I
LA CORTEZA DE CENIZA
Industriby
XV, 2466.
El
cielo sobre Industriby XV no era gris; era una palidez enfermiza, una lámina de
nubes bajas que nunca se movían, como un sudario suspendido. Los edificios, una
vez de hormigón y acero, habían absorbido ese tono, volviéndose pálidos y
descarnados, como huesos expuestos bajo un sol perpetuo que no calentaba. Jørh
Vetr miraba ese cielo desde su apartamento de cuarto piso, un cubículo de
treinta metros cuadrados donde el aire siempre tenía el mismo peso: el peso de
nada.
A
las 7:03 AM, su reloj interno —no el digital en la pared— le dijo que era hora
del trabajo. No había sueño que interrumpir; solo la transición de una vigilia
a otra. Se levantó del sillón gastado, sintiendo el crujir de su propia
estructura, como si sus articulaciones también estuvieran cubiertas de esa
ceniza intangible que caía del cielo.
El
problema, pensó mientras se vestía con ropas funcionales sin color, era que
tenías que seguir eligiendo entre un mal u otro. Ir al trabajo era un mal: ocho
horas de procesamiento de datos para una corporación cuyo nombre había cambiado
tres veces en cinco años, pero cuyo propósito era siempre el mismo: extracción.
No ir era otro mal: la retirada de permisos de residencia, la asignación a los
«Barrios de Reabsorción», donde la gente desaparecía lentamente en programas de
«reintegración productiva». Cada elección te cortaba un poco más. A los 25, él
ya estaba acabado en el sentido que importaba: el núcleo había sido evacuado.
Solo quedaban los movimientos reflejos.
En
la calle, la gente fluía como un líquido viscoso. Todos con la misma expresión:
no era vacío, era una atención plana, dirigida a las pantallas en sus manos o a
los puntos invisibles frente a ellos. Imbéciles conduciendo automóviles
autónomos que seguían rutas predeterminadas, comiendo barras nutricionales
sintetizadas del mismo color beige, hablando en murmullos sobre contenidos de
streaming que todos consumían simultáneamente. Hacían todo de la peor manera
posible, incluido votar, cada seis meses, por el candidato presidencial que más
les recordaba a sí mismos: alguien con una sonrisa correcta y una ausencia
total de convicción.
Jørh
no tenía intereses. No tenía interés en nada. Su mente era una habitación vacía
donde las ideas entrañables y los deseos se habían desintegrado, dejando solo
un polvo filosófico que se acumulaba en las esquinas. No tenía ni idea de cómo
iba a escapar, porque el escape implicaba un «a dónde», y todos los «a dóndes»
eran variaciones de Industriby XV. Todo lo demás —los anuncios en las paredes
digitales, las noticias sobre optimización social, las interacciones breves y
protocolarias— seguía picando y picando, hachazo tras hachazo contra cualquier
remanente de individualidad. Y nada era interesante. Nada.
La
gente era restrictiva y cuidadosa, todos iguales. Observó los rostros mientras
caminaba hacia el Centro de Procesamiento 7. Cada uno era un mapa de
microgestos controlados: una ceja levantada exactamente dos milímetros para
mostrar atención simulada, una curva labial calculada para no ofender. «Y tengo
que vivir con estos hijos de puta el resto de mi vida», pensó. No con ira, sino
con una certeza glacial. Dios, todos tenían culos y órganos sexuales y bocas y
axilas. Funciones biológicas que persistían como vergonzosos remanentes de una
animalidad que la sociedad intentaba erradicar con químicos y regulaciones.
Cagaban y charlaban y eran tan aburridos como la mierda de un cerdo: un
producto de desecho sin propósito, solo acumulación.
En
su cubículo de trabajo, Jørh inició el sistema. Su tarea hoy: ‘verificar los
algoritmos de asignación emocional para una nueva campaña de marketing’. La
corporación había desarrollado un sistema que inyectaba microdosis de
respuestas sentimentales en los contenidos mediáticos para optimizar el
compromiso. Jørh debía asegurar que las combinaciones «melancolía-suave» y
«nostalgia-estéril» no provocaran inadvertidamente episodios de verdadera
introspección en los consumidores. Eso podía reducir la productividad.
Al
mediodía, durante la pausa nutricional asignada, se sentó en la sala común. Una
mujer, asignada al mismo sector, se acercó. Su nombre era Säela, o algo similar. Tenía los ojos correctamente
brillantes, un resultado de los suplementos oculares.
—«¿Has
visto el nuevo stream de ‘Harmonized Horizons’?», preguntó, su voz un tono
perfecto de curiosidad moderada.
—«No»,
dijo Jørh.
—«Es
muy integrador. Te hace sentir… conectado».
Jørh
miró sus manos. Conectado. Una palabra que significaba la ausencia de fricción,
no la presencia de vínculo. «No hay amor sincero aquí», pensó. «Ni en ningún
lugar». El amor había sido descompuesto en sus elementos utilitarios:
compatibilidad genética, estabilidad psicológica para la crianza eficiente,
sinergia laboral. La amistad no existía; era un protocolo de cooperación con
beneficios sociales calculados.
Los
humanos eran un asco. Una especie débil, sin valores, perdida y dominada por
monstruos. Pero los monstruos no eran entidades con tentáculos; eran sistemas,
algoritmos, las estructuras que ellos mismos habían erigido para escapar del
caos y que ahora los consumían con una eficiencia silenciosa.
Al
final del día, Jørh caminó hacia su apartamento. El camino pasaba por el
Distrito Histórico, una zona preservada con edificios de antes del Gran
Uniforme. Allí, en una pared de ladrillos reales (no impresos), alguien había
escrito con pintura física, un acto de vandalismo casi inconcebible, una frase:
«¿QUÉ HAY DETRÁS DE LA
CORTEZA?»
Jørh
se detuvo. Miró la frase. Corteza. La superficie de Industriby XV, de toda la
vida. Una corteza de ceniza, de normalidad pulverizada. ¿Qué había detrás?
Nada, probablemente. Solo más vacío, más corteza, hasta el centro inexistente.
Pero
por primera vez en años, algo dentro de él, un músculo mental atrofiado, se
tensó. No era interés, era algo más primitivo: un reconocimiento de la pregunta
misma como un hachazo diferente. No uno que cortaba, sino uno que… exponía.
Regresó
a su apartamento. La noche cayó, o más bien, las luces de la ciudad ajustaron
su intensidad a la configuración nocturna. Jørh se sentó en el sillón, mirando
la pared vacía. Pensó en el final. No el final de su vida, sino el final de la
historia. Caminando entre muertos, polvo y ausencia. No sería una catástrofe
explosiva. Sería esto, extendido hasta el infinito: una ciudad, una nación, un
mundo de personas que seguían moviéndose mientras internamente ya estaban
acabadas, reducidas a polvo filosófico, caminando entre los muertos vivientes
que eran ellos mismos, en un paisaje de ausencia total.
Y
en ese pensamiento, por primera vez, Jørh Vetr encontró algo que no era
aburrido.
Era
profundamente, irrevocablemente, deprimente.
Pero
no era aburrido.
Y
eso, en Industriby XV del año 2466, era tal vez el primer paso hacia algo que
ni él podía nombrar.
O
hacia el fin.
II
LA CORTEZA PARTIDA
El
líquido ardió en su garganta, una quemadura dulce y salvaje que le recordó que
todavía tenía un cuerpo, que todavía tenía nervios capaces de sentir algo que
no fuera el gris uniforme del tedio. No era placer, era presencia-presente.
El
rugido subterráneo se intensificó. Desde su altura, Jørh podía ver cómo el
suelo de Industriby XV se hundía en secciones, como un gigante dormido
girándose bajo una sábana frágil. Los distritos residenciales, con sus
cubículos idénticos, desaparecían primero, absorbidos por la tierra que
reclamaba lo suyo. Luego los centros comerciales, las fábricas de datos, las
granjas verticales de algas nutritivas. Todo se convertía en escombros y,
finalmente, en silencio.
Pero
no era un silencio vacío. Era un silencio lleno. Lleno del crujir de metales
retorciéndose, del lejano estampido de cristales estallando, del viento que
ahora soplaba libre, sin edificios que lo canalizaran, trayendo olores
desconocidos: polvo de hormigón, cables eléctricos fundidos, y debajo de todo,
el olor acre y mineral de la roca expuesta.
Jørh
tomó otra larga bocanada del habano. Observó cómo la brasa naranja brillaba
contra el crepúsculo forzado que caía sobre la ciudad moribunda. No pensó en
escape. No pensó en supervivencia. Pensó en corteza.
Toda
su vida había sido una corteza. Una capa tras otra de decisiones entre males
menores, de adaptaciones, de silencios, de gestos vacíos. Una corteza que lo
había aislado no del mundo, sino de sí mismo. Y ahora, la corteza de Industriby
XV, esa cáscara gigante de normalidad artificial, se estaba partiendo. Se
estaba desmoronando. Y debajo no había monstruos, ni verdades reveladoras, ni
siquiera un vacío más profundo.
Había
esto. El aire frío y cortante. El sabor a madera quemada y destilados de cebada
en su boca. El hormigueo en sus dedos por el frío que empezaba a ascender desde
las profundidades abiertas. La vista de un mundo que se desintegraba y que, al
hacerlo, por primera vez, importaba.
Una
figura apareció en la puerta de la azotea. Era Säela, la compañera de sector.
Su traje de trabajo estaba rasgado, su peinado perfecto deshecho por el viento
y el polvo. Sus ojos, siempre correctamente brillantes, ahora mostraban un
pánico puro, no simulado.
—¡Hay
rutas de evacuación en el sector noroeste! —gritó, su voz quebrada por el terror—. ¡Podemos…!
Jørh
la miró, y no lo hizo con desprecio ni compasión. Simplemente la miró. Y negó con la
cabeza, lentamente. No como un rechazo. Como un dogma.
—No
hay escape
—dijo, y su voz sonó extrañamente clara en el aire cargado—. Solo esto.
—¿¡Acaso
no quieres vivir!? —le grita ella con miedo.
—Vivir.
Morir. ¿Hay alguna diferencia? Ustedes ya están muertos —contesta Jørh con
frialdad y calma.
Ella
vaciló, mirando hacia atrás, hacia las escaleras que llevaban a un colapso
seguro, y luego hacia adelante, hacia el hombre sentado en el borde del abismo,
bebiendo y fumando como si fuera un domingo por la tarde. Algo en su calma, en
su aceptación total, le resultó más aterrador que los temblores. Dio media
vuelta y desapareció por la puerta, de vuelta a la ilusión de un plan, de una
salida.
Jørh
volvió su atención al panorama. El Edificio Meridian crujió bajo sus pies, una
vibración profunda que recorrió la estructura. No le importó. El whisky le
calentaba el estómago. El habano le entumecía los labios de una forma que casi
podía confundirse con una sonrisa.
No
había amor sincero. Quizás nunca lo había habido.
La
amistad no existía. Solo acuerdos temporales de compañía.
Los
humanos eran asco. Una especie débil, perdida, dominada por monstruos de su
propia creación.
Pero
ahora, los monstruos estaban muriendo con la ciudad. Y la debilidad… la
debilidad era lo único que quedaba. La debilidad de un cuerpo que sentía frío.
La debilidad de un pulmón que tosía con el humo espeso. La debilidad de un
corazón que, contra toda lógica, latía con una calma brutal frente al fin.
El
edificio se inclinó bruscamente. Jørh se aferró al parapeto, no por miedo, sino
por equilibrio. La botella de whisky rodó por el tejado inclinado y se estrelló
contra una antena oxidada, destellando en mil fragmentos que capturaron, por un
instante, el último reflejo de la luz moribunda.
Tomó
la última calada del habano, sintiendo el calor llegar hasta sus yemas de los
dedos. Luego, con un gesto deliberado, lo arrojó al vacío. La brasa trazó un
arco tenue y rojo al caer hacia las sombras que se profundizaban.
Se
enderezó, de pie ahora en el tejado que gemía. Abajo, el mundo era un caos de
formas que se desvanecían, de estructuras que regresaban a sus elementos básicos:
polvo, metal, silicio, nada.
Al
final de la historia, había pensado alguna vez, caminando entre muertos, polvo
y ausencia.
Ahora
no estaba caminando. Estaba de pie. Y los muertos no estaban solo abajo. Habían
estado dentro de él, y dentro de todos, durante años. El polvo era real ahora,
no metafórico. Y la ausencia… la ausencia por fin tenía espacio para respirar.
El
Edificio Meridian cedió. No fue un estruendo horrible, sino un suspiro largo y
cansado de acero fatigado por el paso del tiempo.
Jørh
Vetr no cerró los ojos. Miró hacia el cielo despejado, hacia esas estrellas
olvidadas, hacia el viejo techo de cristal y respiró el aire libre, áspero y
puro del mundo después de la corteza.
Y
por primera y última vez, no tuvo miedo.
El
edificio cayó, y él cayó con él, hacia el polvo y la ausencia, habiendo
probado, al final, el sabor áspero y verdadero de estar vivo.
FIN
Escrita
por. H.P. Hatecraft.
Creada
por: Vëthriön Asathørn.
Historia inspirada en un Fragmento de ‘Ham on Rye’ de Bukowski.

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