En el
mundo de lo paranormal y lo insólito, hay casos que se destacan por su misterio
y por la cantidad de fenómenos inexplicables y conjeturas que los rodean.
Espero
que disfruten estas extrañas historias.
EL MONTE SHASTA:
LA MONTAÑA QUE SE TRAGA A LA GENTE
Hay montañas que se escalan y montañas que se habitan.
El Monte Shasta, en el norte de California, pertenece a la segunda categoría.
No es solo un volcán: es un imán espiritual, un símbolo para las naciones
nativas de la región, un refugio para buscadores de lo oculto y, según una
tradición difícil de desmentir, una puerta. Y cada cierto tiempo, alguien cruza
esa puerta y no vuelve.
LA MONTAÑA
Hablamos de un estratovolcán de aproximadamente 4.317
metros de altura, situado en el condado de Siskiyou, a unos 100 kilómetros al
norte de Redding y a unos 65 kilómetros al sur de la frontera con Oregón. Es la
segunda cumbre más alta de la Cordillera de las Cascadas y, según el Servicio
Geológico de Estados Unidos, el volcán más voluminoso de toda esa cadena. Sigue
activo, aunque dormido, y sus faldas alimentan a los pueblos de Weed, McCloud y
Mount Shasta City, que viven literalmente a su sombra.
Para los pueblos indígenas —los Shasta, los Wintu, los
Karuk— la montaña nunca fue un simple accidente geológico. Era el eje del
mundo, el lugar donde se creó la Tierra, la morada de los dioses. Esa
sacralidad milenaria es el sustrato sobre el que, a partir del siglo XX, se
construyó toda una mitología moderna.
EL MITO:
LEMURIA, TELOS Y LOS LEMURIANOS
A finales del siglo XIX, el zoólogo británico Philip
Sclater «inventó» el nombre de «Lemuria» para explicar la distribución de los
lémures entre Madagascar y la India, un continente perdido en el océano Índico.
Pero la idea se desbordó de la ciencia: teósofos y ocultistas la reubicaron en
el Pacífico y le añadieron una civilización avanzada, espiritualmente superior,
destruida por un cataclismo.
En 1905, el libro 'A Dweller on Two Planets' (Un
habitante de dos planetas), atribuido a Frederick Spencer Oliver, situó a los
supervivientes de Lemuria viviendo dentro y alrededor del Monte Shasta. Con el
tiempo, esa leyenda se solidificó en un nombre propio: 'Telos', la ciudad de
luz subterránea, el último bastión de los lemurianos. En las versiones más
elaboradas —popularizadas a partir de los años cincuenta por autores como
Wishar Cerve y Aurelia Louise Jones—, Telos sería una metrópolis de cristal
habitada por seres altos, de cabello largo y sandalias, con un tercer ojo y
poderes psíquicos, entre ellos la capacidad de desaparecer.
A esto se suma un catálogo entero de fenómenos: ovnis,
luces en el cielo, portales, Maestros Ascendidos, encuentros con sasquatch y
figuras resplandecientes que se desvanecen entre los árboles. Desde la
«convergencia armónica» de 1987, Shasta se convirtió en destino de
peregrinación para todo tipo de buscadores. Y en ese ambiente, la frase «se lo
tragó la montaña» deja de ser una metáfora.
LOS DESAPARECIDOS
Desde 1986 se han reportado al menos once
desapariciones sin resolver en el Monte Shasta y sus alrededores. La montaña es
grande, el terreno es vasto, y muchos casos tienen explicaciones lógicas:
caídas, avalanchas, grietas, hipotermia. Pero hay un puñado que se resiste a la
lógica, porque las víctimas eran expertas, el tiempo era bueno y las búsquedas
fueron exhaustivas. Estos son tres ejemplos.
CASO 1:
J.C. BROWN (1934) — EL HOMBRE QUE
ENCONTRÓ LA PUERTA Y LUEGO SE ESFUMÓ
En 1934, un geólogo de origen británico llamado J.C.
Brown apareció en Stockton, California, contando una historia que hoy sonaría a
guion de aventuras: había encontrado, treinta años antes, en 1904, un túnel de
once millas que penetraba en el corazón del Monte Shasta. Dentro, decía, había
salas con cobre, oro, jeroglíficos, estatuas y veintisiete esqueletos gigantes
de entre dos y más de tres metros de altura. Había sellado la entrada para
protegerla y había guardado silencio durante décadas.
La historia encajaba como un guante con el furor de la
época... el mundo estaba fascinado con el descubrimiento de la tumba de
Tutankamón, y la leyenda lemuriana estaba en pleno apogeo. Brown reunió a más
de ochenta personas de Stockton, entre ellas un conservador de museo, un editor
de periódico y varios científicos. Durante seis semanas el grupo se reunió cada
noche para planear la expedición. No pedía apenas dinero: solo quería el
contenido de una de las salas, y ofrecía el resto a sus acompañantes, incluso
dijo que las antigüedades pertenecían «a los lemurianos o a sus descendientes».
La expedición debía partir el 19 de junio de 1934.
Brown nunca apareció. Nadie del grupo volvió a verlo.
Presentaron una denuncia policial. Se especuló con un secuestro, con una
estafa, con que había sobrevendido el tesoro. Nunca reveló la ubicación exacta
del túnel. Investigaciones posteriores sugirieron que «J.C. Brown» era un alias
y que el hombre —o alguien que se hacía pasar por él— está enterrado en algún
desierto de Nevada. El túnel nunca se ha encontrado.
CASO 2:
JOHN NEZZA (1965) — CUARENTA CUMBRES Y
UNA DESAPARICIÓN
El 17 de julio de 1965, un montañero de ochenta años
llamado John Nezza salió solo a subir el Shasta, no era un novato, había
coronado la cumbre más de cuarenta veces, y conocía cada risco. Aquel día dejó
la mayor parte de su equipo en el refugio del Sierra Club en 'Horse Camp' y se
internó ligero de equipaje, como quien va a dar un paseo por casa.
Nunca regresó. Pese a su experiencia y a su
conocimiento íntimo de la ruta, no se encontró ni rastro suyo, ni huellas, ni
ropa, ni restos. Su caso quedó como el arquetipo del «desaparecido imposible»
del Shasta... alguien que, sobre el papel, no debería haberse perdido jamás.
CASO 3:
CARL LANDERS (1999) — EL EXPERTO QUE SE
DESVANECIÓ A LA VISTA DE SUS AMIGOS
El caso que más ha alimentado el mito moderno ocurrió
treinta y cuatro años después, casi calcado al de Nezza. El 22 de mayo de 1999,
Carl Herbert Landers, de 69 años, residente en Orinda y exmiembro del consejo
escolar de su localidad, subía el Shasta con dos compañeros, Milton Gaines y
Barry Gillmore. Era un montañero experimentado, corredor de fondo y, según
todos los testimonios, estaba en buena forma.
Acamparon cerca de Lake Helen, a unos 3.000 metros. En
la mañana del día 22, Landers se sintió mal, aun así, decidió salir antes que
sus compañeros para tomar ventaja. Llevaba una mochila con comida y agua, capas
de ropa —incluida una chaqueta color óxido—, pantalones de esquí y botas con
crampones. Vestía colores llamativos, fáciles de ver.
Gaines le dijo que se adelantara hacia una zona
despejada llamada Lake Helen, a apenas 900 metros del campamento. Landers
estaba a la vista mientras los otros dos recogían el campamento. Luego,
simplemente, dejó de estar.
Se desplegó una búsqueda masiva: helicópteros, equipos
de rescate, rastreo de las laderas superiores. No apareció nada... ni el
cuerpo, ni la mochila, ni las botas, ni un solo objeto. La montaña se lo había
tragado sin dejar firma. El caso sigue abierto y se ha convertido en uno de los
expedientes más citados del misterio de Shasta.
La zona es, en teoría, un descampado sin escondites:
quien lo conoce repite que «no hay dónde esconderse» allí arriba, y sin embargo
él desapareció con total limpieza.
LOS CASOS RECIENTES
El fenómeno no es cosa del pasado.
• Davohnte Morgan, un joven de 28 años de San
Francisco, desapareció la mañana del 5 de mayo de 2020 tras ser visto caminando
por South Mount Shasta Boulevard. Llevaba billetera y móvil, pero no vehículo.
Su novia lo reportó dos días después. La familia sigue ofreciendo una
recompensa de 25.000 dólares y, a fecha de hoy, no hay respuesta.
• Lesner Noe Velásquez Cárdenas, de 21 años,
protagonizó en 2025 uno de los casos más extraños de la historia reciente. El
29 de mayo volcó su auto en una carretera rural cerca de Redding, avisó a la
Patrulla de Caminos y se marchó antes de que llegaran. Un taxi lo recogió horas
después y lo dejó en el aparcamiento de McBride Springs, en el Shasta, diciendo
que quería «batir el tiempo de un amigo en una ruta». Sus amigos no eran excursionistas;
él no tenía vínculo conocido con la montaña. Dejó atrás la billetera y el
dinero, y solo faltaba su pasaporte. Nunca más se supo de él. Nick Meyers,
guardabosques jefe de escalada y veterano de dos décadas en la montaña, lo
resumió con un «hay cosas muy, muy raras en toda esta historia, de principio a
fin».
¿QUÉ ESTÁ PASANDO REALMENTE?
Hay dos grandes familias de explicaciones, y ninguna
es del todo satisfactoria.
• La versión terrenal apunta a las características
físicas del Shasta: es enorme, con glaciares, grietas de hielo, laderas de roca
suelta y un clima que puede pasar de plácido a brutal en horas. Una caída en
una grieta, una avalancha, una hipotermia por un cambio brusco, y el cuerpo
puede quedar oculto durante décadas o para siempre. A esto se añade que en
zonas altas la desorientación y el edema cerebral hacen estragos incluso en
gente entrenada. La montaña, además, tiene una extensión enorme y buena parte
del terreno está poco transitada.
• La versión mistérica señala los patrones incómodos:
víctimas expertas, buen tiempo, búsquedas intensas, cero rastros. Cuando
desaparece alguien que ha subido la cumbre cuarenta veces, que vestía colores
chillones a la vista de dos testigos, o que dejó la billetera, pero se llevó el
pasaporte, la explicación mecánica empieza a hacer aguas. Y ahí es donde entra
el folclore: portales, «robos» por los habitantes de Telos, saltos
dimensionales, desapariciones voluntarias.
La verdad probable es que Shasta combina lo mejor de
ambos mundos: es un terreno genuinamente peligroso y grande, envuelto en una
narrativa tan potente que multiplica la extrañeza de cada caso. La montaña no
necesita magia para perderse en ella; pero tampoco la necesita para que, una
vez perdida la gente, el misterio se vuelva irresistible.
CIERRE
El Monte Shasta se alza sobre el norte de California
como un imán de todas las preguntas que no sabemos responder:
¿Qué hay debajo?, ¿adónde va la gente?, ¿por qué
algunos nunca vuelven y jamás dejan rastro? Las tribus lo llamaron sagrado
mucho antes de que los buscadores de Telos lo llamaran puerta. Puede que ambos
tuvieran razón.
Si algún día viajas a esa zona en Estados Unidos y
subes, lleva capas de ropa de colores vivos, avisa a alguien de tu ruta y no te
adelantes demasiado a tus compañeros... porque a esta montaña, de vez en
cuando, le gusta quedarse con alguien.
Fuentes: Muchos libros, artículos de periódicos e informes.
Compilación: V.D.M.
Edición final: Vëthriön Asathørn.


