Laugardagr
1°…
Es paradójico, casi irónico, que este día de los muertos represente tan bien este siniestro mundo, con tanta nitidez el deplorable estado del mundo actual. Sin embargo, al reflexionar sobre ello, surge una sensación de vacío, de que ya no tiene sentido profundizar en ciertos temas. Es casi una repetición absurda hablar interminablemente de Donald Trump y sus maquinaciones macabras, de su alianza con los sionistas de Israel, o de cómo busca perpetuarse creando conflictos para alzarse él mismo como el salvador de Estados Unidos y del mundo.
El ciclo se
repite, la narrativa es conocida, pero las soluciones, o al menos las denuncias
colectivas significativas, parecen no existir.
Y es que,
mientras tanto, ocurren genocidios en múltiples países. La crueldad de los
musulmanes sigue sumando crisis complejas, es tan grave que familias enteras,
cristianas en muchos casos, mueren por centenas. Sin embargo, ningún organismo
internacional de peso parece levantar la voz con la misma intensidad que haría
ante otros conflictos. Todo queda, sistemáticamente, debajo de la «puta
alfombra del olvido», ignorado y silenciado.
¿Alguien se
ha preguntado por qué miles de personas desaparecen cada año en el mundo?
¿Y quién
sabe dónde terminan?
¿Es
alimentación para las élites en algún restorán de lujo y privado?
¿O quizás
son víctimas de una brutal violencia, desmembrados y torturados para satisfacer
los apetitos satánicos, de subscriptores enfermos que se masturban viendo
escenas macabras en la red oscura de internet?
Las preguntas
son brutales, pero las respuestas, o la falta de investigaciones serias, es
también una constante.
Se critica
la pena de muerte, se la considera una barbarie, pero la muerte de ciudadanos a
manos de criminales y sicarios, muertes violentas y brutales, no provoca el
mismo rechazo colectivo. Parece que solo importan ciertos tipos de muertes,
dependiendo de quién sea el muerto y quién sea el que lo mata.
Este mundo,
en esencia, ya está hasta el cogote de tanta mierda, de tanta oscuridad, de
tanta maldad y perversión. Y, sin embargo, todo sigue con una aparente
tranquilidad, como si nada pasara. La gente sigue estupidizada, enganchada a
sus redes sociales, sumida en una esclavitud al dinero, al jolgorio
superficial, al consumo y al sexo sin propósito profundo. Todo está bien,
mientras no les toquen sus pequeños mundos ambiciosos y repugnantes, mientras
no les sacudan las estructuras que se han construido para su propio beneficio.
El mundo es
una mierda, una cloaca sin sentido aparente.
La gente, en
su mayoría, no representa nada especial, carece de un propósito colectivo
significativo. Es por esa razón, quizás, que sentimos que estamos prisioneros
en nuestra propia burbuja, en nuestra propia indiferencia. Lo merecemos, piensa
uno con una amarga resignación.
No hay que
extrañarse de que tantas veces se haya concretado la eliminación de esta
humanidad por parte de los creadores o creador. Hemos sido «reseteados» o
rediseñados innumerables veces a lo largo de la historia, y es una vergüenza
reconocerlo. «Homo sapiens», ese título que nos enorgullece... es, en realidad,
un diploma para el menos malo de los brutos, una autocomplacencia irrisoria
ante nuestra propia mediocridad y nuestra capacidad destructiva.
No hay
esperanzas… es una ilusión vana.
Este es un
ciclo repetitivo y vomitivo bajo la cúpula celeste de nuestro propio destino.
Nos
merecemos lo peor, y ojalá, en algún momento cercano o lejano, llegue esa
finitud que tanto parece anhelar este planeta y sus habitantes.
La
indiferencia de los creadores es nuestra única herencia».
Bienvenidos
al mes de Gormánuður.

