Hullo, este artículo llega un día
tarde porque hoy recién retornamos de un carrete «boscuro trollish» …
HACHAZO TROLLISH I
«No sabemos por qué celebran días.
Día del bosque.
Día del glaciar.
Como si al sur le importara... tu
calendario de humano ordenado con alarmas y café tibio.
El bosque magallánico no celebra tus
imbecilidades, tus falsedades… tus hipocresías.
Se descompone con dignidad. Árboles
torcidos, sí… pero no por estética, no es «místico», no es
«instagrameable», es porque el viento
les pega como si les debiera plata.
Y ahí están. Firmes. Mal parados,
pero firmes. Como tú un lunes, pero sin quejarse.
Cuando con cuea vas de camping...
caminas entre ellos creyéndote explorador, descubridor de musgo, poeta de
humedad barata.
Y el bosque: ni ahí contigo. No te
mira... no te juzga... no te necesita.
Y esa güeá es bacán.
El suelo está vivo, dicen.
Sí… pero no para ti, humano
vittuperkele. Está vivo en ese sentido incómodo donde todo se está pudriendo
para que otra cosa, igual de indiferente, ocupe su lugar. Ciclo natural, le
llaman algunos. Bonita forma de decir «nadie es importante».
Y después el glaciar.
¡Ah, el glaciar…! la
postal perfecta para fingir asombro.
Te paras frente a esa masa absurda
de hielo milenario y sacas una foto, una puta «sélfi».
El glaciar no posa. Cruje. Y ese
crujido no es un espectáculo para ustedes, para ti, ... es memoria.
Capas y capas de años aplastados
como excusas.
El hielo no es puro. Es antiguo.
Y lo antiguo no es bonito. Es
pesado.
Dicen que se derrite, que está
muriendo.
Claro… y tú también. La
diferencia es que el glaciar no anda anunciándolo ni esperando likes
por su tragedia.
Se derrite en silencio, como
corresponde.
Entre el bosque y el hielo hay un
acuerdo tácito: ignorar al humano hasta que se vaya. Y siempre se va.
Porque el frío cala, porque la
humedad aburre, porque no hay señal, porque no hay validación.
Entonces vuelves a tu casa, subes la
foto, escribes algo «profundo» (profundamente falso) y que no sentiste tanto.
«Conecté con la naturaleza», dices.
Mentira la güeá.
La naturaleza no conecta. Tolera.
Y aquí viene la güeá incómoda: el bosque no quiere salvarte... el glaciar no quiere enseñarte ni una güeá. Porque no son símbolos, ¿Cachai?, no son putas metáforas. Son lo que queda cuando el mundo vittuperkele sigue funcionando sin pedir permiso.
Pero tranquilo.
Sigue celebrando días.
Sigue nombrando cosas para sentir
que existen.
El sur no te va a corregir.
No tiene tiempo. Está ocupado siendo
eterno a su manera rota.
Y tú… bueno, tú
escribe el post. Alguien tiene que fingir que esta güeá significa algo.
¡VITTU, VITUTTAA NIIN VITUSTI!
CRÓNICA DE UN BASURAL CON ÁRBOLES
(Y HUMANOS QUE SOBRAN)
«Cachen esta güeá… no es que el bosque esté enchuchao contigo. No tiene tiempo para emociones humanas de quinta. Pero si pudiera hablar, no te putearía crudo... te describiría... y esa güeá es peor. Porque hay que ser bien especial —y no en el buen sentido de la güeá— para agarrar un sillón viejo, hediondo a años de tele y culo, subirlo a una camioneta y decir cara de raja:
—«¿Sabes qué le falta a este bosque
culiao?» ... Un living.
Y allá va el campeón lúser, el hijo
de las remil putas. El arquitecto del desastre. El decorador del fin del mundo.
Deja el sillón tirado entre coigües y lengas como si los árboles fueran parte
de su casa abandonada.
Después vienen los neumáticos.
Ah, los neumáticos… círculos
perfectos para gente que piensa en cero... cero cerebros.
Los tiran como quien lanza una
moneda pidiendo un deseo: «Ojalá nadie me cache».
Tranquilo, saco de güéas… el
bosque te vio... y no te olvidó.
Y el nivel final: el auto viejo. Puta,
el monumento definitivo a la estupidez con motor. Lo dejan oxidándose como si
el paisaje fuera un cementerio de sus malas decisiones.
Puertas abiertas, vidrios rotos,
asientos comidos por la lluvia. Una puta cápsula del tiempo que dice:
«Aquí vivió un rechucha de su madre,
hijo de la remil putas… y decidió expandirse».
Y tú caminas por ahí, pisando hojas,
¿Cachai?, respirando sur, y de pronto... plástico, metal, espuma, bolsas con
mierda, basura, tampones. La firma del humano moderno.
«Pero si es solo uno», dicen. «Si no
pasa nada». Claro… uno, más otro, más otro,
más otro… y de pronto el bosque ya no es bosque. Es tu puto reflejo.
¿Sabes qué es lo más miserable de
toda la güeá?
No es la basura. Es la idea detrás. Ese
pensamiento ‘aka-huora vittuperkele, patético, lúser, que susurra:
«No importa la güeá». No importa el
ave que anida cerca. No importa el zorro que huele eso y no entiende. No
importa el agua que pasa y se lleva tu mierda río abajo. No importa nada. ¡No
importa una mierda! Porque tú ya decidiste que el mundo es un basurero con
paisajes bonitos.
Y después vienen los mismos hijos de
puta a sacarse fotos... «Conectando con la naturaleza» ... conectando… pero
con el respaldo del sillón atrás.
El bosque no se defiende… no te
va a echar… no te va a gritar. Solo hace algo más elegante: te
deja mostrarte tal cual eres.
Y el glaciar, allá lejos, cruje. No
por el clima.... no por el tiempo... es por la vergüenza ajena que ni siquiera
es suya. Porque mientras tú tiras basura, él lleva miles de años aguantando
peso.
Tú no aguantas ni tu propio
desorden.
Pero dale, dale, reconchas de tu
madre. Sigue. Total… el bosque no habla, los animales no escriben ni te
critican en un blog como este, ni en tu puto Instagram o la mierda que uses… y el hielo
no te denuncia... reconchas grande de tu madre.
Qué güeá más conveniente, ¿no?
Hasta que un día no quede nada
limpio que ensuciar.
Y ahí sí vas a mirar alrededor,
rascarte la cabeza, y preguntar como agüeonao profesional:
«¿Qué güeá pasó con la naturaleza?»
Nada. La naturaleza siguió. El
problema nunca fue ella... fuiste tú, puto humano insensible, hijo de las
reconchas grande de tu madre.
¡PÚDRANSE TODOS, BUITRES LAME KYRPÄS !».
¡VITTU TÄTÄ PASKA!
Escrito por: Olog-Krevalora y Gandworf (Bajo los maravillosos efectos del
alcohol)
Edición final: Asathørn.



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