miércoles, 24 de diciembre de 2025

Un tierno cuento zombi de Navidad


 

Era la noche de Navidad y en una pequeña casa de una pequeña aldea olvidada, dos niños zombis, con sus ojos resplandecientes y sus pequeños brazos extendidos, esperaban ansiosos sus regalos: cerebros frescos envueltos en papel brillante o algún humano fresco.

 

Mientras tanto, el viejo Pascuero, que no era el mismo de años anteriores, se arrastraba por las calles, o sea, daba lástima. Este año había sufrido un pequeño accidente y, en lugar de entrar por la chimenea con su tradicional agilidad, lo hacía con un trote torpe. Para colmo, ¡le faltaba una pierna! Toma una escalera y sube lentamente al techo.

 

Al acercarse a la chimenea, se sintió emocionado. ¡La navidad estaba en el aire! Se plantó frente a ella, arreglándose el gorro que se le había deslizado sobre los ojos. Con un movimiento torpe, intentó entrar, pero, como contaba con una sola pierna, se atascó en la chimenea. Empezó a hacer ruidos extraños:

 

—«¡Mmmmf! ¡Agh! chimenea prostituta… ¡no me va a ganar! ¡Oh, puta la güeá, debí comer menos este año!».

 

Los niños zombis se despertaron de su sueño de cerebros, escuchando el medio escándalo. Un niño levantó la cabeza y, con su voz crujiente, dijo:

 

—«¿Qué güeá fue eso? ¡Espero que no sea un ladrón zombi!».

 

—«¡No, al contrario, esperemos que sea un ladrón humano, carne fresca, ¿Cachai?» —agrega otro niño.

 

El viejo Pascuero continuaba haciendo ruidos, hasta que un gran estruendo resonó en la casa. ¡PLAF! ¡CATAPLUM MIERDA! La chimenea se hizo bolsa y el Viejo Pascuero salió disparado, aterrizando de cara en la sala, su nariz roja como una cereza y cubierta de cenizas, y la mitad de la cara pelada por los raspones del interior de la chimenea.

 

—«¡HO, HO, HO! ¡Aquí no pasó nada!, por suerte no me quemé», se dijo a sí mismo, tratando de no perder su humor zombificado.

 

Mientras trataba de levantarse, su larga barba se enganchó en el marco de la puerta.

 

—«¡No, no, no!», gritó mientras tiraba con todas sus fuerzas. Con un brutal tirón, no solo se desenganchó, sino que ¡también se rompió el labio! Quedó mirando al frente, con un semblante sorprendido, intentando recuperarse de la pequeña tragedia.

 

—«¡Puta la güeá!, casi me rompí el hocico, HO-HO-HO».

 

Los niños zombis empezaron a reírse con el sonido de su voz, un gorgoteo peculiar que más bien sonaba como un estómago vacío.

 

—«¡Veamos qué güeá hay para ustedes esta noche niños!», agregó, mientras se recomponía.

 

Finalmente, logró arrastrarse hacia la mesa, donde dejó su «regalo especial». Se trataba de un reno muerto, y una pequeña cajita verde envuelta con esmero en papel de regalo con una cinta roja.

 

—«Para ustedes, mis pequeños amigos... ¡Feliz Navidad!» exclamó mientras los niños zombis se acercaban curiosos. Uno de ellos, que parecía más interesado, levantó una ceja:

 

—«Esta güeá es un… ¿reno? ¿O una gran torta de cerebros con forma de reno?» — pregunta mirando a Santa.

 

—«Bueno, digamos que es un poco de ambas cosas, HO-HO-HO», respondió el viejo Pascuero con sonrisa torcida, mirando con complicidad a los niños. En su mente loca, algo ebria y zombi, eso era lo mejor que podía ofrecer. Hay que decirlo con todas sus letras: era un regalo lúser.

 

—«Y, ¿Qué hay en esa cajita verde Santa?» —pregunta confundido el otro niño.


—«HO-HO-HO, la verdad… ni me acuerdo, puede ser algo entretenido, o quizás no, quien sabe».

 

Después de que los niños comenzaran a desenvolver su extraño regalo y a disfrutar de la diversión carnívora, el viejo Pascuero miró por la ventana a la luna llena, que brillaba sobre el mundo.

 

—«Siempre recordaré esta noche… ¡a pesar de todo!», se dijo.

 

Antes de irse se dirige a un estante, saca un whisky —del dueño de casa— y se bebe la mitad de la botella.

Sale al patio, se saca la chucha, y con una última sonrisa se arrastró hacia su trineo en el que había llegado, aunque estaba un poco abollado.

Con esfuerzo, los renos comenzaron a levantar el destartalado trineo hacia las nubes. Cuando alcanza una altura grande, un OVNI pasó como una exhalación, y ¡CATAPLUM!... nadie esperaba la colisión.

 

El viejo Pascuero, el trineo y los renos fueron hechos pedazos en un destello de luces, cajas, juguetes y pedazos de carne. Parte de los regalos que faltaban por entregar se dispersaron en mil pedazos por el cielo estrellado, flotando y cayendo suavemente sobre el bosque.

 

Mientras tanto, los niños zombis, que habían salido a despedir a su Santa zombi, comenzaron a reír a carcajadas.

 

—«¡Puta que es güeón Santa, en la tele dijeron que no hay que manejar curao!», gritó uno, mientras otro exclamaba:

 

—«¡Creo que Santa estaba como pico o «enfierrao»!».

 

Las risas resonaron en la noche, mientras el viejo Pascuero y su trineo destrozado se desvanecían en la memoria colectiva de todos los aldeanos zombis.

 

¡Y así fue la Navidad 2025 en la Aldea de los zombis!

Que tengas buenas noches, niños y niñas.







 

Un cuento para niños creado por Aris.

Agregados: Jarl Asathørn.

Edición final: Jarl Asathørn.