PERÚ: EL ARTE DE ELEGIR AL PRÓXIMO DETENIDO Y APLAUDIR MIENTRAS TANTO
Hay países
que escriben su historia con esfuerzo, aciertos y errores. Y luego está Perú,
que parece haber optado por escribir la suya como una saga experimental donde
cada capítulo intenta superar al anterior… en versión comedia del absurdo.
Si alguien
quisiera explicar la política peruana a un extraterrestre, tendría que empezar
con una advertencia: «esto no es ficción, aunque lo parezca, aunque todo
indique que debería serlo».
Perú no
elige presidentes, Perú hace casting, un casting permanente, masivo, casi
ritual, donde desfilan personajes cada vez más extraños, con promesas infladas,
discursos reciclados y esa confianza inquebrantable que solo tiene quien sabe
que no será juzgado por lo que dice… sino olvidado por lo que hace.
El formato
es brillante, hay que reconocerlo, ni Hollywood ha logrado una fórmula tan
efectiva.
Y lo más
impresionante no es el espectáculo… es la audiencia. Porque el público peruano no
solo mira, participa, vota, se emociona, defiende, se pelea… y cuando todo
termina exactamente como siempre termina… se sorprende… otra vez, como si el
final no estuviera escrito desde el primer capítulo.
Aquí no hay
curva de aprendizaje, hay un bucle, un bucle tan perfecto que debería ser
estudiado en laboratorios especializados de la conducta:
¿Cómo una
sociedad logra ignorar su propia experiencia con tanta disciplina?
Porque lo de
la política peruana ya no es una crisis. No es una mala racha, ni siquiera es
corrupción estructural —eso sería demasiado convencional. Lo de Perú es una
especie de performance colectiva donde el poder se convierte en una antesala
judicial, y la presidencia en un curioso trámite previo al eventual arresto.
Uno empieza
a sospechar que el verdadero requisito para gobernar en Perú no es la
capacidad, ni la visión (que es corta y escasa), ni siquiera la honestidad (¿la
hay?) … sino la resistencia a una futura orden de detención.
Y lo más
fascinante —porque hay que reconocerle algo a este fenómeno— es su
consistencia. Perú ha logrado lo que pocos países: institucionalizar la
decepción, convertirla en rutina y hacerla predecible.
El proceso
es casi científico:
1. Aparece
un candidato con promesas grandilocuentes.
2. Se
presenta como el «diferente», el «outsider tipo Trump», el «esta vez sí».
3. Gana
apoyo apelando a la indignación del momento (si el enojo es contra Chile, mucho
mejor).
4. Llega al
poder.
5. Sorpresa:
no era diferente.
6. Termina
investigado, acusado o directamente detenido.
7. El ciclo
se reinicia… con entusiasmo renovado.
Es una
máquina perfecta de luserismo. Un carrusel político donde nadie parece
marearse, aunque dé vueltas sobre el mismo eje oxidado.
Pero claro,
señalar solo a los políticos sería demasiado cómodo. Ellos, al final del día,
hacen lo que saben hacer: prometer, seducir, improvisar. El verdadero misterio
—el núcleo del problema— está en otra parte.
El
electorado… ese ente colectivo que, elección tras elección, parece sufrir una
especie de amnesia selectiva, una desconexión casi poética con el pasado
reciente, como si cada proceso electoral fuera el primero, como si nada hubiera
ocurrido antes.
Y entonces
ocurre lo inevitable: el escenario se repite, pero con nuevos actores y viejos
guiones.
Ahora entra
en escena el izquierdista Ricardo Belmont, otro nombre, otra promesa, otro
capítulo, otra rata de barco pesquero soñando a ser nutria.
Y entonces
lanza su propuesta estrella: enfrentar al crimen organizado con «abrazos y no
balazos», ¿Qué me dicen?
Imaginen la
escena: organizaciones criminales complejas, armadas, financiadas, sicópatas con
redes internacionales… deteniéndose un momento para reflexionar ante la «calidez
de un abrazo maternal estatal».
«Muchachos,
bajemos las armas. Nos están ofreciendo afecto».
Es casi
poético, ¿Cierto?
O delirante…
es esa extraña sensación de déjà vu que recorre toda América Latina cuando
escucha frases recicladas con entusiasmo de estreno.
Porque esa
idea ya fue probada, y no precisamente con resultados que inviten a repetirla
como si fuera una receta secreta de éxito. Pero aquí estamos, otra vez, como si
el problema hubiera sido la ejecución… o quizás la calidad de los abrazos.
Tal vez esta
vez sí funcionen. Tal vez el crimen organizado, conmovido por la ternura
institucional peruana, decida reflexionar, abandonar sus actividades, entregar
sus armas, formar un círculo de diálogo y pedir perdón. Porque todos sabemos
que lo único que separa a una red criminal de alto nivel de la redención… es un
buen abrazo.
Es difícil
decidir qué resulta más impresionante: la propuesta en sí o la seriedad con la
que se presenta, esa convicción casi mística de que las palabras, por sí solas,
pueden reescribir realidades complejas, como si gobernar fuera una cuestión de
slogans bien entonados y no de decisiones duras.
Pero lo
verdaderamente inquietante no es que alguien diga eso, es que haya peruanos
tontos quienes lo escuchen… y lo consideren razonable.
Ahí es donde
la ironía deja de ser graciosa y empieza a volverse incómoda.
Porque Perú
no es un país sin recursos, ni sin historia, ni sin capacidad… es un país
atrapado en una dinámica donde el discurso fácil tiene más peso que la
experiencia, donde la indignación momentánea reemplaza al análisis, y donde el
pasado se borra justo a tiempo para volver a cometer los mismos errores.
Una y otra
vez.
Como si
hubiera una necesidad casi emocional de creer, de apostar por el siguiente
salvador chanta, de pensar que esta vez será distinto, aunque todo indique lo
contrario.
Y mientras
tanto, la política incaica sigue su curso. Los candidatos cambian de rostro,
pero no de libreto. Las promesas evolucionan en forma, pero no en contenido. Y
el desenlace… bueno, ese ya viene con spoiler incluido.
Investigación.
Escándalo. Caída.
Repetir.
Quizás lo
más honesto sería transparentarlo desde el inicio. Incluir en la papeleta
electoral peruana una advertencia simple y directa a toda esa panda de burros:
«Este
cargo podría derivar en procesos judiciales. Votar bajo su propio riesgo».
Al menos así
habría coherencia.
Pero no. Se
sigue jugando este juego de ilusiones donde todos fingen sorpresa al final,
como si nadie hubiera visto venir lo inevitable.
Y en medio
de todo esto, aparece la frase mágica:
«Abrazos y
no balazos» … un eslogan tan suave que casi adormece. Tan inocente que parece
diseñado para no incomodar a nadie… excepto a la realidad. Un slogan para peli
de Disney.
Porque la
realidad —esa incómoda, terca y poco sentimental— no suele responder bien a los
abrazos cuando está armada, organizada y financiada.
Pero claro,
siempre existe la esperanza.
La esperanza
de que esta vez sí funcione.
La esperanza
de que este candidato sí sea distinto.
La esperanza
de que este ciclo, por fin, se rompa.
Una
esperanza que, curiosamente, se renueva cada vez… justo antes de volver a
fallar.
Y así, Perú
sigue avanzando.
No hacia
adelante, ni hacia atrás… sino en círculos, perfectos, elegantes, inevitables.
Como un
reloj que no marca la hora… pero nunca deja de girar.
Realizado
por: El Dream Team de Trollish News.
Diseño final
de la portada: Vëthriön Asathørn.
Edición final: Vëthriön Asathørn.
