DONDE MORAN LOS
CONDENADOS
La
noche finlandesa caía como una losa de plomo sobre la pequeña ciudad de
Rovaniemi, y el viento del Ártico arañaba las ventanas del viejo Hotel Pohjola
como dedos de esqueleto. El edificio se alzaba al final de la calle Kansankatu,
una mole de hormigón gris que había sido elegante en los años cincuenta y ahora
era solo un cadáver arquitectónico esperando la demolición. Las grúas ya
estaban montadas al otro lado, listas para derribarlo en tres días.
—«Juro que esto es
una mala idea» —dijo Jelenna, ajustándose el gorro de lana hasta cubrir sus
cejas rubias. Una chica de veintidós años, estudiaba historia del arte, y su
voz temblaba tanto como sus dedos enguantados.
—«Deja de quejarte».
—Mikko,
veintitrés años, con una barba descuidada y ojos que brillaban con la fiebre
del cazador, ya estaba forzando la puerta trasera con una palanca. Llevaba una
mochila llena de linternas, cuerdas y un detector de metales plegable—. «Este lugar fue un puto búnker de lujo durante la Guerra Fría. Los
rusos dejaron cosas aquí... cosas que valen dinero».
—«¿O cosas que
deberían haber quedado enterradas?» —murmuró Juhani, el tercero del grupo, veinte
años, más bajo que los otros, con una sudadera negra demasiado grande. Su mano
derecha descansaba sobre el cinturón, donde una Glock 17 asomaba bajo el
abrigo. No era legal. Nada de lo que hacían era legal.
La
puerta cedió con un gemido metálico, y el olor a moho, óxido y algo más antiguo
salió a recibirlos, algo que olía a humedad de tumba y a incienso quemado.
—«Perfecto» —dijo Mikko,
encendiendo su linterna—. «Después de
ustedes».
Jelenna
cruzó el umbral con la sensación de que algo la observaba desde la oscuridad...
o desde el interior del hotel... desde la oscuridad misma.
El
vestíbulo era un mausoleo de lujo decadente. Lámparas de araña cubiertas de
polvo colgaban de techos con grietas, y el suelo de mármol estaba agrietado
como una telaraña. Los muebles, envueltos en sábanas blancas, parecían
fantasmas sentados en la penumbra. El reloj de pared se había detenido a las
3:33, y la aguja del segundero colgaba floja, balanceándose ligeramente con una
corriente de aire que no debería existir.
—«Busquemos el
sótano» —dijo
Mikko, avanzando hacia la escalera—. «Los registros del hotel mencionan una caja fuerte en el nivel
inferior. Algo relacionado con los oficiales soviéticos».
—«Espera». —Jelenna se detuvo,
iluminando una pared llena de fotografías enmarcadas. Eran retratos de
huéspedes antiguos, todos con la misma expresión: ojos vacíos, bocas
ligeramente abiertas, como si hubieran sido sorprendidos en medio de un grito.
En la última foto, un hombre con uniforme militar soviético sostenía algo que
parecía una cadena oxidada. Sus ojos... sus ojos estaban cosidos con hilo
negro.
—«¿Qué mierda es
eso?» —preguntó
Juhani, acercándose.
—«No lo toques» —dijo Jelenna, pero ya
era tarde. Juhani había extendido la mano para tocar el cristal, y en el
instante en que sus dedos lo rozaron, todas las luces de las linternas
parpadearon.
Un
sonido llegó desde el fondo del pasillo... un arrastre, como si algo pesado se
deslizara por el suelo, acompañado por el tintineo metálico de cadenas.
—«¡¿Hay alguien
ahí?!» —llamó
Mikko, con la voz quebrada. Su bravura se estaba desmoronando.
El
arrastre se detuvo.
Luego
comenzó de nuevo, más rápido. Más cerca.
Corrieron...
no importaba hacia dónde, solo lejos del sonido. Mikko lideraba, maldiciendo
mientras tropezaba con escombros. Jelenna lo seguía de cerca, su linterna
bailando sobre paredes descascaradas donde el papel tapiz colgaba como piel
muerta. Juhani cerraba la fila, con la Glock ya desenfundada, el metal frío
contra su palma sudorosa.
—«¿Qué mierda era
eso?» —jadeó
Mikko cuando finalmente se detuvieron en un pasillo del segundo piso.
—«No lo sé» —dijo Jelenna—. «Pero no quiero averiguarlo. ¡Vámonos!».
—«¡No!» —Mikko sacudió la
cabeza, su terquedad resurgiendo en las sombras—. «No podemos irnos con las manos vacías. El sótano está a la vuelta
de la esquina».
—«¡Mikko!» —Jelenna lo agarró del
brazo—. «¿No escuchaste eso?
Hay algo aquí. Algo vivo».
—«No hay nada vivo
en este puto edificio» —dijo Juhani, con la voz plana. Demasiado plana.
Ambos
se volvieron hacia él. Juhani estaba de pie en el centro del pasillo, la Glock
colgando a su costado, su rostro iluminado por una luz que no provenía de
ninguna linterna. Una luz pálida, verdosa, que emanaba de detrás de él.
—«...Juhani» —dijo Mikko
lentamente—. «¿Qué mierda hay
detrás de ti?»
Juhani
sonrió, pero no era su sonrisa, sus labios se estiraron demasiado, mostrando
dientes que parecían más largos de lo que deberían ser, y cuando habló, su voz
no era la suya... era una mezcla de muchas voces, superpuestas, susurrantes.
—«No son los
vivos los que habitan este lugar. Son los condenados. Los que murieron sin
nombre. Los que fueron olvidados».
La
luz verde se intensificó, y Jelenna vio las figuras emerger de las paredes.
Eran formas humanas, pero distorsionadas, alargadas, con brazos que se
arrastraban por el suelo y cabezas que colgaban de cuellos demasiado largos.
Sus cuerpos estaban envueltos en cadenas oxidadas que no emitían sonido al
moverse, como si el óxido hubiera absorbido todo el ruido del mundo.
—«Corre» —susurró Jelenna.
—«¡CORRE!» —gritó, y ambos se
lanzaron por el pasillo mientras Juhani quedaba atrás, su risa mezclándose con
el tintineo de cadenas que ahora sí se escuchaba, un sonido horrible, como
huesos arrastrados sobre metal.
El
hotel se retorcía a su alrededor, los pasillos se alargaban, las puertas
aparecían y desaparecían, y las paredes respiraban. Jelenna lo sentía, un
movimiento rítmico, como si el edificio estuviera vivo... o muerto, y soñando
con ellos.
—«¡Aquí!» —Mikko abrió una puerta
de par en par y entraron en lo que había sido un salón de banquetes. Mesas
largas cubiertas de manteles podridos, candelabros derretidos, y en el centro,
un piano de cola con las teclas manchadas de algo oscuro.
—«¿Dónde está
Juhani?» —preguntó
Jelenna, jadeando.
—«¡No lo sé! ¡No lo
sé!». —Mikko
estaba temblando, su bravuconería completamente evaporada—. «Tenemos que salir de aquí».
—«La puerta
principal está al otro lado del vestíbulo. Podemos--»
Se
detuvo. El piano comenzó a tocar solo... una melodía lenta, funeraria, con
notas que se arrastraban como dedos sobre un ataúd. Y cuando la melodía
terminó, una voz susurró desde el techo:
—«Los espectros
del olvido imperecedero tejen sus hilos en la noche».
Jelenna
alzó la vista. El techo estaba cubierto de cadenas oxidadas, colgando como
telarañas metálicas. Y entre ellas, rostros. Rostros pálidos, con ojos vacíos,
mirándolos fijamente... cientos de rostros, cosidos a las cadenas, sus bocas
abiertas en gritos silenciosos.
—«No mires» —dijo Mikko, pero ya
era tarde. Los rostros comenzaron a girar, todos a la vez, y sus ojos vacíos se
enfocaron en Jelenna.
Ella
sintió que algo tiraba de su memoria, recuerdos que no eran suyos, nombres que
no conocía, caras de personas que nunca había visto. Los espectros estaban
arrancándole sus recuerdos, uno por uno, como dientes de una boca podrida.
—«¡DÉJENME EN PAZ!» —gritó, apretando las
sienes.
—«¡Jelenna!» —Mikko la sacudió—. «¡Jelenna, despierta!»
Ella
parpadeó. Los rostros seguían allí, pero ahora estaban más cerca. Las cadenas
se extendían hacia ellos, lentas, deliberadas, como serpientes hambrientas.
—«¡Vamos!» —Mikko la arrastró
hacia la salida del salón, pero la puerta ya no estaba. Solo había una pared de
ladrillos, fresca, como si hubiera estado allí desde siempre.
—«¿Qué mierda?» —susurró
Mikko—. «¡No, no, no!».
Detrás
de ellos, las cadenas comenzaron a arrastrarse por el suelo, y el tintineo se
convirtió en un rugido ensordecedor. Los rostros gritaban ahora, un coro de
agonía que perforaba los tímpanos, y Jelenna sintió que sus piernas se negaban
a moverse.
—«Mikko...» —dijo, con la voz
extrañamente calmada—. «Creo que no vamos a
salir de esta mierda».
—«Sí vamos a salir
de esta puta mierda». —Él buscó en su mochila, sacó un encendedor y lo encendió—. «El fuego... a los putos fantasmas no les gusta el fuego».
Las
cadenas se detuvieron. Los rostros parpadearon. Y por un momento, pareció
funcionar.
Entonces
Mikko gritó...
Las
cadenas se habían envuelto alrededor de sus tobillos, tirando de él hacia el
suelo. Él cayó, el encendedor rodando por el mármol, y las cadenas subieron por
sus piernas, sus caderas, su pecho, apretándose con una fuerza que hacía crujir
sus huesos. Jelenna vio cómo su rostro se deformaba, cómo sus ojos se hundían
en sus órbitas, cómo su boca se abría en un grito que no emitía sonido.
—«¡MIKKO!»
Jelenna
se lanzó hacia él, pero otra cadena la atrapó del brazo, tirando de ella hacia
atrás... sintió el óxido morder su piel, un dolor frío y ardiente a la vez, y
luego algo más, algo que tiraba de su mente, de sus recuerdos, de su identidad.
Vio
su infancia desvanecerse... Vio el rostro de su madre borrarse, Vio su nombre
deshacerse en letras sueltas que flotaban en la oscuridad.
—«Por favor...» —susurró, pero ni
siquiera sabía qué estaba pidiendo.
Juhani
despertó en el sótano, rodeado de cajas oxidadas y viejos registros del hotel.
La Glock seguía en su mano, y su cabeza palpitaba con un dolor que no era del
todo suyo. Miró a su alrededor, confundido, y vio algo brillar entre los
escombros: una caja fuerte, abierta de par en par.
Dentro,
solo había una cadena oxidada, enrollada como una serpiente dormida.
—«¿Mikko?» —llamó, con la voz
ronca—. «¿Jelenna?»
Nadie
respondió. Solo el tintineo lejano de cadenas, arrastrándose por los pasillos
del hotel.
Juhani
se puso de pie, con la Glock temblándole en la mano, y comenzó a subir las
escaleras hacia la noche... hacia la salida... hacia la libertad. Pero cuando
llegó al vestíbulo, la puerta principal estaba abierta, la luz de la luna
entraba, blanca y fría, y la calle Kansankatu se extendía vacía bajo el cielo
ártico.
Juhani
dio un paso hacia la salida.
Y
se detuvo...
Porque
en el reflejo del cristal de la puerta, vio tres figuras de pie detrás de él,
... tres figuras pálidas, envueltas en cadenas oxidadas, con rostros que
conocía demasiado bien.
Uno
era Mikko. Otro era Jelenna... y el tercero... el tercero se parecía a él, pero
con los ojos cosidos con hilo negro.
—«¿Dónde... dónde
mierda estoy? —preguntó
Juhani, pero su voz ya no era suya, era un susurro, un eco, algo que se
desvanecía en el aire.
La
cadena en su mano comenzó a moverse, enrollándose alrededor de su muñeca,
apretándose... y cuando Juhani miró hacia abajo, vio que sus pies ya no tocaban
el suelo.
A
la mañana siguiente, los trabajadores de la demolición encontraron la puerta
trasera del Hotel Pohjola abierta. Dentro, no había nada, solo polvo, escombros
y un olor a óxido que tardó semanas en desaparecer.
Pero
cuando el edificio fue derribado, los trabajadores juraron haber escuchado,
bajo el estruendo de las máquinas, el tintineo de cadenas y algunos dijeron
que, entre los escombros, vieron tres figuras pálidas de pie entre las ruinas,
mirándolos con ojos que ya no eran ojos.
El
hotel fue demolido. La tierra fue nivelada. Se construyó un parque en el lugar.
Pero a veces, cuando la noche cae sobre Rovaniemi y el viento del Ártico sopla
fuerte, se puede escuchar un sonido proveniente del suelo. Un arrastre. Un
tintineo.
Y
si alguien se acerca lo suficiente, puede ver tres pares de ojos brillando en
la oscuridad, esperando.
Esperando a que alguien los recuerde... porque los espectros del olvido imperecedero nunca mueren...
... solo
aguardan... en agonía.
«En el abismo oscuro
donde moran los condenados, las almas torturadas gimen en un tormento infinito,
atrapadas en un infierno sin fin donde la esperanza muere y la locura devora
cada fragmento de su ser, mientras sombras hambrientas acechan, esperando
devorar su última chispa de humanidad».
[H.P. Hatecraft]
Escrito por: H.P. Hatecraft.
Portada
diseñada por: Vëthriön Asathørn.
Edición
final: H.P. Hatecraft.


