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viernes, 2 de octubre de 2026

The Graveyard Challenge [Legacy]




EL DESAFÍO DEL CEMENTERIO

 

El viento de la Patagonia azotaba las ventanas de la casa de Ignacia como si intentara entrar a la fuerza. Eran las once de la noche del 30 de octubre de 2026, y seis chicas —4 de diecinueve años y 2 de 18— estaban sentadas en círculo en la habitación de Ignacia, iluminadas únicamente por la luz parpadeante de una vela y la pantalla de un celular.

 

—«No puedes ser tan gallina, Viviana» —dijo Antonia, removiendo su chocolate caliente con una cuchara que resonaba contra el borde de la taza—. «Güeona, todo el mundo sabe que el viejo Ortega fue enterrado vivo. Mi primo trabaja en la funeraria y vio cómo se movía el ataúd cuando lo bajaban».

 

—«Esa güeá es mentira» —soltó Viviana, cruzándose de brazos, aunque su voz traicionaba un temblor—. «Nadie entierra a la gente viva en pleno 2026».

 

Ignacia se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con malicia en la penumbra.

—«Entonces, güeona, no te costará nada ir. Solo tienes que caminar quince minutos hasta el cementerio, encontrar la tumba del viejo Ortega —la número 847, sector norte—, clavar esta estaca de madera en la tierra fresca y tomarte una selfi. Si no lo haces, tendrás que venir al “U” mañana en ropa interior sobre tu uniforme, ¿Cachai?».

 

Las chicas rieron, pero la risa sonó hueca, forzada.

—«Está bien, zorras» —gruñó Viviana levantándose y tomando la estaca que le ofrecía Ignacia—. «Pero si encuentro algo, no vengan llorando. Y prepárense para ver mi foto en el grupo de WhatsApp en treinta minutos».

 

Viviana se puso su chaqueta de cuero y salió. El portón de hierro del cementerio estaba a solo diez minutos caminando, aunque en la oscuridad de esa noche sin Luna parecía una travesía interminable. Cuando llegó, encontró que la reja estaba entreabierta —algo que le pareció extraño, pero lo atribuyó al viento— y se coló dentro.

Las lápidas emergían de la tierra como dientes podridos. Viviana encendió la linterna de su celular y caminó entre las filas de muertos, el corazón martillándole en el pecho. El sector norte estaba en la parte más alejada, donde recién habían cavado varias fosas. La tierra de la tumba 847 aún olía a humedad y cemento fresco.

 

—«Qué estúpidas son esas güeonas» —murmuró para sí misma, sacando la estaca de madera de su mochila—. «Voy a clavar esto, me tomo la foto y me largo».

 

Se agachó sobre la tumba recién removida, clavando la estaca con fuerza en el suelo blando. Fue entonces cuando escuchó el sonido.

 

Screech... screech... screech...

 

Un rasguño metálico, proveniente de bajo tierra... lento... metódico... como uñas arañando madera desde el interior de un ataúd.

Viviana se quedó petrificada. El sonido continuaba, ahora más fuerte, acompañado de lo que parecía un gemido sordo, ahogado.

 

—«No... esta güeá no es posible» —tartamudeó, intentando levantarse.

 

Pero no pudo.

Algo había enganchado los cordones de sus zapatillas, algo que tiraba de ella hacia abajo, hacia la tierra recién removida.

Viviana gritó, un alarido desgarrador que se perdió en el viento aullante de Punta Arenas. Tiró de su pierna desesperadamente, pero la zapatilla estaba firmemente atrapada, enredada y clavada junto con la estaca que ella misma había hundido en la tumba. En su pánico, miró hacia abajo y juró ver la tierra moverse, agitarse, como si algo intentara salir a la superficie.

 

—¡Suéltame! ¡SUÉLTAME! —chilló, desgarrándose las uñas contra el suelo mientras forcejeaba.

 

El rasguño bajo tierra se intensificó. Screech-screech-SCREECH. Y entonces, una mano rompió la superficie... no era una mano podrida de cadáver, sino algo peor... una mano pálida, con uñas largas y negras, agarrando el borde entre la fosa y la tierra.

Viviana sintió cómo su corazón explotaba literalmente de terror, un dolor agudo en el pecho, un zumbido en los oídos, y luego... oscuridad.

En la casa de Ignacia, las chicas esperaron, primero treinta minutos, luego una hora... y las dos de la mañana llegaron en medio de la incertidumbre de las chicas y Viviana no respondía el celular.

 

—«Esa güeona debe estar haciéndonos una broma» —dijo Camila, aunque su voz temblaba—. «Seguro que se fue a su casa y se durmió».

 

—«Deberíamos ir a buscarla» —susurró Fernanda, mirando por la ventana hacia la oscuridad.

 

—«¿Estai loca? Ni siquiera es 31 de octubre todavía. Esperemos a la mañana» —respondió Ignacia, aunque ella misma no podía dejar de mirar el celular, esperando el mensaje que nunca llegó. 


 

El amanecer del 31 de octubre llegó gris y neblinoso. Los padres de Ignacia regresaron de su viaje a las siete de la mañana, encontrando a cinco chicas pálidas y sin dormir, y a una sexta desaparecida.

Cuando la policía de investigaciones, carabineros y los padres llegaron al cementerio, lo que encontraron no fue una broma, ni un susto, ni una muerte por paro cardíaco.

La tumba 847 había sido profanada completamente.

Viviana no estaba simplemente «tirada sobre la tumba». Su cuerpo estaba dispuesto sobre la lápida del viejo Ortega en una posición que hizo que el sargento de los carabineros se santiguara instintivamente. Estaba boca arriba, pero sus extremidades habían sido retorcidas en ángulos imposibles: los brazos extendidos en forma de cruz invertida, las piernas dobladas hacia atrás como si fuera una araña. Su chaqueta negra había sido arrancada y estaba envuelta alrededor de su cuello como un lazo satánico.

Pero eso no era lo peor, sus ojos habían sido... extraídos, no arrancados a la fuerza, sino removidos quirúrgicamente, dejando dos cuencas negras que goteaban un líquido oscuro. En donde deberían estar sus ojos, alguien había colocado dos piedras negras pintadas con símbolos que ninguno de los oficiales reconoció —runas extrañas, antiguas, que parecían moverse si las mirabas de reojo.

Alrededor de su cuerpo, la tierra había sido cavada en patrones circulares concéntricos, y en cada punto cardinal había un objeto: un espejo roto, un reloj detenido exactamente a las 3:33, una foto de Viviana sonriendo que nadie recordaba haberle tomado, y la estaca de madera que ella debía clavar, ahora empapada en sangre y clavada verticalmente sobre su estómago, atravesando su cuerpo y saliendo por su espalda. La tumba del viejo Ortega estaba pintada con símbolos satánicos hechos con sangre de Viviana... velas rojas, un pentagrama y un macho cabrío adornaban el grotesco sepulcro.

El médico forense vomitó al ver la escena.

 

—«Parece... parece un ritual satanista» —murmuró el sargento Muñoz, fotografiando los símbolos con manos temblorosas—. «Como algo sacado de una película de terror».

 

Pero la revelación más perturbadora vino cuando revisaron la tumba del viejo Ortega.

 

—«Sargento» —llamó un agente desde la fosa, pálido como la muerte—. «Tiene que ver esto».

 

El ataúd del viejo Ortega estaba intacto. Sellado. Y dentro, el cuerpo del anciano yacía en descomposición natural, llevaba tres semanas muerto. No había señales de que hubiera sido enterrado vivo, no había rasguños en la tapa interior... no había nada.

 

—«La historia era mentira» —confirmó el sargento Muñoz a los padres horrorizados horas después—. «El viejo Ortega murió de causas naturales en el hospital. No hubo error médico, no hubo entierro prematuro. Todo eso eran rumores estúpidos de Internet».

 

—«Entonces... ¿qué le pasó a mi hija?» —gritó la madre de Viviana, deshecha en llanto.

 

El sargento no respondió... no podía, porque en el informe forense preliminar habían encontrado algo que no tenía explicación... las manos de Viviana tenían tierra negra bajo las uñas, como si ella misma hubiera cavado los surcos circulares alrededor de su propio cuerpo. Y en su celular, encontrado a metros de distancia con la pantalla rota, había una selfi...

La selfi mostraba a Viviana sonriendo ampliamente, demasiado ampliamente, con los ojos completamente negros, y detrás de ella, en la oscuridad del cementerio, se veían seis figuras más. No eran sus amigas. Eran... otras cosas... cosas con proporciones incorrectas, sonriendo con dientes demasiado largos, observando por encima de su hombro.

La foto estaba fechada a las 3:33 de la mañana.

Y lo más horroroso... en la esquina inferior de la imagen, apenas visible, se veía una mano pálida sobre el hombro de Viviana, una mano que la sostenía firmemente para que no escapara.

Mientras los carabineros cerraban el cementerio con cinta amarilla, uno de los agentes más jóvenes juró haber escuchado, viniendo de la tumba 847, un sonido suave. Un rasguño metálico.

 

Screech... screech... screech...

 

Como uñas arañando la tapa de un ataúd, pidiendo salir... pero esta vez, venía de la tumba de al lado, la número 848, recién cavada... esperando su siguiente desafío.

 

FIN





Historia escrita y adaptada por: H.P. Hatecraft.

Basada en el relato: El desafío del cementerio.

Fuente: deterror.com.mx.

Portada diseñada por: Vëthriön Asathørn. Creada con AI.

Edición final: H.P. Hatecraft. 

viernes, 12 de junio de 2026

Der Name des Steins



La noche había descendido sobre la ciudad como una vieja sábana de ceniza.

No llovía. No soplaba el viento. Sin embargo, todo parecía húmedo, como si la oscuridad hubiera absorbido el agua de siglos enteros y ahora la exhalara lentamente sobre las calles vacías.

El hombre caminaba solo. No recordaba exactamente cuándo había comenzado su recorrido. Tal vez al anochecer. Tal vez años atrás. Tal vez el viaje había empezado el día en que descubrió las primeras canas en el espejo, o cuando vio partir a los amigos de juventud uno por uno, como barcos que desaparecen detrás de una niebla interminable.

Llevaba un abrigo negro gastado por el tiempo.

Sus pasos resonaban apagados sobre el sendero de grava que conducía al antiguo cementerio de la colina.

Había leído muchas veces aquellos versos que ahora regresaban a su memoria:

«¡Cómo de entre mis manos te resbalas!»

Y mientras avanzaba, comprendía que no hablaban solamente de la edad. Hablaban de todo, de los rostros olvidados, de las promesas rotas, de las fotografías amarillentas guardadas en cajones que nadie abre, de las voces que un día llenaron habitaciones y que ahora no eran más que polvo suspendido en la memoria. 

Las enormes rejas del cementerio permanecían abiertas… aquello le pareció extraño. Nadie las dejaba abiertas durante la noche. Sin embargo, allí estaban.

Esperándolo.

El hombre cruzó el umbral. El silencio cambió, no era el silencio del exterior… era algo más profundo… más antiguo. Un silencio que parecía provenir de todas partes.

Las lápidas emergían de la oscuridad como dientes de piedra. Algunas estaban inclinadas. Otras se habían partido en dos.

El musgo cubría nombres que nadie pronunciaba desde hacía generaciones.

El hombre continuó caminando. No sabía hacia dónde se dirigía. Simplemente avanzaba.

A veces tenía la sensación de que el sendero se extendía por sí mismo delante de sus pies, como si el cementerio estuviera guiándolo, como si conociera su destino.

Entonces las vio… sombras. Al principio creyó que eran árboles. Figuras inmóviles entre los mausoleos.

Pero no. Los árboles no observan. Aquellas cosas sí.

Permanecían quietas, difusas… apenas delineadas por la luz enfermiza de una luna oculta tras las nubes. Parecían personas, o el recuerdo de personas. Siluetas deshilachadas por el tiempo.

Cuando él las miraba directamente, casi desaparecían.

Cuando apartaba la vista, sentía que se acercaban unos pasos. Un metro. Tal vez dos.

Nunca más. Nunca menos.

Como animales tímidos. Como testigos silenciosos.

 

El hombre siguió avanzando. No sentía miedo. Sentía como si aquellas presencias lo conocieran desde siempre… como si hubieran estado aguardando pacientemente su llegada.

Llegó a una avenida central bordeada por cipreses negros. Sus ramas parecían manos inmensas intentando rasgar el cielo.

Se detuvo… miró a su alrededor. Las tumbas de ricos y pobres reposaban bajo la misma oscuridad.

Los títulos habían desaparecido… los honores, los triunfos, las derrotas. Todo reducido a piedra. Todo reducido a fechas. Todo reducido a polvo.

La muerte no negociaba, no distinguía coronas de mendrugos, no admiraba genios, no despreciaba imbéciles. Simplemente llegaba… y cuando llegaba, nivelaba el mundo.

El hombre sintió una extraña tristeza. Pensó en los años perdidos persiguiendo cosas que ahora parecían absurdas… discusiones, ambiciones, orgullos. Pequeñas guerras personales que el tiempo había borrado con una facilidad insultante. 

Continuó caminando.

Las sombras seguían observándolo. Ahora eran más numerosas. Entre los mausoleos. Entre los árboles. Detrás de las esculturas de ángeles erosionados.

No hablaban.

No se movían.

Pero estaban allí… esperando. Siempre esperando.

La luna apareció brevemente. La luz plateada atravesó las nubes y reveló cientos de lápidas extendiéndose hasta el horizonte.

El cementerio parecía mucho más grande de lo que debería ser. Inmensamente más grande. Como si contuviera a toda la humanidad. Como si cada generación hubiera terminado allí. Como si todas las vidas del mundo desembocaran finalmente en aquel océano de piedra.

 

El hombre sintió un escalofrío, no por el frío… por la comprensión.

Cada segundo que vivía era una aproximación.

Cada respiración era una cuenta regresiva.

Cada amanecer era una moneda gastada.

 

Pensó entonces: La muerte no llega al final. La muerte camina junto a nosotros desde el principio. Crece con nosotros, aprende nuestros nombres. Nos acompaña en silencio… y un día simplemente nos toca el hombro.

Nada más.

El sendero comenzó a estrecharse. Las tumbas se volvieron más antiguas, más olvidadas, más oscuras.

Ya no había flores, ni fotografías, ni recuerdos visibles.

Sólo piedra y tiempo.

Las sombras ahora formaban una especie de corredor.

Una multitud silenciosa… observándolo.

El hombre sintió que estaba atravesando una ceremonia, un rito antiguo, la bienvenida a un lugar del que nadie regresa.

Al fondo distinguió una lápida solitaria… más alta que las demás. La luna volvió a iluminarla. Y por alguna razón supo que debía acercarse.

Sus piernas avanzaron lentamente.

El corazón golpeaba dentro de su pecho, no con miedo… con certeza.

Las sombras permanecieron inmóviles, ninguna intentó detenerlo. Ninguna intentó acercarse. Parecían esperar el desenlace. 

El hombre llegó frente a la lápida. La piedra estaba cubierta de humedad. El mármol reflejaba la luz espectral de la luna.

Respiró hondo.

Miró la inscripción… y entonces comprendió por qué había llegado allí… por qué las puertas estaban abiertas… por qué las sombras lo observaban, por qué el sendero parecía conocer el camino.

 

Sus piernas cedieron.

Se arrodilló lentamente sobre la tierra fría.

Durante varios segundos permaneció inmóvil, observando, leyendo, incapaz de apartar la vista… porque grabado en la piedra, bajo una fecha de nacimiento que conocía demasiado bien, aparecía un nombre…

Su nombre.

El suyo.

Exactamente el suyo.

 

El viento comenzó a soplar por primera vez en toda la noche.

Las sombras inclinaron levemente la cabeza, como una multitud durante un funeral, como viejos conocidos saludando a quien finalmente había llegado. 

El hombre cerró los ojos y comprendió. Comprendió que la edad se había deslizado entre sus manos.

Que la vida había sido un puñado de arena incapaz de permanecer quieta.

Que cada instante había sido una ejecución silenciosa, una pequeña pérdida, una pequeña muerte. 

Abrió los ojos una última vez.

La lápida seguía allí… esperándolo pacientemente, como había esperado durante toda su existencia.

Y mientras la noche terminaba de cerrar sus dedos sobre el mundo, el hombre permaneció arrodillado frente a la piedra, contemplando el único nombre que jamás podría olvidar… el suyo.

Y alrededor, entre las tumbas infinitas, las sombras continuaron observando en silencio.







 

 

Historia basada en el poema de Francisco de Quevedo «¡Cómo de entre mis manos te resbalas!»

Escrita por: H.P. Hatecraft.

Una idea de: Vëthriön Asathørn.

Edición final: Vëthriön Asathørn.


viernes, 1 de noviembre de 2024

Casi un Editorial [Necropolíptico]



«El mundo es una necrópolis llena de muertos vivientes, solo que ellos aún no lo saben».

[Jarl Asathørn]


Mucha gente hoy hace peregrinaciones a los cementerios para rendirle tributo a sus muertos, una costumbre que es parte de las mecánicas humanas, muchas veces son fragmentos de procesos internos, ‘meas culpas’, pagar —de alguna manera—, cosas que no fueron resueltas en vida, … en fin.

Los «camposantos» son lugares de retribución obligada, lugares, a veces, peligrosos, que albergan entidades parasitarias que se adhieren a seres que vibran bajo. En lo personal no es un lugar que me agrade ni que visite... y no es por miedo, es porque para mí no significan nada más que ciudades de huesos y recuerdos que ya no están.

Es paradójico que los humanos le rindan un culto a la muerte, pero no le rindan culto a la vida… las leyes propician sacrificios fetales (aborto), eutanasia (Canadá), inyecciones venenosas (vacunas), alimentos GMO’s (genéticamente modificados), guerras religiosas y dictatoriales, guerras por recursos naturales, etc.

 

Mientras esto sucede hoy, sigue golpeando con fuerza al gobierno de Gabriel Boric el caso Monsalve y todas sus aristas, lo que tiene a la coalición de gobierno preocupada, y sumemos a eso otra denuncia que aparece hoy, de una diputada llamada Marcela Riquelme —abogada, activista de la comunidad LGBTQA, lesbiana y pertenece al frente amplio— que niega las acusaciones en su contra, bueno, eso dicen todos.

 

En España, región de Valencia, se siguen sumando muertos, 140 hasta el momento, y hay desaparecidos por culpa de este frente extraño de temporales, lo que es curioso de este caso en particular es que en los lugares afectados se preparaban para las cosechas y estas inundaciones han destruido el abastecimiento de verduras y otras cosas... lo que se suma a las políticas de destruir a los campesinos en Europa, toda esta «coincidencia» abre las especulaciones sobre teorías que hablan de que la agenda ex2030 sigue su curso.

También hay fallecidos en las comunidades de Castilla-La Mancha y Andalucía... esto es alrededor de 200 muertos en total.

 

En Estados Unidos la pelea por el sillón presidencial está en llamas, hace unos días el actual mandatario Joe Biden trató de «basura» a los seguidores de Donald Trump, palabras fuertes de este tipo que al parecer no se da cuenta que la «basura» que sigue a Trump es casi la mitad de los ciudadanos de su país, esta frase de Biden hizo que Kamala Harris se desmarcara en silencio. Al mismo tiempo se descubre que las máquinas de votación digital están manipuladas para que cuando se pinche para votar por Trump o no funcione el botón para marcar o se marque a Harris en vez de a Trump. La manipulación de votos no solo ocurre en países tercermundistas. Imaginen que todo esto ocurre en el país «santo de la democracia» ... con todo esto, ¿Qué le espera a los demás?

 

Hablemos de hipócritas:

Leonardo DiCaprio, pseudoactivista que lucha por las causas ambientales fue fotografiado en un yate (¿Propio?) que usa miles de litros de combustible diésel contaminante que «daña el ambiente», y él queda de manifiesto que no practica lo que predica, otro diablo vendiendo cruces. De paso hay que subrayar que en la foto aparece con una chica «bastante joven», con pinta de adolescente en bikini a su lado, recordemos que DiCaprio tiene 50 años y aparece en las 2 listas más terribles del último tiempo en materia de abuso sexual de menores, tráfico de mujeres, etc., lista de Jeffrey Epstein y ahora en la Puff Daddy... y al parecer este tipo es intocable, puede ser porque trabaja con los creadores de la agenda 2030 que mienten y manipulan la información sobre un supuesto «cambio climático».

 

Esto es noviembre... bienvenidos.