domingo, 25 de enero de 2026

Christian's truth

 


LA VERDAD DE CHRISTIAN

I

Christian descubrió YouTube tarde, cuando ya había aprendido a desconfiar de las personas. No tenía redes sociales. Ni fotos, ni estados, ni amigos virtuales. Decía que eso era para gente vacía y 'lúser'. Pero no era así. YouTube era distinto, aseguraba: ahí hablaban los que sabían. Especialistas, pastores, ex militares, científicos sin laboratorio, médicos sin matrícula visible. Voces claras, miradas firmes, títulos en mayúsculas.

Al principio veía documentales. Luego entrevistas. Luego advertencias. ADVERTENCIA era una palabra que le gustaba. Lo hacía sentir despierto.

Vivía solo, en una casa angosta de un barrio común del sur de Chile. Cortinas siempre cerradas. Un televisor grande en «la sala de estar de su casa», comprado en cuotas. El computador era viejo, pero suficiente. El celular apenas lo usaba: solo Wi‑Fi, nada de llamadas.

Christian se consideraba creyente. Había sido criado así. Pero su fe cambiaba. No se daba cuenta. Un día hablaba del amor al prójimo; al siguiente, del castigo divino inevitable. Ajustaba sus creencias con una facilidad inquietante, convencido de que no estaba cambiando, sino aprendiendo.

Decía que pensaba por sí mismo.

Cada video visto era una puerta. Cada minuto retenido era una marca. YouTube no le mostraba la verdad, le mostraba la versión de la verdad que Christian toleraba mejor.

—Yo no soy como el resto —decía en voz alta—. Yo comparo fuentes. 

Pero sus comparaciones eran circulares. Un video desmentía a otro usando el mismo tono, la misma música grave, la misma estética de urgencia. Christian no distinguía diferencias: solo veía confirmaciones.

Comenzó a tomar notas. Cuadernos llenos de flechas, símbolos, palabras subrayadas. DESPIERTA. ELLOS. CONTROL.

Dormía poco. Soñaba con pantallas.

Los estudios decían —aunque Christian jamás los leyó completos— que la exposición prolongada a contenidos extremos fragmenta la percepción de la realidad. Que el cerebro busca coherencia incluso donde no la hay. Que la repetición genera convicción. Que la certeza es adictiva.

Christian no necesitaba saber eso.

Él sentía que algo encajaba.

Cuando un video afirmaba que la ciencia mentía, asentía. Cuando otro, horas después, aseguraba que la ciencia estaba infiltrada por demonios, también asentía. Si uno contradecía al otro, Christian ajustaba el recuerdo. La contradicción se volvía ruido.

 

—Es más complejo de lo que crees —le dijo una vez a sus hermanos, cuando ellos le decían que despertara—. No se cómo puedo explicarles. Juntémonos.


Christian empezó a hablar solo. No lo notó. Repetía frases que había escuchado, pero las decía como propias. Caminaba por la casa explicándole al aire cómo funcionaba el mundo realmente.

La gente no entiende porque no quiere —decía—. Yo antes tampoco entendía.

La palabra antes se volvió peligrosa.

Cada nuevo video reescribía su pasado. Sus recuerdos se adaptaban. Siempre había sabido esto. Siempre lo había sospechado.

La realidad empezó a parecerle torpe. Lenta. Imprecisa.

YouTube, en cambio, era claro.

 

II

Comenzó a desconfiar del silencio.

Si el video se detenía, sentía ansiedad. Si la conexión fallaba, sudaba. Golpeaba el escritorio. Reiniciaba el router como si fuera un ritual.

 

—No ahora —susurraba—. No ahora.

 

Creía que lo observaban. No desde el gobierno, no exactamente. Desde ellos. Nunca definía quiénes eran. No hacía falta. Los videos tampoco lo hacían.

Los sonidos de la casa cambiaron. El refrigerador ya no era solo un refrigerador. El viento no era solo viento.

Pero YouTube seguía ahí. Siempre. 

Christian comenzó a comentar. No mucho. Solo lo necesario. Corregía a otros. Advertía. Insistía.

 

—Infórmate. —Eso ya fue desmentido. —No seas ingenuo.

 

Cada respuesta que recibía —aunque fuera un insulto— reforzaba su sensación de misión.

Había cruzado una línea invisible: ya no consumía contenido, lo defendía.

Una noche, un video habló de señales. Señales pequeñas. Cambios sutiles. El narrador decía que quienes no las veían estaban perdidos.

Christian empezó a buscarlas.

Las encontró en todas partes.

Una luz que parpadeaba. Un perro que ladraba tres veces. Una sirena lejana.

Todo significaba algo.

La policía apareció por primera vez en su mente antes que en su puerta.

Un video aseguraba que cuando alguien despertaba de verdad, el sistema reaccionaba. Que enviaban visitas. Que probaban límites.

Christian cerró con llave. Tapó las rendijas. Apagó las luces.

Pero no apagó YouTube.

Nunca apagó YouTube.

Los vecinos escucharon gritos. No palabras claras. Discursos entrecortados. Amenazas vagas. Advertencias.

 

—¡TIENEN QUE ENTENDER! —gritaba Christian—. ¡NO ES UNA OPINIÓN!

 

Golpeaba las paredes como si del otro lado hubiera una multitud.

Alguien llamó a Carabineros.

Cuando llegaron, Christian ya no distinguía el día de la noche. La pantalla iluminaba la casa con un resplandor enfermizo. Diez videos abiertos. Todos pausados. Todos esperando.

 

—¡APAGUEN ESO! —gritó cuando vio los uniformes—. ¡ES PARTE DE LA PRUEBA!

 

No entendía las órdenes. Las palabras se deslizaban sin sentido. Su mente las traducía en amenazas.

Forcejeó. Cayó. Lloró. Rio.

Uno de los carabineros miró la pantalla un segundo. Luego apartó la vista.

Christian fue llevado esposado. Murmuraba fragmentos de títulos. Fechas falsas. Nombres que no existían.

La casa quedó en silencio por primera vez en años.

La pantalla seguía encendida.

El algoritmo esperaba.

No había reflexión.

No había moraleja.

Solo una casa vacía, un historial infinito, y la certeza incómoda de que Christian no había sido especial.

Solo había sido constante.

Christian pasó semanas tratando de reconstruir lo ocurrido. No por defensa, sino por fe. Creía —todavía— que, si lograba ordenar los hechos, aparecería el sentido oculto. Que, en algún punto, entre los interrogatorios, los informes técnicos, las miradas cansadas de funcionarios que ya habían visto demasiados casos similares, alguien le diría: sí, había algo más.

Pero no ocurrió.

Los discos duros incautados solo mostraban lo evidente: horas de consumo compulsivo, enlaces cruzados, documentos inconexos, símbolos sin contexto. Para otros era basura digital. Para él, eran restos sagrados. Fragmentos de una verdad que ahora parecía evaporarse cada vez que intentaba señalarla.

Cuando preguntó por ella —la chica, el primer contacto real— nadie encontró rastro. Ninguna cámara, ningún registro confiable. Era como si hubiera sido diseñada para no existir fuera de su memoria. Incluso su rostro empezó a deformarse con el tiempo: a veces más joven, a veces más frío, a veces sustituido por otros rostros vistos en pantallas.

La secta nunca fue desmantelada porque nunca fue encontrada. No hubo redadas, ni comunicados oficiales. No se puede destruir algo que no ocupa espacio fijo, que no repite símbolos, que no conserva nombres. Para cuando alguien se acerca demasiado, ya está hablando con otra máscara.

Christian fue liberado sin ceremonias. No porque fuera inocente, sino porque era irrelevante.

Volvió a su casa como quien regresa a un lugar saqueado por dentro. El computador seguía ahí. La silla. La pared marcada por la luz azul que durante años lo había acompañado. Encendió el equipo con una mezcla de miedo y devoción.

El algoritmo ya no le hablaba.

Las recomendaciones eran planas, genéricas. Videos virales, ruido superficial, contenido diseñado para nadie en particular. Aquello que él había interpretado como un diálogo secreto simplemente había seguido adelante sin él.

Comprendió, tarde, la verdad más simple y más brutal:

no había sido elegido.

Había sido intercambiable.

Uno más entre miles que creen que el conocimiento oculto siempre está afuera, esperando, cuando en realidad solo hay sistemas probando resistencias, empujando hasta que algo cede.

Christian envejeció rápido después de eso. No físicamente, sino en la mirada. La intensidad se transformó en cansancio. El asombro en desconfianza. A veces, en la noche, juraba ver símbolos donde no había nada. A veces sentía el impulso de volver a buscar, de excavar de nuevo.

Pero algo se había roto.

No la fe —eso tarda más—, sino la ilusión de importancia.

Y así quedó Christian: no como mártir, no como iluminado, ni siquiera como advertencia.

Solo como un humano más que confundió el abismo con profundidad, y fue usado, procesado y descartado por una red que ni siquiera necesitó recordarlo.

Su hermano cercano lo entendía entre llantos.

 

Historia creada por: Jarl Asathørn.

Basada en hechos reales.