lunes, 13 de abril de 2026

Crónicas del Fracaso Útil [Camila Flores y el Arte de la discreta «colecta»]

 

 

Si la acusación prospera —esa que dice que cuando era diputada la senadora Camila Flores se quedaba con parte del sueldo de sus colaboradores «para uso personal»— tendremos ante nosotros otro capítulo de la misma puta fábula patriótica: la metamorfosis del cargo público en caja chica, la moral cívica convertida en «fondo de gestión» y la solemnidad del Congreso reducida a una oficina con llave y alcancía. O sea, la mierda de siempre.

 

Imaginen la escena: un despacho con diplomas en la pared, discursos sobre valores en redes sociales y, debajo del mármol, la versión legislativa de la alcancía del barrio. No es talento; es economía política aplicada a la baja. Lo curioso de esta mierda no es la avaricia —esa ha sido siempre inagotable— sino la capacidad de algunos imbéciles para venderse como paladines de la virtud mientras maneja la tesorería del vivo. Hipocresía corrosiva con estatuto y pauta publicitaria.

 

Seamos sinceros: es el aprovechamiento de lo pequeño a lo sistémico.

Hay dos lecturas útiles y dolorosamente obvias. La primera, económica: cuando el salario formal no alcanza para el lujo de la ambición política, ciertos funcionarios «optan» por complementar ingresos con prácticas de mochila: descuentos a colaboradores, reembolsos creativos, compras que terminan en manos privadas. Lo llamativo es que lo llamativo ya no sorprende: la espiral de la corrupción se alimenta mucho más de la normalización que de la codicia misma. Un pequeño gesto que se repite, se institucionaliza y se cubre con lenguaje administrativo hasta volverse rutina.

 

La segunda, moral: la legitimidad pública se erosiona en cuotas. Cada sobrecito que no llega al colaborador, cada factura que se desvía al bolsillo privado, es un clavo más en el ataúd de la confianza ciudadana. No importa el color político: cuando lo privado se disfraza de gasto público, la democracia entra en oferta y rebaja.

 

Salpicaduras inevitables, esas que emputecen: Kast en el ojo del huracán. Que esto ocurra en la órbita de una senadora cercana al gobierno de José Antonio Kast no es un detalle menor. En política, la culpa por asociación funciona con la inmediatez y la dramatización de una serie mal escrita: bastan titulares y memes para convertir un acto individual en crisis gubernamental. Kast y su equipo lo saben: no hace falta que el presidente haya repartido sobres —la sospecha colectiva ya hace el trabajo. La oposición y la prensa —con buen olfato para la carnada y la sangre— se encargarán de presentar el caso como síntoma de un régimen que promueve, tolera o no previene la corrupción en sus filas. La narrativa se arma sola: un error privado, un problema público.

 

La izquierda y la estrategia obvia: encender el ventilador. A la otra vereda política no hay que explicarle nada. Para los sectores de la puta izquierda, este tipo de episodios son combustible narrativo perfecto: retratan la inequidad moral del sistema (caras de raja), confirman teorías sobre la impunidad de la élite y sirven de excusa para pedir reformas drásticas, comisiones y, si se puede, ajusticiamiento simbólico en sesión plenaria (siempre y cuando sean de derecha). Nada mejor que un escándalo para movilizar militancias y titulares simultáneos. Y es que la política de hoy se alimenta de escándalo: se visibiliza en el puto Twitter, se organiza en maldito TikTok y se traduce en presión mediática.

 

La tragedia es cómica y la maldita pregunta es… ¿Quién pierde y quién finge perder en todo este entuerto?

Lo terrible es que, al final, la principal víctima es el ciudadano común, tus viejos, tú, yo. Mientras el puto espectáculo continúa, la sensación de corrupción se normaliza y la apatía crece. Los que pagan el verdadero costo son los equipos de trabajo precarizados, cuyos descuentos suponen noches sin pagar cuentas. Los que ganan son pocos: abogados, comunicadores, operadores políticos; y, claro, la narrativa: todos contentos con su cuota de indignación selectiva.

 

Si la acusación contra Camila Flores tiene fundamento, será otro recordatorio de que la limpieza ética no se respira en los discursos sino en las cuentas claras. Si no lo tiene, servirá igual: habremos asistido a una comedia trágica de mierda donde las sospechas ocupan el lugar de las certezas y la política —esa actividad noble en papel— se reduce a un teatro de sombras. En cualquiera de los dos casos, la moraleja es la misma: la puta política sigue siendo rentable para quien la sabe usar como atajo personal; para el resto, queda el sarcasmo y la espera de otra asquerosa función.

 

Imagen de la portada editada por: Vëthriön Asathørn.

Edición final: Vëthriön Asathørn.