sábado, 22 de noviembre de 2025

Sah-Win

 


«Lo más misericordioso del mundo, creo, es la incapacidad de la mente humana para correlacionar todo su contenido. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de los negros mares del infinito, y no estaba previsto que viajáramos lejos. Las ciencias, cada una afanándose por su cuenta, hasta ahora nos han hecho poco daño; pero algún día la unión de conocimientos disociados abrirá perspectivas tan aterradoras de la realidad, y de nuestra espantosa posición en ella, que o bien nos volveremos locos ante la revelación o huiremos de la luz mortal hacia la paz y la seguridad de una nueva era oscura».

[H.P. Lovecraft, La llamada de Cthulhu]

 

El viento azotaba con furia las copas de los árboles, un rugido constante que acompañaba los pasos lentos del hombre. Se movía con la parsimonia de quien ha caminado por siglos, su vara de madera tallada, un apoyo y un símbolo, golpeando el musgo húmedo a cada paso mientras bajaba la colina. Era como si participara en una procesión silenciosa, un ritual ancestral donde intentaba comunicarse con el entorno, recitando versos en un gaélico escocés que resonaba en el aire húmedo.

 

Más tarde subió por una ladera empinada, y la niebla, como un manto fantasmal, comenzó a cubrir el paisaje, tragándose los árboles y las rocas, transformando el mundo en un lienzo monocromático de grises y blancos. Susurros y gritos, imperceptibles al principio, serpenteaban entre las ramas, se filtraban en el suelo y se elevaban en el aire, creando una sinfonía de terror. A lo lejos, difuminados por la niebla, un grupo de figuras vestidas con mantos negros y capuchas esperaban al viejo hombre.

 

Se acercó a un altar improvisado en un rincón oscuro del bosque, rodeado por antorchas de dos metros de altura que ardían con una furia infernal, proyectando sombras danzantes que distorsionaban la realidad. Sobre el altar, un bebé acostado en una sábana blanca sobre una mesa rectangular, ajeno a la inminencia de su destino, lloraba con la inocencia de quien no conoce el mal. Los doce asistentes, con rostros ocultos por las capuchas, permanecían impasibles, sus miradas fijas en el hombre.

 

El anciano de barba blanca levantó una daga de obsidiana, fría y afilada, besó el tatuaje en su mano, una intrincada representación de un demonio alado, y comenzó a cantar a sus dioses, una melodía gutural que helaba la sangre. Luego, con un movimiento preciso y brutal, apuñaló al infante, un sacrificio en un ritual de sangre siniestro. Los asistentes se abalanzaron sobre el cuerpo, y comenzó un festín antropófago, una orgía de violencia digna de bestias inhumanas.

 

Las nubes se retorcieron en el cielo, y una tormenta, furiosa y repentina, se desató sobre el bosque. Rayos rasgaron el cielo, iluminando la escena con destellos fugaces, y la lluvia, como lágrimas del cielo, cayó sobre el altar. El cuerpo del bebé muerto, bañado por la lluvia, comenzó a congelarse, y de la masa informe que se formó en el altar, emergió una figura demoníaca verdosa, alta y grotesca, con pústulas escamosas y cornamentas.

 


La criatura, con una voz que resonaba en las entrañas, sacó de su cuerpo una caja llena de símbolos extraños y les dijo: «La llave puede encontrar las puertas restantes del inframundo. Cada una de ellas requiere un sacrificio, y cada una tiene premios. Úsenla con sabiduría para que el maestro los haga ricos y poderosos para siempre en las otras dimensiones».

 

Varios vehículos salieron raudos del bosque, dejando tras de sí un rastro de oscuridad. En la carretera, los miembros del culto saturniano se despidieron, sus rostros ocultos por las sombras, sus identidades en el anonimato sepulcral de la lejanía.

 

Días más tarde:

El viejo hombre se levantó. Se duchó y se vistió frente al espejo, borrando con maquillaje el tatuaje en su mano. Salió de su hogar y se dirigió a su destino. Caminó por el pasillo, saludando con una sonrisa a quienes se cruzaban con él. Subió al púlpito y comenzó una plegaria, mientras todas las personas hacían la señal de la cruz.

 

Andrew Sinclair, sacerdote, levantó la vista y sonrió, contemplando la cruz de Cristo crucificado. La doble vida, la doble moral, la hipocresía, el poder… todo se entrelazaba en una danza macabra, una telaraña de engaños y secretos que se extendía por la ciudad, esperando el momento oportuno para atrapar a sus presas. La llave, la caja, el inframundo… el juego apenas comenzaba.

 

Historia original creada por: Jarl Asathørn.

El apellido del sacerdote está basado en Angus Sinclair, un asesino de mujeres jóvenes de Escocia.