sábado, 17 de octubre de 2026

Missä Kirotut Asuvat




DONDE MORAN LOS CONDENADOS

 

La noche finlandesa caía como una losa de plomo sobre la pequeña ciudad de Rovaniemi, y el viento del Ártico arañaba las ventanas del viejo Hotel Pohjola como dedos de esqueleto. El edificio se alzaba al final de la calle Kansankatu, una mole de hormigón gris que había sido elegante en los años cincuenta y ahora era solo un cadáver arquitectónico esperando la demolición. Las grúas ya estaban montadas al otro lado, listas para derribarlo en tres días.

 

—«Juro que esto es una mala idea» —dijo Jelenna, ajustándose el gorro de lana hasta cubrir sus cejas rubias. Una chica de veintidós años, estudiaba historia del arte, y su voz temblaba tanto como sus dedos enguantados.

 

—«Deja de quejarte». —Mikko, veintitrés años, con una barba descuidada y ojos que brillaban con la fiebre del cazador, ya estaba forzando la puerta trasera con una palanca. Llevaba una mochila llena de linternas, cuerdas y un detector de metales plegable—. «Este lugar fue un puto búnker de lujo durante la Guerra Fría. Los rusos dejaron cosas aquí... cosas que valen dinero».

 

—«¿O cosas que deberían haber quedado enterradas?» —murmuró Juhani, el tercero del grupo, veinte años, más bajo que los otros, con una sudadera negra demasiado grande. Su mano derecha descansaba sobre el cinturón, donde una Glock 17 asomaba bajo el abrigo. No era legal. Nada de lo que hacían era legal.

 

La puerta cedió con un gemido metálico, y el olor a moho, óxido y algo más antiguo salió a recibirlos, algo que olía a humedad de tumba y a incienso quemado.

 

—«Perfecto» —dijo Mikko, encendiendo su linterna—. «Después de ustedes».

 

Jelenna cruzó el umbral con la sensación de que algo la observaba desde la oscuridad... o desde el interior del hotel... desde la oscuridad misma.

El vestíbulo era un mausoleo de lujo decadente. Lámparas de araña cubiertas de polvo colgaban de techos con grietas, y el suelo de mármol estaba agrietado como una telaraña. Los muebles, envueltos en sábanas blancas, parecían fantasmas sentados en la penumbra. El reloj de pared se había detenido a las 3:33, y la aguja del segundero colgaba floja, balanceándose ligeramente con una corriente de aire que no debería existir.

 

—«Busquemos el sótano» —dijo Mikko, avanzando hacia la escalera—. «Los registros del hotel mencionan una caja fuerte en el nivel inferior. Algo relacionado con los oficiales soviéticos».

 

—«Espera». —Jelenna se detuvo, iluminando una pared llena de fotografías enmarcadas. Eran retratos de huéspedes antiguos, todos con la misma expresión: ojos vacíos, bocas ligeramente abiertas, como si hubieran sido sorprendidos en medio de un grito. En la última foto, un hombre con uniforme militar soviético sostenía algo que parecía una cadena oxidada. Sus ojos... sus ojos estaban cosidos con hilo negro.

 

—«¿Qué mierda es eso?» —preguntó Juhani, acercándose.

 

—«No lo toques» —dijo Jelenna, pero ya era tarde. Juhani había extendido la mano para tocar el cristal, y en el instante en que sus dedos lo rozaron, todas las luces de las linternas parpadearon.

 

Un sonido llegó desde el fondo del pasillo... un arrastre, como si algo pesado se deslizara por el suelo, acompañado por el tintineo metálico de cadenas.

 

—«¡¿Hay alguien ahí?!» —llamó Mikko, con la voz quebrada. Su bravura se estaba desmoronando.

 

El arrastre se detuvo.

Luego comenzó de nuevo, más rápido. Más cerca.

Corrieron... no importaba hacia dónde, solo lejos del sonido. Mikko lideraba, maldiciendo mientras tropezaba con escombros. Jelenna lo seguía de cerca, su linterna bailando sobre paredes descascaradas donde el papel tapiz colgaba como piel muerta. Juhani cerraba la fila, con la Glock ya desenfundada, el metal frío contra su palma sudorosa.

 

—«¿Qué mierda era eso?» —jadeó Mikko cuando finalmente se detuvieron en un pasillo del segundo piso.

 

—«No lo sé» —dijo Jelenna—. «Pero no quiero averiguarlo. ¡Vámonos!».

 

—«¡No!» —Mikko sacudió la cabeza, su terquedad resurgiendo en las sombras—. «No podemos irnos con las manos vacías. El sótano está a la vuelta de la esquina».

 

—«¡Mikko!» —Jelenna lo agarró del brazo—. «¿No escuchaste eso? Hay algo aquí. Algo vivo».

 

—«No hay nada vivo en este puto edificio» —dijo Juhani, con la voz plana. Demasiado plana.

 

Ambos se volvieron hacia él. Juhani estaba de pie en el centro del pasillo, la Glock colgando a su costado, su rostro iluminado por una luz que no provenía de ninguna linterna. Una luz pálida, verdosa, que emanaba de detrás de él.

 

—«...Juhani» —dijo Mikko lentamente—. «¿Qué mierda hay detrás de ti?»

 

Juhani sonrió, pero no era su sonrisa, sus labios se estiraron demasiado, mostrando dientes que parecían más largos de lo que deberían ser, y cuando habló, su voz no era la suya... era una mezcla de muchas voces, superpuestas, susurrantes.

 

—«No son los vivos los que habitan este lugar. Son los condenados. Los que murieron sin nombre. Los que fueron olvidados».

 

La luz verde se intensificó, y Jelenna vio las figuras emerger de las paredes. Eran formas humanas, pero distorsionadas, alargadas, con brazos que se arrastraban por el suelo y cabezas que colgaban de cuellos demasiado largos. Sus cuerpos estaban envueltos en cadenas oxidadas que no emitían sonido al moverse, como si el óxido hubiera absorbido todo el ruido del mundo.

 

—«Corre» —susurró Jelenna.

 

—«¡CORRE!» —gritó, y ambos se lanzaron por el pasillo mientras Juhani quedaba atrás, su risa mezclándose con el tintineo de cadenas que ahora sí se escuchaba, un sonido horrible, como huesos arrastrados sobre metal.

 

El hotel se retorcía a su alrededor, los pasillos se alargaban, las puertas aparecían y desaparecían, y las paredes respiraban. Jelenna lo sentía, un movimiento rítmico, como si el edificio estuviera vivo... o muerto, y soñando con ellos.

 

—«¡Aquí!» —Mikko abrió una puerta de par en par y entraron en lo que había sido un salón de banquetes. Mesas largas cubiertas de manteles podridos, candelabros derretidos, y en el centro, un piano de cola con las teclas manchadas de algo oscuro.

 

—«¿Dónde está Juhani?» —preguntó Jelenna, jadeando.

 

—«¡No lo sé! ¡No lo sé!». —Mikko estaba temblando, su bravuconería completamente evaporada—. «Tenemos que salir de aquí».

 

—«La puerta principal está al otro lado del vestíbulo. Podemos--»

 

Se detuvo. El piano comenzó a tocar solo... una melodía lenta, funeraria, con notas que se arrastraban como dedos sobre un ataúd. Y cuando la melodía terminó, una voz susurró desde el techo:

 

—«Los espectros del olvido imperecedero tejen sus hilos en la noche».

 

Jelenna alzó la vista. El techo estaba cubierto de cadenas oxidadas, colgando como telarañas metálicas. Y entre ellas, rostros. Rostros pálidos, con ojos vacíos, mirándolos fijamente... cientos de rostros, cosidos a las cadenas, sus bocas abiertas en gritos silenciosos.

 

—«No mires» —dijo Mikko, pero ya era tarde. Los rostros comenzaron a girar, todos a la vez, y sus ojos vacíos se enfocaron en Jelenna.

 

Ella sintió que algo tiraba de su memoria, recuerdos que no eran suyos, nombres que no conocía, caras de personas que nunca había visto. Los espectros estaban arrancándole sus recuerdos, uno por uno, como dientes de una boca podrida.

 

—«¡DÉJENME EN PAZ!» —gritó, apretando las sienes.

 

—«¡Jelenna!» —Mikko la sacudió—. «¡Jelenna, despierta!»

 

Ella parpadeó. Los rostros seguían allí, pero ahora estaban más cerca. Las cadenas se extendían hacia ellos, lentas, deliberadas, como serpientes hambrientas.

 

—«¡Vamos!» —Mikko la arrastró hacia la salida del salón, pero la puerta ya no estaba. Solo había una pared de ladrillos, fresca, como si hubiera estado allí desde siempre.

 

—«¿Qué mierda?» —susurró Mikko—. «¡No, no, no!».

 

Detrás de ellos, las cadenas comenzaron a arrastrarse por el suelo, y el tintineo se convirtió en un rugido ensordecedor. Los rostros gritaban ahora, un coro de agonía que perforaba los tímpanos, y Jelenna sintió que sus piernas se negaban a moverse.

 

—«Mikko...» —dijo, con la voz extrañamente calmada—. «Creo que no vamos a salir de esta mierda».

 

—«Sí vamos a salir de esta puta mierda». —Él buscó en su mochila, sacó un encendedor y lo encendió—. «El fuego... a los putos fantasmas no les gusta el fuego».

 

Las cadenas se detuvieron. Los rostros parpadearon. Y por un momento, pareció funcionar.

Entonces Mikko gritó...

Las cadenas se habían envuelto alrededor de sus tobillos, tirando de él hacia el suelo. Él cayó, el encendedor rodando por el mármol, y las cadenas subieron por sus piernas, sus caderas, su pecho, apretándose con una fuerza que hacía crujir sus huesos. Jelenna vio cómo su rostro se deformaba, cómo sus ojos se hundían en sus órbitas, cómo su boca se abría en un grito que no emitía sonido.

 

—«¡MIKKO!»

Jelenna se lanzó hacia él, pero otra cadena la atrapó del brazo, tirando de ella hacia atrás... sintió el óxido morder su piel, un dolor frío y ardiente a la vez, y luego algo más, algo que tiraba de su mente, de sus recuerdos, de su identidad.

Vio su infancia desvanecerse... Vio el rostro de su madre borrarse, Vio su nombre deshacerse en letras sueltas que flotaban en la oscuridad.

 

—«Por favor...» —susurró, pero ni siquiera sabía qué estaba pidiendo.

 

Juhani despertó en el sótano, rodeado de cajas oxidadas y viejos registros del hotel. La Glock seguía en su mano, y su cabeza palpitaba con un dolor que no era del todo suyo. Miró a su alrededor, confundido, y vio algo brillar entre los escombros: una caja fuerte, abierta de par en par.

Dentro, solo había una cadena oxidada, enrollada como una serpiente dormida.

 

—«¿Mikko?» —llamó, con la voz ronca—. «¿Jelenna?»

 

Nadie respondió. Solo el tintineo lejano de cadenas, arrastrándose por los pasillos del hotel.

Juhani se puso de pie, con la Glock temblándole en la mano, y comenzó a subir las escaleras hacia la noche... hacia la salida... hacia la libertad. Pero cuando llegó al vestíbulo, la puerta principal estaba abierta, la luz de la luna entraba, blanca y fría, y la calle Kansankatu se extendía vacía bajo el cielo ártico.

Juhani dio un paso hacia la salida.

Y se detuvo...

Porque en el reflejo del cristal de la puerta, vio tres figuras de pie detrás de él, ... tres figuras pálidas, envueltas en cadenas oxidadas, con rostros que conocía demasiado bien.

Uno era Mikko. Otro era Jelenna... y el tercero... el tercero se parecía a él, pero con los ojos cosidos con hilo negro.

 

—«¿Dónde... dónde mierda estoy? —preguntó Juhani, pero su voz ya no era suya, era un susurro, un eco, algo que se desvanecía en el aire.

 

La cadena en su mano comenzó a moverse, enrollándose alrededor de su muñeca, apretándose... y cuando Juhani miró hacia abajo, vio que sus pies ya no tocaban el suelo.

 

A la mañana siguiente, los trabajadores de la demolición encontraron la puerta trasera del Hotel Pohjola abierta. Dentro, no había nada, solo polvo, escombros y un olor a óxido que tardó semanas en desaparecer.

Pero cuando el edificio fue derribado, los trabajadores juraron haber escuchado, bajo el estruendo de las máquinas, el tintineo de cadenas y algunos dijeron que, entre los escombros, vieron tres figuras pálidas de pie entre las ruinas, mirándolos con ojos que ya no eran ojos.

El hotel fue demolido. La tierra fue nivelada. Se construyó un parque en el lugar. Pero a veces, cuando la noche cae sobre Rovaniemi y el viento del Ártico sopla fuerte, se puede escuchar un sonido proveniente del suelo. Un arrastre. Un tintineo.

Y si alguien se acerca lo suficiente, puede ver tres pares de ojos brillando en la oscuridad, esperando.

Esperando a que alguien los recuerde... porque los espectros del olvido imperecedero nunca mueren... 

... solo aguardan... en agonía.



«En el abismo oscuro donde moran los condenados, las almas torturadas gimen en un tormento infinito, atrapadas en un infierno sin fin donde la esperanza muere y la locura devora cada fragmento de su ser, mientras sombras hambrientas acechan, esperando devorar su última chispa de humanidad».

[H.P. Hatecraft]



Escrito por: H.P. Hatecraft.

Portada diseñada por: Vëthriön Asathørn.

Edición final: H.P. Hatecraft.