El viento
había aprendido a hablar entre los huesos de las ciudades.
Ya no
existían motores... no existían radios, no existían gobiernos, banderas, himnos
ni nombres importantes.
Sólo ruinas.
El mundo había muerto lentamente, como un animal enorme abandonado en la nieve. Los edificios seguían en pie en algunos lugares, pero eran cadáveres huecos cubiertos de óxido y raíces. Las carreteras estaban partidas por árboles inmensos que habían emergido desde las grietas del asfalto como si la tierra hubiese decidido tragarse la obra humana y corregir un error antiguo. Y en medio de ese silencio interminable caminaba Johrää Sjöblom.
Llevaba años
solo.
No recordaba
exactamente cuándo dejó de buscar sobrevivientes. Tal vez cuando encontró a una
familia congelada abrazándose dentro de un autobús oxidado. Tal vez cuando vio
hombres matarse por una lata de comida podrida. O quizá cuando comprendió que
la humanidad había sobrevivido al fin del mundo sólo para demostrar que jamás
mereció heredarlo.
El mundo le
había quitado todo.
Su madre
murió de hambre el primer invierno. Sus pocos conocidos desaparecieron durante
los saqueos del sur. La joven vecina con la que a veces hablaba recibió un
disparo por un desconocido que quería unas botas.
Desde
entonces, Johrää dejó de hablar casi por completo.
La voz
humana comenzó a parecerle algo extraño. Artificial. Molesto.
Durante años
sobrevivió avanzando entre bosques infinitos, montañas cubiertas de niebla y
pueblos vacíos donde las puertas golpeaban con el viento como almas intentando
escapar.
Dormía
dentro de estaciones abandonadas, bajo árboles caídos o dentro de viejos
refugios de cazadores cubiertos de hongos. Aprendió a encender fuego bajo la
lluvia. Aprendió a distinguir huellas frescas en la nieve. Aprendió a esperar
horas inmóvil hasta que un ciervo bajara a beber agua.
Pero lo más
importante… aprendió a agradecer. No a un dios fantasma. Tampoco al cielo. Ni
siquiera a ninguna religión olvidada.
Siempre… agradecía a la tierra.
Cada vez que cazaba, dejaba su cuchillo sobre el pecho del animal y cerraba los ojos.
—«Gracias, hermano mayor, por entregar tu vida para alimentarme. Honraré tu sacrificio dándole el mejor uso a tu carne». —susurraba.
Porque
entendía algo que antes ignoraba: sobrevivir no era conquistar, era recibir
permiso. Y la naturaleza, a diferencia del hombre, jamás regalaba nada sin
sentido.
Los
inviernos se hicieron largos.
Hubo noches
donde el frío parecía entrar directamente a los pensamientos. Noches donde
Johrää despertaba creyendo escuchar voces entre los árboles. Ecos lejanos.
Cantos suaves que desaparecían cuando intentaba seguirlos.
Al principio
creyó que estaba perdiendo la cordura.
Después
entendió que el bosque tenía sonidos que el viejo mundo jamás quiso escuchar.
El crujido
lento de la nieve bajo las raíces. El susurro del musgo movido por el viento
nocturno. Las hojas secas girando como pequeños espíritus sobre la tierra
húmeda.
Y las
estrellas… las estrellas habían cambiado. Ahora brillaban más.
Sin
ciudades, sin humo, sin luces artificiales, el cielo parecía abierto por
completo. Algunas noches Johrää se quedaba inmóvil mirando la inmensidad oscura
hasta sentir miedo. Pero no miedo de morir... miedo de comprender demasiado… porque
comenzó a sentir algo extraño dentro de sí, algo que no había sentido cuando el
mundo todavía existía… era belleza… no la belleza fabricada, tampoco la belleza
vendida, ni la belleza del lujo ni de las pantallas… la verdadera… la de los
árboles cubiertos de escarcha iluminados por la luna, la de un río negro
reflejando constelaciones, la de un zorro observándolo desde lejos sin huir, la
de la lluvia cayendo sobre un bosque silencioso mientras el fuego respiraba
lentamente.
Y mientras
más se alejaba de las ruinas humanas… más humano se sentía.
Una tarde
atravesó un bosque distinto.
Lo supo
inmediatamente.
Los árboles
eran gigantescos, antiguos, cubiertos por una niebla azulada que flotaba entre
los troncos como si el lugar respirara lentamente. No había cadáveres, no había
restos de guerra, ni siquiera encontraba metal oxidado. Era como entrar en un
fragmento intacto del mundo anterior al hombre.
El aire olía
a agua fría y tierra húmeda.
Johrää
avanzó despacio.
Por primera
vez en años no sentía hambre, no sentía cansancio, no sentía miedo. Sólo una
extraña paz.
La noche
cayó lentamente. Y entonces ocurrió.
Entre las
ramas apareció la luna. Enorme, plateada, silenciosa. La luz descendió sobre el
bosque como un sueño antiguo. Los árboles parecían columnas negras sosteniendo
otro universo.
Johrää
sintió algo quebrarse dentro de sí. No era dolor, era algo más profundo... y comenzó
a llorar.
Lloró en
silencio, arrodillado sobre el musgo húmedo, mientras el viento movía las copas
de los árboles. Lloró por los muertos, por la inocencia destruida, por la
codicia humana, por la tierra herida… por sí mismo. Y también lloró porque
comprendió algo terrible y hermoso: El mundo no había muerto, sólo se había
librado de quienes no sabían verlo.
Continuó
caminando durante horas bajo aquella luz espectral… hasta que el bosque
terminó.
Y entonces
lo vio.
Un lago… perfectamente
inmóvil.
Johrää se
detuvo.
El agua
parecía un espejo oscuro nacido en medio de la nada. No figuraba en ningún mapa
antiguo que hubiese encontrado. No existían rastros humanos alrededor. Ni
fogatas. Ni caminos.
Sólo
silencio.
El lago
reflejaba las estrellas con tanta claridad que parecía abrirse hacia otro
cielo.
El viento
desapareció. Incluso el bosque guardó silencio.
Johrää caminó lentamente hasta la orilla y observó el agua
negra, la luna suspendida, las montañas lejanas cubiertas de niebla plateada.
Sintió que
el mundo entero respiraba a través de aquel lugar oculto. El lago se iluminó
con pequeñas luces que se movían por todo el lugar. Johrää, asombrado se da
cuenta que eran pequeñas hadas que revoloteaban sobre él, lo miraban… luego
seguían su danza de colores. Ahí estaba la belleza, la paz que tanto deseaba.
Y entonces
comprendió… la belleza más verdadera jamás había querido ser encontrada. Por
eso sobrevivió. Porque estaba escondida de la humanidad.
Johrää cerró
los ojos, y por primera vez en toda su vida no deseó volver atrás. No deseó
recuperar el viejo mundo, no deseó ciudades, ni electricidad, ni civilización. Sólo
deseó permanecer un momento más dentro de aquella verdad silenciosa.
Cuando
amaneció, el lago seguía inmóvil.
Johrää bebió
agua, tomó su mochila y observó una última vez el paisaje. Luego se levantó y
se fue caminando lentamente y rodeando el lago. Todo detrás de él desaparecía lentamente
entre la leve niebla del bosque mientras las primeras aves comenzaban a cantar
entre los árboles antiguos.
El mundo
quedó nuevamente vacío. Silencioso. Eterno. Entonces, desde entre los árboles,
apareció otra figura, una muchacha joven, delgada, cubierta con ropa gastada y
una mochila demasiado pesada para su cuerpo. Avanzaba tambaleándose. Tenía
barro en las manos. Sangre seca en la manga. El rostro destruido por el
cansancio.
Cuando vio
el lago… se detuvo. Sus ojos se abrieron lentamente… como si hubiera encontrado
algo imposible.
Dio un paso…
luego otro. Y finalmente cayó de rodillas sobre la tierra húmeda. La mochila
resbaló de sus hombros. La muchacha comenzó a llorar. Lloró igual que lloran
quienes encuentran algo que creían perdido para siempre… esperanza.
—¿Te sientes
bien? —le pregunta a la chica.
—Ahora sí.
Creí que estaba sola en el mundo. —responde sollozando y mirando a Johrää.
—Esto va a
sonar extraño… pero no estamos solos… pronto lo verás. —le responde mientras
apunta su dedo al lago.
Y mientras
el lago reflejaba el cielo de la mañana… el bosque guardó silencio una vez más…
como si los estuviera observando.
Escrito por:
Ian «Ülveer» Moone.
Una historia
post apocalíptica creada por: Vëthriön Asathørn.
Portada
diseñada por: Vëthriön Asathørn. Creada con AI.
Edición
final: Vëthriön Asathørn.

