I.
LA COSTUMBRE DE HUIR
Jonathan
tenía cuarenta y dos años y una vida que se le deshacía lenta, sin ruido, como
una cuerda que se deshilacha. Ya tenía formada una familia, trabajo estable... pero siempre necesitaba escapar. Trabajaba en una oficina de aduanas en Punta
Arenas, llenaba formularios, firmaba planillas, y cada cierto tiempo sentía que
la ciudad —gris, ventosa, con su cielo bajo y su olor a mar frío— le apretaba
la garganta. Entonces llamaba a sus amigos de pesca.
—«Nano,
¿tenís libre el sábado?»
—«¿Otra
vez a Tierra del Fuego, güeón?» —se reía Marcos al otro lado del teléfono—. «Déjeme pensarlo».
—«Vamos
po. Tú y Patricio. Dos días no más. Pesca, y unos copetes. Nos vamos el sábado y volvemos el domingo en
la noche».
Y
así, una o dos veces al mes, cargaban la camioneta —una Hilux vieja, blanca,
con el parachoques rayado— y cruzaban el estrecho en el transbordador, hacia la
isla grande, hacia ese silencio de bosque austral que no se parece a ningún
otro silencio del mundo. Buscaban siempre el mismo lago sin nombre, un espejo
negro rodeado de lengas y coigües, a dos horas de camino de tierra. Ponían la
carpa, armaban las cañas y por unas horas, Jonathan respiraba relajado.
Patricio
era el callado; Marcos, el que hablaba por todos. Se querían como se quieren
los hombres que no saben decirlo: a gritos, a chuchadas, a empujones y a risas.
Esa
tarde de noviembre, la del principio de todo, salieron de Punta Arenas bajo un
cielo despejado y limpio.
No
sabían que ese viaje cambiaría sus vidas.
II.
CUANDO LA NIEBLA SE
COMIÓ EL BOSQUE
Llegaron
al lago a las cinco de la tarde, el sol aún colgaba alto y anaranjado sobre el
bosque, tiñendo el agua de cobre. Pescaron dos truchas y un salmón, las
destriparon, las pusieron al fuego. Marcos abrió una caja de cerveza y Patricio
encendió un cigarro.
—«Está
rica esta güeá» —dijo Marcos, estirando las piernas frente a la fogata—. «¿Cachai que acá no
llega ni el ruido del mundo? Ni un avión, ni una micro, ni una güeá. Puro
viento».
—«Puro
viento y puro frío» —respondió Patricio, abrazándose.
Y
entonces, alrededor de las siete, algo cambió.
No
fue gradual... fue como si alguien hubiera bajado una manta blanca sobre el
bosque. La temperatura se desplomó de golpe —de diez grados a cero en cuestión
de minutos, sin transición, sin aviso—. El vaho les salió de la boca como humo.
Y luego, desde el fondo del lago, desde entre los árboles, empezó a brotar la
niebla.
Pero
no era una niebla normal... era espesa, casi sólida. Avanzaba como una marea,
devorando el agua, los troncos, la orilla, el cielo. En diez minutos ya no se
veía a más de metro y medio.
—«Ya,
ya» —dijo
Jonathan, incómodo—. «Guardemos todas las güeás, esto se está poniendo feo».
—«¿Feo
por qué?» —se
rio Marcos—. «Es
niebla, compadre, no es un monstruo la güeá».
Se
encerraron en la carpa con lo justo: las cervezas, la botella de pisco, el
cigarro. El zíper cerrado hasta el tope. La niebla se pegaba al nailon y lo
blanqueaba todo; la linterna apenas si cortaba el aire turbio.
Bebieron.
Fumaron. Hablaron de tonteras —de mujeres, de plata, de un viaje que nunca
harían a Brasil—. Pero la niebla no se iba, se espesaba, y con ella venía un
frío que no era del aire, sino de los huesos.
—«¿Cuánto
chucha llevamos acá, güeón?» —preguntó Patricio, en voz baja.
Jonathan
miró el reloj.
—«Son
las once y tres minutos».
—¿Y
todavía no se disipa la niebla? —pregunta Marcos.
—«No
sé, güeón, ¿qué güeá querís que haga?»
Marcos
escuchó, de pronto, con la botella a medio camino de la boca.
—«¡Shhh!».
Se
quedaron mudos.
Afuera,
en la niebla, había un sonido. Algo caminaba sobre la hojarasca. Pasos. Lentos.
Grandes. Dieron una vuelta completa alrededor de la carpa, y luego se
detuvieron.
—«¿Quién
anda ahí?» —gritó
Marcos.
Nadie
contestó.
—«Güeón,
son animales» —dijo
Patricio, pero su voz temblaba.
—«Los
animales no caminan así, po».
—«¿Y
si es un puma, güeón?»
Siguieron
bebiendo, más rápido ahora, para calmar el miedo. Y en algún punto de la noche
—Jonathan no supo cuándo—, le dieron ganas de orinar.
—«Voy
a salir un momento, cabros. Ya vuelvo. No me extrañen».
—No
salgai, está más helado que la chucha —dijo Patricio.
—No
aguanto más, güeón.
Abrió
el zíper. Al salir, el frío lo golpeó como un puño. La niebla era tan densa que
apenas distinguía sus propias botas. El mundo se había reducido a un círculo
blanquecino de metro y medio de diámetro. El silencio era absoluto, opresivo;
ni un pájaro, ni el viento, nada.
III.
LA MUJER DE GRIS
La
niebla era un vientre, todo era blanco, lechoso, sin bordes. Se alejó 5 metros
de la carpa, buscando un arbusto. Mientras aliviaba su necesidad, una sensación
de ser observado le erizó los vellos de la nuca. Orinó rápido, tiritando, con
la respiración echa humo. Se subió el cierre del pantalón...
Y
entonces la vio.
A
la derecha, a metro y medio... una figura. Se acercaba sin apuro, sin ruido.
Era
una mujer. Era hermosa. Jonathan sintió que el pecho se le apretaba de una
forma distinta al frío. Era joven, de una belleza antigua, quieta. Vestía un
traje gris, largo, sencillo, como de otra época. El pelo le caía hasta la
cintura, largo y suelto, de un color ceniza, casi plateado. La piel, muy
blanca, los ojos, celestes, de un celeste tan claro que en la niebla parecían
dos agujeros de agua.
Jonathan
tragó saliva.
—«Hola…»
—dijo, con
la voz ronca—. «¿Está… está perdida? ¿Cómo llegó hasta acá? ¿Necesita ayuda?»
La
mujer no respondió de inmediato. Se acercó un paso más. Sonrió apenas, sin
mostrar los dientes. Y luego se alzó de puntillas, se acercó a su oído, y le
susurró. El aliento le heló la oreja.
—«Los
tiempos desaparecen entre los árboles y la niebla. Solo alguien de voluntad
fuerte encontrará el camino».
—«¿Cómo?»
—parpadeó
Jonathan—. «¿Qué
camino? ¿Perdón? No--no entiendo».
Y
ella lo tocó. Le puso la mano —blanca, gélida, más fría que cualquier cosa que
Jonathan hubiera sentido jamás— sobre el pecho. Sobre el corazón.
Y
el mundo se apagó.
IV.
DESPERTAR
Lo
primero que sintió fue el agua. Estaba empapado. La ropa, el pelo, las botas,
todo chorreando, como si hubiera caído al lago. Tiritaba de un frío que le
hacía castañetear los dientes. Y le dolía la cabeza, un dolor sordo y brutal,
como si hubiera corrido durante horas, como si le hubieran golpeado la nuca.
Abrió
los ojos.
El
sol estaba alto. La niebla, ida. El lago, negro y quieto, a su lado, con las
lengas alrededor. Pero algo era distinto... los árboles eran más altos y todo
era diferente.
—«¿…Qué
chu--?» —balbuceó,
incorporándose con las manos temblando. —«¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?», pensó, desorientado.
Miró
el reloj... las siete y cuarenta de la mañana. Habían pasado ocho horas desde
las once y media. ¿Ocho horas tirado ahí, en la orilla, mojado?
—«¡Marcos!»
—gritó,
girando—. «¡Pato!
¡Cabros, ¿están ahí?!»
El
bosque le devolvió su propio grito, deformado por los árboles, y luego nada. Ni
una voz. Ni un movimiento.
—«¡CABROS!»
—volvió a
gritar, con más fuerza, con la garganta ya rasgándose—. «¡¿DÓNDE MIERDA ESTÁN?!»
Nada.
Caminó.
Le costaba, las piernas le pesaban como si le hubieran rellenado de plomo el
interior. Cinco minutos, diez, siguiendo la línea de la orilla, buscando la
fogata, la carpa, cualquier cosa.
Y
entonces la vio.
Una
carpa. Ahí, entre los árboles, donde ellos la habían puesto.
Se
le llenó el pecho de alivio. Casi lloró.
—«¡Cabros!»
—corrió,
tropezando—. «¡Cabros,
¿están ahí?! ¡Qué susto me pegué, conchetumare, ¿Dónde se metieron?!»
La
carpa estaba cerrada. El nailon, manchado. Hizo el ademán de abrir el zíper… y
notó que sus dedos estaban pegajosos. Miró la cremallera. Estaba pegada de algo
oscuro, espeso, que ya se secaba.
Abrió...
y el olor le golpeó la cara antes que la imagen. Un olor dulzón, metálico,
denso, a carne abierta y a hierro caliente.
Adentro
estaban sus amigos... estaban destrozados.
Patricio
yacía de espaldas, con los ojos abiertos de par en par, desorbitados, como si
hubiera visto algo que ningún humano debería ver. Tenía la mandíbula
desprendida, colgando de un costado de la cara por un tendón, y la boca abierta
en un grito que se le había quedado congelado. El pecho estaba partido en
canal, desde el esternón hasta el pubis, y las vísceras se habían derramado
fuera, grises y rosadas y moradas, enrolladas sobre sus propias piernas como
serpientes húmedas.
Marcos
estaba de costado, encogido, como un feto. Pero a Marcos le faltaba la mitad...
le faltaba el brazo izquierdo —arrancado desde el hombro, con el hueso
astillado asomando blanco entre jirones de músculo—. Y la cara… la cara estaba
desollada, la piel arrancada del cráneo, dejándole los dientes y las cuencas al
descubierto en una mueca roja.
El
nailon de la carpa estaba pintado... salpicado... chorreado. Sangre por todas
partes, ya casi negra, espesa, cuajada en las esquinas. Sangre en el saco de
dormir, sangre en las botellas vacías, sangre formando un charco bajo los
cuerpos.
—«¡Oh,
no, no, no, NOOOO!… —dijo Jonathan. Y la voz le salió de un hilo.
Jonathan
retrocedió, tropezó y cayó de espaldas. El vómito surgió violentamente,
ardiéndole la garganta. Jadeaba, luchando por respirar, por entender.
Se
dobló, se vació entero sobre la hierba, y siguió arqueando el cuerpo mucho
después de que ya no le quedaba nada. Cuando terminó, empezó a jadear, a jadear
de verdad, corto y rápido, como un perro asustado, con el corazón golpeándole
las costillas.
—«¡No…
no…!» —tartamudeó—.
«¿Qué les
hicieron? ¡¿QUÉ LES HICIERON, LA CONCHETUMADRE?!»
Nadie
respondió.
Su
teléfono. Tenía que llamar. Con manos estremecidas, sacó su celular del
bolsillo, la pantalla estaba negra, ni siquiera el logo de encendido apareció.
Lo sacudió, presionó el botón con desesperación. Nada. Lo miró más de cerca y
vio que la carcasa, que era de plástico nuevo, parecía vieja, amarillenta,
frágil. Como si hubiera pasado décadas a la intemperie.
—«La
camioneta…» —dijo—.
«Tengo que
llegar a la camioneta».
V.
EL ÓXIDO
Corrió.
Corrió por el sendero de tierra, por entre los árboles, con el corazón en la
boca, tropezando con las raíces, arañándose los brazos. Cien metros.
Doscientos. Y ahí, en el claro, estaba la Hilux.
Frenó
en seco.
Porque
la camioneta no era la camioneta... estaba oxidada... completamente. El blanco
se había vuelto un marrón herrumbroso y descascarado, con manchas de corrosión
que le subían por las puertas y las aletas. Las ruedas estaban desinfladas,
aplastadas contra el suelo, el caucho reseco y agrietado como piel vieja. El
parabrisas tenía una telaraña de grietas.
Jonathan
se acercó despacio. Puso la mano sobre el capó. El óxido le dejó polvo rojo en
los dedos.
—«Pero…»
—murmuró—.
«¡Pero si
la dejamos acá ayer! ¡AYER!» —gritó al bosque, su voz quebrada por el horror.
Abrió
la puerta —chirrió, con un quejido de metal viejo— y miró adentro. Los asientos
estaban partidos, el volante, reseco y en el tablero, cubierto de polvo, había
algo que no debería estar ahí: una libretita, un cuaderno pequeño, manoseado,
de tapas gastadas.
Lo
tomó...
Lo
abrió... y la letra lo hizo gritar... porque era su letra... era su propia
letra, sin ninguna duda —esa 'ese' torcida, esa 'eme' abierta que siempre le
corregían—. Las primeras páginas eran listas de pesca, tonteras, fechas. Y
luego, en las últimas páginas, escritas con una caligrafía cada vez más
temblorosa, más apurada, más desesperada, había un texto. Y arriba de ese
texto, una fecha... una fecha que Jonathan no podía creer.
—«¿Cómo…?»
—susurró—.
«¿Cómo
mierda puede ser?»
La
fecha era de hacía cuarenta y siete años.
Y
el texto decía:
«Llevo mucho tiempo acá. Perdí la cuenta. Al principio creí que
eran días, después entendí que la niebla se come el tiempo. Volví al lago y
desperté al lado del lago. Volví a la carpa y encontré a mis amigos muertos. Y
al otro día… otra vez. Y otra vez. Cada vez que la mujer me toca, empiezo de
nuevo. "Solo alguien de voluntad fuerte encontrará el camino". Pero
nadie tiene voluntad suficiente. La niebla la devora. Ya no sé si soy Jonathan.
Ya no sé cuántas veces he muerto. Si lees esto: NO DEJES QUE TE TOQUE. NO DEJES
QUE TE TOQUE. NO DEJES—»
Y
ahí se cortaba.
Jonathan
empezó a temblar... un temblor que no venía del frío.
—«¡Qué
está pasando!» —gritó, al bosque, al lago, al cielo—. «¡QUÉ MIERDA ESTÁ
PASANDO!»
Y
en ese momento, la temperatura volvió a caer. De golpe.
Y
desde el fondo del claro, desde entre los árboles, empezó a brotar la niebla.
VI. ELLA VUELVE
—«No.
No, no, no, no…» —Jonathan retrocedió.
La
niebla avanzaba... y en su interior, borrosa al principio, luego más nítida,
venía caminando ella... la joven mujer de gris.
Venía
igual. El pelo cenizo, el vestido gris, los ojos celestes. Pero esta vez
sonreía distinto. Esta vez sonreía como quien reconoce a un viejo amigo. Como
quien saluda a alguien que ya ha visto morir muchas veces.
—«Tú»
—dijo
Jonathan, con la voz rota—. «¡Tú me hiciste esto! ¡¿Qué mierda eres? ¿QUÉ ERES?!»
Ella
se detuvo a tres pasos. Inclinó la cabeza.
—«Ya
lo sabes» —dijo,
con esa voz suave y helada—. «Lo escribiste. Lo olvidaste. Lo volverás a escribir».
—«¿Cuántas
veces?» —Jonathan
sintió que le lloraban los ojos, y le daba rabia, y le daba miedo—. «¡¿CUÁNTAS VECES HEMOS
HECHO ESTA MIERDA?!»
—«Muchas.
Tantas que para mí ya eres más mío que tuyo».
—«¡¿Y
mis amigos?! ¡¿Por qué ellos?! ¡¿Por qué están así, despedazados?!»
Ella
miró hacia la carpa, con una calma insoportable.
—«Porque
la niebla tiene hambre... y siempre hay que darle algo. Ustedes tres entraron a
la boca. Tres entran. Uno sale. Y el que sale… vuelve a entrar».
—«¿Uno
sale?» —Jonathan
parpadeó—. «Pero
yo no he salido nunca. Estoy acá. Llevo… llevo cuarenta y siete años acá, ¿no?
¿Es eso? ¿Estuve cuarenta y siete años girando en esto?»
—«Más»
—dijo
ella—. «Muchos
más. El tiempo no pasa acá, Jonathan. El tiempo se queda, como las hojas, como
el agua estancada».
—«¡Entonces
sácame! Te lo suplico. Quiero volver con mi familia. Quiero ver crecer a mis
hijos. ¡Quiero ver a mi mujer! —gritó—. «¡Sácame de acá!».
Ella
alargó la mano, blanca, gélida.
—«Para
eso vine».
Y
Jonathan recordó el cuaderno. Las palabras. El grito desesperado de su propia
letra.
—«¡NO!»
—dio un
paso atrás—. «¡No!
¡El cuaderno dice que no deje que me toque! ¡Dice que si me tocas empiezo de
nuevo!»
Ella
bajó la mano, lentamente. Y sonrió de nuevo.
—«Y
así es» —dijo—.
«Si te
toco, empiezas de nuevo. Pero… ¿quieres empezar de nuevo, Jonathan? ¿O quieres
el camino?»
Jonathan
se quedó helado.
—«¿El
camino…? ¿Qué camino? ¡Dime!»
—«Entre
los árboles y la niebla. Te lo dije la primera vez. Solo alguien de voluntad
fuerte encontrará el camino. Tú nunca tuviste voluntad fuerte. Por eso llevas
tanto tiempo dando vueltas. Pero hoy… hoy te veo distinto. Hoy tienes miedo de
verdad. Y el miedo, a veces, es voluntad».
—«¿Y
qué hay al final del camino?» —preguntó Jonathan, con la voz apenas un hilo.
Ella
se acercó. Le susurró al oído, igual que la primera vez, pero ahora las
palabras eran nuevas.
—«Al
final del camino está la salida. Y la salida es otra boca».
VII. EL CAMINO
Jonathan
no esperó más. Giró y corrió.
—¡A
LA MIERDA! —gritó,
mientras la niebla se cerraba a su espalda como una puerta.
Corrió
hacia el bosque. Los árboles eran altos, negros, apretados. La niebla se colaba
entre los troncos, en jirones que se movían como manos. Y detrás de él, podía
oír —o creía oír— algo que lo seguía. No eran pasos, era algo peor, un sonido
húmedo, pesado, como si la niebla misma respirara.
—«¡No
mires atrás!» —se
dijo, jadeando—. «¡No mires atrás, güeón, no mires atrás!»
Corrió.
Las ramas le cruzaban la cara, las raíces le mordían las botas. Se caía, se
levantaba, seguía. Los pulmones le ardían, le gritaban, le rogaban. Le lloraban
los ojos.
Y
en medio de todo, escuchó voces.
—«Jonathan…»
—dijo una
voz, a su izquierda. Era la voz de Patricio.
Frenó,
giró la cabeza.
—«Jonathan…
ayúdame…» —dijo
otra voz. Era Marcos.
Y
ahí, entre los árboles, a un costado, los vio. Estaban sus amigos. Enteros. De
pie. Vivos. Mirándolo con caras tranquilas.
—«¿Cabros?»
—Jonathan
sintió que el corazón se le partía—. «¡Cabros, güeón, están vivos! ¡SALGAMOS DE
ACÁ!»
—«Ven
para acá» —dijo
Marcos, sonriendo—. «Por acá está el camino».
—«No»
—dijo Patricio,
al mismo tiempo—. «Por acá. Por acá está el camino».
Y
los dos señalaban hacia lados distintos.
—«¿Cómo
que para lados distintos?» —Jonathan miró de uno a otro, desesperado—. «¡¿Cuál mierda es?!»
—«El
mío» —dijeron
los dos, a la vez. Con la misma voz.
Y
entonces Jonathan lo entendió. Un escalofrío le subió por la columna.
No
eran sus amigos... era la niebla, usando las caras de sus amigos. La niebla que
los había devorado, y ahora se los estaba mostrando, pedacito por pedacito,
para que se confundiera, para que se quedara quieto, para que dudara.
—«¡Nooooo!»
—gritó—. «¡Ustedes no son ellos!
¡NO SON ELLOS!»
Y
cerró los ojos. Y corrió hacia adelante. Hacia donde no señalaba ninguno.
Y
cuando los abrió de nuevo… estaba en un claro.
Y
en el claro había un lago.
Y
en la orilla había una carpa.
VIII. EL LOOP
Jonathan
frenó. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho.
—«No…»
—dijo—. «No puede ser. No puede
ser la misma carpa».
Miró
alrededor. El lago negro, las lengas, el sendero. Todo igual, todo idéntico. La
pesadilla de la que creía haber escapado, vuelta a empezar.
—«¡NOOOOO!»
—gritó, y
el grito se le rompió en la garganta—. «¡ESTOY EN EL MISMO LUGAR DE MIERDA! ¡ES EL
MISMO LUGAR!»
Cayó
de rodillas en la orilla, con las manos en el agua, y el agua estaba helada, y
el frío le subió por los brazos como un veneno. Lloró. Lloró como no había
llorado desde niño, con la cara metida entre las manos, con la espalda
sacudiéndose, con mocos y con gritos.
—«Basta…
basta… basta…» —sollozaba—. «Quiero irme a la casa. Quiero ver a mi mujer y a mis
hijos. Quiero dormir en mi cama. Basta, por favor, basta…»
Y
entonces escuchó algo.
Voces...
adentro de la carpa. Voces vivas, alegres, de gente que se ríe. La voz de
Marcos. La voz de Patricio.
Jonathan
alzó la cabeza. Se limpió los ojos.
—«¿…Cabros?»
—dijo, con
la voz quebrada.
Se
levantó. Caminó hacia la carpa, temblando y esta vez, cuando llegó, no abrió el
zíper de inmediato. Se quedó ahí, con la mano en la cremallera, escuchando.
Adentro, alguien abría una botella. Alguien se reía de una talla.
—«…Y
el agüeonao se quedó dormido en el bote» —decía Marcos, adentro—. «Con la caña en la
mano, roncando. Como un pescador de mierda aficionado».
—«Un
pescador de mierda» —repitió Patricio, y se rieron los dos.
Jonathan
abrió el zíper. Y adentro estaban sus amigos. Vivos. Enteros. Sanos. Con la
piel rosada y las caras normales, la botella de pisco entre los dos, el cigarro
humeando, las risas a medio camino.
Se
quedaron mirándolo.
—«¡Eh,
y hablando del rey de Roma!» —dijo Marcos—. «¿Y dónde estabas, güeón? Saliste a mear hace
como cinco minutos y te perdiste. ¿Te dormiste parado o qué?»
Jonathan
sintió que el alma se le devolvía al cuerpo. Sintió que le venía un llanto de
alivio, imparable.
—«Cabros…»
—dijo, y
la voz se le quebró—. «Cabros, cabros, cabros…»
Se
metió a la carpa. Se sentó. Los abrazó, uno por uno, los apretó contra su pecho,
con las manos temblando.
—«¿Qué
te pasa, güeón?» —se rio Marcos, desconcertado—. «¿Te violó un puma? ¿Te raptaron los
extraterrestres? ¿Qué pasa güeón»
—«No
güeón…» —Jonathan
soltó una risa húmeda, con los ojos llenos de agua—. «Es que… no van a creer
lo que les voy a contar. No van a creer ni una güeá de lo que me pasó».
—«Cuenta»
—dijo Patricio,
sirviéndole un vaso de pisco.
Y
Jonathan contó. Contó la niebla, la mujer, el despertar, la carpa con los
cuerpos, la camioneta oxidada, el cuaderno. Contó todo, atropelladamente, con
las manos, con la voz temblando.
Y
ellos lo escucharon. Y se miraron y se rieron.
—«¡Estai
curao, güeón!» —dijo Marcos.
—«No
estoy curao, conchetumadre, ¡te lo juro por mis hijos!»
—«Ya,
ya» —Patricio
le pasó el vaso—. «Tómate el pisco y se te pasa la güeá».
Jonathan
se lo tomó de un golpe... le quemó la garganta. Y por primera vez en lo que le
pareció una eternidad, sintió que estaba a salvo.
Se
recostó contra el costado de la carpa. Afuera, la niebla empezaba a colarse
otra vez. La temperatura volvía a caer. Y él, por fin, se relajó.
—«Oye»
—dijo
Marcos, de pronto—. «Está helado afuera. Cierra bien el zíper, güeón».
Jonathan
se estiró y cerró el zíper hasta el tope.
Y
se acomodó. Y respiró.
Y
entonces, en el silencio tibio de la carpa, algo se le enganchó en la cabeza...
una cosa. Una pequeña cosa. Una que no calzaba.
‘Saliste
a mear hace como cinco minutos’.
Cinco
minutos.
Y
él había vivido… cuarenta y siete años.
Cuarenta
y siete años adentro de cinco minutos.
—«Oye»
—dijo
Jonathan, con la voz de pronto rara—. «¿Qué fecha es hoy?»
—«¿Y
ahora? Me preguntai ¿Qué fecha es hoy? ¿Estai güeviando?» —se río Marcos—. «noviembre, po. El once
de noviembre. ¿Por qué?»
Jonathan
se quedó helado.
Once
de noviembre... la fecha del cuaderno era once de noviembre... de hacía
cuarenta y siete años. Y hoy también era once de noviembre.
El
mismo día.
La
misma hora.
La
misma carpa.
Los
mismos amigos.
—«Estamos
al principio»
—susurró Jonathan, y sintió que la sangre se le iba de la cara—. «Estamos en el puto
principio. Todavía no pasa nada. Todavía están vivos…»
Y
entonces los miró bien... y notó algo... notó que los dos estaban muy quietos.
Demasiado quietos. Marcos, con la botella a medio camino, congelado en el gesto
de reírse. Patricio, con el cigarro en la boca, sin darle ni una chupada, con
el humo subiéndole recto, sin moverse.
Y
notó, además, otra cosa. Algo que le heló la sangre... sus amigos no
parpadeaban. Y sus pieles… sus pieles tenían un tono gris, un gris suave, casi
imperceptible, un gris de ceniza, justo debajo de la superficie, como si la
carne estuviera perdiendo color por dentro.
—«Cabros»
—dijo
Jonathan, con la voz apenas un hilo—. «Cabros, ¿están bien?»
Y
los dos, al mismo tiempo, giraron la cabeza hacia él. Al mismo tiempo... con el
mismo movimiento exacto.
Y
sonrieron... con la misma sonrisa, idéntica... y en el fondo de sus ojos —esos
ojos que Jonathan conocía desde hacía años—, algo celeste, muy claro, muy frío,
brilló un instante como el agua de un lago.
Y
entonces Jonathan lo entendió... lo entendió todo, de golpe, como un relámpago
en el pecho.
No
había salido...
No
había escapado... la niebla no lo había soltado, la niebla lo había tragado...
y lo que estaba adentro de la carpa, sentado entre dos cosas con la cara de sus
amigos, era él. Él, ya devorado. Él, ya siendo parte de la boca. Él, ya muerto,
sin saberlo, viviendo un ratito más de mentira, un ratito de calor robado,
antes de que empezara el dolor de verdad... y en ese momento, desde afuera de
la carpa, en la niebla, muy lejos, muy cerca, llegó un sonido...
...
El zíper, abriéndose desde el otro lado. Y una voz, una voz que Jonathan
conocía mejor que ninguna otra.
Su
propia voz.
—«Cabros…
¿están ahí?» —dijo,
desde afuera.
Y
adentro, los dos amigos de piel gris giraron la cabeza hacia la entrada, al
mismo tiempo, con la misma sonrisa, y dijeron, con una sola voz:
—«Pasa,
Jonathan. Te estábamos esperando».
Jonathan
quiso gritar... quiso advertirle a ese otro Jonathan que venía de afuera, quiso
decirle ‘no entres, no entres, no entres’. Abrió la boca... y de su boca no
salió un grito... salió un susurro... un susurro suave, helado, con una voz que
ya no era del todo la suya.
—«Los
tiempos desaparecen entre los árboles y la niebla» —dijo, sin saber por
qué—. «Solo
alguien de voluntad fuerte encontrará el camino».
Y
en ese instante, mientras afuera el zíper seguía abriéndose y el otro Jonathan
—el nuevo, el de siempre, el que nunca tuvo voluntad suficiente— se asomaba a
la entrada con los ojos abiertos de par en par, Jonathan entendió la última, la
peor, la más insoportable de todas las cosas: que él ya no era el que buscaba
la salida.
Él
ya era la puerta.
Y
afuera, en la niebla, entre los árboles, con el pelo de ceniza y la piel blanca
y los ojos celestes como dos agujeros de agua, la mujer de gris ya estaba
esperando.
Esperando
al que venía.
Esperando,
con la paciencia de lo que nunca muere. Esperando al próximo de voluntad fuerte...
que nunca es lo bastante fuerte.
Nunca...
Nunca.
FIN… ¿O EL PRINCIPIO,
OTRA VEZ?
Historia
original de horror y terror psicológico creado por: H. P. Hatecraft. Basada en
una idea de Vëthriön Asathørn.
Portada
diseñada por: Vëthriön Asathørn. Creada con AI.
Edición
final: H.P. Hatecraft.
El personaje principal, la historia y lugares son basados en hechos reales... excepto el horror y las muertes.


