Sé que lo que narraré a continuación puede sonar inverosímil,
delirante incluso... pero es real. Tan real como el frío que ahora me atraviesa
cada vez que recuerdo…
Sucedió el 6 de junio de 2025, en mi ciudad natal: Punta Arenas.
Mi nombre es Camila Dragošević…
… Ese día me desperté con una náusea sorda, no en el estómago, sino
en el centro mismo de la mente. No era exactamente un mareo, era algo más
profundo, más incorrecto… como si el fluido de mis oídos, ese que mantiene el
equilibrio, se hubiera espesado con plomo líquido. Me senté en la cama y el
mundo se inclinó un par de grados hacia la izquierda, manteniéndose así, de
manera fija y desafiante. No era vértigo; era como si la gravedad misma hubiera
cambiado sus leyes solo para mí, una pesadez física que se anclaba exactamente
en el punto entre mis cejas, lo que se conoce como el entreojo. No era un
dolor, sino una presión, como si alguien hubiera colocado allí un pequeño peso
de plomo y lo estuviera hundiendo lentamente hacia mi cerebro, … era como si alguien
hubiera incrustado a presión una moneda pequeña y densa, una moneda de un metal
que no debería existir, entre el hueso frontal y la piel. Al tocarme, esperaba
encontrar un bulto, una inflamación, pero no había nada. Solo la sensación
implacable de esa masa invisible anclada allí, un tercer ojo ciego y pesado.
Al abrir los ojos, la luz grisácea del amanecer patagónico —ese
tono perenne de cielo a punto de llover o de nevar— se filtró por la ventana,
pero a mí pareció vibrar, como si estuviera viendo el mundo a través de una
capa de agua estancada.
Al salir de casa, el aire cortante de la mañana me golpeó, pero el
frío que sentí era interno. El aire gélido de Punta Arenas, que normalmente me
despejaba con su filo antártico, se sintió distinto. No refrescaba; se adhería
a la piel como una gasa húmeda. Caminaba por la calle Bulnes, las botas
crujiendo sobre la grava helada, cuando pasé frente a la casa de un vecino de
la segunda cuadra. Su perro, un pastor alemán viejo y normalmente tranquilo
llamado ‘Toby’, siempre ladraba un par de veces al ver pasar a alguien. Era un
ritual. Pero esa mañana, Toby empezó a ladrar como siempre, y entonces, justo
cuando yo estaba a medio paso frente a su jardín, se detuvo. No fue un ladrido
que se apagó; fue un corte abrupto, como si alguien le hubiera apretado la
garganta. El animal giró su cabeza hacia mí, sus ojos oscuros —antes curiosos—
se ensancharon de una manera que no era animal, era de miedo. Retrocedió un
paso, luego otro, arrastrando las patas sobre la tierra, y se metió bajo el
porche, desapareciendo en la sombra. No gruñó, y no hizo ningún otro sonido.
Solo retrocedió, como si yo hubiera emitido una frecuencia que sus instintos
más antiguos identificaban como… incorrecta.
Un escalofrío, literal y tangible, recorrió mi espalda desde la
base del cuello hasta la cintura. Un frío que nada tenía que ver con el viento
austral. Era el frío del miedo sin objeto, un terror vacío que se instaló en
mis huesos. Me quedé parada un instante, mirando la casa vacía del vecino, la
puerta cerrada, el espacio donde Toby había estado. El silencio que dejó fue
más estridente que cualquier ladrido.
Mi viaje a la Universidad de Magallanes (UMAG) ya no era tranquilo.
Todo era extraño, pero no en una manera evidente. Era una extrañeza de
sustitución. Cada detalle estaba afilado, pero mal. Los colores de las fachadas
parecían haber perdido unos cuantos matices, como si alguien hubiera bajado la
saturación del mundo. Los autos que pasaban parecían tener un sonido
amortiguado, como si sus motores funcionaran bajo una capa de algodón. Los
rostros de las personas que cruzaba en la calle no estaban distorsionados, pero
sus miradas parecían deslizarse sobre mí sin registrarme realmente, como si yo
fuera un punto de baja resolución en su campo visual. El propio edificio de la
UMAG, su estructura rectangular y gris contra el cielo plomizo, pareció
inclinarse levemente hacia la izquierda cuando me enfoqué en él, un efecto
visual imperceptible que desapareció al parpadear. Y siempre, siempre, esa presión
frontal, latiendo suavemente, un recordatorio constante de que algo dentro de
mi cráneo no encajaba.
¿Qué pasó?
La mañana transcurrió en una sucesión de clases que sentí como
conferencias dadas en un idioma que solo entendía a medias. Las palabras de los
profesores llegaban a mis oídos, pero se desintegraban antes de llegar a mi
comprensión. En el descanso entre la clase de Biología Celular y la de
Introducción a la Filosofía, una fatiga abrumadora, más mental que física, me
derribó. No era el cansancio de dormir mal; era como si mi conciencia estuviera
gastando una energía enorme solo para mantenerse anclada a este momento, a este
lugar.
Sin pensarlo, me dirigí a un pequeño patio de césped —un rectángulo
de tierra verde artificialmente resistente— y me senté. El aire estaba quieto,
demasiado quieto. Y entonces, empecé a parpadear. No fue algo consciente al
principio. Era un tic, un reflejo. Pero luego me concentré en ello: parpadeaba
rápido, repetitivamente, como solía hacer cuando era niña, creyendo que podía
cambiar la realidad si lo hacía con suficiente velocidad. Rápido.
Deliberadamente. No era yo quien lo hacía; era el peso entre mis cejas,
pulsando, dictando el ritmo. Parpadeo. Oscuridad. Parpadeo. Luz gris. Parpadeo.
Oscuridad. Parpadeo. Rostros borrosos de compañeros pasando. Parpadeo.
Oscuridad. Parpadeaba para limpiar mi vista, para resetear el día, para
expulsar la presión del entreojo. Once parpadeos. Doce. En el trece, algo
cambió.
No fue un cambio gradual. Fue un corte repentino.
El cielo —ese mismo cielo gris plomizo de Punta Arenas— se
oscureció de repente. No como si hubiera llegado la noche, sino como si alguien
hubiera bajado un filtro de opacidad absoluta sobre el mundo. La luz no murió;
fue succionada. Dejó un tono residual, un gris-ceniza profundo. El sonido del
mundo se apagó. No quedó silencio, quedó una ausencia de sonido. Me levanté,
las piernas respondieron automáticamente. El césped bajo mis pies no era
césped; era una superficie fría, lisa, como de plástico negro.
Corrí hacia el edificio principal. Las puertas de vidrio estaban
allí, pero al pasar por ellas, no hubo el habitual cambio de temperatura. El
interior era igual que el exterior: gris, silencioso, muerto. Subí las
escaleras hacia el aula de Filosofía. La puerta estaba abierta. Dentro, las
sillas estaban vacías. Los escritorios, limpios. No había mochilas, no había
papeles, no había el rastro humano del uso. En el centro del aula, la profesora
—la Dra. Vargas— estaba de pie frente a su atril. Me miró. Su rostro era
normal, pero sus ojos no tenían profundidad. Parecían impresos sobre su cara.
—«Camila» dijo, y su voz no resonó en el aula; llegó directamente a
mis oídos, como un mensaje privado. —«Llegas tarde».
No pregunté dónde estaban los demás. No pregunté qué había pasado.
Salí del aula lo más rápido que pude y bajé las escaleras. Mi cuerpo actuaba
por instinto puro, el instinto de huir de un lugar que había dejado de ser un
lugar confiable, ahora era aterrador.
Al salir al exterior nuevamente, me enfrenté a la nieve.
Pero no era nieve… caía del cielo oscuro —un cielo que ahora no
podía ver porque la precipitación lo ocultaba completamente— en una cortina
densa, silenciosa. No era blanca, era roja y gris, como si alguien hubiera
mezclado cenizas de un incendio con sangre vieja y seca. Los copos no eran
delicados; eran grumos, pequeños trozos viscosos que se acumulaban sobre el
suelo con un sonido blando, repulsivo. Ya cubría las calles, los autos
estacionados, los edificios, con una capa uniforme de varios centímetros. No
había huellas. No había movimiento.
Y yo era la única que salía de la universidad.
El miedo que había estado latente se convirtió en pánico, un animal
vivo que me rompió el pecho. Grité. «¡¿HAY ALGUIEN?!» Mi voz salió amortiguada,
absorbida por la nieve roja. No hubo eco. Corrí. Mis pies se hundían en esa
sustancia; no era fría como la nieve, era tibia y dejaba una sensación pegajosa
en mis botas. Después de tanto correr y caminar las calles que conocía —Avenida
Colón, Plaza Muñoz Gamero— eran solo esbozos bajo el manto rojizo. No había
gente. No había autos. No había vida.
Entonces, entre la cortina constante de la nevada, vi siluetas.
No eran humanas. No eran animales. Eran formas indistintas, negras,
que parecían estar hechas de la misma oscuridad que había succionado el cielo.
Se movían lentamente entre los edificios, a lo lejos, como espectadores
distantes. Y gruñían. No era un gruñido animal; era un sonido bajo, gutural,
que parecía vibrar desde el suelo mismo, una frecuencia que hacía que mis
dientes resonaran. No se acercaron. Solo observaban, desde la distancia mi
carrera desesperada.
Corrí hasta mi casa, entre las calles Bulnes y Zenteno. La nieve
roja cubría el techo, el jardín, todo. La puerta estaba cerrada pero no sellada;
al entrar, el calor habitual de la casa había desaparecido. Estaba fría, tan
fría como el exterior. Grité:
—«¡MAMÁ! ¡PAPÁ! ¡IGNACIO!».
Mi voz se desgarró en el vacío. Recorrí cada habitación. Vacías. La
cocina tenía los platos del desayuno aún en la mesa, pero no había comida en
ellos; solo un residuo seco, gris. La habitación de mi hermano menor tenía sus
juguetes ordenados, pero parecían falsos, como modelos de plástico.
Me derrumbé en el suelo del living, junto al sofá donde siempre
veíamos películas los fines de semana. El sollozo no fue inmediato; fue una
explosión de desconsuelo total que me sacó todo el aire. Creía estar muerta… creía
que esto era la muerte: un mundo duplicado pero vacío, una copia imperfecta y
malévola donde yo era el único error consciente. O creía estar atrapada en una
pesadilla tan profunda que había perforado la realidad misma. Lloré hasta que
no me quedaron fuerzas. Lloré hasta que mi cuerpo, exhausto, se rindió.
El sueño me venció, pero no como un descanso, sino como un apagón
total.
Cuando desperté, todo era normal.
La luz de la mañana entraba por mi ventana, tibia y amarilla. El
sonido del viento patagónico rozaba los vidrios. Me senté en la cama. Mi cabeza
estaba clara. La presión en el entreojo había desaparecido. Bajé las escaleras.
En la cocina, mi madre estaba preparando café. Mi padre leía el diario. Ignacio
jugaba con su tablet en la mesa.
—«Camila», dijo mi madre, mirándome con una leve preocupación. —«¿Te
sentías bien? Anoche parecías un poco… distante».
—«Sí», respondí, mi voz sorprendentemente firme. —«Solo estaba
cansada».
—«Mi amor, ¿Te sientes mejor?, me pregunta algo seria.
—«Sí mamá, no te preocupes. Ahora… me siento mejor».
Sentí un profundo alivio, como si hubiera escapado de algo
horrible, pero onírico, de pesadilla. Abracé fuertemente a mi madre, desayuné y
salí.
Todo había vuelto. El perro Toby ladró alegremente cuando pasé
frente a su casa en mi camino a la universidad. Los autos sonaban como autos.
Las personas me miraban y algunas incluso sonreían. La UMAG estaba recta,
sólida, llena de estudiantes que charlaban y corrían.
Pero lo extraño —lo profundamente, devastadoramente extraño— fue
que todo había cambiado sin que el mundo pareciera notarlo.
En mi clase de Biología Celular, el profesor habló de una nueva
tarea: un informe sobre mitosis que debía entregarse el 12 de junio. Yo nunca
había escuchado mencionar esa tarea antes. En mi mochila, los materiales eran
distintos: tenía un cuaderno nuevo, de color verde, que yo no había comprado.
Mis apuntes del día anterior (del 6 de junio) habían desaparecido; en su lugar
había notas sobre temas que no recordaba haber visto.
Revisé mi reloj digital: marcaba 10:30 AM. Pero cuando miré la
pared del aula donde había un calendario grande, la fecha señalada con un
círculo rojo que era 9 de junio.
De pronto, sentí una fuerte ola de horror en mi interior, mi
corazón se detuvo por un instante.
Lo último que recordaba con claridad era haberme sentado en el
césped el 6 de junio, parpadeando rápido.
Busqué en mi mochila con manos torpes. No era la misma mochila.
Esta tenía un pequeño rasguño en la parte inferior que mi mochila anterior no
tenía. Dentro, encontré una tarjeta de biblioteca con fecha de emisión del 8 de
junio.
Mi sorpresa iba en aumento… tres días. Habían pasado tres días sin
que yo los viviera… o sí los había vivido, pero… en otro lugar. En ese lugar de
nieve roja y gris, de siluetas gruñendo, de aulas vacías y casas sin vida.
Durante el resto del día, funcioné como un autómata. Sonreí cuando
era necesario. Respondí preguntas en clase… pero mi mente estaba dividida en
dos realidades: la tangible, normal, de este 9 de junio; y la memoria vívida,
horrorosa, del 6 de junio desgarrado.
Al volver a casa esa tarde, me senté frente a mi computadora y abrí
mi historial de navegación. No había actividad registrada entre el 6 y el 9 de
junio. Mis mensajes tampoco mostraban conversaciones durante esos días. Para el
mundo, yo había estado aquí, presente. Para mí, había estado… en otro lugar.
¿Estaba en otra dimensión? ¿Un plano paralelo donde el tiempo fluía
diferente, donde la realidad era una copia corrupta?
¿O era un engaño de mi mente? ¿Un lapsus psicótico masivo donde
construí una realidad alternativa tan detallada para cubrir tres días de
ausencia mental?
La Dra. Vargas, en Filosofía, habló ese día sobre la naturaleza del
tiempo y la memoria. Citó a un filósofo: «El tiempo no es lo que vivimos, es lo
que recordamos».
Yo había vivido tres días. Pero no los recordaba.
Lo único que recordaba era el parpadeo rápido, el cielo oscurecido
de repente, la nieve que no era nieve, y el gruñido de las siluetas en la
tormenta.
Y la presión en mi entreojo había vuelto, leve pero persistente,
como un recordatorio sordo… como una herida en el tiempo-no tiempo que aún no
había cicatrizado.
• Historia creada por: Vëthriön Asathørn.
• Basada en un micro relato «verídico» de: © Denpants /
Reddit.
• Imagen de la portada diseñada por: Vëthriön Asathørn.
• Imagen de la portada creada con AI.
Es muy posible que esta historia tenga una secuela.

