martes, 20 de octubre de 2026

El Encuentro




EL ENCUENTRO

 

Parte I: La Fogata

Región de Magallanes. 

El río San Juan corría tranquilo esa noche, como si tuviera siglos sin prisa. Christian y Tracy habían llegado al mediodía, cargando entre los dos la carpa, las bolsas con cervezas, la parrilla improvisada y un pequeño parlante con bluetooth para escuchar música. Era un lugar perfecto: lejos de todo, rodeado de lengas retorcidas y arbustos que crecían hasta la orilla, con el agua clara y fría bajando desde la cordillera. Se despiden del amigo que los fue a dejar y se internan en los bosques.

 

15 minutos después:

—«Esto es vida, amiga» —dijo Christian, estirándose sobre el pasto mientras Tracy armaba la carpa con una destreza que la avergonzaba un poco.

 

—«Vida dices tú. Ayúdame en vez de mirar como un flojo» —respondió ella, riéndose.

 

Tracy era así, directa, sin vueltas, con una risa que se escuchaba a metros. Se conocían desde el colegio, habían pasado juntos por mil cosas, y aunque más de alguien les decía que «eran pareja sin saberlo», ellos se reían y lo dejaban pasar. Esa noche no era la excepción.

Cuando cayó la oscuridad sobre esas tierras, encendieron la fogata. El fuego crepitaba, las sombras de los árboles bailaban alrededor y el río se volvía un murmullo constante, casi hipnótico. Entonces abrieron las cervezas.

 

—«¿Sabes qué me gusta de este lugar?» —dijo Christian, mirando las llamas—. «Que no hay nadie. Cero gente. Cero ruido de la ciudad».

 

—«Cero señal de celular, eso sí» —contestó Tracy, mostrando la pantalla de su teléfono—. «Si nos pasa algo, estamos solos».

 

—«¿Qué te va a pasar? Un puma a lo más. Y los pumas no se meten a las carpas».

 

—«¿Y qué se mete a las carpas?»

 

—«Nada, tonta. Hoy dormirás tranquila. Yo te voy a proteger».

 

Se rieron, brindaron por tonterías... por el verano, por el trabajo que los tenía hartos, por la amiga que se había casado y ya no salía, por cualquier cosa. La noche avanzaba y las cervezas bajaban. A la una de la madrugada ya habían hablado de todo. A las dos, casi no hablaban, solo miraban el fuego con esa calma pesada que da el cansancio.

Y entonces, a eso de las tres, lo escucharon.

 

¡Chaaap!

 

Un sonido húmedo, pesado, como si algo grande hubiera caído al agua y se hundiera. Christian se enderezó de golpe.

 

—«Tracy, ¿Escuchaste eso?»

 

—«Sí» —dijo Tracy, ya sin reír y susurrando—. «Fue en el río».

 

—«¿Un pez?»

 

—«Los peces no suenan así, Chris. Eso fue grande.».

 

El sonido se repitió. 'Chap. Chap.' Y luego un silencio que daba más miedo que el ruido. El río, que hasta hacía un momento murmuraba parejo, parecía haberse quedado quieto, como conteniendo la respiración.

 

—«Está en la parte profunda» —susurró Tracy—. «Donde está el pozo».

 

—«Puede ser otro campista. Alguien que llegó tarde y se está bañando».

 

—«A las tres de la mañana, ¿bañándose?»

 

—«Hay gente rara».

 

—«Eso es lo que me da miedo». —agrega Tracy.

 

Christian tomó la linterna grande que habían traído y Tracy agarró la otra, la más chica. Salieron de la carpa con cautela, pisando despacio, sin apagar la fogata para no perder la referencia. El río estaba a unos treinta metros, bajando una pequeña pendiente entre arbustos.

 

—«¿Y si es gente mala?» —murmuró Tracy, pegada a su espalda—. «Como delincuentes o algo peor».

 

—«¿Qué es peor que unos delincuentes?»

 

—«No sé. Violadores. Viejos degenerados».

 

—«O tipos mutantes que comen gente».

 

—«¡Para idiota! ¡Me está dando miedo!». —dice muy asustada Tracy, mientras toma del brazo a Christian.

 

Avanzaron. Cada paso crujía bajo sus pies. La linterna de Christian barría el suelo, la de Tracy alumbraba las ramas. El chapoteo se detuvo, pero el río seguía ahí, negro, brillando apenas bajo la luna.

 

—«Alumbra el pozo» —dijo Tracy—. «Ahí, al frente».

 

Christian levantó la linterna. El haz de luz cruzó el agua y fue a dar justo al otro lado, entre las lengas y los arbustos que crecían pegados a la orilla. Al principio no vieron nada. Solo ramas. Solo sombras.

Y entonces algo se movió.

 

—«Ahí» —jadeó Tracy—. «¿Lo viste?»

 

Algo se enderezó entre los arbustos, primero pensaron que era un hombre. Luego, no. Era demasiado alto, demasiado delgado y la piel no era piel... era una superficie brillosa, escamosa, que reflejaba la luz de la linterna como si fuera plástico mojado.

Salió del agua despacio, sin apuro, hasta quedar de pie sobre la orilla opuesta. Medía cerca de dos metros. Tenía los hombros anchos, los brazos largos, y la cabeza… la cabeza era casi humana, pero no del todo. Los ojos eran grandes, sin párpados visibles, y reflejaron la luz como dos monedas de vidrio.

 

—«Christian» —susurró Tracy, agarrándolo del brazo—. «Christian, ¿qué mierda es eso?»

 

El ser giró la cabeza. Despacio. Hacia ellos.

Y los miró.

Hubo un segundo —un solo segundo— en que los tres quedaron quietos: los dos jóvenes de un lado del río, el ser del otro, la linterna brillando en medio como un puente de luz. Christian sintió que el corazón le subía a la garganta.

 

—«Es… es como un lagarto» —murmuró—. «Pero parado».

 

—«Los lagartos no se paran. Y aquí en Magallanes no existen los lagartos» —dijo Tracy, con la voz quebrada.

 

El ser abrió la boca. No rugió, hizo un sonido bajo, gutural, como un silbido húmedo, y entonces, sin aviso, se lanzó al río.

No caminó, no nadó despacio, se lanzó. El agua estalló con un 'chapar' enorme y el cuerpo escamoso empezó a cruzar el pozo a una velocidad imposible, dejando una estela blanca, directo hacia ellos.

 

—«¡Corre Tracy!» —gritó Christian—. «¡Tracy, CORRE!»

 

PARTE II: LA HUIDA

Corrieron. No pensaron en la carpa, ni en las mochilas, ni en el parlante, ni en los celulares ni en las cervezas. Solo corrieron. Christian tiró la linterna grande sin darse cuenta y Tracy apretó la suya contra el pecho como si fuera un amuleto. Detrás de ellos, el río estallaba.

 

—«¡ESTÁ SALIENDO DEL AGUA!» —gritó Tracy, mirando por sobre el hombro—. «¡CHRISTIAN, ESTÁ SALIENDO!»

 

—«¡No mires, corre!»

 

Subieron la pendiente a tropezones, las ramas les golpeaban la cara, las raíces los hacían caer. Christian se enredó con un tronco y cayó de bruces, raspándose las manos, Tracy lo levantó tirándole del brazo con una fuerza que no sabía que tenía.

 

—«¡Arriba, arriba!»

 

—«¡Lo escucho!» —jadeó él—. «¡Viene por nosotros!»

 

Y era verdad. Detrás de ellos, entre el ruido de sus propios pasos y la respiración agitada, se oía algo más, un sonido húmedo y rítmico, como un cuerpo grande arrastrándose rápido por el pasto, 'shhh-shhh-shhh', acercándose.

 

—«¡La carpa!» —dijo Tracy—. «¿Volvemos por las cosas?»

 

—«¡No! ¡No alcanzamos! ¡Sigue!»

 

Pasaron junto a la fogata, que aún ardía, y por un instante la luz les mostró el camino. Christian alcanzó a ver, de reojo, algo que cruzaba el claro detrás de ellos... una silueta alta y encorvada que se movía en cuatro patas, rapidísima, y luego se enderezaba.

 

—«¡SE PARA!» —gritó—. «SE PARA Y CAMINA, TRACY, ¡SE PARA Y CAMINA!»

 

—«¡¿Qué?! ¡¿Qué mierda significa eso?!»

 

—«¡Que es más rápido de lo que debería!»

 

Entraron al bosque. La oscuridad era total, apenas rota por la linterna de Tracy, que temblaba en su mano como una luciérnaga asustada. Las lengas se cerraban sobre ellos, los arbustos les arañaban las piernas y las ramas bajas les golpeaban la frente. Christian iba adelante, abriéndose paso a empujones, sin saber siquiera hacia dónde corría.

 

—«¡La carretera!» —jadeó—. «Tenemos que llegar a la carretera, ¿te acuerdas? El ripio, al oriente. ¡Está a un kilómetro!»

 

—«¡No ves nada Chris!» —le gritó Tracy—. «¡Nos vamos a perder!»

 

—«¡Perderse es mejor que quedarse!»

 

Detrás de ellos, el bosque crujía, no era el viento, era algo pesado avanzando entre los árboles, rompiendo ramas, 'crac, crac', cada vez más cerca. Tracy apretó el paso hasta quedar pegada a la espalda de Christian.

 

—«¡Está detrás! ¡Está detrás de nosotros!»

 

—«¡No mires! ¡Solo corre!»

 

—«¡Pero es que se escucha respirar!»

 

Y era cierto, entre el jadeo de ambos, se colaba un sonido nuevo, una respiración profunda, húmeda, como la de un caballo cansado, pero con un silbido metálico al final. 'Shhhhh… pssss…' Se repetía acompasada, y con cada ciclo parecía acercarse un poco más.

Christian tropezó con una raíz gruesa y cayó de rodillas. Tracy lo pasó a llevar y ambos rodaron por una pequeña bajada cubierta de hojas mojadas. La linterna salió volando y se apagó al golpear un tronco.

 

—«¡NOOO!» —gritó Tracy, buscándola a tientas—. «¡La linterna, la linterna!»

 

—«¡Déjala! ¡Déjala, Tracy!»

 

—«¡Chris, sin luz no vemos nada!»

 

—«¡Vemos el cielo! ¡Mira arriba! ¡Mira la Luna! ¡La carretera está hacia donde se ve el claro!»

 

Tracy levantó la vista... entre las copas de los árboles, un parche de cielo despejado brillaba tenue. Hacia allá apuntaba un sendero apenas marcado entre los helechos. Se levantaron como pudieron, con las manos y las rodillas sangrando, y siguieron.

El ser seguía detrás, ya no corría en cuatro patas, caminaba erguido, pero a zancadas enormes, como si el bosque no le ofreciera resistencia. Cada tanto se detenía, y en esas pausas los jóvenes escuchaban algo que los helaba... un chasquido, como si probara el aire, como si los olfateara.

 

—«¿Por qué mierda para?» —susurró Tracy, sin dejar de correr—. «¿Por qué mierda para y después sigue?»

 

—«No sé. Tal vez nos está… cazando».

 

—«¿Cazan--…»

 

—«¡No sé Tracy! ¡Sigue!»

 

Salieron a un sector más abierto, lleno de piedras y pastizales altos. Christian reconoció el lugar, era el borde del terreno que habían cruzado en la tarde, antes de llegar al río. La carretera de ripio tenía que estar al frente, a unos doscientos metros.

 

—«¡ALLÁ!» —gritó, señalando una línea pálida que se dibujaba entre los árboles—. «¡Es el puto camino!»

 

Corrieron con lo último que les quedaba. Las piernas les temblaban, la respiración les quemaba el pecho, y la sangre les corría por los codos y las rodillas por las caídas. Detrás, el ser salió del bosque y se detuvo un instante en el borde del claro.

Tracy lo miró... fue solo un segundo, pero lo vio entero... la piel verde oscura y brillosa, los brazos largos, la cabeza erguida, los ojos que reflejaban la luz de las estrellas. Estaba quieto. Los miraba.

 

—«Christian…» —dijo Tracy, con la voz casi apagada—. «Nos está mirando. Nos está… mirando a los dos».

 

—«No me importa. Muévete. Vamos».

 

—«Esa cosa no está corriendo. Nos mira no más».

 

—«¡Tracy, por favor!»

 

Y entonces el ser hizo algo que ninguno de los dos iba a olvidar: levantó un brazo, muy despacio, y lo sostuvo en el aire, como saludando. Luego bajó el brazo y volvió a lanzarse hacia ellos.

 

—«¡Corre, corre, corre!»

 

Llegaron a la carretera de ripio y la siguieron a la carrera, sin importar hacia dónde, solo alejándose. Las piedras rodaban bajo sus zapatillas, pero no pararon. Corrieron y corrieron hasta que el bosque quedó atrás, hasta que el río dejó de escucharse, hasta que el ser ya no se vio.

 

Y corrieron más.

 

PARTE III: EL AMANECER

Corrieron hasta que el cielo empezó a clarear.

Primero fue un gris tenue por el oriente, después, un rosado pálido que se extendió por las nubes. Y cuando el sol asomó por fin entre los cerros, Christian y Tracy ya no podían más. Se dejaron caer al borde del camino, junto a un poste de alambre, y quedaron ahí, tirados, respirando como animales.

 

—«No… no viene» —jadeó Christian, con la cara pegada al ripio—. «Ya no viene».

 

Tracy no respondió. Estaba de rodillas, con las manos en la cabeza, temblando. Tenía las piernas llenas de arañazos, los codos pelados, la ropa rota. Christian se enderezó como pudo y se sentó a su lado.

 

—«Hey, Tracy. Estamos bien. Llegamos. Estamos a salvo».

 

—«¿Tú lo viste?» —dijo ella, sin mirarlo—. «¿Lo viste de verdad?»

 

—«Sí. Lo vi».

 

—«¿Y qué era, Christian? ¿Qué era?»

 

—«No sé, Tracy». —Se miró las manos, llenas de tierra y sangre seca—. «No sé qué era. Y ya no importa».

 

—«Nos miraba. Nos estudiaba y después levantó el brazo, ¿te acuerdas? Como si nos… como si nos estuviera…»

 

—«Analizando, cazando ¡Qué se yo!»

 

—«Marcando» —dijo Tracy, y la palabra quedó flotando en el aire frío del amanecer—. «Nos marcó, Christian. Nos vio la cara y nos marcó».

 

Se quedaron callados un rato. El sol subía. Los pájaros empezaron a cantar, como si nada hubiera pasado, como si la noche no hubiera existido. En la distancia, se escuchó un motor.

 

—«¿Escuchas?» —dijo Christian, incorporándose—. «Un auto».

 

—«No es un auto. Es más pesado».

 

Un jeep verde apareció en la curva del camino, levantando polvo. En la parte de atrás venían tres uniformados. Era una patrulla de Carabineros, de esas que recorren los sectores rurales de madrugada. Frenaron al verlos.

Un cabo bajó primero. Tenía cara de sueño y de sorpresa.

 

—«¿Y ustedes jóvenes?» —preguntó—. «¿Qué hacen aquí a esta hora? ¿Se perdieron?»

 

Christian y Tracy se miraron. Y entonces, los dos empezaron a hablar al mismo tiempo, atropelladamente, sin orden.

 

—«Nos atacó algo en el río…»

 

—«Un ser, un ser como un lagarto, pero parado…»

 

—«Salía del agua, en el pozo, al otro lado…»

 

—«Corrimos toda la noche, dejamos la carpa, las mochilas, todo…»

 

—«¡Nos siguió! ¡Nos siguió hasta el bosque!»

 

El cabo los miraba con una ceja levantada. Los otros dos carabineros bajaron también, uno con una radio en la mano.

—«Ya, ya, tranquilos» —dijo el cabo—. «Respiren. ¿Un ser? ¿Como un lagarto?»

 

—«Sí» —dijo Christian, y por primera vez desde que había empezado a hablar, se detuvo—. «Verde. Brilloso. De dos metros. Parado».

 

El carabinero anotó algo en una libretita. Luego levantó la vista.

—«¿Y ustedes tomaron algo?» —preguntó—. «¿Vino? ¿Pisco?»

 

—«Cervezas» —dijo Tracy—. «Pero poquito. Como cinco entre los dos».

 

El cabo asintió, como si eso explicara todo. Pero Christian notó algo: el carabinero más joven, el que estaba atrás, no se reía. Miraba el bosque, hacia el lado del río, con la cara seria.

 

—«Sargento» —dijo el joven—. «¿Se acuerda del caso del año pasado?»

 

El cabo se giró.

—«¿Cuál?»

 

—«El del pescador. El que apareció muerto río abajo». —El joven hablaba despacio, sin dejar de mirar los cerros—. «El que tenía las marcas esas en el cuello. Como si algo lo hubiera agarrado».

 

Hubo un silencio. El cabo se rascó la barbilla.

—«Ese fue un puma».

 

—«El forense dijo que no. Dijo que las marcas eran de algo con dedos largos».

 

Tracy se puso pálida. Christian sintió que el estómago se le apretaba.

—«¿Qué pescador?» —preguntó, con la voz ronca—. «¿Qué le pasó?»

 

El joven carabinero lo miró por primera vez. Tenía los ojos cansados, pero serenos, de alguien que ha visto cosas raras en esos cerros y ya dejó de sorprenderse.

—«Apareció flotando, río abajo, cerca del puente viejo». —Hizo una pausa—. «Sin ropa. Sin heridas de arma. Solo las marcas esas en el cuello. Y los pies… los pies los tenía destrozados. Como si hubiera corrido mucho».

 

—«¿Corrido?» —repitió Christian.

 

—«Corrió. Descalzo. Por el ripio». —El joven carabinero miró el bosque otra vez—. «Como si algo lo hubiera perseguido hasta el amanecer».

 

Tracy se llevó las manos a la boca. Christian sintió que el suelo se le movía.

—«Entonces… no estamos locos».

 

—«Nunca dije que estuvieran locos» —dijo el joven—. «Solo dije que aquí hay cosas que no se ven».

 

El cabo los hizo subir al jeep. Les pasó una frazada, una botella de agua, y les preguntó la dirección de sus casas. Christian iba atrás, junto a Tracy, abrazados, mirando por la ventana cómo el bosque se alejaba. El sol ya estaba alto. El río San Juan quedaba atrás, tranquilo, brillante, como si nunca hubiera pasado nada.

Pero Christian sabía que sí. Lo sabía porque Tracy le apretaba la mano y le temblaba. Lo sabía porque el carabinero joven, cada tanto, miraba por el retrovisor hacia el camino que dejaban atrás.

 

—«¿Volveremos?» —preguntó Tracy, casi en un susurro—. «¿A buscar las cosas?»

 

—«Algún día» —dijo Christian.

 

—«¿Y si volvemos y está ahí?»

 

Christian no respondió. Miró por la ventana. El ripio, el pasto, las lengas. Y en el fondo, muy en el fondo de su cabeza, volvió a ver al ser levantando el brazo, despacio, como despidiéndose. O como diciendo 'nos vemos'.

 

—«Oye» —dijo Tracy, de pronto—. «¿Tú te acuerdas de la cara?»

 

—«Sí».

 

—«¿Y te acuerdas de que nos miró a los dos? A los dos, Christian. No a uno. A los dos».

 

—«Sí».

 

—«¿Por qué crees que nos miró a los dos?»

 

Christian lo pensó un momento. El jeep avanzaba por el camino, y el bosque quedaba cada vez más lejos. Pero en el fondo, algo le decía que la distancia no importaba, que esa noche no había terminado del todo. Que el río San Juan seguía ahí, esperando.

 

—«No sé» —dijo al final—. «Pero creo que nos eligió».

 

—«¿Eligió?»

 

—«Para algo». —Christian tragó saliva—. «Y creo que va a volver a buscarnos».

 

Tracy no dijo nada. Se quedó mirando el camino, con la frazada apretada contra el pecho. Y en el silencio del jeep policial, entre el ruido del motor y el viento, los dos escucharon —o creyeron escuchar— un sonido lejano que venía desde el bosque.

Un gruñido profundo... lejano.

Ambos se miran... y luego... ninguno de los dos se atrevió a mirar atrás.

 

Una historia escrita por: H.P. Hatecraft.

Portada diseñada por: Vëthriön Asathørn.

Edición final: H.P. Hatecraft.