viernes, 1 de mayo de 2026

Ciudad Industrial XV: Óxido y Cenizas [Una historia futurista distópica y misántropa]



I

LA CORTEZA DE CENIZA

 

Industriby XV, 2466.

El cielo sobre Industriby XV no era gris; era una palidez enfermiza, una lámina de nubes bajas que nunca se movían, como un sudario suspendido. Los edificios, una vez de hormigón y acero, habían absorbido ese tono, volviéndose pálidos y descarnados, como huesos expuestos bajo un sol perpetuo que no calentaba. Jørh Vetr miraba ese cielo desde su apartamento de cuarto piso, un cubículo de treinta metros cuadrados donde el aire siempre tenía el mismo peso: el peso de nada.

A las 7:03 AM, su reloj interno —no el digital en la pared— le dijo que era hora del trabajo. No había sueño que interrumpir; solo la transición de una vigilia a otra. Se levantó del sillón gastado, sintiendo el crujir de su propia estructura, como si sus articulaciones también estuvieran cubiertas de esa ceniza intangible que caía del cielo.

El problema, pensó mientras se vestía con ropas funcionales sin color, era que tenías que seguir eligiendo entre un mal u otro. Ir al trabajo era un mal: ocho horas de procesamiento de datos para una corporación cuyo nombre había cambiado tres veces en cinco años, pero cuyo propósito era siempre el mismo: extracción. No ir era otro mal: la retirada de permisos de residencia, la asignación a los «Barrios de Reabsorción», donde la gente desaparecía lentamente en programas de «reintegración productiva». Cada elección te cortaba un poco más. A los 25, él ya estaba acabado en el sentido que importaba: el núcleo había sido evacuado. Solo quedaban los movimientos reflejos.

En la calle, la gente fluía como un líquido viscoso. Todos con la misma expresión: no era vacío, era una atención plana, dirigida a las pantallas en sus manos o a los puntos invisibles frente a ellos. Imbéciles conduciendo automóviles autónomos que seguían rutas predeterminadas, comiendo barras nutricionales sintetizadas del mismo color beige, hablando en murmullos sobre contenidos de streaming que todos consumían simultáneamente. Hacían todo de la peor manera posible, incluido votar, cada seis meses, por el candidato presidencial que más les recordaba a sí mismos: alguien con una sonrisa correcta y una ausencia total de convicción.

 

Jørh no tenía intereses. No tenía interés en nada. Su mente era una habitación vacía donde las ideas entrañables y los deseos se habían desintegrado, dejando solo un polvo filosófico que se acumulaba en las esquinas. No tenía ni idea de cómo iba a escapar, porque el escape implicaba un «a dónde», y todos los «a dóndes» eran variaciones de Industriby XV. Todo lo demás —los anuncios en las paredes digitales, las noticias sobre optimización social, las interacciones breves y protocolarias— seguía picando y picando, hachazo tras hachazo contra cualquier remanente de individualidad. Y nada era interesante. Nada.

La gente era restrictiva y cuidadosa, todos iguales. Observó los rostros mientras caminaba hacia el Centro de Procesamiento 7. Cada uno era un mapa de microgestos controlados: una ceja levantada exactamente dos milímetros para mostrar atención simulada, una curva labial calculada para no ofender. «Y tengo que vivir con estos hijos de puta el resto de mi vida», pensó. No con ira, sino con una certeza glacial. Dios, todos tenían culos y órganos sexuales y bocas y axilas. Funciones biológicas que persistían como vergonzosos remanentes de una animalidad que la sociedad intentaba erradicar con químicos y regulaciones. Cagaban y charlaban y eran tan aburridos como la mierda de un cerdo: un producto de desecho sin propósito, solo acumulación.

 

En su cubículo de trabajo, Jørh inició el sistema. Su tarea hoy: ‘verificar los algoritmos de asignación emocional para una nueva campaña de marketing’. La corporación había desarrollado un sistema que inyectaba microdosis de respuestas sentimentales en los contenidos mediáticos para optimizar el compromiso. Jørh debía asegurar que las combinaciones «melancolía-suave» y «nostalgia-estéril» no provocaran inadvertidamente episodios de verdadera introspección en los consumidores. Eso podía reducir la productividad.

Al mediodía, durante la pausa nutricional asignada, se sentó en la sala común. Una mujer, asignada al mismo sector, se acercó. Su nombre era Säela, o algo similar. Tenía los ojos correctamente brillantes, un resultado de los suplementos oculares.

 

—«¿Has visto el nuevo stream de ‘Harmonized Horizons’?», preguntó, su voz un tono perfecto de curiosidad moderada.

 

—«No», dijo Jørh.

 

—«Es muy integrador. Te hace sentir… conectado».

 

Jørh miró sus manos. Conectado. Una palabra que significaba la ausencia de fricción, no la presencia de vínculo. «No hay amor sincero aquí», pensó. «Ni en ningún lugar». El amor había sido descompuesto en sus elementos utilitarios: compatibilidad genética, estabilidad psicológica para la crianza eficiente, sinergia laboral. La amistad no existía; era un protocolo de cooperación con beneficios sociales calculados.

Los humanos eran un asco. Una especie débil, sin valores, perdida y dominada por monstruos. Pero los monstruos no eran entidades con tentáculos; eran sistemas, algoritmos, las estructuras que ellos mismos habían erigido para escapar del caos y que ahora los consumían con una eficiencia silenciosa.

Al final del día, Jørh caminó hacia su apartamento. El camino pasaba por el Distrito Histórico, una zona preservada con edificios de antes del Gran Uniforme. Allí, en una pared de ladrillos reales (no impresos), alguien había escrito con pintura física, un acto de vandalismo casi inconcebible, una frase:

 

«¿QUÉ HAY DETRÁS DE LA CORTEZA?»

 

Jørh se detuvo. Miró la frase. Corteza. La superficie de Industriby XV, de toda la vida. Una corteza de ceniza, de normalidad pulverizada. ¿Qué había detrás? Nada, probablemente. Solo más vacío, más corteza, hasta el centro inexistente.

Pero por primera vez en años, algo dentro de él, un músculo mental atrofiado, se tensó. No era interés, era algo más primitivo: un reconocimiento de la pregunta misma como un hachazo diferente. No uno que cortaba, sino uno que… exponía.

 

Regresó a su apartamento. La noche cayó, o más bien, las luces de la ciudad ajustaron su intensidad a la configuración nocturna. Jørh se sentó en el sillón, mirando la pared vacía. Pensó en el final. No el final de su vida, sino el final de la historia. Caminando entre muertos, polvo y ausencia. No sería una catástrofe explosiva. Sería esto, extendido hasta el infinito: una ciudad, una nación, un mundo de personas que seguían moviéndose mientras internamente ya estaban acabadas, reducidas a polvo filosófico, caminando entre los muertos vivientes que eran ellos mismos, en un paisaje de ausencia total.

Y en ese pensamiento, por primera vez, Jørh Vetr encontró algo que no era aburrido.

Era profundamente, irrevocablemente, deprimente.

Pero no era aburrido.

Y eso, en Industriby XV del año 2466, era tal vez el primer paso hacia algo que ni él podía nombrar.

O hacia el fin.

 

II

LA CORTEZA PARTIDA

El líquido ardió en su garganta, una quemadura dulce y salvaje que le recordó que todavía tenía un cuerpo, que todavía tenía nervios capaces de sentir algo que no fuera el gris uniforme del tedio. No era placer, era presencia-presente.

 

El rugido subterráneo se intensificó. Desde su altura, Jørh podía ver cómo el suelo de Industriby XV se hundía en secciones, como un gigante dormido girándose bajo una sábana frágil. Los distritos residenciales, con sus cubículos idénticos, desaparecían primero, absorbidos por la tierra que reclamaba lo suyo. Luego los centros comerciales, las fábricas de datos, las granjas verticales de algas nutritivas. Todo se convertía en escombros y, finalmente, en silencio.

Pero no era un silencio vacío. Era un silencio lleno. Lleno del crujir de metales retorciéndose, del lejano estampido de cristales estallando, del viento que ahora soplaba libre, sin edificios que lo canalizaran, trayendo olores desconocidos: polvo de hormigón, cables eléctricos fundidos, y debajo de todo, el olor acre y mineral de la roca expuesta.

 

Jørh tomó otra larga bocanada del habano. Observó cómo la brasa naranja brillaba contra el crepúsculo forzado que caía sobre la ciudad moribunda. No pensó en escape. No pensó en supervivencia. Pensó en corteza.

Toda su vida había sido una corteza. Una capa tras otra de decisiones entre males menores, de adaptaciones, de silencios, de gestos vacíos. Una corteza que lo había aislado no del mundo, sino de sí mismo. Y ahora, la corteza de Industriby XV, esa cáscara gigante de normalidad artificial, se estaba partiendo. Se estaba desmoronando. Y debajo no había monstruos, ni verdades reveladoras, ni siquiera un vacío más profundo.

Había esto. El aire frío y cortante. El sabor a madera quemada y destilados de cebada en su boca. El hormigueo en sus dedos por el frío que empezaba a ascender desde las profundidades abiertas. La vista de un mundo que se desintegraba y que, al hacerlo, por primera vez, importaba.

Una figura apareció en la puerta de la azotea. Era Säela, la compañera de sector. Su traje de trabajo estaba rasgado, su peinado perfecto deshecho por el viento y el polvo. Sus ojos, siempre correctamente brillantes, ahora mostraban un pánico puro, no simulado.

 

—¡Hay rutas de evacuación en el sector noroeste! —gritó, su voz quebrada por el terror—. ¡Podemos…!

 

Jørh la miró, y no lo hizo con desprecio ni compasión. Simplemente la miró. Y negó con la cabeza, lentamente. No como un rechazo. Como un dogma.

 

—No hay escape —dijo, y su voz sonó extrañamente clara en el aire cargado—. Solo esto.

 

—¿¡Acaso no quieres vivir!? —le grita ella con miedo.

 

—Vivir. Morir. ¿Hay alguna diferencia? Ustedes ya están muertos —contesta Jørh con frialdad y calma.

 

Ella vaciló, mirando hacia atrás, hacia las escaleras que llevaban a un colapso seguro, y luego hacia adelante, hacia el hombre sentado en el borde del abismo, bebiendo y fumando como si fuera un domingo por la tarde. Algo en su calma, en su aceptación total, le resultó más aterrador que los temblores. Dio media vuelta y desapareció por la puerta, de vuelta a la ilusión de un plan, de una salida.

Jørh volvió su atención al panorama. El Edificio Meridian crujió bajo sus pies, una vibración profunda que recorrió la estructura. No le importó. El whisky le calentaba el estómago. El habano le entumecía los labios de una forma que casi podía confundirse con una sonrisa.

No había amor sincero. Quizás nunca lo había habido.

La amistad no existía. Solo acuerdos temporales de compañía.

Los humanos eran asco. Una especie débil, perdida, dominada por monstruos de su propia creación.

 

Pero ahora, los monstruos estaban muriendo con la ciudad. Y la debilidad… la debilidad era lo único que quedaba. La debilidad de un cuerpo que sentía frío. La debilidad de un pulmón que tosía con el humo espeso. La debilidad de un corazón que, contra toda lógica, latía con una calma brutal frente al fin.

El edificio se inclinó bruscamente. Jørh se aferró al parapeto, no por miedo, sino por equilibrio. La botella de whisky rodó por el tejado inclinado y se estrelló contra una antena oxidada, destellando en mil fragmentos que capturaron, por un instante, el último reflejo de la luz moribunda.

Tomó la última calada del habano, sintiendo el calor llegar hasta sus yemas de los dedos. Luego, con un gesto deliberado, lo arrojó al vacío. La brasa trazó un arco tenue y rojo al caer hacia las sombras que se profundizaban.

Se enderezó, de pie ahora en el tejado que gemía. Abajo, el mundo era un caos de formas que se desvanecían, de estructuras que regresaban a sus elementos básicos: polvo, metal, silicio, nada.

Al final de la historia, había pensado alguna vez, caminando entre muertos, polvo y ausencia.

Ahora no estaba caminando. Estaba de pie. Y los muertos no estaban solo abajo. Habían estado dentro de él, y dentro de todos, durante años. El polvo era real ahora, no metafórico. Y la ausencia… la ausencia por fin tenía espacio para respirar.

El Edificio Meridian cedió. No fue un estruendo horrible, sino un suspiro largo y cansado de acero fatigado por el paso del tiempo.

Jørh Vetr no cerró los ojos. Miró hacia el cielo despejado, hacia esas estrellas olvidadas, hacia el viejo techo de cristal y respiró el aire libre, áspero y puro del mundo después de la corteza.

Y por primera y última vez, no tuvo miedo.

El edificio cayó, y él cayó con él, hacia el polvo y la ausencia, habiendo probado, al final, el sabor áspero y verdadero de estar vivo.

 

FIN




 

Escrita por. H.P. Hatecraft.

Creada por: Vëthriön Asathørn.

Historia inspirada en un Fragmento de ‘Ham on Rye’ de Bukowski.