Halvek Dorn siempre supo que el mundo estaba
enfermo. No era una mera sospecha filosófica, sino una certeza visceral, un
sabor metálico en el aire que solo él parecía percibir. Trabajaba como
inspector estructural para la ciudad de ‘Nueva Veridia’, una urbe gris que se
extendía como un hongo canceroso a los pies de las montañas. Su tarea era
evaluar la integridad de edificios antiguos, pero Halvek inspeccionaba algo
más: los cimientos invisibles de la realidad misma.
La cita que repetía como un mantra no era suya. La
había encontrado garabateada en la pared de un ascensor abandonado, letras
sangrantes escritas con algo que olía a óxido y sal. Desde entonces, las
palabras se habían incrustado en su mente.
«Destrucción
a nuestro alrededor, está dondequiera que miremos. El mundo está lleno de eso…»
Esa mañana, lo llamaron al distrito de las Fosas,
una zona industrial en descomposición donde las fábricas se inclinaban como
ancianos moribundos. El informe hablaba de «grietas estructurales anómalas» en
el almacén 7 de la antigua ‘fundición Merdian’. Pero cuando Halvek llegó, supo
que era algo más.
El aire olía a podrido, no a basura, sino a la
descomposición de algo más fundamental, como si el tiempo mismo se estuviera
pudriendo. Las grietas en la fachada de ladrillo no seguían patrones de tensión
normales. Formaban espirales, fractales intrincados que parecían latir
levemente bajo la tenue luz del sol velado por smog.
Dentro, el silencio era absoluto. Demasiado
absoluto. El sonido de sus pasos no hacía eco, sino que era absorbido por la
oscuridad que se arremolinaba en los rincones. Su linterna reveló que las
grietas continuaban en el interior, convergiendo en el centro del vasto espacio
vacío. Allí, en el suelo de concreto, había un agujero.
No era una simple abertura, era una sima
perfectamente circular, de unos dos metros de diámetro, con bordes tan lisos
como si hubieran sido pulidos por un gigante. Y no conducía a un sótano. De su
profundidad impenetrable emanaba un frío que le erizó el vello de los brazos y un
zumbido de baja frecuencia que resonaba en sus tímpanos. Halvek se acercó,
hipnotizado. En el borde, encontró un objeto: un pequeño diario de cuero, viejo
y manchado. Lo abrió con manos temblorosas.
Las páginas estaban llenas de la misma letra
angulosa de la cita del ascensor. Dibujos de arquitecturas imposibles,
ecuaciones que desafiaban la lógica, y observaciones delirantes.
«Día 47: La Ruina no es un evento, es una
sustancia. Se filtra. Los cimientos de este lugar no descansan sobre tierra,
sino sobre un vacío hambriento. He visto cómo se alimenta. No consume materia,
consume potencial. Consume lo que algo podría haber sido, dejando solo la
cáscara marchita de lo que es».
«Día 68: Los otros trabajadores ya no me ven. Sus
ojos se deslizan sobre mí como sobre un mueble. La Ruina se come primero las
conexiones, los vínculos. El aislamiento es el primer síntoma».
«Día 112: Hoy escuché su voz. No viene del
agujero. Viene de las cosas. El crujido de la madera podrida formó palabras. El
goteo de una tubería oxidada cantó una melodía. Dice que somos sus semillas.
Que llevamos la Destrucción dentro, esperando a germinar».
Halvek Dorn sintió un escalofrío que le recorrió la
columna vertebral. Cerró el diario de golpe. Al mirar hacia arriba, vio que las
grietas en el techo se habían extendido, formando ahora un patrón claramente
reconocible: la silueta de un ojo gigantesco que lo observaba desde las vigas.
Huyó del almacén. Pero era demasiado tarde. La
semilla ya estaba plantada.
Al día siguiente, en su apartamento, el grifo goteaba con un ritmo insistente: tap, tap, tap-tap-tap. No era un ritmo aleatorio. Era morse. Halvek, que había aprendido de niño, lo descifró sin querer: A-B-I-E-R-T-O.
La comida que sacó del refrigerador tenía un moho verde azulado que formaba minúsculos fractales idénticos a las grietas del almacén. El pan sonó crujiente, pero al partirlo, su interior estaba negro y polvoriento, como si hubiera envejecido décadas en un instante.
Y la gente… empezó a notarlo en la gente. En el autobús, vio a una mujer sentada frente a él. Su cara era normal, pero cuando parpadeó, por una fracción de segundo, Halvek vio cómo su piel se resquebrajaba finamente alrededor de los ojos, revelando una oscuridad profunda e interior, antes de volver a la normalidad. Ella lo miró y sonrió, y en su sonrisa no había dientes, sino pequeños fragmentos de espejo roto.
La ciudad se estaba deshilachando. Los edificios no
se derrumbaban, sino que se desentrañaban. Una farola en su calle se dobló
lentamente como un tallo podrido, pero en lugar de caer, sus materiales —metal,
vidrio, cableado— se separaron suavemente unos de otros y flotaron en el aire
antes de desvanecerse en un polvo gris. Los automóviles pasaban, pero sus
motores sonaban a gritos ahogados, y las huellas que dejaban en el asfalto no
eran de caucho, sino de una sustancia negra y pegajosa que olía a memoria
perdida.
Halvek intentó advertir a alguien. Fue a la oficina
de su supervisor, Brander. Le habló con voz entrecortada del almacén, del
diario, de la Ruina. Brander lo escuchó con una expresión de preocupación
profesional, asintiendo. Al final, puso una mano en el hombro de Halvek.
—Halvek, has estado bajo mucha presión. Tómate unos
días libres. Descansa.
Su mano se sintió… hueca. Como si Halvek estuviera tocando un guante lleno de serrín. Y cuando Brander se dio la vuelta, Halvek vio una finísima línea negra recorriendo su espina dorsal bajo la camisa, palpitando suavemente.
El aislamiento del diario se estaba haciendo realidad. Sus llamadas a amigos no eran contestadas. Los mensajes se perdían en estática. Una vez, al pasar frente a un escaparate, vio su reflejo: pálido, demacrado, con ojos oscuros. Pero detrás de él, en el reflejo del local vacío, había una multitud de figuras sombrías, inmóviles, todas con su mismo rostro, todas mirándolo.
La voz llegó una noche, no desde el exterior, sino
desde dentro de su cabeza. No era un pensamiento suyo. Era fría, seca, como el
crujido de hojas muertas.
«Halvek
Dorn. Portador. Testigo. Eres permeable. Has visto el Andamiaje y has
reconocido su putrefacción. Ahora eres parte del proceso».
—¿Qué proceso? —murmuró, encogido en su sofá,
mientras el papel pintado de la pared comenzaba a despegarse en espirales.
«El
proceso de desmontaje. La realidad es una construcción inestable. La Ruina es
su estado natural. Nosotros… aceleramos lo inevitable. Consumimos el potencial
de lo que podría ser y dejamos solo la verdad desnuda: la Nada que siempre ha
estado allí».
—¿«Nosotros»? ¿Quiénes son ustedes?
«Los
que despertamos. Los que probamos la verdad en el aire y el agua. Estamos en
los cimientos de los edificios que inspeccionas. En los granos de la comida que
comes. En los latidos del corazón de tu madre antes de morir».
Halvek gritó. Recordó la muerte de su madre, por un
fallo cardíaco «inesperado». Recordó el sabor metálico del agua de su ciudad
natal.
—¡Por la mierda! ¡Déjenme en paz!
«Nunca
estuviste en paz. Solo estabas dormido. Ahora estás despierto. Y puedes ver
cómo tu amada Clara se deshace».
Clara. Su amiga, la única persona que aún le enviaba
mensajes cariñosos, aunque ahora llevaban días sin respuesta. Halvek agarró el
teléfono con manos trémulas. Encontró una foto que ella había subido hacía tres
días: un selfie sonriente en un café. Halvek amplió la imagen, su corazón
latiendo con fuerza y con algo de temor. En el reflejo del espejo detrás de ella, no se veía el
café lleno de gente. Se veía a Clara sentada sola en una habitación vacía y
polvorienta, su sonrisa convertida en una mueca de terror, y unas sombras
alargadas con forma de manos surgiendo de las paredes para tocarla.
Enloquecido, Halvek corrió por la ciudad en descomposición hacia el apartamento de Clara. Las calles eran un paisaje surrealista. Un parque infantil donde los columpios se mecían vacíos, chirriando con un sonido que formaba palabras en un idioma olvidado. Un transeúnte se detuvo frente a él, y su cara se deslizó hacia abajo como cera caliente, revelando por un momento un cráneo perfectamente liso y negro antes de que la carne volviera a colocarse en su lugar con un sonido húmedo.
Llegó al edificio de Clara. La puerta de entrada
estaba entreabierta, la cerradura colgando como un diente podrido. Subió las
escaleras, cada peldaño crujiendo con la queja de un alma atrapada. La puerta
de su apartamento estaba marcada con el mismo símbolo fractal espiral que había
visto en el almacén.
La abrió.
El interior no era el acogedor estudio de Clara. Era
una extensión del vacío. Los muebles estaban allí, pero eran efigies grises de
sí mismos, desvaneciéndose en los bordes. Clara estaba sentada en el sofá,
mirando fijamente la pared opuesta. No se volvió cuando él entró.
—Clara —jadeó Halvek.
Ella giró la cabeza lentamente. Su rostro estaba
intacto, pero sus ojos… sus ojos eran los agujeros. Pequeñas fosas perfectas y
oscuras que no reflejaban luz, solo una profundidad infinita. Cuando habló, su
voz era un eco lejano, mezclada con el zumbido del abismo.
—Halvek, amigo. Siempre supiste, ¿verdad? Que todo
se caería. Que el amor es solo un andamiaje temporal sobre el vacío. Es…
liberador... dejar de resistirse.
—No, Clara, esto no eres tú. ¡Lucha por favor,lucha!
—¿Contra qué? —preguntó ella, y una sonrisa se
extendió por su rostro, demasiado amplia, mostrando esa misma oscuridad donde
deberían estar sus dientes. — ¿Luchar contra la verdad? La destrucción está en
el aire que respiramos, Halvek. Está en la energía que compartimos. Y ha
llegado nuestro turno.
De las paredes del apartamento comenzaron a emerger
las sombras-manos, largas y delgadas, hechas de pura oscuridad palpable. Se
dirigieron hacia Clara, acariciando su cabello, su rostro. Donde tocaban, su
cuerpo comenzaba a deshilacharse, no en sangre y carne, sino en ideas, en
recuerdos, en el potencial de lo que ella podría haber sido. Su imagen se
volvió neblinosa, como un recuerdo que se desvanece.
—¡Nooo, por la mierda nooo! —gritó Halvek,
lanzándose hacia ella.
Pero las manos lo atraparon. Su tacto era glacial y ávido. No sentía dolor físico, sino algo peor: una pérdida extrema. Sintió cómo el recuerdo del olor del perfume de Clara se desvanecía de su mente. Sintió cómo la certeza de su amor por ella se convertía en duda, luego en olvido. La estaban desmontando, capa por capa, y a él también.
Miró a los ojos-abismo de su amiga mientras ella se disolvía en la nada. En su último instante de coherencia, ella susurró:
—Todos estamos esperando el día cuando todo se
derrumbará… Bienvenido al día, amigo.
Las manos lo envolvieron por completo. Halvek Dorn
no emitió un solo grito, observó, desesperadamente consciente, mientras su propio ser
comenzaba a desentrañarse. Vio cómo su memoria de la infancia se despegaba y
flotaba como una tela antes de desintegrarse. Vio cómo su capacidad de sentir
miedo se convertía en polvo. Vio cómo el mundo a su alrededor —la habitación,
el edificio, la ciudad más allá— perdía su solidez, revelando no el espacio
exterior, sino una vasta, infinita e indiferente Nada.
Y en medio de esa Nada, sin embargo, había formas.
Inmensas, geométricas, imposibles. Los arquitectos de la Ruina no eran dioses
ni demonios… eran los consumidores finales, las entidades para las cuales la
realidad misma era un andamiaje temporal a ser desmontado y cuyo potencial era
un manjar.
Halvek Dorn, el inspector de cimientos, comprendió por fin la verdadera naturaleza de la estructura que había inspeccionado toda su vida. Y mientras su última chispa de conciencia —el potencial de lo que Halvek Dorn podría haber sido— era sorbida por la oscuridad infinita, supo que la destrucción nunca había estado alrededor. Siempre había estado aquí.
... Y ahora, al fin, estaba completa.
Una historia de Horror Existencial / Filosófico /
Cósmico basada en un poema de Débora Moya, titulado: «En nuestra mente y en
nuestro corazón».
Escrita por: H.P. Hâtecrâft.
Edición final: Vëthriön Asathørn.

