SERGUÉI LAVROV Y EL ARTE DE PEDIR FAVORES
CON EL CULO AJENO
(Un masterclass en cinismo
diplomático)
¡Aaah!, las
Naciones Unidas, ese majestuoso escenario ‘perkele’ donde los representantes de
países con historiales más manchados que el delantal de un cirujano en plena
época de la peste negra... se paran en podios de mármol para dar lecciones de moral
como si fueran el mismísimo Dalai Lama con traje de tres piezas. Y este fin de
semana, el escenario le tocó al parco Serguéi Lavrov, el ministro de Asuntos Exteriores ruso que parece haber salido de un casting de «Villano de Película
de los 80: Edición Maten a James Bond».
Aparece con
esa cara de quien acaba de descubrir que el vodka se terminó, pero debe
mantener la compostura sí o sí. Lavrov subió a la tribuna de la ONU para soltar una
perla que ni el más optimista de los comediantes de stand-up podría haber
inventado... exigir —cara de raja— la liberación de Nicolás Maduro y su esposa
Cilia Flores, acompañado de un pedido bonus-track para que levanten el bloqueo
a Cuba. Sí, porque cuando piensas en libertad y derechos humanos, obviamente lo
primero que te viene a la mente es Rusia... es como pedirle consejos de
alimentación saludable a un yanqui que vive tragando en McDonald’s.
EL CHISTE SE CUENTA SOLO
Imaginen la
escena ‘perkele’: un funcionario del gobierno de Vladimir Putin —sí, ese mismo
Putin que ha convertido la persecución de disidentes en deporte nacional y cuya
idea de «diálogo democrático» consiste en envenenar opositores hasta que
brillan en la oscuridad— pidiendo la liberación de alguien. Es como el lobo de
Caperucita exigiendo justicia por el maltrato a los corderos. ¡Voi paska! El
nivel de cinismo es tan grande que uno empieza a sospechar que en el Kremlin
tienen un departamento especial dedicado a medir cuánta hipocresía de mierda pueden
soltar antes de que el universo colapse bajo el peso de la ironía.
«Exigimos
la pronta liberación del dirigente venezolano y su esposa», declaró Lavrov
con la solemnidad de quien está pidiendo la liberación de Mandela y no de un güeón
piraña cuyo gobierno ha logrado que Venezuela pase de ser el país con las
mayores reservas petroleras del mundo a competir con Haití en quién tiene la
economía más devastada y hecha mierda sin necesidad de un terremoto de por
medio.
Y lo de
«excesos», ¡Por favor! Que Lavrov hable de excesos es como que Jeffrey Dahmer dé
consejos de cocina saludable po’ güeón.
En Rusia, «exceso»
es sinónimo de «meditación zen». Opositores cayendo por ventanas, periodistas
envenenados, y una invasión a un país soberano que ya va para el tercer año
porque aparentemente Putin nunca jugó ‘Risk’ de niño y no entiende que
conquistar territorios en el siglo XXI no funciona como en el ‘Age of Empires’.
LA PAREJA DEL SIGLO
Pedir la
liberación de Maduro y Cilia Flores es, para ser claritos con la güeá, es como
exigir que liberemos a un Alien y a un Depredador para que salgan a jugar.
Aunque, seamos honestos, eso sería insultante para los xenomorfos y cazadores
intergalácticos, al menos esos seres tienen un código de honor y una eficiencia
que los venezolanos envidiarían en sus gobernantes. Maduro y Flores son más
bien como Bonnie y Clyde, pero sin el glamour, sin el romance, y con la
economía de un país entero como botín en lugar de unos miserables bancos de
Texas.
El
matrimonio presidencial venezolano es esa combinación perfecta de nepotismo
‘perkele’, narcotráfico y gestión económica que haría llorar a un mono de
organización. Y Rusia, por supuesto, los defiende a capa y espada, no porque
les importe particularmente la suerte del pueblo venezolano —hay que cachar que
al Kremlin le importan los venezolanos tanto como le importan los derechos de
los pingüinos en la Antártida— sino porque Maduro es su títere ‘vittuperkele’,
su peón ‘mamagüevo’ en el tablero geopolítico, su forma de decir «mira,
mamá, todavía tenemos influencia en el patio trasero de Estados Unidos».
DOS HULKIANOS, NINGUNA VICTORIA
Pero no nos
confundamos con la güeá... Rusia no es la única protagonista de este circo de
tres pistas. Rusia y Estados Unidos son dos potencias «hulkianas» que comparten
más de lo que quieren admitir, ambas tienen la costumbre de meterse en guerras
que no pueden ganar, bombardear países hasta la Edad de Piedra «para
salvarlos», y luego sorprenderse cuando la población local no les agradece con
desfiles y flores.
Estados Unidos lleva décadas demostrando que puede convertir democracias en caos con la misma eficiencia con la que Rusia convierte opositores en estadísticas de defenestración accidental. Son dos lados de la misma moneda de cobre oxidado: un güeón habla de libertad mientras financia golpes de Estado, el otro güeón habla de soberanía mientras anexa Crimea y niega que existan tanques rusos en Ucrania a pesar de que los GPS de los soldados están en ruso y traen *borscht en la lonchera.
(*Es la sopa
rusa de remolacha)
La
diferencia es que Estados Unidos al menos tiene la decencia de cambiar de
presidente lúser cada cuatro años, mientras que el petizo de Putin parece haber
descubierto la fórmula de la inmortalidad política y se aferra al poder con la
tenacidad de un parásito intestinal en temporada de vacaciones.
CUBA
(La isla del pasado perpetuo)
Y luego está
la güeá del bloqueo a Cuba. Lavrov, con esa cara de póker que debe requerir
horas de entrenamiento frente al espejo para no reírse de sus propias mentiras,
pide el fin de las sanciones contra la isla como si Rusia fuera algún tipo de
campeón de los oprimidos. Claaaro, porque nada dice «apoyo a la democracia»
como defender a una dictadura que lleva más de seis décadas en el poder, ha
convertido a sus ciudadanos en rehenes de un sistema fallido, y todavía cree
que la solución a todos los problemas es culpar al embargo estadounidense
mientras los dirigentes viven como oligarcas y el pueblo hace colas para
comprar pollo... si es que encuentran siquiera los huesos de uno.
Pedir el fin
del bloqueo desde la tribuna rusa es como que un pirómano exija regulaciones
más estrictas sobre los extintores po’ güeón. Rusia no quiere que Cuba sea
libre; quiere que Cuba siga siendo un cascarón vacío donde pueda instalar bases
de espionaje y recordarle al mundo que todavía tienen algo de influencia en el
hemisferio occidental, aunque sea en un país donde los autos de los 50 son
considerados tecnología de punta porque no hay repuestos para nada fabricado
después de 1989.
CONCLUSIÓN DEL GÜEVEO
(El tejado de vidrio y la piedra
gigante)
Volviendo a Serguéi
Lavrov, ese güeón que debe despertarse cada mañana, mirarse al espejo y pensar:
«Hoy voy a dar otra conferencia de prensa sin reírme de mí mismo». Es
admirable, en cierto sentido perverso, la capacidad de estos funcionarios ‘aka-huoras
para mantener la compostura mientras el tejado de vidrio sobre sus cabezas se
convierte en un invernadero de cristal templado. Hablan de derechos humanos
mientras sus policías antidisturbios golpean manifestantes en Moscú, hablan de
soberanía mientras bombardean hospitales en Ucrania, hablan de democracia
mientras envenenan a quienes se atreven a disputarles el poder. ¡Nooo, que
paren de ser tan caras de raja!
Y lo peor —o
lo mejor de la güeá, dependiendo de qué tan cínico seas— es que lo hacen con la
cara completamente seria, güeón, no hay un ápice de vergüenza, ni siquiera un
rubor sutil, ni una mirada perdida que delate que en algún rincón de su cerebro
hay una neurona solitaria gritando «¡Pero si nosotros hacemos exactamente lo
mismo!».
Así que la
próxima vez que Lavrov o cualquier representante ruso ‘vittuperkele’ suba a una
tribuna internacional a dar lecciones de moral, recordemos que estamos ante un
artista del cinismo, un maestro de la desfachatez, un virtuoso de la hipocresía
diplomática. Y sonrían cabros, porque al menos nos dan material de comedia que
ningún guionista podría inventar. La realidad ‘perkele’, en su absurdo, siempre
supera a la ficción.
Y mientras
tanto, Maduro seguirá donde está, Cuba seguirá siendo Cuba, y Rusia seguirá
preguntándose por qué el mundo no los quiere invitar a las fiestas. Spoiler: es
porque llegan, se orinan y se cagan en el sofá, y luego exigen que les sirvan
el pastel primero.
¡Que paren de gozar!
¡Vittu ne kaikki!
[Spoiler: las termitas hacen fila
cada vez que ven a Serguéi Lavrov para comerse esa tremenda cara de palo que
tiene]
Escrito por:
Olog Krevalora.
Portada:
V.D.M. Creada con AI.
Edición final: Olog Krevalora.


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