Si la
acusación prospera —esa que dice que cuando era diputada la senadora Camila
Flores se quedaba con parte del sueldo de sus colaboradores «para uso personal»—
tendremos ante nosotros otro capítulo de la misma puta fábula patriótica: la
metamorfosis del cargo público en caja chica, la moral cívica convertida en «fondo
de gestión» y la solemnidad del Congreso reducida a una oficina con llave y
alcancía. O sea, la mierda de siempre.
Imaginen la
escena: un despacho con diplomas en la pared, discursos sobre valores en redes
sociales y, debajo del mármol, la versión legislativa de la alcancía del
barrio. No es talento; es economía política aplicada a la baja. Lo curioso de
esta mierda no es la avaricia —esa ha sido siempre inagotable— sino la
capacidad de algunos imbéciles para venderse como paladines de la virtud
mientras maneja la tesorería del vivo. Hipocresía corrosiva con estatuto y
pauta publicitaria.
Seamos
sinceros: es el aprovechamiento de lo pequeño a lo sistémico.
Hay dos
lecturas útiles y dolorosamente obvias. La primera, económica: cuando el
salario formal no alcanza para el lujo de la ambición política, ciertos
funcionarios «optan» por complementar ingresos con prácticas de mochila:
descuentos a colaboradores, reembolsos creativos, compras que terminan en manos
privadas. Lo llamativo es que lo llamativo ya no sorprende: la espiral de la
corrupción se alimenta mucho más de la normalización que de la codicia misma.
Un pequeño gesto que se repite, se institucionaliza y se cubre con lenguaje
administrativo hasta volverse rutina.
La segunda,
moral: la legitimidad pública se erosiona en cuotas. Cada sobrecito que no
llega al colaborador, cada factura que se desvía al bolsillo privado, es un
clavo más en el ataúd de la confianza ciudadana. No importa el color político:
cuando lo privado se disfraza de gasto público, la democracia entra en oferta y
rebaja.
Salpicaduras
inevitables, esas que emputecen: Kast en el ojo del huracán. Que esto ocurra en
la órbita de una senadora cercana al gobierno de José Antonio Kast no es un
detalle menor. En política, la culpa por asociación funciona con la inmediatez
y la dramatización de una serie mal escrita: bastan titulares y memes para
convertir un acto individual en crisis gubernamental. Kast y su equipo lo
saben: no hace falta que el presidente haya repartido sobres —la sospecha
colectiva ya hace el trabajo. La oposición y la prensa —con buen olfato para la
carnada y la sangre— se encargarán de presentar el caso como síntoma de un
régimen que promueve, tolera o no previene la corrupción en sus filas. La
narrativa se arma sola: un error privado, un problema público.
La izquierda
y la estrategia obvia: encender el ventilador. A la otra vereda política no hay
que explicarle nada. Para los sectores de la puta izquierda, este tipo de
episodios son combustible narrativo perfecto: retratan la inequidad moral del
sistema (caras de raja), confirman teorías sobre la impunidad de la élite y
sirven de excusa para pedir reformas drásticas, comisiones y, si se puede,
ajusticiamiento simbólico en sesión plenaria (siempre y cuando sean de derecha).
Nada mejor que un escándalo para movilizar militancias y titulares simultáneos.
Y es que la política de hoy se alimenta de escándalo: se visibiliza en el puto Twitter,
se organiza en maldito TikTok y se traduce en presión mediática.
La tragedia es
cómica y la maldita pregunta es… ¿Quién pierde y quién finge perder en todo este
entuerto?
Lo terrible
es que, al final, la principal víctima es el ciudadano común, tus viejos, tú,
yo. Mientras el puto espectáculo continúa, la sensación de corrupción se
normaliza y la apatía crece. Los que pagan el verdadero costo son los equipos
de trabajo precarizados, cuyos descuentos suponen noches sin pagar cuentas. Los
que ganan son pocos: abogados, comunicadores, operadores políticos; y, claro,
la narrativa: todos contentos con su cuota de indignación selectiva.
Si la
acusación contra Camila Flores tiene fundamento, será otro recordatorio de que
la limpieza ética no se respira en los discursos sino en las cuentas claras. Si
no lo tiene, servirá igual: habremos asistido a una comedia trágica de mierda donde
las sospechas ocupan el lugar de las certezas y la política —esa actividad
noble en papel— se reduce a un teatro de sombras. En cualquiera de los dos
casos, la moraleja es la misma: la puta política sigue siendo rentable para
quien la sabe usar como atajo personal; para el resto, queda el sarcasmo y la
espera de otra asquerosa función.
Imagen de la
portada editada por: Vëthriön Asathørn.
Edición final:
Vëthriön Asathørn.
