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viernes, 10 de julio de 2026

Trollish News [La llamada... pero no es una historia de terror japonés]

 




LA TARJETA ROJA QUE SE BORRÓ DE UN BALAZO: CÓMO LA MAFIA FIFA LE LAMIÓ EL CULO A TRUMP POR MIEDO AL FBI

Infantino y su pandilla de corruptos de mierda demostraron que el fútbol es solo un negocio, y el que manda es el que tiene más billete (o más misiles)... sí cabros, hoy ando más venenoso que nunca.

 

Capítulo 1:

La jugada que apesta a mafia, a Trump y a billete sucio

Cabros, cuando uno cree que ya lo vio todo en el fútbol —penales robados, mundiales comprados, jugadores que se dejan caer como bolsa de papas, árbitros cegatones, agarrones de culo, agarrones de bolas, escupos, combos, patadas voladoras— aparece esta güeá... una tarjeta roja que se borra de un plumazo, como si fuera un error de tipeo en un formulario del Registro Civil.

Resulta que el jugador de la selección yanki, Folarin Balogun, se mandó una plancha digna de cárcel. Roja directa, sin discusión. Pero oh, sorpresa: la FIFA, en un acto de «justicia divina» (o de lamida de culo intercontinental), decide que la tarjeta ‘vittuperkele’ nunca existió. La borran... la desaparecen, como si el árbitro se hubiera equivocado de pastilla esa mañana. 

¿Y por qué chucha pasó esto? Porque Donald Trump, el mismísimo «pelo de nube», agarró el teléfono y llamó a Gianni Infantino (viejo corrupto ‘aka-huora). Y ahí nomás, el suizo-italiano-cara-de-póker se cagó entero. Porque cuando el presidente del país más poderoso del mundo te dice «oye, güeón, esa tarjeta me la borrai o te mando al FBI a revisar tus cuentas, no güevís pelao cara de la tula», tú no discutes. Tú borrai la tarjeta y te hacís el güeón.

Y así fue la güeaíta. La mafia FIFA, esa misma que se llena la trompa hablando de «fair play» y «transparencia», demostró una vez más que el fútbol es solo una pantalla. Detrás, hay intereses, amenazas, y un miedo atómico a que la justicia gringa les meta los dedos donde no deben.

Seee, no me vengan con güeás así es.

 

Capítulo 2:

El miedo al FBI es más fuerte que cualquier código ético

Pongámonos serios un segundo (pero no mucho, que esto es un artículo troll). La FIFA lleva décadas siendo un nido de corrupción. Desde los sobornos de la Copa América hasta los mundiales comprados, pasando por contratos millonarios que nunca se fiscalizan. Infantino (Alí Babá) y los suyos (los 40 ladrones) saben que, si el FBI o la justicia estadounidense se ponen a escarbar, a hurguetear van a encontrar huesos, esqueletos y cadáveres enterrados en el jardín de la casa de Suiza.

Por esa güeá, cuando Trump llamó, no hubo discusión. Porque Trump no es cualquier presidente. Trump es el güeón que amenaza con aranceles, con guerras comerciales, con lo que sea. Y si algo le sobra a Trump, es poder para recagar a quien se le ponga en frente.

Así que Infantino (pelao CTM), con el culo a dos manos, ordenó: «Borren esa güeá de tarjeta. Que Balogun juegue. Que Estados Unidos esté contento. Que Trump no nos saque los trapitos al sol».

Y los millones de güeones que vieron el partido se quedaron con la duda: ¿era roja o no era roja? La respuesta es simple: era roja, pero el dinero y el miedo pintan más que la justicia.

 

Capítulo 3:

Trump estaba seguro de que Estados Unidos llegaba a la final... pero les llenaron la canasta

Aquí viene lo más sabroso de la güeá. Trump, convencido de que su selección llegaría a la final —porque, claro, él es el mejor en todo, según él—, llamó a Infantino para asegurarse de que el camino estuviera despejado, que Balogun no se perdiera un partido clave, que no hubiera sanciones y que todo estuviera arreglado, ¿Cachai?

Pero la vida es perra, y el fútbol también. Estados Unidos se fue eliminado como un equipo más. Sin final, sin gloria, sin ni una güeá. Y Trump se quedó con la cara de güeón, mirando el televisor, preguntándose por qué chucha no le compró un árbitro mejor a ese puto partido.

 

¿Qué hubiera pasado si la FIFA no le quitaba la tarjeta roja a Balogun? Simple: Infantino habría estado con el culo a dos manos, sudando frío, con cagadera nocturna, esperando que el FBI no tocara la puerta. Porque si Balogun se perdía un partido clave y Estados Unidos perdía, Trump habría culpado a la FIFA, y la FIFA sabe que con Trump no se juega.

Así que, aunque al final no sirvió de ni una güeá —porque Estados Unidos igual se fue a la casa—, la jugada quedó clara: la FIFA le lame el culo al poder, no a la justicia. Infantino y todos esos perkeles quedaron como el hoyo.

 

Capítulo 4:

Qatar, el mundial que se compró con petrodólares y sonrisas falsas

Y ya que estamos pelando crudo, hablemos del mundial de Qatar 2022. Porque si hay algo que demuestra es que la FIFA es una mafia vittuperkele.

Todos nos preguntamos: ¿Por qué chucha le dieron el mundial a un país que con cuea juega a las bolitas? Un país donde hace un calor de la gran chucha, donde las mujeres son ciudadanas de segunda, donde los trabajadores migrantes son tratados como esclavos. 

¿La respuesta? Fácil: petrodólares. Montañas de billetes, dinero fresco que cayó en las cuentas de Infantino y su pandilla de corruptos.

Porque la FIFA no es una organización deportiva, es una empresa. Y como toda empresa, busca el máximo beneficio, y si para esa güeá tiene que venderle el alma al diablo —o a un emirato árabe—, lo hace sin pestañear, sin arrugarse el cuero.

Qatar compró el mundial. Lo pagó con dinero, con sobornos, con sonrisas falsas. Y la FIFA, como buena puta, se vendió al mejor postor.

 

Capítulo 5:

¿Por qué la FIFA no se cambia el nombre a uno más iluminativo?

Miren, ya en serio (pero no tanto). La FIFA debería cambiar su nombre, porque «Federación Internacional de Fútbol Asociado» suena muy formal, muy serio, muy respetable. Pero la realidad es otra.

Güeón, yo les propongo un nombre más acorde a sus intereses: «Alí Babá y los 40 ladrones». Porque eso son. Una banda de güeones caras de raja que roban, que mienten, que se llenan los bolsillos mientras el fútbol se pudre.

Y ojo, no es solo Infantino, es toda la cúpula, los que votaron por Qatar, los que escondieron los sobornos, los que borraron tarjetas rojas por llamadas de Trump. Todos ellos son parte de la misma mafia.

Y mientras tanto, los hinchas, los jugadores, los que aman el fútbol de verdad, se quedan viendo cómo el deporte más hermoso del mundo se convierte en un circo de corrupción y billetes.

 

Reflexión final de la güeá:

El fútbol es de los pueblos, pero la FIFA es de los buitres

El fútbol, en su esencia, es simple. Es una pelota, dos arcos, once contra once. Es pasión, es alegría, es llanto. Es el deporte que une a familias, a países, a culturas. Pero la FIFA se ha encargado de convertirlo en un negocio sucio, en un mercado de influencias, sobornos y amenazas. Y lo peor de toda la güeá es que ustedes, los hinchas, siguen mirando, siguen comprando entradas, viendo partidos, discutiendo resultados. Siguen alimentando a la bestia.

La tarjeta roja de Balogun es solo un ejemplo más, un síntoma de una enfermedad que lleva décadas pudriendo al fútbol. Y mientras no hagan alguna güeá —mientras no exijan transparencia, justicia, cambios reales—, la mafia seguirá mandando.

Así que la próxima vez que vean una jugada rara, una tarjeta que se borra, un mundial que se compra, recuerden cabros: la FIFA no es tu amiga, la FIFA es el enemigo. Y el fútbol, ese que aman, está siendo secuestrado por una pandilla de ladrones de mierda con traje y corbata.


ANTES DEL MUNDIAL, MUCHO ANTES

 

Pero bueno, al menos nos queda el chiste. Y el humor. Y la ironía. Porque si no nos reímos de esta güeá, lloramos... y llorar no es una opción cuando la mafia sigue ganando.

Nos vemos cabros.



 

Artículo escrito por: Olog Krevalora.

Portada: Trollish News.

Edición final: Olog Krevalora.

 

martes, 16 de junio de 2026

Sala de Autopsias Sociales [Fútbol S.A.: El Show de las Marionetas]




I

El Mundial de los Rellenos:

¿Fútbol o Casting de extras?

Puta... no quiero ser pesao ni desagradable ni venenoso, peeeeeero... ¿me pueden explicar qué rechucha hace Haití en un Mundial? ¿O Curazao? ¿O cualquier otro equipo callampa que parece que se inscribió en el torneo porque el capitán vio un anuncio en Facebook y dijo: «Oye, vamos a ver si nos dan comida gratis en Estados Unidos porque esta clasificatorias valen callampa?»

Es que es esta güeá es increíble. Uno abre la lista de clasificados y piensa que la FIFA (panda de ladrones perkeles) ha decidido hacer un censo global de países que tienen un estadio y tres pelotas pinchadas.

¿En serio? ¿Haití? Por favor. Esos güeones juegan al fútbol bajo una lluvia y un calor que derrite el cemento, con un ritmo de juego de una tortuga con artritis po' güeón. Pero claro, como el negocio es expandir la «marca», ahora cualquier país que tenga una bandera y un par de güeones que sepan patear un círculo de cuero ya es «bienvenido a la fiesta lúser».



Güeón y hablemos de Curazao. ¡Voi vittu! A ver, ¿Cómo se llama ese país vittuperkele? No, en serio, no estoy güeviando ¿Quiénes son esos güeones masetas? Llegaron al Mundial y Alemania no solo los goleó, no, Alemania se los paseó, los dejó tiesos, se limpió el culo con su honor deportivo y luego los mandó al hotel en un taxi compartido. Fue una masacre. Ver a Curazao contra una potencia es como poner a un chihuahua a pelear contra un tanque Leopard: el chihuahua ni siquiera llega a morder la oruga del tanque antes de ser vaporizado. Pero hey, ¡qué lindo es el «espíritu deportivo» y la «inclusión»! ¿No creen? La FIFA nos vende que es «el torneo más diverso de la historia», pero lo que en realidad quieren decir es: «Metimos a más equipos mediocres para vender más derechos de televisión en mercados donde la gente es tan ingenua que cree que su equipo tiene una oportunidad».

 

II

Y ahora... cachen, voy a ser sincero a cagar. Me paso por el traste absolutamente todo lo que escribí hace dos ediciones sobre la gloria del fútbol sudamericano. Me lo paso por el ‘planeta Urano’ porque, seamos realistas: parece... y repito... parece que el fútbol sudaca ya no es taaaaan bacán.

Nos creemos los dueños del balón, los poetas del regate, los herederos de Pelé y Maradona, pero la realidad es que estamos jugando un fútbol que parece un partido de veteranos un domingo por la tarde, ¿Cachai? Mucho baile, mucha pose, mucho «estilo», pero cuando llegas al área, te da miedo patear porque te distraes pensando en el contrato de publicidad de tu nueva marca de champú. Nos hemos vuelto blandos, nos hemos vuelto predecibles y, sinceramente, nos hemos creído nuestro propio cuento mientras Europa nos pasa por encima con una eficiencia robótica que asusta.

PERO... (y aquí viene el «pero» del tamaño del estadio de Texas), no confundan mi crisis existencial sudaca con una defensa de la CONCACAF. No, no, no, esa mierda es harina de otro costal. Lo de la CONCACAF no es fútbol, es un experimento social fallido. Es una confederación donde el arbitraje es una sugerencia, donde los estadios parecen estacionamientos de supermercados y donde la calidad técnica es tan baja que a veces dudo que sepan que el balón no se puede tocar con la mano. La CONCACAF es el basurero donde la FIFA tira los restos de los torneos que no saben dónde ubicar. Es un circo de mediocridad disfrazado de «región en crecimiento».

Entonces, llegamos a la pregunta del millón: ¿A este Mundial perkele llegaron los mejores?

¿De verdad? ¿Los mejores? ¡Tula de burro! Llegaron los que ciertas ligas de la maldita FIFA promueven, llegaron los que tienen el marketing correcto, los que encajan en la narrativa de «crecimiento global», los que tienen patrocinadores que pagan los millones necesarios para que el señor Infantino —pelao ‘aka-huora—pueda dormir tranquilo en su cama de seda. 

No es un torneo de los mejores; es un casting de extras. Es un show donde los equipos «relleno» están ahí solo para que las potencias inflen sus estadísticas (güeá que hasta el momento ha quedado al debe) y para que los patrocinadores puedan poner su logo en la camiseta de un país que nadie sabía que existía hasta que empezó el torneo.

Al final, nos venden la «magia del fútbol», pero lo que estamos viendo es un producto empaquetado al vacío, un Mundial donde el mérito deportivo es la última prioridad, después del dinero, la política y la necesidad de que Irán tenga algo que hacer mientras la guerrita sigue en medio oriente.

Puta... es que es triste la güeá. Pero bueno, compren su entrada de 500 dólares, compren la camiseta de plástico y disfruten viendo cómo Alemania vuelve a limpiarse el culo a algún país que empieza por «C». Total, para eso pagamos, ¿no? Para ver el circo.

 

III

Y ya que estamos en este viaje de honestidad brutal y nos estamos pasando por el ‘lado oscuro de la Luna’ cualquier respeto diplomático... hablemos del elefante en la habitación, o mejor dicho, hablemos del «guion».

¿A ustedes no les parece sospechosamente conveniente todo esto?

¿No es un poquito extraño que los «sorteos» de la FIFA siempre parezcan tener una brújula que apunta directamente hacia Buenos Aires? Es que es fascinante la güeá. El sorteo es esa lotería donde las bolitas mágicas, movidas por la mano invisible del mercado, siempre dejan a Argentina en el camino más cómodo, con el grupo más digerible, o con el cruce que los deja vivos hasta que la narrativa lo requiera.

Es como si el destino tuviera un contrato de exclusividad con la AFA. «Mira, Infantino, pongamos a los albicelestes aquí, que no queremos que se vayan temprano porque el rating cae y los patrocinadores se ponen nerviosos».

Es un sorteo, sí... un sorteo donde el resultado ya estaba escrito en una servilleta durante un almuerzo en un yate en Mónaco.

Y ahí llegamos al centro del ecosistema: Messi.

A ver, seamos claros con la güeá para que no me salgan con que soy un envidioso de mierda: el talento del güeón es indudable. El tipo es un alien, un genio, alguien que ve el campo en 4D mientras nosotros seguimos intentando entender cómo se ata un cordón. Pero, puta... ¿no se dan cuenta de lo que realmente es?

Messi no es solo el «mejor jugador del mundo»; es la Estrella Máxima de la Élite, es el producto perfecto de la güeá, es el rostro que la FIFA necesita para venderle el fútbol a una señora en China y a un niño en Nigeria. Pero detrás de esa imagen de «tipo callado y humilde», lo que veo es a un imbécil con un talento notable, que terminó siendo simplemente una ramera de los poderosos.

No me malinterpreten, no hablo de que el güeón sea un malagradecido, hablo de que es la pieza central de un tablero de ajedrez donde él es el peón más caro. Lo usan, lo exhiben, lo pulen y lo ponen en el escaparate para validar un sistema que es corrupto hasta la médula. Messi es el lubricante que hace que la maquinaria de la FIFA ruede sin chirridos, ¿Cachan? Mientras el mundo idolatra su zurda, los de arriba se ríen porque saben que mientras Messi esté en el centro del escenario, nadie se fijará en los millones que desaparecen por los desagües de la confederación o en cómo se venden las sedes del Mundial al mejor postor.

Es el «Salvador» diseñado por el marketing. Lo ponen en el pedestal no solo por sus goles, sino porque es la marca más rentable del planeta. Y el güeón, ahí está, aceptando los premios, sonriendo en las galas, siendo el embajador de un circo donde los payasos llevan traje y corbata. Es la tragedia del genio: tener todo el talento del mundo, pero terminar siendo el accesorio de lujo de un grupo de güeones que no saben distinguir un fuera de juego de una transacción bancaria ilegal.

Tal vez, este sea el último mundial de Messi, y no es «tira’o de las mechas» pensar que todos los sponsors de la «pulga» estén rascando el lomo de la FIFA para que la copa se la lleve la gallina de los huevos de oro, ¿Cachan la idea?

Entonces, volvamos al inicio. ¿Los mejores? ¿El mérito deportivo? ¡No me hagan reír! ¡No güeveen!

Tenemos un Mundial donde equipos callampas como Curazao sirven de saco de boxeo para que Alemania se sienta poderosa, donde la CONCACAF sigue siendo un chiste de mal gusto, y donde el «camino al éxito» de Argentina parece estar pavimentado con billetes y favores mutuos.

¿Catar? ¿Panamá? ¿Cabo Verde? ¿RD Congo? ¿Nueva Zelanda? ¿Corea del Norte? ¿Australia? ¿Jamaica? ¿Costa Rica? ¿Irak? ¿Jordania? ¿Irán? ¿Uzbekistán?

Todo es un show. Un show vittuperkele diseñado para que los imbéciles que pagan la entrada, sigan creyendo que el fútbol es «lo más lindo del mundo». Pero la realidad es que el fútbol ya no es un deporte; es una sucursal bancaria con césped sintético, donde Messi es la cara visible y los fans termocéfalos son los que pagan la cuenta.

 


La verdad... es que da asco. Pero bueno, sigan gritando «¡Goool!», que mientras ustedes gritan, alguien en una oficina de Zúrich acaba de cobrar una comisión por el ruido.




Escrito por: Olog Krevalora.

Portada diseñada por: Vëthriön Asathørn.

Imagen de Alemania versus Curazao diseñada por: Vëthriön Asathørn.

Edición final: Olog Krevalora y Vëthriön Asathørn.