lunes, 2 de marzo de 2026

La Calle Infinita



Javier tenía veintisiete años y ninguna dirección. No en el sentido físico —sabía perfectamente dónde quedaba su casa—, sino en el sentido más profundo. Su madre lo llamaba cada domingo. Su pareja ya no lo soportaba. Su hermana lo evitaba. Él prometía cambiar, prometía buscar un trabajo serio, prometía dejar la noche y la marihuana, prometía llegar sobrio alguna vez a un cumpleaños familiar.

Prometía. Pero sus promesas se las llevaba siempre el viento austral.

Esa noche también prometió.

Pero la noche de sábado en la ciudad tenía otro lenguaje.

Bebió más de la cuenta. Se metió cosas que no preguntó qué eran. Rio fuerte. Demasiado fuerte. Besó bocas que no recordaría. Juró amor eterno a mujeres cuyos nombres se desvanecían antes de llegar al baño del bar.

A las tres de la mañana decidió volver a su casa.

Estoy bien… estoy perfecto… —murmuró, riéndose solo.

 

La calle estaba extrañamente vacía.

Sin autos deambulando.

Sin perros vagando ni ladrando, como de costumbre.

Sin viento.

El silencio era tan completo que parecía pegado a las paredes.

Caminó una cuadra.

Dos cuadras.

El eco de sus pasos sonaba exagerado, como si caminara dentro de un túnel invisible. Miró su celular: sin señal. Batería al 12%.

 

¿Qué mierda…? ¿Por qué no hay señal?

 

Las luces de los postes parpadearon.

Una.

Dos.

Todas al mismo tiempo.

Y cambiaron.

El amarillo habitual se volvió rojo.

Un rojo profundo, denso. No iluminaba el ambiente: lo manchaba. La calle parecía bañada en sangre líquida.

Javier sintió el primer pinchazo de miedo.

Ya… tranquilo… estás volado, eso es todo…

 

Siguió caminando.

En la esquina siguiente vio algo. Una figura. De pie. Inmóvil.

Pensó que era una mujer.

Cuando se acercó, el cuerpo estaba desnudo. La piel era grisácea, casi translúcida. El cabello largo cubría parcialmente el rostro. Sonreía. Pero no era una sonrisa humana, era demasiado amplia, los dientes eran demasiados.

 

Javier retrocedió.

Oye… ¿estás bien?

 

La mujer inclinó la cabeza hacia un lado, y sus ojos… no tenían pupilas, eran blancos, vacíos.

Detrás de ella, en la siguiente esquina, apareció otra.

Y otra.

Y otra más.

Todas desnudas. Todas deformes. Todas mirándolo.

El aire comenzó a oler a humedad y a metal oxidado.

No… no… no… —susurró. ¿Qué mierda está pasando?

 

Comenzó a caminar más rápido.

Las mujeres no lo perseguían. Solo estaban ahí. En cada esquina. Esperándolo.

Cada una representaba algo que él conocía demasiado bien: la fiesta sin control, el deseo inmediato, el placer vacío, la promesa rota después de una cama desconocida.

Pero él no lo sabía. Solo sabía que tenía miedo. Un miedo primitivo, ese miedo ancestral que te eriza los pelos.

Doblar la esquina lo hizo sentir alivio.

Y entonces se detuvo.

Era la misma esquina.

El mismo poste rojo.

La misma grieta en el pavimento.

La misma mujer desnuda.

 

No… esta güeá no es posible…

 

Corrió.

Tres cuadras.

Cinco.

Diez.

Doblando siempre hacia la derecha y siempre llegaba al mismo punto. La calle se había convertido en un bucle, no había adelante ni atrás, solo un recorrido continuo que lo devolvía al origen sin que él notara el momento exacto en que se invertía.

El espacio se doblaba sobre sí mismo. Como su vida.

Gritó desesperado y con angustia.

¡AYUDA! ¡POR FAVOR QUE ALGUIEN ME AYUDE!

 

El sonido no salió. Sintió su garganta desgarrarse, pero el aire no vibró.

Volvió a intentarlo con desesperación… y nada.

El mundo estaba sellado. Estaba enclaustrado en una burbuja eterna. Y entonces los vio… entre los postes rojos comenzaron a materializarse sombras. No tenían forma definida. Eran siluetas densas, como humo sólido.

Lo miraban.

Sin ojos.

Sin rostros.

Pero él sabía que lo miraban.

Y supo algo peor: lo reconocían.

Cada sombra era un miedo.

Fracaso.

Soledad.

Ser un mal padre.

Ser un mal amigo.

Perder a su pareja, perder a su madre. No ser nadie. No llegar a nada.

Las sombras se acercaron un paso.

Las mujeres desnudas comenzaron a reír.

No eran risas humanas.

Eran como un sonido húmedo que se destrozaban en un túnel.

 

¡DÉJENME! —intentó gritar otra vez.

 

Corrió.

Se cayó. El pavimento se sentía pegajoso. Entonces miró sus manos, estaban manchadas de rojo, pero no había sangre. Era luz. La luz roja lo estaba tiñendo.

Todo era rojo.

Todo era culpa.

Todo era exceso.

Todo era repetición.

Entonces comprendió algo terrible: No estaba atrapado en una calle. Estaba atrapado en sí mismo.

Su vida era una pesadilla en un bucle eterno... en el ahora. Siempre volvía al mismo punto: promesa, exceso, culpa, promesa, exceso, culpa.

Sin principio… Sin final.

Las mujeres comenzaron a acercarse, las sombras también.

Sintió frío, un frío que no venía del aire, venía del futuro.

Cerró los ojos. Y por primera vez en años, no pidió placer… pidió dirección.

 

Quiero salir… Dios, Dios, ayúdame —susurró—. Quiero llegar a algún lado… aunque sea pequeño… pero real…

 

Y otra vez el silencio.

Las luces parpadearon.

El rojo se debilitó.

Cae de rodillas, baja la cabeza y mira fijamente el pavimento. Respira agitado… y un ruido conocido lo despierta de esta pesadilla.

Cuando abrió los ojos, la calle era normal. Amarilla. Silenciosa. Vacía.

Miró hacia atrás…

Nada.

Las esquinas estaban desiertas.

Su celular marcaba 3:30 AM. Habían pasado solo cuatro minutos… pero él sintió que habían sido horas. Estaba cansado. Temblando, caminó, doblando una esquina más. Y esta vez… la calle cambió. Reconoció el almacén de la esquina. La reja oxidada del vecino. La luz azul de la entrada de su casa.

Sus piernas casi no respondían.

Golpeó la puerta… su pareja abrió, medio dormida.

¿Javier? ¿Estás bien?

 

Lo miró fijo. Él también la miró. Y algo en sus ojos había cambiado.

No habló. No pudo. Solo lloró y abrazó a su mujer —la madre de su hija— como si estuviera regresando de una guerra invisible.

Esa noche no durmió.

A la mañana siguiente, el mundo parecía normal, pero él no.

Cada vez que caminaba por una calle larga, sentía un vértigo leve.

Cada vez que prometía algo, escuchaba una risa lejana.

Cada vez que veía una esquina roja al atardecer, recordaba esa madrugada.

No volvió a salir igual.

No dejó de tener miedo, pero entendió algo:

«Si no elegía una dirección, la vida lo doblaría sobre sí mismo eternamente».

La Cinta de Moebius no desaparece, solo se rompe cuando uno decide cortarla.

Y Javier, por primera vez, decidió que quería llegar a algún lugar…

… aunque no supiera todavía cuál.

 

 

Una historia de terror sicológico creada por: Jarl Asathørn.

Una idea original de: Jarl Asathørn.

El personaje es real.