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sábado, 21 de marzo de 2026

¿Cachai que...?

 


¿CACHAI QUE...?



El rincón de Europa donde no podían entrar mujeres, vacas… ni catalanes.

Europa suele contarse a sí misma como una historia de progreso continuo: de la superstición a la ciencia, del absolutismo a los derechos humanos, del medievo a la modernidad. Pero el mapa europeo es traicionero y guarda excepciones que parecen diseñadas para recordarnos que el pasado, a veces, no se va: se enquista. Una de las más fascinantes es el Monte Athos, un lugar real donde hasta fechas sorprendentemente recientes estuvo prohibida la entrada a las mujeres, a las hembras de los animales y, durante siglos, también a los catalanes.


 

El Monte Athos se encuentra en el norte de Grecia, en una península montañosa que se adentra en el mar Egeo como un dedo acusador. Desde hace más de mil años está habitado por monjes ortodoxos y funciona como una república monástica autónoma, con autogobierno, leyes propias y una extraordinaria capacidad para mantenerse al margen del mundo moderno. Formalmente pertenece a Grecia, pero en la práctica vive en una burbuja jurídica y espiritual reconocida por emperadores bizantinos, sultanes otomanos, reyes griegos y, ya en tiempos recientes, por la Unión Europea, que prefirió no meterse en discusiones con monjes barbados y documentos del siglo XI. 

La clave de todo es una norma llamada avaton, vigente desde 1046. Su objetivo es proteger la vida ascética de los monjes evitando cualquier distracción externa. La solución fue radical y coherente con su lógica medieval: excluir aquello que pudiera alterar la calma espiritual. Así, el avaton prohibió la entrada de mujeres. Ninguna. Ni peregrinas, ni turistas, ni científicas, ni jefas de Estado. Según la tradición, la única mujer “presente” en Athos es la Virgen María; el resto, por definición, sobra. La idea es simple: si no hay mujeres, no hay tentación. Freud habría disfrutado mucho analizando el asunto.

La obsesión llegó más lejos. También se prohibió la entrada de hembras de animales, para evitar cualquier rastro de feminidad incluso en versión caprina. Vacas, yeguas y cabras quedaron fuera, aunque la norma tuvo que ceder ante la realidad: se permitieron gatos para controlar ratones y gallinas para garantizar huevos. El ascetismo es firme, pero el desayuno es sagrado.

Hasta aquí, Athos podría parecer simplemente un anacronismo pintoresco. Pero hay una tercera exclusión que convierte la historia en algo más jugoso: los catalanes.

La razón hay que buscarla en la llamada Venganza catalana: una serie de acciones militares que siguieron al asesinato de Roger de Flor y unos cien almogávares en 1305, perpetrado por orden del emperador bizantino.

Esto no fue una batalla, fue una rabieta histórica de proporciones bíblicas. Imagina la escena: principios del siglo XIV. Tenemos a la Gran Compañía Catalana, liderada por el carismático (y ex-templario buscavidas) Roger de Flor. Eran los almogávares, la élite de la tropa de choque, los Navy SEALs de la Corona de Aragón, pero en versión «bruto mecánico».

El emperador bizantino Andrónico II estaba con el agua al cuello por los turcos y contrata a estos mercenarios. Los almogávares llegan, ven, y arrasan. Repartieron estopa a los turcos de tal manera que en Constantinopla empezaron a tener más miedo de sus «salvadores» catalanes que de los enemigos. Y el miedo es mal consejero a la hora de tomar decisiones. Había que atajar el problema catalán… y había que hacerlo ya. Así que, el hijo del emperador, Miguel IX (que debía ser la alegría de la huerta), decide solucionar el problema a la vieja usanza: con traición. En 1305, invita a Roger de Flor y a su cúpula a un banquete de despedida en Adrianópolis.

 

• El resultado: Roger de Flor asesinado y una masacre de almogávares pillados con la guardia baja (una versión de la «Boda Roja» en Juego de Tronos). Miguel pensó: «Muerto el perro, se acabó la rabia». Error. Grave error.

 

La respuesta fue la Venganza (y qué venganza). Los supervivientes no huyeron. Se atrincheraron en Galípoli y decidieron que el Imperio Bizantino iba a pagar cada gota de sangre con intereses de usura. Desafiaron a todo el ejército imperial y lo destrozaron. No dejaban piedra sobre piedra. Saqueaban, quemaban y pasaban a cuchillo todo lo que se movía. Fue una operación de castigo tan brutal que despoblaron regiones enteras. Miraron hacia el Monte Athos y no vieron santidad, vieron una hucha gigante. Los monasterios estaban repletos de oro, reliquias y comida, defendidos por monjes que rezaban mucho, pero peleaban poco. Presa fácil. Saquearon tesoros, quemaron bibliotecas enteras para calentarse y pasaron a cuchillo a los religiosos sin miramientos. Fue un saqueo sistemático y brutal.

Cuando se cansaron de quemar cosas, decidieron quedarse con el chiringuito. Terminaron conquistando los ducados de Atenas y Neopatras, territorios que llegaron a estar bajo influencia de la Corona de Aragón.

La respuesta de Athos fue tan religiosa como implacable: excomunión, anatema y prohibición expresa de entrada a los catalanes. No a aquellos mercenarios concretos, sino al gentilicio entero. El castigo no tenía fecha de caducidad. Durante siglos, ser catalán bastaba para que Athos te cerrara la puerta, aunque hubieran pasado generaciones desde el saqueo y aunque el visitante no tuviera más relación con la Compañía Catalana que un apellido y un lugar de nacimiento. Mientras Europa cambiaba de dinastías, abolía la tortura, inventaba el ferrocarril y proclamaba derechos universales, Athos seguía aplicando una vendetta medieval con una constancia admirable. La prohibición a los catalanes permaneció escrita durante siglos y solo empezó a diluirse a finales del siglo XX y comienzos del XXI, no tanto por perdón cristiano como por pura incomodidad administrativa en una Europa cada vez más integrada (algo influyó también que la Generalitat pagara la restauración de uno de los tesoros artísticos saqueados para que levantaran el veto). Eso sí que es guardar rencor.

 

Hoy, la entrada de mujeres sigue prohibida. La de las hembras de animales, casi intacta. Y la de los catalanes ha quedado como una reliquia histórica, más simbólica que efectiva. Pero durante mucho tiempo fue real, oficial y perfectamente asumida.

 

¿CACHAI QUE...?


La manzana, una fruta deliciosa, seductora y muy peligrosa.

Todos sabemos que hay marcas comerciales que se han terminado incorporando a nuestra lengua como una palabra más, pasando de nombre propio a nombre común. Y todos podemos poner ejemplos de este fenómeno: Coca-Cola (o Pepsi, para cubrir todos los frentes), fotomatón, clínex, rímel… Pero seguro que no se nos ocurre decir manzana. Y es que manzana en latín se decía malum, pero Gayo Macio (en latín Gaius Matius), un botánico romano del siglo I a.C., cultivaba una variedad especial de manzana, que, naturalmente, se conocía como «manzana de Macio» (malum matianum). Entonces, al pasar al castellano, podríamos decir que tuvo más éxito el apellido que el nombre. O que la variedad específica terminó designando al fruto genérico. Fuera por elipsis o por metonimia, o por evitar una palabra que también significaba «malo», lo cierto es que el adjetivo (en su forma en neutro plural, matiana), triunfó sobre malum. En primer lugar, dio maçana, en castellano antiguo y después mançana, y manzana con la ortografía moderna.  Hechas las oportunas presentaciones, entremos en materia.

 

La manzana del Jardín del Edén


Me gusta la explicación del pecado original de Mark Twain en «Diarios de Adán y Eva», donde deja claro que Adán y Eva comieron la fruta del árbol prohibido por el hecho de estar prohibido y no por la manzana en sí. Y ya puestos, ¿estáis seguros de que fue una manzana, porque yo no? Según el Génesis, Dios puso a Adán y Eva en el Jardín del Edén (paraíso) y les dijo que podían comer el fruto de todos los árboles excepto del llamado Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Llegó la serpiente (el Diablo) engañó a Eva y comió del fruto prohibido. Hasta aquí, todo según lo previsto, pero… en ningún sitio dice que el fruto fuese una manzana. Para encontrar la (supuesta) manzana tenemos que ir a la Vulgata, una traducción de la Biblia hebrea y griega al latín de finales del siglo IV hecha por San Jerónimo de Estridón por orden del Papa Dámaso I. La primera Biblia oficial. Se llamó Vulgata porque estaba escrita en latín vulgar (el latín de estar por casa que hablaba todo el mundo). San Jerónimo tradujo la palabra hebrea peri (un término genérico que simplemente significa «fruta») por el término latino malum. La confusión o la genialidad radica en la dualidad del significado de la palabra malum: como sustantivo significa manzana y como adjetivo malo o maligno. Y, la verdad, a mí me parece una genialidad, porque con un solo término le pone nombre a la fruta y, a la vez, le da la connotación de maligno (recordemos que era un fruto prohibido). Y no se vayan todavía, porque aún hay más. Incluso la traducción de Jerónimo era más ambigua de lo que hoy parece, porque malum pasó designar todo fruto carnoso y con semillas. Así que, podría ser una pera (por decir algo), un limón (como en el cuadro ‘La adoración del cordero místico’ de los hermanos van Eyck, donde Eva sostiene algo parecido al cítrico) … o un higo (Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina, representaron la escena con una higuera). Al final, el arte, con Alberto Durero o el italiano Tiziano, y la literatura, con exponentes del calibre del poeta inglés John Milton, fueron estrechando el cerco alrededor de la manzana para establecerla como ganadora.

 

La manzana de la discordia


Dicen que las grandes guerras empiezan por cuestiones serias: disputas territoriales, rivalidades comerciales, asesinatos políticos. Pero los griegos, que eran especialistas en montar un drama por cualquier cosa, decidieron que la Guerra de Troya iba a empezar por… una fruta. Efectivamente, como ya habrás supuesto, una manzana.

La historia empieza en la boda de Peleo y Tetis, una de esas celebraciones donde invitas a todo el mundo menos a la persona conflictiva del grupo. En este caso, la conflictiva era Eris, diosa de la Discordia, y, como era de esperar, se enfadó y allí que se presentó, en modo vengativo, para meter cizaña o, haciendo honor a su divinidad, para sembrar discordia. ¿Y qué hizo? Pues lanzar en medio de los asistentes una manzana de oro (o, como mínimo bañada en oro) con la inscripción: Para la más hermosa. Y, por casualidad, fue rodando hasta llegar a donde estaban reclinadas las diosas Hera, Atenea y Afrodita. Las tres, vanidosas, presumidas y muy pagadas de sí mismas, creyeron ser las agraciadas. Viendo que podían llegar a las manos y que el asunto era un problemón de proporciones olímpicas, Zeus le pasó el marrón al mortal Paris, príncipe de Troya, para que decidiese quién era que la debería recibir tal honor. Y allí que se encuentra con tres diosas dándolo todo (versión soborno):  Hera le ofrece poder infinito; Atenea la victoria en todas las guerras y Afrodita le ofreció a la mujer más hermosa del mundo. Y Paris, aplicando la lógica de un adolescente que piensa con la cabeza de abajo, le dio la manzana a Afrodita. Solo había un problema, que resulta que la mujer más bella del mundo era Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta. Dependiendo de la versión, Paris se la lleva por amor o por engaño, pero el caso es que Menelao monta en cólera y levanta a los reyes griegos contra Troya. Y este es el origen mitológico de la guerra de Troya, la puñetera manzana.

 

¿CACHAI QUE...?



El cuento de Blancanieves es dramático y siniestro.

Blancanieves era una niña querida por su padre, pero no por su madrastra, quien envidiaba su belleza. Ésta mandó a un cazador llevarla al bosque, matarla y traerle de vuelta su corazón como prueba. El hombre no pudo cometer aquel acto, la dejó huir y en su lugar cazó un animal para llevarle los órganos a la madrastra. Blancanieves descubrió entonces la casa de los siete enanitos, donde fue encontrada por la envidiosa mujer después de preguntarle a su espejito quien era la más bella del reino. Disfrazada de viejecita, le ofreció una manzana envenenada a la niña. Ella la comió y cayó muerta. Los enanitos la guardaron en un ataúd de cristal hasta que un buen día llegó un príncipe que quiso llevársela pues era muy grande el amor que comenzaba a sentir por ella. En el camino, los hombres que la portaban tropezaron y con el movimiento Blancanieves expulsó el trozo de manzana envenenado. En aquel momento revivió y, tal era el amor que en ella despertó el príncipe, que se casaron y estuvieron juntos para siempre. 

Pero… ¿hay alguna diferencia entre las versiones primitivas y la que todos tenemos en el inconsciente? Claro que sí, los cambios más llamativos son dos. El primero de ellos surge en las visitas que la madrastra le hace a Blancanieves. Y es que quizás por no hacer un relato demasiado extenso, en la versión actual la madrastra consigue envenenar con éxito a Blancanieves en su primer y único intento. Sin embargo, en la versión de los Hermanos Grimm la madrastra se viste primero de buhonera y le ofrece a Blancanieves un lazo con el que la intenta ahogar. Más tarde adoptó la apariencia de una vieja y consiguió que la niña le abriera y se dejara cepillar el pelo con un peine cuyas púas estaban envenenadas. Finalmente utilizó el truco de la manzana, mitad roja mitad blanca, y se comieron una parte cada una de las féminas. La madrastra probó de la mitad buena y Blancanieves de la envenenada.

Tras el ataúd de cristal y la llegada del príncipe, la feliz pareja comenzó a organizar una boda a la que la madrastra fue invitada. Ella no sabía de quién se trataba, pero su espejito le había advertido de que volvía a haber alguien más bella que ella (en un claro ejemplo de narcisismo, la madrastra consultó compulsivamente durante toda su vida dicho espejo). Al llegar a la ceremonia, la mujer se dio cuenta de que la novia no era otra que Blancanieves y, como dice textualmente la historia…

 

«…fue tal su espanto y su pasmo que se quedó clavada en el suelo sin poder moverse. Aun así, fue obligada a bailar desnuda hasta morir, calzada únicamente con unos zapatos de hierro calentados al rojo vivo».

 

Según el historiador alemán Karl Heinz Bartels, la historia de Blancanieves se basa en la vida de Maria Sophia Margaretha Catharina von Ertha que, como él, nació en Lohr. Actualmente en dicha localidad puede visitarse el castillo donde se supone que vivió allá por finales del siglo XVIII, así como el espejo al que acudía su madre y el bosque en el que estuvo con los enanitos. El historiador tampoco duda en afirmar que seguramente estos hombrecillos que la ayudaron eran en realidad niños que trabajaban, al igual que los enanitos, en las minas que había por aquella zona. Por otro lado, el veneno que la madrastra (probablemente la Condesa de Reichenstein) utilizaba con Blancanieves podría conseguirlo del arbusto de la belladona, cuyo poder narcótico le producía a la niña un efecto de muerte temporal.

 

 

Fuente:

Historias de la historia.

Personaje metalero creado por: Jarl Asathørn.

Edición final: Vëthriön Asathørn.

domingo, 11 de enero de 2026

Stedet der vinden lærer [Cuento original]

 


INTRO

[De Asathørn]


Este blog no es solo sombras, está construido también con luces. Este cuento está creado para todos los que me leen. Espero que disfruten esta hermosa reflexión basada en 3 personajes, hijos de la madre naturaleza que amo… y obvio, está dedicado a mi hermosa región: Magellan y a mi gordito.

La premisa principal está basada en una conversación de esta madrugada (11-01-2026) que tuve con mi camarada Odhinn (Que avanza 3 pasos y retrocede 1000). 

Ojalá que visite más seguido mi blog y deje de mirar tanto video insulso de youtube.

 

PRELUDIO


«Bienvenido, caminante.

Si has llegado hasta aquí, no ha sido por azar.

Los senderos que conducen a estas palabras no aparecen en los mapas comunes; se revelan solo a quienes aún escuchan en medio del ruido del mundo.

He observado Eras levantarse y caer, Imperios proclamarse eternos y olvidarse en un suspiro. He aprendido que la fuerza sin sabiduría es ciega, y que el silencio, a veces, enseña más que mil voces.

En este lugar no encontrarás verdades impuestas ni promesas vacías. Solo relatos. Algunos duros, otros luminosos, todos nacidos para acompañarte mientras atraviesas tus propias noches.

Lee sin prisa. Detente cuando una frase pese más de lo esperado. Y si algo en ti cambia —aunque sea levemente— entonces el cuento habrá cumplido su propósito… como este blog.

Yo soy Bláuholdr.

Custodio estas palabras, soy hermano espiritual de Jarl Asathørn. Acompáñanos en este hermoso viaje de las letras».

 

 

EL LUGAR DONDE EL VIENTO ENSEÑA

En la Región de Magallanes, el tiempo no avanza: se enfrenta.

El viento no pregunta, la tierra no consuela y el cielo no promete nada. Allí, donde los mapas se vuelven inseguros y el horizonte parece siempre un poco más lejos, los seres que habitan aprenden una verdad antigua: nada permanece, ni siquiera uno mismo. 

Aquella madrugada, antes de que el sol decidiera si aparecer o no, un búho vigilaba desde una lenga inclinada por los años. Su plumaje era gris como las piedras del río, y sus ojos contenían la paciencia de quien ha visto demasiadas noches.

Debajo, entre coirones endurecidos por la escarcha, un puma caminaba con pasos lentos. No era joven. Su cuerpo seguía siendo poderoso, pero el mundo ya no respondía como antes.

Desde lo alto, casi fundido con el cielo, un cóndor describía círculos amplios, como si midiera la extensión misma del silencio.

 

—Este lugar se está cerrando —dijo el puma, deteniéndose—. Cada año hay menos espacio para moverse.

 

El búho no respondió de inmediato.

—¿El lugar… o tú? —preguntó finalmente.

 

El puma tensó el cuerpo.

—La Patagonia ya no ofrece lo que ofrecía. Las presas cambiaron de ruta. El ruido llegó donde antes había calma. No es mi culpa.

 

—Nunca lo es —respondió el búho—. El mundo rara vez pide permiso antes de transformarse.

 

El cóndor descendió y se posó en una roca elevada. Su presencia imponía respeto, no por fuerza, sino por antigüedad.

—Escucho esta conversación desde hace siglos —dijo—. Siempre comienza igual.

 

El puma levantó la mirada.

—Entonces dime cómo termina.

 

El cóndor inclinó la cabeza.

—Depende de quién esté dispuesto a cambiar.

 

El puma caminó en círculos, inquieto.

—Yo soy lo que soy —dijo—. Fui hecho para cazar aquí. Este es mi territorio.

 

—¿O era? —intervino el búho.

 

El puma gruñó, pero no respondió.

 

—Confundes identidad con costumbre —continuó el búho—. Crees que perder el lugar es perderte a ti mismo.

 

El puma se sentó, exhausto.

—Si dejo de ser lo que siempre fui, ¿Qué queda?

 

El cóndor abrió lentamente las alas, dejando que el viento se deslizara entre sus plumas.

—Queda lo esencial —dijo—. Lo que no depende del terreno, ni de la época, ni de las condiciones.

 

—Eso suena a palabras vacías —replicó el puma—. Cuando el hambre llega, la filosofía no alimenta.

 

El búho descendió a una roca cercana.

—Pero evita que te destruyas peleando contra lo inevitable.

 

El puma cerró los ojos.

—He gastado demasiada energía intentando que todo vuelva a ser como antes.

 

—Ahí está el error —dijo el cóndor—. El pasado no es un lugar al que se pueda regresar. Es solo un punto desde donde se partió.

 

El amanecer avanzaba lentamente. El cielo se teñía de tonos pálidos, como si dudara. El estrecho de Magallanes susurraba en la lejanía.

 

—Siempre me pregunté por qué este viento no cesa —dijo el búho—. Pasé años deseando noches más calmas.

 

—¿Y qué aprendiste? —preguntó el cóndor.

 

—Que el problema no era el viento —respondió—. Era mi resistencia a él.

 

El puma abrió los ojos.

—¿Y qué hiciste?

 

—Cambié mi forma de volar. Dejé de luchar contra cada ráfaga. Aprendí a usarlas.

 

El cóndor asintió.

—La mayoría de los seres se hacen la pregunta equivocada —dijo—. Preguntan: ¿Por qué me pasa esto?

La pregunta correcta es: ¿Quién debo ser ahora que esto está pasando?

 

El puma permaneció en silencio.

 

—Cuando no podemos cambiar la situación —continuó el cóndor—, el reto no es insistir. Es transformarnos sin traicionarnos.

 

—Tengo miedo —admitió el puma, en voz baja—. Si cambio demasiado, temo desaparecer.

 

El búho lo miró con ternura.

—No desaparece quien cambia —dijo—. Desaparece quien se queda inmóvil en un mundo que avanza.

 

El viento sopló con más fuerza, pero esta vez no fue hostil.

 

El puma se puso de pie, respiró profundo y observó el valle como si lo viera por primera vez.

—Tal vez mi fuerza no está solo en mis colmillos —dijo—. Tal vez está en aprender nuevos ritmos, nuevos tiempos.

 

El búho sonrió.

—Eso es crecer.

 

El cóndor comenzó a elevarse.

—Recuerden esto —dijo desde lo alto—: el mundo no siempre será justo, ni estable, ni comprensible. Pero siempre ofrece una oportunidad: convertirse en alguien más sabio.

 

El puma avanzó hacia un territorio desconocido.

El búho voló hacia un bosque distinto.

El cóndor se perdió en la altura.

 

Y en ese extremo del mundo, donde la tierra se quiebra y el viento nunca se rinde, quedó flotando una enseñanza silenciosa, destinada a quien se detenga a escuchar:

«Cuando no podemos cambiar la situación a la que nos enfrentamos, el verdadero reto consiste en cambiarnos a nosotros… sin perder aquello que nos hace ser quienes somos».

 

FIN

 

Cuento original creado por: Bláuholdr.

Basado en una frase de: Viktor Frankl.

Edición final: Jarl Asathørn.

domingo, 14 de diciembre de 2025

Sonnenaufgang [Un cuento corto]

 


AMANECER 

Joseph se levanta afligido, tal vez fue una pesadilla, una recurrente. Se sentó en la cama, el sudor frío pegándole la camisa al cuerpo. La garganta seca, como si el mismísimo infierno le hubiera arrebatado hasta la última gota de humedad. Se levantó, tambaleándose, y caminó hacia la mesa. El vaso de agua, un simple objeto de cristal, se convirtió en su salvación. Lo bebió con avidez, como si su vida dependiera de ello. Camina hacia la ventana, la abre... afuera hay silencio, los cielos de la ciudad son de un rojo profundo, como si la sangre de un gigante se hubiera derramado sobre los cielos.

 

Se viste raudo y sale de su hogar. Todo es desolación. El silencio, sin embargo, era engañoso. Era el silencio de la muerte, el silencio que precede a la tormenta. Gente muerta en las calles, otras hambrientas piden algo.

Joseph llora... corre... La catedral principal, el corazón espiritual de la ciudad, ardía en llamas, una pira funeraria que se elevaba hacia el cielo carmesí.

 

El aire, antes fresco, ahora estaba cargado de un hedor nauseabundo, una mezcla de putrefacción y miedo. Cuerpos inertes yacían en las aceras, rostros petrificados en expresiones de terror. Otros, los pocos supervivientes, vagaban como fantasmas, hambrientos, desesperados, buscando algo, cualquier cosa, que les diera un atisbo de esperanza.

 

Joseph lloró. Las lágrimas, calientes y amargas, surcaban sus mejillas. Corrió, sin rumbo, impulsado por una fuerza desconocida, una necesidad visceral de escapar, de entender, de sobrevivir.

 

El rojo del cielo se refleja en los ojos húmedos de Joseph, una mezcla de horror y confusión. Camina entre los cadáveres, sus pasos resuenan extrañamente en el silencio aplastante. La ciudad, que antes debía vibrar con la vida de sus habitantes, ahora respira solo el hedor a humo y a muerto.

 

Una mujer se acerca a él, sus ojos brillan con hambre y desesperación. "¿Tienes algo? ¿Nada?", le suplica, sus dedos se aferran a su manga. Joseph se detiene, sin saber qué decir, qué hacer. Su corazón late desbocado, una mezcla de pánico y una extraña sensación de impotencia.

 

De repente, un grito se eleva sobre el caos. Un niño, corriendo desesperado, es atrapado por una llamarada. "¡Ayuda! ¡Necesito ayuda!", grita el niño, pero no hay respuesta. Joseph corre hacia él, su mente se ahoga en un mar espeso de estupefacción.

 

Al llegar al niño, ve que está siendo consumido por las llamas. "¡No! ¡No!", grita Joseph, pero es en vano. El niño es arrastrado por el fuego, su llanto se mezcla con el silencio de la ciudad.

 

De pronto, el aire vibró. Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Joseph, un presentimiento de horror que le heló la sangre. Algo se movía en las sombras, algo que no pertenecía a este mundo. Demonios. Criaturas infernales, con garras afiladas y ojos llameantes, emergieron de las alcantarillas, de los callejones oscuros, de las grietas de la tierra. Caminaban, olfateando, como animales hambrientos, buscando presas.

 


La gente huyó, gritando, presa del pánico. Los demonios, con una ferocidad inhumana, se abalanzaron sobre ellos, desgarrando carne y huesos, devorando con una voracidad insaciable. La sangre, espesa y oscura, corría a raudales, tiñendo las calles de un rojo aún más intenso.

 

Luego el horror llegó cuando, en medio del caos, Joseph reconoció una figura. Era Jenny, su vecina, una anciana amable que siempre le ofrecía galletas recién horneadas. Pero Jenny no era Jenny. Sus ojos brillaban con una luz antinatural, sus dientes eran afilados como cuchillos, y de su boca emanaba un hedor a azufre. Jenny, ahora un demonio, se abalanzó sobre él, con una sonrisa sádica.

 

... Joseph despierta. Bañado en sudor y golpeado por el miedo. Se sentó en la cama, el sudor frío pegándole la polera al cuerpo. La garganta seca, como si el mismísimo averno le hubiera arrebatado hasta la última gota de humedad. Se levantó, tambaleándose, y caminó hacia la mesa. El vaso de agua seguía ahí. Lo bebió con avidez, como si su vida dependiera de ello.

 

Camina hacia la ventana, la abre... afuera la gente festeja feliz, los cielos de la ciudad son de un azul profundo... la pesadilla había acabado.

Era otro país.

Uno nuevo.

Uno que acababa de nacer.

Ahora Joseph respira tranquilo. Fue solo otra pesadilla.»




 

 

Historia original de: Jarl Asathørn.

Edición final: Jarl Asathørn.