EL DESAFÍO DEL CEMENTERIO
El viento de
la Patagonia azotaba las ventanas de la casa de Ignacia como si intentara
entrar a la fuerza. Eran las once de la noche del 30 de octubre de 2026, y seis
chicas —4 de diecinueve años y 2 de 18— estaban sentadas en círculo en la
habitación de Ignacia, iluminadas únicamente por la luz parpadeante de una vela
y la pantalla de un celular.
—«No puedes
ser tan gallina, Viviana» —dijo Antonia, removiendo su chocolate caliente con
una cuchara que resonaba contra el borde de la taza—. «Güeona, todo el mundo
sabe que el viejo Ortega fue enterrado vivo. Mi primo trabaja en la funeraria y
vio cómo se movía el ataúd cuando lo bajaban».
—«Esa güeá
es mentira» —soltó Viviana, cruzándose de brazos, aunque su voz traicionaba un
temblor—. «Nadie entierra a la gente viva en pleno 2026».
Ignacia se
inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con malicia en la penumbra.
—«Entonces,
güeona, no te costará nada ir. Solo tienes que caminar quince minutos hasta el
cementerio, encontrar la tumba del viejo Ortega —la número 847, sector norte—,
clavar esta estaca de madera en la tierra fresca y tomarte una selfi. Si no lo
haces, tendrás que venir al “U” mañana en ropa interior sobre tu uniforme,
¿Cachai?».
Las chicas
rieron, pero la risa sonó hueca, forzada.
—«Está bien,
zorras» —gruñó Viviana levantándose y tomando la estaca que le ofrecía
Ignacia—. «Pero si encuentro algo, no vengan llorando. Y prepárense para ver mi
foto en el grupo de WhatsApp en treinta minutos».
Viviana se
puso su chaqueta de cuero y salió. El portón de hierro del cementerio estaba a
solo diez minutos caminando, aunque en la oscuridad de esa noche sin Luna
parecía una travesía interminable. Cuando llegó, encontró que la reja estaba
entreabierta —algo que le pareció extraño, pero lo atribuyó al viento— y se
coló dentro.
Las lápidas
emergían de la tierra como dientes podridos. Viviana encendió la linterna de su
celular y caminó entre las filas de muertos, el corazón martillándole en el
pecho. El sector norte estaba en la parte más alejada, donde recién habían
cavado varias fosas. La tierra de la tumba 847 aún olía a humedad y cemento
fresco.
—«Qué
estúpidas son esas güeonas» —murmuró para sí misma, sacando la estaca de madera
de su mochila—. «Voy a clavar esto, me tomo la foto y me largo».
Se agachó
sobre la tumba recién removida, clavando la estaca con fuerza en el suelo
blando. Fue entonces cuando escuchó el sonido.
Screech... screech... screech...
Un rasguño
metálico, proveniente de bajo tierra... lento... metódico... como uñas arañando
madera desde el interior de un ataúd.
Viviana se
quedó petrificada. El sonido continuaba, ahora más fuerte, acompañado de lo que
parecía un gemido sordo, ahogado.
—«No... esta güeá no
es posible» —tartamudeó, intentando levantarse.
Pero no
pudo.
Algo había
enganchado la tela de sus jeans, algo que tiraba de ella hacia abajo, hacia la
tierra recién removida.
Viviana
gritó, un alarido desgarrador que se perdió en el viento aullante de Punta
Arenas. Tiró de su pantalón desesperadamente, pero la prenda estaba firmemente
atrapada, clavada junto con la estaca que ella misma había hundido en la tumba.
En su pánico, miró hacia abajo y juró ver la tierra moverse, agitarse, como si
algo intentara salir a la superficie.
—¡Suéltame!
¡SUÉLTAME! —chilló, desgarrándose las uñas contra el suelo mientras forcejeaba.
El rasguño
bajo tierra se intensificó. Screech-screech-SCREECH. Y entonces, una mano
rompió la superficie. No una mano podrida de cadáver, sino algo peor: una mano
pálida, con uñas largas y negras, agarrando el borde de la fosa.
Viviana
sintió cómo su corazón explotaba literalmente de terror. Un dolor agudo en el
pecho, un zumbido en los oídos, y luego... oscuridad.
En la casa
de Ignacia, las chicas esperaron. Primero treinta minutos. Luego una hora. Las
dos de la mañana llegaron en medio de la incertidumbre de las chicas y Viviana
no respondía el celular.
—«Esa güeona
debe estar haciéndonos una broma» —dijo Camila, aunque su voz temblaba—. «Seguro
que se fue a su casa y se durmió».
—«Deberíamos
ir a buscarla» —susurró Fernanda, mirando por la ventana hacia la oscuridad.
—«¿Estai loca? Ni siquiera es 31 de octubre todavía. Esperemos a la mañana» —respondió Ignacia, aunque ella misma no podía dejar de mirar el celular, esperando el mensaje que nunca llegó.
El amanecer
del 31 de octubre llegó gris y neblinoso. Los padres de Ignacia regresaron de
su viaje a las siete de la mañana, encontrando a cinco chicas pálidas y sin
dormir, y a una sexta desaparecida.
Cuando la
policía de investigaciones, carabineros y los padres llegaron al cementerio, lo
que encontraron no fue una broma, ni un susto, ni una muerte por paro cardíaco.
La tumba 847
había sido profanada completamente.
Viviana no
estaba simplemente «tirada sobre la tumba». Su cuerpo estaba dispuesto sobre la
lápida del viejo Ortega en una posición que hizo que el sargento de los
carabineros se santiguara instintivamente. Estaba boca arriba, pero sus
extremidades habían sido retorcidas en ángulos imposibles: los brazos
extendidos en forma de cruz invertida, las piernas dobladas hacia atrás como si
fuera una araña. Su chaqueta negra había sido arrancada y estaba envuelta
alrededor de su cuello como un lazo satánico.
Pero eso no
era lo peor, sus ojos habían sido... extraídos, no arrancados a la fuerza, sino
removidos quirúrgicamente, dejando dos cuencas negras que goteaban un líquido
oscuro. En donde deberían estar sus ojos, alguien había colocado dos piedras
negras pintadas con símbolos que ninguno de los oficiales reconoció —runas
extrañas, antiguas, que parecían moverse si las mirabas de reojo.
Alrededor de
su cuerpo, la tierra había sido cavada en patrones circulares concéntricos, y
en cada punto cardinal había un objeto: un espejo roto, un reloj detenido
exactamente a las 3:33, una foto de Viviana sonriendo que nadie recordaba
haberle tomado, y la estaca de madera que ella debía clavar, ahora empapada en
sangre y clavada verticalmente sobre su estómago, atravesando su cuerpo y
saliendo por su espalda. La tumba del viejo Ortega estaba pintada con símbolos
satánicos hechos con sangre de Viviana... velas rojas, un pentagrama y un macho
cabrío adornaban el grotesco sepulcro.
El médico
forense vomitó al ver la escena.
—«Parece...
parece un ritual satanista» —murmuró el sargento Muñoz, fotografiando los
símbolos con manos temblorosas—. «Como algo sacado de una película de terror».
Pero la
revelación más perturbadora vino cuando revisaron la tumba del viejo Ortega.
—«Sargento»
—llamó un agente desde la fosa, pálido como la muerte—. «Tiene que ver esto».
El ataúd del
viejo Ortega estaba intacto. Sellado. Y dentro, el cuerpo del anciano yacía en
descomposición natural, llevaba tres semanas muerto. No había señales de que
hubiera sido enterrado vivo, no había rasguños en la tapa interior... no había
nada.
—«La
historia era mentira» —confirmó el sargento Muñoz a los padres horrorizados
horas después—. «El viejo Ortega murió de causas naturales en el hospital. No
hubo error médico, no hubo entierro prematuro. Todo eso eran rumores estúpidos
de Internet».
—«Entonces...
¿qué le pasó a mi hija?» —gritó la madre de Viviana, deshecha en llanto.
El sargento
no respondió... no podía, porque en el informe forense preliminar habían
encontrado algo que no tenía explicación... las manos de Viviana tenían tierra
negra bajo las uñas, como si ella misma hubiera cavado los surcos circulares
alrededor de su propio cuerpo. Y en su celular, encontrado a metros de
distancia con la pantalla rota, había una selfi...
La selfi
mostraba a Viviana sonriendo ampliamente, demasiado ampliamente, con los ojos
completamente negros, y detrás de ella, en la oscuridad del cementerio, se
veían seis figuras más. No eran sus amigas. Eran... otras cosas... cosas con
proporciones incorrectas, sonriendo con dientes demasiado largos, observando
por encima de su hombro.
La foto
estaba fechada a las 3:33 de la mañana.
Y lo más
horroroso... en la esquina inferior de la imagen, apenas visible, se veía una
mano pálida sobre el hombro de Viviana, una mano que la sostenía firmemente
para que no escapara.
Mientras los
carabineros cerraban el cementerio con cinta amarilla, uno de los agentes más
jóvenes juró haber escuchado, viniendo de la tumba 847, un sonido suave. Un
rasguño metálico.
Screech...
screech... screech...
Como uñas arañando la tapa de un ataúd, pidiendo salir... pero esta vez, venía de la tumba de al lado, la número 848, recién cavada... esperando su siguiente desafío.
FIN
Historia
escrita y adaptada por: H.P. Hatecraft.
Basada en el
relato: El desafío del cementerio.
Fuente:
deterror.com.mx.
Portada diseñada
por: Vëthriön Asathørn. Creada con AI.
Edición final: H.P. Hatecraft.



