madre, hijo de la remil putas… y decidió expandirse».

 

Y tú caminas por ahí, pisando hojas, ¿Cachai?, respirando sur, y de pronto... plástico, metal, espuma, bolsas con mierda, basura, tampones. La firma del humano moderno.

 

«Pero si es solo uno», dicen. «Si no pasa nada». Claro… uno, más otro, más otro, más otro… y de pronto el bosque ya no es bosque. Es tu puto reflejo.

 

¿Sabes qué es lo más miserable de toda la güeá?

No es la basura. Es la idea detrás. Ese pensamiento ‘aka-huora vittuperkele, patético, lúser, que susurra:

«No importa la güeá». No importa el ave que anida cerca. No importa el zorro que huele eso y no entiende. No importa el agua que pasa y se lleva tu mierda río abajo. No importa nada. ¡No importa una mierda! Porque tú ya decidiste que el mundo es un basurero con paisajes bonitos.

Y después vienen los mismos hijos de puta a sacarse fotos... «Conectando con la naturaleza» ... conectando… pero con el respaldo del sillón atrás.

 

El bosque no se defiende… no te va a echar… no te va a gritar. Solo hace algo más elegante: te deja mostrarte tal cual eres.

 

Y el glaciar, allá lejos, cruje. No por el clima.... no por el tiempo... es por la vergüenza ajena que ni siquiera es suya. Porque mientras tú tiras basura, él lleva miles de años aguantando peso.

Tú no aguantas ni tu propio desorden.

Pero dale, dale, reconchas de tu madre. Sigue. Total… el bosque no habla, los animales no escriben ni te critican en un blog como este, ni en tu puto Instagram o la mierda que uses… y el hielo no te denuncia... reconchas grande de tu madre.

 

Qué güeá más conveniente, ¿no?

Hasta que un día no quede nada limpio que ensuciar.

Y ahí sí vas a mirar alrededor, rascarte la cabeza, y preguntar como agüeonao profesional:

«¿Qué güeá pasó con la naturaleza?»

Nada. La naturaleza siguió. El problema nunca fue ella... fuiste tú, puto humano insensible, hijo de las reconchas grande de tu madre.

¡PÚDRANSE TODOS, BUITRES LAME KYRPÄS !».

¡VITTU TÄTÄ PASKA!




 

Escrito por: Olog-Krevalora y Gandworf (Bajo los maravillosos efectos del alcohol)

Edición final: Vëthriön Asathørn.

 

 

 

 

  

lunes, 16 de febrero de 2026

Magellanske skoger [Sørlig belysning]

 


Bosques de Magallanes

(Iluminación Austral)

 

«He visto los bosques del sur

como se ve un sueño bajo fiebre:

negros, inclinados,

con el viento insertando clavos invisibles

en la carne verde del musgo.

 

He caminado donde el mundo termina

en una respiración de hielo,

donde la luz es un cuchillo pálido

y el cielo no promete nada

más que su inmensa indiferencia.

 

¡Oh Magallanes!,

territorio de pumas mudos

y lengas torcidas como pensamientos antiguos,

yo te he bebido

como se bebe un licor amargo

en la garganta de un desterrado.

 

El coirón—

ese cabello seco de la tierra,

esa barba dorada del desierto frío—

cruje bajo las botas

como si el suelo hablara

en un idioma de huesos.

 

Y todo es viento.

Todo es viento que golpea

como una mano sin dueño,

como una blasfemia interminable

sobre las pampas vacías.

 

En estos campos

uno aprende que la soledad

no es un sentimiento:

es un paisaje.

 

Los bosques de lenga,

los ñires encendidos en otoño

como cartas incendiadas,

son catedrales sin dios

donde la nieve canta

su himno blanco,

su salmo de silencio.

 

He visto caer la nieve austral

con una lentitud de ceniza,

como si el cielo fumara

los últimos cigarrillos

del planeta.

 

Cada copo

es un mensaje ilegible,

una escritura de otro mundo

que se deshace en la piel

antes de ser comprendida.

 

Y el frío…

el frío no es clima:

es una presencia interminable.

 

El frío es un animal transparente

que se sienta en el pecho,

que muerde las manos,

que vigila los pensamientos

hasta volverlos cristal.

 

En Magallanes

hasta el alma se escarcha.

 

Los ríos corren oscuros,

con una desesperación mineral,

como venas de la tierra

abriéndose paso

entre piedras y glaciares.

 

Y el bosque respira

con pulmones de niebla.

 

A veces,

entre ramas mojadas,

uno escucha

un rumor de siglos:

 

los pasos de los kawésqar,

las voces perdidas

en el viento,

las fogatas apagadas

bajo tormentas interminables.

 

Aquí el tiempo

no avanza:

se pudre lentamente

en la corteza húmeda.

 

Yo he querido huir

de mí mismo

en estas latitudes.

 

He querido ser solo

un cuerpo atravesado por la intemperie,

una mirada sin nombre

perdida en el sur absoluto.

 

Porque en estos bosques

la civilización es una mentira lejana,

un ruido ridículo

más allá del horizonte.

 

Aquí manda el silencio.

Aquí manda el hielo.

Aquí manda el coirón

con su dignidad seca

de espada humilde.

 

¡Oh nieve austral!,

tú que cubres las ruinas del mundo

con tu pureza cruel,

tú que borras las huellas

como si la existencia

fuera un error que corregir.

 

Yo te saludo

como se saluda a un destino.

 

Bosques de Magallanes:

última embriaguez de la tierra,

último delirio verde

antes del muro blanco.

 

Yo he sido un poeta

en el confín del mapa,

un muchacho febril

en la boca del invierno,

 

y he entendido, por fin,

que la belleza

no siempre consuela:

a veces es solo

un frío esplendor

que nos mira pasar

sin decir nada».

 

Una idea poética de: vikingodemagellan.blogspot.com

Edición final: Jarl Asathørn.