En el vasto territorio de lo paranormal y lo
insólito, emergen ciertos casos envueltos en un velo de misterio, marcados por
la huella de fenómenos inexplicables y por las múltiples conjeturas que, lejos
de aclararlos, los sumergen aún más en la penumbra.
Ojalá disfruten de estas extrañas historias.
EL HOMBRE QUE VOLVIÓ DEL HIELO
Catorce
meses y medio (redondeando: 15 meses) después de que sus huellas se detuvieran
al borde de un lago congelado, Steven Kubacki despertó a 1.100 kilómetros de
distancia. Nunca explicó cómo. A cien millas de allí, otro triángulo lleva dos
siglos acumulando expedientes que nadie ha cerrado.
Antes de
continuar debo aclarar ciertos puntos importantes en este reportaje:
¿Existen fotos de Steven
Kubacki?
Sí,
existen, y son pocas, lo que forma parte del problema.
Lo que
hay documentado:
• Fotos de prensa de 1979. La más citada es una
imagen de archivo —hoy distribuida por Getty— que muestra a Kubacki sentado
junto a su padre, John Kubacki, poco después de volver a casa. Hay también
recortes de periódico escaneados en Newspapers.com con la cobertura de aquellos
días, incluidos los titulares del Benton Courier del 9 de mayo de 1979.
• Foto de la ficha de
desaparecido. La
prensa de Michigan publicó en febrero de 1978 una imagen suya de estudiante, la
típica de las alertas de búsqueda. De ahí salen casi todas las reproducciones
que circulan.
• Nada del período perdido. No existe ni una sola
fotografía de Kubacki entre el 19 de febrero de 1978 y el 5 de mayo de 1979. Ni
en un mapa de carretera, ni en un albergue, ni en la línea de meta de la maratón
de Wisconsin de la que llevaba la camiseta. Catorce meses y medio de los que
solo hay objetos y ninguna imagen.
• Un detalle final: no hay fotos del lugar exacto donde despertó en Pittsfield, ni de la loma. La escena que abre el artículo que te escribí es una reconstrucción atmosférica, no un documento.
• La loma de Pittsfield,
amanecer del 5 de mayo de 1979. Aquí está el detalle clave de la ropa: camiseta de
manga corta, zapatillas nuevas, y la mochila abierta con. La referencia de su
rostro se mantiene bastante fiel.
• Hay una foto de rigor,
no es foto de época, es una recreación.
INTRO
La
hierba estaba mojada. Eso es lo primero que recordaría después, aunque ni
siquiera estaba seguro de poder recordar algo.
Era la
noche de un sábado, 5 de mayo de 1979, en una loma verde a las afueras de
Pittsfield, una ciudad de ladrillo y sombra al oeste de Massachusetts, donde
los Apalaches empiezan a olvidarse de sí mismos. Un joven de veintitrés años
abrió los ojos en el suelo, llevaba puesta ropa que no era suya, cargaba una
mochila que no reconocía y tenía cuarenta dólares en el bolsillo, unas gafas
nuevas, zapatillas nuevas y una camiseta de una maratón de Wisconsin.
Tardó
todavía unas horas en entender la magnitud del desastre. Compró un periódico.
Leyó la fecha. Mayo de 1979.
Se
llamaba Steven Kubacki. La última vez que alguien lo había visto con vida, el
mundo todavía creía que Elvis estaba en Graceland y que el dólar valía algo.
I. LA LÍNEA QUE TERMINA
Diecinueve
de febrero de 1978. Orilla sureste del lago Michigan, cerca de Saugatuck, un
tramo de dunas y nieve que los locales conocen demasiado bien. Kubacki, 23
años, estudiante de Hope College —una universidad cristiana privada en Holland,
Michigan—, salió solo a esquiar de fondo. Un día, acaso dos. No era un novato,
había escalado montañas en Europa durante un intercambio en Friburgo, y ya
había recorrido esa misma costa con esquís. Brillante, lo describían. Un poco
más libre que el resto de sus compañeros en un campus conservador. Gran jugador
de Calabozos y Dragones.
Lo que
dejó atrás fue una firma... unos doscientos metros de huellas en la nieve que
avanzaban hacia el lago y se detenían de golpe.
Sin más
pistas, los investigadores concluyeron lo obvio, Kubacki había caído al agua,
se había hundido bajo una capa de hielo sin romper, se había ahogado. Días
después, unas motonieves encontraron sus esquís y su mochila abandonados junto
a la orilla. Se desplegó una búsqueda aérea y terrestre.
No
encontraron nada.
Hope
College le otorgó el título en ausencia. Sus padres se negaron a creer que
hubiera muerto y gastaron miles de dólares en un investigador privado. Los
propios detectives dudaban... enviaron sus fichas dentales a Chicago para
cotejarlas con los cuerpos sin identificar del sótano de John Wayne Gacy, el
asesino de treinta y tres muchachos, que por entonces todavía daba entrevistas
desde su celda.
Y
entonces, quince meses más tarde, el teléfono de una tía en Great Barrington
sonó. Kubacki había caminado veinte millas desde la loma hasta su puerta.
II. EL INVENTARIO DE UN FANTASMA
Reunido
con su familia en South Deerfield, Kubacki contó lo que tenía, la memoria
intacta hasta el instante en que sintió frío y miedo de estar perdido en la
oscuridad congelada, y después un corte limpio, quirúrgico, de cuatrocientos
cuarenta y cuatro días.
Su
mochila era un mapa del país que decía haber recorrido sin recordarlo... mapas
de Sacramento, San Francisco, Reno, Chicago, Utah. Carteles de autostop
dibujados a mano. Un hombre que se había movido mucho, por el motivo que fuera,
y que no había conservado ni un solo recuerdo del trayecto.
«Siento que he corrido mucho», declaró a los
periodistas aquella semana, con una naturalidad que resultaba casi ofensiva.
Insistió
en que no había nada roto en su vida antes de irse. «Mi padre iba a
firmarme la casa. Tenía tres asignaturas y ningún problema. Dejé un romance en
Alemania. No había líos con chicas. Tenía un trabajo esperándome en el Holland
Sentinel». Dijo
que su apagón habría sido cosa del agotamiento y la exposición al frío, que se
haría un reconocimiento físico, y que no pensaba ver a un psiquiatra. Nunca
tomó el trabajo del periódico.
Hoy
Kubacki vive en el noroeste del Pacífico y ejerce como psicólogo. Escribió un
libro de título desafiante —«Fundamentos metamatemáticos de la existencia:
Gödel, la cuántica, Dios y más allá»— y lleva décadas negándose a hablar del
tema con la prensa. Su exmujer también. Sus padres ya han muerto. Un texto
académico de los ochenta que usaba su caso como ejemplo de amnesia lo eliminó
de las ediciones posteriores, y no por azar.
El
expediente Kubacki no tiene página en Wikipedia, vive en los foros, en los
pódcast de madrugada, en los blogs que él nunca corrige. Y vive, sobre todo,
por una razón geográfica que nadie ha sabido explicar del todo: la línea recta.
III. DOS TRIÁNGULOS Y UNA MISMA GRIETA
Saque un
mapa. Ponga un punto en la orilla del lago Michigan donde las huellas se
acabaron. Trace una línea hacia el este, casi perfectamente recta, setecientas
millas. Terminará en Pittsfield.
Y
Pittsfield está a unas cien millas de una de las zonas más cargadas de la
geografía extraña de Estados Unidos: el Triángulo de Bridgewater.
Unas
doscientas millas cuadradas en el sureste de Massachusetts, delimitadas —según
el criptozoólogo Loren Coleman, que acuñó el nombre en los años setenta— por
Abington, Rehoboth y Freetown. Dentro queda el pantano de Hockomock, el mayor
humedal de agua dulce del estado. En algonquino, Hockomock significa «el lugar
donde habitan los espíritus». Fue base de operaciones de Metacomet, el rey
Felipe, durante la guerra que en 1675 arrasó Nueva Inglaterra. Fue cementerio
indígena. Dicen que allí se perdió el cinturón de wampum de los wampanoag, y
que la región arrastra la maldición desde entonces.
El
inventario de lo que se ha reportado allí es un catálogo de imposibles: esferas
de luz que flotan sobre el agua al caer el sol, aves gigantes con doce pies de
envergadura, panteras y osos donde no debería haberlos, serpientes
descomunales, Bigfoot, pukwudgies —los «pequeños» tramposos y peligrosos del
folclore wampanoag—, poltergeists, cultos satánicos, mutilaciones de ganado
halladas en claros del bosque como restos de un sacrificio. En Freetown-Fall
River State Forest se cuentan suicidios, ejecuciones de mafia y rituales. En
Profile Rock, la roca donde la leyenda dice que Anawan recibió el cinturón
perdido, hay quien ve a un hombre sentado con las piernas cruzadas.
Y aquí
conviene la honestidad... Pittsfield no está dentro del triángulo. Está a cien
millas al oeste, en otro sistema montañoso, en otra región del estado.
Cualquier folleto turístico que lo meta allí está estirando la cuerda.
Pero hay
algo que se resiste a la geometría.
IV. LA COINCIDENCIA INCÓMODA
Kubacki
no apareció en un lugar cualquiera de Massachusetts... había nacido en
Massachusetts, había estudiado en la Academia Deerfield, a cuarenta millas de
la loma donde despertó. Volvió al terruño, sí, pero volvió a la parte del
estado que mira, aunque sea de lejos, hacia el pantano que los algonquinos
llamaban de los espíritus.
Y el
punto del que desapareció, en el lago Michigan, se sienta justo en el borde de
otro triángulo: el del lago Michigan, con su propia crónica de naufragios sin
causa, barcos fantasmas, aviones que se evaporan. El vuelo 2501 de Northwest
Orient, cincuenta y ocho muertos en 1950, jamás fue encontrado. El Rosabelle,
con su tripulación entera, tampoco. En 1994, cientos de residentes de Holland
—la ciudad de Hope College— llamaron a la policía para reportar formaciones de
objetos cilíndricos con luces de colores en el cielo y un operador de radar del
Servicio Meteorológico estaba entre los testigos. «Nunca he visto
nada parecido, ni siquiera con tormentas», dijo. «Esto no son tormentas».
Nadie ha
explicado nunca esas luces.
Existen
explicaciones razonables para Kubacki, y conviene ponerlas sobre la mesa:
amnesia disociativa, un episodio psicógeno, una fuga. Un hombre que se pierde
en el hielo, entra en pánico, camina, hace «dedo» (autostop) durante meses en
un estado de conciencia alterado, y un día su cerebro decide despertar. Es
plausible... es lo que diría un psiquiatra. Pero una fuga no explica del todo
la pulcritud del corte: catorce meses y medio, cero recuerdos, y una cartera
con mapas de cinco estados que prueban un viaje que el viajero no puede narrar.
Tampoco explica por qué el destino fue una loma a setecientas millas en línea
recta, ni por qué él mismo se describió corriendo, como si el cuerpo hubiera
conservado algo que la cabeza había borrado.
Kubacki
volvió a Saugatuck años después, a caminar por la orilla, a intentar que el
hielo le devolviera algo... pero no le devolvió nada.
V. LO QUE NO SE DICE
Hay una
escena que no aparece en los recortes de 1979 y que quizá sea la más
elocuente...
En algún
momento de aquel primer verano tras la desaparición —mientras Kubacki seguía
perdido en algún lugar entre mapas de Utah y carteles de cartón—, una
tripulación de regatas navegaba en el lago Michigan en un entrenamiento. Una
niebla densa cayó de golpe. El viento empezó a llenar la vela mayor desde dos
direcciones opuestas. Kathy Doore, a bordo, se volvió hacia el timón y
descubrió que sus compañeros ya no estaban a su lado. Estaban en la cubierta de
popa. Nadie gobernaba el barco, y el capitán juraba que llevaba diez minutos
sin hacerlo.
Los tres
veleros de madera empezaron a girar sobre su eje, tres veces, trescientos
sesenta grados, sin cruzar el viento, en sincronía. Después la niebla se fue.
Al volver a puerto, faltaban horas de reloj.
Lo más
extraño vino después... casi nadie quiso hablar de ello, se comportaron como si
no hubiera pasado. «Se hizo evidente que yo era la única que recordaba», escribió Doore.
Un
hombre pierde quince meses y no puede contarlos.
Una
tripulación pierde unas horas y prefiere no contarlas.
Un
pantano en Massachusetts lleva trescientos años recibiendo testimonios que la
ciencia archiva sin resolver. No hace falta creer en naves ni en maldiciones
para notar el patrón... hay lugares donde el tiempo se comporta como un mal
testigo.
El
expediente Kubacki sigue abierto, aunque él lo haya cerrado con llave. En algún
cajón de una comisaría de Michigan hay una copia de sus fichas dentales. En
algún archivo de Pittsfield, una hoja con la fecha de un sábado de mayo.
Y en una
loma, la hierba sigue mojada.
Fuentes:
Archivo periodístico de 1978-79; reportaje de Ellen Killoran
en Cold Dead Hands; cronología oficial en stevenkubacki.com; documentación del
Triángulo de Bridgewater (Loren Coleman, Mysterious America; Wikipedia);
archivo de 99WFMK.
Compilación: Paranormal Effect.
Edición final: Vëthriön Asathørn.





