«Lo más misericordioso del mundo,
creo, es la incapacidad de la mente humana para correlacionar todo su
contenido. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de los negros
mares del infinito, y no estaba previsto que viajáramos lejos. Las ciencias,
cada una afanándose por su cuenta, hasta ahora nos han hecho poco daño; pero
algún día la unión de conocimientos disociados abrirá perspectivas tan
aterradoras de la realidad, y de nuestra espantosa posición en ella, que o bien
nos volveremos locos ante la revelación o huiremos de la luz mortal hacia la
paz y la seguridad de una nueva era oscura».
[H.P. Lovecraft, La llamada de
Cthulhu]
El viento
azotaba con furia las copas de los árboles, un rugido constante que acompañaba
los pasos lentos del hombre. Se movía con la parsimonia de quien ha caminado
por siglos, su vara de madera tallada, un apoyo y un símbolo, golpeando el
musgo húmedo a cada paso mientras bajaba la colina. Era como si participara en
una procesión silenciosa, un ritual ancestral donde intentaba comunicarse con
el entorno, recitando versos en un gaélico escocés que resonaba en el aire
húmedo.
Más tarde subió
por una ladera empinada, y la niebla, como un manto fantasmal, comenzó a cubrir
el paisaje, tragándose los árboles y las rocas, transformando el mundo en un
lienzo monocromático de grises y blancos. Susurros y gritos, imperceptibles al
principio, serpenteaban entre las ramas, se filtraban en el suelo y se elevaban
en el aire, creando una sinfonía de terror. A lo lejos, difuminados por la
niebla, un grupo de figuras vestidas con mantos negros y capuchas esperaban al
viejo hombre.
Se acercó a
un altar improvisado en un rincón oscuro del bosque, rodeado por antorchas de
dos metros de altura que ardían con una furia infernal, proyectando sombras
danzantes que distorsionaban la realidad. Sobre el altar, un bebé acostado en
una sábana blanca sobre una mesa rectangular, ajeno a la inminencia de su
destino, lloraba con la inocencia de quien no conoce el mal. Los doce
asistentes, con rostros ocultos por las capuchas, permanecían impasibles, sus
miradas fijas en el hombre.
El anciano
de barba blanca levantó una daga de obsidiana, fría y afilada, besó el tatuaje
en su mano, una intrincada representación de un demonio alado, y comenzó a
cantar a sus dioses, una melodía gutural que helaba la sangre. Luego, con un
movimiento preciso y brutal, apuñaló al infante, un sacrificio en un ritual de
sangre siniestro. Los asistentes se abalanzaron sobre el cuerpo, y comenzó un
festín antropófago, una orgía de violencia digna de bestias inhumanas.
Las nubes se
retorcieron en el cielo, y una tormenta, furiosa y repentina, se desató sobre
el bosque. Rayos rasgaron el cielo, iluminando la escena con destellos fugaces,
y la lluvia, como lágrimas del cielo, cayó sobre el altar. El cuerpo del bebé
muerto, bañado por la lluvia, comenzó a congelarse, y de la masa informe que se
formó en el altar, emergió una figura demoníaca verdosa, alta y grotesca, con
pústulas escamosas y cornamentas.
La criatura,
con una voz que resonaba en las entrañas, sacó de su cuerpo una caja llena de
símbolos extraños y les dijo: «La llave
puede encontrar las puertas restantes del inframundo. Cada una de ellas
requiere un sacrificio, y cada una tiene premios. Úsenla con sabiduría para que
el maestro los haga ricos y poderosos para siempre en las otras dimensiones».
Varios
vehículos salieron raudos del bosque, dejando tras de sí un rastro de
oscuridad. En la carretera, los miembros del culto saturniano se despidieron,
sus rostros ocultos por las sombras, sus identidades en el anonimato sepulcral
de la lejanía.
Días más
tarde:
El viejo
hombre se levantó. Se duchó y se vistió frente al espejo, borrando con
maquillaje el tatuaje en su mano. Salió de su hogar y se dirigió a su destino.
Caminó por el pasillo, saludando con una sonrisa a quienes se cruzaban con él.
Subió al púlpito y comenzó una plegaria, mientras todas las personas hacían la
señal de la cruz.
Andrew Sinclair,
sacerdote, levantó la vista y sonrió, contemplando la cruz de Cristo
crucificado. La doble vida, la doble moral, la hipocresía, el poder… todo se
entrelazaba en una danza macabra, una telaraña de engaños y secretos que se
extendía por la ciudad, esperando el momento oportuno para atrapar a sus
presas. La llave, la caja, el inframundo… el juego apenas comenzaba.
Historia
original creada por: Jarl Asathørn.
El apellido
del sacerdote está basado en Angus Sinclair, un asesino de mujeres jóvenes de
Escocia.

