Era la noche
de Navidad y en una pequeña casa de una pequeña aldea olvidada, dos niños
zombis, con sus ojos resplandecientes y sus pequeños brazos extendidos,
esperaban ansiosos sus regalos: cerebros frescos envueltos en papel brillante o
algún humano fresco.
Mientras
tanto, el viejo Pascuero, que no era el mismo de años anteriores, se arrastraba
por las calles, o sea, daba lástima. Este año había sufrido un pequeño accidente y, en lugar de
entrar por la chimenea con su tradicional agilidad, lo hacía con un trote
torpe. Para colmo, ¡le faltaba una pierna! Toma una escalera y sube lentamente
al techo.
Al acercarse
a la chimenea, se sintió emocionado. ¡La navidad estaba en el aire! Se plantó
frente a ella, arreglándose el gorro que se le había deslizado sobre los ojos.
Con un movimiento torpe, intentó entrar, pero, como contaba con una sola
pierna, se atascó en la chimenea. Empezó a hacer ruidos extraños:
—«¡Mmmmf!
¡Agh! chimenea prostituta… ¡no me va a ganar! ¡Oh, puta la güeá, debí comer menos
este año!».
Los niños
zombis se despertaron de su sueño de cerebros, escuchando el medio escándalo.
Un niño levantó la cabeza y, con su voz crujiente, dijo:
—«¿Qué güeá
fue eso? ¡Espero que no sea un ladrón zombi!».
—«¡No, al
contrario, esperemos que sea un ladrón humano, carne fresca, ¿Cachai?» —agrega
otro niño.
El viejo
Pascuero continuaba haciendo ruidos, hasta que un gran estruendo resonó en la
casa. ¡PLAF! ¡CATAPLUM MIERDA! La chimenea se hizo bolsa y el Viejo Pascuero
salió disparado, aterrizando de cara en la sala, su nariz roja como una cereza
y cubierta de cenizas, y la mitad de la cara pelada por los raspones del
interior de la chimenea.
—«¡HO, HO,
HO! ¡Aquí no pasó nada!, por suerte no me quemé», se dijo a sí mismo, tratando de no perder su humor
zombificado.
Mientras
trataba de levantarse, su larga barba se enganchó en el marco de la puerta.
—«¡No, no,
no!», gritó mientras tiraba con todas sus fuerzas. Con un brutal tirón, no solo
se desenganchó, sino que ¡también se rompió el labio! Quedó mirando al frente,
con un semblante sorprendido, intentando recuperarse de la pequeña tragedia.
—«¡Puta la
güeá!, casi me rompí el hocico, HO-HO-HO».
Los niños
zombis empezaron a reírse con el sonido de su voz, un gorgoteo peculiar que más
bien sonaba como un estómago vacío.
—«¡Veamos
qué güeá hay para ustedes esta noche niños!», agregó, mientras se recomponía.
Finalmente,
logró arrastrarse hacia la mesa, donde dejó su «regalo especial». Se trataba
de un reno muerto, y una pequeña cajita verde envuelta con esmero en papel de
regalo con una cinta roja.
—«Para
ustedes, mis pequeños amigos... ¡Feliz Navidad!» exclamó mientras los niños
zombis se acercaban curiosos. Uno de ellos, que parecía más interesado, levantó
una ceja:
—«Esta güeá
es un… ¿reno? ¿O una gran torta de cerebros con forma de reno?» — pregunta
mirando a Santa.
—«Bueno,
digamos que es un poco de ambas cosas, HO-HO-HO», respondió el viejo Pascuero
con sonrisa torcida, mirando con complicidad a los niños. En su mente loca,
algo ebria y zombi, eso era lo mejor que podía ofrecer. Hay que decirlo con
todas sus letras: era un regalo lúser.
—«Y, ¿Qué
hay en esa cajita verde Santa?» —pregunta confundido el otro niño.
—«HO-HO-HO,
la verdad… ni me acuerdo, puede ser algo entretenido, o quizás no, quien sabe».
Después de
que los niños comenzaran a desenvolver su extraño regalo y a disfrutar de la
diversión carnívora, el viejo Pascuero miró por la ventana a la luna llena, que
brillaba sobre el mundo.
—«Siempre
recordaré esta noche… ¡a pesar de todo!», se dijo.
Antes de
irse se dirige a un estante, saca un whisky —del dueño de casa— y se bebe la
mitad de la botella.
Sale al
patio, se saca la chucha, y con una última sonrisa se arrastró hacia su trineo en el que había llegado, aunque estaba un poco abollado.
Con
esfuerzo, los renos comenzaron a levantar el destartalado trineo hacia las
nubes. Cuando alcanza una altura grande, un OVNI pasó como una exhalación, y
¡CATAPLUM!... nadie esperaba la colisión.
El viejo
Pascuero, el trineo y los renos fueron hechos pedazos en un destello de luces,
cajas, juguetes y pedazos de carne. Parte de los regalos que faltaban por
entregar se dispersaron en mil pedazos por el cielo estrellado, flotando y
cayendo suavemente sobre el bosque.
Mientras
tanto, los niños zombis, que habían salido a despedir a su Santa zombi,
comenzaron a reír a carcajadas.
—«¡Puta que
es güeón Santa, en la tele dijeron que no hay que manejar curao!», gritó uno, mientras otro exclamaba:
—«¡Creo que
Santa estaba como pico o «enfierrao»!».
Las risas
resonaron en la noche, mientras el viejo Pascuero y su trineo destrozado se
desvanecían en la memoria colectiva de todos los aldeanos zombis.
¡Y así fue
la Navidad 2025 en la Aldea de los zombis!
Que tengas buenas noches, niños y niñas.
Un cuento
para niños creado por Aris.
Agregados:
Jarl Asathørn.
Edición final: Jarl Asathørn.

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