viernes, 15 de mayo de 2026

The Mansion that whispers beneath the Black Sea

 





I

El carruaje avanzó entre la niebla como un ataúd arrastrado por caballos moribundos.

Johrënn observaba el bosque desde la pequeña ventana empañada. Los árboles eran gigantes negros deshojados que se inclinaban unos sobre otros, entrelazando sus ramas como dedos artríticos. A ratos parecía que el bosque respiraba, no por el viento, sino por algo más profundo, más antiguo… algo que dormitaba bajo la tierra húmeda.

Los troncos gigantescos se elevaban como columnas negras hacia un cielo oculto. Cada ráfaga de viento producía un sonido parecido a un coro lejano, profundo y funerario. Había algo religioso en aquella oscuridad; no de un credo humano, sino algo más arcaico, más profundamente lejano… algo que existía antes de que el primer hombre pronunciara una plegaria.

El joven Johrënn llevaba semanas huyendo de la ciudad. Harto de la gente, harto de las voces, harto de las calles llenas de sonrisas falsas y conversaciones vacías.

Había comenzado a sentir una repulsión enfermiza hacia todo lo humano. Incluso hacia sí mismo.

Por eso aceptó aquella extraña carta. La había encontrado bajo la puerta de su departamento una madrugada lluviosa. No tenía remitente, solo una frase escrita con tinta gris:

«En la Mansión Vhaldren hallarás el silencio que buscas». Y abajo, un mapa dibujado a mano.

 

II

El cochero nunca habló durante el viaje. Su rostro permanecía oculto bajo un sombrero húmedo y una bufanda ennegrecida. Johrënn intentó preguntarle cuánto faltaba, pero el hombre apenas levantó una mano enguantada con una extraña pipa en ella señalando hacia adelante.

Entonces apareció… la mansión emergió entre los árboles como un cadáver olvidado por Dios.

Tenía torres deformes, ventanas altas cubiertas de mugre y una fachada agrietada por raíces que parecían venas petrificadas. Ninguna luz brillaba en su interior, pero Johrënn sintió inmediatamente que alguien observaba desde las ventanas superiores.

Cuando descendió del carruaje, quiso agradecerle al cochero... pero no había nadie. Ni carruaje. Ni caballos. Solo el bosque, algo de niebla azulada y el frío cadavérico de lo lejano.

El joven tragó saliva.

El silencio allí era distinto al silencio normal... como algo espeso que se acumulaba en los oídos y hacía doler la cabeza.

 

III

Empujó la puerta principal... la madera se abrió lentamente con un gemido húmedo, el interior olía a polvo mojado y flores marchitas. Retratos ennegrecidos colgaban de las paredes, aunque sus rostros habían sido rasgados. Un largo corredor se extendía hacia la oscuridad absoluta.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Sintió alivio, como si aquella casa comprendiera exactamente lo que llevaba dentro.

Johrënn caminó durante horas explorando habitaciones cubiertas por sábanas, bibliotecas infestadas de hongos y pasillos que parecían cambiar de forma cuando dejaba de mirarlos.

En el tercer piso encontró una habitación circular... allí había un enorme órgano antiguo. Las teclas estaban amarillas y algunas parecían hechas de hueso humano. Encima del instrumento descansaba un cuaderno de cuero. Johrënn lo abrió... no era un diario. Eran partituras, pero no de música normal. Los símbolos escritos allí parecían retorcerse. Algunos cambiaban de posición cuando apartaba la vista. Otros parecían palpitar débilmente bajo la tinta.

Y abajo, repetido una y otra vez:

«LA PUERTA RESPIRA BAJO EL MAR NEGRO».

Johrënn sintió un escalofrío... no debía tocar aquello. Lo supo de inmediato. Sin embargo, una fascinación enfermiza comenzó a crecer dentro de él... porque el órgano emitía un sonido suave, y no provenía de las teclas, venía desde dentro, como si algo respirara atrapado bajo el instrumento.

El joven retrocedió.

Entonces escuchó pasos en el corredor... lentos... arrastrados. Alguien venía.

 

—«¿Hola?» —preguntó. —«Recibí una invitación para alojarme en este lugar. ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?»

 

No hubo respuesta.

Los pasos se detuvieron justo detrás de la puerta.

Johrënn permaneció inmóvil.

El silencio era sepulcral… luego… tres golpes.

TOC.

TOC.

TOC.

 

—«¡¿Quién es?!» —pregunta con voz dura.

 

IV

Abrió la puerta de golpe…

…Nada.

El corredor estaba vacío, pero el piso ahora estaba húmedo... era agua salada.

Johrënn sintió el corazón acelerarse.

La humedad comenzaba a extenderse por las paredes.

Escuchó un murmullo lejano… miles de voces. No hablaban ningún idioma humano. Parecían rezos hechos por gargantas ahogadas.

Y el órgano comenzó a tocar solo… una nota grave. Luego otra. Luego una secuencia monstruosa que hizo vibrar toda la mansión.

Las paredes crujieron.

Desde abajo llegó un estruendo. Algo gigantesco se movía bajo la mansión.

Johrënn quiso huir… corrió hacia las escaleras, pero ya no estaban. El corredor se había deformado y las ventanas mostraban otra cosa ahora... no era el lúgubre bosque retorcido y negro, sino un océano oscuro e infinito bajo un cielo sin estrellas... y algo emergía lentamente de esas aguas. Primero vio los tentáculos, eran enormes, cubiertos de ventosas brillantes, luego una cabeza colosal. No tenía forma exacta. Cambiaba constantemente entre pulpo, dragón y cadáver humano. Sus ojos verdes se abrieron en medio de la oscuridad oceánica.

Y Johrënn comprendió. Comprendió que la mansión nunca estuvo en el bosque. Comprendió que el bosque tampoco pertenecía a la Tierra.

Todo había sido una trampa. Una entrada… una grieta abierta hacia algo antiguo.

El nombre apareció en su mente sin que nadie lo pronunciara: Cthulhu.

La criatura lo observó… como si hubiese esperado su llegada desde hacía eones.

Entonces las paredes comenzaron a sangrar agua marina.

Las puertas se deformaron como carne viva.

Y Johrënn escuchó la verdadera voz del monstruo. Y no venía desde afuera… venía desde dentro de su propia cabeza. Cada pensamiento comenzó a romperse. Sus recuerdos se mezclaron. Olvidó el rostro de su madre. Olvidó su nombre. Olvidó qué era un ser humano.

Cayó de rodillas mientras el órgano seguía sonando con violencia insoportable. Y en ese instante final entendió el propósito de la mansión. No era atraer personas… sino vaciarlas. Convertirlas en recipientes.

Lentamente giró la cabeza y vio a los habitantes originales de la mansión. Docenas de figuras extremadamente altas y delgadas observándolo desde la oscuridad. Sus rostros eran lisos, sin ojos ni boca, pero todos inclinaban la cabeza con una expresión silenciosa de bienvenida.

Los ojos de Johrënn comenzaron a sangrar, su mandíbula se abrió lentamente más allá de lo posible. Algo se movía dentro de su garganta. Algo despertaba.

Afuera, en el bosque imposible, las ramas comenzaron a inclinarse hacia la mansión como fieles ante un altar.

Y en la habitación circular, el joven sonrió por última vez con una expresión que ya no pertenecía a este mundo.




 

Una historia creada por: H.P. Hatecraft para V.D.M.

Inspirada en el poema «Obsesión» de Charles Baudelaire.

Una idea de: Vëthriön Asathørn.

Edición final: Vëthriön Asathørn.